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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 3

Harry estaba atónito. Lara seguía allí, mirándolo con fijeza, sentada con las piernas cruzadas en su cama.

—¿Tú... tú eres...? —comenzó a balbucear.

—Animaga —lo cortó ella.

Harry asintió y al instante, lo carcomió la duda.

—¿Cómo puedes transformarte si...? Si bueno, ¿no tienes diecisiete años? —preguntó él—. Digo, el Ministerio... tiene registrada la magia en menores de edad.

—Eso es información irrelevante —le respondió.

Harry se enfadó por la actitud de la muchacha.

—Lo siento, para mí es relevante —dijo con voz firme, ella apenas se inmutó—. Vamos a intentarlo de nuevo, ¿cómo logras transformarte y no recibir amonestación por parte del Ministerio, Josthings?

—Puedes llamarme Lara.

—Bien, Lara, Josthings, alemana, o como mejor creas. —dijo Harry bastante impaciente—. Si vamos a trabajar juntos, es mejor que me digas todo acerca de ti, porque está claro que sabes mucho de mí. Exijo saber: eres menor de edad, y has realizado una transformación animaga, además, en la sala de mi casa, realizaste un hechizo para repeler el mío, y no has recibido ninguna amonestación del Ministerio de Magia...

Pero Lara tensó las comisuras de los labios y Harry se percató tarde de que intentaba sonreír. Una sonrisa bastante fea. ¿Qué diantres le sucedía a esa muchacha?

—Ya te informé todo lo que necesitabas saber —replicó ella—. Y tú también realizaste un hechizo y no recibiste amonestación alguna.

Harry se enfurruñó.

—Bueno, debe ser por eso de que Rufus Scrimgeour todavía tiene la esperanza de que sea «el chico de propaganda del Ministerio» —barbotó—. Y ya no me importa recibir una amonestación. Aunque Hogwarts reabra, no iré.

—Es tu último año —dijo Lara—. No creo que sea prudente faltar.

—No iré —repitió Harry con firmeza.

—Si es tu elección, no voy a influir en eso. No está en mi entrenamiento.

Harry levantó la vista. Lara lo había observado estrechamente.

—Iré por algo de comida —dijo el chico finalmente—. Espera aquí, no te vayas.

—No me he movido —dijo ella—. He aceptado tu hospitalidad, aunque sea de forma furtiva.

Harry salió de la habitación y comenzó a bajar las escaleras. Ahora que se daba cuenta, Lara evitaba con demasiada facilidad las preguntas que no le convenían. Al final, terminaron hablando de comida y de los planes de Harry para faltar a Hogwarts, con el asunto de la realización de magia sin recibir amonestación por parte del Ministerio olvidado. ¿O podría ser que la ley de violación de magia en menores de edad del Ministerio no se aplicaba a los extranjeros?

Aun así, ella le ocultaba algo. Esperaba no descubrirlo cuando tuviese la boca llena de tierra y fuese coronado post mortem como el rey de los idiotas.

—¿Estas son las horas para bajar a cenar muchacho? —fue el recibimiento de tío Vernon cuando Harry puso un pie en la inmaculada cocina de los Dursley—. Debería dejarte sin cena por ser tan impuntual.

Harry le dedicó una mirada de indiferencia y se fue a sentar en su silla habitual, mientras que Dudley solo tenía ojos para su plato de comida y parecía que de un momento a otro le propondría matrimonio a la cazuela de espaguetis.

—No te sirvas mucho —gruñó tío Vernon por la comisura de la boca—. Dudley no ha terminado.

Pero Harry, en contra de lo que dijo su tío, empezó a servirse bastante alimento, ya que le daba la impresión que si tardaba un minuto más, tendría que comerse la loza.

—¿Hay pastel? —preguntó.

Tía Petunia frunció los labios, como si le enfadara que Harry le preguntase si había postre.

—Sí —dijo secamente.

—¿Puedo comer en mi habitación? —preguntó Harry. Intentó que sonase tentador no tenerlo a la vista en la mesa.

