Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← La Tercera Generación de Hogwarts III · de

La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 25

Capítulo 17: La suerte está echada.

-Te aseguro que está todo en orden…

-No me interrumpa, Morgan.- le exigió un hombre en un abrigo largo y negro con mirada de severa preocupación. - El hecho de que traiga una paciente a su casa hará levantar dudas sobre su reputación. Sobre nuestra reputación. Haga el favor de llevarla en ocasiones a la clínica para hacerle revisiones y que tome sus pastillas, no queremos que haya incidentes, doctor Morgan, ¿a qué no?

-Le aseguro que la señorita Samantha Smith está en perfectas condiciones, doctor Regan. No tiene de qué preocuparse…

-Ya conocemos su historial acerca de las causas perdidas, doctor Morgan. Espero que esta vez también tenga usted razón.

  • el joven doctor miró hacia la izquierda del médico recién jubilado con escepticismo. Aquella muchacha de ojos asustadizos solo le traería problemas a su ídolo en psiquiatría. -Cuide del doctor, señorita Smith. Nos veremos pronto.

La mirada que le lanzó a la joven fue de rechazo, de desafío. De amenaza. La pálida joven se encogió sobre sí misma. Miró hacia abajo. De eso se trataba su vida últimamente. No había sido fácil convencer que aquello que los ojos del doctor Morgan habían visto era cierto. De hecho, fueron varias veces las que volvieron al andén para comprobar, que si cerraban los ojos y creían en la magia, atravesarían aquel portal. Las sesiones entonces se volvieron instructivas por parte de Samantha hacia su futuro salvador. El doctor Morgan no tardó en enviar documentos a los superiores del centro médico que indicaban la mejora, que había comenzado antes de aquel suceso, de aquella intrépida paciente. Por supuesto, dada su reputación, consiguieron facilitarle la salida del psiquiátrico. El único obstáculo fue el doctor Finn Regan, quien veía demasiado sospechoso que la paciente fuese acogida por el doctor Morgan bajo su mismo techo. Quería demasiado al doctor y necesitaba protegerle de las mentes retorcidas de los pacientes más feroces.

Por eso se encontraba allí aquel día. Finn Regan quería asegurarse de que Samantha supiese que la estaba vigilando. Que no se fiaba de ella. Que sabía que ocultaba algo. Y Samantha le temía. No porque fuese mala persona, ni mucho menos, apreciaba su vocación por el doctor Morgan y lo comprendía a la perfección. Pero temía que descubriese algo. La magia. Seguramente ya había hecho mucho daño al mundo mágico revelando ese secreto a su benefactor.

-Adiós, Finn.- se despidió el hombre mayor abriéndole la puerta y cerrándosela tras pasar. Miró con una cándida sonrisa a Samantha. Sin lugar a dudas, la paciente más prometedora de toda su historia al servicio de las mentes dementes. Quizás le tenía tanto aprecio porque le recordaba demasiado a su hermana de joven, aquella chica que enloqueció y que hacía menos de un año había muerto en extrañas circunstancias, dejándole al mundo una hija demasiado ocupada y una nieta demasiado rebelde. Achinó sus ojos hacia Samantha cuando escuchó un aullido fuera de su casa. Un silbido descarado hacia el joven doctor que acababa de salir por la puerta.- Es hora de que te presente a mi sobrina nieta, querida.

Unas llaves sonaron en la puerta principal. Se oyó un golpe en la puerta y unos susurros. Más bien maldiciones. Samantha se mordió el labio. Aquella iba a ser su compañera de habitación durante una larga temporada. Y por lo que le había contado su doctor, no iba a ser un camino de rosas.

-¡Maldita sea! ¿Es que los ingleses no pueden hacer una cerradura en condiciones…?- una muchacha menuda con el pelo caoba y los labios pintados de color berenjena apareció detrás de la puerta. Tenía una expresión furiosa y un brillo extraño en sus ojos marrones -Ojalá hubiese una tercera guerra mundial y muriesen todos… God save the shit…- tarareó riéndose de su propia versión  de uno de los himnos nacionales de Inglaterra.- Oh, mierda.

Lola Cavanaugh vio a su tío abuelo mirándola fijamente, con algo de sarcasmo. Aun no se acostumbraba a que no llevase su bata de doctor y que se dejase barba porque ya estaba jubilado y no tenía que preocuparse por la imagen que tenía que dar a sus pacientes. Le sorprendió ver a una muchacha a sus espaldas. Cerró los ojos y se llevó la mano a la frente con dramatismo. Porque la había cagado en realidad. Esperó que la avispada mente de su tío no se diese cuenta de un pequeño detalle. O gran detalle. La ginebra no le dejaba percibir bien las distancias, las cantidades  o las miradas de descaro. Puto Beefeater.

-Esta es Lola, Samantha.

-Interrumpo algo importante, ¿verdad? Joder, siempre lo hago.- se acercó a la antigua paciente del doctor y la olió. No había una razón exacta para hacer eso, simplemente le apetecía saber su olor. Contempló su rostro borroso. Era bonita. Demasiado para estar allí con su tío.- ¿Ahora te van las prostitutas de alta alcurnia, doctor? Sí que os pagan bien en ese loquero…

Guardó un manojo de llaves en el bolsillo de su chupa de cuero. Tenía que ocultar más de una prueba, después de todo… Aunque al parecer su tío no ocultaba nada. ¿Pretendía casarse con una prostituta? ¿Por eso estaba allí? ¿Qué se creía, Richard Gere en Pretty Woman? Oh, por favor la menopausia varonil estaba rozando límites desconocidos.

-Cuida tus modales, Lola. Es una antigua paciente, se va a quedar aquí durante una temporada.

Lola abrió con sorpresa sus ojos. Soltó una risita.

-¿Ahora te tiras a las pacientes? ¡Y encima jóvenes! Menudo abuelete estás hecho, ¿eh?…Supongo que dormirá en mi cuarto, ¿no? En la otra cama, sí… - arrastraba las palabras lentamente y hacía gestos con las manos para corroborar su discurso.- No sé si me gusta esa idea, ya sabes… - frunció el entrecejo, buscando las palabras adecuadas.- Privacidad y todo ese rollo. O quizás peor, o sea, si pretendéis hacer algo, tú te tienes la cama de matrimonio.

-¡Lola! No pretendo hacer nada indecente con Samantha.

-Samantha.- repitió Lola y rio durante unos prolongados segundos. Una lágrima de la risa se le escapó. Qué original.-  Es nombre de prostit…

-Basta, Lola.- le cortó bruscamente el doctor Morgan, sin llegar a sonar grosero. Se acercó a su sobrina nieta y le quitó las llaves del bolsillo. Examinó unas en particular. No eran llaves de una casa, o de una taquilla. - ¿Estas llaves son de un coche?

