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Summer at Hogwarts — capítulo 9

Todos estos meses he estado pensando en el olor que tendría Hogwarts. Al principio se me ocurrió que quizá olería a quemado, por todo eso que me contó Ashton de que había una asignatura específica para trabajar con pociones y calderos. Después pensé que lo más probable es que oliera a flores, pues, según Ashton, florecían unas plantas muy bonitas y con un fuerte perfume a principios de verano. Sin embargo, finalmente asumí que Hogwarts tendría que oler a viejo. Sus paredes de piedra se habían levantado hacía años, y por sus pasillos habían pasado generaciones y generaciones de alumnos. En las entrañas del castillo se escondían historias que se habían convertido en leyendas, y en él se podrían encontrar los volúmenes más antiguos de libros centenarios.

Siempre imaginé Hogwarts como un sitio demasiado frío, lejano y majestuoso para una chica como yo, joven, tonta, torpe y sin saber cuál es su lugar en el mundo. Es por ello que, cuando atravieso las grandes puertas y entramos en un hall de piedra, me sorprende que un dulce y cálido aroma a pastel de calabaza me llene las fosas nasales. El ocaso empieza a caer cuando entramos y nuestras voces nerviosas inundan el solemne silencio del castillo. Pensaba encontrar algo frío, alguna persona que nos recibiera con una mueca de desprecio, pero al entrar en el hall siento que estoy...donde debería estar.

La piedra de las paredes en vez de ser fría son frescas, y las estatuas que decoran la estancia desentonan por su negrura y por su gesto triste. Compruebo que Ashton mira cada una de nuestras caras, maravillado:

  • ¡Recordad este instante! -nos anima- ¡Entrar en casa por primera vez es un momento único!

Cierro los ojos y pienso en ello, en cómo solo somos capaces de adivinar el olor de un lugar cuando entramos en él por primera vez. Me pregunto qué olor tendrá mi habitación en la residencia, o cuál será el de la casa de mis padres. Quizá cuando vuelva a esos sitios pueda volver a apreciarlos. Aquí y ahora, por el momento, me concentro en aspirar ese olor a calabaza, y procuro guardármelo, siendo consciente de que es difícil que pueda volver a apreciarlo el resto de veces que entre al castillo.

Ashton nos informa de que tendremos un baile de bienvenida justo ahora en el que podremos tomar algo de cena. Nuestras maletas están a buen recaudo, y serán trasladadas a nuestras habitaciones una vez nos dividan según lo que Ashton llama «casas».

Nuestras voces emocionadas se apagan al unísono cuando entramos al Gran Comedor. Nos encontramos en una estancia gigantesca, que tiene dos niveles. En el que está más alto se encuentra una larga mesa, sin sillas. También hay personas, seis o siete, que charlan entre ellos con alegría. Mientras unos comienzan a examinarnos con curiosidad, otros aún no se percatan de nuestra llegada.

Reconozco entre ellos a la elegancia que caracteriza a Hermione Granger. Una emocionada sonrisa de orgullo se abre paso en su boca cuando nos ve. Alerta a sus compañeros de nuestra presencia y uno de ellos camina hacia el centro de la mesa. Nos observa con una sonrisa bondadosa y con la mirada brillante:

  • Me llamo Neville Longbottom -dice, con voz grave, pero dulce-, y, aunque sea el actual director de Hogwarts, no soy yo quien debe hablaros ahora, pues no reside en mí la razón por la que estáis aquí. ¿Hermione?

La chica le sonríe con un brillo de complicidad en los ojos; es evidente que se conocen desde hace años y que son buenos amigos. Hermione toma el puesto central de la mesa y nos sonríe con ganas.

  • Buenas tardes. Algunos ya me conocéis, porque fui a buscaros personalmente o acompañé a Ashton a que lo hiciera. Aún no he tenido el placer de conocer al resto, pero lo haremos muy pronto. En este momento solo puedo deciros que estoy feliz de que estéis aquí, y que espero que encontréis en este lugar una parte de vosotros, aunque sea pequeña, que os ayude a ser felices -nos mira, casi uno a uno, y se humedece los labios. Después, descansa la mirada unos segundos más en Ashton y sonríe, feliz. Entorna la cabeza y vuelve a mirarnos con una sonrisa de nostalgia, como si pudiera verse a sí misma en nuestra posición actual-. Bienvenidos a casa.

