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Pelirroja no es la única maldición de los Potter — capítulo 4

Por fin había llegado el día. Por fin, después de tanto tiempo, podría verlo. No había sido fácil convencer a su madre, pero había cedido a la presión que ejercía Rose con sus constantes súplicas una tarde después de que Rose le aplicara le ley del hielo durante más de dos días.

―De cualquier forma no irás ―había soltado Hermione. Rose estaba sentada frente a la chimenea, mirando "Hogwarts: una historia" por milésima vez. Intentaba recordarle a su madre quién se suponía que era Rose Weasley, una chica inteligente, estudiosa, respetuosa de las reglas, su hija.

Al parecer no lo había intentado con mucho empeño. Rose no podía creerse que fuese su madre la que le decía eso. No podía creerlo pero lo entendía. Sabía por qué Hermione Weasley era la persona que menos aprobaba su relación con James. Y era por una razón tan absurda y estúpida que a Rose le daban ganas de arrancarse los pelos cada vez que recordaba que ella era exactamente igual. Se trataba de que, si había algo que su madre odiase, era hacer algo incorrecto. Está bien: había hecho un montón de cosas completamente corruptoras de la ley en su adolescencia pero, como bien se encargó de decirles a ella y a Hugo, los tiempos eran desesperados y había que tomar medidas desesperadas. Rose pensó que en su caso, también aplicaba la regla. Sólo que los desesperados no eran el tiempo ni las medidas, sino ella y James. Desesperanzados podría definirlos mejor.

De cualquier forma, lo que a Rose más le dolía era que Hermione no fuese capaz de entender. No importaba cuánto la viera llorar, no importaba que a Rose le doliera hasta el alma levantarse de la cama cada día sin saber si volvería a hablar con él.

―Lo voy a ver en Hogwarts, de todos modos ―soltó Rose con enojo, sin pensar en lo que decía. A lo mejor y hasta le prohibían regresar al castillo. A lo mejor y la recluían para siempre en su habitación. James no podría volar en escoba hasta su ventana sin que Ron le lanzara un hechizo o los muggles llamaran a la policía.

Pero aquella revelación idiota hizo a Hermione y a Ron, por fin, darse cuenta de que no podían alejar a Rose del mundo ni siquiera aunque lo quisieran. Así que accedieron a dejar que Rose fuese a la última reunión en la Madriguera el domingo antes de regresar a Hogwarts.

En la mañana, Rose despertó más temprano que los demás. No podía dejar de pensar en si él iría. Si su madre no había hablado con tía Ginny para decirle que no dejara a James ir. Rose se duchó, sin demasiado ánimo, con el corazón comprimido y palpitando casi muerto, y se vistió. No tardaron en escucharse los pasos en el corredor y el grifo de la bañera otra vez, y otra, y una última. Pero Rose todavía se encontraba, media temerosa, sentada en el filo de su cama, con el pelo naranja escurriéndole entre los omóplatos y el cuello; con la playera empapada de nostalgia.

Fue aproximadamente a las nueve de la mañana cuando alguien tocó su puerta con timidez. Era Hugo. "En un momento", el grito le salió como ahogado. Cuando por fin se atrevió a salir, su padre y su madre estaban desapareciendo por la chimenea. Ella miró a Hugo. Directo a los ojos, unos azules casi idénticos a los de ella. Su hermano le ofreció los polvos flú.

Hugo era el único que apoyaba a Rose. No lo decía abiertamente, pero a ella le bastaba ver sus ojos para ver cariño en él, una calidez que últimamente habían perdido los ojos de su padre. No porque no la quisiera, sino porque no quería aceptar que Rose se había metamorfoseado en una Rose nueva las últimas semanas. Una Rose más fuerte, que no aceptaba que le dijesen qué sentir.

―Anda Rose, será mejor que te apures si no quieres que los tíos escondan a James antes de que llegues.

Rose sintió una sonrisa surcarle el rostro antes incluso de darse cuenta de que era la primer sonrisa genuina que tenía en mucho tiempo. Resistió el impulso de abrazar a Hugo, sabía que si se ponía demasiado cariñosa con él, se hartaría. No era el momento, además. Tomó un puño de polvos y los tiró en la chimenea, frente a ella. Se metió y de inmediato estaba escuchando las risas de los demás, la voz alegre de tía Angelina reprendiendo a Fred sin demasiada seriedad. Cuando la nube de humo se disipó, Rose se quedó de piedra. No le importó que probablemente Hugo acabaría tirándola si no se quitaba de ahí rápido.

Porque James estaba sentado en el sillón justo frente a ella. Y la estaba mirando. A los ojos. Rose creyó que podría correr y besarle ahí mismo. El azul chocando con el castaño. Él no se movió y Rose recordó en dónde estaba. No podía flaquear ahí. Se conformaba con verle, por lo menos estar cerca de él. Cualquier indicio de una conducta "extraña" con él provocaría que la llevasen a casa de inmediato.

