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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 4
Lo que quedaba de noche no pudo transcurrir de forma más tensa. Ahora Harry había tomado como una especie de posta de vigilancia el estar sentado al lado de la ventana de la habitación.
Lara se había probado la capa la cual le quedaba un poco grande, pero no era mucha la diferencia. En esos momentos, lo único que se veía de ella en la habitación era el brillo de sus ojos. Estaba sentada encima del cojín en donde había dormido como gato parte de la noche. Harry salió de su incómoda posición cerca de las cuatro y media de la mañana.
—Lara, si quieres puedes darte un baño antes de que los Dursley despierten.
—No quiero llamar la atención de tus parientes.
—Si vas ahora ellos no lo van a saber.
Lara se levantó y se acercó a la puerta de la habitación. Se quedó con una mano en el pomo de la puerta.
—No tengo ropa —dijo con voz queda.
—Ah, eh... ¿No te importaría... usar ropa de chico? —dijo Harry y se arrodilló frente a su baúl.
—No, pero gracias. Puedo ir a buscar mi equipaje.
Y antes de que Harry abriese la boca, hubo un «crack» y Lara desapareció. No pasaron dos minutos, y se escuchó otro «crack». Harry se dio vuelta a tiempo de ver a Lara con una maleta muggle pequeña, algo desvencijada. La puso con cuidado encima del escritorio y sacó unas ropas tan negras como las que llevaba puestas.
—¿Dónde es el baño? —le preguntó.
Harry abrió la puerta de la habitación con cautela. Confirmó que a ninguno de los Dursley le diese por hacer una incursión nocturna al baño, entonces le señaló en silencio el baño a Lara. Rápida y sigilosa, la muchacha se deslizó por el pasillo y entró en la estancia indicada sin producir sonido alguno. Harry entró de regreso en su propia habitación. En la esquina donde Lara se agazapaba, vio la capa. Dudó unos segundos antes de acercarse y tomarla.
Acarició la tela por algunos minutos, no cabían dudas de que era muy valiosa. La desplegó y la miró de punta a cabo. ¿Quién podría haberle enviado semejante cosa a Lara? Y el segundo asunto, ¿cómo sabía que era su cumpleaños? Porque indudablemente, la capa había sido un regalo.
Negra, completamente negra. Era obvio el interés de Lara por las prendas oscuras. ¿Quién sabía de sus gustos? O... ¿Alguien más sabía que ella estaba ahí?
—¿Qué haces?
Harry pegó un brinco y empezó a doblar la capa apresuradamente. No había escuchado la puerta abrirse y menos, a la muchacha entrar.
—Yo... disculpa Lara... no quería... —dijo atropelladamente—. Yo... en realidad... sólo...
—No estoy enfadada —lo tranquilizó la voz de ella a su espalda—. Considero que es normal que sientas curiosidad por algo que llegó a tu casa, pretendiendo ser lo que no es.
Harry se dio vuelta despacio, como si temiese ofenderla si se movía con brusquedad. Lara se volteó a su vez después de guardar la ropa que había usado en su maleta. Harry frunció el ceño. No la había visto con ropa muggle. Tenía puesta una camiseta, un short a la cadera y botas, todo de color negro. Su figura era grácil, aunque con el busto un poco grande. Su pelo castaño era más largo de lo que él se había imaginado. Lo tenía suelto, húmedo, y le llegaba por el inicio de los muslos. Le devolvió la capa y ella la guardó en su maleta.
—Yo quería preguntarte... —comenzó a decir Harry.
—Adelante —lo incitó ella a seguir.
—¿Alguien sabe que estás aquí? Digo, ¿que estás en Londres? —preguntó de golpe.
Lara lo miró sin parpadear unos segundos antes de responder con voz lenta:
—El único que lo sabía, ahora descansa en paz.
Harry carraspeó.
—Bueno, y ¿las otras personas que te entrenaron? —le preguntó. Le urgía encontrar al autor de la nota.
—Mis movimientos bajo las órdenes de Dumbledore no concernían a nadie más que él, y a mí —dijo Lara al recostarse de brazos cruzados en el escritorio—. El deber de esos magos y muggles era entrenarme. Sin preguntas, sin comentarios, sin réplicas.
