← La Tercera Generación de Hogwarts III · de
La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 35
Capítulo 22: Por la valentía se conoce al león.
Entender aquello del todo era arduo. En realidad, si se atenía al simple enunciado, todo parecía coser y cantar: "el ADN es la molécula fundamental de la vida, porque lleva en su estructura la información hereditaria que determina las características y funciones esenciales del organismo". El legado más puro de los progenitores. La teoría era preciosa, pues, entonces, estuviese donde estuviese su hijo siempre tendría algo suyo y algo de su padre. Aquello había lograda tranquilizarla, ya que últimamente soñaba que Remus le era arrebatado y se había convertido en su peor pesadilla. Quizás fuese porque había comenzado a trabajar, lo que le hacía sentir muy orgullosa de sí misma.
La empresa que dirigía el King's College Londonla había aceptado. Rutinariamente iba todas las tardes a aquel menudo despacho al que acudió para pedir ayuda en cuanto al ADN de Charlotte Breedlove. Después de casi un mes, aun no tenía los resultados -y dudaba que fuese porque tardaban en realizar el análisis. Había aprendido muchísimo sobre la estructura molecular y, gracias a su metodismo y a sus sobresalientes notas en Pociones, era capaz de hacer los análisis notablemente. De hecho, le habían asignado como auxiliar del analista principal en aquel despacho, el cual solo contaba con uno. Le prometió que ella misma empezaría a hacer aquello por su cuenta en cuanto lo dominase por completo.
Aquel pequeño despacho capitaneado por la exigente doctora Crawford se encargaba de averiguar identidades y filiaciones a través de una molécula, pero con un detalle especial: eran encargos privados, por cuestiones personales. Es decir, normalmente los clientes solían ser personas que mantenían duramente el anonimato y que debían tener bastante dinero, pues aquella clínica era bastante prestigiosa. También tenían una política de imagen muy estricta y debían vestir según los colores del logo de la firma (dorado y azul). Además, en ocasiones le pedían que se ocupase de la recepción, junto a la mujer hindú que se encontraba allí y de la cual notaba cierto recelo hacia ella, quizás temiendo que le sustituyese en su apreciado puesto de trabajo.
Victoire se encontraba allí en ese momento, mientras Priya, su compañera de recepción, se había ido al almacén a rescatar algunos resultados para los clientes que tenían previsto llegar aquel día. Las personas que recurrían a aquella empresa no solían llegar en aglomeraciones; es más, había ocasiones en las que solo tenían que atender a tres en un día. Aunque para la empresa no suponía ningún problema: el precio de un análisis ordinario era de dos mil libras.
La joven se recostó en la butaca leyendo un artículo sobre el proceso de aquel análisis. Aquel en concreto se centraba en la prueba de paternidad, que solía ser la petición más común entre la clientela. Victoire creía que aquellas madres eran algo irresponsables y que aquellos que desconocían su procedencia genética debían dejarla mejor enterrada. Suponía que a ella jamás le había picado la curiosidad en aquel aspecto porque para ella era fácil decir de dónde venía o quién era el padre de su hijo. Aprendería a considerarse afortunada.
"Entonces, el hijo, para ser hijo biológico (yo lo siembro al lado) tiene que compartir con el padre alguna de sus dos bandas. Y la madre tiene que compartir alguna de sus bandas con el hijo. Si este ejemplo se repite para todos los genes utilizados, estamos ante un caso positivo. Si por otro lado encontramos al menos dos genes en donde el supuesto padre no le hereda ninguna banda al hijo, el resultado informado es negativo. En definitiva, los únicos dos posibles resultados de estos estudios."
Aquella era la conclusión del artículo de la revista científica. Sonrió. Le gustaban las cosas bien atadas, los finales cerrados y los resultados claros. Las complicaciones, a pesar de ser una joven dada al dramatismo, le abrumaban y le hacían sentir estúpida, pues creía que la gente inteligente era la que nunca tenía que encarar dificultades debido a que se adelantaba a ellas. Cuán ingenua podía llegar a ser.
-Weasley.- la llamó Priya. Pronunciaba su nombre de forma que parecía estar insultarle, sería la única con aquel apellido que conocía y el significado de tal le parecería infame. A aquella mujer le parecían demasiadas cosas desdeñables. -Sal.- la llamaba desde la puerta del despacho, pidiéndole que saliese a la calle. Debía de estar de broma. No reaccionó ante lo que la mujer pedía, por lo que esta entró a la recepción y se acercó al mostrador en el que se encontraba Victoire, a la que miró con impaciencia.- Sal.- repitió, aquella vez jalando del hombro a la muchacha y haciéndole salir por la fuerza.
La joven no se atrevió a hablar hasta que dejó de apretar el antebrazo. Entonces, la miró con incredulidad. ¿Cómo se le ocurría dejar la recepción vacía? ¿Qué mosca le había picado? Probablemente la doctora Crawford las despediría.
-¿Qué… Por qué?- preguntó Victoire hacia Priya. Aquella mujer llevaba mucho tiempo trabajando allí, según el analista le había comentado, por lo que esperaba una explicación razonable a aquella situación. Suponía que tenía relación con la excentricidad de la doctora Crawford por guardar el anonimato de los clientes o el suyo propio, ya que solo los trabajadores eran los afortunados que podían verla. Victoire pensó que incluso estaba casada y mantenía su apellido de soltera para causar confusión, lo cual esperaba confirmar en algún momento.
-El benefactor.- respondió simplemente Priya, como si aquello solucionase todas las dudas que podían surgirle a Victoire, así que tuvo que bufar para conseguir más información.- El benefactor viene. Todos salimos.
Sabía que el inglés de aquella mujer era impoluto, pero parecía disfrutar forzando el acento y diciendo frases simples a los demás, como si hablar para ellos fuese tan tedioso que el solo hecho de formular una palabra le resultase la tarea más tediosa del universo.
-¿Para no verlo? Pero lo veremos al entrar.- Priya negó con la cabeza. Victoire entornó los ojos al recapacitar: no había ninguna puerta de entrada que no fuese aquella. Lo sabía porque había estado en todas las estancias. Aquello era imposible… Al menos que fuese un mago. -¿Quién es el benefactor?
-El que nos beneficia.- dijo aquella vez con un resquicio de sonrisa burlona en su rostro. -Ninguno lo sabemos, no lo podemos ver nunca. Solo lo conoce la doctora Crawford.- respiró pausadamente.- Y tampoco sabemos cómo entra. Es un misterio. Y no más preguntas.
Victoire asintió, pues para ser Priya, ya había dicho demasiadas cosas. Quizás a ella aquel misterio le sacudía demasiado. Su rostro estaba preocupado, y jamás la había visto así. Para ella la magia no existía. En cambio, sabía que para la doctora Crawford sí. Y, además, sabía que persona que pertenecía al mundo mágico podía llegar a conocer. Sintió un escalofrío.