-Moto.- corrigió ella, demasiado feliz.- Mimoto.- Se arrepentiría más tarde de aquello, desde luego. Del numerito que estaba dando. No, no era educada pero mantenía sus comentarios a raya para no parecer vulgar ante su prestigioso tío. Si no fuese por la ginebra, tendría ganas de pegarse un tiro.

-Eso es imposible, querida, tan solo tienes 14 años.

La joven bufó.

-Mi carné no dice lo mismo.- le quitó las llaves de la mano con torpeza y le miró fijamente. Como desafiándole. - ¿Algo más?

-¿Has bebido? -olisqueó el aura de la joven que se mordió el labio y miró hacia otro lado. Ups, la había pillado.- Alcohol. ¿Has estado bebiendo?- el tono de su tío se exasperó. Como si no tuviese pinta de haberse pegado borracheras de joven. O como si aquello no fuese algo normal en la sociedad de ganados de alcohólicos. El doctor Morgan no recibió respuesta.- ¡Por el amor de Dios! ¡Eres demasiado joven! ¿Quién te compra el alcohol?

Lola pareció ofendida ante aquella pregunta. ¿Pretendía que le cortase el suministro de alcohol? ¿Qué se creía aquel hombre? Le miró con desprecio.

-No sabía que te importase tanto lo que hiciera fuera de casa…- le espetó.- Además, estoy de celebración.- sentenció mirándolo como si fuese una amenaza.

Le echó una ojeada a Samantha, aunque había olvidado ya el nombre y lo que era. Estaba enfadada. Su tío era un insensible. Si se hubiese molestado aunque fuese una milésima de preocuparse por Lola, sabría por qué estaba justo aquel día así.  Pero claro, para él era una joven irresponsable porque vestía con tachuelas, se teñía el pelo y se pintaba como "si fuese a una fiesta para adultos". Hacía tiempo que habían cambiado de milenio.

-Lo único que hay que celebrar en esta casa es el día en el que comportes como una señorita, ¿de acuerdo?- le dijo, cogiéndola del brazo cuando la joven pretendía subir las escaleras hacia su cuarto.

Lola contuvo sus fuerzas y exhaló una larga respiración.

Le miró con odio.

-¡Hoy era su cumpleaños!

Morgan suspiró. De pronto, era como si todas sus barreras hubiesen caído. La miró con lástima, lo que la enfureció más.

-Ella no estaría orgullosa de ti.

La joven se sacudió y se soltó bruscamente.

-¡Y qué más da si ya está muerta!

Corrió escaleras arriba. No miró atrás. Las lágrimas luchaban por salir pero no le iba dar el gusto a su tío de llorar. Porque Lola Cavanaugh era una joven fuerte y tan solo lo hizo dos veces en su vida.

Abrió con fuerza la puerta de su cuarto, dejándola abierta. Le importaba una mierda si venían a verla. Aunque sabía que su tío la ignoraría durante semanas. O meses. Al fin y al cabo, era lo que había hecho desde que se vio obligada a mudarse allí porque su madre estaba demasiado ocupada viajando de allá para acá o viviendo en un piso en la City para no tener que lidiar con su revolucionaria hija. O porque su abuela había muerto, o había sido asesinada, según la versión, aunque la suya a nadie le importaba, y la echaba demasiado de menos. O porque su padre la había dejado sola en el mundo hacía diez años y desde entonces tenía que fingir que todo estaba bien. Pero no, en absoluto.

Buscó desesperadamente un mechero en uno de sus cajones y sacó un paquete de Lucky Strike. Se encendió un cigarro y se sentó sobre la cama de la muchacha que había sido invitada a su casa, obviamente sin que antes se lo hubiesen consultado, porque ella no tenía ni voz ni voto desde hacía mucho tiempo. Esparció las cenizas por la almohada y se rio para sus adentros.

-Hola.- dijo una voz demasiado dulce en ese momento.

Se arrepintió de haber rociado las cenizas. Sobre todo porque la había visto. Joder.

-¿Qué quieres, rubia?

-Puedo irme si te molesta mi presencia.

Lola bufó y se encogió de hombros.

-Aun no me molestas.

Sin pedir permiso, porque su dormitorio iba a ser compartido sin que ella quisiese, la tal Samantha entró. Y se sentó a su lado. Olía a jabón, a un perfume fresco y a fármacos. No era cálido, pero la sonrisa que le estaba transmitiendo era acogedora. Sincera. Total, ¿qué le iba a servir la actitud de una loca?

-Siento que tengas que compartir tu cuarto conmigo. Podría dormir en el sofá…

-No hace falta. Puede que notes el guisante y ya la tenemos liada.- la joven rubia puso una expresión de incomprensión al no entender la referencia.- Olvídalo.

-No tengo ningún sitio al que ir. Tu tío ha sido muy considerado al acogerme en su casa.

Lola rio sarcásticamente. Definitivamente la había drogado.

-Oh, sí, mi tío es muy considerado.

-Me ayudó a salir del centro psiquiátrico.

-Sí, tiene esa odiosa manía de ser extremadamente bueno en su trabajo.- le dio una calada al cigarro.- ¿Para qué sirve si con la familia eres un inepto desgraciado y amargado?- sintió una punzada en la cabeza. Tabaco y alcohol. Nunca fueron grandes amigos, ¿no? -Por ejemplo, sin ir más lejos, hoy era el cumpleaños de mi abuela… La que murió. Seguro que no te lo ha dicho, le importaba una mierda su hermana… ¡La metió en un psiquiátrico cuando era joven! ¿Te lo puedes creer? ¿Sabes qué ha hecho? Nada. Dudo si quiera que supiese que era su cumpleaños… Total el mío fue hace un mes y lo único que obtuve fue… Oh, sí, con que me mantenga en su casa me debe bastar… ¡El esfuerzo que está haciendo por no dejarme en la calle!

-Siento lo de tu abuela.

-Oh, Sam.- le dijo mientras se levantaba y le daba otra calada más larga al cigarro.- Es imposible que sientas la muerte de mi abuela. ¡No sabes qué es que te quiten la única persona en el mundo que se preocupa por ti!

-En realidad, sí que lo sé.- musitó Samantha con algo de tristeza.- Mi hermana desapareció hace más de un año y tengo que buscarla.

Lola puso los ojos en blanco. Delirios de una loca, parte 1. Y nada más acababa de empezar.

-Sí, lo que sea.- contestó sin prestar atención a lo que Sam (Sam sonaba menos a prostituta y estaba seguro de que a su tío no le iba a gustar) dijese.- Vale, sí, pierdes a alguien… Muy mal todo, muy triste. ¿Te cuento cómo murió mi abuela? Bien, yo acababa de llegar de clase, o bueno, en realidad eso es lo que le dije a los policías, no podías decirle que te la habías saltado… Y allí estaba en el pie de las escaleras con la mirada perdida. Sabía que estaba muerta pero tenía que sacudirle por si eran imaginaciones mías. Y justo cuando la sacudo, escucho un ruido en la parte de arriba de la casa. Cuando subo, veo una sombra que desaparecer en el aire…- se rio secamente.- Si hubiese sido por mi tío, al que adoras, me hubiese metido en tu clínica para dementes.

