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La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 39
Capítulo 24: In Memoriam.
Le habían concedido el triste privilegio de suspender las clases durante aquella semana. Incluso le habían pospuesto algunos trabajos que tenía que entregar después de las vacaciones de Pascua. Muchos alumnos lo habrían visto como una bendición, pues estaban hasta el cuello de pergaminos atrasados. Para su sorpresa, Perry Greenwood se había ofrecido a pasarle sus apuntes de Adivinación, asignatura en la que sin lugar a dudas resaltaba. Sabía que Greenwood no podía ser siempre su odioso y repelente compañero de cuarto. En cuanto se enteró de la fatídica noticia, desarrolló una empatía que surgía de haber experimentado exactamente lo que él estaba haciendo justo en esos instantes.
Scorpius Malfoy evitaba diligentemente el contacto con cualquiera perteneciente a aquella multitud enfundada en un traje negro entre la que en ese momento se rodeaba. Jamás había asistido a un funeral antes; el estado de su padre no le permitió ir a ver a McGonagall y Hagrid pidió una ceremonia a la que solo fuesen sus seres queridos. Por lo tanto, no sabía qué esperar y había estado un poco preocupado por lo que podría ver, por lo que podría sentir. Se preguntaba si la muerte de su padre sería más real para él una vez que el funeral hubiera acabado. Había momentos en los que a pesar de que todo el mundo se lamentaba por la muerte de su padre en un tono no muy sincero, todavía encontraba difícil creer que se hubiera ido realmente.
Su abuela, Narcisa Malfoy, se había levantado y el murmullo que habían formado los presentes en el jardín dónde estaba enterrada toda la familia Malfoy desapareció al instante. Se alinearon alrededor de la fosa, en la que se había arrancado un pedazo de tierra que en ese momento se encontraba húmeda, para dejar lugar al ataúd de su padre. Una mueca de profundo dolor le cruzó el rostro.
Quizás todo el mundo se esperaba cientos de sillas colocadas en hileras para dar el último adiós a aquella figura alargada despiadadamente torturada por los recuerdos de en lo que su inocencia le había convertido. No era así. Podía contar a las personas sin perder la cuenta. Sus abuelos, Narcisa y Lucius Malfoy, lideraban la ceremonia. Los más cercanos a la pobre víctima de los augurios de una guerra. Scorpius volvió a encoger el rostro. Detrás de ellos, con la cara pálida y el semblante sombrío, se encontraban su madre, tan delgada y demacrada que le causaba un nudo en el estómago que recordaría siempre, su hermana Theia, como a su padre le hubiese gustado llamarla cariñosamente, y él, Scorpius Malfoy, sosteniendo al bebé porque su madre se sentía tan débil que temía caerla. Había más miembros de su familia, a los que sus abuelos paternos ni siquiera habían saludado, pues muchos de los pertenecientes a la familia de su madre les miraban con cierto recelo, como culpándoles, y quizás no estaban errando. Daphne Greengrass, su tía, cogía por la espalda a su madre, dándole todo el apoyo que una hermana podría dar. Apretó el menudo cuerpo de Theia instintivamente. Su tía abuela, Andrómeda Tonks, también estaba allí presente, junto a sus abuelos maternos, cuyos rostros de tristeza iban más por la visión de su hija. Más miembros de la familia Malfoy despedían a su pariente con una expresión neutra que enfureció a Scorpius, estaban allí por compromiso, como la mayoría de sus familiares. Le sorprendió saber que también había antiguos amigos de su padre de Hogwarts que nunca había visto. Le gustó conocer a Gregory Goyle, el que había sido el mejor amigo de su padre durante siete años, pero con quién perdió el contacto, pues quiso apartarse del mundo mágico tras la Batalla de Hogwarts en la que había muerto otro de sus amigos, Vincent Crabbe. También estaba allí Blaise Zabini, cuya riqueza había aumentado tras ser gerente de Gringotts. Incluso la misteriosa Pansy Parkinson, quien Scorpius siempre había deducido que había sido la novia de la adolescencia de su padre, estaba allí, apartada de todos los presentes, así como de la mirada de repulsión que le mandaba su madre. En contraste con todos aquellos amigos, solo estaba cómodo con la presencia de los que habían sido sus enemigos: Harry Potter, junto con Hermione Weasley, se encontraban allí junto con sus mejores amigos, Albus Potter y Rose Weasley. Se sorprendió al ver que Fred Weasley también estaba allí, un poco más alejado, protegiendo con sus brazos a la pequeña Lily Potter. Horace Slughorn también apareció, decía que aquel muchacho había sido un alumno excepcional, así como otros profesores de Hogwarts de la época de su padre, a los que Scorpius desconocía.
Las personas susurraban entre ellas, sonaba como una brisa de abril a ras de la hierba, aunque el canto de los pájaros era claramente más alto. La multitud no iba a crecer más, no había numerosas personas que sintiesen afecto hacia su padre.
Dos personas trajeron de pronto un ataúd y se dispusieron a colocarlo sobre la fosa donde flotaría con algún hechizo mágico hasta su fondo, siendo tapada por la hermosa lápida llena de motivos mitológicos que hubiesen hechizado a su padre.
Su madre, a centímetros de él, lloraba silenciosamente, lágrimas surcaban su rostro, y sus brazos se abrazaban así mismos en busca del calor que solo su padre podría darle. Un duro dolor se desató en la garganta de Scorpius. No había llorado ni un solo día desde que murió su padre. Las lágrimas de su madre caían en el regazo de su hijo a su lado. Las lágrimas empañaron lo que estaba sucediendo delante de sus ojos, donde sus abuelos observaban por última vez el cuerpo de Draco Malfoy.
Lucius Malfoy, con una túnica negra con motivos esmeralda se dio la vuelta para enfrentar a la multitud. Scorpius rabiaba por dentro. Sabía que su padre hubiese querido que su último adiós lo dijese él, no su abuelo. Porque, como aquel hombre con un largo cabello canoso había dicho, "lo hago simplemente para que admiren a tu padre". Y el joven sabía que eso no era lo que deseaba su padre, él simplemente quería que ellos estuviesen bien. Se merecía un "gracias". Era por lo que había muerto. El muchacho no podía oír lo que estaba diciendo. Palabras raras llegaban hasta él. "Hombre de gran ambición"…"Contribución intelectual"…"Determinación"… Eran palabras vacías. Tenían poco que ver con el Draco Malfoy que había criado a su hijo.
