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La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 33

Capítulo 21: El lobo ataca con el diente.

El ritmo de su corazón iba tan rápido que hubo un momento en el que creyó que explotaría. No era capaz de mover ni un músculo de su cuerpo, ni siquiera de respirar. Toda ella estaba en tensión, templando al mismo tiempo que sus latidos, con los ojos llorosos y las muelas traseras apretando fuertemente la carne. Sus pesados sentimientos la ahogaban y el escozor que comenzó a sentir cuando el cuchillo se clavó en cuello a cámara lenta le dejó sin respiración.

Había dado por sentado que había tomado una mala decisión. De no ser por su estúpido egoísmo no estaría allí, postrada sobre una fría pared de hielo, mientras el que se llamaba así mismo su asesino amenazaba con descuartizarla de un tajo. Tras aterrizar en el jardín de aquel gélido lugar, comenzó una carrera a contra reloj para entrar en el Palacio antes que su persecutor. Se sintió segura tan solo los segundos que duró la puerta principal cerrada con un gran mecanismo que ella misma había puesto en marcha antes de que Frank McOrez franquease la puerta. El joven había hecho un agujero en la puerta gracias a un hechizo. Ella parecía estar esperándole muerta de miedo, como si tan solo hubiese ganado unos segundos más de su vida. Volvió a correr, aquella segunda vez sin rumbo, con el corazón en un puño replanteándose qué demonios hacía allí. No podía salvar a su hermano si estaba muerta.

No logró despistar a Frank ni una sola vez. La angustia no tardó en cegarla. Sus piernas cada vez estaban más cansadas y tenía que sacar fuerzas de no sabía dónde para lograr girar en los pasillos más cerrados.

El agarre del muchacho no tardó en jalarla hacia atrás por el pelo. Ella había gritado instintivamente, aunque sabía que allí no había nadie para salvarla. La metió en una habitación a la izquierda del estrecho pasillo que parecía ser la cocina. Había un murmullo de personas que se habían retirado hacia la pared más alejada de ellos. Temían a McOrez incluso cuando eran del mismo bando.

Lily los había visto de refilón. Tenían un atuendo parecido al de los criados de la campiña inglesa muggle. Los rostros se retorcían de temor. Alguno de ellos osó decirle a su Amo que podía retirarse a otros aposentos y que les dejase trabajar. Frank McOrez abrió un cajón, sin prestarle atención y sacó de él varios cuchillos de diferentes tamaños. Lily seguía agarrada por la nuca y paralizada ante lo que estaba a punto de acontecerse.

El cuchillo salió volando hacia el corazón de aquel hombre sin piedad y sin titubeo. La mujer que lanzó un chillido en respuesta fue la siguiente víctima. Frank dejó a Lily, quien no se movió ni un milímetro de lo aterrorizada que estaba. El joven, que portaba un cuchillo de considerable tamaño en su mano izquierda, rasgó en seguida el cuello de la mujer, dejándola tirada en el suelo que poco a poco se bañó de sangre negra.

La joven pelirroja observó el oscuro halo de placer que se asomaba en los ojos de McOrez. Miles de agujas se clavaron en su estómago cuando la mirada del joven se dirigió hacia ella. Nunca antes había tenido la certeza de que disfrutaba matando, asesinando y viendo como la gente era torturada. Se estremeció solo de pensar que él habría pensado en su propia tortura que estaba destinada a sufrir. Una lágrima surcó su rostro.

La cabeza de la mujer se desprendió del resto del cuerpo. Las venas eran hebras que seguían conectadas a lo que había sido su cuello. El resto de los presentes se quedó inmóvil, pretendiendo ser simple mobiliario en aquella habitación. Había una joven que parecía llorar por dentro, cuyo rostro le fue tan frágil y débil a Lily que otra lágrima surcó su mejilla.

La puerta de la cocina se abrió de pronto, dejando paso a una figura apuesta que buscó en seguida el culpable de aquella atrocidad a la que parecía estar acostumbrado. Tensó su ceño ante Frank McOrez, quien seguía mirando a Lily con aspecto de macabro asesino.