—¿Para que el chiquero que tienes allí aumente? —chilló tía Petunia—. Ni sueñes que te voy a dejar cenar en tu habitación. Cenas aquí y punto.

—Ah —dijo Harry sin mayor rimbombancia. Tenía su plato por la mitad. Agarró la cuchara y empezó a servirse más—. Entonces como no puedo subir, como más.

Dudley pareció prever que se iba a quedar sin comida si su primo seguía con aquel apetito insaciable. Eso no podía suceder, porque el único agujero negro de esa casa era él.

—Mamá, Harry no me va a dejar nada.

—Deja de servirte muchacho —dijo tío Vernon en tono de advertencia.

—¿Si no qué? —lo desafió Harry.

—Que te haría parar de servirte a golpes —contestó tío Vernon casi amoratado.

—Entonces usaré magia —probó la amenaza—. No me gustan los golpes.

Tío Vernon entrecerró sus ojos pequeños y mezquinos, observando a Harry como un buldog a su enemigo más odiado. Tía Petunia pareció oler el peligro de ver su querida e inmaculada cocina completamente destrozada, y enseguida actuó como árbitro, para apaciguar ambos bandos.

—Harry, ve arriba —dijo de repente.

Tanto Harry como tío Vernon la miraron. El primero con una cara de triunfo mal disimulada, y el segundo frustrado.

—Toma un pedazo de pastel y ve arriba —dijo tía Petunia haciendo un ademán, como si estuviese espantando una mosca—. Pero después bajas y lavas la vajilla.

—Siempre he lavado la vajilla —masculló Harry levantándose.

Abrió el refrigerador y se hizo con una buena porción de pastel, más grande de la que habitualmente le correspondía. Se apresuró en salir de la cocina antes de que tía Petunia cambiase de opinión. Subió casi corriendo las escaleras y empujó la puerta con el hombro. Cuando cerró y se volteó, frunció el ceño. Todo estaba recogido y su baúl estaba listo en una esquina. Lara estaba sentada frente al escritorio.

—¿Que...? —comenzó enfadado.

—Disculpa por tomarme el atrevimiento de terminar tu equipaje —lo cortó ella—. Pero me pareció extremadamente necesario organizar esto. Además… —se apartó para descubrir un pedazo de la cama. Había dos lechuzas posadas allí—. Esas lechuzas llegaron minutos después de tu bajar.

Harry decidió que enfadarse sólo le haría daño a su corazón. Le pasó los platos de comida a Lara y se concentró en las lechuzas. Uno de los mensajes que pretendían entregarle, llevaba el sello del Ministerio. Lo abrió y lo alisó para leer.

Estimado Señor Potter:

Usted ha violado el decreto de restricción de magia en menores de edad al realizar un hechizo aturdidor en presencia de muggles...

—Que novedad —comentó entre dientes. Leyó lo próximo:

... pero he intervenido para que le quiten la sanción propuesta por el Departamento del Uso Incorrecto de la Magia. Pido que no se vuelva a repetir, o no volveré a interceder por usted. Y sigue en pie mi propuesta de enviarle a dos de mis mejores Aurores para su mayor seguridad, espero su respuesta.

Atentamente:

Rufus Scrimgeour; Ministro de Magia

Ministerio de Magia

Harry alzó una ceja.

—Qué gran honor, señor Ministro, que se haya tomado la molestia de escribirme personalmente, y además ofrecerme a dos de sus mejores Aurores de guardaespaldas —musitó con una buena carga de ironía—. Creo que esto amerita una buena respuesta…

—Disculpa, ¿me hablabas?

Harry se sobresaltó. Casi había olvidado que no estaba solo en su habitación, como ya era habitual para él.

—Solo reflexionaba en voz alta. —dijo Harry y se acercó a su escritorio.

Esperó ver a Lara con el cuello estirado con disimulo, para ver lo que decía el pergamino que acababa de apoyar en la mesa. Mas ella siguió en su ingesta de alimentos como si el papel fuese invisible. Harry buscó una pluma y decidió contestar en el reverso.

