← La Tercera Generación de Hogwarts III · de
La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 20
Capítulo 15: Tabula Rasa.
Cuando se trata de un niño inocente de once años, las catástrofes que pueden ocurrir en su familia no le afectan de igual manera que a los demás. Se podría culpar a la ignorancia de esta prematura adolescencia. O simplemente a la ignorancia. Hugo Weasley desconocía qué era aquello por lo que todo el mundo parecía estar en guerra. Sabía que Albus había sido secuestrado. Que su prima Roxanne probablemente había sido asesinada. Él mismo había visto cómo le arrancaban la vida a su directora. Cómo pedían un rescate para que Albus viniera de vuelta. Sin embargo, no llegaba a entender el objetivo de todo aquello.
Sí. Se había armado en conocimiento. De hecho, pasaba horas y horas leyendo y buscando aquellos hechizos que nadie solía utilizar, pero que resultaban muy útiles en duelos. Porque Hugo sabía que estaba en peligro. Él y todo el mundo mágico. Los defendería a muerte. Sin lugar a dudas. Pero para poder empezar un ataque eficaz, necesitaba conocer por qué luchaban. ¿Cuáles eran sus motivos?
Podría parecer un cliché, pero las respuestas siempre estaban en los libros. Había estado investigando en los archivos de sus padres sobre el Ojo, sin que estos lo supiesen. Tenía que agradecer a Lily por cederle en Navidad la capa de la invisibilidad. Él siempre le sacaba el mejor provecho posible. Si bien la información que la Orden del Fénix y el Ejército de Dumbledure tenían era escasa, era además irrelevante. Parecían no tener experiencia cuando se trataba de trazar estrategias. Todos sus objetivos iban tras el rastro de Ivonne, de la cual no hallaban ninguna pista. Ni siquiera en las pertenencias de McGonagall que habían tomado la libertad de registrar. Con razón no avanzaban. Por otro lado, también investigaban algunos sospechosos de ser miembros del Clan del Ojo. Aquello podía ser muy interesante, pero, de nuevo, no hallaban nada que aclarase los motivos.
Por aquella razón, Hugo se propuso descubrir cuál era el propósito de aquellos encapuchados que tanto daño causaba a su familia.
Para empezar, se había hecho con libros de leyendas tanto muggles como procedentes del mundo mágico. Necesitaba buscar la simbología del nombre de aquella inmensa comunidad terrorista. Un ojo. Había miles de símbolos. Y Hugo sabía que cuando se encontrase con el correcto, lo reconocería. ¡No sería tan difícil!
Expandió sobre la mesa su tercera elección de las órdenes más importantes de la historia que habían tenido un Ojo como elemento principal. Acompañadas de las leyendas y de las historias rurales del norte de Occidente. Antes de llevar a cabo aquella investigación, decidió pensar en el origen geográfico de la orden. Estaba claro que era en Europa, aunque podría haber tenido influencia de las costas más alejadas del Mediterráneo. Había llegado a esa conclusión gracias al origen de los miembros que se encontraban registrados en un documento de su madre que había extraído de la Mansión Malfoy. Pan comido.
Destacaba, entre todas las demás leyendas y mitos, el ojo que todo lo ve. Hugo sabía que simbolizaba el control y la dominación por una sombría élite, pero que su uso original era bastante diferente. Solía verse como un símbolo de los Illuminati de control y vigilancia, pero eso se trataba de una mala interpretación de su significado. De hecho, este símbolo había aparecido en lugares tan dispares que costaba rastrear su origen con claridad. Algunos escritos ante los que se encontraba Hugo, afirmaban que su origen estaba en la India, en un texto sánscrito de más de 3000 años, en los que se describía al sol como un ojoen el cielo. Además, su dios tenía tres ojos y el tercero, el denominado chakra, era el ojo de Shiva, poseedor de todo conocimiento y protector del mal.
Aplicando esta primera teoría al Clan del Ojo, sonaba demasiado forzado para Hugo. Sí, podría ser el poseedor de todo conocimiento. De hecho, había dado por sentado que los miembros estaban infiltrados en altos cargos políticos y sociales, y, que consecuentemente, conocían muchísima información. Eso explicaría los golpes que daban a su familia: sabían de antemano dónde iba a dolerles más.