-A veces, en momentos de shock…

-Qué bien te sabes la teoría, ¿eh?

Cruzaron una mirada extraña, que ninguna de las dos supo interpretar.

-¿Qué dijeron los médicos?

-Infarto, por supuesto. No sé cuántas mil millones de personas mueren por infartos en una semana. Y se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor… Estúpidos médicos.-lanzó una bocanada de humo hacia la ventana.- No fui al funeral, ¿sabes?- no esperó respuesta. Su estómago hizo un giro. ¿El alcohol o sus sentimientos?- Y no porque no quisiera… Que aunque no sea mi pasamiento favorito ver a un muerto, tenía que estar allí para que no estuviese sola… Sino porque ni a mi madre ni a tío ni a los médicos se les ocurrió decirme el nombre de mi abuela.

-¿No sabías el nombre de tu abuela…?

-¡Claro que sí! Juliette Robertson. -bufó.- Pero nadie me dijo que en los documentos oficiales se llamaba Ivonne Donovan.

Samantha frunció el ceño. Aquel nombre le sonaba y no sabía de qué. Tuvo que olvidarse de  aquello porque Lola empezó a vomitar en sus pies.

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

Sentía cómo su mayor enemigo se reía de él desde la tumba. ¿Quién le dijo que iba a ser para siempre feliz desde que lo derrotó? ¿Quién le aseguró una vida sin problemas? ¿No debería estar acostumbrado a lidiar con aquellas sacudidas que lo devastaban? Quizás ya estaba demasiado viejo. Quizás aquellas tormentas le dejaban peor. O quizás había perdido la fuerza que antes le hacía ser el héroe que todos necesitaban. Porque, en realidad, él nunca se consideró uno. Héroe había sido su padre, su madre, Sirius Black, Severus Snape, Albus Dumbledure, Remus Lupin, Tonks, Dobby, Cedric. Los Weasley. Hermione. Ron. Ginny. Luna. Neville. No había un solo héroe. Pero parecía que el peso del mundo estaba solo sobre sus hombros.

Sentía demasiada rabia acumulada en su interior. Furia. De esa que solo se desataba lanzando hechizos. De esa que solo se sanaba cuando abrazase a su hijo de nuevo. Cuando supiese que todo aquello era solo una de sus pesadillas. ¿Era mucho pedir?

Harry Potter tenía que encontrar a su hijo.

De nada servía buscar a Ivonne. Se había dado cuenta de que era una tarea imposible. Que incluso podrían estar burlándose de ellos. Aunque, claro, después venía Ed Rolling con informes que decían que su tío había estado buscando a Ivonne desde hacía mucho tiempo y entonces aquello parecía más real. Más real que el hecho de que su hijo estuviese en perfectas condiciones. Le dolía admitir aquello tanto que sentía como su corazón se desangraba.

Miró con desesperanza el final del callejón londinense en el que se encontraba.

-El gran Harry Potter con una botella de Smirnoff.- comentó una figura que sobresaltó al hombre señalando su botella medio vacía. La figura se rio.- ¿Te has rendido ya?

El aludido se limpió la boca con la manga de su camisa y se levantó rápidamente, entornando los ojos para descifrar la identidad de su acompañante nocturno.

-¿Quién eres?

La figura se rio. Harry pudo contemplar su rostro bajo la luz de una farola a punto de fundirse. Una suave capa de barba abrazaba los costados de su rostro. Tenía la cara algo redonda, una nariz afilada y unos ojos azules sobre dos sombras oscuras demasiado penetrantes. Le miraba con una sonrisa de suficiencia. Con prepotencia. Las arrugas que enmarcaban su boca estaban tensas.

-Soy la peor pesadilla de tu hijo.

En aquel momento, fue la expresión de Harry Potter la que se endureció. Se acercó fugazmente a la figura que se imponía ante él y sacó su varita.

-Cómo te atreves a…

-Tranquilo, Potter. Solo vengo a cerciorarme de que estás preocupado por tu hijo, buscándolo en el fondo de una botella de vodka… Déjame darte un consejo: en unos meses, quizás sí que lo encuentres en la morgue.

-ARRGH

El frustrado padre lanzó un puñetazo fallido al rostro de aquel hombre. No sabía quién era. No le importaba. Sintió un deseo peligroso de acabar con él.

-Oh, por favor, ¿en serio crees que vas a poder conmigo?

Harry Potter, al fin, cayó en la cuenta de quién había ido a verle.

-Tristán McOrez… Al fin tengo el placer.

-Seguro que lo tienes.

-¿A qué has venido?- preguntó Harry, sabiendo que no podía acabar con él estando ebrio.- ¡CONTESTAME!

Tristán McOrez soltó una risa fría.

-A reírme de ti.

Y se rio de él. Y se dio la vuelta, sabiendo que la furia que contenía Harry Potter lo anclaría al suelo. Sabiendo que estaba deseando matarlo, pero que no lo haría porque pensaba llevar a cabo una venganza mayor. Porque le había hecho demasiado daño. Había dañado su reputación, aunque no contase a nadie aquel encuentro.

Estúpido Potter.

No encontraría jamás a Ivonne. No tenía medios. No tenía la inteligencia necesaria. Deberían haber acudido a Hermione Weasley. Bajo presión podría haber dado con Ivonne en cuestión de días. Pero, claro, su jefe quería causar temor en la población mágica y el hijo de su héroe favorito era el indicado. Albus Severus Potter. Se mofó tanto del nombre como de lo que suponía. Vivía bajo la sombra de una familia poderosa. Quería ser como su padre aunque evitaba que el mundo supiese que seguía su camino. Se disfrazaba con un aire de timidez. A él no le engañaba, sabía que era más inteligente que su padre. Sabía que su mente era retorcida. Pero tampoco para tanto. Era un títere de las circunstancias. Como lo fue su padre. El mundo creería que era un héroe por el hecho de ser secuestrado. El mundo era un lugar para ignorantes. Para lerdos. Para paletos.

Se desvaneció en un callejón bajo la mirada asesina de Harry Potter. Y se volvió a reír de él porque era patético. ¿De verdad creía que él encontraría a Ivonne cuando en más de cuarenta años nadie la había encontrado? ¿De verdad se creía tan especial? Lo peor de todo es que tenía  Inglaterra bajo sus pies.

El mundo necesitaba un cambio.

Apareció en un pasillo oscuro lleno de celdas. Con una puerta blanca al fondo. Suspiró. El mundo estaba a punto de cambiar, al fin. Tenía los días contados. Ya habían empacado aquellas personas que se embarcarían en la nueva arca de la salvación. Volvió a reír. ¿Qué mundo era peor: el mágico o el muggle? ¿Es que acaso había alguna diferencia? Panda de lerdos. Se les daba un poder ancestral y tenían la necesidad de desperdiciarlo.

