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La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 41

Capítulo 25: Sin esperanza, sin miedo.

Hasta aquel día, Richard McKing no destacaba por ser el mejor Ministro de Magia que había existido en Inglaterra. Era visto como una figura frágil y consumida por el asesinato de su hijo, que jamás llevaría a la sociedad a un bienestar mejor. Dadas las convulsiones que sacudían el mundo y la omnipotente fuerza que se requería para hacerle frente, todos le exigían más. Todos pretendían que McKing fuese aquel hombre que prometió dar un cambio. Y que lo hizo en su momento: ayudó a Hermione Weasley a mejorar las condiciones de los ciudadanos magos y los nacidos de muggles, respetó cualquier ideología, se dejó la piel en instaurar una nueva Administración y contagió su carisma a todos los demás políticos.

Richard McKing no provenía de la mejor familia de magos, como muchos otros Ministros. Había sido un estudiante que había pasado desapercibido en la Guerra, y que, cuando el Señor Oscuro volvió, se había exiliado con su familia en Chicago. Fue allí donde acabó su formación mágica con notables resultados. Destacó cada vez más gracias a sus discursos sobre construir un mundo unido. También se hizo oír a través de los gestos que llevaba a cabo: facilitaba cursos de adaptación a los muggles con el objetivo de que entendiesen el mundo mágico, luchó contra la esclavitud de los seres mágicos y propuso una reforma del código penal mágico. Y Shacklebolt se fijó en él como un digno sucesor. Fue cierto que la sociedad tardó en acoger a ese hombre de mirada cálida, pues tan solo tenían ojos para aquellos héroes que habían defendido Hogwarts. De hecho, en aquel momento, todos aquellos que habían encontrado difícil el ascenso de McKing como Ministro, le rechazaban sin pudor. Incluso cuando la misma Hermione Weasley había declarado que era un ejemplo a seguir. Los magos querían un héroe que les librase de más conflictos y que acabase con aquello desconocido que aparecía en todas sus pesadillas.

El hombre de mirada caída ya había aceptado una entrevista con el periódico más excéntrico de toda Inglaterra: El Quisquilloso. Por supuesto, aquella entrevista con Luna Scarmander atrajo a un sector silencioso de la población que veía a McKing como una persona de extrema nobleza y con la capacidad de cuidar delicadamente a sus conciudadanos. Esa pequeña parte había sido la resistencia contra Voldemort. También se incluían a los nacidos de muggles que siempre le apoyarían. Así como incluso a la mayor parte de criaturas mágicas. En cambio, los periodistas que quedaban angustiados por no tener una entrevista con el Ministro, insultaron a su propio líder con titulares obscenos que fueron secundados por la opinión de muchos magos, más tradicionales.

Aquella segunda entrevista tenía el propósito de evitar un conflicto civil entre aquellos que pedían que Harry Potter fuese Ministro, sin más argumentos porque fue el Niño Que Vivió; y aquellos que reconocían la gran labor que McKing llevaba a cabo. Sin mencionar la disgregación política dentro del propio Ministerio.

Se trataba más bien de un discurso, le había advertido a Luna Scarmander.

Ambos, periodista y entrevistado, se encontraban en el despacho de Hogwarts del director Longbottom. No querían que nadie supiese aquel segundo encuentro con la prensa. Y el propio Neville se había ofrecido para facilitar aquello, sabiendo las buenas consecuencias que aquello podría tener.

-Eres un gran hombre, Richard.- comentó Neville antes de que el Ministro comenzase a hablar. El director se encontraba allí porque así lo había pedido el entrevistado. Ambos sabían que tenían mucho más en común de lo que aparentaban: habían sido elegidos por personas tan influentes que su decisión no podía ser discutida por nadie. Habían tenido disidencias para llegar allí. Y a veces se preguntaban si sus enemigos estaban en lo cierto.

-Ahora mismo nos encontramos en uno de esos momentos que definirán nuestra historia siglos más tarde. Estamos al borde de la guerra y la paz mágica tan deseada ha sido de nuevo amenazada. -Richard suspiró. Parecía la introducción de un discurso que ya tenía preparado en su cabeza.

-No se ponga nerviosa, señor Ministro. La pluma no grabará nada. Solo transcribe lo que usted diga. Tiene todo el tiempo del mundo.- tranquilizó Luna. La mujer, cuyos ropajes distaban mucho de la etiqueta requerida, miró hacia Neville para encontrar algo de apoyo. Richard sabía que Luna estaba ayudando al profesorado de Hogwarts y que la dirección del periódico de su padre estaba dirigida por su marido.

El Ministro asintió.

-Por supuesto.- carraspeó, y siguió con el discurso.- Hoy por hoy, muchos de vosotros habéis perdido la esperanza en encontrar de nuevo una estabilidad que nunca ha existido. Hemos perdido a seres queridos. A figuras que nos inspiran. Y nadie nos dice qué es lo que nos está arrebatando la seguridad mágica.- En ese momento Neville alzó la mirada hacia Richard. Quizás una revelación sobre el Clan del Ojo por el mismo Ministro de Magia no fuese lo más acertado, pero el Ministro había medido meticulosamente todas sus opciones.- Nosotros.

La pluma cesó de escribir por un instante.

-¿A qué nosotros se refiere?

-A todos nosotros. A la separación que se está palpando entre nosotros. Si no permanecemos unidos, no podremos luchar con mayor fuerza. No es un divide y vencerás, esa frase la dijo Julio César antes de ser apuñalado por todos sus seguidores. No podemos hacer que el Ministerio cargue con todas las culpas y los reproches, porque, al fin y al cabo, tomamos las decisiones en vuestro nombre. Shacklebolt instauró una débil democracia que no podemos erradicar. Si me dirijo a vosotros es para pedir un alto al fuego. ¡Basta!- el rostro del Ministro estaba endurecido. No se había sentado, dijo que estaba más cómodo hablando de pie, como cuando daba sus conferencias sobre el avance del mundo muggle en Chicago. Le daba confianza. Por primera vez en mucho tiempo, Richard McKing volvía a tener esa llamarada en su iris que pedía justicia. - Debemos mantener la promesa de asegurar un futuro digno a las primeras elecciones. De mantener el mundo mágico vivo. Lo cierto es que queja tras queja, falsos rumores de que dimitiré, prensa sin gusto, miradas de recelo… ¡Todos piden un cambio! "Que hagan algo…", dicen. Pero no saben que ellos también tienen que desenfundar sus varitas llenas de polvo y dar ejemplo. Poco a poco, pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia en la balanza de "victoria" o "derrota". ¿Somos un país de vencedores? ¿Realmente pensáis que estamos rodeados de héroes? Sí, tenemos héroes, pero son solo unos pocos y solo los escucháis cuando lo que dicen os gusta u os conviene. Sí, tenemos héroes pero no duraran para siempre. Que se lo digan a Minerva McGonagall, que nos protegió silenciosamente de un ataque mayor. Que se lo digan a Roxanne Weasley, la niña inocente, cuyas muertes parecen lamentar incluso cuando odian a su familia por vivir entre muggles. Que les digan a las víctimas del ataque de Hogsmeade que los héroes son los que siempre velarán por nosotros. Que alguien vaya a la tumba de mi hijo y le diga: "Rick, no pasa nada, los héroes nos salvan al final". Pero, ¿quiénes son los héroes? Todo el mundo estará pensando en el Trío de Oro o en la Orden del Fénix. Tengo ahora mismo delante a Luna Scarmander y Neville Longbottom, mientras veo un retrato de Albus Dumbledure, quién me diría que recordarse a Nymphadora Lupin, Sirius Black, incluso el mismísimo Severus Snape fue un héroe. Y el recientemente fallecido Malfoy. ¿Qué pretendo decir con esto? Que incluso a los que más cerca de la oscuridad están,  les brilla una luz pura que les permite en algún momento ser héroes. ¿Sabéis cómo se llama esa "partícula de héroe" que todo el mundo piensa que solo los elegidos la tienen? Humanidad. Y que yo sepa, todo el mundo es humano, sin distinción absurda entre muggles y magos. Todos podemos ser héroes. Sed héroes conmigo. Hagamos brillar la luz de todos juntos.

