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La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 21
Capítulo 15: Tabula Rasa.
Cuando se trata de un niño inocente de once años, las catástrofes que pueden ocurrir en su familia no le afectan de igual manera que a los demás. Se podría culpar a la ignorancia de esta prematura adolescencia. O simplemente a la ignorancia. Hugo Weasley desconocía qué era aquello por lo que todo el mundo parecía estar en guerra. Sabía que Albus había sido secuestrado. Que su prima Roxanne probablemente había sido asesinada. Él mismo había visto cómo le arrancaban la vida a su directora. Cómo pedían un rescate para que Albus viniera de vuelta. Sin embargo, no llegaba a entender el objetivo de todo aquello.
Sí. Se había armado en conocimiento. De hecho, pasaba horas y horas leyendo y buscando aquellos hechizos que nadie solía utilizar, pero que resultaban muy útiles en duelos. Porque Hugo sabía que estaba en peligro. Él y todo el mundo mágico. Los defendería a muerte. Sin lugar a dudas. Pero para poder empezar un ataque eficaz, necesitaba conocer por qué luchaban. ¿Cuáles eran sus motivos?
Podría parecer un cliché, pero las respuestas siempre estaban en los libros. Había estado investigando en los archivos de sus padres sobre el Ojo, sin que estos lo supiesen. Tenía que agradecer a Lily por cederle en Navidad la capa de la invisibilidad. Él siempre le sacaba el mejor provecho posible. Si bien la información que la Orden del Fénix y el Ejército de Dumbledure tenían era escasa, era además irrelevante. Parecían no tener experiencia cuando se trataba de trazar estrategias. Todos sus objetivos iban tras el rastro de Ivonne, de la cual no hallaban ninguna pista. Ni siquiera en las pertenencias de McGonagall que habían tomado la libertad de registrar. Con razón no avanzaban. Por otro lado, también investigaban algunos sospechosos de ser miembros del Clan del Ojo. Aquello podía ser muy interesante, pero, de nuevo, no hallaban nada que aclarase los motivos.
Por aquella razón, Hugo se propuso descubrir cuál era el propósito de aquellos encapuchados que tanto daño causaba a su familia.
Para empezar, se había hecho con libros de leyendas tanto muggles como procedentes del mundo mágico. Necesitaba buscar la simbología del nombre de aquella inmensa comunidad terrorista. Un ojo. Había miles de símbolos. Y Hugo sabía que cuando se encontrase con el correcto, lo reconocería. ¡No sería tan difícil!
Expandió sobre la mesa su tercera elección de las órdenes más importantes de la historia que habían tenido un Ojo como elemento principal. Acompañadas de las leyendas y de las historias rurales del norte de Occidente. Antes de llevar a cabo aquella investigación, decidió pensar en el origen geográfico de la orden. Estaba claro que era en Europa, aunque podría haber tenido influencia de las costas más alejadas del Mediterráneo. Había llegado a esa conclusión gracias al origen de los miembros que se encontraban registrados en un documento de su madre que había extraído de la Mansión Malfoy. Pan comido.
Destacaba, entre todas las demás leyendas y mitos, el ojo que todo lo ve. Hugo sabía que simbolizaba el control y la dominación por una sombría élite, pero que su uso original era bastante diferente. Solía verse como un símbolo de los Illuminati de control y vigilancia, pero eso se trataba de una mala interpretación de su significado. De hecho, este símbolo había aparecido en lugares tan dispares que costaba rastrear su origen con claridad. Algunos escritos ante los que se encontraba Hugo, afirmaban que su origen estaba en la India, en un texto sánscrito de más de 3000 años, en los que se describía al sol como un ojoen el cielo. Además, su dios tenía tres ojos y el tercero, el denominado chakra, era el ojo de Shiva, poseedor de todo conocimiento y protector del mal.
Aplicando esta primera teoría al Clan del Ojo, sonaba demasiado forzado para Hugo. Sí, podría ser el poseedor de todo conocimiento. De hecho, había dado por sentado que los miembros estaban infiltrados en altos cargos políticos y sociales, y, que consecuentemente, conocían muchísima información. Eso explicaría los golpes que daban a su familia: sabían de antemano dónde iba a dolerles más.
En Nepal también hubo un ojo, el Ojo del Mundo, el de Buda. Siguiendo religiones ya no tan lejanas, aparecía el Ojo de Osiris, de la tradición egipcia, a la cual también pertenecía el Ojo de Horus. También existía el ojo en la palma de la mano de Fátima, de la religión islámica. En Grecia y en Turquía tenían algo similar: Nazar, utilizándolo como amuleto aleja a todos del mal. Incluso en el antiguo Ecuador se habían encontrado objetos en los que había ojos grabados. Más cercano, era el cristianismo, cuyo ojo simbolizaba el poder omnisciente de su dios.
Hugo, absorbido por tanta información, respiró hondo.
Cogió todos los documentos leídos y los apiló en el suelo. Le llamaría el "montón de la información inútil". Como conclusión podía obtener el hecho de que, sin lugar a dudas, el ojo era el centro de todo conocimiento. Una comunidad que se creía omnisciente. Pero eso ya lo sabía. Y estaba seguro de que ninguno de esos significados era el origen de aquellos asesinos.
El joven pasó entonces al montón de libros sobre la mitología nórdica. Si se sinceraba, esperaba haber encontrado alguna clave en las demás religiones relacionadas con el clan. En cambio, habiendo previsto aquello, había sacado toda la literatura nórdica por instinto. El año pasado habían secuestrado a Victoire y la habían llevado al lugar en Groenlandia que más cerca estaba de Inglaterra, en una amplia visión. Muchos de los magos tachados del clan del Ojo tenían familias en Dinamarca, Alemania, Noruega, Islandia o Escocia, aunque su radio de actuación englobase todo el planeta. Y, además, sabía que muchas leyendas de la propia Inglaterra procedían de la cultura nórdica que se mezclaba con la celta aborigen de la isla.
La mitología nórdica podría ser la cuna de aquel clan. O al menos, las leyendas de las cuales habían obtenido su simbología. La inmensa mayoría provenía de Islandia. Hablaban de dioses poderosos con habilidades sobrenaturales que procedían de otro mundo. Un mundo en el que todos sus seres eran dioses. Los muggles que contaban esas historias lo llamaban Asgard.
Hugo se dio cuenta de que se trataba del mundo mágico.
Respiró hondo.
¿Era él el único que se había dado cuenta de aquel paralelismo a lo largo de la historia?
Los asgardianos eran adorados. Los muggles se subordinaban a ellos sin dilación, creyendo que debido a su poder, eran dioses a los que estaban destinados a servir. Se trataba de la jerarquía que aquellas familias que defendían la sangre limpia defendían a muerte. La superioridad de los magos. Sin embargo, ofrecían una idea muy controversial: la unión de los dos mundos. El reinado de los magos sobre los muggles.
El joven Weasley supo que había dado con el origen del Clan del Ojo. Solo tenía que seguir investigando. No se iría de la biblioteca londinense hasta poder cuadrar todo.
Otra cosa le llamó la atención.