Abrió una de las puertas.

-Acabo de estar con tu padre.- dijo alegremente.

La figura tendida en el suelo, envuelto en lo que parecía un saco de tela alzó el rostro hacia su visitante. Había adelgazado considerablemente. Se le notaba en los costados de su cara. Tenía ojeras de no poder dormir por pensamientos demasiado turbios. O porque los sueños eran demasiado turbulentos.  Tenía el labio reventado. Una ceja rota. Y la sangre se había secado en su camisa. Parecía una persona totalmente diferente. Más viejo. Más maduro. Más cansado. Con menos esperanza que nunca.

Solo había una cosa que seguía igual: el brillo esmeralda de sus ojos.

-Como le toques un pelo…- susurró. Fue un susurro impregnado de odio que hizo sonreír a Tristán McOrez. Al final iban a crear a un ángel vengador…Si es que salía con vida de aquella celda. Se incorporó a duras penas sobre su propio peso. Sus brazos estaban excesivamente delgados. Nunca había sido esbelto, pero aquella delgadez era enfermiza. Desafió a Tristán McOrez.- Mátame.

El hombre rio.

-Tu padre y tú tenéis una curiosa facilidad para rendirse…

Albus Potter tosió, haciendo sacudir todo su endeble cuerpo.

-No. No me estoy rindiendo. Sé que si me matas, no podrás chantajear a mi padre. Sé que me matarás cuando obtengas lo que quieras… Hazlo ya y ahórrame tiempo.- le espetó.

Tristán se rascó la barbilla con intriga.

-Creéme que no me importaría hacerlo…

-Creía que a ti no te mandaba nadie, Tristán McOrez.- Albus se mofó. No estaba en condiciones para reírse de uno de sus torturadores, pero… Qué más daba. Le harían lo que quisieran igualmente.

El hombre le miró con sorna.

-Me gustas así de sarcástico… Creía que, ya sabes, eras un títere de esa muchacha… ¿Cómo se llama? ¿Allison? ¿Annabeth? ¿Alice?

-Déjala.- su voz sonó ronca.

Tristán McOrez alzó una ceja, con sorpresa.

-¿Sabes que os está traicionando a todos y aun así la estás protegiendo? No sabía que el amor juvenil podía ser tan… ¿Cómo decirlo? ¿Tolerante? ¿Esa es la palabra?

-La estás obligando, por Merlín, Alice jamás haría algo así.- dijo aquello como si se lo hubiese repetido así mismo cientos de veces.

-¿De verdad crees que la obligamos? Papi es el director y yo aun así, dejo que me manipulen... ¡Por favor, Albus Potter, no puedes esperar que tu novia sea tan tonta! Después de todo es una Slytherin, ¿no?

-Alice no es así.- repitió con perseverancia.

-¿Sabes qué? Quizás tengas razón.- Albus puso los ojos en blanco.- Puede que esté así porque le estemos chantajeando… ¿Te contó que su hermano Frank está bajo amenaza permanente? En peligro de muerte, para ser exactos.

El joven frunció el entrecejo.

-Alice no tiene hermanos.- le contestó como algo obvio.

-¿Eso piensas?- Albus apretó su rostro.- Oh, claro… Te ha mentido. A ti y a todos. Se llama Frank Longbottom. -Tristán McOrez se acercó a él y le entregó una foto. Alice estaba rodeando con los brazos a un joven mayor que ella. - Se parecen demasiado como para poder negarlo… Lo siento, Albus. Es muy feo que tu chica te haya mentido durante toda su vida, ¿no? También te dijo que nos dijo que no colaboraría con nosotros y lo ha seguido haciendo.- el entusiasmo de aquel hombre, la teatralidad, le dolía a Albus.

-Mientes.

-No soy un mentiroso, Albus…Al parecer, tu amiga sí. ¿Te ha dicho que nos regaló la piedra filosofal?

-Mientes.

-Eso fue el año pasado, claro. Ahora hace cosas más útiles y más…Cotidianas. Qué raro que Alice haya sido tan buena y tan cariñosa contigo los días anteriores a que te cogiéramos, ¿no? ¿Sabría que te íbamos a secuestrar?

-Alice jamás sería así.- le dijo seriamente.

-Y, bueno, gracias a su piedra filosofal hemos conseguido hacer avances increíbles…

-¡La piedra filosofal está en el Bosque Prohibido escondida!

-¿Y quién sabe dónde…?

-Neville Longbott…-Albus cerró la boca bruscamente y rugió en su fuero interno.- ¡MIENTES!

Tristán McOrez rio ante la desesperación de Albus al conocer la verdad. Pobre crío. El mundo seguramente parecería maravilloso desde su punto de vista. No tenía previsto que se comportase así, pero le estaba encantando.

-Te has enamorado de una mentirosa, Albus. Son las peores. Te cogen el corazón y lo aplastan con tus mentiras… Y no solo eso, sino que hará como si nunca hubiese pasado. Unas verdaderas zorras, si me permites la expresión.

-Calla.

-El primer paso es aceptarlo, Albus.

Le guiñó el ojo y cerró la puerta tras él.

Le dejó con la foto de Alice y su supuesto hermano. Su hermano ficticio. Podrían haber modificado aquella foto. Tenían tantos medios para engañarle. Una tortura psicológica. Albus sabía que se trataba de aquello. Porque era imposible que Alice les traicionase así, ¿no? Alice. Era Alice. Te has enamorado de una mentirosa, Albus. ¿Estaba enamorado? ¿Era como lo que Ted sentía por Victoire? ¿Lo que su padre sentía por su madre? ¿Eso insinuaba aquel hombre? ¡NO! Era distinto. Albus jamás babearía por Alice. Jamás sería el perrito faldero que su padre, en ocasiones, parecía acatando las órdenes absurdas de su madre. Con Alice era distinto porque no quería ir detrás de ella, no tenía esa necesidad de estar siempre a su lado, de tener su aprobación, de buscar su mirada entre las de todos los demás. Albus no estaba enamorado. Si es que aquello era enamorarse. Albus estaba desmoronado.

Albus Potter sabía, en el fondo, por mucho que le costase admitirlo, que McOrez decía la verdad.

Alice era una mentirosa nata.

Alice era ambiciosa.

Alice guardaría un secreto así hasta su tumba.

Se llevó las manos al rostro.

Alice podía ser una traidora si así salvaba a los demás. Porque la conocía.

Odió pensar en ella como si fuese a perderla. Como si le estuviese diciendo adiós. Odió pensar así en ella porque Alice era alguien quien necesitaba en su vida, quien le ponía los pies en el suelo y que cuyos labios eran jodidamente suaves.

Rugió para sus adentros.

¿La acababa de perder?

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

-Nos casamos.

Nadie se lo creyó. Al menos, eso decían sus rostros. Atónitos. Como si de pronto hubiesen sido desconectados. Como si la sangre de sus caras hubiese dejado de fluir. ¿Tan poco era para tanto, no? ¿No era ese uno de los momentos que llevaban esperando años y años?