Se hizo un silencio en el que Richard se dejó llevar por su propia fuerza.

-¿Le importa si le he estado grabando desde que comenzó?

Neville se azoró ante la pregunta que él mismo había formulado. E incluso pareció arrepentido de haberle interrumpido.

-¡Neville!- reprochó Luna.

-Lo sé, lo sé, pero unas simples palabras escritas no van a transmitir lo que nos dice realmente con el tono de su voz. Lo siento, señor Ministro, pero lo veo necesario. -se rascó la cabeza.- Prosiga.

Richard McKing no se inmutó por aquel pequeño inciso. Es más, hizo como si no hubiese ocurrido, no sin antes asentir, dándole así permiso a Neville para seguir grabando aquello.

-Necesitáis un Ministro que afronte las amenazas que nos depara el futuro y que no se quedé anclado en las ideas del pasado. No acabaremos con el enemigo con conflictos internos. No estaremos seguros si damos un simple discurso o escribimos una columna reivindicativa en El Profeta. Si alguno de vosotros quiere seguir los pasos de Ministros que nos llevaron a que el Ministerio crease una alianza con la Oscuridad para llegar a una estabilidad, es más diplomacia y una mala estrategia, pero es una elección. Sin embargo, no es la opción adecuada.  Somos el Ministerio de Artemisia Lufkin, la primera mujer Ministro; de Nobby Leach, primer Ministro nacido de muggles; y de Shacklebolt, quién sostuvo las cenizas del Ministerio tras la Guerra. Así que no me digáis que, yo, Richard McKing, no os mantendré a salvo por seguir sus decisiones; y no las de Fudge o Scrimgeour. Como líder del Ministro Británico de Magia, nunca dudaré en defender este país, pero solo atacaré ferozmente cuando haya un claro objetivo y con la seguridad de que no arriesgaré ninguna vida, ya que, todos merecemos volver a casa. Acabaré con esta guerra antes de que empiece y haré justicia por todos los Caídos. Reforzaré el Departamento de Seguridad Mágica, así como la diplomacia que nos prevendrá de futuros ataques mágicos. Restauraré la moral de todos nosotros, con el fin de que el mundo mágico vuelva a ser extraordinario. Corren tiempos difíciles, mis queridos magos, y debemos permanecer unidos. Sé que muchos calificarán mis palabras como un discurso barato, y que insistirán en algo más radical o en otras maneras de manejar esta situación. Y espero que así ocurra, porque si no tenéis nuevas ideas u os levantáis para exigir más acción, entonces estáis dejando ganar al enemigo. Los pequeños gestos hacen una gran diferencia, y lo sabéis porque ya ha funcionado antes. Si vuestras esperanzas se han evaporado una y otra vez, entonces dejad de tener fe y quedaos con lo que ya sabéis, con lo que es seguro, con lo que siempre ha funcionado: Actuemos juntos como aquellos que lucharon en la batalla de Hogwarts. Ya sé que no soy el candidato que más os gusta para este puesto: me exilié de Inglaterra en la guerra, me he pasado toda mi vida leyendo libros y estudiando estrategias, luchando por los asuntos más polémicos… Pero aquí estoy. Y lo que ocurra en el mundo mágico no recae sobre mí, recae sobre todos vosotros. No soy yo el único que me he quedado en silencio cuando vi el cadáver de mi hijo. Sino también vosotros. Los cambios en el mundo mágico los hacéis vosotros, rara vez un Ministro de Magia, porque vosotros los pedís, porque vosotros os levantáis, insistís en nuevas ideas, mostráis liderazgo y exigís algo mejor. Creo firmemente que el cambio está por llegar porque lo estáis viendo, lo estáis viviendo. Vi el cambio en Alexander Moonlight cuando se adentró en las llamas de Hogsmeade para rescatar a los heridos. Cuando Astoria Malfoy firmó una promesa con el Ministerio para colaborar con todo el poder cedido por su difunto marido. Cuando los alumnos de Hogwarts se ayudaron entre ellos en el atentado de King's Cross. O cuando unos niños de apenas catorce años se adentraron en la sede del enemigo para rescatar al rehén más sonado de estos tiempos. Y, ciudadanos, estos no son los héroes que conocéis. Podían haberse quedado quietos, como todos nosotros, pero lo que hicieron fue luchar por lo que creían que estaba bien, unir fuerzas. No podemos dejar que nuestras disputas internas nos alejen de lo que realmente debemos salvar. No con tanto trabajo por hacer, no con tantos niños a los que educar y con tantos magos que están por formarse. No con una política y una prensa anclada en el pasado. No con tantas familias con tanto que perder. La unión hace la fuerza.

Neville aplaudió al segundo. Le secundó Luna, que había soltado una minúscula lágrima que surcó su rostro y con ello, el maquillaje de ojos púrpura que se había echado. McKing se dio cuenta de que no estaba hablando solo, y que aquellas dos figuras de Inglaterra le acogían con admiración.

Solo pudo pensar en su hijo Marcus. Jamás había mostrado una cara de admiración como aquella. Parecía odiarle por no hacer nada tras la muerte de su hermano. Aquel discurso iba indirectamente para él. Él era un héroe que no había mencionado. Su hijo sería tan importante como todos los que eran alabados por la población, lo sabía. Sabía su capacidad intelectual y secretamente la temía, pues estaba sin rumbo, y los genios sin rumbo podían alcanzar fácilmente todos los extremos: no solo la luz, sino la oscuridad. Le gustaría aprovechar aquella visita a Hogwarts para ver cómo le iba a su hijo. No obstante, sabría que le rechazaría.

