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La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 24

Capítulo 17: La suerte está echada.

-Te aseguro que está todo en orden…

-No me interrumpa, Morgan.- le exigió un hombre en un abrigo largo y negro con mirada de severa preocupación. - El hecho de que traiga una paciente a su casa hará levantar dudas sobre su reputación. Sobre nuestra reputación. Haga el favor de llevarla en ocasiones a la clínica para hacerle revisiones y que tome sus pastillas, no queremos que haya incidentes, doctor Morgan, ¿a qué no?

-Le aseguro que la señorita Samantha Smith está en perfectas condiciones, doctor Regan. No tiene de qué preocuparse…

-Ya conocemos su historial acerca de las causas perdidas, doctor Morgan. Espero que esta vez también tenga usted razón.

  • el joven doctor miró hacia la izquierda del médico recién jubilado con escepticismo. Aquella muchacha de ojos asustadizos solo le traería problemas a su ídolo en psiquiatría. -Cuide del doctor, señorita Smith. Nos veremos pronto.

La mirada que le lanzó a la joven fue de rechazo, de desafío. De amenaza. La pálida joven se encogió sobre sí misma. Miró hacia abajo. De eso se trataba su vida últimamente. No había sido fácil convencer que aquello que los ojos del doctor Morgan habían visto era cierto. De hecho, fueron varias veces las que volvieron al andén para comprobar, que si cerraban los ojos y creían en la magia, atravesarían aquel portal. Las sesiones entonces se volvieron instructivas por parte de Samantha hacia su futuro salvador. El doctor Morgan no tardó en enviar documentos a los superiores del centro médico que indicaban la mejora, que había comenzado antes de aquel suceso, de aquella intrépida paciente. Por supuesto, dada su reputación, consiguieron facilitarle la salida del psiquiátrico. El único obstáculo fue el doctor Finn Regan, quien veía demasiado sospechoso que la paciente fuese acogida por el doctor Morgan bajo su mismo techo. Quería demasiado al doctor y necesitaba protegerle de las mentes retorcidas de los pacientes más feroces.

Por eso se encontraba allí aquel día. Finn Regan quería asegurarse de que Samantha supiese que la estaba vigilando. Que no se fiaba de ella. Que sabía que ocultaba algo. Y Samantha le temía. No porque fuese mala persona, ni mucho menos, apreciaba su vocación por el doctor Morgan y lo comprendía a la perfección. Pero temía que descubriese algo. La magia. Seguramente ya había hecho mucho daño al mundo mágico revelando ese secreto a su benefactor.

-Adiós, Finn.- se despidió el hombre mayor abriéndole la puerta y cerrándosela tras pasar. Miró con una cándida sonrisa a Samantha. Sin lugar a dudas, la paciente más prometedora de toda su historia al servicio de las mentes dementes. Quizás le tenía tanto aprecio porque le recordaba demasiado a su hermana de joven, aquella chica que enloqueció y que hacía menos de un año había muerto en extrañas circunstancias, dejándole al mundo una hija demasiado ocupada y una nieta demasiado rebelde. Achinó sus ojos hacia Samantha cuando escuchó un aullido fuera de su casa. Un silbido descarado hacia el joven doctor que acababa de salir por la puerta.- Es hora de que te presente a mi sobrina nieta, querida.

Unas llaves sonaron en la puerta principal. Se oyó un golpe en la puerta y unos susurros. Más bien maldiciones. Samantha se mordió el labio. Aquella iba a ser su compañera de habitación durante una larga temporada. Y por lo que le había contado su doctor, no iba a ser un camino de rosas.

-¡Maldita sea! ¿Es que los ingleses no pueden hacer una cerradura en condiciones…?- una muchacha menuda con el pelo caoba y los labios pintados de color berenjena apareció detrás de la puerta. Tenía una expresión furiosa y un brillo extraño en sus ojos marrones -Ojalá hubiese una tercera guerra mundial y muriesen todos… God save the shit…- tarareó riéndose de su propia versión  de uno de los himnos nacionales de Inglaterra.- Oh, mierda.