Harry vio a los principales sospechosos descartados.
—¿Y no conoces a alguien más en Londres? —preguntó desesperado.
—Solo a ti —dijo ella—. Y creo que sería muy estúpido si me enviases una capa disfrazada de lechuza con una nota para asustarme.
—No haría eso —masculló Harry, picado.
Caminó hacia su cama y se dejó caer en ella.
—Y... ¿Y si la noticia de que vendrías se filtró? Quiero decir... —insistió, tenía que hallarle algún sentido a la nota—... la lechuza de Dumbledore pudo ser interceptada.
—Eso no procede —rebatió Lara sin abandonar su posición—. Dumbledore me contactaba por medio de plumas de Fénix.
Harry cabeceó. Ya no tenía más sospechosos. Ya estaba cansado de inventar cosas en su cabeza acerca de la misteriosa nota compuesta por letras recortadas del diario mágico «El Profeta».
—Voy a dormir un poco —murmuró más para sí mismo que para Lara—. En cuanto amanezca, nos vamos a la Madriguera, la casa de mi amigo Ron.
Recibió por respuesta un débil maullido. Cuando miró hacia el cojín, solo pudo ver un gato negro enroscado en él. Decidió seguir su ejemplo. Se acomodó y sin quitarse las gafas, se quedó dormido.
El despertador sonó su irritable alarma a las siete en punto de la mañana. Una cabeza desgreñada surgió de entre la sábana y alargó una mano, tanteando torpemente encima de la mesita de noche, hasta alcanzar el despertador y apagarlo de un golpetazo. Harry bostezó y se levantó. Se estiró a sus anchas y luego miró a una esquina de la habitación, en donde dos ojos verdes con pupilas rasgadas se habían abierto y lo observaban por entre un pelaje negro brillante.
—Buenos días Lara —saludó con ronquera.
El gato maulló. Casi saltó de la cama y se alisó con torpeza las ropas con que había dormido e intentó no verse tan desaliñado. Se miró en el espejo e intentó aplastarse el pelo.
—Prepárate —le dijo al gato, que se desperezaba sobre el cojín—. Nos vamos ahora mismo a la Madriguera.
—¿No le informarás a tu familia? —preguntó la voz de Lara. Harry la vio de pie junto a su baúl, con el equipaje en la mano.
—Te aseguro que se alegrarán al ver que ya no estoy por aquí —dijo Harry y bufó al ver que era imposible hacerse un peinado decente. Claro, que sólo usaba los dedos y no un peine con toneladas de gel—. No les importará. Agradecerán el detalle que me vaya sin avisar.
—Bien. Aguarda aquí unos minutos. Necesito comprobar los alrededores.
—¿Comprobar los…? —Harry suspiró al ver que ella desaparecía de golpe—. Esta será una experiencia memorable —masculló no muy contento con el constante tono sombrío e inexpresivo de Lara.
Se asomó por la ventana y vio que en el medio de la calle, había un gato negro sentado, mirando a ambos finales de Privet Drive por turnos. Parecía esperar a su amo. El gato terminó su escrutinio y desapareció entre los setos vecinos. Harry se dedicó a quitarle la pila a su reloj despertador, a agenciarse su escoba, a soltar a Hedwig y decirle que fuese a La Madriguera. A los pocos minutos, hubo un «crack» y Lara apareció en medio de la habitación.
—Todo despejado —anunció ella—. Podemos marcharnos. Tendrás que guiarme. Dumbledore nunca me reveló donde estaba La Madriguera.
—Está bien. Veo que sabes Aparecerte, pero ¿ya hiciste las pruebas para obtener el permiso?
—No.
—Puedes ir con Ron y conmigo a hacerlas —convidó Harry. Se inclinó a aferrar su baúl—. Así no te tendrías que aparecer de forma furtiva.
Lara ladeó la cabeza, un gesto de curiosidad divertida aunque no expresase nada.
—Está bien —aceptó—. Iré a hacerlas. Aunque nunca lo creí necesario.
