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Summer at Hogwarts — capítulo 8

—¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos! —brama con alegría inmensa un hombre que debe de rozar los dos metros de estatura y que tiene la barba más poblada que he visto en mucho tiempo. 

La bajada del tren supone unos momentos de apelotonamiento y confusión. No debemos de ser más de cincuenta, pero todos nos juntamos en una masa uniforme: ninguno sabemos dónde ir ni cómo actual y nos da miedo perdernos. 

Yo sonrío maravillada ante el espacio en el que me encuentro: libre, puro, natural. La brisa acaricia veraniega mi piel y respiro tranquila por primera vez en mucho tiempo. 

El gran hombre barbudo parece feliz. Enseguida nos organiza en dos filas y ríe, contento. Me recuerda a Santa Claus. 

—Me temo que yo ya estoy demasiado viejo como para acompañaros hasta allí, muchachos —confiesa, colocando sus manazas sobre su panza—. Pero enseguida Ashton y Ron os conducirán hasta el castillo. ¡Os encantará! Yo me llamo Hagrid, por cierto. ¡Soy el guardabosques!

Hagrid no tarda en entablar una alegre cháchara con unos cuantos chicos que se lanzan a plantear miles de preguntas. Una vez ya he observado y guardado para siempre el entorno que nos rodea, decido que no será una mala idea intentar socializar y le doy un toquecito en el hombro a la chica que está por delante de mí en la fila. Ella da un brinco sobresaltada y se gira precipitadamente, como si esperase encontrar un dragón dispuesto a matarla detrás de ella. 

—Hola. Me llamo Harriet. ¿Y tú?

La muchacha es menuda, lleva unas gruesas gafas rectangulares que ocultan el color de sus ojos y su expresión es de absoluta sorpresa. 

—Hixa —responde en voz baja, aún asustada. 

—Encantada de conocerte, Hixa. ¿Qué tal has hecho el viaje?

No responde de inmediato. Se pone de puntillas y mira alrededor, como buscando algo. 

—¿Cuándo vendrán a buscarnos? —dice entonces, ignorando mi pregunta. Sus palabras están plagadas de un nerviosismo evidente. 

—No deben de tardar mucho más. 

Con eso concluye nuestra conversación, y con ella, mi interacción social, ya que estoy la última de mi fila y la única persona a la que tengo lo suficientemente cerca para hablar, es Hixa, que patalea nerviosa contra la tierra del camino. 

Ashton y un hombre con andares y sonrisa despreocupados llegan unos veinte minutos después. Aunque estén lejos, oigo sus voces como si estuvieran junto a mí, y me pregunto, una vez más, si hay algo de magia relacionado con ellos. 

—Ahora sí —declara Ashton, con evidente emoción en su voz—: ¡bienvenidos a Hogwarts!

Sus palabras son secundadas por una ronda tímida de aplausos a la que me uno sin demasiado entusiasmo. Observo cómo los aplausos pillan a Hixa por sorpresa y se une demasiado tarde, cuando han terminado. 

—Os presento a Ron Weasley, un gran amigo y uno de los engranajes principales de la iniciativa que os ha buscado y encontrado. 

Ron asiente con la cabeza y sonríe con alegría. Surge otro aplauso y él intenta quitarle importancia mediante un ademán. Posee una timidez alegre, y enseguida decido que ese chico, con su pelo pelirrojo y su rostro surcado de pecas, me cae bien. 

—Esto será lo que vamos a hacer a continuación — prosigue Ashton—: nos dividiremos en dos grupos. El primero irá con Ron, el segundo, conmigo. Os llevaremos hasta el castillo. No os preocupéis por vuestras maletas: ya están siendo transportadas a vuestros dormitorios. Lo único por lo que os debéis esforzar ahora es por pasarlo bien en la fiesta de bienvenida que os hemos preparado. ¡Así que, vamos, vamos! ¡No podemos dejar que la tarta de calabaza se enfríe!


Acabo, como era de esperar, en el grupo de Ashton. Sigo siendo la última de la fila y los chicos que tengo delante han decidido que no soy lo suficientemente buena como para entrar en su exclusivo grupo de cháchara. 