-Yo creo que sé quién es.- musitó Victoire, no muy segura de si debía decir aquello.
La mujer hindú la miró de reojo con algo de pena, para la sorpresa de la joven.
-Eso creemos todos. -Sonrió tristemente.- Todos creemos que el Benefactor es la persona por la que estamos aquí. Por desgracia, nunca lo sabremos. - Concluyó enigmáticamente.- Mientras mantenga mi trabajo, estaré feliz.
La joven le secundó con un asentimiento un tanto cabizbajo, sabiendo que ella no estaría feliz si pensaba que el Benefactor era quién ella pensaba. Y si era así, ¿de qué conocería a Priya? ¿Y de dónde sacaba el dinero para mantener una firma de tal calidad? Cabía la posibilidad de que la propia doctora Crawford estuviese jugando con sus mentes para no desvelar nada de lo tratado allí, imponiendo un extraño régimen estricto.
Priya alzó las cejas hacia ella, señalándole algo que debía encontrarse detrás de ella y que había causado estupor en la mujer, y cierto nerviosismo. Se le encogió el estómago por un momento antes de mirar hacia atrás. Había conseguido transmitirle la incertidumbre y el frío londinense sin abrigo -Priya no había tenido la decencia de dejar que lo cogiese- le raspaba la piel.
-Vic.- Ted Lupin venía con aire acalorado, sudor en la sien y su pequeño hijo en sus brazos, liado en una mantita con un gorro de lana que tapaba sus pequeñas orejas.- Tienes que encargarte de Remus, me ha surgido una urgencia.- Pidió, mientras todo su cuerpo temblaba.
-Ted, estoy trabajando. -contestó prudentemente, observando con el rabillo del ojo a Priya. Esta, como si entendiese la situación, procedió a caminar hacia otra dirección, dejándolos momentáneamente solos. Ted sabía que nadie podía acudir a su trabajo, y menos si iba a pedirle que se encargase de Remus. Habían llegado a un acuerdo por el que ambos trabajarían y ambos se encargarían del bebé. Así, Ted trabajaba en Hogwarts por la mañana y ella por las tardes en la clínica. -Llévate a Remus, Ted, es tu turno… ¡Me da igual que tengas que dar una clase extra!
Ted se ofendió considerablemente. Había llegado corriendo al lugar del trabajo de Victoire, para el que había ido con el hechizo de Aparición, al que Vic no le gustaba utilizar con el bebé, pero en ese momento le importaba una mierda lo que pensase ella. Cornelia Brooks, una de sus alumnas más sobresalientes, le había mandado un Patronus hacía unos instantes informando de que su hermanoestaba en peligro a causa de, nada más y nada menos, un licántropo del Ojo. De hecho, el licántropo del Ojo. Tenía que poner a Remus a salvo, y solo estaría a salvo en ese momento con Vic -ya que sus abuelos aquel día habían salido de la Madriguera desgraciadamente. Necesitaba dejar a Remus con ella. Porque temía que James estuviese en un estado indeseable y no podía permitírselo. No podía dejar que una rabieta de Victoire le hiciese llegar demasiado tarde.
-¡VIC, JAMES ESTÁ EN PELIGRO!- le gritó, acusándola además por la falta de consideración. -Tengo que irme.
En aquel momento, la mujer hindú apareció de nuevo. Ted sabía lo que debió haber pensado de su cuerpo temblando y vociferando a Victoire. Y por ello habría acudido con aspecto sobreprotector sobre la pelirroja. Maldita sea. Confirmó que Remus estaba bien sujeto en los brazos de Victoire.
Le lanzó una mirada llena de ira a la compañera de trabajo y se dio la vuelta. Escuchó el susurro de esta hacia Victoire: ¿Estás segura de que él es el padre? ¿Qué demonios? Esa mujer estaba peor que la propia mujer con la que vivía. Ya le había avisado en su momento Ron de las paranoias que podían entrarle de vez en cuando a las mujeres, pero siempre había pensado que exageraba. Oh, qué va. Desgraciadamente cada vez estaba más harto de Victoire, de su obsesiva y compulsiva manía de planificar sus vidas desde que ella encontró trabajo. Como si aquello el diese derecho a sentirse superior. Además, trabajo en una clínica clandestina de pruebas de paternidad… Y aquella pregunta de la hindú solo había logrado enfurecerle más. ¡Y en aquel momento debía estar calmado, maldita sea! Ya había decidido sus personas, por las que daría su vida y fue tras una charla con Moonlight: eran Harry, Remus, su abuela, James y Moonie. Eran ellos. Y no podía permitirse perder a ninguno. Porque Harry era su padre, Harry era aquello que le seguía atando a sus padres, el que los seguía manteniendo vivos a pesar de que su alma estuviese enterrada en un ataúd en Hogwarts, como héroes. Porque Remus era su hijo y con aquello bastaba. Porque James había sido el hermano que nunca pudo tener y el que completó su infancia, a pesar de que con la adolescencia de este se habían distanciado. Porque su abuela era su familia, y debía cuidar lo único que le quedaba. Y porque Moonie era su amigo, su mejor amigo, y la persona cuya sangre de hombre lobo corría por sus venas, cosa que les había unido gracias a una magia especial.
Desapareció de un callejón por el que había aparecido. Y el frío helador del glacial le despertó de todos sus turbios pensamientos. Se mareó en un principio, desorientado. ¿Dónde demonios se había metido James? Estaba en un bosque lleno de pinos nevados, y la oscuridad se cernía, no solo por la noche que se avecinaba sino por el cielo interrumpido por las copas de los árboles que lo ocultaban. Gruñó. Y su gruñido le hizo agudizar el oído, no supo si lo hizo a posta, pero fue su instinto lobo en busca de James.
Olió a alguien, pero no era el joven Potter. Llevaba perfume de mujer. Tampoco era Brooks. No había rastro de ninguno de los dos. Era otro aroma que le costó identificar. Solo hasta que logró verla, no la reconoció. Era Alexis, la novia de Charlie Weasley. Se mosqueó. ¿Qué hacía ella allí y por qué no estaba con los demás?
-¡Estoy buscando a James!- le gritó. Qué otra cosa sino, pensó Ted exacerbado.
Ted se aproximó a ella. Olía a sangre fresca, sangre humana. Parecía que demás rastro había sido borrado. La interrogó con la mirada.
-Dile a Moonlight que venga, lo necesito aquí.
Ella pareció desconcertada al principio. Acabó por asentir y dirigirse en dirección sur, donde estaría seguramente el Palacio de Hielo en el que en su momento rescató a Victoire y se enteró de la llegada de su hijo.