-¿Se puede saber qué haces?- le espetó el hombre.- Es la mejor cocinera que tenemos aquí, imbécil.- le insultó mientras se dirigía hacia la cabeza decapitada de la mujer. La cogió rápidamente, sin prestar atención al resto de personas que parecían temerle, aunque quizás menos que al muchacho.- Es la cocinera de su hermano… Se la llevaré a Longbottom.- dijo con una especie de sonrisa sádica y abandonó el lugar dejando una incomodidad en el rostro de Frank.

-Te dije que tu hermano estaría bien, Lilja.

  • comentó hacia la joven, arrastrando las palabras mientras se acercaba a ella. Lily se percató de que seguía teniendo empuñado el mismo cuchillo con el que había decapitado a aquella mujer.- ¿Recuerdas la profecía que te conté? -Esperó una respuesta en la muchacha pero ella estaba demasiado petrificada como para responder.- Dice que te mataré en una batalla sangrienta o algo así… -miró la sangre que se había manchado sus zapatos y que bañaba todo el suelo.- Puede que hoy sea ese día.

Sin previo aviso, la cogió de nuevo de la nuca y la llevó al pasillo, cuyas paredes estaban cubiertas de un hielo frío y duro contra el que fue estampada con fiereza. Sollozó, pero Frank parecía estar disfrutando demasiado de aquel momento, y, aun así, no se molestaría en dejar que sufriera. Giró la cara de la muchacha para poder ver su crispado rostro. Pareció gustarle porque rio con suficiencia. Aún seguía teniendo el afilado cuchillo que goteaba la sangre de su anterior víctima.

El ritmo de su corazón iba tan rápido que hubo un momento en el que creyó que explotaría. No era capaz de mover ni un músculo de su cuerpo, ni siquiera de respirar. Toda ella estaba en tensión, templando al mismo tiempo que sus latidos, con los ojos llorosos y las muelas traseras apretando fuertemente la carne. Sus pesados sentimientos la ahogaban y el escozor que comenzó a sentir cuando el cuchillo se clavó en cuello a cámara lenta le dejó sin respiración.

-Frank, por favor…- musitó, llena de miedo. Ante su estupor, el cuchillo dejó de hacer una leve incisión en su piel. Quiso aprovechar la ocasión.- Quizás hoy no es el día. No hay ninguna batalla como tal y… No puedes arriesgarte a matarme como así justamente hoy.

Pidió a Merlín y a todos los astros cuyos nombres desconocía que la oyesen. No quería morir. Arruinaría a toda su familia, a sus amigos, y aquella guerra que aún no había dado comienzo del todo se aceleraría peligrosamente. No podía dejar que Frank McOrez la matase.

El joven aún seguía atento a la expresión de Lily. Temió que supiese leer sus pensamientos o que, aun peor, estuviese analizando su próximo corte en su piel. Sin embargo, notó que el placer por la sangre que había mostrado cuando asesinó a aquellos dos inocentes, había desparecido en cuanto la miró a ella. Seguía teniendo esa expresión sádica en su rostro, pero también algo de preocupación en lo más profundo de sus ojos. Lily no lo había notado antes porque, sencillamente, no le había podido mirar a los ojos.

Entonces, rio para sus adentros. Fue un breve temblor en sus pulmones que se transmitió hasta los brazos con los que amarraba a Lily. Esta no supo cómo interpretar aquello. Era la primera vez que veía reír a Frank McOrez.

-Lilja.- la llamó, sabía que se refería a ella. Sintió aumentar el escozor de la herida abierta en su cuello. Como si hubiese leído sus pensamientos, y le temía que así era, retiró el cuchillo de su alcance y la liberó del agarre.- No tengas miedo. - Susurró.- Sé que hoy no es el día, desgraciadamente. No quiero que nadie te haga daño hoy y era mi forma de hacerles saber a los demás que me perteneces.

-¿¡Qué?!- se le escapó a la joven, arrepintiéndose al segundo de cuestionar la palabra de aquella macabra mente.- No.- sentenció, sintiendo una seguridad falsa en su pecho.- No te pertenezco… Siempre dices que me vas a matar pero siempre acabas huyendo… Estoy empezando a pensar que no te sientes tan a gusto matándome.

La cara del joven cambió drásticamente. Su pecho se hinchó y las venas de su cuello se marcaron más aún. Volvió a estamparla con la pared y cogió su brazo con fuerza. Levanto sus mangas, a pesar de los movimientos que hacía Lily para intentar escapar de allí. Levantó el cuchillo y lo clavó en su antebrazo.

