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Leyendo la vida del chico de la cicatriz del rayo — capítulo 2

El texto en negrita y los personajes pertenecen a J. K. Rowling

El niño que vivió

  • El primer capítulo se titula El niño que vivió - la voz de Remus resonó por el Gran Comedor, de pronto totalmente silencioso. No había ni un alma que no conociese esa historia.

El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.

  • ¿Perdón? - dijo asombrado Sirius -. ¿Cómo va a ser una tontería algo extraño? ¿Y qué clase de algo extraño?

  • Magia - respondió Harry simplemente. Pero el resto no entendía cómo la magia fuese algo extraño, ¡mucho menos una tontería! La mayoría ya empezaba a fruncir el ceño al escuchar sobre esta familia, y llevaban apenas dos frases.

El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros.

  • ¿Taladros? - preguntó el señor Weasley emocionado -. Esa es una herramienta muggle, ¿verdad? ¿Funciona con electricidad?

  • Sí, señor Weasley - respondió Hermione rápidamente -. Si quiere, después le explico cómo se usan los taladros.

Al hombre le brillaban los ojos del entusiasmo y su mujer no pudo reprimir una sonrisa al verlo tan contento, a pesar de que no aprobaba su obsesión por las cosas muggles.

Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso.

  • Ugh - hicieron una mueca algunas chicas. La verdad es que no era la descripción muy... agradable.

La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos.

  • ¡Qué belleza! - ironizó Fred.

  • Sí, son tal para cual - asintió Goerge -. Solo una ballena se casaría con una jirafa.

Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.

  • Por Merlín - se horrorizó Ginny negando con la cabeza. A ella, por ser la menor de siete hermanos varones, la cuidaban mucho en casa, ¡pero esto era excesivo!

Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.

  • ¡Hey! - exclamó Sirius -. ¡Cuidado con lo que dicen de los Potter! ¡Ni una palabra contra ellos!

Los alumnos estaban boquiabiertos. ¿Sirius Black defendiendo a los Potter? ¿No les había traicionado? Ah, no, espera, que ya habían dicho que era mentira. ¿Así que la carta decía la verdad?

La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana,

  • ¿Cómo puedes fingir que no tienes hermana? - Parvati Patil se estremeció ante la idea de llevarse así de mal con su hermana Padma.

  • Solo si eres Petunia Evans - siseó Lupin. Él había tenido una relación más cercana a Lily durante la mayor parte de Hogwarts que los otros dos merodeadores (la rata ya no lo era) por ser prefectos los dos y había visto lo mucho que le afectaba a la pelirroja esa relación.

  • Es horrible - dijo la otra gemela Patil.

porque su hermana y su marido, un completo inútil,

  • ¡Hey! - gritó Sirius -. ¡James no era ningún inútil! Un poco vago, quizá, pero eso solo le podíamos decir la pelirroja, Lunático y yo. ¿Quiénes se creen que son estos Dursley?

Algunos rieron, pero fueron pocos. Todavía le tenían miedo.

eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar. Los Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto.

  • ¿No conocen a su sobrino? - se escandalizó la señora Weasley.

  • No, no me conocían - dijo Harry -. Pero no se preocupe, señora Weasley, por desgracia, ahora me conocen.

¿Por desgracia?, se preguntaban todos en el comedor. Algo no iba bien con esos Dursley. Sirius y Remus empezaron a fruncir el ceño al escuchar esto.

El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como aquél.

  • ¡Pero bueno - exclamó Tonks -, pero si es este niño el que es un insoportable!

Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.

  • Menuda familia - gruñeron Fred y George -. ¿Van a aparecer muchos capítulos?

  • Espero que no - dijo Ron.

  • ¡Ron!

  • ¿Qué, Hermione? No puedes decirme que vas a defenderlos. ¡Ya estás viendo lo desagradables que son!

La niña se cruzó de brazos sin querer ceder. Que fuesen aburridos no quería decir que fuesen malas personas, ¿no?

Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana.

  • ¿Qué tiene eso de raro? - preguntó un niño de Slytherin -. Es solo una lechuza.

  • Los muggles no usan las lechuzas para repartir el correo - explicó Hermione como si estuviese en clase -. La mayoría nunca ha visto una.

A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa.

  • ¡Está animándole! - se horrorizó Molly -. ¡Yo nunca permitiría que mis hijos se comportasen así! ¡Es horrible!