—El Ministro de nuevo ofreciéndome ayuda —dijo. Escribía tan aprisa que se manchaba las manos de tinta—. Quiere enviarme guardaespaldas.

—Eso sería desafortunado —comentó Lara—. Atraerán la atención sobre ti y los Aurores serían los primeros en caer.

Harry la miró. Lara había cortado el pedazo de pastel por la mitad y comía una de ellas.

—Tú vas a estar cerca de mí —murmuró Harry.

—Son mis órdenes. Sí.

—Entonces regresa a Alemania.

—No lo haré —dijo ella con su usual inexpresividad. Harry pensó que al menos se estremecería ante la perspectiva de morir, pero ni siquiera eso la conmovió—. Mis órdenes son acompañarte en busca de los Horcruxes. Luchar a tu lado. Que Dumbledore ya no esté físicamente, no las anula.

—No quiero más muertes por mi causa —murmuró Harry doblando el pergamino. Fue hasta una de las lechuzas, se lo dio en el pico y el animal salió volando—. Regresa. Puedo solo.

—Dumbledore me habló de tu terquedad, no de tus problemas auditivos, Harry Potter. Esto es una guerra real. En ellas siempre hay bajas. Morirá quien debe morir, y prevalecerá quien esté mejor preparado. Dumbledore confiaba en que ese serás tú. Por eso, se ha asegurado en conseguirte el mayor número de aliados. No deberías rechazar a ninguno. No ahora.

Harry abrió la boca y la volvió a cerrar. No podía decir nada. Se retiró a ver la segunda lechuza.

—Harry.

El chico se volteó a medio camino de desatar el segundo mensaje de la pata de la lechuza. Lara extendió hacia él el plato con la mitad del pastel.

—Te guardé esto.

—Bueno —Harry se alcanzó el pedazo de pastel con una mano mientras que en la otra tenía el pergamino.

Harry

Recuerda que no tienes la mayoría de edad todavía. No hagas magia. Sé que podrás hacerla dentro de unas horas, pero no por estos momentos. Aguanta un poco más, para que no te veas en aprietos con el Ministerio.

Atentamente

Arthur Weasley

—Genial, y si era un mortífago que me parta un rayo —masculló Harry irritado.

Se terminó el pastel en pocos segundos y miró a Lara, quien ahora estaba examinando un cojín viejo, con medio relleno hacia fuera.

—Voy a bajar esto, regreso ahora —anunció Harry recogiendo los dos platos.

Ella asintió y Harry abandonó la habitación. Le agradó encontrar la cocina vacía. Así no soportaba a sus «cándidos» familiares, inmersos en su concurso de ver quien lo hace sentir más miserable. Eso sí; el fregadero estaba lleno de forma tal, que no se podía deducir que profundidad tenía.

Fregó lo más rápido posible y salió de la cocina, tropezándose con Dudley en las escaleras, quien lo miró con el entrecejo fruncido. Debió parecerle extraño. Su primo nunca tenía tanta prisa por encerrarse. Harry entró en su habitación y suspiró de alivio. Al menos ya tenía una puerta y cuatro paredes que lo aislaban de sus familiares.

—Bien, Lara, puedes dormir en mi cama —dijo sin visualizar bien su entorno. Estaba más ocupado pasando pestillos—. Yo dormiré...

Recibió por respuesta un maullido. El gato negro se ovillaba sobre el cojín medio destartalado que una muy humana Lara había revisado minutos atrás. Emitió un débil maullido, como deseándole a Harry buenas noches. El muchacho cabeceó.

—Buenas noches Lara.

Retiró la sobrecama y se dejó caer en el mueble tras quitarse las gafas y dejarlas encima de la mesita de noche. No pasaron ni dos minutos cuando quedó profundamente dormido.

No supo cuánto tiempo pasó, pero hubo un golpetazo que hizo temblar la ventana y Harry se sentó como si fuese una especie de alarma.

Saltó de la cama produciendo un ruido seco al caer en el suelo y sacó su varita, pero una mano pálida le agarró el brazo y otra mano le tapó la boca.