La muchacha gritó de dolor tan alto que sus propios oídos se taponaron. El cuchillo hizo dos círculos concéntricos en su piel, haciendo gotear la sangre roja por ambos lados de su delgado brazo, manchando su túnica y la del joven. No había placer aquella vez en el rostro del joven, sino rabia y una descontrolada ira. Cuando acabó su tortura, se lo enseñó con un oscuro orgullo a su víctima. Era unas rajas curvas que simulaban la forma almendrada de un ojo. El Ojo. Sin embargo, había una particularidad que fue lo que más le había dolido, en el iris del ojo se observaban claramente unas iniciales: FM. Frank McOrez.

Los ojos de Lily que se habían llenado de lágrimas en el proceso se cerraron. Se encontró mareada de pronto y perdió el conocimiento precipitándose contra el suelo. Ya no sentía el dolor de su brazo ni el escozor de su herida abierta en el cuello. No sintió nada.

Frank McOrez la levantó cuidadosamente y la sostuvo en sus brazos. Bajó con sumo cuidado la manga de su brazo izquierdo e hizo un encantamiento para sanar lentamente la herida de su cuello. Era una reacción muy común desmayarse tras haber visto la marca que se quedarían durante toda su vida en su brazo. Desmayarse. Su sistema neuronal no podía asimilar aquella información tan devastadora. Sobre todo, tratándose de una niña de doce años a la que jamás habían tocado un pelo. No solo dañaba a su físico, sino a su orgullo, a su familia y, sobre todo, hacía cierta la profecía que estaba destinada a cumplirse. Él sería el mago más poderoso del mundo gracias a ella, por eso se veía obligado a cuidarla y a hacerle ver que era irremediable.

Ya había sentido la presencia de varios aurores en el castillo antes. Y sabía perfectamente a quién se iba a encontrar a la vuelta de la esquina. La expresión del hombre al ver a su hija en manos de Frank, conmovió por un momento al muchacho. Sus padres jamás se sentirían aquello al verle a él. El amor que impregnaba Harry Potter hacia la menor de sus hijos era emotivo. Frank McOrez sujetó con más fuerza a Lily en sus brazos.

-Se ha mareado, señor Potter.- dijo tranquilamente McOrez, como si se hubiese encontrado al padre de aquella muchacha en los pasillos de Hogwarts.

Se encontraba él solo, probablemente se había dividido en busca de su hijo predilecto. Él asintió, incluso dando por alto el hecho de que el joven que sostenía a su hija tenía las manos llenas de sangre y la túnica impregnada de un olor a muerte insoportable. Harry Potter examinó superficialmente a Lily.

-¿Puedes aparecerte?- preguntó con cierta voz ronca. McOrez asintió.- Llévala a enfermería. Sé quién eres y sé lo que has hecho, pero confío en que lleves a mi hija sana y salva a la enfermería.- le ordenó con cierta autoridad que impresionó al joven, a quién siempre le habían comentado la ineptitud de aquel hombre.

-Estará a salvo conmigo.

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Tenían que salir de allí.

Y justo en ese momento, al cerrarse la puerta que habían acabado de pasar y al hacerlo también la que se encontraba al final de aquel oscuro pasillo, cuando se dio cuenta de que quizás se habían precipitado al tomar esa decisión. ¿Merecía la pena? Era su mejor amigo. Lo necesitaba a su lado en aquella dura etapa de su vida, y no solo él, sino un puñado de personas que hasta su pérdida no se habían percatado de lo importante que era para su rutina. Sin embargo, ya habían hecho todo lo que estaba en sus manos. El muchacho había escuchado la entrada triunfal de los aurores que ellos mismos habían llamado, y, siendo realistas, ellos eran muchos más competentes que cuatro críos. Su madre se moriría si se enterase, así que necesitaba salir de allí con vida para no sumirla en una depresión más grave que con la que ya vivía.

Tenían que dejar aquel lugar que les había encerrado en aquella hilera de puertas iguales.