Odín, el más poderoso de todos los habitantes de Asgard, tenía toda la sabiduría del mundo gracias a que dos cuervos les informaban de todo lo que ocurría en los reinos que tenía a lo largo del universo. Hugo sabía que aquellos dos cuervos no eran seres mitológicos. Ni pájaros que sabían hablar. Eran animagos. Por supuesto que eran animagos. El joven siguió leyendo en busca de más paralelismos. Sin embargo, encontró algo que le gustó aún más. Odín sacrificó uno de sus ojos para poder beber de la fuente de la Sabiduría, con el fin de conocer cosas inefables y tener el poder sobre la vida y la muerte.
Ahí estaba. O eso creía.
Se llamaba el clan del Ojo porque todos los que tenían un solo ojo eran los que habían tenido el privilegio de poder obtener gotas de aquella legendaria fuente para obtener el gran conocimiento del que hablaban las demás tradiciones y para tener el poder sobre la vida y la muerte. Sería inmortal.
Hugo cerró el libro de mitología nórdica.
El que liderase aquella sociedad era un mago inmortal. Tenía que ser aquello. Estaba seguro.
Se levantó, y dejando muy desordenada la mesa de la biblioteca a la que tan solo estudiantes universitarios acudían a finales de Navidad, fue por el pasillo de mitologías en busca de documentos sobre la fuente de la Sabiduría.
Volvió con tres tomos a la mesa. Tuvo que hacer un montón de cosas que ya no utilizaría con los cinco libros de mitología nórdica. Abrió el primero y se sumergió en la lectura. Encontrase lo que encontrase, se prometió no descubrir aquella información hasta que tuviese pruebas sólidas.
Muchos mitos exponían que la fuente de la Sabiduría residía en la diosa del conocimiento griega: Atenea. Sin embargo, había una leyenda más cerca en cuanto a ubicación, de la mitología irlandesa. De nuevo, la mezcla entre lo nórdico y lo celta. Se trataba del salmón de la Sabiduría. De acuerdo con la leyenda, el salmón comió nueve avellanas que cayeron en la fuente de la Sabiduría y obtuvo todo el conocimiento del mundo. La primera persona que comiese su carne ganaría, por lo tanto, el conocimiento total. Hugo se decepcionó un tanto con la leyenda.
Cerró ese libro y abrió otro.
Tuvo que volver a cerrarlo ya que eran fuentes denominadas como Fuentes de la Sabiduría pero que eran, en realidad, un atractivo turístico como la de Lovaina en Bélgica.
Destapó la tapa del último libro, cruzando los dedos.
De nuevo se trataba de mitología celta. Del salmón de la fuente de la sabiduría. Y justo debajo explicaba los dioses de esta mitología. La que más llamó la atención a Hugo fue la diosa Coventina: la que guardaba un antiguo manantial sagrado. Según aquel documento, la fascinación y veneración por parte de los celtas al agua, podría explicarse porque la consideraban como un medio de conexión con otro mundo divino. El mágico. Las cejas de Hugo se alzaron. La diosa Coventina era la guardiana de la fuente de la Sabiduría de la que bebió siglos atrás el propio Odín.
Dejó aquel libro abierto y se dirigió por puro instinto al pasillo de mitología inglesa, repleto de libros antiguos y documentos que de pequeño le gustaba leer. Sacó un libro. No tuvo ni que leer el reverso como había hecho con todos los demás porque ese ya lo había leído anteriormente. Volvió rápidamente a su mesa con el tomo entre las manos. Pasó varias hojas hasta llegar a la que buscaba.
-"En la mitología celta, las deidades del agua eran muy populares y respetadas. La diosa del agua Coventina, quien en el ciclo artúrico es la Dama del Lago, era veranada en todo el territorio romano en Bretaña, la Galia y el noroeste de Iberia. Coventina tiene un adoratorio en Carrawburgh, a los pies de la muralla de Adriano, que consiste en un templo cuadrangular con una estanque central."- musitó aquella palabras sin asimilarlas en un principio del todo. Bajó unos párrafos y siguió leyendo.- "La Dama del Lago es la responsable de la desaparición de Merlín, ella le preguntó a éste cual era el hechizo para encarcelar a un hombre y Merlín se lo dijo. Entonces, un día lo usó contra él y Merlín quedó encarcelado en un árbol para toda la vida."
Se llevó las manos a la boca con sorpresa.
Acababa de descubrir algo grande, ¿no? Había relacionado dos o tres mitologías que tenían contacto directo con el mundo mágico. Y, que, por lo tanto, no se trataban de mitos. Si Merlín había existido, Nimue o la Dama del Lago, también. Y si ella era la guardiana de la Fuente de la Sabiduría, esta fuente existía. Y Odín había bebido de allí. Y estaba seguro de que Merlín también. De que ambos habían tenido un solo ojo. Y, por lo tanto, la grandeza de Merlín se debía a la fuente de sabiduría y no a su poder. Y sus aprendices, como la peligrosa Morgana.
Sacudió su cabeza.
¿Tendría algo que ver aquello con el clan del Ojo?
¿Eran los nuevos guardianes de la Fuente de Sabiduría? ¿Los descendientes de los asgardianos? ¿Habrían sido sus antecedentes aprendices directos del mismísimo Merlín?
El conocimiento de todo aquello solo había hecho surgir más dudas el joven Hugo. Ya que no había conseguido topar con el objetivo de estos, pero sí con su origen. ¿Por qué atacar a los líderes de otras guerras? ¿Qué tenían en su contra? ¿Qué papel jugaban todos?
-¿Hugo?- un beso en su coronilla no pudo despejar todas las teorías que luchaban por salir en la mente del muchacho. - ¿Te has interesado ahora por la historia de Merlín…?
-Mamá.- susurró dándole un beso en la mejilla.- Yo… Esto… Sí. Siempre me ha parecido interesante, ¿a ti no?
Tuvo que mirar a su madre a sus ojos para romper el hechizo que el conocimiento ejercía sobre él.
-¿Sabías que Merlín, en un principio, le dijo a todos los magos que utilizasen la magia oscura?- su hijo frunció el entrecejo.- Por lo visto, había sido un joven oscuro… Su historia me recuerda a la de Tom Ryddle…
-¡Mamá! ¡Estás hablando de Merlín!
-Sí, cariño… Y no discuto que haya sido el mago más poderoso de todos los tiempos…- dijo su madre pensativa. Hugo calló lo que creía que era un secreto histórico. Las habilidades de Merlín no eran mérito propio. No quería destruir aquello de la noche a la mañana. Y seguía necesitando más pruebas.-… Pero solo digo que cambió de parecer cuando se dio cuenta de que así no ganaría fama de grandeza. Tenía que hacer derechos a favor de los muggles, pero, te digo yo, que Merlín hoy en día defendería la sangre pura a raja tabla.
-Mamá, él fue el que impulsó el que no se utilizase magia sobre los muggles…
Hermione Weasley rio.
-¡Deberías leer lo que exactamente establece su orden! Que no se utilice magia sobre los muggles porque son seres inferiores… - Hugo recordó la leyenda asgardiana.- Bueno, vámonos, que tienes que hacer la maleta para volver a Hogwarts. No le digas a papá que he estado criticando al mago más poderoso de la historia, ya sabes cómo se pone cuando critico a sus héroes…
La madre ayudó a recoger los libros que tenía su hijo esparcidos por la mesa de la biblioteca. Con curiosidad, observó los títulos de los tomos. ¿Qué buscaba su hijo exactamente?
