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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 5

Harry estaba feliz. Se sentía como si esa fuese su verdadera casa. Dormía en la habitación de Ron, mientras Ginny y Hermione le habían hecho un lugar a Lara. Los gemelos casi nunca estaban en la vivienda, porque más bien se la pasaban en la tienda de bromas del Callejón Diagon.

A la que no pareció agradarle mucho Lara, incluso menos que a Lupin, era a Fleur. La miraba como si Lara fuese un peligro potencial. Fleur pasaba el día pegada al brazo de Bill, como si de un momento a otro pensara que Lara le pudiese caer encima a su novio y lo empezara a besuquear, porque a pesar de tener su cara surcada de cicatrices producidas por el hombre-lobo Greyback, Bill había conservado su carácter agradable, y siempre fue muy amable con Lara.

Fleur no dejaba de atacar a la muchacha, como sucedió en su segundo día de estancia junto con Harry en la Madriguera, durante el desayuno.

—¿Quieres más chocolate, Lara? —le preguntó Bill sonriendo.

—Si, gracias —aceptó la aludida.

—No debegías tomag mucho chocolate, Laga, aguinagía tu figuga. Que ya está bastagte maltgatada, pog ciegto —dijo Fleur de repente—. Y Bill, ella tiene manos, que se sigva el chocolate.

—Él solo se porta como un caballero, señorita Delacour. No debe reprenderlo por su amabilidad —replicó Lara con elegancia.

—Y tú no eges una estúpida, niña. Bien pudiste alcanzag el chocolate pog tus pgopios medios —dijo Fleur. Agitó su cabello y a Ron un poco más y se le caía la baba.

Lara tironeó de las comisuras de la boca. Para cualquiera, era casi una mueca. Harry sabía que ella intentaba sonreír.

—No soy estúpida —replicó con mucha calma—. Pero usted va por buen camino, señorita Delacour.

Ginny se atragantó con los cereales y Fleur no le volvió a dirigir la palabra a Lara en lo que quedó de desayuno.

Lupin casi le huía a Lara. Era el único que lo hacía, aunque a veces la observaba con fijeza, escudriñándola. Mas no le hablaba y las pocas palabras que intercambiaba con ella eran: «sí» o «está allí» y muy escasamente «buenos días». Harry no entendía para nada ese comportamiento extraño de Lupin. Así que se le acercó un día en la cocina y lo abordó.

—Lupin, ¿estás bien? —había empezado.

—Sí, sí —contestó el hombre-lobo apresuradamente, mientras leía el diario mágico «El Profeta».

—Te quería preguntar algo... —el hombre inclinó la cabeza. Le concedía la palabra—. ¿Tienes algo en contra de Lara? Casi ni le hablas. La evitas todo el tiempo… ¿qué crees de ella?

—Es una muchacha confiable, si te demostró que la envió Dumbledore —dijo Lupin, aunque la voz le había salido más ronca de lo normal.

Harry no quedó conforme con la respuesta.

—Ella no te agrada mucho, ¿verdad? —volvió a la carga.

—Yo no he dicho eso —dijo Lupin bruscamente.

—Es lo que parece —el hombre volvió a sacudir la cabeza—. ¿Y sobre lo que te comenté? ¿Esas cosas extrañas que hace sin varita y sobre que podía hacer magia siendo menor de edad?

—Curioso, muy curioso, y también extraño. No puedo decir nada más.

Harry tampoco quedó satisfecho. Lupin se veía muy nervioso e... ¿Incómodo?

—Dime Lupin, sabes que ella va a buscar los Horcruxes conmigo. Dime tu opinión. ¿Crees que sea de fiar?

—Harry, siento dejar la conversación, pero debo ir a ver a Tonks.

Y Harry se quedó con la palabra en la boca cuando Lupin se fue.

Después de ese encuentro, se había dedicado a observar a Lara todo el tiempo que le era posible. Ella no realizaba demasiada vida social en la Madriguera, solo la necesaria. Se levantaba primero que todos, incluso primero que la señora Weasley. Bajaba a la cocina enfundada en un mono deportivo, allí adelantaba el desayuno, luego, salía a correr por toda la bajada de la Madriguera hasta el pueblo y regresaba de igual forma, después de detenerse en un pequeño bosquecillo y pegarle puñetazos y patadas a un rústico saco de boxeo hecho con tela de saco y rellenado con hierbas secas, al parecer, entrenando «a lo muggle».