Por Merlín, ni siquiera habían pensado en las consecuencias que aquella pequeña y peligrosa aventura podría tener para ellos mismos. No tenía miedo a decir que podían morir o encontrar a su mejor amigo, y no sabía cuál de las dos opciones le aterrorizaba más, pues no solo tenía la posibilidad de morir él, sino también Rose, Alice e incluso Fred Weasley y Potter si les había dado tiempo a llegar. Destrozarían a varias familias por el simple hecho de querer actuar por impulso, basados en una vaga conjetura del hermano mayor del rehén.

La adrenalina se apoderó de él. El labio que sangraba sin cesar le escocía a rabiar, a causa de un fallido enfrentamiento con un encapuchado que había decidido usar los puños en vez de las varitas, como si estuviese incapacitado. Él quizás se había roto el labio, pero había conseguido bloquear a su oponente que quedó inmovilizado en el suelo gracias a una llave de kárate que su amiga Rose se sacó de la nada.

Rose se encontraba a su lado, y pudo sentir como su cuerpo se tensaba a la par que el suyo mismo. Atrapados. Lo que les faltaba. No lo había escuchado de ella, pero sabía que Rose no iba a irse sin haber visto a su primo. Y llevarle el contrario en una situación crítica como aquella no era lo más acertado.

-Prefiero abrir la puerta por la que hemos entrado porque sabemos que no hay nada en esos pasillos.- consideró Scorpius, mientras se daba la vuelta y alzaba su varita hacia la puerta. Debía usar una explosión, quizás el hechizo Reducto le ayudase más que el ensordecedor sonido de la Bombarda Máxima.

Rose asintió. Estaba nerviosa, y Scorpius podía notarlo porque no había abierto su boca en todo el trayecto desde que noquearon al último encapuchado. Más que nerviosa, estaba asustada. No era estúpida y probablemente ya se había planteado las escasas posibilidades de salir de allí con vida. En cambio, sus posibilidades contaban con el hecho de que Albus se iría con ellos. Ni siquiera pensaría en Alice. Cuando llegaron al Palacio, una llamarada de ira se encendió en los ojos azulados ojos de su amiga. Maldijo en voz alta varias veces y, cuando Scorpius preguntó que dónde estaba Alice, ella rugió acusándola de haber formulado un lugar exacto del castillo.

Ninguno de los dos se caracterizaba por ser ingenuo. Alice había estado allí antes, y, lo que era peor, sabía dónde estaba Albus. ¿Les había traicionado? No les dio tiempo a cuestionarlo en voz alta, pues varios encapuchados les rodearon y tuvieron que despejar su mente para pensar en hechizos potentes. Tras eso, cada uno se sumergió en sus pensamientos. Scorpius sabía que había un factor mayor que hubiese obligado a su amiga a ocultarles aquella información que hubiese facilitado el rescate de su amigo considerablemente. ¿Debían culparla? ¿Sin siquiera haberla dejado que diese una explicación sensata? Conocía a la perfección la radicalidad de Rose y sabía lo que era capaz de hacer.

-¡AYUDAAAA!

Ambos se miraron instantáneamente. El grito procedía justo de la planta superior a la que ellos se encontraban. Era Alice y parecía llorar. Scorpius debía darse prisa.

-¡Bombard…!

-¡SCORPIUS!- Rose tiró de él hacia ella para que se diera la vuelta. Lo que sus ojos vieron parecía imposible.- ¿Qué demonios…?

Como si su techo se hubiese derretido, una espesa masa metálica de color gris comenzó a hacer una especie de estalactita gruesa que fue girándose sobre sí misma. Aquella vez fue Rose la que se giró para realizar el hechizo, mientras Scorpius seguía observando la figura humana que aquella masa metálica estaba formando. Apenas sintió la onda expansiva de la Bombarda Máxima. La masa se transformó por completo en una larga capa negra, y en el extremo de aquella extraña magia unos ojos azules se abrieron, sobresaltando a Scorpius.

-¿Me echabais de menos?

El chillido de Rose hizo que Scorpius despertase de aquella extraña magia que le había cautivado. Gwendoline Cross se alzaba ante ellos boca abajo, colgando del techo como si se tratase de una araña. No tardó en girarse sobre su misma y poner los pies en el suelo. Les miró con burla.

-¡Vamos, Scorpius!- bramó Rose desde el otro lado de la puerta que había destrozado. El joven le siguió algo desconcertado todavía.  La muchacha le cogió de la mano y tiró de él por el pasillo que hacía esquina.

