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La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 31
Capítulo 20: La unión hace la fuerza.
Oía algo parecido a un burbujeo. Parecía como proveniente de un tubo. Como si estuviese buceando y su oxígeno se escapase por las bombonas de aire. Sintió un escalofrío. Estaba helada. Podría decir que estaba temblando, pero lo cierto era que no sentía ningún ápice de su mente. Le costaba abrir los ojos. ¿Estaba drogada? ¿Era esa la sensación? También podía notar cómo sus músculos estaban agarrotados y estaba aprisionada en su propio cuerpo. De pronto, la angustia la embriagó y sintió la necesidad de correr.
Entornó los ojos y un fogonazo de luz blanca la cegó por completó.
Se oyó así misma murmurar.
¿Dónde demonios estaba?
Quizás esa era la pregunta correcta.
No podía decir si estaba tumbada, de pie o a saber cómo. Oía susurros, que se fueron haciendo más audibles a medida que su cuerpo parecía volver en sí. Un hormigueo recorrió todo su cuerpo. Estaba despertando. Y, al parecer, los dueños de los susurros lo habían previsto porque los oyó cada vez más cerca. A un ritmo desacelerado.
-Sie wachte auf…Haben Sie ihn genug Morphium gegeben?Sie sollten nicht wach sein! Keine Ergebnisse wird erfolgreich sein!- era una lengua áspera. Y el corazón de la muchacha se encogió. No entendía a ese hombre, pero sabía que se referían. Estaba enfadado. ¿Con ella? O con el otro portador de susurros.
Volvió a entornar los ojos, esta vez con algo más de éxito. Dónde quiera que estuviera era un lugar espantoso. No había sido que se hubiese cegado con un flash de luz, sino que todo aquel lugar era blanco. Un laboratorio. Su pulso se aceleró cuando se dio cuenta de que colgaba del techo. De que los tubos de burbujas que escuchaba eran vías que salían de todos los rincones de su cuerpo. De que los que allí se encontraban eran científicos.
O no.
Reconoció la mirada sagaz de uno. Leo Livingston. Sabía su nombre porque era entrenador y capitán de Hufflepuff. La miraba con fastidio. Como si el hecho de haber despertado no estuviese en sus planes. Sintió su cara enfriarse cuando se acercó a ella con aspecto amenazador.
El hombre que se encontraba a su lado, el que había hablado, tenía un aspecto demacrado y unos ojos con un brillo extraño de placer oscuro.
Respiró con fuerza. Las burbujas aumentaron. Miró a sendos lados.
Estaba rodeada de una decena de personas que se encontraban colgadas del techo como ella. Con vías que se interconectaban. No podía deducir cuales eran las personas vivas y cuáles eran las muertas. Todas tenían esa palidez extrema en su piel. Todas tenían una mirada perdida y sin vida.
Incluso la muchacha que se encontraba a su lado. A ella también la conocía. Por supuesto que lo hacía, pertenecía a la familia más famosa de la Inglaterra mágica. Molly Weasley. Su pelo rojizo húmedo se pegaba a su piel, su rostro estaba encogido y sus labios temblaban. Sus pestañas dejaron paso a sus ojos poco a poco. Se estaba despertando.
Livingston y su acompañante se alteraron. Se dirigieron a unas estanterías blancas a toda prisa, buscando algo que seguramente las volviese a dormir.
Escuchó las burbujas de Weasley aumentar como lo habían hecho las suyas cuando despertó.
Cruzaron una mirada.
-Jordan.- susurró Weasley hacia la muchacha, con un tono de voz impregnado de terror.
La joven aludida alzó las cejas con sorpresa. Hasta ese momento había creído que aquello era una visión de las que creía tener. Hacía tiempo que las tenía. Tenía visiones sobre que la secuestraban por la noche. Que le hacían pruebas. Pero nunca se dirigían hacia ella. Y Molly Weasley lo había hecho. La prima de sus mejores amigos que casi a menudo estaba internada en enfermería.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que quizás aquello no era una visión. Era la realidad. Estaba drogada, no eran alucinaciones. La habían dormido. Por Merlín, quiénes eran esas personas y que les estaban haciendo.
Leo Livingston, el que según ella sabía, había sido pareja de la pobre Weasley, se acercó a la pelirroja y le inyectó algo en el cuello. La joven Gryffindor palideció y su cuerpo se encogió con una postura extraña. Al momento, le siguieron las convulsiones.
El otro hombre se acercó a la joven que miraba aquel momento expectante. Asustada. Aterrorizada. La sangre de su cuerpo ardía. Tenía una necesidad extrema por salir de allí. Se sacudió en el aire. Y gritó desconsoladamente. Oyó todas las burbujas de los demás cuerpos aumentarse. Sintió como cientos de agujas se clavaban en su cuerpo. Pero ella seguía gritando. Las agujas querían inmovilizarla. Era una Maldición que procedía de la varita que empuñaba el presunto científico. Se encogió sobre sí misma, gritando y llorando a la vez. A ella se le sumaron los gritos de aquella decena de cuerpos que habían sido despertados. Algunos aullaban. Rugían. Incluso había una voz que parecía lanzar encantamientos en susurros.
Sintió como le inyectaban algo en la nuca.
Y todo el caos que se había formado desapareció en un segundo.
Al principio, oía los restos de aquellos gritos de lejos. Pero después se fueron callando hasta toparse con un silencio ensordecedor.
Duró horas.
Ella seguía despierta encerrada en su propio cuerpo. No recibía ningún estímulo exterior. Volvía a estar drogada, o quizás peor. ¿La habían matado? Y si no, ¿debía acusar a Leo Livingston de algo? ¿De qué exactamente? ¿La apoyaría Weasley?
Sus pensamientos la enturbiaron durante horas. O quizás años. Se sintió una eternidad. Vagó desde dónde estaría en aquel momento, hasta teorías sobre quiénes eran aquellos. ¿El Clan del Ojo? ¿Y estaba experimentando con alumnos de Hogwarts? Recordó los rostros de sus compañeros de sufrimiento. No conocía a ninguno. Es más, algunos rozaban los cuarenta y otros tenían el cuerpo cubierto de arrugas.
De pronto, escuchó un pitido.
Era continuo. Una constante. Ojalá hubiese aprendido algo de física cuántica, como decía su madre que se hacía en los colegios muggles.
Supo, en un momento que pudo haber sido cien años después de su último despertar, que podía abrir los ojos. Un olor familiar y acogedor le embriagó. Sintió ganas de llorar. Aun pensando que aquello que había vivido era una visión. Tenía que serlo.
Entornó un ojo con cuidado. Una tenue luz de atardecer la calmó. Reconoció los ventanales de la enfermería. Y abrió los ojos del todo con cuidado.
Suspiró.
Había sido una visión. Tenía que serlo. Se había asustado demasiado. No quería que fuese real.
Rose Weasley estaba a su lado. ¿Rose? ¿Qué hacía ella allí? ¿No debían estar James y Fred como siempre?
Su ceño fruncido pareció ser comprendido por la pelirroja.
-¿Qué… Qué ha pasado?- preguntó Susan Jordan, nerviosa por la respuesta.
Rose Weasley frunció los labios.