En Nepal también hubo un ojo, el Ojo del Mundo, el de Buda. Siguiendo religiones ya no tan lejanas, aparecía el Ojo de Osiris, de la tradición egipcia, a la cual también pertenecía el Ojo de Horus. También existía el ojo en la palma de la mano de Fátima, de la religión islámica. En Grecia y en Turquía tenían algo similar: Nazar, utilizándolo como amuleto aleja a todos del mal. Incluso en el antiguo Ecuador se habían encontrado objetos en los que había ojos grabados. Más cercano, era el cristianismo, cuyo ojo simbolizaba el poder omnisciente de su dios.
Hugo, absorbido por tanta información, respiró hondo.
Cogió todos los documentos leídos y los apiló en el suelo. Le llamaría el "montón de la información inútil". Como conclusión podía obtener el hecho de que, sin lugar a dudas, el ojo era el centro de todo conocimiento. Una comunidad que se creía omnisciente. Pero eso ya lo sabía. Y estaba seguro de que ninguno de esos significados era el origen de aquellos asesinos.
El joven pasó entonces al montón de libros sobre la mitología nórdica. Si se sinceraba, esperaba haber encontrado alguna clave en las demás religiones relacionadas con el clan. En cambio, habiendo previsto aquello, había sacado toda la literatura nórdica por instinto. El año pasado habían secuestrado a Victoire y la habían llevado al lugar en Groenlandia que más cerca estaba de Inglaterra, en una amplia visión. Muchos de los magos tachados del clan del Ojo tenían familias en Dinamarca, Alemania, Noruega, Islandia o Escocia, aunque su radio de actuación englobase todo el planeta. Y, además, sabía que muchas leyendas de la propia Inglaterra procedían de la cultura nórdica que se mezclaba con la celta aborigen de la isla.
La mitología nórdica podría ser la cuna de aquel clan. O al menos, las leyendas de las cuales habían obtenido su simbología. La inmensa mayoría provenía de Islandia. Hablaban de dioses poderosos con habilidades sobrenaturales que procedían de otro mundo. Un mundo en el que todos sus seres eran dioses. Los muggles que contaban esas historias lo llamaban Asgard.
Hugo se dio cuenta de que se trataba del mundo mágico.
Respiró hondo.
¿Era él el único que se había dado cuenta de aquel paralelismo a lo largo de la historia?
Los asgardianos eran adorados. Los muggles se subordinaban a ellos sin dilación, creyendo que debido a su poder, eran dioses a los que estaban destinados a servir. Se trataba de la jerarquía que aquellas familias que defendían la sangre limpia defendían a muerte. La superioridad de los magos. Sin embargo, ofrecían una idea muy controversial: la unión de los dos mundos. El reinado de los magos sobre los muggles.
El joven Weasley supo que había dado con el origen del Clan del Ojo. Solo tenía que seguir investigando. No se iría de la biblioteca londinense hasta poder cuadrar todo.
Otra cosa le llamó la atención.
Odín, el más poderoso de todos los habitantes de Asgard, tenía toda la sabiduría del mundo gracias a que dos cuervos les informaban de todo lo que ocurría en los reinos que tenía a lo largo del universo. Hugo sabía que aquellos dos cuervos no eran seres mitológicos. Ni pájaros que sabían hablar. Eran animagos. Por supuesto que eran animagos. El joven siguió leyendo en busca de más paralelismos. Sin embargo, encontró algo que le gustó aún más. Odín sacrificó uno de sus ojos para poder beber de la fuente de la Sabiduría, con el fin de conocer cosas inefables y tener el poder sobre la vida y la muerte.
Ahí estaba. O eso creía.
Se llamaba el clan del Ojo porque todos los que tenían un solo ojo eran los que habían tenido el privilegio de poder obtener gotas de aquella legendaria fuente para obtener el gran conocimiento del que hablaban las demás tradiciones y para tener el poder sobre la vida y la muerte. Sería inmortal.
Hugo cerró el libro de mitología nórdica.
El que liderase aquella sociedad era un mago inmortal. Tenía que ser aquello. Estaba seguro.