Entonces las piernas del joven reaccionaron y comenzaron a correr en dirección contraria a la asesina de la directora McGonagall, a la agresora de la amiga que tiraba de él para que no le llegaran las maldiciones imperdonables que iba lanzando. Fue en ese momento cuando cayó en la cuenta. Gwendoline Cross había querido asesinar a Rose justo la noche del asesinato de Roxanne Weasley. Y ahora les estaba persiguiendo… Iba a matar a Rose.

-¡Sectusempra!- conjuró hacia la sombra negra que les seguía.

Se escuchó un alarido desgarrador procedente de la sombra que había caído al suelo y se podía apreciar la sangre manchando el suelo. Rose seguía tirando de él por inercia, y estuvo a punto de tropezarse. No quería usar hechizo. Nunca quiso usar maldiciones sobre nadie. Y menos aquella. Su padre le había contado de pequeño muchos retazos de su vida en Hogwarts, sin ocultar las más oscuras, en las que había aprendido ese hechizo en concreto de su mentor, Severus Snape. Significa retomar la oscuridad que le había negado su padre. Se sintió tan culpable por decepcionarle que se detuvo.

-¿Qué pasa, Malfoy?- le dijo Rose, algo exacerbada.- ¡Vamos, tenemos que ir a por Albus!- vociferó, sin soltarle del brazo, aquella vez apretándole con fuerza para que reaccionase.

-¿Has visto lo que he hecho?- musitó Scorpius en su carrera hacia no sabían dónde. Rose miró brevemente hacia él, sin contestar. Se le encogió el estómago.

-Nos has salvado.- dijo ella simplemente.

Scorpius se detuvo nuevamente, esta vez agarrando él a Rose para que no marcharse.

-¿Dónde vas, Rose? No sabes a dónde. Vámonos.

La mirada que le lanzó la joven fue como si le hubiese traicionado. Otro de sus amigos, pensaría. Scorpius bajó la mirada.

-No. Hay que ir a por Albus, para eso hemos venido aquí, ¿no lo entiendes? Hay que salvar a Albus.

-¡Rose, no seas estúpida! Hay que salir… ¡Esto es una ratonera! Vamos, sé aparecerme, vayámonos a Hogwarts. Solo estamos dando vueltas y esperando a que nos ataquen… Este Palacio debe ser enorme, por Merlín, Rose, tenemos que ponernos a salvo.- Rose le obsequió una mirada irritada. Scorpius intuía que en el fondo su amiga sabía que él tenía razón, pero era más cabezona que razonable. Empuñaba su varita, notándose sus nudillos tensos.

-Creía que eras un Gryffindor…- murmuró Rose, sabiendo que aquellas palabras le harían daño a Scorpius, tanto que el joven le dio la espalda y partió hacia otro pasillo sin ella. Sin mirar atrás. -¡Scorpius, espera!- El muchacho tenía los labios fruncidos y no quería saber nada en ese instante de su amiga. Apremió su paso. Encontraría a Albus y se marcharían de una maldita vez de aquel horrible lugar. No sabía a dónde iba, pero los pasos de Rose ya no se escuchaban.- ¡SCORPIUS!- vociferó la pelirroja. Al segundo, la oyó gemir.- ¡SCORP…ARRGH!

Tardó en reaccionar, la estaban hiriendo. Su breve rabieta despareció como había llegado, pues estaba algo sensible tras haber realizado el Sectumsempra y ser cuestionado acerca de sus valores que le hacía ser merecedor de la Casa Gryffindor. Jamás se había planteado lo que significaba para él estar en esa Casa, y lo que significaba para su padre, quien, aunque pareció reacio al principio, fue por lo que le congratuló antes de morir. Y debía ser el Gryffindor más sobresaliente por ello.

La escena que se acontecía dónde procedía los gemidos de Rose fue como una puñalada en su estómago. Había dejado a Rose sola al acecho de Gwendoline Cross. Rose estaba de rodillas en el suelo y a su espalda se encontraba la joven mirando a su amiga con burla. El afilado y torcido cuchillo que empuñaba estaba clavándose en la mejilla repleta de pecas de Rose, haciendo brotar un hilo de sangre que surcó su rostro como las lágrimas que sobresalían de sus ojos azules. Miraba a Scorpius a modo de disculpa por lo que había dicho antes. Era idiota, sabía que siempre le perdonaría.

