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La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 22
Capítulo 16: Errar es humano.
Molly Weasley observó que los zapatos de Derrick Collingwood, aquel muchacho de Slytherin que nunca le había caído bien, estaba lleno de barro. Y de nieve.
Frunció el entrecejo.
Se encontraba en las últimas mesas de la biblioteca. Que estaba a veinte minutos andando de la entrada de Hogwarts que daba al Bosque Prohibido, el único sitio donde podía ensuciarse los zapatos de barro. Era finales de enero. Llevaba tres o cuatro días sin nevar. Hacía un sol que había derretido toda la nieve.
Era imposible que Derrick Collingwood dejase un rastro de barro y nieve por donde pasase. En primer lugar, porque no había nieve fuera. Y, en segundo lugar, porque el barro no habría durado hasta llegar a la biblioteca, incluso si cogía un atajo.
Molly Weasley seguía mirando fijamente sus zapatos. Intrigada. ¿De dónde había salido? No tenía que ser muy lista para pensar que aquel muchacho había hecho algo ilegal como salir del castillo. ¿No sería eso imposible con la presencia de dos aurores de prestigio patrullando los pasillos? Correría un gran riesgo. Eso significaba que aquel muchacho de mirada penetrante estaba detrás de algo. Y Molly Weasley no podía dejar que se saliese con la suya. Después de todo, había sido la prefecta más correcta que Gryffindor jamás había conocido.
Le siguió.
Dejó los libros abiertos. Como si fuese a buscar otro libro y volviese en seguida. Siguió sus pasos por varios pasillos hasta que salió de la biblioteca. Tuvo que detenerse en varias ocasiones para que no oyese su rastro. Su respiración aumentaba. Sus manos comenzaron a sudar. No estaba acostumbrada a esa clase de adrenalina. Había sido un impulso.
Derrick Collingwood se detuvo ante una pared.
Y la joven Weasley supo qué era lo que iba a pasar.
Siempre había una primera vez para entrar en la Sala de los Menesteres.
Había escuchado todas las historias de su familia que se desarrollaban en aquella sala. Sin lugar a dudas, un misterio más del castillo. No tardó en seguir los pasos de Collingwood antes de que las puertas de la Sala desapareciesen. No sería capaz de invocarlas ella misma. Al entrar, cesó de respirar durante un segundo. Se escondió tras el primer armario que encontró. Solo en ese momento se planteó realmente qué estaba haciendo. ¿Siguiendo a un Slytherin? ¿Tan prejuiciosa era? Por muchas pruebas que tuviese en contra de él. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Y si la descubría? ¿Qué excusa se inventaría?
Oyó un click a unos veinte metros de ella. Y de pronto, la respiración entrecortada y los pasos pesados del muchacho se desvanecieron. Solo entonces se atrevió a mirar hacia donde estaba Collingwood. Pero, como en el fondo esperaba, el Slytherin no estaba allí. El sonido procedía de una puerta gótica de madera que se encontraba en el centro.
No tardó más de cinco segundos en acercarse a ella.
Los objetos mágicos solían transmitir unas vibraciones que los artilugios no encantados no poseían. Era como un cierto cosquilleo que aseguraba que aquel objeto era especial de algún modo. Y aquella puerta que no llevaba aparentemente a ningún lado, es decir, al otro lado de la sala, si abrías y cruzabas, ofrecía aquella sensación.
Al girar el pomo, una película azul cubrió toda la puerta. Sintió un frío helador procedente del otro lado. No dudó en entrar. Sus pies cambiaron del estable suelo de mármol a un espeso barro cubierto de nieve en los rincones. Era de allí de donde venía Collingwood.
Era un pasillo oscuro con varias puertas de acero a lo largo de este. Solo al final había una puerta blanca que parecía no encajar allí. Detrás de aquella puerta solo había oscuridad. Pero acababa de cerrarse, por lo que Collingwood había entrado allí.
En ese momento reaccionó. Había salido de Hogwarts. Estaba en un lugar desconocido. Su instinto le decía que volviese por aquella puerta de madera que aún no había desparecido. Que aquello era peligroso. Sabía que era peligroso. Que seguramente era de aquellos encapuchados que se ensañaban con la mayoría de los magos. Los culpables del atentado que ella misma sufrió. Su única forma de demostrar que Derrick Collingwood formaba parte de aquello y que ella lo había descubierto. Su respiración se aceleró. ¿Estaría allí encerrado su pequeño primo Albus?