—Nunca reacciones tan ruidosamente —susurró una voz en su oído—. Tienes que ser rápido, pero cauteloso y silencioso, espera, el momento va a llegar.

Harry se quedó quieto, con el corazón latiéndole violentamente en el pecho. Lara lo mantuvo aferrado por unos minutos más y Harry logró verle el perfil al lado de él. Tenía los ojos entrecerrados, la mirada fija en la ventana, no movía ni un músculo. Hubo otro golpetazo y Lara lo soltó por fin.

—Abre la ventana —dijo—. Sólo son lechuzas.

Harry parpadeó y miró el reloj despertador. La una de la mañana. Hacía una hora que había cumplido diecisiete años. Otro golpetazo lo hizo volver en sí. Abrió la ventana y dentro de la habitación desfilaron varias lechuzas, una de las cuales era tan pequeña, que cabía en la palma de la mano y más bien parecía una Snitch con plumas grises que una lechuza.

—¡Calma Pig! —exclamó Harry cuando la lechucita empezó a zumbar alrededor de él, llenándolo de plumitas grises—. ¡Te tengo!

La atrapó y le quitó la carta de su mejor amigo: Ron Weasley, un chico pelirrojo y larguirucho. Soltó a Pig que voló descontroladamente hasta posarse en la jaula vacía de su lechuza Hedwig, que misteriosamente, estaba entre las lechuzas que habían entrado, con un paquete atado a las patas.

Harry:

Espero que estés bien. ¡Felicidades amigo! ¡Ya cumpliste 17 años! ¡Puedes hacer magia! A mí al menos me ha servido para librarme de Fred y George cuando me molestan mucho, aunque te digo que es muy difícil espantarlos, ya sabes como son. ¿Por fin vamos a hacer las pruebas de «Aparición» este verano? Solo espero que no tardes en venir a la Madriguera. ¡Practica la «Aparición»! Siempre y cuando no te topes con un inspector, claro. Hermione está aquí y te hemos enviado un regalo con Hedwig.

¡Nos vemos amigo!

Ron

Harry sonrió y le quitó el paquete a Hedwig. Cuando lo abrió, la sonrisa se le amplió considerablemente. Era un surtido de sus cosas favoritas de chucherías en el Mundo Mágico, y que agradeció muchísimo. Prefería quedarse en su habitación comiendo esas cosillas antes que bajar y soportar a los Dursleys. Las demás lechuzas eran de Hagrid, Ginny, los gemelos, Lupin, y hasta una de Bill, que le mandaba la invitación a su boda con Fleur.

Había otra lechuza, muy elegante. Esta la revisó de última, ya que el pergamino tenía el sello del Ministerio. Harry lo abrió fastidiado, preguntándose que demonios había hecho ahora.

Estimado Señor Potter:

Por haber alcanzado la mayoría de edad, se le hace llegar por este medio la notificación de que tiene permitido realizar magia fuera del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería sin ser penado por el Ministerio de Magia.

Adjunto a esta notificación, se le hace saber que el próximo 4 de Agosto del presente año, se realizarán las pruebas de "Aparición" en el Ministerio de Magia. Esperamos su asistencia, o si no tendrá que realizar las pruebas el 23 de Octubre del presente año.

Sinceramente:

Mafalda Hopkirk

Oficina de Uso Incorrecto de la Magia

Ministerio de Magia

Harry soltó aire aliviado. Pronto lo invadió una alegría desbordante. Pegó con un puño al aire, en señal de triunfo. ¡No más búhos descontrolados entrando por la ventana de la cocina acusándolo de realizar hechizos levitatorios! ¡Era libre! ¡Completamente libre! ¡Sin reglas ni leyes que violar! La lechuza, al ver que él había tomado el pergamino y alarmada por la alegría silenciosa de su destinatario, salió volando por la ventana abierta.

—Felicidades Harry.

El chico se dio vuelta. Lara estaba en una esquina, sumida en la oscuridad.