Gwendoline Cross miró hacia el joven.

Los actos reflejos de la joven brillaron por su ausencia cuando Scorpius corrió hacia ellas y empujó hacia un lado a Rose, abriendo y profundizando más su herida en la mejilla; y se abalanzó con la portadora del arma blanca. Se tiró hacia el suelo encima de Gwendoline Cross para movilizarla.

-¡Coge su varita, Rose!

La joven, que pareció no inmutarse por la herida en su rostro, se asombró por la velocidad de su amigo y corrió hacia el cuerpo de Cross, quien se removía para escapar del agarre de Scorpius. Este, al comprobar que Rose se había hecho con la varita de Cross, observó cómo su amiga la partía por la mitad, ante la furiosa mirada de Cross, quien apuñaló a Scorpius en el hombro.

Rose se dio cuenta de que el cuerpo de Cross estaba lleno de heridas abiertas y que al retorcerse, su rostro se crispaba de dolor. Scorpius rugió de dolor y agarró con saña el cuchillo apartándolo de su agresora quien parecía estar esperando a ser asesinada, a causa de la mueca de ira y rabia que tenía en el rostro el joven. Levantó el cuchillo, con expensas de clavárselo en el cuerpo e infligirle más dolor.  La mano de Rose, ante el estupor de Gwendoline Cross, lo detuvo de cometer un error que le perseguiría demasiado tiempo.

-Vámonos.- pidió la joven, con voz de estar asustada, y Scorpius no sabía si por Cross o por él. Ayudó a incorporarse al joven y, antes de que la joven rubia se levantase, alzó la varita hacia ella.- Petrificus Totallus.- por la fuerza con la que lanzó el hechizo, duraría muy poco el efecto.

Tenía que poner a salvo a Rose, aquello era en lo único que podía pensar cuando se dirigió hacia ella y la cogió por sus dos antebrazos. Tenía que salvarla. No podía morir. No, tenía bastante con su padre. Tenía que salvarlos a todos. Protegerles. En su casa estarían a salvo. Tenía urgencia por ir a su casa y comprobar cómo estaba su madre y su hermana. Y quizás todo era mentira y su padre seguía en su sótano. Tenía que salvarle.

Como esperó en el fondo, aunque quizás fue más una decisión del corazón que de la cabeza, aterrizaron en la mullida alfombra que caracterizaba el suelo de su cuarto en el ala este de la Mansión Malfoy. Solo al chocar contra el suelo se dio cuenta del dolor que sentía en el brazo, en la sangre que había manchado todo el brazo y de la cara llena de sangre de Rose, quien se encontraba sobre él.

La joven se levantó lentamente, con el rostro lleno de dolor y soltó un breve sollozo. Miró a su alrededor, desorientada y pidiendo una explicación con su expresión a Scorpius. Antes de que este pudiese responder, la puerta de su cuarto se abrió, dejando paso a una varita que les apuntaba a ellos. Astoria Malfoy, cuya expresión era de auténtico terror, se asomó por la puerta. Al ver a su hijo en el suelo, bajo el cuerpo encogido de su amiga, se acercó a ellos con urgencia.

Sus dulces rasgos se tensaron al ver la herida abierta de Scorpius y el rostro ensangrentado de Rose Weasley. Acarició la mejilla de su hijo quien aún seguía quejándose de dolor en el suelo. No le pediría explicaciones, era su madre, cuando se recuperase él se lo contaría todo.

-Llamaré a Sanadores.- dijo con un hilo de voz.

Rose se dirigió hacia ella.

-¿Podría mandar un Patronus a mi padre y decirle que estoy bien?

Scorpius pudo notar cómo su madre la escudriñó con la mirada. Al principio, debido a su rostro demacrado, su madre no había acertado la identidad de su amiga y asintió levemente tras darse cuenta de que se trataba de la inquebrantable Rose Weasley, de la que su hijo no se cansaba de hablar. Podía también ver en la expresión de Astoria que realmente "estar bien" no era lo acertado para describir a Rose en aquel instante.