Se dirigió a las puertas blancas.
Al cruzarlas, su cuerpo despareció en las penumbras casi instantáneamente. Penetró en la negrura con las manos estiradas hacia delante. El resplandor de luz del pasillo, de unas luces cálidas y tenues, no ayudaba mucho. Sería lo mismo caminar con los ojos cerrados. Un olor muy desagradable comenzó a aparecer.
Molly escuchó un chirrido y una cosa que crujía más hacia delante. Sintió un escalofrío por su espalda. Continuó caminando a ciegas hacia delante. Sus ojos se habían adaptado un poco a la oscuridad: lo que antes era una penumbra infinita, ahora eran sombras. Seguía desorientada y avanzando sin pensar. Buscando a Collingwood para que se cumpliese justicia. Si Gwendoline había matado a McGonagall, habría más cómplices dentro del castillo.
Otro crujido se escuchó en la habitación.
Molly chocó con algo.
Duro. Tenía una forma extraña. Era como si fuese tela mullida.
De pronto, se escuchó un click. La sala se iluminó con tubos fluorescentes que cegaron a Molly momentáneamente. Frotándose los ojos, se alejó del bulto con el que había tropezado y se topó con otra forma rígida. Le dio un empujón para alejarlo de sí.
La joven entornó los ojos. Ya podía ver con claridad. Se obligó a mirar la escena de horror que la rodeaba. A lo largo de lo que era una amplia habitación, había por lo menos una docena de personas suspendidas del techo. Colgadas por el cuello. Las cuerdas se enroscaban y retorcían a través de la piel hinchada cuyo color se había convertido en violeta. Los cuerpos tiesos se mecían suavemente de un lado a otro, con las lenguas rosadas colgando de los labios. Todos tenían los ojos abiertos, vidriosos y sin vida. Parecía que llevaban allí horas, debido al estado de su cuerpo.
Ahogó un grito.
Trató de no mirar a ninguno de los cadáveres. Se dirigió lentamente hacia la entrada, con la idea de salir de aquella sala con cuerpos colgantes. Como una sensación repentina, sintió que la desesperación amenazaba con hacerle perder el control. Se le hizo un nudo en el estómago.
¿Qué demonios era aquel sitio?
El hedor volvió a golpearle. Los cuerpos morados e hinchados colgaban del techo como presas de caza puestas a secar. Los ojos sin vida de los cadáveres la observaban fijamente.
Un hormigueo nauseabundo le llenó el estómago y le provocó ganas de vomitar. Cerró los ojos durante un segundo y logró calmar sus entrañas.
Una mano salida de la nada le agarró el cuello y la atrajo hacia atrás. Un susurro la dejó helada.
-Molly Weasley, te he estado esperando.
Reconocería aquella voz en cualquier parte del mundo. Leo Livingston. El que había sido su novio hacía un año. Hufflepuff. Leal. ¿Leal? ¿Cómo podía ser leal y estar allí? Sabía que era una persona inestable y algo egoísta…Pero, ¿con ellos? No podía ser cierto.
-¿Qué haces Leo?- sollozó. Aún podía ver todos aquellos cuerpos mirándola.
Una afilada aguja se clavó en su nuca lentamente.
-Sabía que acabarías viniendo, nena.- le dijo.- ¿Verdad, Collingwood?- comentó hacia una figura que Molly no podía ver, pero cuyos zapatos llenos de barro apreciaba desde un rincón de su ojo. Este soltó una breve carcajada.- Solo hace falta que colabores.
-¡NUNCA! ¡TENÉIS A ALBUS!
Era lo único que pudo llegar a decir.
-Sí, bueno, tenemos a mucha gente como puedes comprobar…- inquirió señalando con la mano con la que tenía la aguja los cadáveres colgantes.- Cuando lo entiendas, te darás cuenta de que todo esto es por el bien de todos.
-¿Quiénes son?
-Muertos, por supuesto.- dijo simplemente Derrick Collingwood.
-¿Por qué están así?- preguntó, rindiéndose por salir del agarre, la muchacha.
-Son experimentos… ¿Has pensado mezclar alguna vez la magia y la ciencia, Weasley?
La joven gruñó. La aguja volvió a introducirse en su nuca.
