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Pelirroja no es la única maldición de los Potter — capítulo 3
3
James golpea la pared con un puño. Probablemente tiene la mano rota. Hay tres puñetazos en la pared de la derecha. No quiere contar los que están detrás de él. Su madre se ha cansado de intentar repararlos.
A James no le importa el dolor lacerante que recorre todo su brazo, ni las manchas de sangre sobre sus cobijas, lo volvería a hacer si así pudiera ver a Rose. Pero no lo hace porque piense que su madre va a ceder, o su padre. Él la ha escuchado llorar todas las noches. La última vez que James vio llorar a su madre fue en el aniversario del fallecimiento de su tío Fred. Debe ser algo especialmente doloroso para ella.
Y aun así, no siente culpa alguna por no sentir pena por ella. Lo único que puede sentir en estos momentos es un tipo de dolor bien diferente. Uno que desgarra los músculos y rompe las costillas. Le arden los labios ahí donde le han tocado los de Rose todas las veces que se han comido a besos y no puede evitar un retortijón en las entrañas que desearía guardar para siempre y alejar en ese mismo momento, todo a la vez, porque sabe que así se siente el amor. Y ni siquiera pasando una vida entera con Rose sería capaz de dejar de tener esa maldita sensación. Así que lo ama y lo odia a la vez. Se siente increíblemente placentero.
Igual que aquella vez en la sala de menesteres.
James lo puede recordar a la perfección porque ha sido el mejor día de su vida. Llevaba dos meses saliendo con Rose, viéndose en las aulas vacías y sonriendo cuando ella se ruborizaba. Rose siempre ha sido deliciosamente ingenua. Es fuerte, tiene un carácter de temer, pero también es muy mojigata y todo eso. Al menos, eso pensaba él hasta ese día.
―Estás tan preciosa hoy, Rose ―había dicho James, mientras la besaba―. No puedo concentrarme viendo algo tan jodidamente perfecto todo el rato.
Él esperaba que ella se riera tontamente con aquel piropo, como las otras chicas con las que había salido. Pero Rose no era una de ellas y, por supuesto, Rose nunca actuaría así. Rose no se reiría como una idiota. Ella se había ruborizado y le había mirado a los ojos. A James le encantaba perderse en los ojos azules de Rose, en su mirada intensa e inquisitiva y curiosa. Tenía los labios finos entreabiertos (Merlín, cómo le gustan a James los labios de Rose), y sus pecas parecían brillar a la luz de los candelabros en contraste con su rizado cabello del color del fuego. Sus mejillas pálidas y su rostro delgado ocupaban todo su campo de visión. En verdad, pensó James, Rose era como una rosa encendida en llamas. Así de intensa.
¿Por qué nadie puede verla como la ve él? ¿Por qué no pueden darse cuenta de que lo único que él quiere es sentir el cuerpo apretujado de su primita Rose contra el suyo? Si Rose es intensa, James es el fuego mismo.
Y justo en ese momento, Rose está tan alejada de él que a James le duele respirar. Odia con todo su corazón el olor del aire sin la fragancia de libros antiguos de ella, provoca que le ardan las fosas nasales, la garganta, y que un vacío atroz se incruste en su pecho. Peor que el frío que provoca un dementor.
Al escuchar el último golpe en la pared, su madre entra sin hacer caso de la llave en la puerta. Seguramente ha usado el Alohomora. James ama a su madre como no ha amado a nadie más. No puede creer todas las historias que ha escuchado de ella: de cómo se enamoró de su padre cuando era apenas una niña y cómo lo esperó hasta que el cabezota se dio cuenta de que también la quería. De cuando lideró el Ejército de Dumbledore en Hogwarts en lugar de llorar por no saber dónde estaba Harry, y James no puede creer que sea la misma mujer pelirroja y sonriente que lo acunó en sus brazos hasta que fue capaz de caminar. Es terriblemente regañona, pero sigue siendo una de las personas más valientes que James haya conocido jamás. Por eso está tan confundido: ¿cómo puede ella estar furiosa con él si lo único que ha hecho es amar?
A Ginny le cuesta encontrar las palabras. Se ha calmado desde que vio lo que sucedió en la Madriguera. Intenta pasar sus brazos alrededor de James, que le saca una cabeza y apenas tiene dieciséis años, pero éste le aparta con lágrimas en los ojos. No puede hablar con ella, ni con Lily o Albus que al parecer se han puesto de parte de sus padres.
―¡Es repugnante, James! ¡Se trata de Rose, Rosie, nuestra prima! ―se había excusado Albus, incapaz de mirarlo.
―¡Pero tú lo sabías! ―gritó James―. ¡Lo sabías desde hace mucho! Lily, tú…
Y su hermanita, la dulce y mimada Lily que lo quería tanto, rehuyó su mirada.
James no lo había soportado.
―James ―su madre le saca de sus pensamientos. Tiene una mano en su espalda y James no puede negar que le reconfortaría sentir el calor que emana su piel si no se sintiera tan traicionado. ―Vamos, James. No te pongas así. Las cosas tuvieron que ser de esta forma. Jimmy…
Jimmy.
James cierra sus ojos. Una punzada de dolor lo atraviesa y su mente es invadida por los recuerdos de Rose llamándolo Jimmy mientras jadea, con el sudor de su cuerpo mezclándose con el suyo propio y aquellos gemidos que a James se le figuran los cantos de los ángeles; con esa voz tan suya que lo llama y le insta a ir más profundo, más…
Y otra vez está llorando sin poder contenerse. Su madre lo abraza y ésta vez no la aparta, deja que se quede y le susurre mentiras al oído ("todo estará bien, ya verás", "Rose y tú encontrarán a alguien con quien puedan salir…") y lo único que puede hacer es pensar en la ridícula situación y en cómo desea poder no sentir porque sentir es la más atroz de las maldiciones.
¡Hola! Muchas gracias por comentar y poner en favoritos y espero que éste capítulo les guste tanto como el otro :) ¡saludos!