Harry estaba cada vez más intrigado. Lara era una especie de fantasma para el Ministerio, como si no existiese o fuese una muggle. Aunque no era una fantasma para quien le había mandado la capa.
—¿Lista? —preguntó Harry. Con un «plin», Lara se transformó en gata y Harry la pudo cargar con el brazo de la varita—. ¡Vamos a la Madriguera!
Miró al frente. Su destino: la cocina de la Madriguera. Avanzó con decisión. Un fuerte «crack» llenó la pequeña habitación y Harry Potter ya había desaparecido.
El señor Weasley, un delgado y calvo pelirrojo que llevaba gafas, saltó de su silla cuando hubo un fuerte «crack», y parpadeó un par de veces al ver a Harry frente a él, con su baúl, Saeta de Fuego y sosteniendo con algo de dificultad un gato negro.
—Hola señor Weasley —saludó el muchacho. Dejó en el suelo el baúl y su escoba la recostó a una meseta. Al gato lo dejó encima de la mesa.
El hombre observó al animal que le devolvió la mirada. El gato emitió un maullido, saltó lejos de la mesa y abandonó la cocina por la ventana.
—Er... Harry... tu gato... que esto... saltó y que no sabía que tenías uno y... —comenzó a decir el señor Weasley, pero alzó su varita de repente y le apuntó a Harry—. ¡No te muevas!
—No me he movido —dijo Harry alarmado—. ¿Qué sucede?
—Lo siento Harry, pero... tenemos que seguir las medidas de seguridad —dijo el señor Weasley a modo de disculpa—. Y... lo siento de veras pero... ¡Identifícate!
—Er... —dijo Harry torpemente—. ¿Qué se supone que deba decir?
—Ah, vaya, no planeamos contigo ninguna pregunta de seguridad —dijo el señor Weasley. Se veía bastante incómodo—. ¡Espera, espera! ¡No des un paso! ¿Y eso que tienes en la mano es una pila muggle?
—Arthur, ¿cuál es el escándalo? —preguntó la señora Weasley desde la entrada de la cocina. Era una mujer pequeña y rechoncha. Fijó sus ojos en Harry y sonrió—. ¡Hola Harry cielo! ¡Por dios! Estás delgado, ¿es que esos muggles no te alimentan? ¿Desayunaste…? ¿No? ¡Qué brutalidad!
—¡No te acerques Molly! —exclamó el señor Weasley—. ¡No sabemos si es un mortífago disfrazado!
—Cada día te pareces más a OjoLoco —refunfuñó la señora Weasley—. Deja esas tontas medidas Arthur. Ven cielo…
—¡Molly, querida! ¡Esas medidas no son tontas! ¡Las puso el Ministerio! ¡Y hay que cumplirlas a toda costa! —dijo el Sr. Weasley exasperado—. ¡Espera! ¡REMUUUUUUUUUS!
Harry estaba divertido con toda la situación. La señora Weasley miraba a su marido como si le hubiesen salido cuernos azules, y golpeaba el suelo con un pie de forma impaciente. Se escucharon pasos que se acercaban a toda prisa y a la cocina entró un hombre de aspecto enfermo, con el pelo castaño muy veteado de gris. Parecía exhausto, pero sus facciones y sus ojos, eran jóvenes.
—¡Remus! ¡Pregúntale algo que solo el verdadero Harry sabría! —dijo el Sr. Weasley sin dejarle de apuntar a Harry.
Lupin lució desconcertado unos segundos, antes de aclararse la garganta y decir:
—Haz un Patronus, Harry.
El chico sonrió y alzó su varita.
—¡Expecto Patronum!
Un gran ciervo plateado se materializó en la cocina de los Weasley, antes de desaparecer en una voluta de humo. Lupin sonrió.
—Hola Harry —lo saludó el hombre—. Debiste avisar que vendrías, así enviábamos escolta a tu casa. Aunque supuse que preferías hacerlo por tu cuenta. Hedwig está aquí desde hace unos minutos. Me extrañó verla sin nada cuando la revisé, pensé que habías enviado una carta o algo.