Un hombre vestido con una bata de científico apareció entre una fila de cadáveres. Era relativamente joven. Tenía una barba prominente, unos ojos marrones y rasgados, y un cuerpo algo delgado. Examinó atentamente a Molly con la mirada. Con la misma con la que observaba a los cadáveres. La joven sintió un escalofrío y se le erizó el vello de la piel.
-Al fin me la traéis. - Suspiró.- Soy el doctor Schneider. Siento que nos hayamos conocido así, pero me temo que no vendrías aquí voluntariamente.
-¿Qué? ¿Qué quiere de mí?
-Oh, solo un par de análisis de sangre…
-¡NO!- bramó. El doctor alzó una ceja. Leo Livingston la inmovilizó. Derrick Collingwood se le acercó con una jeringuilla y pinchó una vena en su antebrazo.- ¡DEJÉNME! ¡NO HE HECHO NADA!
Se sacudió e intentó zafarse de aquella tortura.
-Aún no has hecho nada, señorita Weasley. Usted será de gran ayuda para el desarrollo de esta etapa histórica.
-¿DE QUÉ ESTÁ HABLANDO?- exigió saber, entre confusa y aun aturdida por la situación extraña que estaba viviendo. Su antebrazo sangró cuando Collingwood retiró la jeringuilla.
-¿Cree en la reencarnación, señorita Weasley?- la joven volvió a sacudirse entre los brazos de Leo Livingston. Traidor. Traidor. Traidor. Derrick Collingwood la derribó y la inclinó hacia el suelo. - Espero que no, sería algo muy estúpido por su parte.- Collingwood retiró su pelo de la nuca. Molly comenzó a sollozar y a gemir.- Pero, ¿qué pasaría si mezclamos los medios científicos con la magia? ¡Qué de distintos serían los progresos!
-¡SUELTAME, LEO!
Derrick Collingwood la agarró del cuello.
-Lo siento, Molly. -Musitó Leo Livingston.- No te va a doler si te dejas.
-Oh, por favor, Leonardo.- dijo el doctor Schneider.- Lo dices como si esto fuese un martirio… ¡Está haciendo historia! ¡Si funciona con ella… ¡
Molly no escuchó lo siguiente.
Derrick Collingwood insertó todo el contenido de otra jeringuilla de color azul en su nuca. Cayó de bruces al suelo. No tardó en ver borrosa la escena. Los pies. Los piel colgando de los cadáveres. Ya no sentía el frío suelo.
-Pss, pss.
Abrió los ojos.
Estaba en la biblioteca.
Tenía los libros abiertos por la misma página que hacía unos diez minutos. Antes de que…
Había sido un sueño. Una pesadilla, más bien. Miró a su alrededor. Ni rastro de cadáveres. Ni de Derrick Collingwood. Ni del doctor alemán con cara de depredador.
Leo Livingston estaba en frente de ella.
-Oh, hola.- susurró.
-No sabía que tú podías quedarte dormida estudiando…
Molly se levantó de pronto. Aquella sensación de angustia y repugnancia que sintió en el sueño aún seguía en la realidad.
-Voy al baño, ahora vengo…
Corrió fuera de la biblioteca. Cruzó varios pasillos. Entró en el baño de las chicas. Abrió el primer aseo. Levantó la taza del váter. Expulsó un líquido espeso que seguramente era su desayuno.
Por. Merlín.
Qué imaginación podía llegar a tener.
Se secó los labios con la mano. Echó de la cisterna. Cerró la puerta. Se dirigió al lavabo. Evitó mirarse al espejo. Seguramente tendría un aspecto horrible.
Al lavarse las manos, comenzó a sentir un escozor en el brazo. Frunció el entrecejo. Subió la manga.
Una marca roja diminuta en el antebrazo. Como si le hubiesen clavado una aguja.
Como acto reflejo, se palpó el cuello en busca de… Le escocía. Le dolía terriblemente.
Vio su rostro pálido en el espejo.
Su grito inundó el cuarto de baño de las chicas.
Había sido real.
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Queridos lectores fantasmas, amigos y nuevos amigos,
¿Qué os ha parecido?
Os juro que va a tener sentido… Solo hay que esperar a que entendáis por qué ocurre esto. O, más bien, qué es lo que ha ocurrido.
Me gustaría preguntaros una cosa, a aquellos que no lo han dicho aún: ¿Quién es vuestro favorito hasta ahora?
Venga, teorías, teorías…
Espero actualizar pronto.
Con cariño,
-A.