Lola Cavanaugh vio a su tío abuelo mirándola fijamente, con algo de sarcasmo. Aun no se acostumbraba a que no llevase su bata de doctor y que se dejase barba porque ya estaba jubilado y no tenía que preocuparse por la imagen que tenía que dar a sus pacientes. Le sorprendió ver a una muchacha a sus espaldas. Cerró los ojos y se llevó la mano a la frente con dramatismo. Porque la había cagado en realidad. Esperó que la avispada mente de su tío no se diese cuenta de un pequeño detalle. O gran detalle. La ginebra no le dejaba percibir bien las distancias, las cantidades  o las miradas de descaro. Puto Beefeater.

-Esta es Lola, Samantha.

-Interrumpo algo importante, ¿verdad? Joder, siempre lo hago.- se acercó a la antigua paciente del doctor y la olió. No había una razón exacta para hacer eso, simplemente le apetecía saber su olor. Contempló su rostro borroso. Era bonita. Demasiado para estar allí con su tío.- ¿Ahora te van las prostitutas de alta alcurnia, doctor? Sí que os pagan bien en ese loquero…

Guardó un manojo de llaves en el bolsillo de su chupa de cuero. Tenía que ocultar más de una prueba, después de todo… Aunque al parecer su tío no ocultaba nada. ¿Pretendía casarse con una prostituta? ¿Por eso estaba allí? ¿Qué se creía, Richard Gere en Pretty Woman? Oh, por favor la menopausia varonil estaba rozando límites desconocidos.

-Cuida tus modales, Lola. Es una antigua paciente, se va a quedar aquí durante una temporada.

Lola abrió con sorpresa sus ojos. Soltó una risita.

-¿Ahora te tiras a las pacientes? ¡Y encima jóvenes! Menudo abuelete estás hecho, ¿eh?…Supongo que dormirá en mi cuarto, ¿no? En la otra cama, sí… - arrastraba las palabras lentamente y hacía gestos con las manos para corroborar su discurso.- No sé si me gusta esa idea, ya sabes… - frunció el entrecejo, buscando las palabras adecuadas.- Privacidad y todo ese rollo. O quizás peor, o sea, si pretendéis hacer algo, tú te tienes la cama de matrimonio.

-¡Lola! No pretendo hacer nada indecente con Samantha.

-Samantha.- repitió Lola y rio durante unos prolongados segundos. Una lágrima de la risa se le escapó. Qué original.-  Es nombre de prostit…

-Basta, Lola.- le cortó bruscamente el doctor Morgan, sin llegar a sonar grosero. Se acercó a su sobrina nieta y le quitó las llaves del bolsillo. Examinó unas en particular. No eran llaves de una casa, o de una taquilla. - ¿Estas llaves son de un coche?

-Moto.- corrigió ella, demasiado feliz.- Mimoto.- Se arrepentiría más tarde de aquello, desde luego. Del numerito que estaba dando. No, no era educada pero mantenía sus comentarios a raya para no parecer vulgar ante su prestigioso tío. Si no fuese por la ginebra, tendría ganas de pegarse un tiro.

-Eso es imposible, querida, tan solo tienes 14 años.

La joven bufó.

-Mi carné no dice lo mismo.- le quitó las llaves de la mano con torpeza y le miró fijamente. Como desafiándole. - ¿Algo más?

-¿Has bebido? -olisqueó el aura de la joven que se mordió el labio y miró hacia otro lado. Ups, la había pillado.- Alcohol. ¿Has estado bebiendo?- el tono de su tío se exasperó. Como si no tuviese pinta de haberse pegado borracheras de joven. O como si aquello no fuese algo normal en la sociedad de ganados de alcohólicos. El doctor Morgan no recibió respuesta.- ¡Por el amor de Dios! ¡Eres demasiado joven! ¿Quién te compra el alcohol?