-¿Qué hacemos con la grabación, señor Ministro?- preguntó Luna Scarmander.

-Creo que sé lo que debemos hacer, si me permite la sugerencia.- Neville recibió un gesto afirmativo de McKing.- Luna, puedes imprimir el discurso en tu periódico, para que así nos aseguremos de que todo el mundo lo va a recibir. Desde la última entrevista, están pendientes de tu periódico, así que eso nos lo tenemos asegurado. Pero, antes de que lo publiques, proyectaremos la grabación en la fachada del Ministerio de Magia, que es donde nos interesa que lo vean. Parece extrema propaganda política, pero eso es de lo que se trata. Cuando la gente que pase por allí, no aquella que queremos que cesen sus disputas, los magos que no tienen nada que ver, lo verán y se lo contarán a todo el mundo: la autoridad y la tenacidad del Ministro. Todos somos héroes, ese es el mensaje. Todos unidos. Bien, después se distribuirá el periódico por todo el mundo mágico.

-Me gustaría que lo proyectase también el Gran Salón, aquí. Los alumnos también son héroes.

-De acuerdo.- asintió el director. Después negó con la cabeza.- No, usted lo repetirá aquí esta noche. Así, avivarás la llama heroica desde las generaciones más jóvenes. Venga esta noche y anime a mis alumnos, señor Ministro.

-Puedo pasarle la transcripción si quiere.- ofreció Luna. La mujer le quitó el papel a la pluma que flotaba en el aire y se lo tendió.

De pronto, se sintió algo abrumado. Su hijo iba a verle dar el discurso más importante de su vida. Estaba nervioso por saber si finalmente le aprobaría.

-Muchísimas gracias a los dos, os veré esta noche.

-A usted, señor…- antes de que Neville terminase de formular su nombre, el Ministro se desvaneció en el aire.- Al menos no me ha gastado ningún sobre de té. - Se dirigió a Luna. Y sintió un extraño nudo en el estómago. Probablemente esa era una de las pocas veces que se habían quedado a solas después de mucho tiempo. Era tan incómodo como imaginaba. Ella no hablaría, porque a pesar de que lo que pudiese parecer, era más orgullosa que él.- Me alegro de que estés colaborando con McKing.

-Me lo pidió Harry.- respondió ella como si eso fuese razón de peso. Aquello le exasperó. La única noción que tenía de la vida de su antigua mejor amiga y, para qué engañarse, novia; era a través de Harry y Ginny, pues siempre serían sus fieles amigos. - Me alegro de que tú también lo estés haciendo.

-Yo lo hago porque es lo correcto.

-Qué curioso.- dijo ella. Neville se imaginó que era su excéntrico sarcasmo.- Siempre acabas haciendo lo correcto.

Lo que aquella mujer probablemente sabía, era que aquellas palabras eran una provocación para Neville, pues las peleas que habían tenido de más jóvenes, eran por el deseo de sentar cabeza del muchacho porque era "lo correcto". Para Luna, en cambio, quien creía aun en cosas imposibles, lo "adecuado" era vivir sin preocupaciones. Acabaron por razones de desacuerdos obvios.

-Aún no sabemos si lo hemos hecho bien.

Luna miró hacia Neville, y el director sabía que no había escuchado su respuesta porque mantuvo una mirada perdida que solo él sabía reconocer. Estaba buscando las palabras correctas y adecuadas. Luna quería algo y era complicado. O eso, o realmente se había vuelto loca.

-Hace tiempo que no me paso por tu casa.

-Nunca sueles hacerlo. Solo cuando vienen todos los del Ejército de Dumbledure en nuestras reuniones cada dos años…

-¿Cómo está Hannah?

Neville frunció los labios. No sabía a qué venía aquello, o sí y quería eliminarlo de su mente. A Hannah no le caía demasiado bien la antigua amiga - novia de su marido. De hecho, nunca habían mantenido una conversación. Decía que muchas veces se hacía la loca para desentenderse de los problemas. Hannah tenía razón.

-Ya sabes cómo está.

-¿Y Alice?

-Ya le has dado clase.

-¿Y Frank?

Neville la miró con desaprobación o con rencor, no sabía exactamente cómo habría sido su reacción.

-Bien.

-Este año cumplirá la mayoría de edad mágica. Hubiese sido un buen Gryffindor. La última vez que lo vi tenía esa sonrisa tuya de cuando estabas orgulloso por hacer algo bien, creo que había ayudado a Alice con un problema de deberes muggles. Alice se parece más a Hannah. Pero Frank es exactamente igual que tú. Espero poder verlo pronto, Neville, me gustaría mucho.

Pero Luna estaba hablando sola, Neville había desaparecido en el aire justo después de la primera frase.

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Sintió un escozor en el labio. Lamió su propia sangre y escupió el amargo sabor hacia un lado. Encaró de nuevo al muchacho de complexión fuerte que le impedía el paso. El que había sido su amigo durante un largo periodo de tiempo y en ese momento se mordía el labio con preocupación. Probablemente ya sabía que el labio del joven muchacho estaba roto y se arrepentía del duro y sonoro puñetazo. La víctima se recompuso y le miraba con un extraño desafío. El agresor bajó la mirada cuando le propinó otro puñetazo, esta vez en la zona de la ceja, que se enrojeció casi al instante.

El sonido chirriante de un silbato les interrumpió por un segundo.

Fue el momento que aprovechó el joven herido para abalanzarse sobre el muchacho de piel oscura y ojos temerosos. La mujer que llevaba el silbato se sobresaltó ante la violencia de aquel joven. Sin embargo, no podía saber que aquel muchacho que parecía descargar toda su ira contra su compañero de cuarto, le dañaba zonas del cuerpo en las que no habría cicatrices.

-¡BASTA!- dijo la menuda mujer con carácter autoritario. Dos alumnos que se fijaron en la pelea que se estaba acrecentando la ayudaron a separar a los jóvenes. La mujer miró a ambos con cierta extrañeza. El joven de tez morena miraba hacia otro lado, mientras que otro muchacho examinaba con descaro a la profesora. -¡Señor Longbottom! ¡Sabe qué consecuencias tienen una pelea!

Lo decía con incertidumbre. Frank Longbottom sabía por qué. Él era el alumno ejemplar del Harrow School, uno de los internados más prestigiosos de Inglaterra. Jamás le habían llamado la atención como aquella vez, todo lo contrario, le alababan. Era por aquella razón por la que la profesora Bedingfield parecía temer castigarle con la "consecuencia" que suponía una pelea con sangre y heridas de por medio.

-¡Este negro asqueroso no se apartaba de mi camino!- escupió aquellas palabras con saña. El aludido no era capaz de articular palabra.- ¡Me da igual ser expulsado si pongo a cada uno en su lugar!