Se metió en su coche y se alejó del número 4.

Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad.

Los dos merodeadores miraron a McGonagall, pero volvieron en seguida a la lectura.

Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano.

Ahora fueron muchos más, más bien todos excepto los dos primeros cursos, los que se giraron hacia la profesora de Transformaciones.

  • Minnie - empezó Sirius -, ¿qué hace usted...?

  • No sabe si soy yo, señor Black - le cortó ella -. Y no me llame Minnie.

¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica.

  • Por Merlín, los muggles no reconocerían la magia ni aunque estuviese delante de sus narices - dijo Malfoy con desprecio.

  • No creen en ello, Malfoy - replicó Harry -. Eso no quiere decir que sean todos estúpidos, tampoco todos los magos son inteligentes.

El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos).

Algunos ahogaban la risa. Estaban casi seguros de que sí era la profesora de Transformaciones, pero ¿qué hacía ahí? McGonagall bajó la mirada. Ya había reconocido qué día era.

El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.

Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa.

  • ¡Pero si solo son capas! - exclamó un chico de Hufflepuff.

  • Los muggles dejaron de usar capas hace siglos - explicó un nacido de muggles de la misma mesa cansinamente.

El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula. ¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva. Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados.

Los adultos empezaban a sospechar qué día era. Solo había habido uno que causase emoción hasta el punto que no se molestasen en ocultarse de los muggles.

El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso.

  • Harry - dijo Fred -, tu tío es un poco...

  • ¿Estúpido? - sugirió George -. ¿Corto de entendederas?

  • ¡Fred! ¡George! - los regañó su madre.

  • No se preocupe, señora Weasley - intervino Harry riéndose -. Tienen toda la razón.

El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.

El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra. La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar.

  • Fred, ¿cómo no me lo dijiste? - fingió estar horrorizado George.

  • Lo siento muchísimo, querido hermano. La próxima vez te diré que es imprescindible gritar a varias personas antes del mediodía para que tu día esté completo.

Todos rieron ante el intercambio de los gemelos. Sirius y Remus se miraron. Ellos también hacían ese tipo de bromas con James.

Estuvo de muy buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.

  • Uff - respiró aliviado Harry -. Por un momento parecía que tío Vernon iba a hacer ejercicio voluntariamente. Todo vuelve a ser normal.

Muchos estallaron en carcajadas.

Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.

—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...

—Sí, su hijo, Harry...

Harry palideció un poco. Era ese día. El 1 de Noviembre, porque según Sirius esa noche había sido en Halloween. Todos se quedaron en silencio. Este capítulo había perdido toda la gracia que podía haber tenido.

El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.

Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido.

  • No hace falta que se esfuerce mucho - dijo George.

  • Ya es un estúpido - aclaró Fred intentando aligerar el ambiente.

Funcionó a medias. Hubo algunas risas, pero se apagaron en seguida.

Potter no era un apellido tan especial. Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry.

  • Claro - ironizó Charlie -. Hay un montón de Harry Potter por el mundo. ¿Cómo no se me había ocurrido?

Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño. Podría llamarse Harvey. O Harold.

  • ¿Cómo puedes no saber cómo se llama tu sobrino? - dijo el señor Weasley tristemente, pero nadie le oyó porque muchos estaban despotricando contra los Dursley.

  • Harold Potter, el niño que vivió - dijo George como considerando la posibilidad -. Sí, suena bien.

  • No, George - le contradijo su gemelo -. Suena mejor Harvey Potter.

  • Muy graciosos - dijo Harry sarcástico -. Prefiero Harry, muchas gracias.

  • Cállate, Harvey - le cortaron los gemelos.

Todos los estudiantes estaban riendo ante la conversación.

No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así...!

  • Ni se te ocurra decir algo contra Lily, morsa - gruñó Remus.

Sirius y Snape, aunque nadie se fijó en este último, estaban igual de cabreados.

Pero de todos modos, aquella gente de la capa...

Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.

—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.

  • Vaya - se sorprendió Harry -. No tenía ni idea de que supiera decir esa palabra. Nunca le había oído decirla. Supongo que se aprende algo todos los días - terminó encogiéndose de hombros e ignorando las miradas suspicaces que le enviaban todos los cercanos a él.

Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:

—¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día!

Ya nadie tenía ninguna duda. Era ese día en el que todos estaban celebrando sin pensar en el niño que acababa de perder todo.

Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó.

El señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).

  • Mamá - llamó la pequeña pelirroja -, ¿por qué no aprueba la imaginación? Eso no es divertido.

Los hermanos de la niña rieron ante su inocencia.

Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos.

  • Minnie, ahora sin duda. Es usted - declaró Sirius -. Pero no entiendo qué hace ahí.

  • ¡Señor Black, le he dicho que no me llame de esa forma! Y ya verá qué hago ahí.

—¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz alta.

  • No va a funcionar - canturrearon muchos. La profesora los miró con los ojos entrecerrados.

El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa.

  • Minnie - dijeron a la vez Sirius, Remus y los gemelos. Habían estado demasiadas veces al final de esa mirada como para no reconocerla.

  • ¡Señor Lupin! - dijo McGonagall sorprendida -, no me esperaba esto de usted.

  • Ay, profesora - suspiró Sirius -, no se preocupe. Usted no ha sido la única que ha creído que era el bueno del grupo. En realidad él planeaba la mitad de las bromas. ¿Cómo cree si no que conseguimos escaparnos tantas veces?

Los alumnos ahogaban las carcajadas de ver la mirada incrédula de la seria profesora.

El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato.

  • No - negó Bill -, pero que es la de la profesora McGonagall.

Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.

La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija, y le contó que Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»).

  • ¡Qué malcriado! - exclamaron muchas mujeres del comedor.

  • Con lo que sabemos ahora sobre este niño - dijo Ron con una mueca -, me sorprende que no fuese "¡es mío!", o algo por el estilo.

El señor Dursley trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.

—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?

—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.

  • Fantástico - ironizó Bill -. Hasta los muggles han notado que ha pasado algo extraño.

El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...

  • Si esta morsa está uniendo todos los indicios, tenemos un problema - declaró Tonks.

Aquellos que la habían oído rieron mientras el resto los miraba como si estuvieran locos.

La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien. Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.

—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?

Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.

Los que habían sido más cercanos a Lily tuvieron que apretar los puños y respirar hondo para no ir en ese instante a hechizar a los Dursley.

—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?

—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...

—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley.

—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.

  • ¿Su grupo? - se indignaron casi todos.

  • Se refiere a los magos y brujas - explicó Harry -. Les da pánico mencionar algo relacionado con la magia.

Todos gruñeron. Ya no quedaba nadie que defendiese a los Dursley. Eran repugnantes.

La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería.

  • Cobarde - murmuraron muchos alumnos. No hacía falta ser un Gryffindor para atreverse a mencionar a los Potter.

En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:

—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?

—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez.

  • ¿No lo saben? - se indignó la profesora Sprout -. ¿Ni siquiera se saben su cumpleaños?

Harry no entendía de qué se seguían sorprendiendo. ¿Es que no habían tenido pruebas más que suficientes como para saber que eran horribles? Y él iba a tener que volver con ellos en cuanto terminasen de leer los libros, se dio cuenta apesadumbrado. Ahora ya no quería terminar nunca la lectura.

—¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?

—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.

  • ¡No es horrible! - gritó la niña pelirroja antes de que nadie pudiese hacer un comentario. Después se sonrojó al darse cuenta de lo que había dicho.

  • Mmm... Gracias, Ginny - dijo Harry un poco incómodo al ver que los hermanos Weasley se sacudían con risas silenciosas y agradeciendo que se acordaba del nombre de la niña.

—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.

No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.

  • ¿Estuvo ahí todo el día, profesora? - se sorprendió Ron y luego se sonrojó como su hermana al haberle hablado directamente a la profesora delante de todo el comedor.

  • Así es, señor Weasley - respondió ella simplemente.

¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.

  • ¡Hey! - exclamó Harry sin poder evitarlo -. Que a mí tampoco me hace ninguna ilusión estar emparentado con vosotros.

Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...

  • Ya lo ha gafado - suspiró Hermione -. Ahí ya no había ninguna posibilidad de que no tuvieseis nada que ver.

¡Qué equivocado estaba!

Hubo muchos gruñidos.

El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche.

  • Wow - se asombraron todos.

  • Menuda paciencia, Minnie - dijo Sirius.

La profesora no se molestó en contestar el comentario. Ya se había resignado a que la llamase así, pero esperaba que solo fuese él y su amigo Remus los que lo hiciesen.

Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.