Se levantó, y dejando muy desordenada la mesa de la biblioteca a la que tan solo estudiantes universitarios acudían a finales de Navidad, fue por el pasillo de mitologías en busca de documentos sobre la fuente de la Sabiduría.
Volvió con tres tomos a la mesa. Tuvo que hacer un montón de cosas que ya no utilizaría con los cinco libros de mitología nórdica. Abrió el primero y se sumergió en la lectura. Encontrase lo que encontrase, se prometió no descubrir aquella información hasta que tuviese pruebas sólidas.
Muchos mitos exponían que la fuente de la Sabiduría residía en la diosa del conocimiento griega: Atenea. Sin embargo, había una leyenda más cerca en cuanto a ubicación, de la mitología irlandesa. De nuevo, la mezcla entre lo nórdico y lo celta. Se trataba del salmón de la Sabiduría. De acuerdo con la leyenda, el salmón comió nueve avellanas que cayeron en la fuente de la Sabiduría y obtuvo todo el conocimiento del mundo. La primera persona que comiese su carne ganaría, por lo tanto, el conocimiento total. Hugo se decepcionó un tanto con la leyenda.
Cerró ese libro y abrió otro.
Tuvo que volver a cerrarlo ya que eran fuentes denominadas como Fuentes de la Sabiduría pero que eran, en realidad, un atractivo turístico como la de Lovaina en Bélgica.
Destapó la tapa del último libro, cruzando los dedos.
De nuevo se trataba de mitología celta. Del salmón de la fuente de la sabiduría. Y justo debajo explicaba los dioses de esta mitología. La que más llamó la atención a Hugo fue la diosa Coventina: la que guardaba un antiguo manantial sagrado. Según aquel documento, la fascinación y veneración por parte de los celtas al agua, podría explicarse porque la consideraban como un medio de conexión con otro mundo divino. El mágico. Las cejas de Hugo se alzaron. La diosa Coventina era la guardiana de la fuente de la Sabiduría de la que bebió siglos atrás el propio Odín.
Dejó aquel libro abierto y se dirigió por puro instinto al pasillo de mitología inglesa, repleto de libros antiguos y documentos que de pequeño le gustaba leer. Sacó un libro. No tuvo ni que leer el reverso como había hecho con todos los demás porque ese ya lo había leído anteriormente. Volvió rápidamente a su mesa con el tomo entre las manos. Pasó varias hojas hasta llegar a la que buscaba.
-"En la mitología celta, las deidades del agua eran muy populares y respetadas. La diosa del agua Coventina, quien en el ciclo artúrico es la Dama del Lago, era veranada en todo el territorio romano en Bretaña, la Galia y el noroeste de Iberia. Coventina tiene un adoratorio en Carrawburgh, a los pies de la muralla de Adriano, que consiste en un templo cuadrangular con una estanque central."- musitó aquella palabras sin asimilarlas en un principio del todo. Bajó unos párrafos y siguió leyendo.- "La Dama del Lago es la responsable de la desaparición de Merlín, ella le preguntó a éste cual era el hechizo para encarcelar a un hombre y Merlín se lo dijo. Entonces, un día lo usó contra él y Merlín quedó encarcelado en un árbol para toda la vida."
Se llevó las manos a la boca con sorpresa.
Acababa de descubrir algo grande, ¿no? Había relacionado dos o tres mitologías que tenían contacto directo con el mundo mágico. Y, que, por lo tanto, no se trataban de mitos. Si Merlín había existido, Nimue o la Dama del Lago, también. Y si ella era la guardiana de la Fuente de la Sabiduría, esta fuente existía. Y Odín había bebido de allí. Y estaba seguro de que Merlín también. De que ambos habían tenido un solo ojo. Y, por lo tanto, la grandeza de Merlín se debía a la fuente de sabiduría y no a su poder. Y sus aprendices, como la peligrosa Morgana.
Sacudió su cabeza.
¿Tendría algo que ver aquello con el clan del Ojo?
¿Eran los nuevos guardianes de la Fuente de Sabiduría? ¿Los descendientes de los asgardianos? ¿Habrían sido sus antecedentes aprendices directos del mismísimo Merlín?