Harry se tranquilizó y lo mismo hicieron sus amigos cuando se enteraron de lo que hacía Lara. Pero aún así, ella seguía igual de misteriosa e inexpresiva, como si fuese un robot. A veces Harry la encontraba con su mirada esmeralda perdida a lo lejos, como si ella fuese capaz de ver algo en el horizonte que nadie más veía.

Harry se acercó a ella al final del día antes de las pruebas de Aparición. Lara estaba sentada cerca de una ventana, ensimismada en sus propios pensamientos.

—¿Lara? —preguntó con dudas.

—Dime —contestó ella, tan presente como si no estuviese con la mirada perdida.

—¿Qué haces? —dijo Harry y se sentó a su lado.

—No lo sé —dijo Lara, en sus ojos verdes se reflejaban las nubes rosadas a causa de la caída de la tarde—. Me gusta quedarme así.

—Ah —dijo Harry con simpleza. Encontraba un poco extraño ese gusto—. Bueno, ¿quieres jugar Quidditch?

Antes de que ella pudiese contestar, la cabeza pelirroja de Ron apareció en donde estaban ellos.

—¡Harry! ¡Llegó Charlie! —exclamó muy emocionado.

Harry se levantó de un salto con una sonrisa.

—Ven Lara, para que conozcas a otro de los hermanos Weasley —la convidó.

—Voy después. Ahora creo que él querría saludar a su familia.

—¡Vamos Harry! Charlie dice que tiene deseos de verte —lo apresuró Ron. Miró a la muchacha—. Lara, ven también. No tienes que esperar.

—Insisto Ron —dijo ella—. Sólo voy a tardar unos minutos más.

Ron cabeceó.

—Bueno Harry, vamos, ¡no te imaginas lo que trajo! —dijo animadamente cuando salían de la habitación—. Si Hagrid lo ve...

—No me digas que es... —comenzó Harry con cautela.

—¡Un huevo de Dragón! —exclamó Ron—. Pero se lo tiene que volver a llevar —agregó en un susurro—. Solo lo trajo para cuidarlo. Se lo dejaron encargado y no puede perderlo. ¡Y a qué no sabes de qué tipo de Dragón es! —Harry se encogió de hombros—. ¡De Colacuerno Húngaro!

Entraron a la cocina y Harry sonrió cuando un muchacho de igual constitución a la de los gemelos se acercó a estrecharle la mano.

—Hola Charlie —saludó él sin dejar de sonreír.

Charlie estaba casi igual a cómo Harry lo recordaba: con sus grandes manos llenas de ampollas y callos, de piel curtida y lleno de pecas, además de que su cara no había perdido la expresión bonachona y sus brazos estaban más musculosos. Pero estaba más delgado y parecía cansado.

—Si quieres, puedes echarle un vistazo a ese caldero —dijo Charlie guiñándole un ojo.

Pero no hizo falta que Harry se moviese, Ron lo agarró por un brazo y casi lo arrastró al recipiente.

—Igual a los huevos de la primera prueba, ¿no, Harry? —dijo Ron emocionado.

Harry asintió mientras contemplaba el huevo oscuro. Y enseguida le vino a la mente un enorme Colacuerno Húngaro con las fauces abiertas encima de una nidada, frente a todo Hogwarts, mientras él solo tenía como arma su varita. Pero también sintió una punzada, al recordar, que Dumbledore había estado allí, como jurado.

—¿Y Lara, Harry? —preguntó Hermione por encima de su hombro.

Harry se incorporó y abrió la boca.

—Estoy aquí, Hermione.

Desde la primera vez que flotó la voz de la chica, Charlie se dio vuelta bruscamente hacia ella.

—Ven Lara —la llamó Ron.

La chica de inmediato se acercó.

—Él es Charlie, otro de mis hermanos mayores —presentó el pelirrojo efusivamente—. Charlie, ella es Lara Josthings.

Charlie se quedó unos segundos perdido en el rostro de la muchacha, y luego bajó la mirada hacia la mano que ella había extendido hacia él. Por unos segundos, pareció que Charlie iba a hacerle lo mismo que Lupin, pero él tomó su mano y la rozó con los labios, como todo un caballero.

—Mucho gusto, señorita Josthings —dijo Charlie levantando la vista para mirarla a los ojos.

—Mucho gusto en conocerle, Sr. Weasley —dijo Lara. Harry se percató de que ella también observaba al mago con interés. Era un cambio notable en su usual expresión vacía.

—Puedes decirme Charlie —dijo él sin soltarle aún la mano.

—Entonces, puedes decirme Lara.

