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Historia 181958 — capítulo 2
Las cartas negras.
Roxanne no sabía por qué la miraban tan raro esa mañana, incluso sus compañeras de habitación le pusieron ojos despectivos mientras se preparaban para comenzar el día. Era domingo, lo que significaba que el desayuno era más tarde y normalmente no habría visto a las quinceañeras de Ravenclaw hasta después de éste, pero por alguna razón desconocida se habían quedado para verla. Y cuando bajó a la sala común, parecía que hasta la estatua de Rowena la observaban con lástima.
Bajando las escaleras hacia el Gran Comedor, la morena vio manos tapando bocas y escuchó murmullos inteligibles, pero ninguna pista de qué estaba pasando exactamente. Todo había estado bien hasta la noche anterior…
Atrapado en un descanso de las escaleras móviles, Sammy Goldstein miraba fijamente el concreto del suelo con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Cuando las escaleras se movieron en su favor, Roxanne aprovechó para saltar los escalones y alcanzarlo en el descanso, pero antes de que pudiese decirle una sola palabra el rubio le dirigió una mirada fulminante.
— Ni siquiera lo intentes, Weasley.
¿Qué?, pensó la chica, y debe haberse visto en su expresión en la forma que Sammy puso los ojos en blanco y le dio la espalda.
— Sabes de que se trata. No quiero que me hables. — le dijo, cortante, y Roxanne seguía sin saber qué había hecho mal. Las escaleras volvieron a moverse y los llevaron hacia el pasillo principal, y apenas bajaron Sammy dejó atrás a su supuesta mejor amiga.
La chica se cruzó de brazos en confusión. Su amigo jamás se había comportado así con ella, ni siquiera en sus peores peleas. Y aún no sabía qué era lo que había hecho mal, lo cual hacía todo peor. Un retrato a su derecha, de una señora del siglo dieciséis, la miraba con desaprobación. Roxanne decidió que su mejor opción en ese momento era preguntarle al retrato qué en las lanudas calcetas de Merlín estaba pasando.
— ¿Madame? — se dirigió a la señora, quien alejó su mirada despectivamente. Pero Roxanne insistió — ¿Por favor, me puede decir qué está sucediendo?
— Una jovencita como tú no debería preguntarme esas cosas. Ya no hay respeto en estas nuevas generaciones, no saludan a los retratos como sus padres solían hacerlo…
La morena intentó con todas sus fuerzas no poner los ojos en blanco. Había retratos, como éste, que eran demasiado dramáticos (los monjes del séptimo piso incluso iniciaron una huelga el año anterior) y ella nunca había tenido mucha paciencia para las dichosas pinturas animadas.
— Madame… por favor, nadie me dice qué está pasando. ¿Por qué todos me miran así de la noche a la mañana? — preguntó la chica, y la señora la volvió a mirar con desprecio.
— Deberías preguntarle a alguien de tu familia, quizás ellos caigan tan bajo como para responder a una persona como tú — replicó la pintura.
¿Una persona como ella? ¿Qué había hecho para merecer tal título? Últimamente no había hecho nada para perder puntos a su casa, ninguna escapada nocturna ni mucho menos importaciones ilegales para su hermano y primos. A menos que…
No, imposible, pensó ella ingenuamente.
— Muchas gracias, Madame Bertolotti. Por nada. — le dijo secamente la Ravenclaw antes de girar en sus talones y cruzar las puertas de roble hacia el Gran Comedor, donde una sorpresa aún mayor la esperaba.
Dominique arrastraba el tenedor en círculos por su plato de huevos revueltos, repentinamente sin apetito. Había llegado sola a su sitio en la mesa de Gryffindor (años atrás había asimilado que James y Fred nunca se despertarían temprano un domingo) y nadie se había sentado junto a ella en un radio de metro y medio.
Su cabello enmarañado caía en una cortina alrededor de su rostro, ocultando sus ojos. Pobre, pobre Dominique, no estaba acostumbrada a la falta de atención.
De pronto, dos muchachitas pálidas y pelirrojas se desplomaron a sus costados. Levantando la mirada, Rose Weasley y Lily Potter la observaban con grandes ojos de lechuza, ambas con idénticos sobres negros en sus manos.