Cuando se marchó, Ted pudo concentrarse en buscar el olor de James. Y no tardó en llegar, además del sonido de sus gemidos. Corrió hacia él, convertido en hombre lobo, al que hacía mucho tiempo había dominado. Se lo encontró tirado como un trapo sucio en la fría nieve llena de una gran mancha roja. Antes de acercarse a él, se percató de que el latido de su corazón era tan débil que una lágrima surcó su rostro peludo.
James Sirius Potter estaba al borde de la muerte.
Se acercó hacia él. Lo olisqueó. Y lo observó detenidamente. Tenía los ojos cerrados, sin fruncirlos con fuerza, como si se hubiese rendido ya. Tenía numerosas heridas abiertas por todo el cuerpo, de los que la sangre había brotado abruptamente. Ted contuvo su instinto más animal de acabar matándolo, sabía que su parte licántropo no podía resistirse al hedor tan puro de un cuerpo muriéndose y lleno de sangre. Miró hacia otro lado. Hacia la muñeca del joven. Y entonces lo vio.
Una mordedura de hombre lobo.
El corazón de Ted latió con fuerza. ¿Dónde demonios estaba Moonie? ¿Y Brooks? Ellos sabrían qué hacer.
Si el licántropo del Ojo había mordido a James, podría haber significado que este se convertiría en un hombre lobo. Sin embargo, el hombre lobo no había dejado que la metamorfosis surgiese y aquello solo podía tener una grave consecuencia: la muerte de James.
El sudor más humano comenzó a humedecerle el pelo del licántropo. Volvió a observar el estado de James. Su corazón cada vez más lento. Solo había una única solución: que un licántropo le convirtiese. Solo existía aquella maldita y horrible solución. Si no lo hacía alguien, moriría.
Miró a su alrededor, ¿dónde demonios se había mentido Moonie? Él lo hizo con Ted cuando era niño. Podría hacerlo de nuevo sin problemas. ¿No era así? Ted no podía hacer aquello.
Respiró profundamente.
Se acercó la muñeca de James a su boca.
Había un veneno que se mezclaba con la saliva del hombre lobo y se arrinconaba en los colmillos, aquel veneno era magia. Era lo que servía para matar, si se proporcionaba poca cantidad a la víctima, o para convertir al licántropo si se daba una cantidad considerable, siempre teniendo en cuenta que cuando el hombre lobo mordiese succionaba sangre, y que, por tanto, podría inducir un derrame tan grande que la víctima moriría. Era un proceso complicado, que solo algunos lobos lograban perfeccionarlo con la práctica.
Ted, con una parte humana derrumbada y una parte loba ansiosa de sangre, hincó sus colmillos en la pálida y moribunda muñeca de James. Comenzó a succionar sangre. No pudo evitar sentir una lujuria que le hizo succionar con más fuerza, agarrando incluso el brazo del joven para arrebatarle más cantidad de aquel líquido rojo. Sus ojos chispearon, y, por un momento, su parte humana dejó lugar a la parte licántropa.
-¡Es suficiente!- gritó alguien hacia él, haciendo despertar de su placer por la sangre. Retiró casi instintivamente el brazo del joven de él y miró a la portadora de la voz, que se encontraba a una distancia de precaución prudente. Cornelia Brooks había aparecido del bosque, con la varita apuntando hacia él y su rostro lleno de sangre y moratones. Había detenido al hombre lobo. Lo supo porque tenía zarpazos por todo el cuerpo, dando lugar a heridas abiertas que salivaron la boca de Ted.
Entonces, Ted dejó de escuchar el breve latido de James.
Había muerto.
Lo había matado él. El licántropo sollozó. Y las pequeñas lágrimas dieron lugar a un llanto que rompió el corazón del bosque. Su voluptuoso cuerpo se sacudió y se retiró del cadáver del que había considerado su hermano avergonzado por su falta de humanidad. Jamás se lo perdonaría. Jamás lo olvidaría. No había perdón para él. Era una maldita bestia del demonio. Merecía la muerte o algo peor. O quizás aquella carga era condena suficiente. Había matado a su hermano. Lo había asesinado. Había succionado su sangre hasta dejarlo sin ella, hasta el último latido de su corazón.
Miró hacia Brooks, hacia su alumna. Hacia la persona que había presenciado el asesinato. Se sintió horrible cuando la mandíbula de la joven se abrió, incrédula, dolida y terriblemente triste. La joven se acercó corriendo a James. Ted la observó. Colocó la cabeza sobre el pecho del joven, tenía los ojos llorosos y todo el barro y la sangre que la impregnaba se pegó a la camisa del joven.
Fue entonces cuando supo que era lo que Brooks estaba haciendo.
Al principio, creyó que el latido del corazón repetido y desembocado era el suyo. Pero lo cierto es que sentía un eco. Otro latido sobrenatural que parecía alcanzar una velocidad vertiginosa. Brooks estaba comprobando que lo que Ted había hecho había surgido efecto. Su alumna había confiado en él, incluso cuando él perdió la fe en sí mismo.
James convulsionó. Todo su cuerpo tembló. Y lanzó un rugido que precipitó a la joven Brooks hacia un lado, haciéndola chocar con el frio suelo nevado. Ted se acercó cautelosamente al joven, quien parecía estar a punto de explosionar. Se volvió a convertir en humano y miró a Brooks.
-A San Mungo.- dijo, con una mezcla de rugido y sonido totalmente gutural.
Ella asintió y se agarró del brazo de su profesor. Ted cogió con sumo cuidado el cuerpo que convulsionaba constantemente de James. Y cerró los ojos fuertemente para aparecer en San Mungo. Apareció en la recepción y todas las enfermeras y Sanadores les miraron, al principio sin entender qué ocurría.
-¡Le han convertido en hombre lobo!
Los ojos se abrieron como orbitas a todos los presentes. Una enfermera puso a James en una camilla y ató sus brazos y sus piernas con unos cinturones de cuero rápidamente. Miró a Ted y le pidió con la mirada que lo acompañara. Brooks les siguió pero al entrar en un pasillo le vetaron la entrada. Ted siguió a la enfermera hacia una habitación que parecía de acero y que tenía una ventana de color. La enfermera dejó allí la camilla y echó hacia fuera de la habitación a Ted, junto con ella misma, quien cerró la habitación.
A Ted le costó recordar aquella habitación. Tras la guerra, muchos hombres lobos habían sido convertidos por Greyback y a la hora de sus conversiones no tenían nada de control. Así, se desencadenó un brote de licántropos por todo el Reino Unido que acudían a San Mungo para hacerla más leve. Cuando Moonlight le convirtió, sufrió su primera conversión allí. Y, al contrario que las creencias, la conversión era mucho más dolorosa en un espacio reducido. Sin embargo, no se dañaría a nadie… Y aquello era por lo que todos estaban dispuestos a sufrir más.
La enfermera, una mujer de edad avanzada y de aparente experiencia en aquellos casos, dirigió a Ted, a quien seguramente conociese de su época infantil incontrolada, le dirigió hacia una habitación desde la que se podía observar qué estaba pasando con James.