-A veces él tiene razón, mamá… ¡No puedes ir diciendo que Sirius Black era un egoísta y un inmaduro! Ya sabemos que no defendía los derechos de los elfos domésticos como tú… Pero es por la educación que recibía…
-¡Pero tampoco era perfecto, Hugo!
-No creo que tengas el derecho de hablar así de él, mamá.
-Calla, Hugo, pareces tu padre. Él os pinta la guerra como algo legendario, y créeme que no era para nada así. Ni tu padre era cómo él mismo se pinta…
- ¿Vas a volver a recordar su tema "arañas"?
-Me temo que sí, si es necesario para bajarle los humos…
-Mamá.
-¿Sí, cariño?
-¿Sigue Rose igual?
Hermione suspiró. Sabía que Hugo estaba harto de la actitud de toda la familia Weasley. Ella también. Entendía a su hijo. Parecía como si se hubiesen rendido para siempre. Como si el hecho de haber sufrido mucho les diese el derecho a no luchar más. Y Rose parecía Ronald cuando había perdido las esperanzas. La comprendía por un lado, había perdido no solo a su primo favorito, sino a su mejor amigo. Pero, por otro, la veía capaz de sacar fuerzas de donde fuese para hacer frente a aquello. Y, en cambio, se tiraba horas practicando kárate.
-¿Por qué no hablas con ella?
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Probablemente era un día de despedidas.
El hospital estaba lleno de gente. Atestado. Flores. Abrazos. Risas. Lágrimas escondidas. Los pacientes se despedían de la familia que le había visitado durante todas las vacaciones pero que en ese momento tenía que marcharse para seguir trabajando o en el colegio. San Mungo estaba lleno de familias. Era el día antes de volver a Hogwarts.
Draco Malfoy miró con una sonrisa torcida a su hijo. Estaba serio. O quizás estaba triste y quería ocultárselo. El hombre no podía moverse para acercarse a Scorpius y darle un fuerte abrazo para decirle que todo iba a salir bien. Que encontrarían a su amigo Albus, hacia el cual Draco sentía cierto afecto. Igual que el que estaba sintiendo por Harry Potter durante aquellos días. Se habían ocupado de su hijo. Le habían dado un acogedor lugar donde quedarse en Navidad, donde habría niños correteando, sonrisas y espíritu familiar. Todo lo contrario a lo que se encontraría en el hospital. O en casa de sus abuelos. Algunas noches se había quedado con su tía abuela Andrómeda Tonks o con su tía Daphne Greengrass. Pero sabía que estaría más cómodo con la hija de Ron y Hermione Weasley. A pesar de sus creencias y posturas, Draco quería que su hijo estuviese a gusto. Nunca le condicionaría. Y sus decisiones le hacían sentirse orgulloso.
Había criado a una buena persona. A un joven inteligente y apuesto que luchaba por proteger a su familia y a sus amigos. Un muchacho sin prejuicios y justo. Honesto. Noble y valiente. Había logrado hacer de su hijo un modelo a seguir para otros. Tenía que admitir que al principio no le había hecho gracia que fuese un Gryffindor. O su relación de amistad desde el primer momento con Rosebud Weasley y Albus Severus Potter. Pero, gracias a los argumentos que le brindaba su hijo, los había aceptado. Y gracias a Merlín que lo había hecho.
-…Y céntrate en Adivinación, sé que es algo tediosa, pero hay que aprobarla, hijo.- le aconsejaba Astoria. Miró a su mujer, con un vientre predominante. Draco rezaba por poder ver a su hija. Por abrazarla. Por ver si sus ojos serían sus ojos grises o los cálidos de Astoria.
- Muchas gracias por cuidar de él, señor Weasley.- agradeció Astoria a Ronald Weasley con sinceridad.
-Muchas gracias, Weasley.- secundó Draco.
-En unas semanas os lo volveré a traer.- dijo simplemente mientras le ofrecía a Scorpius unos cuantos de polvos flú.- A la Madriguera.- dijo mientras echaba con fuerza los polvos al suelo y se difuminaban en un humo azul.
Scorpius sintió el familiar mareo y tuvo que agarrarse del antebrazo del señor Weasley para no tambalearse al llegar a la Madriguera. Después de aquella tormentosa Navidad, parecían haber establecido una relación distante pero cordial. No se dirigían las miradas frías y asesinas a las que ya estaban acostumbrados.
Hermione Weasley apareció por la puerta, seguida del joven Hugo que tenía la mirada distraída y subió las escaleras sin saludar a su padre, como sumergido demasiado en sus pensamientos.
-Ahora bajará.- le dijo la mujer a Ronald, quien tenía una mirada inquisitiva que había notado Scorpius.- ¿Y Rose?
-Creo que despidiéndose del chino…
-¡RONALD!- bramó Hermione, bajo la risa que no pudo evitar soltar Scorpius.- ¡El hecho de que sea el hijo de una mujer a la que tu hermana no le cae bien no te da el derecho a insultarle! Además, es japonés… Y es amigo de tu hija, por lo que deberías tenerle un respeto.
-Pues mira, en este caso le tengo más respeto a Malfoy.- dijo mirándole con comprensión.- Sin ofender.- el joven negó con una sonrisa y se encogió de hombros.
-Oh, por favor, Ron… ¡Podrías ser más considerado! -Le reprochó Hermione, mirando con algo de angustia la situación del joven rubio.- ¿Te importaría ir a buscar a Rose, Scorpius?
Scorpius asintió y se dio la vuelta dirigiéndose a la cocina para salir al jardín. Escuchó de fondo los gritos de los padres de su amiga. A pesar de que Ronald Weasley no le caía muy bien, tenía que reconocer que tenía puntos graciosos. Y el hecho de que a ninguno le hiciese gracia la presencia de Cedric Kato en la Madriguera, les había unido de alguna forma. Y no solamente les molestaba a ellos. Sino a Hugo, a James, a Fred, a Louis… A ninguno le gustaba la superioridad que transmitía el chino.
Al salir al jardín, se encontró a su amiga y al joven Kato demasiado lejos. Su amiga estaba de espaldas, así que solo pudo ver la cara del muchacho. Se detuvo en la puerta hasta que se despidiesen. No le caía bien, pero si a Rose sí, no quería molestar su despedida.
Por supuesto, Cedric Kato sabía que la mayoría de los jóvenes de la Madriguera le repudiaban. El principal sujeto de este odio era el padre de la joven. Y todo porque se había encaprichado con Rose. Quizás ella no lo notaba, pero a Cedric le encantaba la joven. Y este sentimiento no había pasado desapercibido por el sector masculino de la casa que protegían como leones a la bella joven. Por el rabillo del ojo vio a Scorpius, uno de esos leones que no le hacía mucha gracia. El mejor amigo de la joven.
-… ¡Y qué me mandes cartas!- le pedía Rose.- Sé que te da palo, pero es lo único que me va a llegar a Hogwarts.
-Lo haré, tranquila.- le contestó con una sonrisa encantadora.- Y tú…- le dijo apuntándola con el índice.-…acaba con la Gwendoline esa en cuanto tengas la oportunidad.