Rose salió del estupor. Caminó para salir de aquel hoyo, sin ser realmente consciente de ello. Un pie delante del otro. Izquierdo, derecho. Saludar a las tías, a los tíos. No mirar a tía Ginny a los ojos. Saludar a los primos. No sentir dolor al ver que Lily no se acerca. Sentarse. Guarda las lágrimas, Rose, guárdalas para cuando estés a solas.

Hugo llegó en algún punto, pero Rose no se dio cuenta. No hasta que él se sentó a su lado y le dio un apretón en la mano. Quizá porque Rose había estado mirando hacia un solo punto toda la mañana. O porque no se estaba riendo de una broma de Albus.

―¿Emocionada por volver al colegio, Rggose? ―preguntó la tía Fleur.

Tardó alrededor de cinco minutos en darse cuenta de que le hablaban a ella. Otros habían escuchado la pregunta y ahora estaban pendientes a su respuesta.

Rose se tragó el nudo que se le había formado en la garganta.

―¡Sí, claro! ―quizá había sido demasiado entusiasta. Pero es que no se sentía cómoda. Ni un ápice. ―Muy emocionada.

Aunque, ciertamente, sí que estaba emocionada. Por lo menos ahí podría ver a James. A escondidas. Como siempre. Como si ningunas vacaciones y ningún torpe descuido se hubieran interpuesto entre ellos.

―Seguro eres la mejor de tu clase, como tu madre ―comentó la tía Angelina.

Rose estaba fastidiada de que pensaran que era como Hermione. Sí, era la mejor de la clase. Brillante, decían algunos. Pero no era su madre, no era su padre. Era Rose.

―Hay muchas cosas en las que no soy como mi madre ―dijo, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Pero estaba harta. Ya nadie volvería a compararla nunca.

En un descuido, Rose y James se colaron escaleras arriba. Fueron los dos minutos más largos en la vida de James. Cuando la besó, después de tanto tiempo, fue como si James pudiera sentir su muerte. Se le fue el aire y la vista se le nubló, y sintió cómo se le derretía el cerebro. Amaba a Rose como nunca había amado a nadie. Como nunca, estaba seguro, amaría a nadie. No importaba lo que su madre dijera, si no estaba con Rose, entonces no estaría con otra chica. Porque no sería feliz y entonces, ¿cuál era el sentido? Sentir el delicado cuerpo de Rose entre sus brazos era un dolor ociosamente perfecto. Un espantoso y a la vez increíble dolor en la boca del estómago que no quería dejar de sentir.

Ni siquiera se habían dicho cuánto se habían echado de menos cuando alguien carraspeó. No podía estar pasándole eso. Seguramente era el tío Ron y en cuanto volteara le partiría la cara. Lo enviarían a Azkaban, harían que los dementores le sacasen el alma. Si todavía le quedaba una. Si Rose no se la había robado ya.

Pero era el tío George, lo cual tampoco quería decir que estaban salvados. James se dejó caer sobre la pared en la que estaba casi recargado mientras Rose escondía su rostro entre los brazos de él. James podía jurar que estaba llorando. Y lo entendía. Les había costado tanto llegar a ese punto, a otro beso más. Y todo para que volviesen a descubrirlos.

―Rose, será mejor que bajes ahora si no quieres que alguien más sospeche. ―Aquello quería decir que no iba a decirle a nadie, no todavía, por lo menos. Ella se echó a correr, (era bellísima incluso llorando y corriendo) y se perdió entre las escaleras.

James miró al tío George. Éste estaba serio.

―No lo entiendo ―James no se dio cuenta de que estaba llorando también hasta que se le quebró la voz―. ¿Cuál es el maldito problema? ¿Por qué Rose y yo no podemos estar juntos?

Tío George le estaba dando una mirada llena de lástima.

―No lo saben, ¿verdad? Suponía que ella lo sabía, dado que lee tanto. Cuando dos personas con relación consanguínea tienen hijos, éstos a veces nacen… con discapacidades o deformaciones. Rose debe quererte mucho si está dispuesta a pasar por algo así. Vámonos de aquí.

Pero antes de que James bajara detrás del tío George, pensó que era cierto. Que Rose debería amarlo en serio para sacrificar uno de sus deseos más grandes en la vida: ser madre.

Holaaaaaaaaa. Antes que nada agradezco mucho a quienes han comentado. Por favor, síganlo haciendo. También a las treinta y algo personas que han puesto esta historia en favoritos. Muchísimas gracias en serio. Y sigan leyendo. ¿Qué creen que pasará después, cuando vuelvan a Hogwarts? Nos leemos el siguiente capítulo.