Lola pareció ofendida ante aquella pregunta. ¿Pretendía que le cortase el suministro de alcohol? ¿Qué se creía aquel hombre? Le miró con desprecio.

-No sabía que te importase tanto lo que hiciera fuera de casa…- le espetó.- Además, estoy de celebración.- sentenció mirándolo como si fuese una amenaza.

Le echó una ojeada a Samantha, aunque había olvidado ya el nombre y lo que era. Estaba enfadada. Su tío era un insensible. Si se hubiese molestado aunque fuese una milésima de preocuparse por Lola, sabría por qué estaba justo aquel día así.  Pero claro, para él era una joven irresponsable porque vestía con tachuelas, se teñía el pelo y se pintaba como "si fuese a una fiesta para adultos". Hacía tiempo que habían cambiado de milenio.

-Lo único que hay que celebrar en esta casa es el día en el que comportes como una señorita, ¿de acuerdo?- le dijo, cogiéndola del brazo cuando la joven pretendía subir las escaleras hacia su cuarto.

Lola contuvo sus fuerzas y exhaló una larga respiración.

Le miró con odio.

-¡Hoy era su cumpleaños!

Morgan suspiró. De pronto, era como si todas sus barreras hubiesen caído. La miró con lástima, lo que la enfureció más.

-Ella no estaría orgullosa de ti.

La joven se sacudió y se soltó bruscamente.

-¡Y qué más da si ya está muerta!

Corrió escaleras arriba. No miró atrás. Las lágrimas luchaban por salir pero no le iba dar el gusto a su tío de llorar. Porque Lola Cavanaugh era una joven fuerte y tan solo lo hizo dos veces en su vida.

Abrió con fuerza la puerta de su cuarto, dejándola abierta. Le importaba una mierda si venían a verla. Aunque sabía que su tío la ignoraría durante semanas. O meses. Al fin y al cabo, era lo que había hecho desde que se vio obligada a mudarse allí porque su madre estaba demasiado ocupada viajando de allá para acá o viviendo en un piso en la City para no tener que lidiar con su revolucionaria hija. O porque su abuela había muerto, o había sido asesinada, según la versión, aunque la suya a nadie le importaba, y la echaba demasiado de menos. O porque su padre la había dejado sola en el mundo hacía diez años y desde entonces tenía que fingir que todo estaba bien. Pero no, en absoluto.

Buscó desesperadamente un mechero en uno de sus cajones y sacó un paquete de Lucky Strike. Se encendió un cigarro y se sentó sobre la cama de la muchacha que había sido invitada a su casa, obviamente sin que antes se lo hubiesen consultado, porque ella no tenía ni voz ni voto desde hacía mucho tiempo. Esparció las cenizas por la almohada y se rio para sus adentros.

-Hola.- dijo una voz demasiado dulce en ese momento.

Se arrepintió de haber rociado las cenizas. Sobre todo porque la había visto. Joder.

-¿Qué quieres, rubia?

-Puedo irme si te molesta mi presencia.

Lola bufó y se encogió de hombros.

-Aun no me molestas.

Sin pedir permiso, porque su dormitorio iba a ser compartido sin que ella quisiese, la tal Samantha entró. Y se sentó a su lado. Olía a jabón, a un perfume fresco y a fármacos. No era cálido, pero la sonrisa que le estaba transmitiendo era acogedora. Sincera. Total, ¿qué le iba a servir la actitud de una loca?

-Siento que tengas que compartir tu cuarto conmigo. Podría dormir en el sofá…

-No hace falta. Puede que notes el guisante y ya la tenemos liada.- la joven rubia puso una expresión de incomprensión al no entender la referencia.- Olvídalo.

-No tengo ningún sitio al que ir. Tu tío ha sido muy considerado al acogerme en su casa.

Lola rio sarcásticamente. Definitivamente la había drogado.

-Oh, sí, mi tío es muy considerado.

-Me ayudó a salir del centro psiquiátrico.