Él sonreía jovialmente. Su rizado pelo rojizo estaba cuidadosamente peinado.  Vestía una camiseta de manga larga de color gris y unos pantalones vaqueros. Había dejado su look de domador de dragones. Ella se lo había pedido. Decía que no era agradable para la vista. Sus pantalones de talle alto rejuvenecían su figura. Miraba, con sus cálidos ojos rasgados, a la familia del que iba a ser su marido. Tenía el estómago encogido, y si no fuese porque la estaba cogiendo de la cintura, se hubiese desmayado hacía rato. No solo era la primera vez que veía a sus futuros suegros, o a la mayor parte de la familia Weasley reunida, sino que les habían soltado una noticia delicada, parecía ser.

-¿De qué estás hablando, Charlie?- soltó George Weasley.

El aludido se mordió el labio y  miró con alegría a cada miembro de la Madriguera que se encontraba allí. George parecía el más afectado. Su mandíbula iba a rozar el suelo. Ya no portaba ese aspecto depresivo del que le había costado despojarse. Angelina soltó una risita, que no llegó a sus ojos. Quizás aquella situación le resultada paradójica o simplemente absurda. Percy parpadeaba varias veces y asentía como sin acabar de procesar la información. Bill le miraba como si fuese un rompecabezas. Fleur era la única que parecía contenta por la decisión de su cuñado. Victoire le secundaba, anidando al joven Remus en sus brazos. Ted le miraba con una mezcla de sorpresa y desconcierto. Hermione, a su lado, aguantaba la risa. Ron  estaba paralizado, así como Arthur y Molly. Ginny fue la primera en salir de aquel estado.

Corrió a abrazar a su hermano mayor.

-Enhorabuena, Charles.- le susurró en el oído y le besó la mejilla. Miró a Alexis, su acompañante. Y le dio un acogedor abrazo.- Bienvenida a la familia.

-Fe…Felicidades, hermano.- dijo Bill.

-Sí…Felicidades, enhorabuena, buena suerte.- Percy aún seguía parpadeando seguidamente.

-¡Joder, hermano!- George Weasley fue a abrazar a su hermano.- ¡Una boda! Siempre pensamos que morirías soltero con docenas de dragones en tu jardín…

Fleur se acercó a Alexis.

-¿Estás preparada para formar parte de esta familia?- le preguntó con cierta burla, dándole un abrazo.- Esta es Victoire y este es mi nieto Remus.

Alexis hizo un gesto con la cabeza. Definitivamente se había quedado muda.

Ted se acercó a Alexis.

-Yo soy Ted Lupin, ¿tú eres la auror que tiró Moonlight de un acantilado para que desapareciese en el aire, verdad?

La mujer rio.

-Y tú eres su amigo, ¿no? -Alexis agradeció que alguien fuese de algún modo cercano a ella para hacer menos tensa aquella situación.

El joven rio. Miró a Ron, a Arthur y a Molly. Los tres seguían paralizados.

-Bueno, mamá, papá, ¿os acercáis para que os presente a Alexis?

-Alexis.- dijo su madre, como tragándose algo duro de masticar.

-Claro, hijo.

-Por los calzones de Merlín…¡CHARLIE! ¡Casarte! Pero… Pero…Creía que eras el único hermano inteligente que nos quedaba…- dijo eso con temor, como si fuese a cometer el mayor error de su vida.- No sabes lo que estás haciendo, ¡huye antes de que tengas hijos y te chupen todo el dinero que traes a casa! -Hermione le dio una colleja. Ron miró con desesperación a su hermano.- ¡No dejes que te dobleguen!

La familia se sintió un poco incómoda, todos miraban de reojo a Alexis.

Esta soltó una carcajada. Charlie la secundó. Hermione rio también algo nerviosa. Todos rieron para suavizar el comentario de Ron.

-Nos gustaría celebrar la boda cuando estuviese Albus, así que lo esperaremos para empezar con los preparativos.- dijo Alexis.

En ese momento, se ganó el corazón de todos los Weasley.

Remus comenzó a llorar y Victoire se dirigió a la cocina para calmarlo. Quizás tenía hambre. Quizás había manchado el pañal. O quizás simplemente lloraba por llorar. Los bebés eran tan complicados. Ted la había seguido. Echó agua en un vaso y se la bebió. Miró a Victoire.

-Menuda noticia, ¿eh? ¿Conocías a Alexis?

Victoire negó. No podía confesar que se había puesto algo celosa porque Ted conociese a la despampanante mujer de la habitación que era la novia de uno de sus tíos favoritos y ella no. Se había sentido como una sobrina sin importancia. Quería hacer reír a Alexis como Ted había hecho. Por muy infantil que sonase, Charlie era su tío.

-¿Qué opinas sobre que se casen, Ted?- preguntó mientras olía el pañal de Remus, quien había empezado a jugar con el largo pelo de su madre.

-No me parece mal, es decir, si se quieren… Supongo que si esperan algo más serán demasiado viejos.- respondió sencillamente. Comenzó a jugar con los labios de su hijo y entornó los ojos. Lo amaba.

-¿Crees que nosotros deberíamos esperar?

-¿A qué?- cuestionó distraído. Miró la seria expresión de Victoire. Puso los ojos en blanco.- ¿A casarnos?- bufó.- ¿Lo ves necesario?- se burló.

Victoire frunció los labios. Retiró a Remus de Ted. Miró al padre de su hijo con desafío.

-Creo que deberíamos casarnos.

-Oh, Vic, somos demasiado jóvenes…

La joven alzó las cejas. Llevaba esperando ese momento mucho tiempo. Demasiado tiempo. Se lo habían imaginado miles de veces en su imaginación. Y nunca, nunca, era así.

-O sea…-comentó con retintín.- ¿Somos demasiado jóvenes para casarnos pero no para tener un hijo?

La mandíbula de Ted se encajó con fuerza. Su expresión cambió a algo de enfado.

-No tenemos por qué casarnos, Vic. Si tenemos a Remus, es porque nos queremos, no necesitamos una celebración para confirmarlo… A no ser que la pagues tú. Oh, espera… Que el que trae el dinero a casa soy yo.

-Mis padres lo pueden pagar.

  • Por favor, Vic. No te van a estar pagando siempre todos tus caprichos. Cuando ambos tengamos un trabajo y estemos económicamente estables, volveremos a tener esta conversación y verás cómo será diferente.  

La joven abrió la boca con indignación.

-¿Estás insinuando que ser madre no es un trabajo?-le espetó.

-Que yo sepa un trabajo es donde te pagan, Vic. Sí, ser madre es duro, pero vivimos en un mundo en el que las madres no siempre tienen que estar en casa.- le contestó, intentando no sonar muy brusco.

-Ted, yo necesito esa confirmación. Necesito una boda para saber que…

-¿Que te quiero? ¿Necesitas una boda para confirmar que te quiero? No quiero ninguna boda contigo si esa es la razón.- sentenció.

