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Pelirroja no es la única maldición de los Potter — capítulo 9

El tiempo pasa, las celebraciones de la familia Weasley y los abuelos Granger parecen que no van a cesar nunca. Rose observa la felicidad de su madre y de su padre, y se alegra de saber que quizá sí haya esperanza para ella. Su madre canta cuando cocina, su padre sonríe casi a todas horas. Y, por mucho, la última discusión que tuvieron realmente seria fue sobre quién debería ser el padrino y la madrina. Al menos eso es lo que su padre cuenta en sus cartas. Rose las recibe casi a diario. Este día ella se dirige a la lechucería, los exámenes finales acabaron y ella está de nuevo posicionada como la chica más brillante de su generación. Y, con todo eso, aún ha tenido tiempo para pensar en James, de vez en cuando.

Sí, debe admitirlo. James quizá sería el amor más grande de toda su vida. Y sobre cada minuto que habían pasado juntos, no se arrepiente de ninguno. Los añora, desesperadamente, los añora con cada centímetro de corazón, de hueso y de pulmones que hay en su cuerpo. Es como si todo el día, durante toda su vida, su piel fuese arder como arden los fósforos al rozar la cinta para encender. En ese caso, James sería la cinta para siempre. Ella arderá, quiera o no, durante cada vez que, en una reunión familiar, en alguna ocasión casual, inclusive en sus bodas, lo tenga que tocar para saludar.

Extrañamente, Rose se siente bien con eso. Se siente bien sabiendo que aquello proviene de su capacidad de amar, que el amor, al fin y al cabo, no lo conoces en los libros, ni en las películas, que lo que nos muestran y la idea que nos hacen tener del amor es lo más equivocado que hay. El amor, ha llegado a la conclusión, es la superficie rasposa de una montaña, es un túnel oscuro, profundo, misterioso. El amor es una sensación opresora que te da en el pecho, un suspiro. Y si ella recordaba cómo había sido su amor con James, está segura de algo: no se trataba de aquellas grandes proezas que él hacía para impresionarla. Su amor con James era hacer el amor con las manos, sólo acariciándose los dedos, mirándose fijamente. Era la sensación de meterse bajo su piel y quedarse ahí, acurrucada, bien segura, por unos segundos.

Observa a la lechuza llevándose su carta. Al fin y al cabo, parece que se lleva también su dolor.

James camina por delante de la puerta principal como un león enjaulado. Su madre lo observa fijamente, recargada en el marco de la puerta. La madriguera sigue igual que siempre, y la tradición entre los Weasley ha sido siempre celebrar las bodas ahí.

―James, cariño…

Pero James, pese a tener sus buenos veinticuatro años, la mira con los ojos de un niño asustado. Ginny Potter se pone de pronto muy recta, es la primera vez que ha visto esa mirada, pero está segura de qué significa. Es la mirada de un hombre que está a punto de perder al amor de su vida para siempre.

¿Tantos años después? ¿Aún la ama?

―¿James? ―dice―, ¿es en serio?

Y se sorprende cuando su hijo mayor la abraza con fuerza, enterrando su cabeza entre su cuello como hacía cuando era un niño, pese a que ahora ella es más pequeña que él.

―No la he olvidado ni siquiera por un segundo, nunca.

Entonces muchas cosas comienzan a encajar: por qué parece que James ha heredado la tozudez de Sirius, por qué jamás ha sentado cabeza, por qué de entre todas las mujeres que ha tenido parece no ser capaz de amar a una lo suficiente como para casarse.

Por las barbas de Merlín. Qué equivocados estuvieron siempre, durante tanto tiempo. Se siente avergonzada con James, porque, después de todos sus intentos por que su hijo fuese feliz, arruinó lo que verdaderamente él quería.

Lo único que Ginny sabe es que tiene que impedir esa boda.

―Habla con ella ―le dice―, está en la que solía ser mi habitación. Ve con ella. Yo me encargaré de tu padre y tus tíos.

James ni siquiera es capaz de asentir. De pronto lo único que sabe es que está prácticamente volando escaleras arriba, que no importa si le ha tirado el cojín con los anillos a Victoire por accidente, cada segundo que pasa Rose se aleja para siempre de él. Y eso es algo que no puede permitir.

Abre la puerta sin llamar antes.

―¡James, por Merlín, no seas bruto! ―grita Lily, dulce como siempre.

Rose está parada frente a un espejo, con un demasiado sencillo vestido color blanco, y el salvaje cabello rojo recogido en un moño por debajo de la nuca. Roxanne, Lily y Dominique parlotean a su alrededor, pero ella parece un poco ausente. Levanta la vista cuando escucha a su prima menor chillar.

Lily intenta cerrar la puerta de nuevo, y se sorprende cuando James la atranca con su pie.

―¿James?

―Quítate Lily. Tengo que hablar con Rose.

Lily está perpleja, al igual que Roxanne y Dominique. Por sus miradas sabe que no han olvidado aquel episodio hace tantos años, cuando los encontraron a él y a Rose besándose detrás del jardín.

―¿Podrían darnos un segundo, por favor? ―vuelve a decir.

Las chicas echan una mirada a Rose, como preguntándole si está bien, y ella asiente. A James se le hace eterno cuando salen, una por una, de la habitación. Y en el momento en que la puerta se cierra detrás de ellas, no es Rose la que se lleva una sorpresa sino él.

―Ya sé a qué has venido.

Él camino hacia ella, nervioso. Hace tanto que no la toca, cada milímetro de su cuerpo parece un imán, tiene tanta necesidad de tocarla, que si no lo hace se morirá.

―¿Aún me amas? ―le pregunta ella.

―Nunca he dejado de hacerlo, Rose. Ni siquiera un segundo. Todo lo que hice y dije, aquella vez… sólo quería que no volvieras a sentirte como ambos nos sentimos esa vez, tan rechazados por nuestras familias, tan solos, tan perdidos.

De pronto ella está entre sus brazos otra vez, es como si todo el fuego del mundo participara de un incendio colectivo para hacer carbón sus corazones. Duele tanto. James la besa, no cálidamente, no con ternura. La besa con necesidad, con rudeza y fuerza. La escucha gemir, la siente pegar su cuerpo al de él.

―James, Jimmy…

Al final de todo, el tiempo, la muerte y el amor parece ser lo que hace que el mundo funcione. El tiempo con su cuerpecillo de hombre reloj, observándolo todo, midiéndolo todo. El tiempo como la promesa de que nada es infinito, nada dura. La muerte y el amor pueden ser a veces la misma cosa. En este momento parece que el cosmos redefine todo su concepto, parece que todo el mundo se pone patas arriba; que, por primera vez, las cosas encajan en su lugar.


Está bien, está bien, acepto los tomates y las piedras. Hace literalmente un año con dos días empecé esta historia y sé que me tardé mucho, muchísimo, en acabarla. Pero, finalmente, creo que las cosas quedaron bien. Quiero agradecer mucho a quienes estuvieron leyendo, este capítulo va para todos ustedes.