-Hasta mañana por la noche no podrá entrar en la habitación, Lupin.- le comentó, con cierto tacto.- Sabe que transformar a un hombre lobo es un delito castigado con la pena de prisión, ¿no?- le miró de reojo, con la sospecha ya levantada.- Confío en que tenga un argumento vital para lo que le ha hecho a ese joven.
-Iba a morir.- le dijo.- No podía dejar que muriese… Un hombre lobo le había mordido, y yo…
-Usted es mayor de edad y tendrá que responder ante un juzgado. Su amigo Greedy tuvo suerte de que era un niño… Pero usted sabía exactamente qué estaba haciendo.
-Le he salvado la vida a James.
-Si es así como considera esta maldición… Pero la ley dice otra cosa, y le va a importar muy poco tu interpretación.
Dejaron de hablar de pronto.
Una zarpa había arañado el espejo ante el cual Ted y la enfermera podían ver al licántropo desatando su ira.
^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^
Se trataba de una sala del Ministerio Mágico que jamás había visto. Era una sala de interrogatorios especial, pues era muchísimo más acogedora que aquella en las que se juzgaban a los presuntos criminales. Aquella tenía un sillón mullido en el que Albus Potter se sintió en la gloria y un ambiente familiar que se creaba gracias a la calidad luz de una bombilla. El auror que le acompañaba no lo conocía en absoluto. Quizás era mejor así, sabía que sería muy distinto si estuviese su padre, su tío o algún miembro del séquito de su familia.
Era un hombre de avanzada edad, con el pelo cobrizo y una prominente barba que le daba un aire entrañable. Le observaba a través de unos bondadosos ojos de color avellana y esperó unos cinco minutos para hablar.
-Me llamo Amos Diggory.- dijo suavemente, tratando de no causar ninguna molestia a Albus.- Conocerás por las historias a mi hijo, Cedric Diggory, un héroe…- musitó.- Trabajaba hace mucho tiempo en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, así que quizás te preguntes qué hago yo aquí. Por lo visto, conoces a todos los aurores disponibles del Departamento y tu padre ha pedido alguien de confianza, disponible y sin ningún tipo de ataduras políticas declaradas. Parece ser que he sido el elegido.
El joven Potter le tendió la mano.
-Encantado, señor Diggory. Le agradezco lo que sea que esté haciendo por mí.
El hombre sonrió, y procedió a sacar varias hojas que tenía dentro de una carpeta. Miró de reojo a Albus. El ambiente era tan pacífico y tranquilo que el muchacho creyó que se encontraba en un sueño con un fantasma.
-Me han dicho que te lea varias cosas y que te haga una serie de preguntas que constan aquí.- dijo señalando el papel.- Pero puesto que eres muy joven y yo muy viejo, y tampoco quiero hacerte sufrir demasiado… Vamos a hacer un pequeño resumen. ¿Qué te parece?- Albus asintió, encantado de que fuese él el que le interrogase sobre lo que había pasado. Entendió perfectamente la decisión de que no fuese alguien conocido, pues había cosas que entre le avergonzaba contar y temía que sufrieran por él.- Te leeré esta parte, creo que esto es un proceso oficial… No voy a pasarme de listo.- añadió con una sonrisa tranquilizadora.- "Dada la importancia y el impacto que el delito de secuestro tiene para la sociedad y la tranquilidad familiar, este interrogatorio tiene como finalidad recopilar, con su valiosa participación, información de gran utilidad para la elaboración de un diagnóstico objetivo y un mejor conocimiento de ese ilícito."- pausó para observar a Albus. Este se había encogido visiblemente. ¿Estaba preparado para declarar todas sus torturas? Había tantas lagunas y tantos momentos borrados de su memoria forzosamente que no sabía si aquel era el momento adecuado.
Le habían dejado en una habitación-dormitorio que tenía el Departamento para momentos así. Al parecer, no querían que la vuelta a su rutina fuese brusca. Por lo visto habían pasado muchas cosas y hasta que no pasase por aquel interrogatorio no iba a poder saber nada. No sabía nada de su hermano, y ya habían pasado días desde aquel Patronus. Ni de su hermana, ni de sus amigos. Ni de su familia que le había sacado de allí.
-Siga, por favor.- le pidió al señor Diggory, quien asintió, comprendiendo que quizás el muchacho ya estaba preparado.
-"Se trata de un tema que trastoca la tranquilidad de la vida cotidiana de las familias, por lo que su participación es decisiva para combatir**con mejores herramientas la comisión de tan infame delito, su contribución es invaluable para frenar y atacar frontalmente el fenómeno.**Toda la información que amablemente nos proporcione en el interrogatorio será absolutamente confidencial y es por ello que no se solicitan datos personales, ya que su seguridad es una de las prioridades que se garantizan en la elaboración de las preguntas. El interés institucional se centra en los aspectos que contribuyen al objetivo de conocer y prevenir que otras personas sean víctimas de este delito, afinando las estrategias de inteligencia basada en información confiable.Por lo anterior, es muy importante que responda todas las preguntas que le procedo a interrogar."- retiró aquella hoja y miró atentamente al joven.- ¿Preparado?- dejó que Albus asintiese.- ¿Cuándo comenzó el secuestro?
- El 22 de diciembre.- contestó sin llegar a dudarlo.- No sé cuánto tiempo exactamente he estado secuestrado.
Amos Diggory tragó saliva y asintió con la cabeza.
-Aproximadamente tres meses y medio, muchacho.- Albus asintió, realmente no se imaginaba que fuese tan poco. Para él ya hacía un año o más. El tiempo pasaba tan lento.- ¿En qué lugar fue privado de su libertad? -El joven alzó las cejas, sin entender muy bien aquella pregunta. El hombre lo notó.- ¿Dónde fue secuestrado?
Albus se lo tuvo que pensar, pues exactamente no sabía el lugar. Una aproximación, tal vez.
-A las afueras de Londres. En la campiña.- se rascó la barbilla.- Donde tuvo lugar el accidente del tren que nos traía de Hogwarts.- El señor Diggory asintió, seguramente toda esa información era rutinaria, pues todo el mundo lo sabría de antemano. Observó por primera vez una pluma a la izquierda del hombre moverse sola a cada palabra que los dos decían. E incluso cuando callaban. Tan solo había visto eso en algunas entrevistas que le hacían a algunos miembros de su familia.
-¿Recuerda algún rasgo físico del secuestrador? - Aquella pregunta era complicada. No había un solo secuestrador, Albus recordaba los rasgos físicos de todas las personas que habían entrado a su habitación.- Dado que conocemos al sujeto, podemos saltarnos esa pregunta.- Seguramente el buscaba una descripción de Graham McOrez, quien sabía que había sido quien lo había cogido, pero en ese momento Albus estaba inconsciente y nunca más se había vuelto a topar con él. -¿Cuánto tiempo transcurrió hasta que los secuestradores establecieran el primer contacto siendo secuestrado?
