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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 30
El Mundo Mágico jamás se había sentido tan a salvo. Bueno, una vez, hacía dieciséis años atrás, cuando un bebé sin talento mágico derrotó al mago tenebroso más grande de la historia. Y ahora la historia se repetía, aunque esta vez, todos esperaban que fuese algo definitivo.
El brujo había sucumbido ante Harry Potter (de nuevo, ironías de la vida) y se rumoreaba que sus amigos y una extraña bruja entrenada por Albus Dumbledore, fueron pieza fundamental para el éxito. Ahora en todo lugar mágico había fiesta. Cuando Harry salió de San Mungo, su vida peligró en serio al verse asaltado por la estampida de brujas y magos eufóricos que querían abrazarlo, felicitarlo, tocarlo y muchos otros "arlo". Hasta habían periodistas, entre ellos Rita Skeeter con sus uñas escarlatas y parecía la más eufórica.
—¡La exclusiva para el Profeta, Harry! —chillaba en un vano intento por alcanzarlo—. ¡La exclusiva de la muerte de quien-tú-sabes para el Profeta!
Pero la marea de gente no le permitió acercarse, cosa que el muchacho agradeció. Y bastante. Detrás de Harry iba Lara, ayudada por Lupin. Llevaba vendajes curativos en el estómago. Aunque le hubiesen dado de alta, todavía tenía problemas y necesitaba descanso. No había dicho una sola palabra desde esa mañana, cuando Lupin le había explicado que no era su hija. Que era hija del asesino de su mentor, de Severus Snape. De por sí, Lara era totalmente inexpresiva lo cual conllevaba no ser muy habladora. Pero Harry detectó algo en su mutis, algo que también batía alas con furia en el interior de sus ojos ya no tan vacíos. No quería estar cerca cuando estallara.
Lupin le había explicado acerca de las memorias que ya no tenían en su poder. Ella se aisló en su mundo y lo ignoró. Harry aún tenía entre ceja y ceja que Snape debía pagar por el asesinato de Dumbledore. Cierto que lo había pactado con el anciano brujo, pero su principal móvil fue la venganza y estaba seguro de que disfrutó acabar con la vida del mago. Al menos, debía entregarse para recibir juicio. Era lo justo.
—Snape no tenía opción —le había explicado Lupin por enésima vez, horas antes de salir de San Mungo—. Como bien viste en las memorias, Snape y Dumbledore tenían un pacto, una Promesa Irrompible…
—Pudieron estar alteradas. No es primera vez que veo memorias así —dijo Harry con los dientes apretados—. ¡Ese cobarde…!
—Ya basta, Harry —espetó Lupin con brusquedad, acallándolo—. Actúas como un niño. Olvidas lo mucho que él arriesgó todo este tiempo, así que no creo que sea un cobarde. Fue un acuerdo entre Dumbledore y Snape. Ambos sabían que iba a llegar ese día. No se puede volver atrás. Y Snape pudo haber matado a Dumbledore hacía mucho tiempo. Le bastaba usar el pretexto de que le robó a su hija. ¡No lo hizo! Y a pesar de todo, Snape fue fiel, incluso después del final de Dumbledore. La única que tiene derecho a juzgarlo como le plazca, es Lara —dirigió una mirada furtiva a la cama de la muchacha, dormida de nuevo a causa de los sedantes—. Y yo quiero evitar que lo juzgue como me estoy imaginando.
Harry no dijo nada. Horas después, Lara despertaba envuelta en mutis y su curandero verificó que todo estuviese en orden antes de permitirle abandonar el hospital.
Harry entró en el auto que el Ministerio había puesto a su disposición. Magos y brujas continuaban agolpándose alrededor, como si él fuese una estrella de cine muy famosa. Harry se hundió en su asiento. Lara estaba del otro lado de Lupin, con la vista clavada en sus pies. Llegaron a la Madriguera mucho más rápido de lo que imaginaban y la señora Weasley los recibió en el jardín.
—¡Harry, cielo! ¿Estás bien? —jadeó la señora Weasley atrapándolo en un abrazo asfixiante. Después de lo que casi significó saber qué se sentía al morir sofocado, ella lo soltó para escudriñarlo con nerviosismo—. ¿Tienes hambre? ¿Estás cansado?
Harry sonrió ante tantas preocupaciones.
—Estoy bien —dijo en voz baja—. Pero algo de comer no me vendría mal.
—Ven, Harry cielo —lo invitó a entrar la señora Weasley. Miró a Lupin y a Lara—. ¿Y ella cómo está?
—Necesita descansar —dijo Lupin, escueto.
—Bien, llévala arriba, a la habitación de Ginny —indicó la señora Weasley.
El brujo asintió y torció hacia la entrada de la casa, mientras Harry y la señora Weasley iban a la cocina.
—Ron y Hermione te han estado esperando. Están preocupados —dijo ella—. Fred y George vienen después y Charlie llega mañana de Rumania. ¡Todos están tan felices…!
Harry entró a la cocina de la Madriguera para ver a Ron y a Hermione allí con aspectos no muy lozanos, pero no era tan alarmante.
—¡Harry! —exclamó Hermione. Se levantó de la silla y lo abrazó con fuerza—. ¡Estábamos preocupados!