El conocimiento de todo aquello solo había hecho surgir más dudas el joven Hugo. Ya que no había conseguido topar con el objetivo de estos, pero sí con su origen. ¿Por qué atacar a los líderes de otras guerras? ¿Qué tenían en su contra? ¿Qué papel jugaban todos?
-¿Hugo?- un beso en su coronilla no pudo despejar todas las teorías que luchaban por salir en la mente del muchacho. - ¿Te has interesado ahora por la historia de Merlín…?
-Mamá.- susurró dándole un beso en la mejilla.- Yo… Esto… Sí. Siempre me ha parecido interesante, ¿a ti no?
Tuvo que mirar a su madre a sus ojos para romper el hechizo que el conocimiento ejercía sobre él.
-¿Sabías que Merlín, en un principio, le dijo a todos los magos que utilizasen la magia oscura?- su hijo frunció el entrecejo.- Por lo visto, había sido un joven oscuro… Su historia me recuerda a la de Tom Ryddle…
-¡Mamá! ¡Estás hablando de Merlín!
-Sí, cariño… Y no discuto que haya sido el mago más poderoso de todos los tiempos…- dijo su madre pensativa. Hugo calló lo que creía que era un secreto histórico. Las habilidades de Merlín no eran mérito propio. No quería destruir aquello de la noche a la mañana. Y seguía necesitando más pruebas.-… Pero solo digo que cambió de parecer cuando se dio cuenta de que así no ganaría fama de grandeza. Tenía que hacer derechos a favor de los muggles, pero, te digo yo, que Merlín hoy en día defendería la sangre pura a raja tabla.
-Mamá, él fue el que impulsó el que no se utilizase magia sobre los muggles…
Hermione Weasley rio.
-¡Deberías leer lo que exactamente establece su orden! Que no se utilice magia sobre los muggles porque son seres inferiores… - Hugo recordó la leyenda asgardiana.- Bueno, vámonos, que tienes que hacer la maleta para volver a Hogwarts. No le digas a papá que he estado criticando al mago más poderoso de la historia, ya sabes cómo se pone cuando critico a sus héroes…
La madre ayudó a recoger los libros que tenía su hijo esparcidos por la mesa de la biblioteca. Con curiosidad, observó los títulos de los tomos. ¿Qué buscaba su hijo exactamente?
-A veces él tiene razón, mamá… ¡No puedes ir diciendo que Sirius Black era un egoísta y un inmaduro! Ya sabemos que no defendía los derechos de los elfos domésticos como tú… Pero es por la educación que recibía…
-¡Pero tampoco era perfecto, Hugo!
-No creo que tengas el derecho de hablar así de él, mamá.
-Calla, Hugo, pareces tu padre. Él os pinta la guerra como algo legendario, y créeme que no era para nada así. Ni tu padre era cómo él mismo se pinta…
- ¿Vas a volver a recordar su tema "arañas"?
-Me temo que sí, si es necesario para bajarle los humos…
-Mamá.
-¿Sí, cariño?
-¿Sigue Rose igual?
Hermione suspiró. Sabía que Hugo estaba harto de la actitud de toda la familia Weasley. Ella también. Entendía a su hijo. Parecía como si se hubiesen rendido para siempre. Como si el hecho de haber sufrido mucho les diese el derecho a no luchar más. Y Rose parecía Ronald cuando había perdido las esperanzas. La comprendía por un lado, había perdido no solo a su primo favorito, sino a su mejor amigo. Pero, por otro, la veía capaz de sacar fuerzas de donde fuese para hacer frente a aquello. Y, en cambio, se tiraba horas practicando kárate.
-¿Por qué no hablas con ella?
^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^
Probablemente era un día de despedidas.
El hospital estaba lleno de gente. Atestado. Flores. Abrazos. Risas. Lágrimas escondidas. Los pacientes se despedían de la familia que le había visitado durante todas las vacaciones pero que en ese momento tenía que marcharse para seguir trabajando o en el colegio. San Mungo estaba lleno de familias. Era el día antes de volver a Hogwarts.
