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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 2
—No esperaba una bienvenida así. Y no se quien es ese tal «Snape».
Harry, que no se había movido de su escondite, se sorprendió de que pudiese escuchar al extraño a través de todo el alboroto que hacían los Dursleys, quienes correteaban por la sala como ratones asustados, hasta que atinaron a encerrarse en la cocina.
También estaba atontado; esperaba de un momento a otro escuchar la odiosa voz de Severus Snape. Pero la voz era femenina. Vacía, sin emoción destacable, pero femenina. Aun así, se levantó para quedar al descubierto y alzó su varita, listo para enfrentar a la mortífaga o lo que fuese.
—No vuelvas a hacer magia, o te verás en problemas con el Ministerio —dijo la intrusa—. Todavía no tienes diecisiete años. Si te apresan, todo será más complicado.
—¿Quién eres? —preguntó Harry. A esa hora le valía un comino el Ministerio o lo que pudiesen hacerle—. ¿Qué quieres?
—¿Eres Harry Potter?
—¿Quién pregunta? —preguntó él en casi un gruñido. Logró esbozar una sonrisa socarrona—. Y me responderás que eres una aliada y no una mortífaga. Muy inteligente…
—No hagas nada estúpido —le advirtió ella. A pesar de que aún no lograba detectarle emociones, Harry sintió un escalofrío—. Quiero una respuesta directa. Apégate a eso. ¿Eres o no, Harry Potter?
Harry dudó unos segundos y llegó a la conclusión de que nada serviría mentirle. Ella podía verle la cicatriz. Después de matarlo, por supuesto.
—Si, soy Harry Potter.
La figura adoptó una pose más relajada. Al menos sus hombros dejaron de verse tan alzados. Se guardó la varita y extendió una mano pálida hacia él.
—Soy Lara Josthings.
Harry no supo qué hacer ni decir. Suponía que un mortífago, por más buenos modales que tuviese, no le daría la mano. O podría ser una treta. Así lo aferraba para poder clavarle algo en el pecho. A veces un cuchillo podía volverse más efectivo que una varita. Así que la dejó con la mano extendida. Que se estrujase ella misma los dedos si quería.
—¿Podrías descubrirte la cara? —dijo él, aunque casi fue una orden.
Como si hubiese esperado por ella, Lara se quitó la capucha. Harry la observó en busca de algo retorcido, o incluso si era algún engendro de magia oscura, pero a primera vista, era una muchacha normal. Tenía labios carnosos, su nariz ni curva, ni respingada. Tenía el cabello liso, castaño brillante y a suponer de Harry, le llegaba más allá de los hombros. Cuando la miró a los ojos, se intimidó un poco. Los iris de Lara eran verde esmeralda, pero fríos y completamente inexpresivos, como si fuese incapaz de expresar sentimientos. Pensó que al menos había sido un buen paso que no intentara apuñalarlo.
—¿Eres una Aurora del Ministerio? —tanteó con recelo. No había relajado la expresión. —¿El Ministro te envió?
—Soy muy joven —dijo Lara. No parpadeaba—. Nací el mismo día y año que tú. No soy Aurora del Ministerio. Soy enviada de Dumbledore.
Harry sintió un estremecimiento en su estómago al escuchar el nombre. Y casi se echa a reír, pensando en que si era una mortífaga con la cual estaba teniendo una charla formal (lo único que faltaba era el té), al menos se le había acercado con una idea original y no la típica de: «me envía un viejo amigo, ¡para matarte!». Había que darle mérito a eso.
—¿Enviada de Dumbledore? —repitió todo lo calmado que le fue posible—. Excelente, por supuesto, ¿cómo puedes probar eso sin que te mate ahora mismo?
Lara ladeó la cabeza. Pudo haber parecido divertida si al menos sonriese. Sólo un poco.
—Poseo una carta suya. Servirá para que compruebes mis palabras, porque eres el único que puede abrirla, reconocer su letra y la magia que imbuyó en ella —respondió. De entre los pliegues de la túnica extrajo un sobre lacrado. El sello era un fénix—. Dumbledore me entrenó todos estos años. Mi único objetivo en mi existencia es ayudarte.
—No —la cortó él en tono brusco. Tampoco recogió la carta—. No necesito ninguna ayuda. Puedes regresar por donde llegaste y llevarte esa carta contigo. No te necesito aquí —puntualizó con frialdad—. He sido bastante amable al permitirte hablar, ahora, ¡vete! ¡O el duelo irá en serio! —agregó con la varita de nuevo en alto.
