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Historia 183341 — capítulo 1
Narcissa Malfoy, sumisa, asentía a lo que su marido le contaba mientras esperaba pacientemente a que los minutos pasaran y el reloj anunciara las once de la noche.
¿Desde cuándo ella, una Black, era sumisa? Sus ideas propias quedaron en un rincón de su ser para dar paso a todo lo que su marido quería. Todo su mundo, sus creencias, sus pasiones… Todo quedó relegado a un segundo plano cuando contrajo matrimonio. Como si en aquél preciso instante, toda ella se convirtiera en una sirvienta, un objeto que su marido paseaba de un lado para otro. Los años pasaban pero ella seguía sin poder expresarse. Y si lo hacía, recibía una contestación desagradable por parte de Lucius, haciendo que cada vez opinara menos, pensara menos.
Tras unos largos veinte minutos, el reloj de cuco cantó once veces. Inmediatamente después, el timbre de su casa sonó. Ambos se levantaron para saludar al recién llegado.
- Buenas noches, Severus.
- Buenas noches, Narcissa.
Ésta le dio la capa a su marido mientras hacía un movimiento de cabeza a su hijo.
- Adiós, padre.
Lucius Malfoy cerró la puerta y acto seguido Narcissa pudo escuchar cómo ambos se desaparecían. Soltó el aire que, inconscientemente, había estado conteniendo. Se fue a su habitación bajo la atenta mirada de su hijo. Sabía que iría a buscarla pero eso no evitó que huyera, que se recluyera en la oscuridad de su dormitorio. Evidentemente un rato más tarde su hijo abrió lentamente la puerta y se acercó con sigilo a ella, como buen Malfoy. Cuando tocó la mejilla de su madre, ésta comenzó a llorar. Al cabo de lo que al pequeño Malfoy le parecieron horas, su madre levantó la cabeza y se secó las lágrimas.
- No se lo cuentes a papá, Draco.
Draco, de tan sólo quince años, asintió levemente y abrazó a su madre. Draco Malfoy nunca había sido un chico muy cariñoso debido al comportamiento de su padre. No sabía lo que era querer a alguien, su padre no le había enseñado lo básico para ser persona. Draco se limitaba a aprender a escondidas o preguntarle a su madre cuando su padre no se encontraba en casa. Pero no servía de nada porque cada vez que le demostraba algo, su padre lo miraba con desprecio diciéndole que había chicos que a su edad hacían el doble de lo que él hacía. Aun así, Draco tenía una cosa segura: quería a su madre más que ninguna persona en este mundo. Ella había cuidado de él en todo momento, se preocupaba por él. Y Draco nunca podrá darle lo suficientemente las gracias por todo lo que ella ha hecho por él. Ambos se quedaron en silencio hasta que Draco decidió hablar.
-
Madre, ¿puedo hacerle una pregunta?
-
Draco, por favor, llámame mamá...
-
Ma… mamá… Hay una chica en Hogwarts que… que me…
-
¿Te gusta?
-Sí… Pero tengo miedo.
-¿Por qué, cariño?
-Por padre…
No tenía que decirle nada más. Narcissa sabía de quién estaba hablando su hijo. La había visto las veces que acompañaba a su hijo a King's Cross. Era muy guapa y, según le había dicho Draco, muy inteligente. Pero también sabía que su marido esperaba que su hijo se casara con la hija de los Greengrass. Y también sabía las… "preferencias" de su marido.
Narcissa miró a su hijo a los ojos.
-Draco… Sabes cómo tu padre y yo nos casamos, ¿no?
-Sí, por conveniencia.
-Y, ¿ves que mamá o papá seamos felices? - Esta pregunta tardó en contestarla.- No somos felices, cariño.
-¿A qué vienen estas preguntas? No lo entiendo…
-Vienen a que tienes que hacer lo que te haga feliz, Draco.
-Pero, padre…
-Olvídate de él. No te preocupes. Este será nuestro pequeño secreto.
Habían pasado unas cuantas horas desde que Lucius se fue y Narcissa seguía dando vueltas en la cama. Seguía pensando en cómo podría evitar que Draco se casara con Astoria al finalizar sus estudios. Pero cada solución que se le venía a la cabeza acaba con ella… No quería ni pensarlo. Ella quería estar presente el día de la boda de su hijo. No le importaba con quién fuera, sólo le importaba que su pequeño Draco fuera feliz.
Un ruido la sacó de sus pensamientos. Ya había vuelto. Miró el reloj que marcaba las tres y media de la madrugada. Cuando escuchó el ruido del pomo de la puerta girándose, a pesar de ser verano, se tapó con las sábanas, se encogió en una esquina de la cama y se hizo la dormida justo cuando su marido entró en el dormitorio cerrando la puerta tras de sí.
-Cissy…
Un escalofrío recorrió su espalda. Cerró fuertemente los ojos y no se movió.
-Sé que estás despierta.
Tiró de las sábanas dejando al descubierto el cuerpo de su mujer, tapado por un camisón de seda.
-Hoy no quiero, Lucius.
-Hoy sí quieres, Narcissa.
Lucius se abalanzó sobre ella con velocidad, sin darle tiempo a que escapara.
-Lucius… por favor…
Pero sabía que no podía hacer nada. Su marido había lanzado hechizos a la puerta cuando entró de manera que nadie pudiera abrirla ni escuchar nada. Se había convertido en costumbre.
Mientras su marido se quitó velozmente la ropa, Narcissa no pudo hacer más que esperar, si no quería acabar peor. Lucius comenzó a besarle el cuello dejando un rastro de olor a Whisky de Fuego por el cuello, el pecho y el vientre de su mujer. Esto le provocó arcadas a Narcissa, que Lucius, en su estado, interpretó como un pequeño y extraño gemido que le empujó a seguir más allá y colocarse entre las piernas de su mujer. Ésta cerró los ojos, cogió aire y aguantó las violentas embestidas de su marido.