-No lo sé.- respondió al segundo.- Fueron ellos los que me despertaron… Pudieron haber sido días o quizás una semana.
-¿Con quién se realizó ese primer contacto?
-Octavio Onlamein y Theodore, al que todo el mundo lo conoce por el licántropo.
Recordó con cierto escozor aquel primer momento. Amos Diggory asintió.
-¿Con qué frecuencia se dan o dieron los contactos?
-Al principio fueron muy esporádicos, al final eran cada dos o tres días.- respondió simplemente.
-¿Cuál fue la exigencia o petición inmediata que hizo el secuestrador?
Albus reflexionó cautelosamente su respuesta.
-Datos sobre Harry Potter y personal del Ministerio Mágico.- se sintió algo nervioso. También le habían torturado para sacarle información sobre Carla Marín, pero no sabía si aquello sería adecuado para el Ministerio. Podía hacerse el despistado. Había sido secuestrado, tendrían piedad con él por ello.
-De haber existido, ¿en qué consistieron las amenazas?- El señor Diggory pudo ver cómo Albus se estremeció.
-Tortura física y psicológica.- su tono de voz fue casi inaudible.
-¿Quién le indujo la tortura?
-Octavio Onlamein, Theodore, Tristán McOrez y… no recuerdo quién más.
Sí que lo hacía. Maldita sea, recordaba perfectamente a Alice, su tortura fue de las peores. Y recordaba a Frank McOrez, pero sabía que si le pasaba algo a él, su hermana estaría indirectamente en peligro, y por muy a su pesar, no podía revelar la identidad de este.
-¿En qué condiciones y en qué lugar fue liberado?
-Me liberaron… Alice Longbottom, Ronald Weasley y Bastien Lebouf. Supongo que las condiciones quedaron reflejadas en el chequeo médico.
-Creo que las preguntas que vienen a continuación puedo comprobarlas entonces gracias a los informes de los aurores. Lo digo en serio, muchacho, puede marcharse.- le dijo con sinceridad.
Albus se quedó un tanto vacío. Esperaba un interrogatorio detallado de su secuestro. En qué habían consistido las torturas, quién había hecho quién, si había sido nutrido o le habían muerto de hambre, las condiciones de su habitáculo… Esperaba recordar aquello de forma vivida. No se planteó que fuese así de sencillo.
-¿Eso es todo?
-No, Albus. Pero es suficiente por hoy. No pretendo saturarte ni hacerte sentir una víctima muy grave, lo cual eres. Debes volver a tu rutina poco a poco. Esto sirve para confirmar que eres consciente de tu situación. - el joven asintió conforme.- En unas semanas, podrás volver a tu colegio y a tu rutina con una justa condición: seguiremos viéndonos. Iré a Hogwarts tres días por semana y tendremos sesiones de una hora. Nos introduciremos en tu mente poco a poco para comprobar que no hay daños emocionales palpables. Las lesiones psicológicas son mucho más complicadas que las físicas. Tu personalidad ha cambiado por completo y necesitarás un apoyo neutro en tu vuelta a la realidad… Albus, cuando salgas por esa puerta, todo va a cambiar. Ya no eres el Albus de antes. Este Albus nuevo tiene otras prioridades, otros valores, notarás más fortaleza pero a la vez tu debilidad se acentuará.
-Gracias.- dijo, verdaderamente agradecido por tener a esa persona.
-No sé quién es, Albus, pero debe de ser muy importante para ti.
Sintió un escalofrío. Y no pudo evitar apartar la mirada.
-¿Cómo dice?
-Tu debilidad, Albus. Ocultas a alguien, y no sé si es para algo malo o bueno, pero por lo que intuyo es peligroso. Ten cuidado.
Albus asintió, sin poder evitar sentir un leve rubor en sus mejillas. Sabía perfectamente que se estaba refiriendo a la hija del director de Hogwarts. Es más, quizás incluso lo había intuido. Aquello era confidencial, ¿no? No le estaba permitido sacar información de lo que parecía ser su terapia. Y no le gustó en absoluto saber que acabaría hablando de Alice porque sinceramente tenía planeado olvidar su existencia -aunque era algo difícil cuando estaba en todas sus malditas clases y su corazón se aceleraba al verla. Pero les había traicionado a todos. No podía dejar que ella fuese su debilidad. No era un blanducho. Era Albus Potter y tenía que demostrar su coraje.
Al instante también pensó en otra posibilidad de lo que podría estar ocultando: Carla Marín. No había dicho su nombre y, por tanto, había mentido deliberadamente en el aspecto de cuál era la verdadera razón de por qué había secuestrado. Al Ojo no le daba miedo su padre ni su familia, eso ya lo tenía muy claro. Lo único que querían de Albus era la aparente valiosa información que tenía por casualidad, aunque pensaba a considerar si aquella coincidencia fue una decisión de la propia mujer misteriosa. Si lo había ocultado era, sencillamente, porque aquel hombre del espejo, al que Theodore llamó Celius, se había horrorizado cuando Albus confesó que le torturaron por ella. No sabía por qué, pero su instinto le había dicho que confiase en aquel joven enigmático. Y ello conllevaba ocultar información de vital importancia, que seguramente ninguno de los aurores entendería.
Al salir de la puerta, solo pudo ver a una persona que captó toda su atención. La persona más leal que jamás conocería. Su mejor amigo. Scorpius Malfoy. Albus fue directo a abrazarle con fuerzas que sacó de su interior más cariñoso. Incluso se le escapó una pequeña lágrima cuando Scorpius apretó sus brazos para acoger a su amigo con más fuerza. Sin lugar a dudas, era y siempre sería su mejor amigo. Porque había cosas que jamás cambiarían.
-Te he echado de menos.- confesó Albus con una gran sonrisa en su rostro, correspondida por la sonrisa nerviosa de su amigo. Entonces la realidad le abofeteó. Scorpius estaba en el pasillo de las salas de interrogatorios del Departamento de Seguridad Mágica y solo estaban allí los que habían participado en un ilícito contra el Ministerio de Magia. - ¿Qué demonios haces aquí, Scorpius?- Se percató de que un hombre le tenía cogido del antebrazo y le vigilaba atentamente. Estaba siendo custodiado. -¿Qué habéis hecho?
El joven se encogió de hombros y soltó una risa nerviosa. Entonces vio que el brazo que tenía libre estaba vendado y manchado parcialmente de sangre, tenía varios puntos de sutura en el labio que se había hinchado considerablemente y un moretón en el ojo derecho. Sabía que Alice no había ido sola, pero no sabía que Scorpius acabaría en aquellas condiciones. Y siendo interrogado.