— Ha ocurrido algo muy curioso esta mañana, — comenzó Rose, con tono de irritada y confundida a la vez. Sus ojos azules estaban hechos dos pares de torbellinos, lo que en vocabulario de Dominique, significaba que la chica había estado pensando mucho.
— ¡Ni siquiera sé cómo yo podría estar involucrada! — le interrumpió Lily, exasperada, sacudiendo el sobre en el aire. Rose la calló con una mirada y se volvió a dirigir a la prima mayor.
— Como decía, las cosas han estado un poco extrañas, — continuó y Dominique se sentó derecha. ¿No había sido la única? — por alguna razón, nos han estado evadiendo. Nos hemos topado con Roxx y ¡Lucy! Incluso Lulu parece estar metida en esto de alguna forma. Ambas parecían culpar a Freddie, James y a ti de esto, ya que nadie quiere decir nada o dirigir palabra a cualquiera de nosotras.
— Si no te has dado cuenta, me están evitando a mí también — le cortó Nique poniendo los ojos en blanco.
Rose suspiró.
— A lo que iba, es que Lils y yo confiábamos en que tú no tenías nada que ver. Y lo hemos comprobado antes de siquiera entrar al Gran Salón — y con un toque dramático, le extendió el sobre hacia su prima. — Cuatro lechuzas de Hogwarts nos han traído esto.
Con curiosidad contenida, tomó el sobre. Ya había sido abierto, al contrario del de Lily, que seguía sellado con una estampa de lacre roja. La menor de las tres se inclinó hacia adelante, no tan capaz de disimular su propio interés por lo que decía la carta dentro del sobre. Lentamente, un pergamino negro emergió del sobre— escrito con letras rojas y redondas.
El primero de muchos. Prepárense para caer.
— No lo entiendo, — exclamó Lucy Weasley, frustrada y agitando su propia carta negra en el aire. Aparentemente, las cuatro cartas poseían el mismo contenido (aunque Roxx no había mostrado su carta, por inferencia pensaban así—no hace falta decir que hasta entre primos se guardan secretos) — ¿Más por venir? ¿Caer? ¿Qué significa todo esto? Y ¿dónde están los demás?
La pelirroja había hablado demasiado rápido y sus primas a penas le habían entendido. Nunca habían visto a Lucy así de desesperada, siempre estoica y sin emoción alguna. Las cinco chicas se habían hecho de una sala vacía en el primer piso, y en ese momento se encontraban tratando de descifrar el misterioso mensaje sin remitente.
— Primero lo primero, — la detuvo Nique con una mano en el hombro, tomando la palabra — ¿Han hecho algo de lo que no sepamos? Sean honestas. Si no lo somos, jamás descubriremos qué está pasando.
Roxanne se aclaró la garganta y se levantó de su silla. Lucía incómoda, y Dominique le dedicó una mirada extrañada.
— Creo que primero deberíamos reunir a los que faltan, ver si recibieron una carta así y si les están evitando también. La única chica de la que no sabemos nada es Molly, y aún no escuchamos de los chicos… — dijo la morena, haciendo ademán de ir hacia la puerta y salir en busca de los primos restantes. Su voz temblaba.
— Roxx, ¿nos estás ocultando algo? — preguntó cautelosamente Rose, moviéndose hacia la puerta también, cerrándole el paso. Roxanne le miró a los ojos fijamente.
— No, sólo quiero saber de los demás. Nuestros hermanos pueden estar en esto también, no lo sabemos. — le respondió, tratando de mantener la calma. Lucy negó con la cabeza, repentinamente preocupada.
— No hay forma de que Molly esté en esto. ¡Nunca ha matado ni a una mosca! — chilló, llamando la atención de sus primas. Lily la miró con el ceño fruncido.
— ¿Y tú crees que yo tengo algo que ver? ¿Has hecho algo tú? ¡Nadie tiene la culpa!
Mientras las pelirrojas discutían, Roxanne aprovechó de salir y comenzó a correr, con los pensamientos revolviéndose sobre las rojas palabras en su carta.
Corre todo lo que quieras, pero no podrás escaparte de la culpa, zorra.
¡Hola! Ha pasado poco pero me emocioné por la respuesta que tuvo el prólogo y quise actualizar pronto, antes de que se me olvide. Gracias por el apoyo, y espero que el primer capítulo de Se dice en los pasillos de Hogwarts haya alcanzado las expectativas.
¡Nos leemos en los comentarios!
Nella Black.