  • ¡Está vivo! - gritaron los gemelos Weasley sobresaltando a todos.

En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez.

Todas las miradas estaban clavadas en el anciano que estaba sentado en medio de la mesa de los profesores.

El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.

Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido.

  • En realidad - aclaró él - sí lo había notado, pero es más fácil ignorarlo.

Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre dientes y murmuró:

—Debería haberlo sabido.

  • ¿Usted no lo sabe todo, profesor? - preguntó un alumno de primero de Ravenclaw totalmente convencido.

  • No, señor Boot - contestó divertido -. No lo sé todo.

Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido.

  • ¡Qué guay! - exclamaron casi todos los jóvenes y cierto animago.

  • ¡Yo quiero uno! - suplicó Ron -. ¿De dónde lo ha sacado, profesor?

  • Lo he creado yo, señor Weasley - respondió divertido por la reacción colectiva -. Es el único que existe.

Con esto sólo consiguió que Ron lo quisiese con más ganas todavía.

Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras. Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba. Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.

—Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.

Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.

  • No me extraña que esté disgustada. ¡Ha estado sentada en un muro sin moverse todo el día! - se quejó en un murmullo Parvati a Lavander.

—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.

—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.

Las mejillas de McGonagall se tiñeron de rojo y todos rieron por lo bajo.

—Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo —respondió la profesora McGonagall.

Parvati y Lavander asintieron comprendiéndola. ¡Eso era insufrible!

—¿Todo el día? ¿Cuando podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.

  • Si te paras a pensarlo, será estupendo que V-Voldemort que se haya ido - dijo Hermione trabándose solo un poco en el nombre -, pero es triste que estén celebrando porque se ha roto una familia - se apenó y aquellos que habían acudido a alguna de esas fiestas bajaron la cabeza avergonzados.

La profesora McGonagall resopló enfadada.

—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.

La profesora asintió de acuerdo consigo misma. No había cambiado en absoluto en todos esos años. Seguía siendo la misma mujer justa y estricta de siempre.

—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...

Once años en guerra, temiendo por tu familia... los más jóvenes no podían ni imaginárselo.

—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...

  • Eso es cierto - Molly estuvo de acuerdo -. Fue un poco irresponsable actuar de esa forma en barrios muggles. Podíamos haber celebrado en sitios completamente mágicos, como el Callejón Diagon o Hogsmeade.

Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.

—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?

  • No - negó Harry tan bajo que no se le oyó -. No se ha ido. Solo ha perdido su poder de momento, y de verdad espero que por mucho tiempo.

—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?

  • ¿Un qué? - preguntaron muchos nacidos de magos.

Algunos iban a contestar pero Remus se apresuró a leer al ver qué es lo que ponía en la siguiente línea.

—¿Un qué?

Los nacidos de magos sonrieron.

—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.

  • ¿Y prefiere esos dulces antes que todos los dulces mágicos que tenemos? - dijeron incrédulos muchos.

—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—.

  • Muy apropiado no era, profesor - dijo Sirius.

  • ¿Así que estás de acuerdo con Minnie, Canuto? - se burló Remus.

  • ¡No! - se horrorizó -. Bueno, sí. No. Cállate, Lunático.

Todos reían excepto, para sorpresa de muchos, los gemelos. Se miraban con los ojos abiertos como platos mientras murmuraban "¿Canuto? ¿Lunático?". ¿Eran los merodeadores?

Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...

—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.

  • Eso no es justo, profesor - se quejó Bill -. Quien-usted-sabe le temía a usted, no a todos.

—Sé que usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.

  • ¿Lo ve? - dijo Bill satisfecho.

—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.

—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.

—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.

Algunos alumnos se mostraban incómodos ante esta revelación pero era imposible contener las carcajadas. La situación era demasiado absurda.

La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.

—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?

Las risas se apagaron tan rápido como habían surgido y, solo aquellos con más tacto, intentaban evitar quedarse mirando al niño que ahora agachaba la cabeza sumido en sus propios pensamientos, recordando la risa aguda y el fogonazo de luz verde, que aún no había descubierto qué era.

Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.

  • Profesor - intervino Sirius tratando desesperadamente aliviar la tensión -, creía que ya habíamos quedado que no es hora de jugar con esos caramelos muggles.

Por desgracia, sólo consiguió algunas sonrisas desganadas.

—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.