-Sí, tiene esa odiosa manía de ser extremadamente bueno en su trabajo.- le dio una calada al cigarro.- ¿Para qué sirve si con la familia eres un inepto desgraciado y amargado?- sintió una punzada en la cabeza. Tabaco y alcohol. Nunca fueron grandes amigos, ¿no? -Por ejemplo, sin ir más lejos, hoy era el cumpleaños de mi abuela… La que murió. Seguro que no te lo ha dicho, le importaba una mierda su hermana… ¡La metió en un psiquiátrico cuando era joven! ¿Te lo puedes creer? ¿Sabes qué ha hecho? Nada. Dudo si quiera que supiese que era su cumpleaños… Total el mío fue hace un mes y lo único que obtuve fue… Oh, sí, con que me mantenga en su casa me debe bastar… ¡El esfuerzo que está haciendo por no dejarme en la calle!

-Siento lo de tu abuela.

-Oh, Sam.- le dijo mientras se levantaba y le daba otra calada más larga al cigarro.- Es imposible que sientas la muerte de mi abuela. ¡No sabes qué es que te quiten la única persona en el mundo que se preocupa por ti!

-En realidad, sí que lo sé.- musitó Samantha con algo de tristeza.- Mi hermana desapareció hace más de un año y tengo que buscarla.

Lola puso los ojos en blanco. Delirios de una loca, parte 1. Y nada más acababa de empezar.

-Sí, lo que sea.- contestó sin prestar atención a lo que Sam (Sam sonaba menos a prostituta y estaba seguro de que a su tío no le iba a gustar) dijese.- Vale, sí, pierdes a alguien… Muy mal todo, muy triste. ¿Te cuento cómo murió mi abuela? Bien, yo acababa de llegar de clase, o bueno, en realidad eso es lo que le dije a los policías, no podías decirle que te la habías saltado… Y allí estaba en el pie de las escaleras con la mirada perdida. Sabía que estaba muerta pero tenía que sacudirle por si eran imaginaciones mías. Y justo cuando la sacudo, escucho un ruido en la parte de arriba de la casa. Cuando subo, veo una sombra que desaparecer en el aire…- se rio secamente.- Si hubiese sido por mi tío, al que adoras, me hubiese metido en tu clínica para dementes.

-A veces, en momentos de shock…

-Qué bien te sabes la teoría, ¿eh?

Cruzaron una mirada extraña, que ninguna de las dos supo interpretar.

-¿Qué dijeron los médicos?

-Infarto, por supuesto. No sé cuántas mil millones de personas mueren por infartos en una semana. Y se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor… Estúpidos médicos.-lanzó una bocanada de humo hacia la ventana.- No fui al funeral, ¿sabes?- no esperó respuesta. Su estómago hizo un giro. ¿El alcohol o sus sentimientos?- Y no porque no quisiera… Que aunque no sea mi pasamiento favorito ver a un muerto, tenía que estar allí para que no estuviese sola… Sino porque ni a mi madre ni a tío ni a los médicos se les ocurrió decirme el nombre de mi abuela.

-¿No sabías el nombre de tu abuela…?

-¡Claro que sí! Juliette Robertson. -bufó.- Pero nadie me dijo que en los documentos oficiales se llamaba Ivonne Donovan.

Samantha frunció el ceño. Aquel nombre le sonaba y no sabía de qué. Tuvo que olvidarse de  aquello porque Lola empezó a vomitar en sus pies.

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Queridos lectores (fantasmas, amigos, os quiero a todos ya)

Bueno, pues aquí una pieza más para el rompecabezas (nunca mejor dicho). Solo quiero haceros recordar…Que os intentaré seguir sorprendiéndoos. Cuidado con lo que maquinan esas extrañas mentes…

¡OLEADA DE TEORÍAS, POR FAVOR!

Con cariño,

-A.

P.S: Subiré dos capítulos más antes de fin de año…Son 30 en total, así que todavía quedan misterios por resolver y nuevos misterios sobre los que pensar…