-¿¡De qué está hablando, señor Longbottom!? ¡Está usted empleando vocabulario racista! ¡Está terminantemente prohibido en este colegio! ¿Entiende lo que eso supone?- se llevó la mano a la cabeza. Apartó la mirada del joven, suspiró, y se volvió hacia Frank.- ¿Está usted bien? El señor Howard es su amigo…

-Es un negro.- recalcó con desprecio Frank.

-No sé qué pretende con esto, sé que usted no piensa lo que está diciendo… ¡Lo sé!

-Le he desencajado la mandíbula, profesora Bedingfield. -Añadió Frank, con algo de irritación.- Y volveré a hacerlo, si…- se acercó de manera amenazadora de nueva hacia Howard. 

Un alumno interfirió y agarró a Frank por la espalda para impedir otro enfrentamiento.

-No sé qué pretende, Frank…- susurró incrédula la profesora.- Muy bien.- Volvió a su mirada autoritaria y miró a Howard con compasión.- Váyase a enfermería y que le curen esas heridas… Y usted…- señaló con el dedo a Frank. En sus ojos el joven podía ver que la profesora Bedingfield sabía que se estaba equivocando. -No me queda otra que mandarle a su casa unos días…Venga conmigo al Hall donde un coche le mandará en seguida a su casa. Lo siento, pero es el protocolo. Hay testigos y la norma se aplica a todos los estudiantes del internado…

-Lo sé, profesora Bedingfield.

-Espero que sepa lo que está haciendo. No sé qué pretende.- repitió.- Estamos en la racha final del curso, Longbottom, usted es un alumno sobresaliente… ¿Sabe lo que esto puede repercutir en sus notas?

-Lo sé, profesora Bedingfield.

La mujer negó con la cabeza. Como si no entendiese qué locura pudo haberle pasado a ese joven por la cabeza para incumplir las dos normas esenciales del internado. De hecho, sabía que las había incumplido para huir. Frank sabía que era evidente. Además, había elegido a su mejor amigo como víctima, el que le perdonaría. Sin embargo, si ninguno se retractaba, el procedimiento de expulsión era inevitable.

Anduvieron paralelamente a lo largo de aquel pasillo de piedras rojizas. La primera vez que sus padres estuvieron allí, coincidieron en que se parecía demasiado a Hogwarts. Es más, siempre había creído que no les importaba pagar más si estaba en un ambiente similar al que les gustaría que su hijo hubiese ido. Al no ser así, supo que siempre se encontraría con el recelo de su padre. No querer la magia, ¿tan malo era? Debería entenderle, pues él no la entendía. La magia no funcionaba bien con él. Era como enchufar una lámpara con una bombilla defectuosa a la corriente de luz: saltarían chispas.

-Cuando vuelva me gustaría una explicación sincera de este suceso, pues no pienso manchar su expediente con un acto tan imprudente. - A Frank no le sorprendió del todo aquello. No era la primera vez que ocurría un "suceso". Ya le habían llamado la atención por escaparse del internado.

Suspiró al recordar la razón. Gwen. Siempre supo que no era una muchacha normal y había algo en ella que le atrajo desde el primer momento. Por supuesto que lo hizo: era guapa, misteriosa y, cómo no, maga. El hecho de saber que todo había sido una mentira le había destrozado. No es que se hubiese enamorado de ella, pero se sintió decepcionado con el mundo al saber que lo único que parecía evadirle de los problemas, era, en efecto, el problema más gordo de todos. Porque no podía ser una simple maga. No. Tenía que ser la ex alumna de Hogwarts que había matado a McGonagall y por cuya cabeza se ofrecía una pequeña y secreta recompensa dentro del Departamento de Seguridad Mágica. No solo eso.  Pertenecía a una organización todopoderosa que estaba declarando la guerra al mundo mágico. Una asesina despiadada. La que jugó con sus sentimientos para hacer que su hermana se cambiase de bando. O para amenazar a su padre, cuya posición política era en ese momento muy arriesgada.

La profesora Bedingfield había seguido hablando y él respondía con palabras secas. Sabía que ella estaría apenada por tener que expulsarle. Pero era lo único que podía salvar a su hermana. Si le mandaba una carta, los colegas de Gwen la interceptarían. Él estaba demasiado bien vigilado dentro del internado. Tenía un plan demasiado bien elaborado. Y era muy peligroso. Pero era la única salida si quería que su hermana dejase de colaborar con el Ojo.

Lo llevaba planeando desde que descubrió a Gwen. Ella mismo le contó todo lo que sabía porque no le importaba que él lo supiera, estaba encerrado en el internado, de todas formas. Cuando él le preguntó que si no sentía nada de remordimiento por haberle mentido todo aquel tiempo. "Era lo que debía hacer". Frank estaba seguro de que en algún momento, Gwen había sido la Gwen que probablemente ocultaba a todo el mundo. De que habría sido Gwen cuando veían una estúpida película juntos y se reía a carcajadas por una cosa absurda. O cuando le salían hoyuelos cuando le salía bien una magdalena. O incluso cuando se encogía cuando Frank la abrazaba, eso era Gwen, no la Gwendoline Cross que el mundo mágico temía. Al fin y al cabo solo tenía 15 años.

Lo que haría sería ir a la casa vacía de Londres en la que supuestamente vivía, pero en realidad era un piso franco para su familia, suministrado por el Ministerio de Magia para su padre. Desde allí iría a King's Cross, cogería el Express que nunca quiso coger y se dirigiría hacia Hogwarts para avisar a su hermana. Y a su padre. Les diría que no hiciesen nada si creían que él estaba amenazado. Sabía que el camino sería largo y que quizás le asesinasen en algún momento. Se lo había dicho Gwen: "Darle tu cabeza cortada a tu padre era el plan al principio".

Sintió un escalofrío.

El coche negro que le llevaría a su casa llegó rápidamente. Solo tuvo que esperar quince minutos sentado en la escalinata de la fachada principal. Algunas miradas de sus compañeros le observaban desde la ventana, curiosos por saber qué había hecho el magnífico Frank Longbottom. Estaba seguro de que ninguno sospechaba lo que ocurría de verdad.

El chófer abrió la puerta y no se asustó al encontrarse a una persona sentada ya dentro. Un hombre joven de rostro delicado y facciones atractivas. Le miró por encima del hombro. Seguramente era seguridad extra que el internado ofrecía a sus alumnos, pues la mayoría eran hijos de figuras importantes de Inglaterra. Él también.

Al sentarse en el mullido asiento de cuero beige se sobresaltó. Y no porque no se esperase las grandes dimensiones del coche en su interior, quizás gracias a un simple truco de magia, sino porque en los asientos de en frente, se encontraba Gwendoline Cross. No era su Gwen aquella vez. No tenía el suave maquillaje ni su cabello rubio alborotado que le hacía más niña. Tenía los ojos envueltos en un maquillaje negro ahumado, su pelo recogido en un moño y su cuerpo enfundando cuero negro. Le miraba con desaprobación. Como solía hacer. Pero tenía un tinte peligroso.