Su madre había dejado de llorar. Miraba hacia un punto en el infinito y supo que tampoco estaba escuchando a su abuelo. Recordó cuando las enfermeras le dijeron todo el papeleo que tenía que llevar a cabo para la defunción, y tenía aquella misma expresión. Su cerebro impedía la entrada de más palabras, estaba demasiado triste como para sufrir más. Entonces, Scorpius se había encargado de todo lo que su madre tenía que hacer y se aseguraba todos los días, gracias a un teléfono móvil muggle que Harry Potter le había facilitado, de que se encontraba bien. Siempre le mentía. ¿Cómo podía estarlo? Su padre habría sabido llevar aquello a la perfección. Había tantas cosas que todavía no le había enseñado. Y que había prometido hacerlo…
Y entonces, sin previo aviso, lo asoló, la terrible verdad, más completa e innegable de lo que había sido hasta entonces. Su padre estaba muerto, se había ido… Agarró fuertemente a su hermana en sus brazos. Tan fuerte que quizás le hacía daño, pero ni aun así pudo frenar las cálidas lágrimas saliendo de sus ojos. Miró hacia otro lado, lejos de su madre y de su tía. Lejos de sus amigos, hacia la verja de su jardín, mientras su abuelo seguía hablando con monotonía. No había muerto para difundir su grandeza, sino para proteger a su familia: a su delicada esposa, a su noble hijo y a su inocente hija recién nacida. No podía permitir que los errores de su pasado le dañaran su más preciado e inesperado tesoro.
Lucius Malfoy había dejado de hablar por fin y vuelto a su sitio. Scorpius esperó a que alguien más fuese allí, esperaba un discurso de Harry Potter o de Hermione Weasley, ya que les había ayudado, ya que les había demostrado que había cambiado a un hombre noble y valiente, después de todo. Pero nadie se movió.
En ese momento, Scorpius Malfoy supo qué debía hacer. No iba a dar un discurso, ya que el nudo en la garganta le impedía formular palabra. Le tendió el bebé a su tía, su madre seguía en trance. Se acercó al ataúd de su padre, el cual estaba cerrado, y no se había dado cuenta de ello. Probablemente era mejor así, no soportaría ver el cadáver de su padre, no sería el último recuerdo que tendría de él. Agarró con fuerza el majestuoso altar de mármol. Los dioses mitológicos le miraban con respeto. Puso sus codos de modo que se dejaba caer suavemente sobre la lápida que tapaba el hueco donde muy abajo se encontraba su padre. "En memoria de un gran mago. Tu familia jamás te olvidará", rezaba el epitafio. Se mordió el labio con saña. El surco que habían hecho las lágrimas en su rostro le escocía. Acercó sus labios al frío mármol y suspiró.
-Gracias, papá.- susurró.- Gracias por todo lo que has hecho por nosotros.
Sintió algo cálido en su espalda. Su madre, cuyo rostro estaba desecho como si la luz del sol la estuviera cegando, se había acercado para apoyar a su hijo. Había oído las palabras de su hijo y le miraba con una mezcla de ternura y tristeza. Como solía hacer. Imitó a su hijo. Puso los codos sobre la parte superior del altar y respiró profundamente. Miró hacia abajo, a sabiendas de que detrás de todo aquel mármol yacía su marido.
-Siempre te querré.- musitó Astoria.
Al joven se le saltaron las lágrimas. Su madre empezó a sacudirse. Estaba temblando. Su delgado cuerpo de pronto abrazó el altar intentando cubrir toda la superficie. Su llanto desconsolado le partió el alma a Scorpius. El muchacho intentó ayudarla, apoyarla, abrazarla; pero su madre negaba con la cabeza, con lágrimas en los ojos y dando gritos de desesperación. Una parte de ella estaba muriendo, y su hijo podía apreciarlo.
Se quedó parado, en frente de su madre. A la espera de que su llanto cesase. No le importó que todo el mundo la viera derrumbarse de aquella forma. Sabía que a la familia Malfoy sí, sabía que su abuelo no permitía aquella clase de muestra de debilidad. Pero él jamás entendería lo que era el amor, y quizás Scorpius tampoco. Nunca supo de qué clase era el amor que sus padres se procesaban, pues siempre eran recatados y muchas veces tan distantes que le dolía. Sin embargo, sabía que su padre había construido él solo una humilde mecedora para su madre, cuando esta llegó a la mansión Malfoy y echaba de menos la suya con la que leía recostada. Que le había habilitado una sala para que hiciese allí una biblioteca y un estudio de arte. La apoyó siempre en todo. Draco se desvivía por ella, aunque eso jamás lo admitiría. Y su madre, aquella joven fuerte y rebelde que se dignaba a casarse con su padre, había caído rendida ante los retazos de un hombre consumido por sus errores. Sus más oscuros secretos y sus más profundos pensamientos solo los sabía Astoria. Y siempre le perdonó el Draco Malfoy oscuro que siempre albergó en su interior. Scorpius pensaba que por eso se amaban incondicionalmente: su padre siempre necesitó alguien que le perdonase y a su madre le encantaba descubrir la nobleza que podía existir en él. No obstante, nadie sabría jamás aquello. Se lo guardarían ellos y con eso les era suficiente.
La multitud se fue disipando. Su tía Daphne se llevó a su madre y a su hermana dentro de la mansión para calmarla. Había decidido quedarse una temporada allí, mientras Scorpius estuviera en clase. Le había comentado por encima que alguien debería encargarse de su madre y que a ella le era imposible por motivos laborales. Habían pensado en que sus abuelos maternos se mudasen allí, pero miraban a los pasillos interminables con temor. Y Astoria no pensaba irse de allí y criar a su hija lejos de los recuerdos de su padre. Por suerte, y para sorpresa de muchos, Draco no había absorbido a Astoria en su vida elitista y esta había sido libre de ir a dónde quisiese, así como tener los amigos que le vinieran en gana, por lo que muchos magos y magas vendrían día sí y día no a estar con ella. Pero Scorpius ya se había planteado dejar Hogwarts para ser él quien la cuidase.