—¿Dónde se encuentra Dumbledore? —terció ella con una neutralidad de espanto. Harry comenzaba a preguntarse si era una persona de carne y hueso. Si las cosas se ponían feas, al menos podría comprobar si tenía sangre en las venas—. Podemos discutir esto con él.
Harry tragó el nudo en la garganta. Le costaba escuchar el nombre del mago y no sentirse miserable.
—Dumbledore está... —tomó aire y se serenó—. ¿No sabes nada?
—Radico en Alemania. —dijo Lara—. No sé nada. Llegué ayer en la noche. Fui a Grimmauld Place, como me ordenó Dumbledore en su última carta.
Harry echó un vistazo alrededor. Sus tíos estaban asomados por un resquicio de la puerta de la cocina. Escuchaban la conversación atentamente. La toma de decisiones en aquellas condiciones no era fácil. Pero Harry pensó que si Lara no lo había intentado matar hasta ese minuto, era una pequeña buena señal. Tendría que confiar en eso.
—Ven conmigo —determinó él, haciéndole señas a Lara para que lo siguiera.
—¡Un momento chico! —tronó tío Vernon desde su cocina amurallada. Harry pudo ver cómo aplastaba a Dudley para asomar sus ojos por el borde de la puerta—. ¿A dónde vas con ella? ¿Qué te has creído? ¡Esta no es tu casa…!
Harry lo desafió con la mirada antes de subir las escaleras con Lara pisándole los talones. A Harry le entró de repente una oleada de vergüenza por el chiquero que él llamaba habitación.
—Perdona el desorden, pero estaba empacando. —dijo él. Se apresuró en recoger dos calcetines de su silla frente al escritorio y reubicarlos debajo de la cama—. Me voy hoy mismo a de aquí.
—No deberías.
Harry levantó la vista de su baúl.
—¿Por qué?
—Dumbledore dijo que hasta que cumplieras los diecisiete años, debías permanecer aquí, en el número 4 de Privet Drive —Harry todavía se atontaba cuando ella abría la boca. Era como escuchar una máquina grabadora—. ¿Qué le sucedió a Dumbledore?
—Fue asesinado —soltó de golpe y sin mucho tacto. A fin de cuentas, tales atenuantes no existieron cuando lo vio morir—. Por ese cobarde de Snape.
Lara no pareció capaz de hablar por varios minutos. Sus pupilas se dilataron ligeramente y volvieron a la normalidad cuando parecieron enfocar. Harry finalmente veía algo de vida en ella. Pero su rostro permanecía velado. Como una muñeca de cera.
—¿Quién es Snape? —preguntó en el mismo tono de siempre.
—El hombre que lo asesinó —dijo Harry, sin poder evitar el odio que empezaba a hervir dentro de él. —Dumbledore siempre confió en él... pero ya ves la ironía de todo... al final Snape lo traicionó, lo asesinó...
—Me confundiste con él.
—Lo siento, es que se visten igual. Quiero decir... —agregó Harry cuando Lara lo miró—... que tú te vestiste igual a él, y como yo estaba en la escalera... no te veía bien —se aclaró la garganta—. Ahora sí voy a querer esa carta.
—Sí —dijo Lara y al instante, Harry tenía el sobre en sus manos—. La recibí el siete de Junio. Me ordenaba regresar a Inglaterra, Londres, dos días antes del treinta y uno de Julio —mientras Harry rasgaba la carta y sentía el pinchazo de magia de Dumbledore, le pareció que Lara le daba un parte militar. En el pergamino que sostenía, además de las exactas indicaciones que Lara le proporcionaba, estaba escrito: «El Cuartel General de la Orden del Fénix se encuentra en Londres, número 12 de Grimmauld Place»—. No tengo familia ni atadura alguna. Recibí entrenamiento tanto mágico como de luchas muggles. Fui preparada para cumplir órdenes y no preguntar. Sólo existo para servirte en batalla. Este año Dumbledore fue muchas veces a entrenarme personalmente. Me mantuvo al tanto de los Horcruxes.
Ante la confesión, Harry la miró con fijeza.
—¿Tú también viste las memorias?
—Sí —confirmó ella—. Todas. Era necesario. Mi misión específica, es ayudarte a encontrar los Horcruxes restantes y derrotar a Lord Voldemort.
Harry no creyó que ella fuese tan efectiva como anunciaba. Pero decidió no subestimarla.
—¿Con quien vivías en Alemania? —preguntó.