Draco Malfoy miró con una sonrisa torcida a su hijo. Estaba serio. O quizás estaba triste y quería ocultárselo. El hombre no podía moverse para acercarse a Scorpius y darle un fuerte abrazo para decirle que todo iba a salir bien. Que encontrarían a su amigo Albus, hacia el cual Draco sentía cierto afecto. Igual que el que estaba sintiendo por Harry Potter durante aquellos días. Se habían ocupado de su hijo. Le habían dado un acogedor lugar donde quedarse en Navidad, donde habría niños correteando, sonrisas y espíritu familiar. Todo lo contrario a lo que se encontraría en el hospital. O en casa de sus abuelos. Algunas noches se había quedado con su tía abuela Andrómeda Tonks o con su tía Daphne Greengrass. Pero sabía que estaría más cómodo con la hija de Ron y Hermione Weasley. A pesar de sus creencias y posturas, Draco quería que su hijo estuviese a gusto. Nunca le condicionaría. Y sus decisiones le hacían sentirse orgulloso.
Había criado a una buena persona. A un joven inteligente y apuesto que luchaba por proteger a su familia y a sus amigos. Un muchacho sin prejuicios y justo. Honesto. Noble y valiente. Había logrado hacer de su hijo un modelo a seguir para otros. Tenía que admitir que al principio no le había hecho gracia que fuese un Gryffindor. O su relación de amistad desde el primer momento con Rosebud Weasley y Albus Severus Potter. Pero, gracias a los argumentos que le brindaba su hijo, los había aceptado. Y gracias a Merlín que lo había hecho.
-…Y céntrate en Adivinación, sé que es algo tediosa, pero hay que aprobarla, hijo.- le aconsejaba Astoria. Miró a su mujer, con un vientre predominante. Draco rezaba por poder ver a su hija. Por abrazarla. Por ver si sus ojos serían sus ojos grises o los cálidos de Astoria.
- Muchas gracias por cuidar de él, señor Weasley.- agradeció Astoria a Ronald Weasley con sinceridad.
-Muchas gracias, Weasley.- secundó Draco.
-En unas semanas os lo volveré a traer.- dijo simplemente mientras le ofrecía a Scorpius unos cuantos de polvos flú.- A la Madriguera.- dijo mientras echaba con fuerza los polvos al suelo y se difuminaban en un humo azul.
Scorpius sintió el familiar mareo y tuvo que agarrarse del antebrazo del señor Weasley para no tambalearse al llegar a la Madriguera. Después de aquella tormentosa Navidad, parecían haber establecido una relación distante pero cordial. No se dirigían las miradas frías y asesinas a las que ya estaban acostumbrados.
Hermione Weasley apareció por la puerta, seguida del joven Hugo que tenía la mirada distraída y subió las escaleras sin saludar a su padre, como sumergido demasiado en sus pensamientos.
-Ahora bajará.- le dijo la mujer a Ronald, quien tenía una mirada inquisitiva que había notado Scorpius.- ¿Y Rose?
-Creo que despidiéndose del chino…
-¡RONALD!- bramó Hermione, bajo la risa que no pudo evitar soltar Scorpius.- ¡El hecho de que sea el hijo de una mujer a la que tu hermana no le cae bien no te da el derecho a insultarle! Además, es japonés… Y es amigo de tu hija, por lo que deberías tenerle un respeto.
-Pues mira, en este caso le tengo más respeto a Malfoy.- dijo mirándole con comprensión.- Sin ofender.- el joven negó con una sonrisa y se encogió de hombros.
-Oh, por favor, Ron… ¡Podrías ser más considerado! -Le reprochó Hermione, mirando con algo de angustia la situación del joven rubio.- ¿Te importaría ir a buscar a Rose, Scorpius?
Scorpius asintió y se dio la vuelta dirigiéndose a la cocina para salir al jardín. Escuchó de fondo los gritos de los padres de su amiga. A pesar de que Ronald Weasley no le caía muy bien, tenía que reconocer que tenía puntos graciosos. Y el hecho de que a ninguno le hiciese gracia la presencia de Cedric Kato en la Madriguera, les había unido de alguna forma. Y no solamente les molestaba a ellos. Sino a Hugo, a James, a Fred, a Louis… A ninguno le gustaba la superioridad que transmitía el chino.