Harry parecía querer salir corriendo para evitar las miradas de pena que sentía sobre él. Hermione, que estaba sentada a su lado, le cogió la mano por debajo de la mesa mientras Ron se inclinaba para agarrar el brazo de su mejor amigo. Intercambiaron una mirada los tres y Harry supo que la carta decía la verdad, que siempre iban a estar ahí apoyándole. Solo le hacía falta mirarles o recordar los dos cursos que habían superado juntos para saber que sería inútil intentar convencerles de que era demasiado peligroso acompañarle. Ahora eran su familia, y la familia no se abandona.

Sirius le pasó un brazo por los hombros, para reconfortarle y porque él mismo necesitaba el apoyo.

Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.

—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...

Ahora fue Harry quien se agarró con fuerza a su padrino. Sirius parecía a punto de derrumbarse con los recuerdos de aquella noche y el tener a su ahijado sentado junto a él le ayudaba más de lo que pudiesen imaginarse.

Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.

—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.

Nadie se atrevía a decir una palabra por miedo a hacer sentir peor al niño. Ahora más que nunca le veían como una persona real, sufriendo por la muerte de un ser querido, en vez de como un héroe que resolvería siempre la situación.

Snape no pensaba nada de esto. Solo le estaba dando vueltas en su cabeza a la culpa que le comía por dentro al pensar que era por su culpa por lo que Voldemort había decidido ir tras los Potter en primer lugar. ¿Aparecería eso en los libros? Sinceramente, esperaba que no porque entonces todo el colegio lo sabría y no estaba seguro de que Dumbledore pudiese protegerle de la furia de Black y Lupin.

La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.

—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.

Sirius apretó el agarre que tenía sobre Harry, como para asegurarse de que seguía ahí vivo y a salvo junto a él.

Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.

—¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?

—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.

Seguro que ahí ya lo sabía, o por lo menos lo sospechaba, pensaba Harry.

En cambio, era una duda que tenían todos en el Gran Comedor, excepto el anciano sentado en la mesa de profesores y tres niños de primero sentados en la mesa de Gryffindor.

La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:

—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?

—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.

  • Exacto - dijo Ernie Macmillan -. Ese barrio no tiene nada de especial y la familia es, por mucho, la más desagradable de la que he oído hablar nunca.

—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.

  • ¡¿Qué?! - gritaron todos.

  • ¿Esos son los tíos con los que dices que vives, Harry? - se horrorizó Seamus.

  • Habías dicho que no eran muy agradables, ¡pero son... son... son muchísimo peores que eso! - dijo Dean sin poder encontrar una palabra adecuada para describirlos.

  • Uno se acostumbra a ellos - dijo Harry restándole importancia. Sin embargo, por dentro estaba a punto de ponerse histérico. ¿Mencionarían el armario debajo de las escaleras? ¿Y los golpes? ¡Por favor, no!

En vez de tranquilizar a los presentes, esta declaración no hizo más que alarmarlos aún más. ¿Qué le habían hecho para que lo considerase normal?

—¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!

Harry sintió una oleada de cariño hacia su profesora favorita. Era algo que no había sentido nunca por un adulto y le sorprendió. No era el cariño que tienes hacia una madre, una tía o una abuela, pero era más de lo que él nunca había sentido.

—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.

  • ¡¿Una carta?! - exclamaron muchos.

  • ¡¿Explicó todo lo que le pasó a James y a Lily en una carta en vez de decirlo en persona?! - Sirius estaba furioso. No se trataba de esa forma la muerte de su hermano en todo menos en sangre y de la pelirroja, que era prácticamente lo mismo.

  • ¡No se le puede explicar eso a alguien de esa forma! - Remus estaba indignado. Y él que creía que Dumbledore era inteligente -. ¡Y menos todavía cuando ese alguien es la hermana de Lily!

Por lo menos, Dumbledore tuvo la decencia de bajar la cabeza avergonzado.

—¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter!

  • ¡Por Merlín, no! - exclamó Harry sin poder evitarlo. Lo que le faltaba, tener un día en su honor.

Ron y Hermione rieron ante la cara de repulsión que ponía ante la idea de que eso acabase siendo verdad. Pero ninguno de los tres vio la mirada traviesa que intercambiaron los gemelos. Parecía que les habían adelantado la Navidad.

Escribirán libros sobre Harry...

  • Profesora - dijo George -, tenía que habérnoslo contado.

  • Sí - le siguió el juego Fred -. No sabíamos que podía ver el futuro.

