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Pelirroja no es la única maldición de los Potter — capítulo 5

5

Han pasado ya varios días desde su encuentro en la Madriguera, cuando el tío George los descubrió y dijo cosas bastante serias. Cosas que James no se atrevía a contarle a Rose. Aunque, siendo sinceros, está casi seguro de que ella lo intuye. Ha estado actuando extraño e, incluso aunque están de regreso en Hogwarts, no se han vuelto a ver demasiado. Ese es otro tema: Hogwarts. A James le resulta extraño que el lugar más cotilla del mundo entero fuese precisamente el único escondite que encuentran ambos. La vida se ha vuelto muy irónica.

Sobre todo, lo acepte o no, James tiene miedo. De muchas cosas. El futuro, por ejemplo. James sabe, sin duda alguna, que lo que más desea en el mundo era estar con ella, que no le importa otra cosa, que no le importa sacrificar una familia por estar con Rose. Porque ella es la única familia que necesita. Es su hogar. Pero no se atreve a pedírselo. No podría hacerlo, aunque quiera, aunque sea lo suficientemente egoísta. No puede pedirle a Rose que lo abandone todo: una boda a lo grande, el nacimiento de su primer hijo y lo que venga, bailar en público en una fiesta como lo haría con cualquier otro hombre. Porque entonces no los verían mal. James no puede darle nada de eso: ni una boda gigantesca, ni hijos. Ni siquiera pueden tomarse de la mano en público.

Y, hablando con la verdad, prefiere ser dolorosamente feliz viéndola vivir una vida que realmente se merezca a verla vivir escondiéndose. Imagina a Rose, vestido blanco y pelo de fuego, sonriendo de la mano de un chico perfecto que no sea él, cualquiera que no es él, y riendo. Y esa imagen le atraviesa el corazón como una lanza, y se lo abre hasta que le duele no sólo el corazón sino el cuerpo y la mente, respirar, vivir. Pero está feliz. Está feliz porque ella parece estarlo. Parece haberlo olvidado y parece poder conseguir lo que todos sus tíos y sus padres desean para ella.

James está determinado. Tienen que terminar. Ella tiene que seguir adelante. Sin él. Rose Weasley, su prima pequeña, su flor roja, su mundo, tiene que morir de la mano de alguien con quien no la juzguen.

Y James sabe que él probablemente no volverá a ser el mismo James Potter nunca. Porque está dolorosamente consciente de que, mientras estuvieron juntos, fueron más felices de lo que serán todas sus vidas. Pero está dispuesto a abandonarlo. Por ella.

Así que la cita una tarde, casi anocheciendo, en el lago. Ella viene con un precioso vestido del color de los pétalos de rosa puesto. Está haciendo calor y es sábado. Su vestido es volátil, da la sensación de que se le puede escurrir por los dedos en cualquier momento.

―James ―ella salta sobre sus pies ligeramente. Pone las manos encima de las mejillas de James, sonríe y parece el capullo de una flor floreciendo, un rocío lleno de vida, y James se siente culpable por haberle dado ilusiones, por hacerle creer que todo estaría bien. Por creerlo él mismo. Ella lo besa, suavemente, como el roce de la primavera sobre su piel. Le brillan los ojos, pero él no puede mirarla. No debe, o flaqueará.

James toma sus manos con una dureza inusual y una sola palabra sale de sus labios, y es suficiente para que Rose se venga abajo.

―Terminamos.

Estupefacta, Rose cuenta hasta diez. Parece que su corazón ha dejado de palpitar. Su respiración, entrecortada, se va apagando cada vez más. La palabra retumba en su cerebro. Terminamos. Se acabó. No más.

―No hablas en serio ―logra articular con la voz quebrada, después de lo que parece una eternidad intentando recordar quién es ella y por qué ese ser delante suyo de pronto de hace daño. Todo en su cerebro asocia al muchacho con seguridad y amor profundo. Sus ojos están llenándose de lágrimas que, incluso tan mal como se siente, no deja salir.

Ella intenta aferrarse nuevamente a las manos de James, en un intento desesperado de que sus dejos no resbalen. Pero él la aparta con rapidez. Ella le besa. Y sus labios se mueven como muertos, sin el usual calor y cosquilleo que producen los de James cuando la devoran. Rose se separa y le mira a los ojos, esta vez su primo también la mira y a Rose le asusta, como nunca le ha asustado nada, la frialdad en aquellos ojos, normalmente alegres y cálidos. ―¡James! ¿De qué va esto? ¡Por favor, James! Jimmy…

Está sollozando. En ese momento algo cambia en la mirada de James y puede ser dolor o repulsión, Rose nunca estará segura.

Ella recurre a su última opción. Rose está segura de que es por eso, así que dice:

―Es por la familia, ¿cierto? Es por lo que te ha dicho el tío George sobre los niños, ¿no? Lo escuché. ¡Lo he pensado, James! Estoy dispuesta a olvidarme de los bebés… Estoy dispuesta a no ser mamá nunca si eso significa que puedo estar contigo para siempre.

Él se pasa los dedos a través del cabello, suspira, y parece más enfadado que contrariado.

―¿Y no se te ha ocurrido pensar, Rose, que ya no quiero nada contigo? Porque créeme, el tiempo de la idiotez ya pasó para mí…eres repulsiva. Me das asco. No sé cómo pude andar contigo.

Y dicho eso, echa a andar dejándola sola.

James se esconde detrás de un seto, sintiéndose más muerto que vivo. Ha hecho algo que es totalmente irreparable. La ha destrozado y lo sabe. James la observa quedarse ahí, temblando. Ella se lleva las manos a la boca sofocando un grito y se deja caer al suelo, derrotada. Los gritos que siguen no son silenciados ni siquiera por los latidos arrítmicos del corazón de James. No sabe cómo puede seguir vivo y no sabe por qué no puede moverse y correr en lugar de tener que verla ahí, con las lágrimas corriendo a través de su rostro y su pequeño y delicado cuerpo sacudiéndose por los sollozos. El sedoso vestido no parece cobijarla lo suficiente. La voz de Rosie, de su dulce Rosie, corta el aire. Un grito y luego un sollozo interminable que hacen un eco infinito en el corazón de James. Aquel sonido le retumbará en el alma por siempre. Y sabe que no puede perdonarse después de eso. Después de que ella le hubiese dicho eso: que podía olvidarse de tener una familia por estar con él. Porque él sería la única familia que necesitaría.

Es algo que no puede soportar.

Con el dolor más grande que ha sentido, uno que destroza los huesos y los órganos y todo él, se aleja. Ella lo superará y encontrará alguien que pueda darle lo que se merece. Lo que James Sirius Potter no puede darle. Por lo menos tiene ese consuelo.

En el camino se encuentra con Albus y con Lily. James no puede evitarlo, cuando lo detienen le tira un golpe a Albus en el pecho. Lily grita y se interpone entre los dos. James se da cuenta de que está llorando. Pero los golpes de Albus o los gritos y reclamos de Lily no le duelen, parece que ya no puede sentir nada.

―¡Es lo que querían! ―les grita, entre lágrimas―¡Espero que estén todos muy felices con eso!

―¡James! ¿Qué has hecho? ¿De qué hablas? ―pregunta Lily, aterrada.

James se tambalea en otra dirección, la mira antes de derrumbarse.

―Acabo de dejar a Rose tirada cerca del lago. Terminamos.