-No me lo puedo creer.- susurró Victoire mirando con desesperanza a Ted.- Me tratas como a una niña pequeña. Desde que tuvimos a Remus, es como si hubiésemos crecido a pasos agigantados…A veces pienso que haber tenido a Remus es… Fue…- sollozó en silencio. Esperando que Ted la consolase. Le miró con los ojos llenos de lágrimas. Ted la contemplaba con desconcierto. Con cierto enfado.

-Acaba esa frase.- le espetó. Tenía los ojos entornados. Como si tuviese rabia acumulada.- ¡ACABA ESA MALDITA FRASE!- le vociferó.

-¿Pasa algo?- Hermione se acercó a la pareja. Ambos la miraron con desatino.

Ted se marchó de la cocina y Victoire se dio la vuelta para que no la viese llorar. Remus seguía jugando con el pelo de su madre.

Hermione supo que algo iba mal. Y no fue difícil relacionar el anuncio de boda de Charlie con la pelea de la pareja. Salió de la cocina y buscó a Ted. Porque conocía desde que era un niño a ese joven, y sabía que sus problemas siempre intentaba solucionarlos solo, que su aparentemente valiente individualismo era su forma de admitir que no tenía a nadie en el mundo.

Lo encontró en el jardín. Sentado en una silla. Observando en trance el suelo.

Hermione se sentó a su lado.

-Quiere que nos casemos.- musitó exasperado.

La mujer sonrió para sus adentros.

-Y tú no quieres. ¿Por qué?- el joven alzó la cabeza. Tenía esa mirada nostálgica que solo enseñaba a Harry, a Ron y a ella. Los que habían sido las personas que lo habían criado. Porque sabía que eran lo más parecido a una familia que jamás tendría. Aquella mirada significaba que necesitaba hablar con sus padres. Cuando ponía aquella mirada, se le escapaba llamar a Harry "papá". Era su debilidad. -Tranquilo.-Hermione lo abrazó como si aún fuese el pequeño Ted que se sentía solo en la Madriguera. -Nunca hagas algo que no quieras. Si no quieres casarte, no lo hagas. Si de verdad te quiere, lo entenderá.

-¿Crees que hicimos bien al tener a Remus?

Hermione suspiró. No se esperaba aquello.

-Claro que sí. Un hijo es el mayor regalo del mundo. Un hijo siempre te amará incluso cuando estés equivocado, cuando le hagas daño o cuando le abandones. -Ted dejó escapar una lágrima. No era solo Remus el hijo en ese momento. Era él. Era él el hijo que amaba a sus padres incluso cuando no estaban.- Un hijo será siempre la persona que acudirá a sus padres. Estén donde estén. Les amará infinitamente. Les perdonará todos los errores. Es el amor más puro que existe.

Ted sollozó en silencio. Tardó poco en recomponerse. Miró dudosamente a los ojos de Hermione.

-¿Puedo no estar enamorado de Vic?

La mujer esbozó una triste sonrisa.

-Cariño…- Hermione suspiró.- Eso solo lo puedes saber tú.

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

El plan no le estaba saliendo para nada como esperaba.

Arrancó un trozo de hierba. Tiró las finas hierbas al otro lado. Contempló el panorama que parecía seguir sin problemas frente a ella. Estaba tumbada boca abajo en el césped de uno de los espacios abiertos dentro de Hogwarts. Probablemente se mancharía de verde el uniforme. Qué irónico. De verde. Las personas que cruzaban aquel patio la miraban poniendo los ojos en blanco o con rostros que mostraban pena. Como si tuviese una enfermedad o algo. Otros simplemente la ignoraban. Creían que era una niña enrabietada. ¿Y qué si lo era? Su hermano estaba secuestrado. Y sabía dónde. Y no podía hacer nada por salvarlo por mucho que le hubiese gustado. Necesitaba a Albus. Era cierto que con James siempre había tenido más apego, al fin y al cabo, James y ella eran los alegres. Albus era el independiente. El realista. Pero era su hermano. Y, aunque lo ignorase la mayor parte del tiempo, si alguien le tocaba un pelo, moriría. Ya estaba dicho. Lily Potter estaba dispuesta a matar por Albus. Sabía, por su madre, que el amor hacia un hermano era tremendamente poderoso. Tenía que proteger a Albus. Rescatarlo. Él haría lo mismo por ella. Y le daba igual si la gente no la veía como la heroína que sería porque lo que pensaba la gente le importaba una mierda. No quería ser héroe. Solo salvarle.

Y su plan estaba fallando demasiado. Seguía teniendo la maldita varita de Frank Badmood. Aunque no habían ocurrido más incidentes desde que apareció en la Madriguera. ¿Creía que aquella amenaza la había asustado? Pues sí. Y seguía estando asustada. Pero se tenía que enfrentar a sus miedos como a los Boggarts, ¿no? Si ya no funcionaba la varita, tenía que idear algo más. Necesitaba la ayuda de alguien que tuviese las mismas ganas que ella tenía de encontrar a su hermano. Pero que actuase. Y James estaba demasiado envuelto en un secretismo que había decidido dejar en paz. Estaba buscando otra forma de salvar a Albus, pero conocía a James…Jamás dejaría que su hermana pequeña estuviese en peligro. Gracias, James. Pero Lily era autosuficiente. A Rose no había quien la encontrase. Y con Alice casi nunca hablaba, tenía esa mirada de superioridad que la enfurecía. ¿Cómo podía estar Albus siempre con esa? Puso los ojos en blanco. Las demás primas eran demasiado mayores y no tomarían a Lily en serio. Y a Hugo le gustaban más los libros que la acción.

-Hola, Lily.- le saludó un joven alto y esbelto. Se sentó a su lado. Y le ayudó a seguir arrancando la hierba del suelo. Lily no le miró. -Sé que no me vas a hacer caso, pero deberías relacionarte con los demás que se preocupan por ti.- no obtuvo respuesta. El joven suspiró- Como yo, por ejemplo. Puedes hablar conmigo, ¿lo sabes, no? Tienes a otro hermano, ya sabes, más apuesto, más inteligente, más amable, más galán…- La joven esbozó una sonrisa. James le tocó la cara. Justo en el hoyuelo.- Como no sonrías más va a desaparecer. Eres bonita cuando sonríes, te pareces a mamá. -James sonrió.- Te echo de menos, Lily. Sé que no soy el hermano mayor más bueno del mundo… Pero compréndeme, soy un rebelde sin causa. Nadie puede amarrarme. -el joven rio ante su propia intervención.- No se me da bien hacer monólogos, ¿sabes? Albus dice que me gusta ser el centro de atención, pero no es cierto… Me gusta que la gente me responda.- Lily le miró de reojo.