Todos sofocaron las risas. No era ningún secreto que McGonagall tenía muy poca paciencia con el arte de la adivinación.

todos los niños del mundo conocerán su nombre.

Harry gruñó ante esto. Aún no se había acostumbrado a que todos supiesen más de su vida que él mismo.

Los estudiantes intercambiaron miradas. ¿No le gustaba su fama? ¡Pero si cualquiera de ellos daría lo que fuera por ser la mitad de famoso que él!

—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?

  • Bueno - dijo Alicia -, eso es cierto, ¡pero aún así ese sitio no es el adecuado para un niño!

  • ¿No era posible dejarlo con otra familia de magos que se comprometiese a alejarlo de la fama hasta que hubiese crecido lo suficiente? - preguntó Angelina desesperada, como si estuviese ocurriendo en ese momento.

  • ¡Exacto! - exclamó la señora Weasley -. Nosotros habríamos estado encantados de hacerlo.

  • Cualquier sitio mejor que esa casa - dijo Ron.

  • Totalmente de acuerdo - asintió Harry -. Habría estado mejor creciendo en un orfanato que ahí.

Esto no hizo más que preocupar a todos y el director recibió varias miradas asesinas. ¿Qué había pasado realmente esos diez años? Solo Harry lo sabía y, con la habilidad que tenía para guardar secretos, no lo iban a descubrir a no ser que apareciese en los libros.

La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:

—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.

  • Profesora - se quejó Sirius -, usted era su última esperanza.

Pero ella solo miraba a Harry.

  • Lo siento mucho, señor Potter - se disculpó.

  • No se preocupe, profesora - respondió él -. No es su culpa.

—Hagrid lo traerá.

—¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?

  • ¡Por supuesto! - se molestó Harry un poco con su profesora por decir esas cosas de Hagrid -. A Hagrid le confiaría cualquier cosa.

McGonagall se sonrojó ligeramente alzarse cuenta de que el grandullón había escuchado la opinión que tenía respecto a él.

—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.

Harry asintió satisfecho y no fue el único que estuvo de acuerdo con las palabras del director.

—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?

Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.

  • Mi moto - Sirius hinchó el pecho orgulloso. ¿Quién la tendría ahora? A lo mejor la seguía teniendo Hagrid.

La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín. En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.

Algunas niñas exclamaron "Awwww" haciendo sonrojar a Harry de una forma digna de un Weasley.

—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?

—Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.

  • ¿Tienes una moto? - le preguntó Harty a su padrino.

  • Ehh... sí, pero ahora no sé dónde está. ¿Por qué lo preguntas? - dijo Sirius.

  • Oh, por nada. Ya lo verás. Es por algo que pasó al principio de este curso - respondió Harry mirando a Ron y aguantando las carcajadas. Por desgracia, el resto no tenían una furiosa madre pelirroja mirándoles y no tuvieron ningún reparo en echarse a reír.

  • Lunático, creo que nos estamos perdiendo algo - susurró Sirius.

  • Sí, sé a qué te refieres - dijo Remus confundido -. Pero supongo que lo averiguaremos en el segundo libro.

—¿No ha habido problemas por allí?

—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.

Las niñas volvieron a hacer lo mismo y Harry, aunque parecía imposible, se puso aún más rojo. ¿Iban a estar así hasta que dejase de aparecer con un año de edad? ¡Por Merlín, no, por favor, que los chicos ya se están riendo!

Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.

Los chicos ya apenas podían ahogar las carcajadas al ver la reacción del niño a los suspiros y grititos emocionados de las niñas.

—¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.

—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.

Harry se la frotó distraídamente. Le encantaría quitársela de la frente aunque fuese un rato.

—¿No puede hacer nada, Dumbledore?

—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres. Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto.

  • Vale, creo que podíamos haber vivido sin esa información, profesor - dijo alguien de la mesa de Hufflepuff.

Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley.

—¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.

Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba.

Esto obtuvo la misma reacción. Primero suspiros emocionados, un sonrojo y risas.

Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.

Sirius le acusó con la mirada, pero no podía decir nada sin contar su secreto.

—¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!

—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...

Por favor, que termine este capítulo, por favor, que termine este capítulo, era lo único que pensaba Harry abochornado.

—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos —susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos.

  • Espera, espera, retrocede - interrumpió Sirius -. ¿No irá a dejar a mi ahijado en el umbral de la puerta en noviembre, verdad? Porque si no recuerdo mal, decían que iba a llover esa noche.