-Te encontró un prefecto de Hufflepuff desmayada en un pasillo.- respondió con preocupación.
Sue sintió un escalofrío. No pudo evitar recordar que Leo Livingston era un prefecto de Hufflepuff. Tuvo que asentir para no preocupar a la joven. Realmente podría tratarse de una mera casualidad. ¿Qué era lo último que recordaba haber hecho? Además de despertar en una pesadilla. Tenía que buscar a James y a Fred. Ambos tenían que buscar polvos flú. Iban a rescatar a Albus. Todos.
-¿Cuánto tiempo llevo aquí?- aunque para ella habían sido diez años, quizás eran solo unos días y ya habían rescatado al joven Potter.
La joven Weasley pareció extrañarse de aquella pregunta.
-Acaban de avisarme. Llegarías hace unos minutos… -sintió una tos en la camilla de su izquierda.
Molly Weasley. Molly Weasley también estaba en la enfermería. ¿De verdad era una casualidad? Su pulso se aceleró.
-¿Jordan?- preguntó entornando los ojos y familiarizándose con el lugar.- ¿Tú también?
Susan no sabía qué responder. ¿Ella también qué? ¿También había sido fruto de una alucinación peligrosa? ¿Daban droga en Hogwarts? Por Merlín, ¿estaba en peligro su vida?
Rose cogió el brazo de Susan.
-Me voy ya.- dijo algo impaciente.- Deberías descansar, Sue. Tus entrenamientos son muy duros y puede que no hayas comido demasiado.
No, no era cierto.
-De acuerdo.
Rose Weasley suspiró. Pobre muchacha. Su primo Fred le había dicho que la atase a la camilla si oponía resistencia, pero le pareció tan frágil y perdida que debería haberle ofrecido un paseo para que le diese el aire. A ella también le ocurría aquello a veces. Pero no se lo decía a nadie porque era demasiado fuerte, tal vez. O porque cuando se mareaba por comer poco -estaba secretamente a dieta-, afortunadamente nunca había nadie cerca.
Despejó aquellos pensamientos.
Tenía que buscar a Scorpius.
Habían tenido suerte al robar polvos flú. Rose era amiga de algunos elfos de las cocinas y Scorpius y James habían podido hacerse con algunos. Solo algunos, mientras eran distraídos. Eran solo para tres personas. Realmente con la cantidad que habían cogido podría ser para toda la Madriguera, pero como era una distancia larga, querían asegurarse. Tenían un buen plan. Gracias a que el año anterior fueron, y pasaron por las mazmorras donde tenían a Hagrid, podían recordar el recorrido. No a la perfección, pero les bastaba. Además, habían pedido ayuda a Hugo. Rose había intuido que su hermano estaba buscando medios para hacer volver a Albus. Y así era, les había enseñado el hechizo de traslación para la vuelta, porque no había suficientes polvos flú. Por desgracia, solo dos eran capaz de hacerlo: Fred y Scorpius. Rose se sintió estúpida en su momento por no hacerlo. Hugo dijo que quizás era la presión, pero sabía que en realidad era porque ella no era tan buena como todo el mundo esperaba. De Scorpius se lo habría imaginado. Y de Fred no. Por lo visto, Fred había desarrollado rabia en su interior suficiente como para hacer hechizos que estaban muy lejos de su capacidad normal.
James y Fred habían ido a por polvos flú a las cocinas. Querían polvos flú de sobra. Al principio, iban Scorpius, Fred y James. Pero decidieron que Rose y Jordan también eran necesarias. A Hugo no se lo permitió Rose. Y Cornelia Brooks se negaba a ir, por alguna razón que a Rose le parecía sospechosa. O quizás razonable.
La unión estaba haciendo la fuerza.
Pero también la inteligencia.
Tenían un Plan B arriesgado. Que implicaba castigos y riñas de por medio. No eran tan poderosos como pensaban, eso lo daban por sentado. Necesitaban apoyo superior. Por eso Hugo era el encargado de comunicar a Neville que sus amigos habían ido a rescatar a Albus. Tendrían apoyo de aurores, y, por fin, el Departamento de Seguridad Mágica haría algo útil para rescatar al joven Potter. Hugo les había dicho la razón por la que aún no habían actuado en el Palacio de Hielo, al que ya habían ido varios aurores y que podían volver: necesitaban algo sospechoso para entrar. Es decir, no podían entrar allí sin motivo alguno porque era delito, según el código de Ley de Justicia Mágica. Y, además, el lugar estaba vetado -según creía Hugo- a los magos exteriores, que en la mayoría de los encantamientos políticos de aquel tipo, tan solo incluía a los magos que podían hacer magia fuera de un territorio protegido. Aquello significaba que, en aquel momento, los menores de diecisiete años no tenían tan difícil la entrada.
Bien podría ser una trampa, eso también les advirtió Hugo. Y Brooks. E incluso Scorpius titubeó.
Rose se había reunido con Scorpius en el puente cubierto de madera.
No estaba solo.
Alice estaba con él, con una mirada sagaz y, por primera vez en mucho tiempo, valiente.
-¿Qué hace ella aquí? ¡No sabe el plan!
Scorpius miró a Rose con el mismo fastidio.
-¿Y tú no podías dejarte a tu prima atrás?
-¿Qué?- inquirió Rose sin comprender.
Miró hacia dónde dirigía la mirada Scorpius.
Lily Potter la había seguido. La joven estaba demasiado en sus pensamientos como para haberse dado cuenta de que una sombra pelirroja se había pegado a ella. Lily los miraba con rencor y odio.
-¿Qué plan?- quiso saber mirando al trío fijamente.
-Es peligroso, Lily.- dijo rápidamente Scorpius.- Haz el favor de volver al castillo.
-¿En serio?- dijo incrédula la joven.- ¡No es justo!
-¡Lily, por favor, no tenemos mucho tiempo!- le vociferó Rose.
La joven le miró con cierto odio.
-¿Y ella por qué va?- preguntó señalando a Alice Longbotton. Rose también deseó una respuesta para aquello. Ambas miraron inquisitivamente a Scorpius.- No creo que ella sea la adecuada para rescatar a Albus.
Alice bajó la mirada avergonzada. Se armó de valor y les plantó cara.
-Soy más útil de lo que pensáis. Y tengo tantas ganas de salvar a Albus como vosotras.- sentenció con autoridad.
Scorpius suspiró.
-Solo hay polvos flú para tres. Lily, por favor, vete.
-¡Oh, vamos, el que faltaba!- espetó Rose con desprecio.
Desde el otro lado del puente, podían ver a una figura elegante y alargada. Frank McOrez los estaba observando con una sonrisa traviesa en su rostro. Scorpius se tensó de repente. Rose se adelantó a plantarle cara. Alice y Lily compartieron un sentimiento de temor.
Rose se acercó al muchacho que le sacaba varias cabezas. Miró hacia atrás para encontrarse con el apoyo de Scorpius y de las otras dos jóvenes que le habían seguido hacia el extremo del puente que daba a la linde del bosque.
-¿Queréis más polvos flú? Yo tengo.- comentó desvergonzadamente. - Sé que es de mala educación entrometerse en las conversaciones ajenas… Pero la vuestra era verdaderamente interesante.