La mirada de Rose se volvió sagaz. Miró a Cedric con determinación. Había sido su amigo e instructor durante toda la Navidad. Y había sido el único que había podido lidiar con la ira acumulada de la joven. Agradecía la presencia de aquel apuesto muchacho, cosa que no parecía encajar con la opinión de los demás. Y seguía sin entenderlo. Cedric era noble, valiente, inteligente. Era incluso varios años mayor que ella, por lo que no era ningún crío de su edad. Además, a Rose había comenzado a gustarle un poco. Cosa que mantenía en secreto. Ni siquiera se lo había dicho a Alice. No sabía por qué, no quería decir que lo veía apuesto y encantador.
-Te echaré de menos.- confesó la joven.
Cedric la aprisionó en sus brazos. Miró de reojo a Scorpius que parecía no estar prestándoles atención, pero que en realidad sí que lo hacía. Antes de separarse del todo, Cedric buscó los labios de Rose. La acercó cogiendo su nuca. Sus labios se juntaron con los despistados de ella. La miró con deseo. Y desapareció.
Rose se llevó las manos a los labios.
Aquel rápido y fugaz beso era el primero de Rose.
Estaba un tanto paralizada.
No sabía si sonreír o echarse a llorar. Para una persona muy planificadora, el primer beso tenía que planearlo ella. Así, de pronto, sin previo aviso. En una despedida sin adiós. Sintió un movimiento en su estómago. Como nervios.
Decidió volver dentro de la Madriguera para reflexionar sobre el tema. Porque tenía que asimilar que Cedric Kato la había besado. Y no le había dicho adiós. ¿Significaba aquello que la quería ver más? ¡Por Merlín!
Se topó con las cejas alzadas de Scorpius Malfoy.
-¡Arhg!- se le escapó un grito y se ruborizó hasta las orejas. Se acercó a él para entrar en la puerta.- ¿Qué haces aquí? ¿Has visto…? ¿Estabas aquí hace un instante? ¿Estabas cuando…?
-¿Cuándo Kato te ha comido la boca?- dijo Scorpius incrédulo, aun con las cejas alzadas. - Me temo que sí… No sabía que te gustase ese tipo. Podrías habérnoslo dicho, ¿no? ¿Es porque es chino y exótico?
Los oídos de Rose estaban taponados por la vergüenza. Su mejor amigo había estado presente. Y le estaba interrogando algo que no había escuchado.
-¿Eh?
-¿Rose? ¿Estás bien?- dijo con burla el muchacho al ver a su amiga desorientada.
-¡Claro!- cuando pareció comenzar a ser la misma Rose de siempre, miró asesinamente a Scorpius.- ¡Ni una palabra de esto a mi padre! ¡A NADIE!
-¿En serio? Sería muy divertido que tus primos supiesen que te has liado con…
-¡Sssh!- Rose llevó su índice los labios de Scorpius para que dejase de hablar.
El joven miró a Rose intensamente. Con algo de diversión en sus ojos, pero no la misma de antes. No quería pensar en aquello, pero parecía como traicionado. Por supuesto que lo había traicionado. Se había besado con una persona que le caía mal. Lo entendía perfectamente.
-Menos mal que no ha sido tu padre el que ha venido aquí…- comentó Scorpius, aun con el dedo de Rose en sus labios.
-¡Scorpius! ¡Basta!
-¡Oh, venga ya! Tengo derecho a meterme contigo. Además, estoy seguro de que si no lo hubiese visto, nunca lo hubiese sabido. -añadió con reproche.
-Eso no es cierto… Bueno, quizás. - reflexionó Rose. Volvió a mirar a Scorpius. Este seguía con una mirada traviesa y divertida. Pero a la vez intensa. De pronto, su proximidad le abrumó.- ¡Qué vergüenza! ¡Por Merlín!
-Deberías agradecer que he sido yo…
-¡Podrías haberte dado la vuelta o algo!
-Ah, claro, porque sabía que te iba a besar.
-Por favor, no digas la palabra besar, derivados o su nombre… ¡Y no me mires así!
-¿Cómo te miro?
-Como si estuvieses disfrutando de este momento.
-Lo estoy haciendo.- soltó una pequeña carcajada.- Deberías haber visto tu cara cuando me has visto a mí…
Rose le propinó una colleja.
-¡Me pones de los nervios! ¡Sé bueno y no te rías de mí! Solo ha sido un beso.
-¿Y a qué sabía? ¿A cerezos en flor? ¿A sushi…?
Esta vez, le dio un puñetazo en el hombro sano.
-Te prefiero cuando estás callado…- le dijo. Y al segundo, se arrepintió de sus palabras. Cuando estaba callado era porque echaba de menos a Albus. Porque pensaba en su madre y en su hermana a punto de nacer. Y, sobre todo, porque pensaba en su padre moribundo y en lo mucho que le extrañaría. Rose se mordió el labio.- Me refiero a cuando no estás siendo un pesado.- Scorpius sabía que se refería a aquello. Pero le había dolido en parte.
-Pues yo te prefiero cuando discutes conmigo… Eres muy aburrida cuando estás dando patadas durante todo el día y no hablas con nadie.- confesó, algo más serio.
-Es mi manera de… Ya sabes… - no habían hablado de la ausencia de Albus. Quizás porque hablarla entre ellos suponía admitir que no estaba. Y ninguno de los dos quería creer aquello.
-Yo también lo echo de menos. Me he dislocado el hombro para nada…- señaló su hombro con cierta burla.- ¡Y tú has salido sin ningún rasguño!
-Preferiría haber salido con algo dislocado… No que no hice nada.
-Mejor así, Rose.- le dijo serenamente.- Tuviste suerte. No siempre tenemos que ser héroes, ¿sabes?
Rose le miró como cuando sabía que tenía razón, pero no quería reconocérselo.
-Van a traer a Albus de vuelta, ¿verdad?
Scorpius no pudo evitar morderse el labio. Miró el rostro de temor de Rose y la abrazó. Era la primera vez que la joven pronunciaba el nombre de su primo en toda la Navidad. Los labios de Rose estaban temblorosos. Y Scorpius sabía que si seguía abrazándola comenzaría a llorar. Y también sabía que su amiga no quería llorar porque estaba mejor haciéndose la dura.
Se separó de ella y la sostuvo con un brazo, con el sano.
-Lo traeremos nosotros si hace falta. Podemos hacerlo. Ya matamos a un basilisco, ¿recuerdas?- le sonrió y buscó eliminar el rastro de lágrimas que iban a brotar de los ojos azules de la joven.- Es cierto que no siempre tenemos que ser héroes… Pero sí que tenemos que proteger a nuestros amigos. Luchar por ellos.
-Gracias, Scor.- musitó Rose con una media sonrisa.- Voy a hacer mi maleta.
Dicho esto, la joven se dispuso a subir las escaleras. No se había olvidado del beso de Cedric, pero rescatar a Albus era el número uno de su lista de prioridades.
Scorpius se quedó en la cocina y soltó un suspiro muy largo.
Ronald Weasley entró. Tenía una taza de té en sus manos. Habría escuchado parte de la conversación por la mirada que le estaba dirigiendo. Le estaba examinando.
-"No quiero que te sientas presionado, pero si no te ponen en Gryffindor, te desheredo."- dijo Ronald como a la nada.- Eso le dije a mi hijo. Me temo que lo voy a tener que desheredar… Soy un hombre fiel a mis palabras. - Miró a Scorpius a los ojos.- También le dije a mi hija que te superase en los estudios, ya que ha heredado afortunadamente el cerebro de su madre…Espero que lo esté haciendo.