El muchacho miró a Albus y Rose. Su amiga tenía los ojos empañados y el joven Potter tenía esa expresión seria que no se había disuelto desde que fue rescatado. Afrontaron los ojos de Scorpius y supo que en aquel preciso instante le entendían perfectamente. Si el dijera lo que iba a decir ahora, no le responderían "no lo hagas", sino que aceptarían su decisión, porque no habrían esperado nada menos de él. Se armó de valor para decir lo que se había propuesto desde que su padre había muerto.
-Al, Rose, escuchad…- dijo muy calmadamente, cuando el ruido de las conversaciones creció alto alrededor de ellos.- No voy a ir más a Hogwarts. Debo quedarme aquí con mi familia, me necesitan.
-Te quedarás sin tus clases favoritas de Adivinación.- dijo Rose con una extrañamente retorcida sonrisa, como si ya hubiese sabido lo que él les iba a anunciar.
-Además, el Ojo ya se ha cargado a un miembro de mi familia y puedo protegeros desde fuera. Ese Clan usa a la gente que está cerca de sus enemigos para conseguir lo que quieren. Mi padre tiene una gran colección de objetos oscuros y le amenazaron con mi muerte para obtenerlo. Ahora soy yo el dueño de ello, por lo que no solo me lo pedirán poniendo una varita en el cuello de mi madre sino en el vuestro, ¿entendéis? Lo que más temo es que por mi culpa os hagan daño, y no voy a dejar que eso ocurra. Tengo que impedir que el Ojo tenga esos artilugios poderosos. - era la primera vez que había dicho aquello en voz alta. No quería recordar por qué había muerto su padre, que no era solo por no unirse a ellos. Su padre los había coleccionado por codicia, sin darse cuenta de que estaba formando un tesoro para aquellos que bebían del poder oscuro de la magia.- Ya corréis demasiado peligro siendo quién sois. Esto tengo que hacerlo solo.
-Puedes quedarte aquí para estar con tu familia, pero no te alejes de nosotros porque nos estés poniendo en peligro. No nos importa, Scorpius.- dijo Rose fieramente.
-A mí sí me importa.- contestó Scorpius. Miró a Albus, quién parecía ser un simple testigo de aquella conversación.- Ya he tenido bastante con la muerte de mi padre, con el estado de mi madre e incluso con tu secuestro.- señaló a su mejor amigo.- ¿Cómo crees que me sentiría si este fuera el funeral de alguno de los dos y sabría que es mi culpa porque no les he dado lo que querían?
Rose apartó la vista, Albus mantuvo su mirada sagaz.
-Nunca abandonaré a mi mejor amigo.- dijo Albus.- Perdona si te molesta. -Scorpius frunció el entrecejo y asintió. Sabía que no podía hacer nada ante la determinación de su amigo. Suspiró. - Regresa a Hogwarts cuando estés preparado, Scorpius.
El muchacho no pudo soportar escuchar eso. No podía volver a Hogwarts y dejar a su madre sin protección. Supo que si sus amigos insistían un poco más, acabaría yendo al castillo. Vio a Fred sosteniendo a Lily a su izquierda y como se fueron acercando hacia donde estaba él. Agradecía verdaderamente su presencia. Sabía que la dulce Lily vendría. Y Fred fue una sorpresa grata para él, pues jamás imaginó que se dignase a venir.
Les saludó con la mirada y les dio la espalada a todos, caminando hacia los jardines de su casa. Sus pensamientos enturbiaron su mente.
-¡Scorpius!- se giró. Su abuelo Lucius se acercaba a él rápidamente.- Tenía la esperanza de hablar contigo. ¿Te importa si camino un poco contigo?
-No- dijo Scorpius indiferente, y volvió a caminar.
-Siento mucho lo de tu padre.- comentó su abuelo calmadamente.- Me preocupé mucho cuando me enteré. Mi propio hijo, mi único hijo, muerto. Era un gran mago. Tuvimos nuestros desacuerdos también, como ya sabes,…
-¿Qué quiere, abuelo?- preguntó el joven llanamente. El hombre pareció enfadado pero, rápidamente modificó su expresión hacia una de doloroso entendimiento.
-Debes de estar desolado.- determinó.- Sé que eras muy cercano a tu padre. Creo que puedes haber sido su versión mejorada, como diría él. Había un lazo tan fuerte entre vosotros dos…
-¿Qué quiere?- repitió Scorpius, llegando a detenerse.
Lucius Malfoy también se detuvo, se apoyó en su bastón y miró fijamente a Scorpius, ahora con una expresión perspicaz.
-Sé que mi hijo tenía varias posesiones interesantes.
-No es cierto.- respondió Scorpius con una llameante mirada.
-Mi hijo, tu padre, me vetó la entrada a su mansión durante años. Y sé que estuvo buscando objetos tan preciados como la varita del Sauco, porque pidió un permiso para abrir la tumba de Dumbledore, y ese es el menos interesante de todos. O, por favor, puedo sumar dos y dos, Scorpius.
-Lo que hiciera mi padre son sus asuntos.
-Tu lealtad es admirable, por supuesto… Solo podías ser un Gryffindor.- dijo el señor Malfoy, que parecía estar conteniendo su irritación con dificultad.- Pero tu padre ya no está, Scorpius. Se habrá ido.
-Yo soy el heredero y decido qué hacer con la memoria de mi padre. Solo cuando ni yo ni mi hermana estemos, el legado quedará vacante. Y por supuesto, usted sigue teniendo la entrada vetada a mi casa.- contestó Scorpius, sonriendo a pesar de cómo se sentía.
-Mi querido nieto… Hay fuerzas más poderosas que las de un hijo noble a su difunto padre. Creo que me debes dejar el paso a mi propia casa.