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-Lupin llegará en unos minutos.- avisó Bastien Lebouf, con voz cansada, como si hubiese acabado de correr una carrera de atletismo.- ¿Dónde están los demás?- Ronald Weasley, cuyas manos escondían la sangre de una cabeza decapitada que se había encontrado en un pasillo, se encogió de hombros con una mezcla de rabia y cansancio. Acababa de llegarle un Patronus de Astoria Malfoy informando que su hija y su amigo Malfoy se encontraban en su Mansión e iban a ser atendidos médicamente a causa de severas heridas con las que se habían presentado. Minutos antes de aquello, su mejor amigo le informaba de que su hija menor ya estaba en Hogwarts. - Solo quiero decir que me gustaría pasar aquí el menor tiempo posible.

Ronald alzó la cabeza hacia su acompañante. Era relativamente joven, para ser un auror francés, y su cuerpo estaba encogido envolviendo con fuerza la varita torcida que empuñaba con fuerza. El hombre pelirrojo soltó una breve risa. Se encontraban quietos ante uno de los tantos pasillos que recorrían aquel palacio como si se tratase de un laberinto. Habían perdido el rumbo, por mucho que le hubiese gustado negarlo. Tan solo tenían que encontrar a Longbottom y salir pitando. Sin embargo, sabría que él no lo haría. Suponía que su esposa había ido en la búsqueda de su hija y que su hermana estaría en la enfermería con la pequeña Potter. Alexis estaría a saber dónde en el Palacio, buscando a Harry, quien se habría escapado de su protección para buscar a su hijo. Moonlight seguiría con Loring. Y Bastien estaba a su lado, esperando órdenes.

-¿Te da miedo cruzarte con tu jefe?- se burló, con cierta seriedad tras sus palabras.

-Puede sancionarme por entrar en la propiedad privada del Ministro francés, ya sabes lo corrupto que se está volviendo mi sistema… - recordó, quizás más para sí mismo que para el auror inglés.

Cruzaron una mirada. Habían escuchado un rugido proveniente de una habitación contigua al pasillo en el que estaban. Era arriesgarse, pues tenían que encontrar a Longbottom, pero también era no salvarla en caso de que aquel rugido se dirigiese hacia ella.

-Mantén la calma, Lebouf.

-¿Y si es Greedy?- preguntó, refiriéndose al "discípulo" de Ronald. Podía intuir cierto recelo hacia el joven licántropo por parte del francés.

Ronald se lamió los labios empuñando la varita hacia la pared de la que provenía aquel extraño sonido. Miró de reojo a su acompañante.

-Sé que se tiraba a tu hermanita, pero se está encargando de Loring, así que podrías agradecerle más tarde su labor.- comentó, pasando por alto que su hermana estaba muerta tras el ataque a Hogsmeade. Se dirigió hacia la pared.- Reducto.

En seguida, la pared se disolvió en miles de partículas que hicieron al principio borroso la escena que les esperaba, la cual quizás no era la que esperaban. Tristán McOrez tenía cogido por el cuello a Albus Severus Potter.

-¡INMOBULUS!- gritó Alice Longbottom, apareciendo detrás de Ronald y de Lebouf. Tenía los ojos llorosos, el pelo enmarañado y su cuerpo temblaba a causa de varias convulsiones. Miraba con preocupación a Albus. Había inmovilizado a Tristán McOrez. La niñita de Neville había inmovilizado a Tristán McOrez. Cogería los genes buenos de su padre.- ¡¿A qué esperas, Albus?! ¡Sal de allí, por las barbas de Merlín!

El joven, quien se había quedado un tanto patidifuso, al igual que el gran auror Ronald Weasley, salió como pudo del agarre rápidamente y se dirigió a su tío. Este pestañeó rápidamente. Su sobrino. A salvo. Delante de él. Después de tres meses.

-¡VEN AQUÍ, PEQUEÑO HARRY!- lo enfundó en un abrazo y le besó numerosas veces la coronilla. Se separó y formuló un Patronus para su mejor amigo. Albus a salvo. Alegraría a toda la familia.

-Cómo me gustan los reencuentros…- dijo la ronca voz de Tristán McOrez, quien se había liberado de su hechizo, ya que claramente Alice Longbottom no era una eminencia en los duelos.

