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Memorias de Idhún IV- Archimago — capítulo 37

Tras las palabras de Christian, de repente un rugido salió de entre los dragones y una figura dorada alzó el vuelo sobre el resto. Sonreí emocionado, ya que pensaba que Yandrak había sobrevivido a la muerte, pero me quedé confuso cuando se metamorfoseó en alguien que no era Jack, y se colocó junto a nosotros.

La persona que estaba junto a mi era un yan. De una estatura superior a la del resto de los yan, ojos rojos llameantes y la piel del color del otoño. Pero no fue su altura solo lo que me sorprendió, sino también su forma de hablar: con un ritmo normal, incluso un poco lento. Además, el tono de voz era frío e inhumano, siendo igual al que había escuchado en mi mente momentos antes.

-Mortales,- dijo el yan.- ¿qué hacéis?

-¿Quién eres tú y cómo puedes metamorfosearte?¿Dónde está el verdadero Yandrak?

Sin responderle a la pregunta, el yan, que además no iba tapado, sino solo por una prominente barba, contestó:

-Archimago, Irial erró al enviar a un unicornio a entregarte su magia. Me encargaré de enmendar su fallo.

En ese momento, el yan alzó la mano y del cuerpo de Qaydar salió un halo transparente que provocó un rugido de dolor en el Archimago y que viajó hasta el yan. Tras esto, se acercó a Victoria y aproximó la mano a su cuerpo, a lo que ella rehuyó, indecisa.

-No te preocupes, Lunnaris. No ocurrirá nada malo.

Vi a mi amiga todavía insatisfecha con la respuesta del yan, pero cuando él volvió a acercar la mano al cuerpo de ella, Victoria se quedó quieta y el contacto se produjo. Poco a poco observé que el color de su piel volvía a su tonalidad normal, pues antes era de un blanco pálido, y el brillo de sus ojos fue más luminoso que antes.

El yan finalizó la acción y se giró hacia Qaydar.

-Los dioses hemos decidido que debes morir por tus hechos. Irial ha aceptado llevarse tu alma impregnada de maldad.

¿Hemos decidido? ¿El yan ha dicho "hemos? ¿Los dioses? ¿Está loco, o... realmente es él?

El Archimago miró al yan estupefacto y con horror. Creo que tiene el mismo pensamiento que yo. El yan alzó la mano y súbitamente el cuerpo del semifeérico comenzó a arder. Sus ojos se tornaron rojizos y de ellos brotaron lágrimas ardientes, que calcinaban toda la piel por la que pasaban. El pelo también empezó a arder y a caer, en forma de ceniza.

Toda su cara estaba negra, quemada. No tenía ojos, pues también se habían reducido a cenizas. La boca se detuvo en un terrorífico grito de auxilio, pero que nunca llegó. Los brazos se iban quemando desde la punta de los dedos hasta los hombros, y ocurría lo mismo con las piernas. Finalmente, todo el cuerpo, tanto la piel como la ropa, quedó reducido a cenizas.

Observaba la macabra escena atónito, pero no podía intervenir. No iba a intervenir.

-Vete, mortal, allá donde las negras almas sufren agónicamente por la eternidad. Nadie tendrá en su poder la vida de uno de mis hijos, ni de todos ellos, y mandará sobre sus almas. Solo yo, su orgulloso padre, puede elegir si deja morir o vivir a los dragones. Solo yo, Aldun, tiene ese derecho.

¿Aldun? ¿El yan que se sitúa a escasos metros de mi se trata nada más y nada menos que de Aldun, el padre de los dragones y de los yan, y el que otorgó calor a la tierra de Idhún? La simple idea de tener frente a mi a tal divinidad me hizo temblar las piernas de adoración y terror, y me arrodillé ante él.

-Mi señor.- susurré.

Aldun se giró hacia mi y me observó con interés.

-Archimago, tu nombre es otorgado por causas diferentes a las normales. ¿Es cierto?

-Es cierto, mi señor.- respondí.- Mi nombre se debe al robo de magia de un unicornio.

Estaba temblando de puro terror. La simple presencia de algo tan grande me hacía parecer algo sumamente pequeño.

-No soy digna de irrumpir en esta conversación,- susurró Victoria- pero me temo que las palabras del Archimago son falsas.

-Lo sé, lo sé.- respondió tranquilamente Aldun.- Realmente, nosotros fuimos los que pusimos al Archimago aquel día cuando huisteis de Idhún. Nosotros provocamos que tropezase en aquel bosque terrícola. Es cierto, no se puede sorprender a un unicornio. Pero para nosotros nada es imposible. Todo estaba previsto.

-Hay algo que no habéis podido realizar aun, Aldun.- intervino Christian.

-Kirtash, por mi ya estarías muerto, pero Irial me lo impidió. No solo te respetaba por tu alma humana, sino porque enamoraste a una de sus criaturas predilectas. Es cierto, sí, que aun no hemos acabado con lo que vosotros denomináis "el Séptimo dios", pero fue la espada de ese humano lo que le hizo huir, y no pudimos atraparle. Mas, cuando lo encontremos, quedará encerrado por los restos y no podrá volver a escapar. En ese momento, todas sus criaturas estarán muertas.- pronunció esta última palabra con un toque terrorífico.

Aldun se giró hacia Rodul, que le miraba con absoluto horror, y alzó la mano derecha.

-Tú, mortal, que has osado parecer un dios, controlando y engañando a mis más perfectas criaturas, seguirás el mismo camino que aquel que también los mintió.

-No, por favor. Os lo suplico, mi dios. Ruego que en tu infinita bondad puedas perdonar mi mala vida, y prometo realizar acciones buenas a vuestros intereses.- suplicó Rodul.

-Buenas son, sí, tus plegarias, mortal. Mas he escuchado de tus palabras que eras el dios que creó a los dragones. Por eso, y nada más que por eso, no quiero perdonarte. Tu alma permanecerá en su envoltura mortal hasta que Irial, aquella que te otorgó la vida, decida qué hacer con ella.

-Os doy mil gracias, oh gran Aldun. Que tus criaturas permanezcan libres de cualquier tirano mortal, y yo, Rodul, juro solemnemente seguiros y seros leal allá donde vayáis.

Aldun bajó lentamente su mano y se giró hacia los dragones, que no habían intervenido en ningún momento.

-Oh, mis más perfectas criaturas. Por poco olvidáis quién es vuestro verdadero creador. Ahora, volad hacia vuestras tierras, que yo con mi poder creé.

Los dragones, todos a una, agacharon la cabeza y, batiendo las alas, se elevaron al cielo, perdiéndose en el horizonte idhunita.

"Qué raro", pensé. "Han estado a punto de matarle, y el aun así les perdona."

"Es su dios, ¿qué esperabas?" respondió Christian mirándome.

"No me gusta que estés leyéndome el pensamiento siempre, Kirtash."

"No pienses tan alto."

Le observé con un poco de odio, pero él me devolvió la mirada sin mucho interés.

-Todos vosotros, que tratáis inútilmente de imitar a mis más perfectas criaturas, si valoráis vuestra vida por encima de todo, dejad esto y marchaos a vuestros hogares.- anunció Aldun.

Tanto pilotos como aprendices comenzaron a recoger sus cosas con rapidez y terror ante aquello que Aldun podía causarles. Pero hubo alguien que intervino y desobedeció las órdenes del dios.

Ese hombre se trataba, otra vez, de Rodul.

Nota de autor: ya está respondida la pregunta que formulé en el capítulo "Archimago" sobre que era imposible sorprender a un unicornio (: Solo queda un capítulo... quizá algunos más.