—Aunque te respondiese, sería irrelevante que tuvieras ese conocimiento.
—¿Tienes donde quedarte? —le preguntó Harry de repente.
—No. Pero me las puedo arreglar.
—Quédate aquí.
Lara ladeó la cabeza.
—Con todo el recelo que has demostrado hasta este minuto, ¿brindas tu casa a una extraña? ¿Cómo sabes que digo la verdad? ¿Cómo sabes que no intento engañarte para cortar tu garganta mientras duermes?
Harry se llevó una mano al cuello y se sintió avergonzado. Tanto que había desconfiado en un inicio y ahora bajaba a guardia. Ella tenía razón.
—Me mostraste esto —dijo él, agitando la carta de Dumbledore.
Eso pareció salvar la situación. Las cejas de la muchacha se arquearon con ligereza.
—Entonces me quedo.
Harry asintió antes de salir de la estancia. Bajó a la cocina, para encontrarse a su tío Vernon visiblemente más calmado. En su mano regordeta se perdía una copita de Brandy. Tía Petunia frunció los labios cuando Harry entró y tuvo la osadía de plantarse frente a Vernon.
—Tío, Lara se va a quedar esta noche en casa.
La reacción fue alarmante. Tía Petunia dio un chillido y la copita de tío Vernon voló por el aire, hasta romperse con un estrépito contra el suelo.
—¿Qué acabas de decir? —bramó tío Vernon acercándose a Harry en dos pasos, pero él no retrocedió. Se preguntó si alguna vez su tío había hablado en un tono de voz educado—. ¿Esa anormal como tú se va a quedar aquí? ¿En mi casa? ¡Ni lo sueñes muchacho!
—Ella se queda. —ratificó Harry con firmeza.
Tío Vernon tomó un color rosa.
—Escúchame bien mocoso. —dijo bruscamente. —Ella… ese pequeño monstruo se va de aquí... ¿Escuchaste? No te vas tú porque… porque…
Harry lo miró bien. Estaba adoptando un color púrpura oscuro y eso no quería decir nada bueno.
—No te preocupes Harry Potter —el aludido se dio vuelta. Lara estaba en la puerta de la cocina, casi en firme—. Me iré. Ya encontraré dónde dormir.
Sin darle tiempo a nada, Lara se marchó. Harry abrió y cerró las manos en puños, con la placentera imagen de que estaba estrangulando a su tío.
—Bien, asunto resuelto. —masculló antes de salir de la cocina.
Pasó el día encerrado en su habitación, ni siquiera bajó a almorzar y tampoco hizo el intento. La llegada (y la partida) de aquella muchacha lo había desconcertado. Harry dejó que las horas simplemente pasaran, mirando al techo de su habitación y a Hedwig enfurruñada, dormida en su jaula. Se sentía un poco solo. Aunque Lupin le había escrito con frecuencia, Ron y Hermione, e incluso Ginny. Eso era lo único que lo alegraba. Y no había dormido bien; todos sus sueños estaban plagados de cadáveres surgiendo de las aguas, medallones falsos, tumbas blancas.
Él pensaba que era un infierno dormir, pero se obligaba, tratando de llenarse de visiones despreocupadas en sus largos, pero furtivos paseos por Privet Drive. Pero nada de eso parecía surtir efecto. Y tampoco había olvidado que debía hacer sus pruebas de «Aparición» junto con Ron. Ya anhelaba estar en la Madriguera, con sus amigos.
La noche cayó como un manto negro sobre Privet Drive. Harry seguía allí. Sólo se había levantado para tomar agua y para ir al baño, y según pudo notar, en una de sus incursiones a la cocina, que tía Petunia lo miraba con una preocupación muy leve. Pero Harry no prestaba atención a eso. Solamente se limitaba a existir, si alguien en aquella casa lo pudiese notar.
Un maullido sobresaltó a Harry como si hubiese sido un disparo de cañón en su oído. Se sentó en la cama de un salto y automáticamente sacó su varita. Pero solo había una silueta de un gato en el marco de la ventana. Dos ojos verdes brillaban en medio de la penumbra. Harry lo vio saltar al suelo y luego a la cama. El gato era completamente negro. Harry alargó una mano y acarició la cabeza mullida del animal.
—Espera —dijo Harry levantándose y dándole la espalda al gato—. Voy a ver si consigo algo de comida para ti.
—No estaría mal.
Pegó el segundo brinco del día y giró en redondo. Allí sentada sobre la cama, estaba Lara Josthings.