-Yo no le debo nada a usted.
Lucius dudó.
-Puedo ofrecerte todo tipo de protecciones, lo sabes, Scorpius. Estaría encantado de poner a un par de magos más cualificados que los aurores de hoy en día a tu servicio y al de tu frágil madre…- dijo en lo que era evidentemente un tono de supuesta delicadeza. El joven rio secamente.
-Estoy seguro de que tú y tus magos queréis haceros con el poder que sabes que mi padre tenía, y no puedo permitir que un antiguo mortífago de dudosa reinserción social tenga tanto poder.
-Veo que eres el hijo que Draco crio hasta la médula.- le dijo con palpable decepción.
-Correcto.- respondió con cierto orgullo Scorpius.
Lucius Malfoy lo escudriñó durante otro momento, luego se giró y se alejó rápidamente sin siquiera despedirse. El joven pudo ver a su abuela Narcisa y al resto de los magos cercanos a los Malfoy esperándole, lanzando miradas nerviosas a los llantos que procedían de la terraza donde se encontraba Astoria.
Harry Potter se aproximó apurado hacia el joven Malfoy, pasando por el lado de su abuela que iba en la otra dirección. El señor Potter lo miró con cierta preocupación.
-¿Qué quería tu abuelo?- le preguntó sin tapujos. Seguramente su padre se había encargado de poner a la orden del día a Harry Potter sobre la situación familiar en la que su abuelo era repudiado por Draco por relacionarse con gente sospechosa.
-Quería que le dejase entrar a la sala de objetos de mi padre a cambio de protección.
El padre de su mejor amigo suspiró amargamente.
-Algunos nunca cambian.- musitó.- Quiero que sepas que pondré a mis mejores aurores de confianza a tu disposición para lo que necesites. Y, sobre todo, que conmigo siempre podrás contar.- Scorpius asintió.- Sé que has pensado no volver a Hogwarts.
-Sería poner la vida de mis amigos en peligro…
-Ellos ya lo están, ya se han ganado poner su vida en peligro, al igual que tú… Lo que me haría estar tremendamente orgulloso sino existiese ese riesgo tan grande. - Harry suspiró.- Me recuerdas un poco a mí. -Scorpius le miró sorprendido.- Yo también decidí dejar Hogwarts para proteger a mis amigos.
-Lo suyo era más… Importante.
-Tu razón también es de peso, joven. -le dijo con cierto aprecio.- Solo quiero que sepas que no pasa nada si necesitas ir a Hogwarts para evadirte. Allí estarás a salvo, hay magos dentro cuya misión es defenderos.
-También hay…
-Siempre habrá. -Acabó Harry Potter con determinación.- Siempre habrá alguien dispuesto a matar para ser más poderoso.- Scorpius se mostró cabizbajo.- Quédate con tu madre un tiempo, pero recuerda que ella también quiere que vuelvas a Hogwarts… La harás sentirse incapaz de criar a tu hermana… Tienes que mostrarle que es fuerte. Yo la ayudaré, pero necesito que tú seas el primero que lo haga.
-No puedo dejarla sola.- dijo mirando de reojo a su madre envuelta en los brazos de su abuela.
-Por supuesto que no. Pero cuando pasen unas semanas ella tiene que dejar de estar así. Es malo también para ti.
Scorpius asintió, pues comprendía lo que le estaba diciendo aquel hombre. Su madre entraría en depresión. Pero su madre era fuerte y podría afrontar paulatinamente aquello. Lo conseguiría.
Se hizo un silencio. Antes de que el señor Potter se fuese, Scorpius se adelantó.
-¿Usted sabe el inventario de objetos de mi padre? ¿Es tan peligroso?- el joven desconocía lo que se escondía en su sótano, y sabía que solo su madre sabía qué era lo que había allí. Tenía sus sospechas de que su padre se lo había confesado todo a Harry Potter.
- La espada Fragarach, la Taza de Jamshid, el escudo de Lancelot, el collar de Harmonia, un cuerno de chacal, el Udjat, la mano de la Gloria, el anillo de Giges, el Andvarinaut, el Gleipnir, el martillo Mjolnir, el Tamhelm,… Y mi única aportación: la varita del Sauco.
Su padre le había contado todas las historias de todos aquellos objetos. Se las sabía de memoria. Creía que tan solo tenía objetos oscuros normales… No los verdaderos artilugios de las grandes mitologías de la historia, cuya mayoría eran ciertas. Le dio miedo saber que tenía todo aquello bajo sus pies. Pero, sobre todo, supo que tanto poder era peligroso y que, por tanto, debía protegerlo aunque fuese con su vida.
-¿Cómo… Cómo es…?
-¿Posible? - Harry Potter rio.- Tu padre siempre ha estado interesado en la mitología, Scorpius. Comienzo a pensar que quería ocultar todo aquello de la nueva fuerza que estaba por venir, pues Draco sabía de la existencia del Ojo y no de su poder…
-Es muy peligroso.
-Se encargó de que nadie pudiese entrar allí.
El corazón de Scorpius se aceleró.
-El Ojo querrá tener todos esos objetos. -Harry Potter asintió.- ¿Cómo supo dónde se encontraban?
El hombre suspiró.
-Esto es confidencial, Scorpius… Esto solo lo sabemos yo y tu madre… Y me tienes que prometer que nadie más lo sabrá porque ni yo sé qué hacer con esa información…
-¿Qué ha hecho mi padre?- se dio cuenta de que lo dijo como si su padre siguiese vivo. Tenía temor hacia la respuesta del señor Potter.
-Scorpius, tu padre conoció a Ivonne, pero no sabía que era ella.
-¿¡Cómo?¡
-Ivonne Donovan vino a tu padre, sabiendo de ante mano su pasión por los objetos mitológicos perdidos… Y le mostró, le enseñó y le acompañó a recogerlos todos. La razón era sencilla: Draco Malfoy era la única persona con los medios para protegerlos del Ojo. Tu padre no sabía quién era Ivonne, así que no lo recuerdes así. Ella le dijo que estaría salvando a la Humanidad, pero que tendría que pagar un precio.