-Me supera en muchas asignaturas, señor Weasley.
-Cuando me dijo que eras su amigo, estuve a punto de mandarla a la academia de magia de Beauxbatons…
-Creo que agradece que no lo haya hecho. No podría haber sido una gran guardiana allí.
-Le dije que te diese con un bate en la cabeza y que pareciese un accidente, Malfoy.
-Muchas veces quiere hacerlo, se lo aseguro.
-También le dije que te pintase el pelo de rojo para que tu padre se pusiese hecho una furia. Eso hubiese sido lo mejor del mundo…
-No creo que el rojo sea un color que me favorezca.
-Sobre todo, le dije que jamás se sentase cerca de ti…
-Sobre todo cuando come intento mantenerme alejado…
Ronald le miró con cara de asesino.
-Estoy intentando sincerarme contigo, Malfoy.
-Yo estaba haciendo lo mismo, señor Weasley. Creo que empezamos con mal pie, y, aunque no lo crea, podríamos llevarnos bien.
-¡Si, claro!- dicho esto rio.- Oh, venga…- dijo ante la mirada seria de Scorpius. Ronald suspiró.- Solo quería decirte que agradezco que cuides de Rose y de Albus.
-Veo que tiene problemas a la hora de agradecer las cosas, señor Weasley.
-El discurso de antes era para que supieses que no me caes bien. -Scorpius reprimió una risa de suficiencia.- Pero.- dijo Ronald comiéndose en parte su orgullo.- No creo que seas una mala persona. Ya está dicho.
-No espero que lo repite de nuevo, señor Weasley. Guardaré esto para siempre en mi memoria cuando conspire en contra de mí.
-Acabemos esta situación incómoda.
-Oh, para mí estaba siendo divertida…
-Recuerdo… Recuerdo aquella vez que Hermione le pegó un puñetazo en la nariz a tu padre. O cuando los cuatro estuvimos castigados por McGonagall y tu padre, si hay que ser sinceros, no hizo casi nada… Realmente buenos tiempos aquellos.
-Te pareces mucho a Rose, ¿te lo han dicho alguna vez?
-Me tomaré eso como el mejor cumplido que jamás voy a escuchar de un Malfoy.
-Tengo algunos más reservados para el momento oportuno…
-Deslúmbrame con más ejemplos, Malfoy.
-Tus jerséis de Navidad me encantan. Realmente tenéis el espíritu navideño aquí…
-Este lo ha hecho Rose, ¿lo sabías?
-Ama a sus hijos de todo corazón, eso es otro cumplido.
-¿Te estás metiendo con su jersey?
-Es interesante el arte abstracto que ha logrado plasmar con lana.
-Es un puto reno encima de la Madriguera, Malfoy.
-Creo que voy a hacer mi maleta.
-Le diré a Rose que te haga un jersey a ti también. Podrás disfrutar de su arte abstracto, le diré que me lo has comentado.
-Se lo agradezco pero la lana me irrita la piel…
-Hay más cosas que irritan la piel, Malfoy.- dijo Ronald mirándolo de soslayo.
-Siempre es un placer hablar con usted, señor Weasley.
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Se rascó la nuca. Estaba nervioso. Cientos de niños con ojos inocentes esperaban ansiosos las primeras palabras de su nuevo director. El joven Neville Longbotton. El despistado profesor de Herbología. El de la sonrisa cálida. El que siempre estaba allí para ayudarles. Al que no dudarían abrazar.
-Buenos días, alumnos. Bienvenidos de nuevo a Hogwarts.- un silencio algo incómodo se formó en la gran sala. - No sé qué decir, si os soy sincero. Las primeras palabras que os causaran una primera impresión que os quedará para toda la vida. Quizás tres minutos para la mayor batalla de mi vida profesional. Tres minutos para pediros que lo deis todo. Y no solo en Pociones o en Encantamientos… Sino en el día a día que os espera. Porque todo se reduce a hoy. Hoy es el día que empezáis después de haber sufrido como ninguna generación lo ha hecho antes en tan poco tiempo. Así que, o nos curamos como un equipo, o nos desmoronamos. Luchemos juntos, duelo a duelo, batalla tras batalla hasta el final. Porque, sí, mis pequeños e inocentes alumnos. Lo que vuestros padres temen se acerca y yo no os voy a mentir. Corren tiempos peligrosos y habéis aceptado protegeros y atacar desde los muros de este castillo. Estoy sumamente orgulloso de que ninguno de vosotros, y, recalco, ninguno, se haya echado atrás. Ahora es probable que estemos en algo similar al infierno, mis queridos alumnos. Y creedme, o nos quedamos aquí, dejándonos machacar o luchamos para volver a tener la paz de la que todos queremos gozar. Podemos salir de este infierno. Batalla tras batalla… Me temo que yo no puedo hacerlo solo. Miro alrededor, desde esta tribuna… Veo esas caras jóvenes y pienso… Pienso que estoy cometiendo uno de los mayores errores de mi vida. Hay cosas que se van, personas… Pero eso es parte de la vida. Y solo aprendes eso cuando empiezas a perder a personas que amas. Descubres que la vida es cuestión de batallas. Yo me crie siendo un huérfano, tímido, poco hablador… La gente se metía conmigo por mi apellido. Muchos de los padres de los presentes hoy aquí. Mi vida, de pequeño, era una batalla continua… Hasta que me di cuenta de que hay mayores batallas que las del día a día. Y ninguno de nosotros jamás nos acostumbraremos a ellas. Así es la vida. Nosotros luchamos para conseguir lo que queremos. Y no se trata solo de ganar. Se trata de justicia. De paz. Y se trata de una batalla tras otra. Porque cuando sumamos una tras otra, eso es lo que va a marcar la diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir. Yo no puedo convenceros de que lo hagáis. Tenéis que mirar al que tenéis a vuestro lado y creo que vais a ver a una persona dispuesta a ganar. Vais a ver a una persona que se sacrificaría por todos los demás, porque por eso estáis hoy aquí. Y entonces cada uno vais a saber que vosotros haréis lo mismo por esa persona. Eso es ser un equipo. Porque, como una gran familia, a la que algunos de vosotros pertenecéis, siempre dice: la unión hace la fuerza. O ganamos como equipo o morimos como individuos. Y eso es la vida, queridos alumnos. Eso es el momento que os ha tocado vivir…Ahora… ¿Qué vais a hacer?- Neville miró fijamente al conjunto de todos sus alumnos.- No solo quiero que seáis un equipo. Quiero que tengáis el valor de coger una varita sin temor. De plantarle cara a vuestro mayor miedo. A pesar de todo el caos de nuestra historia, a pesar de los fracasos y las discordias, a pesar del dolor y el sufrimiento, a lo largo de los tiempos ha habido algo que ha alimentado nuestro espíritu y nos ha hecho ganar todas las batallas: el coraje. Podemos ser Slytherin, Hufflepuff, Gryffindor o Ravenclaw. No importa qué es lo que os dijese el primer día el Sombrero. Si estáis aquí, es porque habéis demostrado tener valor. Todos sois valientes y nobles, leales, inteligentes y astutos. Porque, mis pequeños… Todos sois Hogwarts.
El aplauso le eclipsó.