Al lado de Frank se encontraba el hombre que, en ese momento, supo que iba a querer matarle. O algo peor. El pestillo del coche se cerró. Estaba atrapado.

-Soy Octavio Onlamein.- se presentó el joven adulto, tendiéndole la mano. El coche arrancó y comenzó a avanzar a una velocidad que excedía el límite permitido.- Usted debe ser el joven Frank Longbottom. He oído hablar mucho de ti.- Gwendoline Cross puso los ojos en blanco. El joven solo la miraba a ella y escuchaba la voz sin ver a su dueño.- Es cierto eso que dicen de que te pareces a tu padre, joven.

-Longbottom.- le llamó Gwen, quien estaba atenta a la reacción del joven.- Esto no tiene por qué acabar mal.

Su cuerpo tembló y el coche dio una sacudida. Esos pequeños sucesos de inestabilidad se agravaban cuando estaba nervioso. Eran los problemas que conllevaba el ser un squib.

-¿Qué queréis de mí?- preguntó Frank, con un gruñido.

-Supongo que ya lo sabrás.- contestó simplemente Onlamein.

-¿Mi cabeza?

Gwendoline Cross suspiró. Miró a Frank a través de sus largas pestañas y, por una milésima de segundo, creyó que le iba a ayudar. Sabía que eso era imposible. De hecho, creía fielmente que aquel tal Octavio ejercía una presión sobrenatural sobre Gwen.

-Tienes que seguir siendo nuestra garantía. Si te seguimos controlando, tu padre y tu hermana nos harán caso y los mantendremos a raya.

-Precisamente eso es lo que no quiero.

-¿Por qué todos tenéis complejo de héroe? ¿Sabes acaso contra lo que estáis luchando? ¿Si es bueno o malo? ¡No! Simplemente os oponéis porque el pueblo muggle nunca permitirá el avance…

-¡Nos oponemos porque matáis a los nuestros! Tú mataste a McGonagall…- le espetó a Gwendoline Cross, quien se regocijó con orgullo. -Sois asesinos, si os detenemos es porque sois asesinos.

-Tenías razón, es tan noble como inocente, Gwendoline.- le dijo Octavio a la joven. Esta suspiró.

Entonces Frank aprovechó para hacer sacudir el coche. Se enorgulleció de hacerlo volcar, incluso. Había practicado últimamente sus nefastas habilidades mágicas. Se dio un golpe en la cabeza que no le impidió propinarle un puñetazo en la cabeza a Octavio, quien no pudo reaccionar gracias al factor sorpresa. Ninguno de los dos sabía que Frank practicaba artes marciales en las que un puñetazo en una zona exacta de la cabeza significaba dejar a alguien inconsciente. Lo había conseguido. Agradeció en silencio aquellas clases del profesor Platzman. Ahora solo tenía que hacer frente a Gwendoline Cross y el chófer, que a saber quién era.

La muchacha le miró con odio y estupor. Se abalanzó hacia él y el joven aprovechó para que con su impulso, hiciese añicos la pared. Supo que iba a utilizar magia para hacer el empuje más potente, así que surgió el efecto deseado.  Ambos acabaron fuera del coche, en mitad de un camino empedrado de la campiña inglesa. Desconocido para Frank. Y suponía que también para Gwen. No dudó en salir a toda carrera lejos de allí.

Frank era un buen deportista. Así que no tardó en estar a cientos de metros del coche. El problema era que Gwendoline Cross era maga, y que con su varita podía aparecerse a su lado en un segundo. Como hizo. Derribó a Frank y lo lanzó hacia el suelo. Cuando se acercó, el joven le propinó una patada en la rodilla que la dobló. No entendió por qué Gwendoline Cross no había utilizado ningún hechizo contra él todavía. Ambos se quedaron quietos durante un segundo. Se oyó un estruendo.

El chófer, un hombre corpulento y con una cicatriz cruzándole el rostro, salió del coche y apuntó con una varita hacia ellos. Como a cámara lenta una luz azul salió de su varita hacia Frank. Supo entonces que ese era el final de su acto heroico. Que lo encerrarían en una celda para conseguir todo lo que quisiesen de su familia. Que había sido un estúpido por creer que su insostenible plan iba a servir para algo.

-¡No, Adolf!- gritó con temor Gwendoline Cross, mientras Frank observaba a cámara lenta como el rayo de luz iba dirigido directamente hacia él.

Se había acabado.

De pronto, sintió unos brazos rodearle. Un mareo angustioso. Su cabeza daba mil vueltas. Había cerrado los ojos. ¿Esa era la sensación que se tenía al morir? Siempre creyó que sentiría frío al morir, que su cuerpo se quedaría agarrotado y que sería una liberación, más que dolor. Pero, lo cierto, era que lo que más sentía era algo aplastando su pecho. Algo, que, justo entonces, transmitía rápidos latidos. ¿Eran los suyos? Abrió los ojos. Se había percatado de que podía hacerlo. Igual era un fantasma. Miró a su alrededor. Estaba tumbado y tan solo veía un techo de madera negra. Dio un respingo. Estaba vivo. Y lo que sentía encima de él  era el quebrado cuerpo de Gwendoline Cross, quien respiraba con dificultad.

Se levantó lentamente, el suelo frío era de piedra y se estaba clavando en la espalda. Intentó apartar con rudeza el cuerpo de Gwen. ¿Qué había pasado? Se encontraban en un dormitorio austero en el que solo había una cama y una ventana por la que tan solo entraba un leve destello de luz del atardecer. La muchacha rodó en el suelo y se retorció sobre sí misma. Estaba gimiendo. Sollozando.

Gwendoline Cross le había salvado.

Desconocía por completo los nombres de los hechizos, pero supo que aquel era uno de tortura. Se quedó ahí, parado. Observando como la joven se arrastraba por el suelo rugiendo de dolor. Reprimiendo gritos. Vio que su cuerpo temblaba visiblemente. Se sintió completamente inútil. Él no tenía magia para salvarla. Y no sabía qué hacer. Se dio cuenta, entonces, de que tras acaparar ella el hechizo, le había trasladado. Frank supuso que aquello la habría consumido.

No entendía nada en absoluto.

La puerta de madera se abrió estrepitosamente. Una mujer que rozaba los cuarenta abrió los ojos como platos al enfrentarse a aquella escena. Se precipitó a ayudar a Gwendoline Cross. Miró de reojo a Frank, quien no se inmutó ni un segundo. La mujer maldijo en alguna lengua de la Europa profunda. Sacó una varita de su chaqueta y apuntó hacia la joven, quien seguía sollozando.