-¿Morir?
-Draco Malfoy puede que haya sido uno de los mayores héroes de la historia gracias a ello.
-Y nadie lo sabe.
-Le bastaría con que tú lo supieses.
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Exhaló un largo suspiro que ocupó varios segundos. Ese era el momento que había estado cociendo durante toda aquella charla trivial. Le angustiaba pensar que no era solo ella la que estaba esperando una extensa explicación sobre asuntos que a ella no deberían incumbirle.
El hombre, cogido por sorpresa, titubeó un segundo en el que Samantha creyó haber perdido aquella valiosa oportunidad. ¿Era tan importante y por eso le costaba tanto contarlo? Ted Lupin, en nombre de todos los aurores que no se dignaban a verla, estaba muy interesado en conocer aquella historia. Ella entendía la razón de aquello. Les había contado que la sobrina nieta del Doctor Morgan desconocía por completo el nombre con el que su abuela quedaba reflejada en el registro muggle: Ivonne Donovan.
-Es curioso porque llevo replanteándome mil veces eso desde que te conocí, Samantha.- confesó con cierta evasión en su mirada. Probablemente se debía a que el hecho de saber que la magia existía le había trastocado todos los esquemas científicos a los que se aferraba con demasiada fuerza. Buscó los ojos de la joven y por primera vez, vio a un hombre recién jubilado y cansado de algo que habría estado ocultando tanto tiempo que abrir aquel secreto significaría la paz que necesitaba. - Grace Juliette Morgan, ese fue el nombre con el que nació mi hermana. Se acostumbró a que la gente la llamara Grace o Juliette, le daba igual porque solía concebir ambos nombres como suyos. Personalmente, me gustaba más Julie. Era la inocente y pequeña Julie, y eso que me sacaba casi una decena de años. Todo el mundo creía que mi hermana era una niña buena, que jamás había roto un plato. Y así era. Hasta que un día, de pronto, cambió. Había conocido a alguien. Estaba enamorada. Solo me confesó a mí, a su hermano de diecisiete años, que no podía decírselo a nadie porque se trataba de una mujer. Dijo que tenía unos pocos de años más que ella, que era misteriosa y que quizás no era un amor correspondido, pero ella era feliz a su lado.
-¿Quién era esa mujer, doctor Morgan?- preguntó Samantha, mordiéndose el labio.- Es decir…- se azoró. No podía preguntarle si era Ivonne, aunque lo intuía. Pero, ¿sería la Ivonne que todo el mundo mágico buscaba?- No veían bien la homosexualidad, ¿no?
-Mi familia siempre había sido muy tradicional, de ahí que lo ocultase tanto. No fue por esa razón por la que le cogí odio a esa mujer sin nombre.- La boca de Victoire formó un pequeño círculo. Estaba muy segura de que descubriría aquello y que la relación de aquella familia con la misteriosa Ivonne quedaría concluida.- Parecía que la manipulaba. Algunos días desaparecía y no volvía hasta días después. Mis padres no se preocuparon porque siempre creyeron que estaba con sus amigas. Yo que sabía la verdad… A mí me preocupaba.- cruzó las manos sobre la mesa de madera de la cocina en la que estaban sentados. El viento azotaba sin piedad la ventana y su sonido se metía en el oído como un susurro silbante.- Me contaba que le enseñaba cosas asombrosas, como hacer levitar un objeto, cambiar de apariencia… Su aspecto cambió. Su personalidad cambió. Su salud cambió. No dormía, no comía y simplemente quería pasar el día con aquella mujer.
-¿Le estaba enseñando la magia?- preguntó Samantha llanamente. El doctor Morgan seguía en su relato, mucho más alejado de la joven de lo que físicamente era posible.- Esas cosas asombrosas.- recalcó Samantha.- Era magia, usted lo cree ahora, ¿verdad? ¿Qué le hizo?
-Yo ya tenía veinte años y decidí estudiar Medicina. Creía firmemente que lo que le pasaba a mi hermana era una enfermedad. Que se imaginaba a aquella mujer y todo lo que me contaba de ella.
-Usted también creyó eso de mí.
-Siempre pensé que mi hermana estaba loca hasta que viniste tú, con esa mirada asustadiza, haciéndome ver que quizás no era necesario internarla en un psiquiátrico.- La miró con cierto pudor. - Hice algo de lo que no me he arrepentido hasta ahora. Yo ya era doctor y tenía el poder de diagnosticar cualquier enfermedad, sobre todo en aquel tiempo en el que la propia homosexualidad era una.
-¿Qué hizo con su propia hermana?- preguntó Samantha escandalizada. Quizás hasta asustada del hombre que la acogía.- ¿Qué dijo que tenía? ¿Esquizofrenia? ¡Eso es denigrante! ¿Cómo pudo meter a su hermana en un centro…? ¡Y usted sabía lo que les hacían allí a los pacientes!
-Lo hice por su bien. Además, respondía a muchos de los síntomas que por aquel entonces se atribuían a la esquizofrenia. Samantha, para mí la mujer con la que se frecuentó durante años era uno de sus delirios: jamás la vi. Entiende que estaba preocupado por mi hermano. Su discurso era incoherente, decía palabras que no entendía y se reía de mi incomprensión e incluso llegó a comportarse de forma demasiado violenta con mi familia. Además, perdió audición…
-Eso es por las traslaciones… ¡Es un efecto secundario en muggles! ¡Oh, dios mío! Su hermana conoció la magia y usted la encerró…- Samantha se llevó las manos a la cabeza. El hombre ante el que ella se encontraba había arruinado la vida de su propia hermana por el desconocimiento de la magia. A pesar de que debía sentirse algo agradecida por haberla salvado, un cierto recelo hacia el doctor Morgan nació en su interior.- ¿Y el nombre? No me ha contado por qué se cambió el nombre.
-Eso también parecía parte de su falta de cordura.
-Ya, pero se llamó de una forma concreta, ¿no? Es decir, ¿por qué ese nombre? ¿Era el nombre de la mujer de la que estaba enamorada?