-Nos están haciendo preguntas a todos los que fuimos a por ti, o tuvimos la intención… Creen que sabemos más que ellos y nos dicen que compartamos la información que tenemos. -al decir aquello estaba mirando de reojo al auror que lo tenía cogido, como mostrando claramente su inocencia. El auror seguramente ya le tenía tirria por ser un Malfoy, sentimiento que no era una minoría en aquel departamento.
Albus frunció el cejo, extrañado por aquella medida que había tomado su familia. ¿Desde cuándo interrogaban a menores? Solo si habían confirmado que sus amigos sabían algo, procederían a aquello. No podían estar tan desesperados. Además, ya le tenían a él... ¿O es que había algo más implicado que ni él sabía? ¿Se habrían dado cuenta del peligro que suponía aquella secta para el mundo -tanto mágico como muggle? De pronto, miles de preguntas le vinieron a la mente sobre qué habían hecho sus amigos, cómo se encontraban... No podía decirlas todas a la vez.
-¿Cómo están todos? ¿Quiénes fueron?- se sentía terriblemente culpable por las heridas de su amigo y por todo lo que podía haberle pasado a los demás.
-Me van a interrogar a mí ahora, que ya ves cómo estoy… Tu prima Rose se ha quedado conmigo en mi casa durante un par de días, porque al parecer toda tu familia está patas arriba, y, bueno, tiene más o menos un aspecto parecido al mío. Nosotros escapamos juntos, y de los demás no sé absolutamente nada. Nos retienen en casa sin contarnos nada hasta que pasemos por el interrogatorio. Supongo que así creerán que no nos sentiremos influenciados por nada que hubo pasado después de salir de aquella ratonera. -Suspiró.- También vino Alice, desapareció en otro lugar, así que no sé qué ha sido de ella.- Albus asintió. Él sí lo sabía. De hecho, era la única que sabía que estaba sana y salva. Pero no quiso decir nada, sabía por la mirada de Scorpius, cabizbaja y con un tono de voz diferente, que él sabía que Alice no les había dicho la verdad cuando les dijo que habían cesado las amenazas de unirse al Ojo.-…Y creo que Lily también fue al Palacio, porque McOrez ha aparecido antes por el pasillo. - McOrez. Frank McOrez. También asintió porque tuvo el recuerdo de ese joven trayendo a Lily para verle. No sabía a qué estaba jugando exactamente, pero sí que daba por sentado que jamás confiaría en él.- Y me temo que no sé nada de tu hermano James ni de Fred. Como ya he dicho, no sabemos nada.
-Mi hermano James había sido atacado por un hombre lobo, Brooks mandó un Patronus.- las cejas de Scorpius se alzaron.- Espero que a mí me informen en cuanto salga de aquí.
Scorpius asintió con una sonrisa en el rostro. Albus, instintivamente volvió a abrazarle hasta que fue separado por el auror que se apartó de la puerta que cerraba con su cuerpo. De aquella habitación salió su hermana pequeña Lily.
Parecía haber desarrollado una fortaleza extraordinaria debido a la actitud que transmitía. Su largo pelo rojizo estaba apartado de la cara y se podían observar varios rasguños en la cara, pero nada grave. Albus se sintió aliviado para sus adentros. Impulsivamente la abrazó y la levantó en el aire. Le besó la coronilla y repetidamente sus mejillas. No fue hasta que la dejó quieta cuando Lily se abalanzó al cuello de Albus y sollozó en su hombro.
-No me vuelvas a dejar.- susurró, con la voz entrecortada.- Albus, te quiero mucho.- repitió mientras apretaba el agarre de su hermana. El joven se quedó algo patidifuso ante aquella exagerada muestra de cariño. Entonces, fue consciente de que su hermana lo había visto medio moribundo en su primera prisión y que su estado había cambiado considerablemente. Además, era su hermana, entendía que el amor de hermanos era incuestionable por muy indiferentes que parecían considerarse entre ellos. Amaba a su hermana y ella a él.
Entre tanto, Scorpius ya había entrado en la sala. El auror se quedó fuera. Les indicó una dirección del pasillo que ambos tomaron. Lily cogió la mano de su hermano mayor con fuerza y caminó pegada a él, como pretendiendo quedarse con su esencia para siempre.
-¿Cómo se te ocurrió ir, Lily? ¡Por Merlín, tienes doce años!
Ella le miró algo cabizbaja.
-Lo sé, Al. -Confesó sorprendentemente.- Pero es que no podía dejar que fallasen, quería asegurarme de que te recuperaríamos de una vez por todas. Además, soy la que menos daño ha sufrido, por lo que me ha dicho mamá.
-Gracias a Merlín.- suspiró aliviado Albus, volviendo a besar su coronilla.- Volvamos a casa.
Ella asintió mientras se encontraban con su tía Hermione al final del pasillo.
-Es hora de que os despidáis de James.
^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^
Desde la primera vez que se topó con el mundo mágico, se había considero una extraña en un mundo que difería enormemente del suyo, teniendo en cuenta que su pequeño pueblo no es que estuviese a la orden del día en cuanto a los avances de las ciudades muggles más revolucionarias. Había descubierto que el mundo en el que había crecido escondía otro secreto en su interior: el mágico. No era Oz ni el País de las Maravillas que se encontraba separado del mundo normal y que solo se podía entrar a través de extraordinarios portales. No, existía puerta con puerta en la actualidad de su mundo. Pronto había descubierto, gracias sobre todo a Olivier, que aquel mundo tenía normas y reglas muy diferentes a las que ella estaba acostumbrada. Por no añadir la ostentosidad del Ojo en el que se había visto envuelta. Una de las cosas que al principio le había llamado más la atención eran las imágenes y los cuadros que podían moverse, y que en Hogwarts incluso podían desplazarse y visitarse.
En aquel momento, Samantha podía ver con claridad que el mundo mágico carecía de la tecnología que ayudaría en el mundo muggle a facilitar el trabajo en una comisaría. La habían llevado allí para un interrogatorio, pero al parecer estaban muy liados con algo que había pasado y que, obviamente, se negaban a compartir con ella. No la trataban como una traidora, pero la mayoría sabía que era muggle, y por lo tanto, no merecedora de aquel mundo. Se creían que eran tolerantes, pero lo cierto es que tan solo lo eran en la distancia.
Como nadie le daba conversación y tan solo estaba sentada en una silla de madera en una esquina de aquel pasillo interminable sacado de los años 50, pudo observar el ambiente y a todos los aurores que por allí pasaban. Ninguno tenía teléfono móvil. Aquella observación parecía evidente, pero es que ninguno de los magos tenía un móvil. Claro, para ellos era inútil, pues con un hechizo podían transmitir a la distancia que les placiese cualquier mensaje. Tampoco tenían electricidad, las luces se encendían por arte de magia. Y aquello era un misterio que Samantha aún no había resuelto.