Al salir al jardín, se encontró a su amiga y al joven Kato demasiado lejos. Su amiga estaba de espaldas, así que solo pudo ver la cara del muchacho. Se detuvo en la puerta hasta que se despidiesen. No le caía bien, pero si a Rose sí, no quería molestar su despedida.
Por supuesto, Cedric Kato sabía que la mayoría de los jóvenes de la Madriguera le repudiaban. El principal sujeto de este odio era el padre de la joven. Y todo porque se había encaprichado con Rose. Quizás ella no lo notaba, pero a Cedric le encantaba la joven. Y este sentimiento no había pasado desapercibido por el sector masculino de la casa que protegían como leones a la bella joven. Por el rabillo del ojo vio a Scorpius, uno de esos leones que no le hacía mucha gracia. El mejor amigo de la joven.
-… ¡Y qué me mandes cartas!- le pedía Rose.- Sé que te da palo, pero es lo único que me va a llegar a Hogwarts.
-Lo haré, tranquila.- le contestó con una sonrisa encantadora.- Y tú…- le dijo apuntándola con el índice.-…acaba con la Gwendoline esa en cuanto tengas la oportunidad.
La mirada de Rose se volvió sagaz. Miró a Cedric con determinación. Había sido su amigo e instructor durante toda la Navidad. Y había sido el único que había podido lidiar con la ira acumulada de la joven. Agradecía la presencia de aquel apuesto muchacho, cosa que no parecía encajar con la opinión de los demás. Y seguía sin entenderlo. Cedric era noble, valiente, inteligente. Era incluso varios años mayor que ella, por lo que no era ningún crío de su edad. Además, a Rose había comenzado a gustarle un poco. Cosa que mantenía en secreto. Ni siquiera se lo había dicho a Alice. No sabía por qué, no quería decir que lo veía apuesto y encantador.
-Te echaré de menos.- confesó la joven.
Cedric la aprisionó en sus brazos. Miró de reojo a Scorpius que parecía no estar prestándoles atención, pero que en realidad sí que lo hacía. Antes de separarse del todo, Cedric buscó los labios de Rose. La acercó cogiendo su nuca. Sus labios se juntaron con los despistados de ella. La miró con deseo. Y desapareció.
Rose se llevó las manos a los labios.
Aquel rápido y fugaz beso era el primero de Rose.
Estaba un tanto paralizada.
No sabía si sonreír o echarse a llorar. Para una persona muy planificadora, el primer beso tenía que planearlo ella. Así, de pronto, sin previo aviso. En una despedida sin adiós. Sintió un movimiento en su estómago. Como nervios.
Decidió volver dentro de la Madriguera para reflexionar sobre el tema. Porque tenía que asimilar que Cedric Kato la había besado. Y no le había dicho adiós. ¿Significaba aquello que la quería ver más? ¡Por Merlín!
Se topó con las cejas alzadas de Scorpius Malfoy.
-¡Arhg!- se le escapó un grito y se ruborizó hasta las orejas. Se acercó a él para entrar en la puerta.- ¿Qué haces aquí? ¿Has visto…? ¿Estabas aquí hace un instante? ¿Estabas cuando…?
-¿Cuándo Kato te ha comido la boca?- dijo Scorpius incrédulo, aun con las cejas alzadas. - Me temo que sí… No sabía que te gustase ese tipo. Podrías habérnoslo dicho, ¿no? ¿Es porque es chino y exótico?
Los oídos de Rose estaban taponados por la vergüenza. Su mejor amigo había estado presente. Y le estaba interrogando algo que no había escuchado.
-¿Eh?
-¿Rose? ¿Estás bien?- dijo con burla el muchacho al ver a su amiga desorientada.
-¡Claro!- cuando pareció comenzar a ser la misma Rose de siempre, miró asesinamente a Scorpius.- ¡Ni una palabra de esto a mi padre! ¡A NADIE!
-¿En serio? Sería muy divertido que tus primos supiesen que te has liado con…
-¡Sssh!- Rose llevó su índice los labios de Scorpius para que dejase de hablar.
El joven miró a Rose intensamente. Con algo de diversión en sus ojos, pero no la misma de antes. No quería pensar en aquello, pero parecía como traicionado. Por supuesto que lo había traicionado. Se había besado con una persona que le caía mal. Lo entendía perfectamente.