Ronald puso rápidamente a su sobrino detrás de él y le pidió con la mirada a Bastien Lebouf que se llevara a los niños. El francés negó y se puso delante de él, encarando así a Tristán McOrez. Ronald no pudo más que asentir. Sabía la historia de aquellos dos. Hacía poco Lebouf había averiguado que fue Tristán McOrez quien asesinó a su padre, cuando él era un niño, en plena luz del día en el centro de París. No podía arrebatarle aquella oportunidad de venganza, aunque sabía que podía salir mal parado. Al fin y al cabo, Ronald no era nadie para juzgar qué era lo que hacía aquel auror para vengar la muerte de toda su  familia.

-Vuelve vivo.- susurró Ronald, dándose la vuelta.

El pelirrojo siguió a los muchachos por un pasillo hasta topar con una esquina, allí les cogió a ambos de la mano y les miró a los ojos con serenidad mientras los hacía desparecer. Tenía que improvisar un lugar franco en el que solo el Departamento de Seguridad Mágica tuviese permiso. Su despacho.

Al aparecer, miró fijamente a su sobrino.

-Supongo que no nos dejarás ir a Hogwarts tan tranquilamente, tío Ron.- comentó Albus con cierta decepción. ¿A Hogwarts? ¿Ese niño estaba bien? ¡Ni hablar! ¡Ahí mandaría su tío Ron que para eso era una de las figuras más importantes de Inglaterra! Por los calzones de Merlín, si ese niño había sido torturado física y psicológicamente… Sabía el poder que tenía el castillo para parecer acogedor, pero no podía olvidar que había sido secuestrado por una organización de la que necesitaban información. Y que tenía que estar con su familia, qué demonios.

-¿Puedo irme yo, señor Weasley?- preguntó educadamente Alice Longbottom. Estaba nerviosa. Albus la miraba con escepticismo, como si su presencia le molestase. Recordó que él mismo miraba así a Hermione (y no solo en su etapa juvenil).

-Por supuesto. - sentenció. La muchacha le miró expectante.- Oh, sí, ¿por qué no vas al despacho de Charlie y que te lleve él? Supongo que también te tendrán que interrogar antes… ¡Y dile que saque a mi hija de la casa de los Malfoy!  Por Merlín, dónde va a acabar esta tolerancia a los seguidores de Ryddle…- Albus tosió adrede.- Olvida eso, viejas costumbres…- le indicó que se sentase.- Supongo que te habrán hecho muchos interrogatorios para sacarte información sobre tu maravillosamente poderosa familia, en especial ese auror tan aclamado que es… Yo. - Albus sonrió con desgana.- Solo te pido que respondas a unas pocas preguntas para que pueda llevarte a casa… ¿Quieres pastel de arándanos de la abuela?

Albus sonrió, aquella vez realmente feliz. Su tío Ron volvió a abrazarle y él se dejó llevar por el cálido aroma del hogar. El auror vio en la cara de su sobrino una mueca que le indicaba que el joven quería romper a llorar, ya que, quizás, creyó que moriría dentro de aquellas mazmorras.

De pronto, un halo de luz proveniente de la nada se instaló en la habitación. Un Patronus que Ronald no pudo reconocer. Un búho.

-Por favor, que alguien nos ayude… Estamos cerca del acantilado del Palacio… Soy Cornelia Brooks… Y James… James está con el hombre lobo… Necesitamos ayuda.

Ronald miró a su sobrino en tensión. Primero, asombrado por la capacidad de una alumna de convocar un Patronus múltiple, ya que estaba claro que se lo había enviado a varias personas. Segundo, por la presión que debía tener su sobrino en sus hombros: su hermano estaba en peligro por su culpa.

-Tengo que ir a por mi hermano.

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Buenas tardes, mis queridos lectores.

Siento la brevedad de este capítulo, pero he decidido hacer el siguiente más largo, ya que así se solapan mejor las ideas.

Antes de nada, muchísimas gracias por ser mis lectores, por leer y por acompañarme en cada momento de esta historia. ¿Por qué digo esto? Porque jamás pensé que llegaría a este momento de la historia… Como podréis apreciar, se trata de un punto clave -hasta ahora, claro está.

Espero poder seguir obsequiándoos con más fases de esta historia.

Y ahora, ¿qué os ha parecido?

Siempre con cariño

-A.