James se acercó a Lily. Rodeó su cintura con sus manos. Y comenzó a hacerle costillas en los costados. El joven se desternilló cuando su hermana comenzó a sacudirse. Comenzó con una risa. Y acabó en una eterna carcajada que hizo que ambos llorasen de risa. Se removieron entre sí. Lily intentó escapar de las cosquillas de su hermano. Iba con ventaja. Estaba en forma física y sabía que su debilidad eran las coquillas.

-¡JAMES, PARA!- dijo mientras intentaba huir arrastrándose por el césped.

El joven paró. Atrajo a su hermana hacia sí. Sumergió su cabeza en su torso, lleno de césped y de verde. Y besó su coronilla. Se relajó. Y Lily también. Menos mal que su hermano la conocía. Menos mal que su hermano era la persona que más la quería en el mundo en aquel momento. Menos mal que James siempre estaba allí para Lily.

-Te quiero, Lily.- le susurró en la coronilla.

Solo en ese momento se dio cuenta de que había demasiados alumnos observando el espectáculo. Algunas que otras muchachas suspirando por tener un hermano mayor tan tierno como James. Pero, la mayoría, les miraba con pena. Porque sabían que aquello jamás lo hubiesen visto si Albus estuviese a salvo.

-Vete, James, no querrás que tus novias se pongan celosas.- le dijo con una sonrisa que llevaba tiempo sin esbozar.

El joven asintió. Había cumplido su misión de hacer feliz, aunque fuese por unos segundos, a su hermana pequeña. Necesitaba hacerlo para ser él también feliz. Cada Potter tenía su manera de expresar su mal estado. James era el que mejor parado salía. Fingía que todo estaba bien. Pero le costaba dormir. De hecho, aquel día había dormido nada más que dos horas. Sus sueños se volvían pesadillas. Y gritaba en mitad de la noche. Lily era una burbuja. No dejaba que nadie le hablase. Necesitaba asimilar todo a su ritmo. No quería que nadie la mirase. Necesitaba soledad. Algo complicado en un colegio lleno de alumnos. Y, por último, Albus era el más caótico. Albus era el que era rudo, el que estaba a flor de piel en cualquier pelea, una presencia perturbadora.

Scorpius había observado la escena de los hermanos con un sentimiento que no supo entender. Quizás como un modelo a seguir. Porque él iba a ser un hermano mayor muy pronto. Y no sabía cómo iba a ser un hermano mayor en condiciones cuando estaría derrotado por tantos hechos que eran difíciles de enumerar. Quería ser como James para Lily, pero sabía que ni él ni Daphne Theia iban a ser como ellos.

Estaba esperando a James en una columna al salir del patio. El joven Potter era seguido de su hermana, que evitó los ojos de Scorpius.

-Te estamos esperando, Potter.- le dijo. El aludido se llevó la mano a la frente.- Me alegra de que lo hayas olvidado…- añadió con sorna.

-¿Os acompaño?-preguntó Lily.

Scorpius miró a James en busca de una respuesta. El hermano mayor se mordió el labio.

-Es por el Quidditch, Li. Y tú, por ahora, no estás en el equipo.

El joven Malfoy frunció el ceño. Con extrañeza. Aquel gesto no pasó inadvertido por Lily.

-Como tú digas.- le espetó. A ambos.

¿Qué manía tenían con mentirle? Podrían haberle dicho que iban a una de esas patéticas reuniones en las que pretendían salvar a Albus, pero que nunca lo conseguirían porque eran unos elitistas que solo se querían a ellos mismos. Seguro que eran su hermano, Rose, Scorpius Malfoy, el primo Fred, su amiga Sue y cualquier otro estúpido más. ¿Alice? ¿Hugo? Por Merlín. ¿Habrían cogido a Lys?

Lily se dio la vuelta. Indignada. Así que, pretendían que ella volviese a ser la niña buena que siempre había sido -y que podía fingir volver a ser-, mientras que ellos se llevaban toda la acción. ¿Es que acaso no habían matado a un basilisco en su primer curso? ¿Por ser la hermana pequeña era la discriminada? Se equivocaban. Y se lo haría ver.  Aún tenía un as en la manga, ¿no? Aunque no sabía exactamente cómo jugarlo. O cómo sacarle provecho. No lo adivinaría nunca. Podría preguntárselo a Hugo, pero eso significaría que necesitaría ayuda. Y ella podía hacer lo que los demás creían que era incapaz sola. Y lo iba a conseguir.

Se dirigió a las mazmorras. Nunca antes había ido allí, pero siempre había una primera vez para todo. Si aquello fuese el mundo muggle habría indicaciones útiles que le mostrasen el camino. Pero no, aquello era el mundo mágico y había que complicarse demasiado para hallar algo. Por supuesto, tenía la magia como ventaja, claro, claro. Los alumnos que salían de las mazmorras se quedaban mirando fijamente a Lily. Su determinación siempre les había asombrado. Pero, en Slytherin, todo el mundo la tenía como una niña mimada. Como la hija pequeña del gran héroe que creía que todo se le iba a posar en la mano con suma facilidad. Que no se movería ni un centímetro para buscar a su hermano.

Supuso que una entrada majestuosa era la Sala Común Slytherin.

No pudo creerse la suerte que tuvo.

Alice Longbottom saliendo de allí.

Un segundo. ¿Con Renata Driggs? No era que hubiesen salido a la vez por casualidad, sino adrede. Iban juntas. Lily tenía que admitir que conocía muy poco a la amiga de Albus. Pero era consciente de que con los Slytherin no se llevaba muy bien. Era decir, que no iría con Driggs como si fuese su mejor amiga. Como si fuese Rose. Olía a gato encerrado.

Lily sonrió.

Podía conseguirlo sola, se repitió.

Con suerte, no la habían visto. Se dirigían por unos pasillos, que en la opinión de Lily eran pasadizos secretos similares a un laberinto. Joder, podría haberse traído la capa de la invisibilidad, o habérsela robado a Hugo. Bueno, tenía que fiarse de sus propias capacidades como espía. Siguiendo sus pasos, pronto las luces se atenuaron y prácticamente andaba a ciegas. Los muros se fueron estrechando. El suelo se fue emborronando. ¿Dónde estaban yendo?

-¿Has escuchado eso?- preguntó asustada Longbottom. - Detrás de nosotras. - Lily aguantó la respiración y se pegó a una esquina. Se cercioró de que no se distinguía su sombra. Un sudor frío le rozo la frente. Su pulso se aceleró.  Los pasos de Driggs se detuvieron. Murmuró algo.- Solo digo que si alguien nos sigue…

Driggs soltó un sonido de cansancio.

-Cállate.- le espetó. Sus pasos reanudaron la marcha.

Lily volvió a respirar con normalidad. Alzó el pie para dar un paso. Algo la cogió por la boca, apretándola fuertemente, haciéndole daño  sosteniendo con fuerza su mandíbula. Le agarró la cintura y fue atraída hacia un encapuchado mucho más alto que ella. Olía a barro. Y a sangre. La mano que agarraba su rostro estaba manchada de sangre. Observó los nudillos. Estaban sangrando. Como si hubiese pegado a alguien. Las cejas de Lily se alzaron. Se sacudió emitiendo gemidos. Tenía miedo. Estaba aterrorizada.