Cuando Narcissa despertó, su marido ya se había ido a trabajar. "Gracias a Dios", pensó y se dirigió al baño a ducharse y quitarse de encima el olor a alcohol.
El verano pasaba y cada viernes y sábado la historia se repetía, una y otra vez, como un disco rayado. Narcissa casi no dormía y poco a poco le fue costando esconder las ojeras. Draco miraba a su madre y no sabía qué hacer para ayudarla.
Las visitas de Snape fueron más constantes a medida que las ojeras bajo sus ojos se hacían más y más oscuras. A Narcissa no le incomodaba la presencia de Snape, pues él era el único que podría controlar a su marido. Y con él allí, Lucius no la tocaba. Lo que le inquietaba de aquél mago era su mirada. Oscura y profunda. Fría y cálida al mismo tiempo. La penetraba como si intentara leer sus pensamientos. Lo que ella no sabía es que verdaderamente Severus podía leer sus pensamientos. A veces usaba la Legeremancia, sobre todo cuando veía que ésta se encontraba muy cansada y callada. Pero otras veces no tenía que hacer uso de la magia para saber lo que Narcissa pensaba, lo que sus ojos comunicaban pero nadie escuchaba. Sabía lo que Lucius le hacía, claro que lo sabía. Él se lo contaba en sus noches de borrachera, mientras Lucius terminaba de beber su cuarta o quinta copa. Pero Severus no bebía, o por lo menos no lo hacía como para acabar mal. Él escuchaba atento todo lo que su "amigo" le contaba sobre las madrugadas con su esposa. Cosa que repugnaba a Severus. No lograba entender cómo Lucius podía hacerle tales cosas a una mujer como Narcissa. A Severus le llamó la atención desde el día que la conoció. Tan callada, tan sensible, tan frágil… Definitivamente su matrimonio la había cambiado. Pero a Severus le fascinaba esa mujer: su mirada, sus labios, su cuerpo, su manera de hablar, de pensar, de mirar… Todo en ella le era interesante. Una vez más, Severus se enamoraba de una persona que no podía corresponderle. La historia se repetía. Era un déjà**vu constante.
Una tarde a finales de julio Narcissa se encontraba en el patio de su gran mansión, sentada tranquilamente leyendo un libro bajo la sombra de un árbol. De pronto notó un leve movimiento a sus espaldas. Se tensó al pensar que pudiera ser Lucius, que había regresado de trabajar. Pero en seguida notó que la persona a sus espaldas no era su marido ni su hijo. Una suave brisa le llevó el olor de esa persona. Olía… no sabía muy bien cómo describirlo. Olía a aftershave y a perfume fresco, pero masculino. Cerró los ojos para poder oler mejor esa fragancia y se giró, curiosa por ver quién había ido a visitarla.
Y allí estaba él, parado frente a ella. Postura elegante, el viento moviéndole levemente los filos de la capa y algunos mechones de pelo, haciendo que esa fragancia volviera a llegar a Narcissa.
-Buenas tardes. Si viene a buscar a Lucius, él está…
-Trabajando, lo sé. He venido porque me gustaría hablar con usted.
Narcissa tomó aire, cerró el libro y le hizo un gesto para que se sentara a su lado en el banco.
-Creo que después de tantos años podemos tutearnos, Severus. - Severus se quedó inmóvil, mirando el seto que había delante de él. - ¿Y bien? ¿De qué querías hablarme?
-Draco lleva tiempo comunicándose conmigo… Y he de decir que está muy preocupado… - Narcissa se movió incómoda en su sitio, bajo la profunda mirada de Severus. - Y me ha contado sus preocupaciones… Acerca de ti…
-Tonterías.
-No son tonterías, Narcissa, es muy preocupante. Deberías ir al Ministerio y denunciarle.
-No voy a denunciar a mi marido porque no hay nada de lo que preocuparse, Severus. - Dijo mientras se ponía de pie y lo miraba desafiante. - Y ahora, si eres tan amable, te pido que te marches.
Dicho esto cogió el libro que estaba leyendo y atravesó el patio trasero donde se encontraban para entrar en casa. Si Lucius llegara a enterarse de que Severus había estado a solas con Narcissa, se pondría hecho una furia. Y eso hubiera sido beneficioso para nadie, y menos para ella.
Draco esperaba pacientemente en el saloncito cercano a la puerta trasera cuando vio a su madre entrar como un suspiro. La siguió hasta el pie de las escaleras de mármol blanco. Volvió la vista a la puerta y ahí estaba Snape.
-Lo siento.
Draco lo miró con la boca fruncida y Snape salió por la puerta delantera atravesando el gran jardín hasta salir de la propiedad Malfoy y desaparecerse.
Narcissa se había encerrado en su dormitorio y hacía caso omiso a los golpes que daba Draco en la puerta llamándola. A las nueve de la noche salió del cuarto. Había estado encerrada dos horas. Buscó a Draco para hablar con él antes de que su marido llegara de trabajar.
-Draco, no vuelvas a contarle nada sobre esto a Severus Snape. Él no tiene nada que hacer con este tema.
-Pero, mamá…
-Nada de "pero". Estoy muy enfadada contigo. No tienes que contarle nada a nadie.
Draco se cayó. No quería contestarle a su madre o se llevaría un buen castigo. Bajó la cabeza.
-Lo siento mucho, mamá.
-Está bien. No le digas nada a tu padre. Y ahora baja, tiene que estar al llegar.