Tras una ronda de aplausos -tímida por parte de los recién llegados y cálida y viva por el resto-, Neville Longbottom, el director, vuelve a tomar la palabra:

  • Ahora procederemos a distribuiros en las cuatro casas de Hogwarts según vuestras aptitudes personales.

Y nos explican cuáles son: Gryffindor, Hufflepuff, Slytherin y Ravenclaw. Neville nos muestra cuáles son las características que definen a cada una, y la expectación por nuestra parte crece. Empiezo a ponerme nerviosa. Ashton jamás mencionó que hubiera distintas casas dentro de Hogwarts ni tampoco que tuviéramos que pasar un proceso de selección para formar parte de ninguna de ellas. No he estudiado, y, si me preguntan algo, no voy a saber responder.

Me tranquilizo mínimamente cuando compruebo que mis compañeros están igual que yo: los que no cuchichean con nerviosismo entre ellos han empezado a morderse las uñas o miran alterados a su alrededor, buscando una respuesta.

  • ¡Y eso es todo lo que debéis saber sobre las casas! -concluye Neville Longbottom. No me he enterado absolutamente de ninguna de sus palabras más allá de los nombres de las casas, y comienzo a impacientarme-. ¡Empecemos el proceso de selección!

  • Como aquí no somos más de cien, estamos en verano y todo es más informal, no tenemos por qué ir por orden de lista -explica Ashton, saliendo al centro de la sala. Aunque no esté sonriendo, cada una de sus palabras parece llevar consigo una sonrisa, cada una transmite alegría y emoción. Mira hacia atrás y se cerciora de que dos personas traen consigo una silla y un sombrero. Colocan la silla en el centro, y la mujer que sujeta el sombrero -viejo, polvoriento y ridículamente parecido al que utilizan las brujas de los cuentos- se sitúa al lado de la silla, que ahora separa a ella y a Ashton . Una silla y un sombrero. ¿Nos van a obligar a sentarnos en la silla frente a todos? Eso parece evidente, pero ¿y el sombrero? ¿se trata de un mero elemento para ridiculizarnos y ponernos aún más nerviosos? ¿nos lo van a pegar a la cabeza y a obligarnos a realizar un conjuro para separarlo? - Bueno, ¿algún voluntario para ser el primero?

La mirada alegre y chispeante de Ashton barre la sala en busca de alguien lo suficientemente valiente como para someterse a una prueba sin saber en qué consiste. Yo me cruzo de brazos, intentando hacerme más pequeña, pero es inútil: sus ojos dan conmigo. Y no solo eso, se detienen en mí y, entonces...sonríe de verdad. Despreocupado, contento, como si estuviera desafiándome. Sostengo su mirada y de repente pasan por mi cabeza todas las escenas de libros y películas en los que se premia el destacar, el atreverse a hacer cosas que te asustan. Respondiendo a su desafío, alzo la barbilla y, con ella, mi mano derecha. Los labios de Ashton estallan en una risa sincera y divertida al anunciar que tenemos una voluntaria.

Me abro paso entre todos mis compañeros, que me miran con atención y curiosidad. Cuando llego a la silla sin compartir un solo gesto con Ashton, la señora que sostiene el sombrero y cuyo rostro, surcado de arrugas, sonríe con calidez, asiente con la cabeza, como si estuviera reconociendo mi atrevimiento. Me insta con otro gesto a que me siente y yo me trago las ganas de preguntar en qué va a consistir la prueba. Una vez estoy sobre la silla, me colocan el sombrero.

Y, por un instante, silencio. Silencio, y justo cuando la humillación empieza a envolverme, una voz:

  • Ya les dije yo que este año me negaba a cantar -es una voz arrugada, grave y agria. Miro a mi alrededor, buscando su origen, y justo cuando estoy a punto de levantarme para buscar mejor, me doy cuenta de que está ahí. En mi cabeza-. ¡Bastante tengo con componer una canción para cada nuevo curso! ¡Y ahora me piden dos! Dospara uncurso; ¿tú lo entiendes? Porque yo, desde luego no. Además, ¡qué es esto de hacerme trabajar en verano! Ya ni siquiera uno puede descansar a gusto. Y no solo a mí: profesores, elfos, fantasmas...¿y nuestros derechos, qué, eh? ¿qué pasa con ellos? ¡Un curso con cientos y cientos de críos correteando por aquí es suficiente! ¡Y tres meses de descanso desde luego son pocos! Bendito silencio ahora roto por vosotros, granujas. Si Dumbledore levantara la cabeza...