-Menos mal que no ha sido tu padre el que ha venido aquí…- comentó Scorpius, aun con el dedo de Rose en sus labios.
-¡Scorpius! ¡Basta!
-¡Oh, venga ya! Tengo derecho a meterme contigo. Además, estoy seguro de que si no lo hubiese visto, nunca lo hubiese sabido. -añadió con reproche.
-Eso no es cierto… Bueno, quizás. - reflexionó Rose. Volvió a mirar a Scorpius. Este seguía con una mirada traviesa y divertida. Pero a la vez intensa. De pronto, su proximidad le abrumó.- ¡Qué vergüenza! ¡Por Merlín!
-Deberías agradecer que he sido yo…
-¡Podrías haberte dado la vuelta o algo!
-Ah, claro, porque sabía que te iba a besar.
-Por favor, no digas la palabra besar, derivados o su nombre… ¡Y no me mires así!
-¿Cómo te miro?
-Como si estuvieses disfrutando de este momento.
-Lo estoy haciendo.- soltó una pequeña carcajada.- Deberías haber visto tu cara cuando me has visto a mí…
Rose le propinó una colleja.
-¡Me pones de los nervios! ¡Sé bueno y no te rías de mí! Solo ha sido un beso.
-¿Y a qué sabía? ¿A cerezos en flor? ¿A sushi…?
Esta vez, le dio un puñetazo en el hombro sano.
-Te prefiero cuando estás callado…- le dijo. Y al segundo, se arrepintió de sus palabras. Cuando estaba callado era porque echaba de menos a Albus. Porque pensaba en su madre y en su hermana a punto de nacer. Y, sobre todo, porque pensaba en su padre moribundo y en lo mucho que le extrañaría. Rose se mordió el labio.- Me refiero a cuando no estás siendo un pesado.- Scorpius sabía que se refería a aquello. Pero le había dolido en parte.
-Pues yo te prefiero cuando discutes conmigo… Eres muy aburrida cuando estás dando patadas durante todo el día y no hablas con nadie.- confesó, algo más serio.
-Es mi manera de… Ya sabes… - no habían hablado de la ausencia de Albus. Quizás porque hablarla entre ellos suponía admitir que no estaba. Y ninguno de los dos quería creer aquello.
-Yo también lo echo de menos. Me he dislocado el hombro para nada…- señaló su hombro con cierta burla.- ¡Y tú has salido sin ningún rasguño!
-Preferiría haber salido con algo dislocado… No que no hice nada.
-Mejor así, Rose.- le dijo serenamente.- Tuviste suerte. No siempre tenemos que ser héroes, ¿sabes?
Rose le miró como cuando sabía que tenía razón, pero no quería reconocérselo.
-Van a traer a Albus de vuelta, ¿verdad?
Scorpius no pudo evitar morderse el labio. Miró el rostro de temor de Rose y la abrazó. Era la primera vez que la joven pronunciaba el nombre de su primo en toda la Navidad. Los labios de Rose estaban temblorosos. Y Scorpius sabía que si seguía abrazándola comenzaría a llorar. Y también sabía que su amiga no quería llorar porque estaba mejor haciéndose la dura.
Se separó de ella y la sostuvo con un brazo, con el sano.
-Lo traeremos nosotros si hace falta. Podemos hacerlo. Ya matamos a un basilisco, ¿recuerdas?- le sonrió y buscó eliminar el rastro de lágrimas que iban a brotar de los ojos azules de la joven.- Es cierto que no siempre tenemos que ser héroes… Pero sí que tenemos que proteger a nuestros amigos. Luchar por ellos.
-Gracias, Scor.- musitó Rose con una media sonrisa.- Voy a hacer mi maleta.
Dicho esto, la joven se dispuso a subir las escaleras. No se había olvidado del beso de Cedric, pero rescatar a Albus era el número uno de su lista de prioridades.
Scorpius se quedó en la cocina y soltó un suspiro muy largo.
Ronald Weasley entró. Tenía una taza de té en sus manos. Habría escuchado parte de la conversación por la mirada que le estaba dirigiendo. Le estaba examinando.