Los alumnos aplaudían sin cesar. Todos, no importaba el bando, estaban de acuerdo con las sabias palabras del que había demostrado ser uno de los mejores directores que el colegio jamás había tenido. No había ni una sola persona que no hubiese aplaudido. Desde la mesa Slytherin a la Gryffindor. Desde la retorcida Zoe McOrez que tuvo que reconocer el valor de aquel hombre, aunque en el fondo estaba mandándoles a una guerra en contra de su familia; hasta la hija del portador de aquellos consejos, Alice Longbotton, que con lágrimas en los ojos, se sentía más orgullosa que nunca de su padre.
Todos los profesores estaban conmovidos. Todos habían captado el verdadero significado de aquel mensaje. Ya no solo iban a enseñar magia, sino que enseñarían valores, y, sobre todo, les enseñarían a combatir.
Neville no volvió a hablar en toda la noche. Quizás simplemente decía gracias en voz baja a aquellos profesores que lo comentaban de corazón. Miraba a su alrededor. Como un león que protegía a sus crías. Veía a los profesores a sendos lados. Una plantilla que había aumentado tras las vacaciones de Navidad.
Filius Flitwick daría Encantamientos, se ceñiría al libro que durante toda su carrera como docente había dado. Pero, además, desafiaría a sus alumnos. Se le había prestado el campo de Quidditch para algunas clases en las que el profesor les haría realizar una serie de ejercicios en los que pondrían en práctica sus aprendizajes. Por decirlo de alguna forma, el profesor estaba entrenando a sus alumnos.
Una de las asignaturas más importantes, sin lugar a dudas, era Defensa Contra las Artes Oscuras. Ted Lupin seguía orgulloso en su puesto con escasas ideas con las que formar a sus alumnos para que jamás temiesen a la oscuridad. Dada la importancia de esta asignatura, Neville había pedido a Ernie MacMillan, el antiguo Hufflepuff que había sido profesor de esa asignatura durante más de una década, que volviese a su puesto para ayudar a Lupin.
Pomona Sprout era la que llevaría la asignatura de Herbología. Ella y el nuevo director habían hablado antes de que Neville se eligiese como director. El hecho de que Sprout hubiese sido llamada por McGonagall no hacía más que apoyar la teoría de que la difunta directora quería al joven Longbotton como líder de Hogwarts.
Slughorn seguía con su jubilación ampliada en Hogwarts desde que Albus Dumbledure le había llamado para cubrir esa plaza hacía una veintena de años. A causa de su edad, y debido a que los alumnos podrían aprender pociones más novedosas, Neville había llamado a Theodore Nott solo para clases excepcionales. Si bien la relación del antiguo Slytherin con los héroes de la Batalla de Hogwarts no había sido muy oída, era cierto que Nott había ayudado a la recomposición del mundo mágico. Siempre había sabido mantenerse al margen, a pesar del historial de su familia. Y, como se podía apreciar gracias a la educación que parecía tener Christopher Nott, su hijo; admiraba la nueva Inglaterra que habían formado. Pero, sobre todo, estaba allí porque siempre había sido conocido por su excepcionalidad en Pociones. Eran clases extras, solo algunas horas a la semana. El director no quería alejarlo de San Mungo, donde su hijo aun residía inconsciente y sin la posibilidad de reincorporarse a su quinto año en Hogwarts.
Transformaciones era la asignatura más difícil de cubrir. Había sido McGonagall quien la había impartido durante su dirección con la ayuda de Agripina Vercelli. Y esta necesitaba otra mano a la hora de enseñar a sus alumnos a ser animagos. Esa idea había sido fomentaba por propio Richard McKing. Quería que los alumnos de Hogwarts fuesen excepcionales en ese arte. La transformación del animago podía salir horriblemente mal, eso era por lo que el Ministerio de Magia había decidido muy de cerca a los que lo intentan y debían estar registrados en la Oficina del Uso Incorrecto de la Magia del Ministerio. Para ello asignaron a una de las animagas más conocidas por el mundo mágico: Rita Skeeter y su habilidad para convertirse en escarabajo. Por supuesto, aquel día no se encontraba allí. Vercelli tendría que acordar citas con la periodista para que diese clases a aquellos alumnos que más interesados estuviesen en aquella habilidad mágica.
En el Cuidado de las Criaturas Mágicas, no solo estaba Wilhelmina Grubbly-Plank, la que se encontraba en su segunda etapa de suplente de Hagrid, aunque aquella vez durase para siempre. Sino que Luna Scarmander estaba allí, sentada, como profesora de Cuidado de las Criaturas Mágicas. Se había convertido en una famosa bióloga del mundo mágico y había descubierto y clasificado numerosas nuevas especies de animales, a pesar de que nunca encontró el Snorkack de cuerno arrugado. Aceptaría por fin que su padre se lo inventó. No hablaban desde la Navidad pasada en la Madriguera. Lo cierto era que a Neville le ponía nervioso. Era una de las mejores amigas que Hogwarts le había dado. Tras la batalla de Hogwarts, le profesó su amor incondicional. Justo después de eso, la invitó a varias citas pero jamás se sintió correspondido. O si lo era, ella no daba señas de estar perdidamente enamorada como Neville lo estaba de ella. Luna era el rostro del rechazo para Neville. Había sido idea de Harry que fuese profesora de Hogwarts, que le acompañase a su lado como en tantas batallas. Por desgracia, su amigo no sabía la historia detrás de esos dos amigos. De hecho, desde el día de la cuarta cita que jamás olvidaría Neville, en la que él le dijo que le parecía una persona insensible por no mostrar interés por él cuando el muchacho vivía por ella, no se volvieron a hablar como antes. Solo decían palabras cordiales. Fingían que se llevaban igual de bien que siempre cuando no era así. Cuando Neville hizo llorar a Luna y desde entonces les da miedo hablarse.
El director de Hogwarts acabó su plato y lo retiró con educación, serenamente.
Miró a ambos lados de la mesa. No se iba a acostumbrar fácilmente a la presencia activa de aurores en el castillo. Sí que podía lidiar con Moonlight, a pesar de que fuese el más problemático de todos si se pensaba en su condición de licántropo. Él mismo, como profesor, había visto la evolución de ese pequeño desastre en uno de los alumnos con mayor potencial para ser auror. De hecho, costaba buscar en el registro de aurores, jóvenes que alcanzasen ese rango con tanta rapidez. Kingsley Shacklebolt también se hallaba allí presente, para el estupor y la sorpresa de la gran mayoría de sus alumnos. El Ministro de Magia que había recompuesto el mundo mágico. Aquello era petición especial de Neville Longbotton. Le había pedido que le acompañase en aquellos días y que necesitaba los consejos de un líder sobresaliente como él siempre lo había sido. El ex Ministro aceptó de buena gana volver al lugar que a todo el mundo le recordaba a su infancia. Aquellos eran los principales aurores. Los que todo el alumnado vería. Con los que se sentirían a salvo, sin saber que cinco más patrullarían las afueras, durmiendo en Hogsmeade, Neville desconocía su identidad, aunque suponía que entre ellos estaban Proudfoot y Savage.
Neville Longbotton se retiró de la mesa y se dirigió, probablemente, a su despacho. Ted, que estaba pendiente de él, puesto que quería hablar con él sobre qué pensaba hacer exactamente con su asignatura y que enfoque quería darle, le siguió.