El doctor Morgan se encogió de hombros. Parecía derrotado, pues acababa de descubrir que había destrozado la vida de su hermana, incluso cuando él logró sacarla de allí por lástima y le ayudó a formar una familia.
-No lo sé.- Acto seguido arrugó la frente más de lo que ya estaba. - Bueno, sí que me contó algo. Estaba ilusionada por haberse cambiado al nombre porque estaba ayudando al mundo, según ella. Decía que al cambiarse el nombre estaba ocultando a una amiga y que siempre la estaría ayudando. Dijo que estaba poniéndose a ella y a su descendencia en peligro, pero le daba igual porque estaba formando algo más grande de lo que cualquiera pudiera imaginar.
-¿Y? Ni por curiosidad le preguntó, ¿no? ¿Nunca escuchó sus historias? Eran todas ciertas… Su hermana pudo estar metida en el origen de la guerra mágica de ahora, ¿lo entiende? ¡Es vital que recuerde!
-¿Una guerra mágica?
Samantha se mordió el labio. Había soltado más información de la necesaria. Su doctor la miraba examinando como solía hacer en sus sesiones. No tardó en dar la vuelta a los roles que habían estado ejerciendo.
-¿Se acuerda del Clan del Ojo del que huía? ¿El que masacró a mi familia y el que me encerró en su clínica?- No esperó a que contestase.- Están desencadenando una guerra.
-¿Contra quién?
-No es contra quién… Simplemente quieren llevar a cabo un objetivo y se llevan por delante todo lo que les estorba. Entre otras cosas, están buscando a Ivonne Donovan… Por eso sé que su hermana estuvo en peligro. Y quizás es por eso que la mataron.
El sonido de un plato estrellarse contra el suelo y dividirse en mil pedazos les interrumpió. Un silencio ensordecedor se formó después. Samantha no quiso mirar hacia atrás. No quería enfrentarse a la furiosa llamarada de los ojos de Lola y mentirle diciendo que ella sigue loca y que son partes de sus delirios. Jamás la creería de nuevo, sobre todo, sabiendo que aquella muchacha sabía que su abuela había sido asesinada y que nadie la creía. Nadie se movió en más de dos minutos. Samantha podía observar la mirada de alerta en los ojos del doctor Morgan. Lola no se había movido.
Supo que tenía que encararla. Samantha se dio la vuelta y vio a una muchacha con la cara descompuesta, pálida y, de pronto, más niña aun.
-No entiendo.- musitó la joven, sin mover ni un ápice de su cuerpo. - ¿La magia existe?
No contaba con aquella reacción. El doctor Morgan miró hacia otro lado. Samantha asintió levemente, deseando tener magia para hechizarla y que olvidara aquello. La joven ladeó la cabeza lentamente, sin apartar los ojos de Samantha.
-¿Te contó algo tu abuela? ¿Sobre Ivonne Donovan?
La joven dio un respingo.
-¿Cómo?- Su ceño se frunció y la miró con miedo, no hacia ella sino probablemente hacia su propio conocimiento. - ¿Es cierto?
Samantha formó una sonrisa nerviosa en sus labios.
-¿El qué?
-Las historias de la abuela.- Dijo aquello dirigiéndose aquella vez a su tío abuelo.- ¿Tú las conoces? No pueden ser ciertas, ¿no? No puede existir la magia, ¿no?
En aquel momento, Samantha pudo haber aprovechado la confusión y decirle que no, que la magia no existía. Que estaban hablando de cualquier otra cosa que no involucrase una realidad paralela. Pero si hacía aquello, perdería la oportunidad de saber qué era lo que había pasado con aquella familia. Podría estar poniendo el mundo mágico en peligro solo porque Lola lo conociese, pero podría estar salvándolo a su vez.
-Me temo que sí, la magia existe.
-¿Entonces es verdad todo lo que contaba?- Aquella niña, criada con el conocimiento de que su abuela era una demente que se inventaba historias sobre su vida, dudó en ese momento de todo el sentido de su existencia y Samantha pudo verlo.
-¿Quién es la verdadera Ivonne Donovan, Lola?
-Nadie.- contestó Lola, zanjando el tema y subiendo rápidamente a su cuarto.
Samantha miró al Doctor Morgan. Estaba preocupada. Definitivamente la familia Morgan había estado en contacto con Ivonne. Aquella familia podía ser una de las claves para saber qué era lo que estaba tramando el Clan del Ojo. Y sólo lo sabía una adolescente rebelde que jamás se abría a nadie.
-Llévala a King's Cross. Enséñale el mundo mágico o pensará que estamos locos.
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Sintió un leve cosquilleo en el estómago. Era un cúmulo de emociones, así como las náuseas que podía provocar un largo viaje con polvos flú. No había nada que le angustiara más que el saber que su cuerpo se convertía en pequeños átomos que viajaban por el espacio-tiempo a la velocidad de la luz con el simple hecho de rociar unos cuantos polvos azules sobre el suelo. Siempre habría preferido montarse en un dragón y deambular por el cielo. Todo lo demás era demasiado claustrofóbico, e incluso se podía perder un brazo si no hacías bien el hechizo. Incluso hubiese sido mejor un agobiante trayecto en avión. Aunque, por supuesto, los demás magos jamás la entenderían.
También era porque estaba extremadamente nerviosa: era su primera entrevista de trabajo. A un mes de terminar su curso escolar en Hogwarts y no volver nunca más, un auror anónimo o miembro del Ministerio le había ofrecido la oportunidad de su vida. Sabía que el anonimato se debía a que su familia era claramente influyente, siendo su padre Bill Weasley y perteneciendo a la familia Weasley- Delacour. Aunque aquello era más propio de su tío Charlie: prácticas en una sección del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas en Nevada, Estados Unidos. Desconocía aquel centro, cuyo nombre era Luperca, y no se imaginaba en absoluto que clase de Criaturas Mágicas le esperaban dentro de aquella instalación que parecía sacada de una película de fantasía y ciencia ficción muggle.