Lo cierto es que me importa bastante poco. Me dejo impresionar por el bosque que atravesamos, que es frondoso y huele a fresco. Recuerdo las palabras de Ron, cómo nos advertía que, aunque solía haber arañas, ya se encargaron en su día de acabar con las criaturas más espeluznantes que había en él. 

Ashton vuelve a sacarme de mi ensimismamiento. Ha indicado a los que encabezan la fila que sigan todo recto hasta que encuentren un desvío doble. Él, mientras tanto, echaría un vistazo al resto del grupo. Pero, por sus ojos, sé que no busca al resto del grupo, sino…

—¡Ahí estás! —dice con una sonrisa muy poco discreta. Se acerca a mí y comienza a caminar a mi lado. El grupo de delante no parece darse cuenta— Bueno, ¿qué? ¿Te gusta lo que ves?

—Es precioso. 

—¡Alegra esa cara, entonces! ¿Por qué se te ve tan…?

—¿Desanimada? —propongo, y él asiente con la cabeza. Me encojo de hombros—. No he socializado demasiado, ya sabes. 

Ashton sonríe a medias y el pelo castaño le cae sobre la frente. 

—No te preocupes ahora por eso, Harriet. Lo normal es que el primer día de curso se celebre una gran cena superformal y eso. Es una buena oportunidad para que los de cursos superiores se pongan al día respecto a sus veranos. Sin embargo, sabemos que sentaros a todos, sin que ni siquiera os conozcáis, sería un error. Por eso hemos separado todas las mesas y hemos hecho un pequeño buffet. Lo importante, sin embargo, es la pista de baile. 

—¿Pista de baile? —pregunto aterrorizada. 

—¿Qué es una fiesta sin una pista de baile? —replica él, divertido—. Si hay música, será más fácil que os conozcáis, y también a los profesores. Será un ambiente mucho más distendido y menos oficial. Recuerda que esto no deja de ser algo así como un campamento de verano. ¡Hacía años desde la última vez que Hogwarts abría sus puertas en esta época!

—Hablas de este sitio con una pasión admirable —apunto, observando los hoyuelos que se le han formado en las mejillas mientras señala los árboles que nos rodean—. ¿Cuánto hace que te graduaste?

Se toma mi pregunta como un chiste al que ríe con alegría y plena libertad. 

—Dos meses —admite finalmente. 

—¡¿¿Qué?!? ¿Eres más joven que yo?

—Diecisiete recién cumplidos —sonríe él henchido de orgullo—. ¿Por qué mi edad iba a suponer un problema?

Harriet siente el calor de sus mejillas. 

—Para nada —responde con rapidez, algo atolondrada. 

Ashton ríe, sereno. Continúan caminando en silencio unos cuantos segundos. 

—¿Y cómo se te ha permitido coordinar todo esto siendo tan…joven?

—No había mucha gente dispuesta a hacerlo —responde él con sencillez—. Ahora todo es muy bonito, el recibiros, enseñaros cómo funciona la magia…pero ha habido un enorme trabajo para que tú ahora estés caminando junto a mí. Además, este lugar es mi hogar. Para algunos es su segundo hogar, pero para mí es el primero y el único. Cuando me gradué, no podía soportar la idea de vivir el resto de mi vida alejado de este castillo. Por eso, cuando me enteré de que se buscaban voluntarios para esto y que además, podría pasar un verano entero en mi casa, mostrándoles a otros las maravillas que encierra, no lo pensé ni un segundo: ya estaba dentro. 

—¿Qué pasó con tu primer hogar de verdad? ¿Por qué Hogwarts lo ha sustituido con tanta rapidez?

La sonrisa se borra con lentitud agonizante en su rostro. Me mira y esboza otra, solo una curva que pretende cumplir con la función de  una sonrisa de verdad: restarle importancia. Abre la boca para responder, pero justo en ese momento los dos oímos su nombre a la vez que toda la fila se gira buscando a Ashton: hemos llegado a la bifurcación del camino. La curva de sus labios es sustituida por una sonrisa de disculpa. Ashton me guiña un ojo y emprende su camino de vuelta a encabezar la fila con pasos lentos y tristes.