—¿Cómo estás, amigo? —preguntó Ron.
—Bien —dijo Harry con una sonrisa—. Con un poco de dolor de cabeza, pero bien.
—Aquí tienes, cielo —dijo la señora Weasley y puso a la mesa un tazón de caldo de pollo y una cuchara—. Los dejo solos.
Harry no perdió un segundo y, agradecido, comenzó su ingesta de caldo de pollo.
—Amigo, tienes que contarnos qué sucedió —dijo el pelirrojo. Se rascaba con insistencia el pecho. Harry pudo entrever una cicatriz horrenda—. Nosotros… nosotros no llegamos al segundo round —agregó en cierto tono de disculpas.
Harry entre bocado y bocado les contó todo. Incluso sobre Snape. La noticia de quien era el verdadero padre de Lara dejó a los otros dos boquiabiertos.
—Estás de broma —dijo Ron. Como siempre, era el primero en salir de los shocks—. ¿Hija de... de, de ESE?
—Harry, no bromees así —lo reprendió Hermione.
—¡Yo también pensé que Snape me tomaba el pelo! —exclamó Harry—. Hasta que me entregó sus memorias… —sus amigos formaron una perfecta "o" de asombro—. Yo no quería creerlo. ¡Lara no podía ser hija de él! Pero cuando entré en las memorias de Snape... Dumbledore le robó a Lara. Lo engañó, le dio una infusión para dormirlo y se la robó de los brazos... La va a venir a buscar. Él… dijo que vendría. Que no la iba a perder de nuevo…
Los tres se quedaron en silencio. Harry decidió que era demasiado incómodo para todos y retomó su asunto pendiente con el caldo de pollo. Los gemelos llegaron poco después y felicitaron a Harry, regalándole varias bromas Weasley.
—Tardamos porque teníamos la tienda abarrotada —se excusó George. Le entregó varias bengalas Weasley entre otros artículos de bromas.
—¡Imagínate! ¡La caída definitiva de quien-tú-sabes! —intervino Fred—. ¡La comunidad mágica en pleno festeja! ¡Y nosotros somos los principales proveedores de risas!
—¿Cómo está Lara? —preguntó George de repente. —¿Ha mejorado?
—Un poco, sí —informó Harry—. Pero no suban. Ella no quiere hablar con nadie.
Los gemelos intercambiaron una mirada y al notar la actitud esquiva de Harry con el tema, no lo agobiaron con dudas. Charlie llegó después del mediodía. Por su aspecto sombrío, estaba al tanto de los acontecimientos. No intercambió palabra con nadie. Simplemente, subió a la habitación donde reposaba Lara. La encontró acostada, con la mirada en el techo. Aún tenía el estómago vendado.
—¿Lara? —la llamó en voz baja.
Charlie creyó ver una chispa de vida en sus ojos, percibir un estremecimiento, mas ella no emitió sonido alguno o movimiento mayor que un parpadeo.
—Lo sé todo —dijo Charlie. Se sentó en el borde de la cama—. Lupin habló conmigo… no te enfades con él. Lo creyó su deber. Me imagino cómo te debes sentir. Pero quiero que sepas que lo que siento por ti no ha cambiado. Ni siquiera cuando me dejaste en el Callejón Diagon. Ni siquiera cuando Lupin, o quien yo pensaba que era él, me obligó a regresar a Rumanía, para apartarme de tu camino. Tú me gustas. Y espero que sientas lo mismo por mí.
Charlie bajó la cabeza y se inclinó hasta rozar sus labios con los de ella.
—Todo ha terminado —le susurró. Con delicadeza, como si temiese quebrarla, alzó una mano y acarició su cabello castaño—. Regresaste, viva. Esta vez no voy a dejarte ir. Si sientes lo mismo por mí, dame una señal, por pequeña que sea. Si no me deseas a tu lado, me iré.
Esperó, sin moverse, como si ella fuese algo frágil que pudiese huir al menor suspiro. Lento, Lara lo enfocó con sus ojos gatunos. Parpadeó. Formuló una frase en silencio y volvió a quedar en calma. Charlie volvió a beber de sus labios. Apenas un instante. Después, abandonó la habitación.
Harry se despertó al alba. Ya no podía dormir más. Bajó a la sala de la Madriguera. Pero cuando fue a dar un paso, sintió un "whooss" a su espalda. Alguien acababa de aparecer por la chimenea.
Se volteó y entre sorprendido y enfadado, musitó:
—Snape.
El brujo no le prestó la más mínima atención. Llevaba una capucha y túnica negra, como era usual en él. Harry le apuntó con la varita.
—No estoy para tus juegos, Potter —dijo el brujo con calma—. ¿Dónde está mi hija? Debo llevarla a casa.
—No, no lo hará.
—Potter, realmente no tengo tiempo para lidiar con tu inmadurez —advirtió Snape, gélido—. Apártate, o tendrá que ser a mi modo.
—¡Inténtelo!
—¡No!
La voz resonó en toda la sala de la Madriguera. Harry miró automáticamente al pie de las escaleras que conducían a las habitaciones. Hermione estaba allí, apuntándole a Snape con su varita. A su lado estaba Lara y dijo algo que nadie le discutió:
—Yo me encargo de él.