-No queremos polvos flú de ti, McOrez.- espetó Rose, haciendo uso de su verdadero apellido.- Márchate antes de que te arrepientas.- amenazó con seguridad. Scorpius le tomó del antebrazo para calmarla.
-Vámonos.- susurró Scorpius.
-Yo os puedo llevar a casa de mi tío. - les ofreció enigmáticamente.
Scorpius cogió a Alice del brazo. Miró a Lily con autoridad señalándole con los ojos el castillo. Se palpó la túnica para sacar la varita.
-Vámonos.- volvió a susurrar.
Rose tensó los músculos, preparada para correr. Alice se dio cuenta en ese momento del improvisado plan de Scorpius.
-Lo cierto es que sé hasta en qué habitación se encuentra vuestro querido amigo…
-Petrificus Totalus- convocó Scorpius hacia McOrez. Los cuatro se quedaron un segundo parados. Frank McOrez solo pudo mover sus ojos, con los que les miró de forma asesina. Alice se quedó petrificada en el sitio. Rose tuvo que cogerla de la mano para separarse de aquel lugar.
Los tres que debían partir en busca de Albus huyeron rápidamente de aquel lugar. Los aurores que vigilaban el castillo no tardarían en llegar. Rose dirigió la marcha por el bosque intentando encontrar un claro en el que pensar con claridad hacia donde iban a ir para no confundirse con el destino que marcaban los polvos flú.
Lily se había quedado rezagada. En frente de McOrez, no había polvos flú para ella. Y no era estúpida, no iba a estropear el plan de los amigos de su hermano por un sentimiento egoísta. Se había quedado mirando fijamente a Frank McOrez quien parecía tener ganas de matarla. ¿Tendría de verdad polvos flú? Había hecho cantar a Hugo y le había confesado que el lugar al que tenía que ir era el Palacio de Hielo de Loring. Habían cambiado a su hermano de sitio desde la última vez que lo vio. Si Frank McOrez tenía polvos flú allí, podía quitárselos. A ella no le harían daño. Era Frank McOrez el que estaba destinado a matarla después de todo. Y estaba petrificado en aquel momento.
Con cautela, Lily se acercó a Frank McOrez. Cuando vio que el joven no podía hacer ni un gesto y que la vigilaba paso a paso solo con sus ojos; comenzó a registrarle. En primer lugar, miró en el bolsillo de la capa. En el otro. Descubrió que tenía una varita. La cogió sorprendida. ¿Había dado por vencida la varita que ella misma tenía escondida en su capa? La tiró lejos de su vista. Buscó, con algo de rubor en sus mejillas, los polvos flú en sus pantalones. Encontró una bolsa turquesa de terciopelo. La abrió con sumo cuidado.
Polvos Flú.
Sintió un golpe duro en su nariz que la echó para atrás y que tiró en el movimiento varios polvos al suelo. Frank podía volver a moverse. Se horrorizó y corrió colina abajo. Frank la persiguió. La agarró por la espalda y la tiró al suelo. Frank cayó de bruces encima de ella. Lily fue rápida y tiró los polvos flú al suelo.
Antes de formular Palacio de Hielo de Loring, observó cómo un séquito de aurores se había formado entorno a ellos.
Demasiado tarde.
Un frío helador azotó su cuerpo. Se encontraba rodeada de gélida nieve. Frank había aparecido unos pocos metros a su lado. Notó cómo sangre le brotaba de la nariz. Examinó el lugar. Era un jardín de hielo. Tétrico. Escalofriante. Tembló. De frío y de miedo.
Miró hacia atrás.
Un gigante palacio de hielo se imponía ante ella.
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Alguien había salido del castillo.
Olisqueó el resto de magia que dejaban los polvos flú, acercando la tierra mojada a su nariz como si él mismo fuese un perro rastreador. Esa clase de magia era muy difícil de ser encontrada en el colegio, quizás solo los elfos mágicos, con su nueva independencia que les permitía salir y entrar del castillo a sus anchas, eran los únicos que podían haberlos administrados a los alumnos. Y, por supuesto, no eran alumnos cualesquiera. Eso lo sabían él y todos sus compañeros llenos de impotencia que se encontraban en la linde del bosque, donde habían desaparecido cinco estudiantes polémicos.
Frunció los labios. Oía a todos los aurores discutiendo entre ellos la medida que debían tomar, al fin y al cabo tenían a Kingsley para dar órdenes. Sin embargo, no eran capaces de comprender lo más importante de todo aquello: esos críos habían ido a por Albus Severus Potter.
Tal vez el hecho de que él fuese un joven auror, le ayudaba a entender mejor el comportamiento de aquellos suicidas, ya que no había un calificativo mejor para describir el acto de valentía que habían llevado a cabo. Por suerte, podrían ayudarles. Neville Longbottom le había mandado a la escena tras ser informado por Hugo Weasley de que sus compañeros habían ido al Palacio de Hielo. Las pobres criaturas no sabían a qué se enfrentaban, y en el caso de que lo supieran no podían ser más jodidamente…Inteligentes. Claro que lo eran, la genética se lo debía. Si alumnos de Hogwarts entraban allí, el Departamento de Seguridad Mágica tenía carta blanca para ir a por ellos. Si ningún auror había pensado antes en esa solución, era por que arriesgar la vida de unos niños resultaba aterrorizador.
En todo caso, le estaban salvando la vida al hijo de su jefe.
Neville también le había dicho que le avisara a Harry Potter. Él no podía hacerlo, ya que al parecer sentía la pérdida de algo que escondía en el Bosque Prohibido, le dijo que confiaba en él para traer a su hija sana y salva. Era bastante comprometedor cuando se suponía que tenía que salvar la vida de los hijos de gente tan poderosa, en manos de asesinos despiadados que no dudarían en hacerle pedazos en un segundo.
-Kingsley.- le llamó con una mezcla de vergüenza pero a la vez autoridad. Era extraño tener el poder de mandar sobre alguien que había sido el Ministro Mágico.- Vigila a los demás a alumnos, estoy seguro de que no son los únicos que van a salir.- Aquella conjetura era vaga, pero tenía la certeza de que el hijo mayor de Potter no iba a quedarse de brazos cruzados.- Además, el Ojo puede aprovechar esta situación para atacar. - lo dijo con firmeza, pues realmente sería estúpido dejar al castillo sin vigilancia teniendo un séquito de aurores esperando en el Departamento para ir a lanzar maleficios.
El antiguo Ministro le miró con algo de duda tras sus ojos. Probablemente el aspecto de Alexander Moonlight no era tan profesional como los demás. Le importaba bastante poco tener que vestir en traje, su chupa de cuero y sus camisetas de bandas de música muggle eran mucho más cómodas. Es más, seguramente imponía más respeto y temor que ellos.
-¿Tú dónde vas?
Moonlight se incorporó, llevaba agachado descifrando el origen de los polvos flú un buen rato. Le miró con serenidad, como si aquella situación fuese algo cotidiano. Miró a los dos aurores que le precedían, seguramente estarían asesinándole con la mirada. Sabía que solo era querido por un par de aurores que entendían su talento en su Departamento, los demás aún seguían creyendo que aquello había sido enchufismo. Además aun había aurores que le miraban con recelo por ser un licántropo.