—Ahora sí puedes hacer magia —dijo neutralmente—. ¿Te percatas de que todo era cuestión de tiempo?

Harry de pronto recordó algo.

—Felicidades para ti también —dijo sonriendo. Tomó el paquete de dulces que le habían regalado Ron y Hermione y lo abrió—. ¿Quieres uno?

—No, gracias —rechazó ella—. Es tu cumpleaños.

—También es el tuyo —dijo Harry sacando una rana de chocolate—. Naciste el mismo día que yo. Toma, celébralo.

—Nunca he celebrado, ni me han celebrado mi cumpleaños. No es algo relevante —dijo Lara haciendo un ademán.

—Bueno... —dijo Harry con un cabeceo. Se acercó a ella y le puso la rana de chocolate en las manos—. Pero una rana de chocolate no te va a hacer daño.

Lara asintió levemente, y empezó a sacar la rana. Se quedó estática, con el cromo de los Magos Famosos en las manos. Harry vio que ya no lucía tan decidida, tan dura, tan inexpresiva. Un fino relámpago de tristeza llenó cada línea de su cara pálida.

—Fue un gran mago —murmuró ella de repente—. No mereció ser asesinado.

El estómago de Harry dio un vuelco. Ya sabía de quién era el cromo.

—Realmente no lo mereció —dijo él, quitándole el cromo de las manos—. Y menos a manos de... ese cobarde.

Lara estrujó con fuerza el envase vacío de la rana de chocolate. Se llevó ésta a la boca y le dio un mordisquito. Se recostó de nuevo a la pared, mientras Harry miraba el cromo de Albus Dumbledore en su mano. El brujo de larga barba plateada le sonreía bondadosamente, le guiñaba un ojo a la sombra de sus gafas de media luna, y lo saludaba con una mano, luciendo igual a como la primera vez que Harry lo vio en el cromo de los Magos Famosos, en el Expreso de Hogwarts, siete años atrás. Lo apartó de su vista con dolor.

Por la ventana entró una lechuza oscura. Harry se apartó precipitadamente del camino del animal, que se posó en el respaldar de la silla del escritorio. Soltó el pergamino que tenía en el pico sobre el escritorio y fijó sus ojos ambarinos en Lara. La muchacha enseguida captó el interés de la lechuza en ella.

Sin previo aviso, la lechuza emprendió vuelo contra ella con las garras extendidas, como si la quisiera desgarrar. Sus alas se alargaron en forma de pliegues, hasta transformarse en una amplia tela negra. Lara extendió una mano abierta, como si diese una orden silenciosa de detenerse a la vestidura oscura que volaba amenazadoramente hacia ella.

Harry se estremeció cuando una especie de onda fría que no tenía nada que ver con el ambiente, se extendió en la habitación por unos segundos. Como si la tela hubiese perdido la vida que la impulsaba, se quedó paralizada en el aire unos segundos, antes de caer lentamente en el suelo, estrujada e inmóvil, sin dar muestras de que antes había estado disfrazada de una lechuza viva. Lara se acercó a la tela en el suelo y la fue a tocar.

—¡No Lara! —dijo Harry apuntándole a la tela con su varita—. ¡No la toques! Puede estar maldecida.

—Te aseguro que si lo estaba, ya no lo está —replicó ella.

Se a levantar la tela del suelo.

—Es una capa negra —dijo. La palpó con cuidado y comprobó la textura al frotarla entre sus dedos—. Sus materiales son de primera calidad.

Harry se acercó. Pasó una mano con temor por encima de la capa que Lara tenía entre sus brazos. Era extraordinariamente suave. Lara se acercó al escritorio y recogió la nota que era muy pequeña. Harry se asomó por encima de su hombro.

FeLiCIdAdES LaRa

Harry frunció el entrecejo. El mensaje había sido compuesto por letras recortadas del diario mágico "El Profeta". Miró a Lara, que también observaba con ceño el mensaje.

—¿Quién te lo envió, y cómo supo encontrarte? —le preguntó él.

—No tengo la menor idea.