Abro la boca para preguntar qué está pasando, pero la voz me interrumpe:

  • ¡Ni se te ocurra hablar en voz alta si no quieres quedar en ridículo! Esto es entre tú y yo -se detiene por un par de segundos, y juraría que oigo cómo suspira, aliviado-. Gracias por permitir mis quejas, ahora, a lo que vamos. ¿Harriet, no?

  • ¿Cómo sabes mi nombre? -pienso, percatándome de hablar solo con la mente. Justo cuando voy a repetir la misma pregunta, esta vez en voz alta porque no me termino de creer que la comunicación telepática con un sombrero viejo exista, la voz agria y vetusta vuelve a inundar mi cabeza.

  • Puede parecer una respuesta típica, pero quizá se deba a que soy un sombrero mágico. Vamos a ver qué tenemos aquí dentro.

Cierro los ojos, esperando un dolor, una sacudida, alguna señal que indique que alguien está indagando dentro de mí, pero nada de eso llega, solo el silencio.

  • Interesante -dictamina finalmente el sombrero-. Puedo ver que tienes ganas de estar aquí, pero tampoco te apasiona la idea, ¿me equivoco? -no espera a mi respuesta-. Lo que no tienes, desde luego, es preferencia por ninguna de las casas.

  • Ni siquiera sé en qué se diferencian -admito.

  • Con que falta de atención, ¿eh? Eso indica que puedes ir despidiéndote de Ravenclaw...

  • No ha sido falta de atención. Ha sido...distracción por tener miedo. No es lo mismo.

  • ¿Entonces tenemos aquí a una cobardica?

  • ¡Por supuesto que no! -exclamo, ofendida.

  • Bueno... -murmura el sombrero, pensativo. Pasan unos cuantos segundos hasta que vuelve a hablar-. Cuéntame por qué has querido venir la primera.

Me quedo callada y él ríe, triunfante.

  • Aunque tú no lo sepas, creo que yo sí. Desde luego que no ha sido por valentía: tú misma me has dicho que te aterrorizaba el posible proceso de selección. Por desconocimiento y torpeza tampoco ha sido, y claro que un supuesto conocimiento de la materia lo suficientemente vasto como para enfrentarte a cualquier prueba tampoco ha sido la razón: no has tocado un libro de encantamientos en tu vida y no tienes la menor intención de hacerlo por iniciativa propia. Has venido la primera por mera pedantería, ¿no es así, Harriet? Alguien te ha desafiado a hacerlo y te has visto obligada a corresponder.

  • Podría ser.

  • Creo que tenemos algo -replica el sombrero, complacido-. Desde luego que Hufflepuff, la casa tranquila, donde reina la bondad, la amistad, la familia, no es un lugar para alguien cuyos vínculos sociales nunca han sido demasiado fuertes. Tienes aptitudes que podrían conducirte a ser una Ravenclaw, pero te falta determinación, predisposición, curiosidad y deseos por ampliar tu sabiduría. Tu lugar tampoco es Gryffindor, pues allí los méritos se persiguen con el corazón, no con las ganas de destacar sobre los demás o de corresponder satisfactoriamente a todos los desafíos que te propongan tus adversarios. Slytherin, sin embargo...sí, en Slytherin se lanzan desafíos cada día, y en el camino que debes tomar para conseguirlos no solo habrá libros, personas y hechizos que te ayuden a conseguirlo, sino que habrá todo eso y cualquier cosa -cualquiera, ya sea pasar por encima de alguien o algo- que desees para conseguirlo. Así que, ¿qué me dices, Harriet?, ¿te quedas con el camino veloz, en el que no hay compañeros, sino adversarios que superar?

  • Ese es. Ese es mi camino -respondo, convencida.

  • Entonces, que no se hable más: ¡Slytherin! -vocifera el sombrero, y por un momento, su voz pierde todas sus arrugas y todo su polvo, y es potente, viva.

Un tímido aplauso que rompe una burbuja en la que no era consciente de estar y vuelvo a la realidad. Mis compañeros me miran con curiosidad; la mujer que me quita el sombrero, con aprobación; y, Ashton, que es sin duda el que aplaude con mayor entusiasmo, lleva una sorpresa alegre escrita en el rostro. Yo sonrío, aliviada, y alzo las cejas hacia él, proclamándome vencedora de su pequeño desafío.