-Reuniré a un par de aurores competentes para traer a esos críos de vuelta.- comentó clavando su mirada en Flynn, quien realmente le sacaba de sus casillas.
Kingsley puso los ojos en blanco, ya acostumbrado al tedioso humor del joven. Los demás aurores reprimieron algún que otro comentario mordiéndose la lengua por dentro.
-Estoy deseando que el licántropo del Ojo te clave unas cuantas garras en tu bonito torso, Greedy.- le espetó Flynn con desprecio.
No recibió respuesta porque sencillamente no la merecía. Moonlight susurró el hechizo traslador con tranquilidad. Necesitaba todo el apoyo del mundo para enfrentarse a lo que venía ahora: ¿cómo podía salir vivo de aquello? ¿Decirle a Ronald Weasley que su hija había ido a la boca del lobo acompañada de Longbottom y -para más inri- Malfoy? ¿O contarle a Potter cómo su hija pequeña les siguió, a la vez que era perseguida por McOrez junior?
Apareció en el despacho de Ronald.
Y todos parecían haberle ahorrado contar las malas noticias. Estaban esperándoles, por supuesto algún auror en busca de un ascenso fue el primero en reportar a los padres de las criaturas. Y Ronald Weasley no estaba solo. Allí también se encontraba Harry Potter - a veces no sabía quién era el perrito faldero de quién-, Hermione Weasley -la cual imponía tanto que tuvo que sostener la mirada duramente para no apartarla-, Ginevra Potter, Bastien Lebouf y Alexis.
Se habían ahorrado llamar a la pandilla.
-Es una incidencia muy grave dejar que unos niños se escapen.- acusó deliberadamente Harry Potter.
Debía haber dicho que Flynn fuese a informar personalmente a esos leones enfurecidos. Al menos si a él le acribillaban y lo mataban con sus ojos llenos de fuego, nadie lo notaría y sería un alivio para él.
-No soy yo el único auror que hay en Hogwarts.- se excusó.
-Y por eso tú respondes ante todos ellos.- concluyó Ronald con un gesto serio. - Lo que sea.- atrajo a Moonlight hacia su escritorio, al cual todos rodeaban, pues allí se encontraba un mapa del Palacio de Hielo. Y no un mapa cualquiera, sino uno que indicaba, en función del calor que transmitían los cuerpos, dónde había personas. El problema de aquel artefacto sacado del Departamento de Seguridad Mágica norteamericano, era que la imagen era muy difusa y usualmente había errores.- Hay como cien personas dentro de ese castillo de nieve en este momento, así que lo más eficaz sería encontrar a los niños y sacarlos. Puede que ahora mismo nos estén preparando una trampa, pero mejor salir heridos nosotros que los niños.
-Recordad el objetivo son los niños que han ido allí.- comentó Alexis. Sacó unas fotografías digitales muggle y las colocó sobre la mesa tapando el mapa.- Rosebud Weasley.- su rostro lleno de pecas y su voluminoso pelo rojizo revolvió el estómago de su padre.- Alice Longbotton.- en aquella foto la niña era mucho más joven de lo que él la recordaba y sus ojos verdes parecían acaparar toda la fotografía.- Scorpius Malfoy.- su predominante nariz y su aspecto elegante se entreveían en una fotografía que parecía sacada sin permiso.- Y Lily Potter.- la dulce niña parecía más inocente en la foto de lo que su temperamento decía. Alexis suspiró.- Al no saber con certeza si Albus Potter se encuentra allí, solo en caso de avistarlo se actuará en su favor. Que esto quede entendido, pues no podemos arriesgarnos a perder ninguna vida. Vemos a uno de estos niños, los cogemos y nos vamos pitando. ¿Algo que objetar? -todo el mundo negó, envuelto en el plan que Alexis había parecido preparar minuciosamente. - Bien, pues nos dividiremos… Ya sé que vuestro lema es eso de la unión hace la fuerza pero yo soy más de divide y vencerás, ya que, teniendo en cuenta que somos una panda de aurores enrabietados contra un mini ejército de asesinos profesionales… Lo mejor es andar con cautela. - les miró a cada uno con fiereza. Obviamente reteniendo el espíritu de héroe de todos aquellos que se encontraban allí. - Potter, tú irás conmigo. Es a ti a quién más sujeto te tengo que tener…Ya sabes por qué.- Moonlight no lo sabía así que simplemente asintió, como de acuerdo con todo lo que aquella mujer que una vez le lanzó de un acantilado, decía. Pareció leerle el pensamiento, y no le extrañaría, pues miró fijamente hacia él.- Tú irás con Ronald, hacéis un buen equipo si os da una nuera de pronto. - ambos asintieron, Moonlight aliviado de ir con su mentor. -Gin Potter y Hermione. Y Lebouf, me gustaría que tú fueses a buscar a Lupin… Nos haría falta más de un licántropo. Puedes irte ya.
Bastien Lebouf desapareció a la vez que asentía. Admiraba esa capacidad para trasladarse de aquellos aurores tan experimentados. A él aun le daban náuseas. Ronald le miró justo en ese instante para formalizar el equipo.
-Tú y yo aparecemos en la azotea. Mantén la calma y no te conviertas hasta que yo te diga.- acto seguido le cogió del hombro y sintió un mareo y un tirón desde el talón que indicaba que no cabía lugar a objeciones.- ¿Listo?
Un viento helado cruzó su rostro. Le dolía el frío. Probablemente un abrigo extravagante pero cálido como el que Ronald llevaba en ese momento era mucho más apropiado que la chupa de cuero negra de Moonlight.
Miró a su alrededor.
La "azotea" era un balcón que sobresalía de un acantilado de hielo sobre el cual se había asentado el Palacio. Estaba todo hecho de aquel material translúcido y gélido, e imponía como si fuese la primera vez que veía Hogwarts, aunque daba muchísimo más miedo. Una cristalera les impedía el paso al interior del castillo.
-Me encanta cómo planeáis las cosas así a la vieja usanza, sin tener en cuenta muros ni gilipolleces…- comentó Moonlight sabiendo que estaba en riesgo de muerte.- Voto por un Bombarda Máxima.
- le dijo con una sonrisa lobuna.
Ronald le dio una palmada en la espalda.
-Como seguramente ya habrán notado nuestra presencia… Creo que no les importará que un hombre lobo les raye un poco el cristal de sus ventanales…Además, se van a creer que solo sabemos usar unos hechizos limitados… ¡Hay que parecer inteligent…!
Moonlight ya se había convertido en hombre lobo, respiró con calma y miró a los ojos de Ronald, quien sonreía con orgullo. Se le había vuelto a olvidar el talismán que le hacía comportarse, pero teniendo a Ronald junto a él, estaba seguro de que no ocurriría ningún incidente.
Rugió a los cuatro vientos, que trasladaron su sonido por todo el Palacio y retumbando en todos los rincones. Se abalanzó contra el cristal, haciendo añicos pedazos afilados que se clavaron en su cuerpo y que conforme su cuerpo se iba regenerando se iban cayendo en el suelo. Descubrió un salón colosal con una gran mesa barroca que se extendía a lo largo de la habitación.