-Mamá,…- musitó. Frank abrió los ojos como platos. Siempre creyó que realmente Gwen no tenía madre. ¿Estaban en su casa de verdad? Creía que lo había llevado a la sede del Ojo directamente. Que había impedido que fuese torturado porque le daba pena, y querían que cooperase. Pero que le seguiría llevando a sus superiores, no que le sacaría de allí.- Tienes que ayudarnos…

La mujer asintió. Gwendoline Cross se levantó a duras penas y se dirigió hacia Frank, quien yacía en el suelo en shock. Le tendió la mano con una mirada llena de dolor.

-Os prepararé algo.- dijo la madre, abandonando la habitación.

-La has liado, Frank… ¡No se suponía que serías expulsado! ¡Te iban a matar! ¡Y ahora me van a matar a mí por dejarte escapar! ¡No sabes lo que has hecho!

-No te he pedido que me salves.- musitó Frank.

La joven se quedó boquiabierta. Le dio una bofetada a Frank que le ladeó la cara. Este se quejó del dolor, pues había acertado en el labio roto que tenía de la pelea en el internado. Sin embargo, el no saber qué estaba ocurriendo redujo su dolor.

-Un simple gracias, Frank.- le recriminó la joven.- Vamos, tenemos que irnos.- le apremió la joven tirando de él. El impulso fue tal, que quedaron muy cerca. Frank sintió la respiración entrecortada de Gwen en su rostro. Su cálido aliento.

-No, no voy a ningún sitio contigo.- Gwen volvió a propinarle una bofetada. Y le miró enfadada, furiosa y algo descompuesta.- Yo voy a Hogwarts. Protegeré a mi familia de ti.

La muchacha agarró fuertemente el brazo de Frank. Le miró fijamente.

-¿No lo entiendes, Frank? Te persigue el Clan del Ojo. Harán todo lo posible por encontrarte y asegurarse de que tu castigo por escapar de su poder sea ejemplar. Y de mí se desharán fácilmente. ¡No puedes huir a Hogwarts porque te estarán esperando allí!

-¡Mi familia creerá que he muerto!

-Mejor así.- sentenció duramente.- Frank, si tu familia sabe dónde estás, irán a por ti…

-Si esto es por salvar tu culo, no haberme salvado en un primer lugar.- Antes de que Gwen le propinase otro bofetón, Frank atrapó su mano. - ¿Por qué lo has hecho?

La madre de Gwendoline Cross irrumpió en la habitación. Traía consigo dos capas con capucha de color oscuro y dos pequeñas bolsas de tela. Se acercó a Gwen y le dio un beso en la frente.

-Ya sabes dónde tienes que ir.- le susurró a Gwen.- Tened cuidado. - Los tres salieron de la habitación, era una pequeña casa de una sola planta y la salida a ella se encontraba a su derecha. La madre abrazó con demasiado ímpetu a su hija. Frank seguía sin entender la situación que estaba viviendo. - ¿Recuerdas cómo llegar, no? No puedes usar la magia. Ni tú ni él. Debéis pasar desapercibidos, por eso iréis a través del mundo mágico, porque los muggles os pueden registrar con sus cámaras de seguridad y el Ojo lo puede ver.

-Iremos por los bosques, mamá. No nos encontrarán, te lo prometo. Te mandaré un Patronus cuando llegue. Tranquila, sabíamos que podía pasar… Tú ya sabes que es lo que tienes que hacer. - Abrazó a su madre como si no la volviese a ver nunca más.- Pro anima.

-Pro anima.

Frank interpretó aquella despedida como algo extraña. Seguía sin entender nada. Se sintió como un sueño. Al salir de aquella casa se topó con algo que nunca le transmitía buenas sensaciones: el mundo mágico. Supo que lo era porque el oxígeno que empañaba aquel mundo respiraba magia. Incluso el color del cielo era mágico.

Miró hacia Gwen. Parecía igual de perdida que él. ¿Qué había pasado? ¿Hacia dónde iban? Dejó de andar a la par de la muchacha. Esta se giró hacia él. Irritada. Parecía furiosa por todo lo que estaba sucediendo. ¿Y por qué lo hacía?

-No me has contestado.

Ella suspiró. Sabía que se refería a la pregunta no respondida. Le miró, cansada.

-Es lo que debo hacer.

-No lo entiendo. Lo que debes hacer es entregarme al Ojo, ese debe de ser tu obligación, ¿no? ¿Por qué te pedirían que me salvases?

-Ya te he dicho que a mí también me están buscando por salvarte.

-Y, ¿por qué lo has hecho? Si sabías que te iban...- De pronto, se sintió culpable. Ella tenía razón, podría habérselo agradecido. Pero en ese momento solo veía a una asesina confundida. A la asesina de McGonagall. - Eres una asesina, Gwen. ¿Por qué no me has asesinado?

-No es lo que debo hacer.

-No lo entiendo.

-No tienes que hacerlo. Simplemente hazme caso.

-¿Qué te haga caso? No te creo, Gwen… ¡Me has estado engañando todo este tiempo! ¿Cómo no sé qué esto es un juego del Ojo?

-Sé que es difícil para ti y lo entiendo, pero soy la única opción para seguir vivo que tienes. ¿Lo entiendes?

-¡No! ¡Claro que no lo entiendo! Todo este tiempo trabajando para el Ojo, matando por ellos, haciendo a saber qué barbaridades que te han hecho ser una peligrosa perseguida por el Ministerio… ¿Para qué acabes con todo salvándome? ¿Al hijo de la persona a la que pretendes matar? ¿Arriesgando tu vida por mí? Lo siento, pero o me sigues engañando o tiene que haber una razón más importante para esto.- dijo señalando su capa y su bolsa y a ella.- ¡Tu misión era matarme! ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

La joven apartó la mirada. Ya cansada de pelear.

-Pronto lo entenderás.- le sujetó el brazo y se acercó hacia él. El corazón de Frank se aceleró sin querer. Estaba demasiado cerca. Y tenía una mirada cansada, vulnerable. Era la Gwen que él había conocido. Sintió un deseo irrefrenable de besarla, pero no quiso ser tan mezquino.- Confía en mí, Frank. Por favor.

Frunció el ceño y se apartó de ella. Ese poder sobrenatural que ejercía sobre él era demasiado abrumador. No podía olvidar quién era ella.

-Te seguiré, pero jamás confiaré en ti.

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La única persona que podía llegar a entender a Alice Longbottom se había quedado en su casa cuidando a su familia. Echaba de menos a Scorpius Malfoy porque era el amigo que, hiciera lo que hiciera, siempre le apoyaría. Parecía extraño que personas tan diferentes como la impulsiva Alice y el racional Scorpius fuesen más amigos de lo que la mayoría imaginaba. Eran esa clase de amigos que se ayudaban sin pedir nada a cambio. Era cierto que Scorpius siempre preferiría a Rose y a Albus antes que a Alice por razones obvias. Sin embargo, jamás le vetaría un lugar en su círculo de amigos, incluso cuando supiesen que les había engañado y que seguía colaborando con el Ojo. Scorpius pensaría que lo haría por alguna razón.