El joven profesor sabía que su asignatura era la más importante. Solo tenía que detenerse a leer el nombre. Defensa. Contra. Las Artes Oscuras. Era lo que sus alumnos necesitaban. Y sí, él había demostrado tener excelentes conocimientos en aquello cuando fracasó al intentar ser auror. En cambio, no sabía suficientes hechizos, suficientes situaciones… Se sentía un alumno en cuanto a la inexperiencia.
-Director Longbotton.- le llamó.
El hombre se dio la vuelta y se topó con el desaliñado Ted Lupin. La viva imagen del que habría sido un joven Remus por aquellos pasillos.
-¿Qué querías?
-Me preguntaba si… Si se ha pensado bien el hecho de que sea yo el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.
-No me había planteado sustituirte… ¿Hay alguna razón por la que deba hacerlo?- pregunto muy serio alzando una ceja de forma escéptica.
-¡No!- dijo algo desesperado Ted. No podía perder un trabajo ahora que era padre y era la única fuente económica que entraba en aquella pequeña residencia de Notting Hill.- Solo quería asegurarme de que usted cree en mí.
-Por supuesto que creo en ti, Lupin. ¿Y tú, lo haces?
El joven frunció el entrecejo con algunas dudas que no se disipaban.
-No sé si lo que les enseño les será útil… Nunca me he enfrentado a las Artes Oscuras. Pensé que igual quería a un profesor con experiencia en el tema…
-¿Sabes quién es Gilderoy Lockhart?
-¿El mago que perdió la memoria a causa de que uno de sus hechizos rebotase contra él?
-O mi profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en mi segundo año en Hogwarts. Su mayor logro fue el Premio a la Sonrisa más Encantadora… Dime, Lupin… ¿Crees que ese hombre tenía experiencia en el tema?
-Bueno, usted tuvo otros buenos profesores…
-¡Oh, sí, por supuesto! Quirinus Quirrell que introdujo a Voldemort en Hogwarts. Sin duda el que más contacto con las Artes Oscuras tuvo. O Alastor "Ojoloco" Moody, que era en realidad Barty Crouch Jr. utilizando la Poción Multijugos. ¡La mejor sin duda fue Dolores Umbridge! Estoy seguro de que conoces su fama… O Severus Snape, que no dio ni un palo al agua o Carrow, que nos lanzaba Cruciatus…
-Pero ya han acabado con la maldición de los profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras, deben encontrar a uno bueno.
-¿Quién ha dicho que no tuviésemos uno bueno?- le miró intensamente.- Remus Lupin. Tercer año. El mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras de la historia de Hogwarts.- Ted bajó la mirada.- La fuerza de tus convicciones determina tu éxito, no el número de tus seguidores. Siempre recordaré esa frase.
-Señor Longbotton…Yo…
-El discurso que he dado no iba solo para los alumnos, y todos vosotros lo sabéis.
-Mi padre era más fuerte que yo, más valiente…
-¿Sabes cómo lo conocimos? Durmiendo en el Expreso a Hogwarts.
-Pero después ahuyentó a un dementor de Harry….Nunca seré un profesor como él lo fue.
-No estoy diciendo que seas mejor que él, porque, para mi gusto, Remus es insuperable. Me siento identificado contigo, Ted, aunque no lo creas. Mis padres también fueron unos héroes y murieron luchando… Y yo era un endeble, y lo sigo siendo, que jamás en mi vida superaré lo que ellos hicieron. Pero puedo lograr otras cosas. Puedo ser director de Hogwarts. Puedo criar a mis hijos… Puedo sobresalir en aquello que ellos no pudieron hacer. Puedo seguir haciendo que estén orgullosos de mí.
Ted se rascó la barba. Tenía un retorcido nudo en la garganta.
-¿Me da algún consejo para empezar?
Neville Longbotton sonrió.
-Boggarts.
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Al menos, llevaba una semana consciente.
La celda, mejor dicho, la caja, tenía una temperatura tan baja que temblaba casi todo el tiempo. Le impedían ver la luz del sol. Todo pasaba más rápido de lo que podía pensar. Cuando despertó, como si lo hubiesen estado vigilando todo aquel tiempo, tres encapuchados y un hombre lobo reprimido irrumpieron en la pequeña cámara en la que residía. En ese momento, pensó que lo iban a matar. Que aquel supuesto rescate era una broma. Que tatuarían un nombre al que había empezado a temer en su cadáver. Le ataron cadenas alrededor de los tobillos y en las muñecas. Después empezó a sangrar, más de lo que ya estaba haciendo debido a las heridas que el choque le había infligido. Todo lo que podía oír era a uno de ellos maldiciendo. No podía decir una palabra. Estaba sobrecogido y sorprendido. En shock.
Le habían dejado solo después de aquello. Llevaba dos días sin comer ni beber. Sentía como su cuerpo se quejaba de aquella falta de alimento. Las heridas de su torso, de su pierna… No cicatrizaban. Dolían. Escocían. Sabía que tenía miles de cortes en la cara, ya que había sufrido una lluvia de cristales con el choque.
No solía pensar en nada. No tenía fuerzas para formular cosas racionales en su cabeza. No recordaba a su familia. O no quería recordarla. Veía sus rostros borrosos. Y veía muy sólida la pared sobre la cual estaba echado. Era una habitación gris. Simplemente eso. No había nada. Era una caja gris de tamaño gigante. Y de acero. No oía nada del exterior. O quizás tenía los oídos taponados y falta de audición para oírle.
Suponía que había estado inconsciente durante semanas. Se había levantado unas pocas de veces. Entonces, un encapuchado entraba al cuarto y le obligaba a introducirse una pastilla en la boca. Parecían muggles drogando a sus presos. No sabía si le alimentaban tras darle aquellas pastillas. Pero sí que tenía la sensación de no haber comido en días. ¿Pensaban ir a por él? ¿Merecía la pena? Tenía que sobrevivir para poder luchar por salir de allí. Si querían matarle, ya lo hubiesen hecho, ¿no?
- "Había una vez tres hermanos que viajaban a la hora del crepúsculo por una solitaria y sinuosa carretera. Los hermanos llegaron a un río demasiado profundo para vadearlo y demasiado peligroso para cruzarlo a nado. Pero como los tres hombres eran muy diestros en las artes mágicas, no tuvieron más que agitar sus varitas e hicieron aparecer un puente para salvar las traicioneras aguas. Cuando se hallaban hacia la mitad del puente, una figura encapuchada les cerró el paso. Y la Muerte les habló. Estaba contrariada porque acababa de perder a tres posibles víctimas, ya que normalmente los viajeros se ahogaban en el río. Pero ella fue muy astuta y, fingiendo felicitar a los tres hermanos por sus poderes mágicos, les dijo que cada uno tenía opción a un premio por haber sido lo bastante listo para eludirla. Así pues, el hermano mayor, que era un hombre muy combativo, pidió la varita mágica más poderosa que existiera, una varita capaz de hacerle ganar todos los duelos a su propietario; en definitiva, ¡una varita digna de un mago que había vencido a la Muerte! Ésta se encaminó hacia un saúco que había en la orilla del río, hizo una varita con una rama y se la entregó. A continuación, el hermano mediano, que era muy arrogante, quiso humillar aún más a la Muerte, y pidió que le concediera el poder de devolver la vida a los muertos. La Muerte sacó una piedra de la orilla del…."- un ruido interrumpió el relato que había comenzado el muchacho con el fin de entretenerse.