Ronald entró en el habitáculo gracias al agujero que Moonlight había creado en el ventanal. El frío entraba al igual que el viento, agitando los pedazos de cuarzo que formaban la gigantesca lámpara que colgaba del techo, haciendo sonar una tétrica melodía. En el áspide de la mesa se encontraba un hombre con una taza de té en sus delicadas manos. Les sonrió tétricamente.
Moonlight soltó un rugido que pareció pasar desapercibido por aquella alargada figura de ojos claros y un prominente pico de viuda que parecía señalarles a ellos. Sorbió un poco de té y les devolvió la mirada.
-Habéis tardado más de lo que esperaba.
Ronald secundó el primer rugido de su compañero peludo que se imponía ante él. Las manos del viejo auror temblaron con rabia y tuvo que agarrar la varita con fuerza para controlarse. Miles de hechizos rondaron su mente, hecho del que se percató la parte más humana del licántropo que se encontraba a su lado. No podía permitir que su mentor cometiese un estúpido error así de primeras.
-Ve a por tu hija.- su voz sonó gutural y sobrenatural, haciendo retumbar toda la sala. Ronald le miró con la rabia en sus ojos.- Yo me encargo de Loring.
Sus piernas se flexionaron y dio un gran salto hasta alcanzar la lámpara que se encontraba justo en el centro de la lámpara y desde ella, la cual comenzó a descolgarse lentamente, se abalanzó al hombre que justo en ese momento había tirado la taza de té a un lado partiéndola en miles de pedazos con furia.
Una varita aparentemente sacada de la anda apuntó hacia Moonlight.
-¡Expelliermus!- vociferó Loring.
El cuerpo del licántropo se estrelló contra la pared de hielo, rasgándolo y haciendo gemir al joven. Al caer estrepitosamente al suelo miró con urgencia a Ronald.
-¡VETE!- le apremió mientras volvía la mirada al hombre que se había montado en la mesa para ganar altura sobre él.
Si aquel era su último momento, lucharía hasta el final. Se volvió a abalanzar sobre él, esta vez pillándolo por sorpresa. Le estrelló contra la cristalera y ambos salieron a la intemperie del balcón, donde el viento movía en retroceso el vello enmarañado que cubría el cuerpo de Moonlight.
Volvió a rugir, intentando hacer estremecer a su oponente, quien se retorcía de dolor a causa de los cristales que se habían clavado en su espalda. Moonlight sintió cómo su sangre se aceleraba con el olor de las heridas de Loring. Sabía que justo en ese instante podía matarle. Sus ojos se inyectaron de sangre y un temblor sacudió su cuerpo. Aquella vez su rugido animal hizo inmovilizar a su oponente, cuyos ojos reflejaban su cercana muerte.
La conciencia de Moonlight le sacudió de nuevo. ¿En qué se convertiría si lo despedazaba allí mismo? ¿No era aquello contra lo que había luchado toda su efímera vida? Cerró los ojos con fuerza y apretó los puños. Loring pareció prepararse para su momento final, su varita descansaba demasiado lejos y su malherido cuerpo distaba mucho del corpulento del depredador.
Ante su estupor, Moonlight se volvió a por él y tiró de él hacia el final del balcón, hacia el acantilado. Sus cuerpos se precipitaron rápidamente y se sumergieron en las heladas aguas que se clavaron en sus músculos como afiladas agujas. En ese momento, pudo ver cómo varias personas se habían acercado al borde del balcón, observándoles. Una de ellas cogió una escoba mágica.
Moonlight se apresuró a bucear convertido en hombre lobo, aunque menos feroz debido al contacto con el frío que había coagulado la temperatura de su sangre y con ello su instinto asesino. Debía salir de allí y buscar a Ronald. Seguramente les estarían esperando.
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Ella sabía dónde tenía que ir.
No se lo había dicho a Scorpius pero había estado en ese palacio más de un par de veces. ¿Se sentía avergonzada? Muchísimo. Era como apuñalar por la espalada a todos y cada uno de sus amigos. Sin piedad. Ella jamás los hubiese perdonado si ellos fuesen así. Alice jamás se perdonaría así misma. Ya estaba atada hasta las trancas al Ojo, era tan fácil entrar y tan difícil salir. Era una secta milenaria, después de todo. Y ella era solo Alice Longbottom, una joven desesperada por salvar a su hermano.
Ella sabía lo que estaba arriesgando.
Aunque tuviese una extraña fidelidad hacia el Ojo, pues no había comentado que de algún modo trabajaba para ellos; jamás se ganaría su lealtad. Su corazón siempre pertenecería a su familia y a sus amigos, pero era cierto que los hechos importaban más que las palabras en un mundo tan sumamente hostil.
Había perdido a Albus. Y todo lo que ello acarreaba aun no lo había experimentado. No solo no la volvería a mirar a los ojos de la misma forma, si no que el resto de sus amigos tampoco. Se lo merecía, por supuesto. Eso era el precio que tenía que pagar para que su hermano no sufriese ningún daño. Quería más a su hermano, ¿qué problema había en eso? Su hermano era frágil, era un squib, quería estar alejado del mundo mágico y no tenía que ser la cabeza de turco de nadie.
Su impotencia nadie la entendería. Ella no había escogido un bando, sino a una persona a la que salvar. Aquello la convertía en una traidora. Había acabado por asimilarlo. Le rompería el corazón a su padre. Su madre no se lo creería. Y cruzaba los dedos para que su hermano no se enterase. Prefería ser tachada de traidora a revelar la existencia de su hermano. ¿Podía con el peso de las consecuencias? Esperaba que sí.
El rugido de un hombre lobo en las zonas más altas del palacio había levantado sospechas por todos los pasillos. No todos eran audaces asesinos. Había sirvientes que jamás habían lanzado un hechizo y vigilantes que eran tan inútiles como los que trabajaban para el Ministerio. Había civiles. Esperó, de todo corazón, que los aurores que viniesen tuviesen en cuenta aquello. Que no fuesen prejuiciosos con todo aquel que cruzase una mirada con ellos. Al menos no había ido Fred Weasley, temía que la joven Gillian Bauer, quien cocinaba la comida que alimentaba a Albus no sufriese ningún daño. La mayoría de ellos no sabían de qué trataba su bando. Simplemente habían nacido allí.
-Tú.- alguien la llamó. Estaba paseando por allí como si fuese un día de los que ella se pasaba por allí para que algún que otro idiota le pidiese hechizos escritos en los libros de la sección Prohibida de la biblioteca.
Ante ella se imponía un hombre cuyo aspecto había cambiado enormemente gracias a una poción que había mejorado su rostro cicatrizado y su aire amenazador que le envolvía constantemente. Montdark.
Era el más temido para ella y para muchos de los de allí. Si había cambiado su rostro por uno más afable era para infundir confianza y después arrancar el corazón de alguien. Se estremeció cuando sus ojos, unos fríos ojos azules, le miraron con cierta sospecha.
-¿Qué desea?
-¿Los has traído tú?