No se dio cuenta del tiempo que había transcurrido allí quieta hasta que una mujer de rasgos afilados y nariz aplastada y robusta, se acercó a ella con una media sonrisa. Rondaría los cuarenta años, vestía con unos ropajes apretados de cuero y era similar a una de los chamanes de las películas del viejo oeste.
-Mi nombre es Tala.- le indicó con un acento rasposo. Le tendió la mano para que fuese apretada por la de la joven.
-Mi nombre es Dominique.- Contestó ella a la pregunta indirecta, a la vez que apretaba con fuerza la mano de aquella mujer de enigmáticos ojos ambarinos.- He venido por la plaza que se me ha concedido para hacer prácticas…
Tala asintió, a pesar de que había cierta nebulosa en su expresión que indicaba que no conocía por completo el objetivo de aquella joven allí. Eso preocupó a Dominique, quien no quería volver a pasar por la horrible experiencia de viajar con polvos flú.
-Tu familia es el clan Weasley.- No era una pregunta como tal. La estaba examinando de arriba abajo. Cuando hubo acabado, y Dominique estaba lo suficientemente incómoda, le pidió con un gesto que la siguiera. La joven vislumbró el robusto cuerpo de aquella mujer y lo comparó con su figura frágil y delgada, sintiendo algo de timidez. Al entrar en el edificio de madera, se encontró con personas, sobre todo jóvenes, de todas las etnias del mundo que la miraban con algo de recelo. Todos esos muchachos o jóvenes adultos estaban desarrollados, eran corpulentos y sus expresiones estaban en tensión. Hubo un silencio que cesó cuando Tala miró hacia atrás.- Son como tú.
-¿A qué se refiere?
No se creía que aquella gente estuviese allí también de prácticas, parecía más bien una selección para entrar en el ejército. Aquello le hizo crecer una duda que le estaba carcomiendo el estómago: ¿Qué hacía allí?
Afortunadamente, Dominique se alejó lo suficiente de aquel cúmulo de gente que la intimidaba cuando Tala abrió lo que parecía un despacho. Todas las paredes eran de madera oscura y tan solo cuadros con motivos naturales adornaban las paredes. El que supuestamente era el despacho de Tala tenía un gran escritorio con motivos florales algo barrocos, que era lo único que llamaba la atención de aquel recogido habitáculo. Además de la mujer que es encontraba en una silla al lado de la que presidía la habitación. Tenía una mata de pelo rizado que le daba aspecto salvaje, los ojos eran grises y su rostro tenía una expresión algo animal.
-Mi nombre es Wakanda. -Se presentó, tenía la voz grave y un acento fuerte definitivamente de la América profunda. - Bienvenida a Luperca. ¿Sabes por qué estás aquí?
Dominique titubeó. En ese momento no tenía ni la más remota idea, se encontraba en un sueño en el que iba a un lugar misterioso y exótico.
-Vengo a hacer unas prácticas.- Wakanda se rio y recibió una mirada penalizadora de Tala. Ambas miraron a Dominique con cierta desilusión.- Creo que me ha mandado mi tío Charlie Weasley.
No le gustó recurrir a su prestigiosa familia para aquello y, de hecho, no obtuvo el efecto deseado. Wakanda negó con la cabeza dirigiéndose hacia Tala, quien se sentó en su silla mirando atentamente a Dominique.
-Ha sido un conceso entre tu familia y allegados. - Explicó simplemente y desechando la idea de que su apreciado tío Charlie había preparado todo aquello. Aquello no la tranquilizó.- Somos una institución que lleva existiendo desde la época de los primeros chamanes en América. Las Criaturas Mágicas a las que cuidamos son solo una especie: los hombres lobo.- Dominique asintió, no le sorprendió aquello, sino que le dio algo de más sentido al lugar.- Supongo que conocerá a Ted Lupin.- La joven asintió, mordiéndose el labio.- Él vino aquí recién transformado para encontrar paz interior y perfeccionar sus transformaciones para hacerlas voluntarias. Es algo contra lo que todos los hombres lobos del resto han luchado, menos los nuestros. Tenemos el conocimiento de nuestros ancestros para poder llevar eso a cabo.
-Pero eso no es todo.- añadió Wakanda con algo de misterio en sus palabras.- Para hacer voluntaria la conversión, los licántropos utilizamos algo que nos recuerde nuestra humanidad cuando adoptemos la forma de esas criaturas. Al principio, siempre es un objeto. Un recuerdo de la infancia, un amuleto… Cada licántropo es un mundo. Pero con el paso del tiempo, encontramos a alguien que nos recuerda nuestra humanidad: nuestra Nuna.
-A menudo, los Nuna son los hermanos humanos de los licántropos, puesto que la unión de sangre es mucho más fuerte que cualquier otra cosa. La relación de los Nuna con los licántropos es extraordinaria: pueden leerse el pensamiento, ver a través de sus ojos… Incluso pueden llegar a formar parte de la manada si la conexión es muy fuerte. También puede ocurrir que los Nuna sean familiares algo más lejanos con afección hacia el licántropo o con facilidad con el trato; o incluso amigos. Aunque estos Nuna no siempre consiguen esa conexión extraordinaria.
-Y luego están los Ajayu.- continuó Wakanda. Dijo aquella palabra con verdadero sentimiento, mirando hacia Tala con secretismo.- Solo ocurre cuando dos almas son capaces de fusionarse. Es el alma gemela de tu cultura. No solo pueden hacer lo que hacen los Nuna, sino que también pueden cambiarse el cuerpo, sienten lo que el licántropo siente.
Dominique sintió un cosquilleo en su estómago de la emoción: las criaturas mágicas eran fascinantes. Deseó ser un Nuna para poder experimentar todo aquello. O un Ajayu para poder ser licántropo. Aquella conexión era tan especial que la abrumó.
-Pero.- advirtió Tala.- Si uno de los dos muere, el otro también fallece. Es muy peligroso y arriesgado, además de que no es algo frecuente.
-Cuando un humano se convierte en licántropo, pierde la oportunidad de poder amar a varias personas. Es decir, solo hay una a la que podrá amar y de la quien no tendrá dudas de que será ella: el Ajayu. La mayoría jamás encuentra el suyo.