A veces sí que había tecnología en aquel mundo, pero no exactamente un calco de la de los muggles. Tenían tecnología que no funcionaba en el mundo mágico, por ejemplo: la cobertura, Internet o los datos de Internet en el móvil que le había proporcionado el doctor Morgan para comunicarse con él y con su sobrina nieta. Pensó en ponerse en contacto con él, para avisarle de que había ido con sus amigos magos -no sabía que en realidad el gobierno le había parcialmente secuestrado por ser peligrosa para ellos. Pero resultó que era como estar en un mundo en el que no había conexiones inalámbricas. Y así era, aunque había escuchado que las estaban intentando habilitar para facilitar el almacenamiento de información. O quizás ya lo habían hecho y era confidencial.
Samantha se había dado cuenta de que la magia en aquel mundo era un poder que los magos y las brujas eran capaces de controlar gracias a una habilidad innata. Cuando lo hacían, el hechizo estaba acompañado de luces, destellos y sonidos y lo hacía un momento espectacular. Según le había explicado Olivier una vez, la magia era un proceso de conversión, ya que convertía la materia o la energía en otra materia o energía. En cualquier mundo, al parecer, la energía no se destruía sino que se transforma. Era alguna ley de termodinámica que había aprendido en la universidad, en caso de que el destino le hubiese dejado. Eso explicaba por qué muchos aparatos electrónicos no funcionaban en el mundo mágico: la energía funcionaba de un modo diferente allí, por lo que si se pretendía usar un ordenador o un móvil, explotaría o se disolvería en el espacio. Así que los únicos aparatos que tendrían una mínima oportunidad de sobrevivir a ello serían muy pequeños y con baterías pequeña, de modo que no cogiesen la interferencia mágica. Pero, a la vez, según esas mismas leyes, los magos podían disminuir la frecuencia de la magia, pues sabían controlarla a la perfección una vez instruidos, y unir a la tecnología un componente mágica. Se crearían dispositivos óptimos. Y no solo móviles u ordenadores, sería un gran avance para la física. Sería un gran avance unir ambos mundos para una cooperación mutua.
Miró a su alrededor. Todo aquel que pasaba por allí le miraba de reojo, con escepticismo, algunos con algo de desprecio. Se sentía el elefante en la sala. Se sentía tan incómoda que tuvo la necesidad de escapar de allí, lo cual era imposible, entre varias razones porque para salir de allí tenía que ser con una persona de aquel mundo, y porque no sabía dónde estaba la salida. Sí que podía ir al baño, que un auror le había indicado amablemente dónde se encontraba.
Se levantó, aprovechando que no tenía ninguna mirada sobre ella que le vigilase intimidantemente en ese momento. Se dirigió hacia la derecha. Las puertas eran de madera suave y el interior del baño parecía estar sacado de una película de época. El espejo era majestuoso, con remates rococós y volutas en las lámparas que iluminaban la estancia. Se miró en el espejo. Era más menuda de lo que recordaba. Su cabello rubio platino estaba perfectamente peinado y alisado hacia un lado de su rostro, enmarcando sus delicados rasgos suavemente. Sus ojos azules eran tan neutros que podía deberse al tiempo que había pasado en el psiquiátrico mirando a la nada y recordando todos los detalles de su vida. Su mirada parecía tener arrugas.
No se inmutó cuándo vio una sombra alargada tras ella. Es más, se lo estaba esperando. Había pasado demasiado tiempo desde que algún miembro del Ojo le hacía una visita para avisarle de que por mucho que se creyese libre, de algún modo siempre le pertenecería a ellos. Siempre sería su prisionera. Era una tortura psicológica de la que jamás podría escapar. Sobre todo, cuando el que venía a verla era el vivo reflejo de Olivier.
Le costaba pensar en el nombre del gemelo del que había sido su ángel de la guarda, como era la creencia en su pueblo natal. Octavio. Su nombre se debía probablemente al primer emperador romano de la historia, conocido por su tenacidad y su autoridad irrefutable. Quizás no habían aspirado tan alto al bautizarlo con aquel nombre. Claro estaba que aquel Octavio era mucho más cruel. Además, su aspecto era perturbador para Samantha, pues al principio siempre vería en sus rasgos a la persona que había amado y no al monstro que realmente estaba detrás de ella, sonriendo socarronamente. Tenía que admitir que su belleza era incuestionable, y que, si no fuese porque lo conocía y sabía de las barbaridades que era capaz de hacer, caería rendida ante él como si se tratase de un dios griego. En cambio, su fama de temible asesino le precedía. Y estaba temblando sin querer debido al temor que suponía volver a estar encerrada en una de sus tétricas prisiones.
-Has mejorado desde la última vez que nos vimos.- comentó, en voz baja. A Samantha le llamó la atención cómo había podido entrar en el Departamento de Seguridad Mágica, que era, seguramente uno de los lugares más seguros. Octavio rio brevemente. Se le había olvidado que aquel hombre leía los pensamientos descaradamente.- Soy un auror de Dinamarca, aunque no lo creas. Tenemos carta blanca en los Departamentos de Seguridad Mágica de todos los países. Sí, los magos son tan ineptos…- Se acercó a ella y la olió.- Hasta te han abierto las puertas a ti.- Lo dijo con desprecio, ya había aprendido que para la mayoría de los magos, los muggles eran criaturas inferiores que no merecían su tiempo.
Samantha tragó saliva. Carraspeó y miró hacia sus ojos a través del espejo, con todo el coraje que logró reunir de su interior.
-¿Qué quieres esta vez?- preguntó, con un deje de cansancio que no pudo evitar. No era que estuviese en el culmen de la felicidad en aquel momento, pero había logrado una estabilidad que le hacía creer que por fin había vuelto a la normalidad, aunque aquello implicase vivir con su antiguo psiquiatra y su sobrina nieta adolescente mientras estaba siendo vigilada constantemente por el Ministerio Mágico del que no podía nombrar su existencia a las personas de mayor confianza.
-Asegurarme de que estás viva.- dijo con calma.- Mis superiores te quieren sana y salva por ahora. Mi hermano tenía razón… Eres una muggle asquerosa, pero especial. No habrá muerto en vano.- La joven se estremeció.
-¿Qué significa eso? ¿Me vais a dejar ya en paz?- le respondió una mirada clara y concisa. No la iban a dejar en paz, simplemente iban a darle algo de libertad por alguna razón que se le escapaba. - ¿Para qué me quieren viva?
-Me temo que eso es una sorpresa que ni yo mismo sé… ¡Así que imagínate si debes ser importante!... Maldita sea.- gruñó, no conforme con las órdenes de sus superiores.
-¿Has venido para avisarme, pues?