El director bajó la mirada avergonzado. No se le había ocurrido...

Sirius entrecerró los ojos al verlo, pero decidió no insistir hasta que fuese definitivo.

Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.

—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.

Sirius empezó a ponerse furioso y no era el único. Remus apretaba con fuerza el libro, el señor Weasley tuvo que sujetar a su mujer para que no le lanzase una maldición al anciano y Harry hacía lo mismo con Ron y Hermione, aunque se había quedado sin manos para sujetar a los gemelos y estos eran igual de peligrosos.

—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.

Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.

Los que estaban sujetando a alguien furioso empezaron a tener problemas para seguir haciéndolo.

—Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.

Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.

—Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.

  • ¡Lo hizo! - rugieron los dos merodeadores, Molly, Hermione y los tres varones Weasley más jóvenes.

  • ¡¿Cómo se le ocurre hacerle eso a un niño?! ¡Suéltame, Arthur! - intentó liberarse la señora Weasley -. ¡No se puede dejar así a un niño!

  • ¡Usted estaba a cargo, Dumbledore! ¡Me prometió que iba a cuidar de él! - Lupin lanzaba dagas por los ojos al director.

  • Dejó a mi ahijado en las escaleras de la puerta - siseó Sirius y todos reconocieron el peligro aunque no había alzado la voz -. Dejó a mi ahijado completamente solo en las escaleras de la puerta, en noviembre, en una noche de lluvia, sin ningún tipo de protección excepto una maldita manta. ¡Y no se moleste en mentir diciendo que sí puso protecciones porque este libro cuenta hasta cuándo parpadea McGonagall y no se menciona que saque siquiera la varita! - alzó la voz al ver que Dumbledore abría la boca.

Cada vez eran más las miradas furiosas que se dirigían al director al darse cuenta de que todo lo que decía Black era cierto.

  • ¡Le dejó ahí solo! - siguió el animago -. ¡Pudo haber cogido una hipotermia con la lluvia y el maldito frío que hacía! ¡Pudo haber rodado por las escaleras! ¡Pudo haber pasado alguien y llevárselo! ¡Por Merlín, ¿tanto costaba por lo menos llamar a la puerta y hacer todo en persona en vez de irse de fiesta?!

  • Sirius, por favor - suplicó Harry en voz baja tirándole de la manga -. Vamos a terminar esto. Ya ha pasado y estoy bien. ¿Podemos seguir?

Refunfuñando por lo bajo, se sentó y le pasó un brazo por los hombros al niño. No iba a dejar que nadie le volviese a hacer daño, nunca más. Era como su hijo prácticamente y haría lo que fuera por él, empezando por conseguir la custodia de Harry, siempre que él quisiese, claro, para que no tuviese que volver a esa casa de animales.

Harry sentía algo extraño. Nadie, nunca, había dado la cara así por él. Siempre había tenido que luchar él solo sus batallas sin nadie que le apoyase. Y ahora había encontrado a Sirius (benditos los que hubiesen enviado la carta, agradeció en silencio). Sentía que podía confiar en él plenamente. A lo mejor el resto pensaba que estaba loco por ello, pero sentía por primera vez que había alguien, aparte de Ron y Hermione, que le ayudaría cuando lo necesitase, que estaría a su lado cuando algo fuese mal.

Porque si de algo estaba seguro, era de que estos libros no iban a ser fáciles. Y, sin embargo, ya no le importaba tanto, si tenía a Sirius a su lado. Así que se permitió relajarse contra él, algo que no recordaba haber hecho nunca. Y Sirius se limitó a acercarle más y a agarrarle con más fuerza. Sí, Sirius iba a estar ahí siempre para que no cayese.

Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche.

La gente frunció el ceño de malhumor. El que un niño fuese abandonado en la puerta de una casa había hecho perder la gracia de todo el capítulo.

Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley.

Tampoco estaban para soportar estas tonterías.

No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Harry Potter... el niño que vivió!».

Remus terminó de leer y cerró el libro después de dejar una señal. No lo había dejado todavía sobre la mesa cuando Sirius se levantó y salió furioso de la sala.

  • Espera, Harry - dijo el hombre lobo cuando el niño fue a seguirle -. Déjame a mí. El capítulo ha sido muy duro para él.

Y con esto se levantó y corrió tras él.