Alice pensó en un cielo en blanco. En páginas de color beige abriendo y dejándose llevar por una brisa artificial. También pensó en las nubes. O en el frío que se había colado por su espalda justo en ese preciso instante. Conocía el hecho de que Montdark leía el pensamiento. Probablemente lo habría hecho antes de hablarle y la estaría martirizando.
-No, vinieron ellos. Yo simplemente los acompañé.
Y era cierto. Habían sido ellos los que habían ideado el plan, los que se habían hecho con polvos flú y los que sabían a dónde tenían que ir. Pero no dónde exactamente estaba Albus. Por eso al llegar, ella apareció en un sitio diferente.
-¿Y los aurores?
-No sé nada de ellos.
-¿Vienen más niños?- preguntó, con algo de preocupación tras sus palabras.
Alice calló.
-No lo sé.
Montdark bufó y volvió por dónde había venido. Alice suspiró aliviada de su ausencia momentánea. Intuía que iría al castillo a comprobar si alguien volvería, porque tenía cierto odio al joven que había acabado con su basilisco: James Sirius Potter. La joven recordaba como en realidad había sido tarea conjunta, pero el hombre se había quedado con el rostro del mayor de los Potter. Con suerte, no iría al Palacio.
Alice siguió su trayectoria hacia el pasillo en el que tenían a Albus retenido. Su puerta era exactamente igual que todas las demás. No tenía vigilancia, porque no la necesitaban dentro del castillo y porque, seguramente, si Albus salía de la habitación no tendría a dónde ir.
Giró el pomo de la puerta atenta a sendos lados del pasillo. Sabía que los aurores habían llegado y que todo el Palacio estaría en alerta. No sabía que temía más: si al exterior del pasillo o al interior.
Solo había visto una vez a Albus. Una vez en la que lo torturaron y un pedazo de su propia alma fue torturada igualmente. Nunca olvidaría su rostro ensangrentado y su endeble cuerpo retorcerse de dolor. Le habían contado que ella trabajaba con ellos. Que tenía un hermano secreto y que lo hacía por él.
Albus era el único que conocía la totalidad de su secreto. Era el único que tenía la oportunidad de decidir si seguir sosteniendo su mano cuando hacía frío dentro del lago o bien apartar su mirada. Era el único con el poder de destrozarla tanto que jamás lograría recuperar los trozos desperdigados que dejarían su rechazo.
La figura de Albus estaba sentada en el alfeizar de una ventana mirando al frío horizonte del glacial que parecía no tener fin. No se inmutó cuando Alice entró, ni desvió la mirada para ver quién era. Aquello rasgó por dentro a Alice. Albus mantenía su solemne rostro hacia otro lado. Podía ver su perfil: había recuperado peso y las heridas habían sido curadas. Era como si lo hubiesen preparado para dejarlo marchar.
-Hola, Al.
El joven dio un respingo al escuchar su voz. Alice se acercó a él y rozó su hombro para llamar su atención, pues no había hecho ningún otro movimiento. Lentamente Albus giró su rostro para enfrentarse al de la joven que le miraba con un deje de disculpa y desazón. No había rastro de moratones. Tenía una ceja partida y el labio parecía estar mejorándose. Se percató de que su sucia ropa había sido sustituida por un jersey verde y unos vaqueros limpios.
Al principio su rostro siguió igual de solemne. En cambio, cuando pareció darse cuenta realmente de la presencia de Alice, arrugó la frente y la miró con una mezcla de odio y dolor.
-¿Qué haces, traidora?- le espetó.
Aquello dolió más de lo que Alice esperaba.
-He venido a rescatarte. Hemos venido a salvarte.
-De todas las personas en el mundo, tenías que ser tú.
-Sabía dónde estabas.- murmuró.
Alice supo que aquello le dolió a Albus por su mueca triste en el rostro. Le entraron ganas de llorar solo por ver cómo Albus comenzaba a rechazarla. No estaba preparada para eso.
-¿Y a dónde me vas a llevar?
-A casa.- dijo ella con una sonrisa.
La mueca de tristeza de Albus aumentó y tuvo que apartar la mirada de Alice. Exhaló un largo suspiro. Entrelazó sus dedos y miró para la ventana. Carraspeó algo que Alice no entendió.
-Me has traicionado, Alice.- dijo suavemente, como si aquello fuese algo que hubiese asimilado hacía mucho tiempo. -Tienes un hermano.- parecía una pregunta pero sabía que estaba afirmándolo.- Entiendo que no me lo dijeras, pero sabes perfectamente que te hubiese ayudado a que no le hicieran daño. Lo sabes, Alice. Sabes que haría cualquier cosa por ti.
A Alice se le escapó una lágrima, que no le dio tiempo a quitarse porque Albus le cogió el rostro tiernamente con una mano. La miraba de nuevo con dolor. Como si estuviese hablando con un muerto. Otra lágrima se precipitó al vacío.
-Tenía que saber el momento oportuno para sacarte de aquí. No podía arriesgarme a que te hicieran más daño, Albus. Lo siento.- bajó la mirada, pero Albus volvió a levantársela. La atrajo hacia sí y le dio un abrazo.
-Ha cambiado todo, Alice.- le susurró en el oído.- Le diste a ellos la piedra filosofal. Puedo considerar que colabores con libros, pero eso es un crimen de alta traición. - A Alice se le encogió el estómago. Precisamente aquella vez les había dado aquel artilugio para salvar a Albus.- Cuando salgamos por esa puerta y me lleves a casa, ya nada volverá a ser como antes. No vuelvas a hablarme jamás. No intentes pedirme perdón porque no lo quiero. No intentes remediarlo porque es alta traición, y yo seré el único que lo sepa. No se lo diré a nadie porque me importas demasiado y porque sé que prefieres hacerlo tú cuando llegue el momento. Pero, entiéndeme, he estado encerrado por meses sabiendo que tú venías aquí y tan solo una vez obligada has venido. Si realmente no eres leal a ellos, podría haberte importado una mierda y haber abierto esa maldita puerta y… Maldita sea, me bastaba con verte. Aunque no me hubieras rescatado. Sabía que tú estabas ahí y ni te dignabas a verme… Y si era por estar avergonzada, entonces es que la traición es más grave de lo que tú misma crees. Y no me lo esperaba de ti. No puedo volver a mirarte con los mismos ojos.- Las lágrimas de Alice parecían proceder de una fuente interminable y silenciosa. Albus aun la tenía abrazada y hablaba en su oído. Sentía un hormigueo camuflado por toda esa sensación de impotencia y de pena.- Cuando salgamos por esa puerta, todo habrá cambiado.
Alice no podía decirle que luchase por ella y que confiara en ella. Era ser egoísta y era demasiado pedir. Apoyaría su decisión como él había tolerado la suya. Era perderlo, pero era lo adecuado. No quería hacerle más daño. No quería hacerle más daño a nadie. Quizás era la mejor opción de todas las que había tomado.
-Ese jersey… El que llevas… Lo traje yo. Y toda la ropa que te han dado. Y toda la comida, yo conozco a la cocinera. Sé que no va a marcar ninguna referencia respecto a lo que has decidido… Pero solo quiero que sepas que no me quedé de brazos cruzados. Me hacían oír tus torturas. Me hacían lavar tu ropa ensangrentada. Yo convencí a Theodore de que eras una buena persona. Sé que ya no importa, pero solo quiero que lo sepas.