-Y para decirte que a quién le cuentes todo lo que estés dispuesta a contarles en el interrogatorio estará en peligro. Depende de la información que le cuentes, tendrá la soga alrededor del cuello… Esperemos que sea un auror conocido y así nos lo quitamos de en medio, ¿no te parece? Hay tantos estorbos… Por lo tanto, es un aviso.
-Sigo sin creer que esa sea la razón por la que vienes. ¿Es para torturarme con tu presencia? Lees los pensamientos… Ese truco ya no te funcionará más.- sentenció.
Lo miró a los ojos y entonces, en una milésima de segundo, pudo ver un destello de calidez que pertenecía solamente a Olivier en su iris. Era como si en un momento, Octavio se hubiese convertido en Olivier, y no porque hubiese sido una expresión idéntica, sino que era Olivier. Aquello la asustó. Y tuvo que apartar la mirada.
Al darse la vuelta para encarar a Octavio, este ya había desparecido. Perfecto. Suspiró.
Se le habían pasado las ganas de ir al baño. Volvió rápidamente hacia dónde se encontraba el banco en el que antes estaba sentada. Había un hombre allí sentado. Conforme se fue acercando se dio cuenta de que aquel hombre, que no era auror porque no vestía de negro, era más joven de lo que creía. Llevaba una chupa de cuero marrón y tenía un pelo muy voluminoso de color negro azabache, que se mezclaba con su predominante barba. Estaba sentado mirando hacia el suelo, con desgana, y cuando miró hacia ella pudo ver unos ojos marrones rasgados y una media sonrisa triste. Parecía un joven adulto que no estaba pasando por su mejor momento. Samantha sabía quién era porque lo había visto antes: Ted Lupin.
-Buenos días, Samantha.- le dijo.- Siento la espera… Me han llamado a mí porque no hay aurores disponibles para ti.- Se levantó y le indicó con la mano la puerta que se encontraba justo en frente de ellos. Antes de entrar recordó las palabras de Octavio: que a quién le cuentes todo lo que estés dispuesta a contarles en el interrogatorio estará en peligro. No le apetecía que aquella persona fuese en especial aquel joven que una vez le salvó la vida. Entró detrás de él y se topó con una sala pequeña y con tan solo una mesa de madera comida por las polillas y dos sillas en las mismas condiciones.- En realidad, ninguno de los demás aurores se veía dispuesto a interrogar a una muggle que estuvo dentro del Clan del Ojo… O simplemente a una muggle. -frunció el entrecejo mientras leía por encima unas hojas de papel escritas que tenía en la mano. - En fin.
-Me dijeron que me iban a adjudicar a ti.
Ted Lupin la miró como si estuviese descifrando el significado de aquella frase. Acto seguido, asintió aun sin parecer haberse aclarado un par de dudas que le rondaban. Se sentó y suspiró, como si aquello fuese una tarea que le habían mandado para distraerle de algo peor. Samantha sintió curiosidad, seguro que era por lo que todos los aurores parecían tan nerviosos.
-No sé qué esperan que me cuentes exactamente si ya se lo habrás contado todo a ellos.- dijo con cansancio.- Pero bueno, Harry querrá mantenerme ocupado… A todo esto, dijiste que los Morgan habían conocido a Ivonne, ¿cómo lo sabes? El auror que te interrogó me dijo que no lo explicaste muy bien.- añadió mirándola atentamente. Él no era como los demás, que la interrogaban inquisitivamente como si fuese un peligro que acechaba su valioso mundo secreto. Había escuchado que era profesor, quizás eso era una técnica.
-Sí, bueno, en realidad… Fue la sobrina nieta del doctor Morgan, quien me está acogiendo. Supongo que ya lo sabe. No hablo mucho con ella por razones que no tienen importancia…- Claramente era porque Lola no solía dirigirle la palabra, o si lo hacía, era con desprecio. Y si estaba de buen humor era porque venía algo bebida o drogada. - Una vez me dijo que no pudo ir al funeral de su abuela porque en no reconoció su nombre. Es decir, la niña creía que el nombre de su abuela era uno, pero en realidad constaba en el registro de defunción como Ivonne Donovan y jamás le explicaron por qué.
Ted Lupin se atragantó con su propia saliva. ¿No estaría acostumbrado a revelaciones de aquel tipo? Era información que estaba preparada para decir y que no tenía que ver con el Ojo, ¿no? Es decir, que Lupin supiese aquello no lo ponía en peligro. Al menos eso pensaba Samantha.
-¿Estás diciendo que, según la nieta de Morgan, Ivonne Donovan ha muerto? ¿Qué coño? Bueno, puede ser que sea otra Ivonne Donovan… ¿Sabes quién es Ivonne? Y no me refiero a su identidad, sino a su… Aura de misterio.- hizo un movimiento algo extraño con las manos para simular un aura de misterio sin mucho éxito. Samantha se encogió de hombros. Como él había dicho podía tratarse de otra Ivonne. Pero recordó algo que había hecho que pensase que era esa Ivonne.
-También me dijo que cuando se encontró a su abuela muerta, escuchó algo en la planta de arriba… Y vio desparecer a alguien en el aire. A una figura. Nadie la creyó y todos pensaban que había sido por el estrés postraumático… Pero piénselo, si fue un mago quién la mató pudo haber sido Ivonne.
Lupin carraspeó.
-Puede ser… Sí, pero no creo que fuera así de fácil. Además, ¿quién le dijo a esa niña que su abuela se llamaba Ivonne Donovan? ¿Y cuándo fue eso?
-La abuela fue asesinada o murió de un ataque al corazón, me han dicho que muchos ataques al corazón de personas importantes en la historia en realidad fueron un Avada Kedavra… A mediados de junio del año pasado, un par de días antes de que acabase el curso escolar en Hogwarts. - Lupin dio un respingo.- Me he enterado de que por aquel entonces un familiar suyo también fue asesinado en Hogwarts.- Esperó a que Lupin siguiese procesando aquella información. - Y la persona que se lo digo… Es por eso por lo que no lo he dicho antes, me dijo que se lo contó una anciana que la tomó por banda en la calle el día después de la muerte de su abuela, cuando se emborrachó por no haber poder ido a su funeral. Solo sé que se llamaba Charlotte Breedlove.
Lupin abrió los ojos como platos. Como si hubiese dicho algo impensable. Samantha se calló. Pensó que quizás Lupin se había sorprendido porque Ivonne Donovan estaba muerta y que había tenido familia muggle. En cambio, Ted estaba asimilando el hecho de que la mujer que visitaba a la madre de su hijo estaba más metida en aquel laberinto de problemas de lo que creía.
^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^`
Queridos lectores (los comentarios del capítulo anterior los respondo más tarde):
Siento la tardanza y espero que este capítulo no os sea muy corto. Con todo eso quiero deciros que espero que hayáis pasado unas buenas Pascuas y que esperéis pacientemente a otra actualización.
¿Qué os ha parecido? ¡Comentad si os atrevéis!
Con cariño,
-A.