Eso era lo que habían hecho. Rose y Albus no le hablaban. Tampoco era que entre ellos hablasen mucho. Alice sabía Rose, desde que no estaba Scorpius, se había vuelto una rata de la biblioteca y cuando no estaba con Albus, se iba con su prima Lily. Miraba a Alice con desdén, como una sucia traidora.

Con Albus era más complicado porque estaban en la misma Casa y en las mismas clases. Se le había acabado el permiso de adaptación. Y era una persona totalmente diferente. A Alice le dolía verle, pues el muchacho la culpaba. O más bien, la acusaba a ella de todo lo que le había pasado en silencio.

Albus la torturaba, ya que, mientras que Rose la ignoraba y se alejaba de ella, el joven le miraba con desprecio e incluso le susurraba palabras dolientes.

En ese momento, Alice lo tenía justo en frente. Se había ido a la sección de todos de la biblioteca a estudiar, nadie salvaba a los alumnos de los exámenes finales. Cómo no, Albus se sentó en frente de ella. Solía seguirla, incluso.

-Para ti también será una tortura.- susurró la joven.

-Te estoy vigilando.- respondió simplemente. Claro que lo hacía, era su forma de asegurarse de que la traidora estaba quieta y de que no dañaría a nadie más. Alice sabía que había roto el corazón de Albus, que no solo la estaba odiando por engañarles, sino por engañarle a él concretamente.- Eres una persona despreciable, Longbottom.- añadió, volviendo a su libro.

Alice lloraba por las noches. ¿Qué podía hacer? Nada, la tenían pillada hasta el cuello. Aunque desde aquel día, Driggs no le había vuelto a decir nada más.

-Nadie salió herido.

La mirada de Albus fue tan asesina que incluso le dolió como si fuese un puñal.

-Mi hermano.

La joven sabía que su hermano estaba en un centro de entrenamiento en Estados Unidos para que le enseñasen a ser un hombre lobo no salvaje. Ella lo sabía por su padre. Ellos no, no podían saberlo porque era secreto. Porque en el momento que alguien se enterase de que ese centro existía, correría peligro: los hombres lobos aun asustaban a una gran parte de la población. Entrenarlos no era una idea bien acogida.

Otra cosa más que le ocultaba a Albus.

Ya había asimilado el hecho de que jamás la perdonaría.

Lo entendía.

-Tu hermano estará bien, Al.- le respondió.- Y lo sabes, fue como con Ted. -Se mordió el labio. Supo que aquello no le iba a reconfortar. Y que se iba a arrepentir de lo que estaba a punto de decir.- Intenté rescatarte antes.- susurró.

Y era cierto. Lo había intentado cientos de veces cada vez que la llevaban al castillo. Pero supuso que el Ojo sospecharía que lo haría. Por eso, siempre lo cambiaban de habitación. Y cuando la llevaban allí para tortúralos a ambos era con los ojos vendados. Aquello había acabado separándolos. Quizás era lo que el Ojo siempre quiso. Después del discurso que había dado el Ministro en el Gran Salón, supo que eso era lo que estaba haciendo el Ojo: separándolos.

-La de cosas que has podido evitar…- le espetó Albus. Alice sabía que su amigo iba al psicólogo, y que los avances que hacía eran sumamente lentos. Su padre le había dicho que el muchacho había madurado de pronto. Que su personalidad era tan distinta que quizás el Albus que ella conocía jamás volviese. Era una persona oscura ahora, sedienta de justicia. Era un héroe oscuro, como lo había denominado el propio Diggory. Ella había tenido una consulta con el mago, le había pedido que ayudase a Albus, que ella fuera la única que podía hacerlo. Aquel hombre sabía tanto y tan poco.- Podía haber sido feliz contigo.  

Aquello le rasgó el corazón. Era cierto. Antes de que fuese secuestrado, ellos habían sido felices. Más Albus que Alice, pues la muchacha tenía que lidiar con las amenazas que concernían a su familia. Y Alice sabía con absoluta certeza que jamás podría estar con una persona como había estado con Albus aquellos días.

-Puedes ser feliz, Albus. Sin mí.

La mirada que le dirigió el joven la destrozó por dentro y a la vez, por muy egoísta que aquello fuese, la reconfortó. Sintió un cosquilleo en su interior. Estaba nerviosa de pronto. Sabía que aquello estaba mal. Que no podía dejar que aquello ocurriese. Era demasiado egoísta. Pero el saber que él quería ser feliz solo con ella le dio más que esperanzas. No podía derrumbar de nuevo a Albus.

Los ojos de Albus se habían empañado levemente.

La había perdido.

Él creía que la había perdido. No era que la hubiese rechazado, sino que la había dejado marchar. Se había rendido. No soportaba que ella la engañase. Pero no la había apartado de su vida. Simplemente parecía que ya no podía estar con ella igual. Lo que había perdido eran aquellos días en los que ambos disfrutaron. Pero ella seguía siendo ella y, aunque él fuese un héroe oscuro, era Albus.

-Los momentos que marcan nuestras vidas son los que muestran como realmente somos.- citó el joven de algún escritor muggle.

-Y yo te salvé, fui a por ti.- le contestó Alice.

Albus la miró, pudo ver algo del antiguo Slytherin. Se rascó la cabeza,  estaba inquieto. Suspiró. Exhaló aire lentamente. Parecía estar reteniendo demasiados pensamientos a la vez, demasiados sentimientos.

-Y eso es lo que más me irrita del todo. -La muchacha se sorprendió ante aquella respuesta.- Una parte de mí quiere perdonarte, porque sabe que en realidad quisiste salvarme, que hiciste todo lo que pudiste para mantenerme vivo. Pero la otra, la otra me hace odiarte por todas las cosas podían no haber ocurrido y que tú sabías. Porque no eres valiente, o al menos eso es lo que esa parte creo. Y creo que quiero protegerme. De ti.

-Albus…

-Joder, sigo enamorado de ti. Después de todo lo malo que has hecho, ¡me abandonaste solo en esa sala! Confiaba en ti… Me han cambiado. Lo siento, Alice. Pero la parte de mí que quiere perdonarte… No la encuentro. Está perdida.

Dicho eso se fue. Estaba temblando. Lo vio alejarse con prisa, como si estuviese escapando de un incendio y ya se hubiese quemado. Alice también tembló. Porque ella también sabía que le había perdido. Y porque jamás cesaría de estar enamorada de él. Sentía un calor en su interior que agradeció unos segundos. Él seguía enamorado. Tenía que recuperarlo. ¿No lo perdería si se daba por vencida? Tenía que luchar. Demostrarle que ella era valiente. Que era tan noble que le estaba dejando la odiase solo para que pudiese seguir adelante.

Para su sorpresa, Rose Weasley apareció por el mismo sitio del que había salido Albus. No se había percatado de la presencia de Alice allí, por lo que tardó en darse la vuelta de sopetón al verla. Aquello le dolía igual. Rose era su mejor amiga. Y ella era aún más cabezona que Albus cuando quería.