-¿A dónde crees que vas, pequeña Potter?- La joven se paralizó. Conocía aquella voz. Y tenía miedo. Frank Badmood. El joven asomó su cabeza por el pasillo para asegurarse de que Driggs y Longbottom se habían ido.- En serio, Potter, ¿a dónde ibas?

Le retiró la mano de la boca.

Lily tuvo que escupir el amargo sabor que le había dejado. Buscó los ojos de su enemigo en la oscuridad, aunque no los encontró.

-A por mi hermano.

-Eres un poco pesada, ¿no crees?- le dijo esbozando una sonrisa lobuna.- De acuerdo, te llevaré con tu hermano.

Lily por poco se atraganta con su propia saliva. Frank la abrió su capa y acercó con fuerza a Lily hacia su torso, escondiéndola bajo la oscuridad que su manto ofrecía. Sintió como el joven murmuraba un hechizo que conocía muy bien. Se agarró con fuerza al torso de su enemigo. Iba a ser trasladada a algún lugar. ¿Qué estaba pasando? ¿Realmente Frank Badmood iba a ayudarla?

La joven no vio nada cuando se desestabilizaron en un sitio cuyo suelo era barro. Seguía atrapada dentro de la capa de Badmood. Podía torturarla. Podía asesinarla en ese instante. Podía haber ido tan tranquila a una trampa solo porque pensaba que le iba a ayudar. O porque sus manos ensangrentadas le daban miedo.

-¿Dónde estamos?- susurró.

-Sssh…- le dijo Frank.- No querrás que te tenga que matar hoy…- musitó con cierto desdén. Lily negó en su torso.

Sintió cómo abría una puerta pesada de acero. Solo veía el suelo. Frank retiró la capa. Cerró la puerta tras sí y descubrió a Lily. Y Lily descubrió a Albus. Pero Albus parecía inconsciente.

-¡AL!- corrió hacia él. Este entornó los ojos. Frunció el ceño. Gruñó. Pero estaba tan cansado que se desvaneció. Su endeble cuerpo chocó contra el suelo. A Lily se le escapó una lágrima cuando fue a recogerlo. Lo arropó. Lo abrazó. Le besó. Contempló su rostro hinchado.  Como si le hubiesen pegado una paliza. Tensó su cuerpo. Miró hacia atrás para encontrarse con la expresión serena de Frank.- ¿Has sido tú?- el joven asintió. Se encogió de hombros.

Lily abrió la boca con furia. Apretó su abrazo contra su hermano. Y se relajó por un momento. El llanto no tardó en acudir. Lloró con la cabeza enterrada en el pelo de su hermano. Sus sacudidas removían el cuerpo débil de Albus. Quien susurraba palabras ininteligibles. Lloraba porque lo echaba de menos. Porque quizás hubiese preferido no verlo. ¿Moriría? Siguió llorando. Desconsoladamente. Dejando escapar todos sus sentimientos reprimidos.

-Lily, tenemos que irnos.- comentó Frank en voz baja.- Te van a descubrir.

Lily le miró con furia. De nuevo. Dejó con cuidado a su hermano y se acercó a Frank. Le cruzó la cara con una bofetada. Seguía sollozando levemente.

-Llévame al Lago.

Frank asintió. Cogió del antebrazo a Lily. Y susurró el hechizo traslador.

Aparecieron en una orilla rocosa del lago. Con el castillo de fondo. Los aurores del castillo no habrían registrado sus movimientos porque les había aturdido. Antes, cuando se marchó a la celda de Potter a pegarle una paliza. Porque su tío se lo ordenó. No sabía que objetivo tenía aquello. Miró a la joven que se secaba las lágrimas y trataba de relajarse.

-Cómo te dije, está bien.- comentó Frank.

Lily bufó y se rio sarcásticamente.

-¡No puede ni respirar!

-No está muerto, con eso debe bastarte.

-¿Qué? ¡Eres un monstro!- sollozó de nuevo. No le gustaba aquello. No le gustaba llorar. Y estaba haciéndolo delante de la última persona que quería. Su asesino. Frunció el ceño.- ¿Por qué me has llevado?

El joven ladeó la cabeza hacia ella.

-Sé lo que piensas. Gracias a la varita, me refiero, tus pensamientos son muy fuertes y me llegan directamente. Estás deseando buscar a tu hermano, ¿no?

-Salvarle.

-Eso es más complicado.

-¿Por qué lo has hecho? ¿Es una forma de torturarme?

-No, pero puedes pensar que así es. Así, el día en el que te mate creerás que es porque te odio o porque tu familia supone un reto para nuestro fin… Quizás para los demás sea así, pero no para mí. Tú no tienes culpa de que te mencionen en una profecía. Me serías indiferente sino fuese porque tengo que lograr que vivas hasta que, bueno, mueras.

-Eres un monstro.

-Puedes pensar eso si te hace sentir mejor.

-Pues que sepas que lo hace.- contestó Lily con prepotencia.- Pero sigo sin entender por qué has dejado que vea a Albus.

-¿No has dicho que era para torturarte? Piensa eso, Lily. -Frank suspiró. Estaba relajado.- Soy una persona cruel, un asesino. Quédate con eso y ten cuidado conmigo.

La joven se mordió el labio. Tenía miedo de Frank Badmood. Sobre todo en ese instante. Había pegado a su hermano. Tenía el poder de hacerla llorar desconsoladamente. De enseñarle a su hermano y arrebatárselo de nuevo. Era una tortura. Por supuesto que era una tortura. Frank Badmood siempre le haría daño.

-Eres un asesino.- susurró con desprecio.

El joven sonrió, orgulloso.

-Te quiero matar.- dijo Lily. Muy seria. Muy en serio. Le miró a los ojos con rabia. Con ira.- Te mataré. Y te arrepentirás de todas aquellas personas a las que has matado.

Frank McOrez seguía sonriendo. Ahora más feliz que antes.

-No puedo esperar a que eso ocurra.

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

Queridos lectores fantasmas y amigos y poetas y actrices de cine antiguo:

¿Qué os ha parecido este corto capítulo? Opiniones… Porque hay bastantes cosas a comentar, ¿no? ¿Albus perdiendo la esperanza en Alice? ¿Ha aceptado que es una traidora? ¿Qué pasará con la identidad de Frank Longbottom si Albus sale con vida y lo revela? ¿Charlie se casa? ¿Qué pasará entre Ted y Vic? Pobre Remus… ¿Y qué planearán el equipo James-Scor-Fred-Rose-Sue? ¿Alice y Renata? ¿Frank haciéndole un favor a Lily o torturándola? ¿Qué paaaaaaaaaaaaaaaasa aquí?

Con cariño,

-A.