Albus la separó de él. La cogió por la nuca y la atrajo hacia él. La besó. Y no fue como su primer beso de niños, un inocente y desastroso beso que acabó en una de sus más grandes peleas. O como su segundo beso, sumergidos en las gélidas aguas del lago en las que se dejaron llevar por todos los sentimientos reprimidos a lo largo de tantos años. Aquel beso fue desgarrador. Sabían que se estaban perdiendo el uno al otro. Era de desesperados por demostrar todo lo que les daba vergüenza admitir. Fue duro y pasional, y los dejó a ambos destrozados.
Así sabía su último beso.
-Te q…
-No lo digas, Albus. - Pidió Alice suplicante.- O me matarás por dentro.- su rostro hacía una horrible muestra de tristeza que conmovió a Albus por dentro. - Por favor.
Albus asintió, con el ánimo decaído. Se incorporó del alfeizar y observó el rostro perdido de Alice. Le besó en la frente con sumo cuidado.
-Vámonos, antes de que me arrepienta de todo lo que estoy a punto de hacer.
Ella asintió y se dirigió a abrir la puerta. No le quedaban suficientes polvos flú y tenía que buscar a Scorpius y a Rose que andaban perdidos por el Palacio, seguramente no en muy buenas manos.
Sin embargo, había una sorpresa tras la puerta.
-¿Creías que iba a ser así de fácil, Longbottom?
Octavio Onlamein franqueaba la puerta con la varita en la mano apuntando a la cabeza decapitada de la que había sido la cocinera de Albus durante todo aquel tiempo. Su cuello estaba sangrando y la tajada era demasiado limpia como para haber sido hecha con un simple cuchillo. La sangre caía a trompicones en el suelo y los ojos vacíos de la joven miraban directamente a Alice. Su boca estaba entreabierta dejando salir un río de sangre que se sumaba al enorme charco que había en el suelo. Su pelo estaba siendo tirado desde las sienes por el puño de Octavio.
Este, cuya sonrisa macabra removió las entrañas de Alice, les miraba con cierta burla. La joven estuvo a punto de vomitar y Albus aprovechó el momento para sacar la varita que asomaba del bolsillo de la capa de Alice para sostenerla ante Octavio.
-Déjanos, ya nos has hecho mucho daño… ¡Dudo que puedas hacernos más!
Octavio rio y puso los ojos en blanco.
-Estoy seguro de que con matar a uno de los dos, el otro se convertirá en un muerto viviente… ¿No es así, Potter? ¿Qué te parece si le arranco la preciosa cabeza a tu chica?- Alice sintió cómo el brazo de Albus temblaba de rabia y de furia. Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando se percató de a lo que se refería exactamente aquel hombre, pues aún seguía perturbada por la imagen que tenía ante ella de la cabeza decapitada de Gillian.
-Petrificus Totallus.- Albus encantó a Octavio, quien se quedó petrificado con esa sonrisa maléfica en su rostro.- Vamos, Longbottom, no durará mucho tiempo.
Ambos corrieron por el pasillo que indicó Alice y que conectaba con la salida del Palacio. El hielo y su velocidad hicieron que en más de una ocasión, hicieran un amago de resbalarse. En un momento, sintieron unos pasos correr detrás de ellos. Ambos sabían quién era, pues Albus habría perdido la práctica con los hechizos.
Alice no pudo evitar querer salvar por fin a Albus, así que lo empujó hacia una habitación que había abierta.
-¡Alice, sal de ahí!- bramó impotente el joven.
La joven le plantó cara a su opresor. Tanteó en su capa buscando la varita.
-¡AVADA KEDAVRA ¡
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Todos los aurores estaban en alerta. Estaban buscando a todos los alumnos y los estaban encerrando en el Gran Comedor para que no hicieran nada. Decían que se trataba de un simulacro de emergencia, pero James sabía que habían pillado a los demás. Que se estaba quedando sin tiempo para ir a por su hermano y que ellos solos no podían hacerlo. Eran solo tres y quizás ya estaban en peligro.
Miró a Fred de reojo y asintió.
Se encontraban en un pasillo que estaba siendo inspeccionado por un auror que James había aprendido a odiar gracias a Ted. Les trataba a todos como inferiores y les llamaba "sabandijas", como si viniese de otra época. A ellos, en cambio, no les diría nada. Hugo les había dado la Capa de la Invisibilidad para justo ese instante. Debían salir del castillo y llegar al bosque. Ya habían conseguido los polvos flú necesarios.
Fred le había dicho que Sue estaba en enfermería, y que no sabía por qué pero aquello le olía a gato encerrado, pues Sue no había aparecido en toda la noche por su cuarto. James pensaba que su amigo podía estar celoso, pero conociendo a Sue, no había lugar a celos. Se habían prometido hablar de ello con ella cuando Albus estuviera sano y salvo. Además, así le dejaban algo de tiempo a la muchacha.
Por otro lado, Fred insistía en que Brooks debía ir con ellos, al fin y al cabo era muy inteligente y al ser tan solo dos y contando con la ausencia de Sue, quizás una mano más no fuera en vano. James sabía la razón exacta por la que Brooks no quería ir con ellos y estaba directamente relacionada con él siendo asesinado por un licántropo. No le había dicho nada a Fred, por lo que su insistencia era algo cansina. Creía que sólo él tenía la estrategia perfecta. De hecho, Perry Greenwood, del curso de su prima Rose, había colaborado con ellos: les había encubierto en su huida de la Sala Común. Al final crearían un Ejército de Dumbledure 2.
A Fred no le molestaba la idea, pero para James era poner en peligro a demasiados alumnos. Sí que había estado de acuerdo con Hugo a la hora de decidir los planes en conjunto. Habían formado un grupo bastante efectivo. Cada uno era necesario por su distinta personalidad. Hugo dijo que James tenía espíritu de líder, Fred era la fuerza -obviamente evitando usar la palabra "matón" que todo el mundo le había atribuido-, él sería el cerebro, Rose era el espíritu de iniciativa y la constancia, Sue era la madre que ayudaba y cuidaba a todos y Scorpius era la conciencia de todos. Aún no sabían qué papel jugaría Albus.
Aún no sabían cuánto había cambiado Albus.
James se estremeció. Su hermano podía tener una mente muy retorcida y el contacto perpetuo con el Ojo podría haberle perturbado. Temía aquello, pues su hermano podía ser influenciable. Tenía que rescatarle.
Salieron a la linde del bosque. Según Greenwood, todos los aurores estaban dentro del castillo, habiendo ya registrado todos los alrededores del este. Así que tirar los polvos flú en el bosque era la opción más sensata en aquel caso.
Fred retiró la capa y la guardó bajo su brazo. Acabarían perdiéndola pero al menos lo haría siendo útil. James estaba nervioso por llegar allí. Se había preparado hechizos complejos con Hugo. Sin embargo, estaba hecho un manojo de nervios. Se trataba de un examen real. Si suspendía, moría. Y sobre todo, había posibilidades de aquello.