—No tuve mucho tiempo —mintió Harry. Perfectamente pudo desayunar con los Dursleys y darles el regalo de despedida de que podía hacer magia. Dejar a Dudley colgado de los pulgares, quizás—. No me pasó por la cabeza escribir una nota. Aunque no dejo de reconocer que no fue correcto. Debí avisar que vendría.
—Eso no importa Harry, felicidades cielo —dijo la señora Weasley y en dos pasos lo espachurraba en un abrazo—. Ya debes haber recibido la carta del Ministerio.
—Si, la recibí en la noche.
—Er... Harry —inició el Sr. Weasley apenado. Se acercó al chico y le palmeó la espalda—. Yo... siento la desconfianza, pero...
—Está bien señor Weasley —dijo Harry sonriente—. Entiendo esas medidas. Debe cumplirlas.
El señor Weasley asintió levemente y fijó sus ojos en la pila que todavía sostenía Harry.
—¿Eso es una pila muggle? —preguntó embargado de emoción. Cuando Harry asintió, la cara se le iluminó—. ¿Me... me la puedo quedar?
—Sí, claro señor Weasley. La traje para usted —dijo Harry.
La Sra. Weasley frunció los labios cuando vio que su marido se comía la pila con los ojos.
—¡Curiosa, curiosa! —exclamó el señor Weasley—. No tenía ninguna de estas… ¿cómo funcionará…?
En el momento en que Harry sonreía, sucedieron varias cosas. Por la puerta de la cocina entró volando un Frisbee Colmilludo, mientras se escuchaba la risa de los gemelos de fondo y las farfullantes palabras de Ron acercándose. El Frisbee fue directo hacia Harry presto a mordisquearle las orejas. Sin embargo hubo un «crack». Lara apareció entre el Frisbee y Harry para alzar una mano con porte imperativo hacia el trasto.
En la cocina irrumpió Ron, seguido de Hermione y Ginny, y detrás de ellos riendo a carcajadas, venían los gemelos Weasley: Fred y George. Todos se quedaron paralizados al ver a la muchacha. El Frisbee se quedó unos segundos tieso en medio del aire, y cayó al suelo produciendo un golpe seco.
—Disculpa por tardar Harry —dijo Lara. Bajó la mano y lo encaró para continuar en su usual tono de reporte militar—. Los terrenos de la Madriguera son más grandes de lo que supuse.
—No hay problema, Lara —dijo Harry dándose cuenta de que todos miraban a la chica.
—No... no tenías por qué haber hecho eso —barbotó Ron, cortado.
Lara observó al pelirrojo con detenimiento, luego a Hermione, Ginny, Fred y George. Puso una mano en el aire, encima del Frisbee, y éste comenzó a elevarse lentamente, como si lo alzasen con hilos invisibles. El Frisbee pareció recobrar toda su energía y sus ganas de mordisquear orejas, pero fue dócilmente por el aire hasta las manos de Ron.
—Er... miren, ella es... Lara, Lara Josthings —la presentó Harry con torpeza. Miró a Lupin que era el que quedaba más cerca—. Lara, él es Remus Lupin, un buen amigo mío...
Lara extendió una mano hacia el brujo. Lupin se limitó a escudriñarla con mucho detenimiento y reserva, como si él fuese capaz de ver algo en ella que nadie más veía. Sin decir palabra, salió de la cocina sin estrechar la pálida mano de la chica.
—Arthur Weasley —dijo el Sr. Weasley apresurándose en estrechar la mano de la chica. Harry agradeció su gesto de no dejarla plantada. Después recordó que él tampoco había sido muy amable la primera vez que se vieron—. Y ella es mi esposa, Molly Weasley.
—Mucho gusto señor Weasley —dijo Lara. Miró a la Sra. Weasley—. Señora...
La aludida inclinó la cabeza con una sonrisa.
—Y... él es Ron Weasley, Fred y George Weasley, Ginny Weasley y Hermione Granger —terminó de presentar Harry.
Lara estrechó las manos de todos, sin expresar absolutamente nada, pero al menos todos habían reaccionado bien a ella. Aunque era extraño el comportamiento de Lupin con la muchacha, Harry decidió dejar ese asunto para después. En ese momento, estaba encantado de estar en La Madriguera.