De pronto, un hombre robusto y rudo entró en la celda seguido de una figura menuda encapuchada que se quedó rezagada en el otro extremo de la celda.
Aquel hombre se acercó a él y le hizo beber un líquido verdoso de un cuenco de madera. Era tan asqueroso que vomitó. Le gritó que tenía tragárselo, pero decidió no beber aquella agua turbia que podía dañar sus órganos, lo que le hizo atragantarse. Pero él se la volvió a poner en la boca.
-Traga, idiota.
Albus Potter se lo pensó rápidamente y finalmente decidió que era mejor beber esa agua contaminada y asquerosa que morir.
Un joven de cabello rubio que el joven entró en la celda. Lo había visto antes, pero desconocía su nombre. Era algo mayor y tenía una mirada de depredador que hizo temblar a Albus cuando dejó el cuenco sobre el suelo. El muchacho temía revisar las heridas que le dolían. Sabía que estaba en muy malas condiciones. Y que ellos lo empeorarían.
Un enorme cubo de agua cayó a sus pies suavemente. El hombre robusto cogió con fuerza a Albus de la nuca y arrastró su cabeza al borde del cubo.
El joven Potter cerró los ojos antes de que Theodore le sumergiese la cabeza.
Fue el minuto más largo de su vida.
Theodore le miró a la cara y le escupió, llenando de saliva sus ojos.
-¿Cuál es la contraseña del despacho de tu padre?
Albus cerró la boca con fuerza.
Aquella vez, el agua le sorprendió e inundó sus pulmones. Se sacudió. Intentó zafarse de aquel agarre. Luchaba por respirar. Gritó. Su sonido se vio amortiguado por la espesura del agua. Cuando volvió a la superficie, observó a las dos figuras que se imponían sobre él. Octavio Onlamein parecía estar aburrido con aquella tortura. Theodore estaba dispuesto a matar a Albus con el agarre si hacía falta. La menuda figura desconocida no se movía de su rincón.
-¿Qué sabes de Ivonne?
-¡Nada! ¡Nadie sabe nada!
Se preparó para el agua. Aunque en realidad, no estuviese preparado para ahogarse de nuevo.
-Albus Severus Potter.- el aludido alzó la mirada hacia Octavio.- Qué pena que hayamos cogido al único crío que no sabe nada…No creo que sea cierto. ¿Qué sabes sobre Carla Marín?
-¿Qué?
-¡¿Quieres que te matemos para obtener la información?! ¿Qué sabes sobre Carla Marín?
-Yo… Yo… No sé casi nada.
-Deslúmbranos con tu conocimiento.
-Era nuestra vecina antes de mudarnos…
-¿Sabías que murió en un accidente hace cuarenta años?
-¿Qué? Habrá sido otra persona con el mismo nombre…- dijo demasiado confuso y algo mareado.
-¿Era una mujer negra? ¿Qué te contaba esa mujer?
-Sí…- el mareo le dio un estocado más fuerte. Estuvo a punto de caer derrumbado al suelo.- No me acuerdo…-murmuró.
Sus pulmones volvieron a tragar agua. De nuevo, se sacudió luchando por acabar con aquella tortura.
-¡¿Qué te contaba esa mujer?!
-¡Nada!
-¡Potter, no estás en condiciones de decir mentiras…!
-¿Qué os importa lo que dijese esa mujer…?
Theodore le propinó un puñetazo en el labio que hizo sangrar y escupir su propia sangre.
-¡Dinos!
-Me contaba cuentos…De una niña que escapaba de su casa y se iba a vivir a…
Se hizo un silencio en el que Albus se acordó de un detalle de aquellos cuentos que su excéntrica vecina le contaba cuando el niño tenía que ir a por las cartas que acababan en su buzón por equivocación. La protagonista siempre era Ivonne. Nunca habría relacionado aquello. Jamás. ¿Cómo podrían aquellos saber eso?
-¿…A dónde?
-A casa de su abuela.
-¡Miente!- gruñó Theodore, dándole un puñetazo en el tabique de la nariz, probablemente rompiéndoselo.
-¡Era a casa de su abuela!
-¡Miente!- repitió el robusto hombre, poniéndose en pie y dándole una patada en el abdomen que le hizo gemir.
-¡…Juro que era a casa de su abuela! Su abuela, su abuela se llamaba Minnie, como la novia de Mickey Mouse. Vivía en un castillo. Pero su abuela era una bruja como Ivonne, pero estaba muy ocupada y no podía estar pendiente de una niña problemática… Así que…Así que se hizo amiga de otra niña. Grace. La familia de Grace nunca creyó que tenía una amiga que era bruja, por lo que la trataban como loca… Así que Ivonne viajó por todo el mundo, sin ningún lugar al que ir. Hasta que se hizo mayor. Y su amiga la volvió a acoger sin saberlo. Y la protegió de todos los males.
-¿Estás seguro de que eso era todo?
-¡SÍ! ¡Se lo juro!
Le volvió a propinar otro puñetazo en la mejilla.
Octavio cogió el cubo con elegancia y se acercó a la puerta de hierro. Miró a Theodore y le indicó con la mirada que se marchase. Antes de hacerlo, el hombre le dio otra patada a Albus que le hizo retorcerse de dolor en el suelo. Cuando Theodore se hubo marchado, la menuda figura siguió el trayecto hacia la puerta.
El joven Onlamein la miró con burla.
Le cerró la puerta en su rostro. Atrapándola allí con el reo.
-¡NO!- gritó. Tenía una voz femenina. Y comenzó a temblar.
Los ojos de Albus se entrecerraban con el dolor. Pero pudo ver a aquella figura allí encerrada con él mirando a la puerta. Se lo habría merecido. Habría desobedecido a sus superiores. Seguramente era un aprendiz de asesina.
La muchacha comenzó a sollozar.
Albus gruñó con desprecio.
-¡Saluda a tu amigo, pequeña!- el grito de Octavio se escuchó con claridad, amortiguado por la puerta de acero.
El joven Potter estuvo atento a la figura que seguía sollozando. Tardó al menos cinco minutos en calmarse. Para entonces, Albus había conseguido incorporarse y sentarse en el suelo con la espalda apoyada en la fría pared. Observándola.
-Lo siento, Al…- susurró.
-No puede ser.- dijo Albus incorporándose de un salto y poniéndose en pie. La muchacha se dio la vuelta. Se quitó la capucha y le mostró avergonzada su rostro.- ¿Alice?
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Querídisimos lectores (los fantasmas, los pronunciados, los ocupados…)
De verdad, de verdad… Me gustaría saber si hay alguien además de los que ya tengo el inmenso placer de conocer… Que han llegado a este punto.
¿Qué os ha parecido?
¿Qué opináis de Alice? ¿De Neville? ¿De Ted? ¿De Scorpius, de Ron, de Rose, de Cedric? ¿Del pobre Albus…?
El fragmento del cuento de los tres hermanos ha sido extraído de los Cuentos de Beedle el Bardo. Y el discurso de Neville se ve influenciado por uno de Al Pacino.
Espero ansiosamente vuestra respuesta.
Con cariño,
-A.