Dio la impresión de que nada hacía más feliz a Charlie que ese dejo de formalidades. En cuanto le soltó la mano, corrió una silla para que ella se sentara.

—No tenías que molestarte, Charlie —dijo Lara, pero aceptó el asiento.

—Para mí, es un placer —dijo él, sonriente.

—Creo que le gustas a mi hermano —le susurró Ginny a Lara cuando se sentó al lado de ella—. Es guapo, ¿verdad?

Lara hizo una leve inclinación de cabeza. Una concesión silenciosa.

—¿En qué trabaja? —preguntó.

—En Rumania, con Dragones —contestó Ginny—. Un trabajo muy rudo. ¿Viste sus músculos?

Ella volvió a asentir, comedida.

Hubo un «crack» y Lupin apareció en la media abarrotada cocina.

—¡Remus! —exclamó Charlie—. Gusto en volver a verte.

—Lo mismo digo. ¿Cuándo llegaste?

—Hace unos minutos. Con un huevo de Colacuerno a cuestas. Ya sabes, de la Reserva.

—¿Y por qué tienes que cargar con ese huevo? —preguntó Lupin con interés. Se sentó a la mesa después de Charlie—. ¿No estarían mejor con sus madres?

—Oh si, de cierto modo —dijo Charlie con una mueca—. Pero los mortífagos han atacado la Reserva. Solo dejaron unos pocos huevos, aparte de los que se llevaron.

—¿Se llevaron huevos de Dragón? —preguntó el Sr. Weasley de repente.

—Sí. Ni idea para qué los quieren —dijo Charlie ceñudo.

—Puede servir tener Dragones de aliados.

Lupin, el Sr. Weasley y Charlie miraron a Lara.

—Aunque son muy difíciles de domar —prosiguió ella. Fijó los ojos en Charlie—. Un solo mago no podría controlar un animal así.

—¿Te gustan los Dragones? —preguntó Charlie con brillo en los ojos.

—Son fascinantes —admitió Lara—. Y peligrosos al mismo tiempo. Muy peligrosos. Pero eso lo debes saber Charlie, a juzgar por la quemadura que tienes en el hombro.

—¿Cómo sabes que tengo una...?

—Sangras, te manchó la camisa.

—¡Ah! —exclamó Charlie al verse la pequeña mácula escarlata en el hombro de la camisa—. ¡Demonios!

—Charlie, hijo, ¿qué es eso? —preguntó la señora Weasley alarmada. Sacó la varita y se acercó.

—Nada mamá —dijo Charlie en un intento vago por cubrirse la marca delatora.

—Eso no es «nada mamá» si tienes sangre en el hombro —resopló la Sra. Weasley—. Quítate la camisa.

—No es nada grave —dijo Charlie. Hizo un gesto despectivo para quitarle importancia—. Es sólo la quemadura del Colacuerno al cual le quité el huevo.

—¡Con más razón debo verte eso! —dijo la mujer exasperada—. ¡Quítate la camisa! No quieras que lo repita…

Charlie puso los ojos en blanco y se quitó la prenda. Tenía una fea quemadura en el hombro izquierdo.

—¿De qué tamaño era el Dragón, Charlie? —preguntó Ginny.

—Bah, no era tan grande —dijo Charlie mientras la señora Weasley lo curaba con su varita.

—Está presumiendo —susurró Ginny a Lara. Alzó la voz para dirigirse a su hermano—. Pudiste con él, ¿cierto? ¿Cómo fue?

—Sí, por supuesto que pude con él —dijo Charlie. Movió el hombro libre, flexionó el brazo, los músculos se tonificaron al instante—. Si no, no tuviese el huevo en mis manos... la lucha fue bastante desigual pero…

Harry, que charlaba con Ron al lado de las dos chicas, se dio cuenta que era verdad lo que había susurrado Ginny; Charlie presumía. A juzgar por la forma en que agitaba el brazo sano, mostraba el pecho, y por cómo hablaba de forma jactanciosa de su batalla contra el Colacuerno para quitarle el huevo. Lara lo escuchaba con ligero interés, y Ginny se veía emocionada con la historia, mientras que Hermione trataba de atrapar a Crookshanks, que bufaba acechando al Pygmy Puffs de Ginny.

Pero quizás quien mejor la pasaba era Lara. Harry la vio intentar mejorar su sonrisa cuando Charlie la miraba o se dirigía a ella de forma directa.

Mientras, el pelirrojo no tenía que ensayar nada para lucir encantador y demostrar su interés en ella.