No pensaba mucho en aquello. En su muerte. Asesinado por un hombre lobo. Obviamente se remitía al hombre lobo del Ojo, que se encontraba presente en el ataque a King's Cross. Por eso aquella vez estaba especialmente nervioso. Miró a Fred para que le transmitiese tranquilidad, pero su rostro estaba crispado.
-¿Qué pasa, tío?- le cuestionó extrañado.
El joven aludido alzó las cejas hacia algo a las espaldas de James.
Un hombre. Una figura extremadamente familiar. Tenía el pelo gris largo y rozaba ambos costados de la cara, cuyos pómulos redondos transmitían una sensación de falsa calidez. Su mueca, en cambio, dejaba una sensación de amenaza inminente.
James sacó su varita y le apuntó. Frunció el ceño. Estaba seguro de que había visto antes a aquella persona. Solo que… Lo notaba diferente y por ello no sabía decir quién era.
-¿Qué pasa, Potter? ¿Ya no te acuerdas de mí?- su voz, similar a un gruñido, trajo vagos recuerdos a James. El hombre se aproximó demasiado al joven, y notó cómo Fred se tensaba a su lado. Como salido de la nada, un puño ahogó el cuello de James.- ¡Mi basilisco sí que se acuerda de ti desde el infierno!
James forcejeó e intentó zafarse del agarre. Sacudió sus piernas en busca de darle una patada a su enemigo.
-Montdark…- susurró con odio infinito, mientras arremetía un puño contra la mandíbula del hombre. Fred le ayudó tirándolo de un fuerte empujón al suelo, siendo arrastrado a su vez por el agarre del hombre.
El joven pelirrojo gimió cuando Montdark apretó sus uñas en su nuca, inmovilizándolo unos instantes mientras James se recomponía y le encaraba de nuevo. La sonrisa sádica de aquel hombre siempre le provocaría un escalofrío interno. James empuñó la varita con fiereza y la apuntó hacia él.
Montdark fue más rápido y lanzó un hechizo antes:
-¡CRUCCIO!
-¡PROTEGO MAXIMA!
Una voz se alzó ante el lanzamiento que iba dirigido hacia James. Cornelia Brooks alzaba la varita con solidez y miraba fijamente a Montdark.
-¡Brooks!- gritó Fred, realmente feliz de verla. Montdark tiró al joven furiosamente y lo estampó contra un árbol haciéndole perder el conocimiento. El hombre se dirigió al pelirrojo con expensas de rematarlo.
James fue corriendo a su ayuda y de un empujón desplazó a Montdark fuera del alcance de su amigo, a quien le comenzó a brotar sangre de la sien. Buscó con el rabillo del ojo a Brooks, quien se encontraba a las espaldas de Montdark, preparada para lo que fuese que se le estuviese ocurriendo a James.
Hugo le había recomendado no hacer precisamente aquello.
Dio un salto y cogió a Montdark del brazo y empujó hasta chocar con Cornelia. Su mente trabajó más rápido de lo que jamás creyó, pero para él todo pasó en retroceso. Se enfocó en aquel lugar helado coronado por un Palacio, que quizás estaba más lejano de lo que su capacidad mágica podía ofrecerle. Al instante, una sensación de fuerte presión recorrió todo el cuerpo, como si estuviese siendo aplastado o forzado a pasar por un espacio muy estrecho hasta tal punto que le resultó muy complicado seguir respirando. Debía tener cuidado pues, no podía permitirse que ningún miembro de ninguno de sus dos acompañantes se quedase atrás.
Abrió los ojos y apareció en un jardín helado. Montdark se encontraba a unos pasos de él y Cornelia Brooks había aparecido postrada al lado de un arbusto de hielo en forma de ninfa. Los tres se miraron, entre confundidos y preparados para lo siguiente.
-Accio Varita- formuló James hacia la varita de Montdark. Esta cayó en sus manos rápidamente y se la tiró a Cornelia que era la que más a alejada de Montdark estaba. Volvió su mirada a Montdark, quien tenía su mirada puesta en Brooks. Parecía haber olvidado su instinto asesino por un momento.
-Petrificus Totalus.- conjuró Brooks hacia Montdark, acercándose rápidamente a James.- Vamos, tenemos que encontrar a tu hermano antes de que algo malo pase.
James sabía a qué se refería y asintió. Agudizó su oído y notó cómo dentro del castillo sonaban conjuros, gritos y rugidos. Los aurores habían llegado. La batalla ya había comenzado. Cornelia se aproximó a la puerta de entrada al Palacio, la cual tenía un agujero hecho por el que entrar, seguramente de alguien que hubiese aparecido antes que ellos en el jardín. Echó una mirada atrás y vio a James apuntando con su varita a la estatua de hielo de la ninfa.
-Piertotum Locomotor. - dijo James. Él mismo se sorprendió cuando la ninfa se retorció desde su postura daleada hasta estremecer todo su cuerpo y mirar sumisa, con una belleza impoluta, al joven. - Llévanos hasta Albus Potter. - le ordenó, con cierta autoridad y sabiendo exactamente lo que estaba haciendo.
La estatua viviente asintió con delicadeza y se dirigió con pasos graciosos y ligeros hacia la quebrada puerta principal. Al pasar por allí, les pidió que les siguieran, lo cual ambos hicieron, pero al tornarse su rostro en horror; se quedaron parados, escépticos.
-REDUCTO.
La bella ninfa se redujo a cientos y miles de pedazos de hielo que se disolvieron en el aire como la nieve. James, por instinto, se puso justo delante de Cornelia, al fin y al cabo, ella no había pedido venir allí. Una gran y robusta figura pasó el franco de la puerta. Les miraba con aires de suficiente, con aires de amenaza. Con los ojos inyectados de sangre.
Por primera vez en su vida, James saboreó la muerte, y sintió un terrible miedo hacia ella.
-¡James, corre!- vociferó Cornelia dando la vuelta y tirando de él hacia los rincones del jardín de hielo.
Mientras James corría a la vez que la muchacha, supo lo que iba a pasar. Vio los movimientos de Cornelia, sus hechizos y su rostro de preocupación a cámara lenta. Mientras huían de él. De Theodore. Del licántropo.
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Queridos lectores,
Antes de nada, una gran disculpa por la espera. ¿Habrá merecido la pena? Eso solo lo podéis juzgar vosotros.
Me gustaría deciros que actualizaré con más frecuencia… Pero (y es un PERO así de grande), me temo que a partir de ahora me limitaré a actualizar una vez al mes por motivos relacionados con mi vida académica (en caso de que os lo preguntéis, no cuento con ningún suspenso). Además, los capítulos a partir de ahora los subiré enteros. Sin adelantos.
En lo que concierne directamente a la historia (mi vida no es tan interesante), os diré que tan solo quedan 10 capítulos para que finalice esta temporada. Intentaré -no sé cómo- que sea en verano. ¿Qué quiere decir eso? Que es ahora cuando la tensión, el misterio y todo aquello que esperabais, ocurre.
Por cierto, vuestros comentarios me alegran mucho y me animan a seguir escribiendo. (De hecho, cuando veo un nuevo comentario me apremio a acabar el capítulo).
Esperando vuestras impresiones.
Siempre con cariño,
-A.
P.S: Próximamente -quizás hoy-, cambio de portada con los personajes definitivos.