La mirada que se procesaron Wakanda y Tala fue suficiente para que Dominique entendiera que Tala era la Ajayu de Wakanda, quien claramente era una licántropa. Entonces, la joven entendió aquello porque Ted, hace unos años, le había comentado una teoría que estaba basada en realidad en aquel lugar. Le propuso crear una manada a la que fueran todos los licántropos recién convertidos, que aprendiesen a luchar, a ser una criatura mágica… Y que después volviesen a su vida normal, pero sabiendo que pertenecen a una manada, y por lo tanto no sintiéndose jamás solos en aquella desdichada existencia. Podía deducir que Wakanda era el Alfa de aquel lugar, aunque podría ocurrir que hubiese varios Alfa.
¿Era Victoire la Ajayu de Ted? Y si era así, ¿por qué nunca se lo había dicho? Sabía que Ted, según le había contado Victoire, estaba distante con su hermana… ¿Significaba aquello que Ted moriría sin saber quién era su Ajayu? Una pequeña y estúpida esperanza se asomó para Dominique, pero recordó que era imposible cuando aquel joven adulto jamás se había fijado en ella.
-¿Y qué hago yo entonces?
Wakanda la miró fieramente. No se había dado cuenta de lo osada que había sido con esa pregunta ante la Alfa de la manada de licántropos más grande del mundo.
-Estás aquí como ayudante. - Contestó pausadamente Tala, quien parecía ser la que equilibraba la tenacidad de Wakanda.- Te han traído porque puedes ser una Nuna.
El corazón de Dominique se aceleró a trompicones. De haber sabido la existencia de aquello antes, habría sido el sueño de su vida. Siempre había querido ser un jinete de dragón como su padre y su tío. Además, gracias a su genética era descendiente de criaturas mágicas. Le encantó saber aquello. Probablemente su entusiasmo empalagó a Wakanda quien la miró con algo de desprecio.
-Vas a ayudar a tu primo, James Sirius Potter.- anunció con una media sonrisa Tala.
-La manada lo llama Dasan, el líder. - Comentó con cierto orgullo Wakanda.- Cada vez que una persona se convierte, renace. Y nuestra manada le otorga un nombre, porque nunca volverá a ser James Sirius Potter.
Dominique asintió con sumo respeto, impresionada por que su primo se hubiese ganado la cualidad de líder cuando solo llevaba apenas unas semanas allí. Wakanda se levantó y Tala con ella. Indicaron a la joven que las siguieran. Salieron de la puerta y, en vez de volver a la entrada donde se encontraban todos aquellos jóvenes que esperaban ser Nuna, se dirigieron por un pasillo tortuoso. Wakanda lideraba el paso con grandiosidad.
-Ted Lupin fue nombrado Nitis, el amigo; y su amigo Alexander, quien vino cuando ya era un licántropo experimentado, fue nombrado Killa p'unchay, luz de luna. - Dominique sonrió, pues acababa de descubrir de dónde venía el apodo de Moonlight. -Si algún día consigues ser Nuna, la manada quizás te nombre de algún modo…
-¿Lo decide la manada? ¿Cómo? ¿Alguien propone el nombre?
Wakanda soltó una pequeña risa.
-Es más complicado que eso. La comunicación entre los miembros de la manada es sobrenatural, excepcional… Cuando se reúnen, todas sus mentes forman una, todos sus pensamientos se fusionan y solo queda una mente: la Manada.
Sus ojos se abrieron como platos. Cada criatura mágica era un mundo extraordinario.
-Desde aquí lo puedes ver. - Dicho aquello, Wakanda se transformó en un gigantesco licántropo de pelo cobrizo, cuya mirada de autoridad asustó a Dominique.
Ante la joven, quien se encontraba en una especie de balcón o palco, se encontraba un extenso campo de entrenamiento al aire libre en el que más de una veintena de hombres lobos luchaban, corrían o simplemente descansaban sobre la mullida hierba. Había licántropos de distintos tamaños, colores, formas e incluso había unos con más forma animal que otros que parecían más humanos.
Le llamó la atención un círculo que se había formado en torno a un hombre lobo de menor estatura que parecía estar sollozando. Su corazón se encogió. ¿Y si era James? Miró a Tala, quien también parecía preocupada al respecto. El joven licántropo se arrastraba por el suelo con un gran arañazo en su torso que no paraba de sangrar. El culpable, según se veía, era un hombre lobo negro y gigantesco que se imponía ante él y se mofaba del débil.
El lobo negro alzó una zarpa para acabar su tarea.
-Le va a matar…- susurró Tala, ante el estupor y el miedo de Dominique. El horror que se dibujó en ambos rostros llegó hasta los demás licántropos que se habían dispersado por la llanura.
De pronto, un hombre lobo marrón derribó de un salto al lobo negro. Dominique no apartó la mirada ni un segundo. Su corazón estaba en un expectante hilo, esperando a que le dijeran que su primo James se iba a poner bien. El lobo marrón fue lanzado por los aires. El negro fue a por él. Wakanda se interpuso ante ambos. Su rugido ensordeció a Dominique.
-El marrón es James, Dominique.- aclaró una voz grave y de hombre detrás de ella.
- Killa p'unchay, te hemos echado de menos.- saludó Tala hacia Moonlight.
El joven guiñó el ojo a Dominique.
-Vamos, Dominique.- le dijo Moonlight, señalando la escalinata que les bajaba hacia el descampado. Esta negó con la cabeza, algo temerosa. Seguía temiendo a aquel hombre lobo.- Seguro que eres buena convirtiendo a James en humano…
A la joven se le removió el estómago. No era la primera vez que hacía aquello, y eso le dio un mal presentimiento. Sobre todo al ver la expresión pícara en el rostro de Moonlight.
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Queridos lectores;
Sé que es un capítulo un tanto corto, pero espero que suficiente. Poco a poco las cosas se van complicando y retorciendo un poco más…
¡Ansiosa por vuestras impresiones!
Con cariño,
-A.