-"No quiero que te sientas presionado, pero si no te ponen en Gryffindor, te desheredo."- dijo Ronald como a la nada.- Eso le dije a mi hijo. Me temo que lo voy a tener que desheredar… Soy un hombre fiel a mis palabras. - Miró a Scorpius a los ojos.- También le dije a mi hija que te superase en los estudios, ya que ha heredado afortunadamente el cerebro de su madre…Espero que lo esté haciendo.
-Me supera en muchas asignaturas, señor Weasley.
-Cuando me dijo que eras su amigo, estuve a punto de mandarla a la academia de magia de Beauxbatons…
-Creo que agradece que no lo haya hecho. No podría haber sido una gran guardiana allí.
-Le dije que te diese con un bate en la cabeza y que pareciese un accidente, Malfoy.
-Muchas veces quiere hacerlo, se lo aseguro.
-También le dije que te pintase el pelo de rojo para que tu padre se pusiese hecho una furia. Eso hubiese sido lo mejor del mundo…
-No creo que el rojo sea un color que me favorezca.
-Sobre todo, le dije que jamás se sentase cerca de ti…
-Sobre todo cuando come intento mantenerme alejado…
Ronald le miró con cara de asesino.
-Estoy intentando sincerarme contigo, Malfoy.
-Yo estaba haciendo lo mismo, señor Weasley. Creo que empezamos con mal pie, y, aunque no lo crea, podríamos llevarnos bien.
-¡Si, claro!- dicho esto rio.- Oh, venga…- dijo ante la mirada seria de Scorpius. Ronald suspiró.- Solo quería decirte que agradezco que cuides de Rose y de Albus.
-Veo que tiene problemas a la hora de agradecer las cosas, señor Weasley.
-El discurso de antes era para que supieses que no me caes bien. -Scorpius reprimió una risa de suficiencia.- Pero.- dijo Ronald comiéndose en parte su orgullo.- No creo que seas una mala persona. Ya está dicho.
-No espero que lo repite de nuevo, señor Weasley. Guardaré esto para siempre en mi memoria cuando conspire en contra de mí.
-Acabemos esta situación incómoda.
-Oh, para mí estaba siendo divertida…
-Recuerdo… Recuerdo aquella vez que Hermione le pegó un puñetazo en la nariz a tu padre. O cuando los cuatro estuvimos castigados por McGonagall y tu padre, si hay que ser sinceros, no hizo casi nada… Realmente buenos tiempos aquellos.
-Te pareces mucho a Rose, ¿te lo han dicho alguna vez?
-Me tomaré eso como el mejor cumplido que jamás voy a escuchar de un Malfoy.
-Tengo algunos más reservados para el momento oportuno…
-Deslúmbrame con más ejemplos, Malfoy.
-Tus jerséis de Navidad me encantan. Realmente tenéis el espíritu navideño aquí…
-Este lo ha hecho Rose, ¿lo sabías?
-Ama a sus hijos de todo corazón, eso es otro cumplido.
-¿Te estás metiendo con su jersey?
-Es interesante el arte abstracto que ha logrado plasmar con lana.
-Es un puto reno encima de la Madriguera, Malfoy.
-Creo que voy a hacer mi maleta.
-Le diré a Rose que te haga un jersey a ti también. Podrás disfrutar de su arte abstracto, le diré que me lo has comentado.
-Se lo agradezco pero la lana me irrita la piel…
-Hay más cosas que irritan la piel, Malfoy.- dijo Ronald mirándolo de soslayo.
-Siempre es un placer hablar con usted, señor Weasley.
^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^
Queridísisisismos lectores (fantasmas, ausentes, amigos, enganchados…)
¡Tacháaan! Espero que os haya gustado este avance. Lo tenía desde hace unos días, pero quería terminarlo y subir el capítulo entero -con suerte, mañana lo acabaré.
Me gustaría deciros -y estoy algo ilusionada por ello- que todos los mitos y leyendas son verdaderas. Y que el paralelismo que se encuentra podría ser cierto, si alguien se lo preguntase a JK. Me he encargado de buscar todo para que cuadre exactamente así. Y espero que os haya gustado… Aunque ahora no entendáis del todo por qué Hugo ha descubierto eso…
¿Qué tal lo demás?
Estoy ansiosa por algún comentario…
Con cariño, A.