Les había dividido.

-Longbottom.- conocía esa voz perfectamente. Renata Driggs se sentó en frente de ella. No había nadie en ese rincón de la biblioteca que pudiese delatarles. Aunque nadie lo haría, pues ya muchos creían que el hecho de compartir habitación las había unido.- Tengo noticias para ti.

-Sorpréndeme.

-Lo harás…Es de tu hermano.- la joven se sobresaltó. Miró a Renata con recelo.- Debes saber que me han dicho que no te diga nada…

-¿Y por qué me lo dices?- espetó sin pudor Alice.

Había descubierto que Renata Driggs no era la repelente niña bonita de Slytherin que siempre había creído. O sea, sí que lo era. Era molesta y, en muchas ocasiones, había llegado a odiarla fuertemente. De hecho lo seguía haciendo. Seguía siendo un perro fiel al Ojo. Pero había visto un haz de luz en ella. Renata había visto en Alice una especie de amiga. Al parecer, toda la amistad entre los jóvenes miembros del Ojo en Hogwarts era bastante forzada, muchos no se aguantaban entre sí. Renata no soportaba a ninguno, eran demasiado violentos y sádicos para su gusto.

-Porque estoy harta de que te torturen de esa forma.- dijo en voz tan baja que apenas lo oyó.- Haces todo lo que te dicen, Longbottom, y entiendo que seas un peón importante, pero se están pasando…

-¿Te estás rebelando Driggs?

Ella se indignó.

-No. Eso no lo haré nunca, aunque a veces me entren ganas… Pero Gwendoline Cross sí lo ha hecho. No se sabe por qué, creen que se ha enamorado de tu hermano y se lo ha llevado a no saben dónde para rescatarlo de la muerte.

Aquello era mucha información que procesar.

-¿Iban a matar a tu hermano?

-Hizo que le expulsarán para venir a decirte que dejases de colaborar por él. Descubrió a Cross y… Hay muchos que creen que es potencialmente peligroso. Le están dando caza. A él y a Cross.

-¿Por qué me dices eso, Driggs?- el corazón de Alice se aceleró. Pensó en miles de situaciones en las que su hermano podía estar solo con Cross. Era muy peligroso.

-¿El qué?- respondió Renata, poniendo una pose forzada y algo repelente.- ¡Te estás imaginando cosas! Yo no te he dicho nada, Longbottom

Le dirigió una mirada de comprensión. Y asintió, agradeciéndole aquello.

Si se lo decía a su padre, ponía en peligro a Renata Driggs y a su hermano, pues si ni el Ojo los había encontrado aún, él tampoco lo haría. Los aurores jamás la ayudarían. Y, de todos modos, ¿por qué ayudaría Cross a Frank? Pensó en personas que pudiesen ayudarle, pero solo pensaba en sus amigos. Aunque quizás debería dejar de emplear esa palabra para referirse a ellos, cuando no era correspondida.

-Renata.- la llamó, la muchacha se había sentado en frente de ella. Estaba estudiando Adivinación.- ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

Le cogió en libro, sin pedirle permiso. Escribió algo en él. Y se lo pasó.

-No sé, ese conjuro es un tanto extraño. No nos lo han explicado en clase. Quizás ese y este otro de aquí.- La muchacha apuntó algo más, cerca de la redonda letra de Alice. La joven la miró y sonrió.- Ese es realmente difícil, me sería de gran ayuda. Yo te puedo ayudar con Defensa Contra las Artes Oscuras.

-Tu ayuda será mucho más importante, Renata. Muchas gracias, ¿te parece si vamos a por los libros en la Sala Común?

Ambas asintieron y Renata Driggs dejó ahí el libro, cerrado. Ambas se marcharon. Habían pactado un trato que les uniría durante mucho tiempo. Alice sintió la adrenalina. Todos tienen luz en su interior, como dijo el Ministro.

Ninguna de las dos contaba con que alguien hubiese estado pendiente de los movimientos de Alice Longbottom. Cuando las Slytherin se hubieron ido, la figura que se había quedado rezagada en una hilera de libros, salió de su escondite. Fue corriendo al libro. Lo abrió, repasando rápidamente hoja por hoja, buscando notas escritas a mano. Jamás confundiría la letra característica de su antigua amiga. Nunca pensó que fuese a fallarle de tal forma.

"Ayúdame a buscar a mi hermano y te ayudaré a irritar al Ojo. Contigo dentro y yo con mi padre podemos encontrarlo"

"Nada me gustaría más, pero si me pasa algo a mí, tú irás detrás"

Rose Weasley rugió para su interior. No sabía por qué. Sabía que Alice seguía colaborando con el Ojo. Pero, ¿qué era aquello? ¿Un hermano? ¿Desde cuándo Alice Longbottom tenía un hermano? Aquello le pareció surrealista.

Y si lo tenía, no quería entrometerse.

Alice ya había hecho demasiado daño.

Se arropó con la carta que estaba a punto de mandar. Sabía a quién tenía que mandarla exactamente. Lo acababa de reafirmar tras ver aquella escena en la que su amiga no sentía remordimientos al simpatizar con el enemigo.

La leyó por última vez antes de dirigirse a la lechucería.

"Señor Aaron P. Lennon,

Le escribo para comentarle un par de cosas que se han observado dentro del Castillo de Hogwarts y que veo necesario que le sea entregado a un periodista tan alabado como usted. Sé que El Profeta no es el mejor periódico al que enviar esta clase de información, pero confío en que usted sea el único de la redacción con la capacidad necesaria para alentar a la población. Creo que el Profeta es el periódico que mueve a la población, para bien o para mal. Esta vez espero que para bien.

Estamos rodeados de traidores. Y dentro del colegio, no diré si lo observo como profesor o como alumno, se han ido analizando una serie de sucesos de los que me veo obligado a comentar. ¿Hay alumnos miembros del Clan del Ojo dentro de los muros? Muchos. ¿Son los Badmood hijos de McOrez? Sí. ¿Por qué están siquiera en el colegio?¿Interesado por los miembros del Ojo? ¿Quiere que nombre a algunos? Zoe McOrez, Frank McOrez, Derrick Collingwood, Renata Driggs… Y se sorprenderá con el nuevo fichaje: Alice Longbottom.

Si le escribo es para que sean expulsados. Si la prensa sirve para algo, es para hacer presión en la política. Así, si estos alumnos son expulsados, aseguraremos la seguridad de nuestros alumnos.

Reúnase conmigo el último día de clase escolar de Hogwarts en las Tres Escobas. Última mesa a la derecha."

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Queridos lectores:

Espero que os esté gustando este capítulo… ¡El final está a punto de llegar! ¿Dónde desembocarán todas estas nuevas piezas del puzzle? ¿Se resolverán todas?

Eso está por verse.

Con cariño,

-A.