← La cuarta generación: Una nueva amenaza · de
La cuarta generación: Una nueva amenaza — capítulo 26
Leah estaba apoyada en la ventana de su dormitorio fumando un cigarrillo, aprovechando que solo estaban ella y Lyra allí. Las demás siempre se quejaban del humo, así que tenía que limitarse a hacer aquello cuando no estaban.
-
Tengo un mal presentimiento. - Murmuró.
-
¿Sobre qué? - Lyra, que estaba tumbada en su cama leyendo, cerró el libro y se incorporó un poco.
-
No lo sé, es solo una sensación. - Se giró para poder mirarla.
-
Es normal que estés un poco preocupada por tu madre, todos sabemos que esa conferencia es muy importante y que pueden intentar atacarla, pero no va a pasar nada, tranquilízate. - Trató de animarla.
-
Habrá muchos aurores.
-
¿Y si no me tomo la poción?
-
¿Estás loca? - Abrió mucho los ojos y negó con la cabeza. - Todavía me acuerdo de lo mal que lo pasaste la última vez. Si no te la tomas, te obligaré yo misma a bebértela o llamaré a Dan si hace falta.
-
Es que si pudiera ver si algo va a pasar mañana… - Suspiró. - Odio que esta maldición no sirva para nada.
-
Leah, tu madre estará bien, no te preocupes.
-
¿Cómo puedes estar tan segura?
Lyra no supo que responder a eso. Apartó la vista de su amiga, que lanzó una irónica carcajada antes de darle otra calada al cigarrillo. La puerta se abrió justo entonces y Adèle entró junto a sus otras dos compañeras, Lauren y Diana. Todas se llevaban muy bien exceptuando, obviamente, a Amber.
-
Leah, el cigarro. - La reprendió la pelirroja.
-
Lo siento, Adèle. - Lo apagó y cerró la ventana. - Te ha llegado antes un paquete enorme en una lechuza, lo he dejado en tu cama.
-
Oh, gracias. - Se acercó rápidamente y sonrió al ver la gran carpeta y el paquete que había junto a ella. - Es de mi madrina, me está ayudando a diseñar el vestido para el baile de Navidad.
-
¿Puedo echarle un vistazo?
-
Es un secreto. - La chica lanzó una carcajada. - Un Molly W. único y original.
-
Debería pedirle a mi madre que fuera a la tienda a encargarme algo. - Leah suspiró. - Supongo que necesitaré también algo decente para la fiesta.
-
Y todos sabemos que no hay mejor diseñadora que la prima Molly. - Lyra sonrió y se acercó a las otras chicas. - ¿De verdad que no podemos echarle ni un vistacito rápido?
-
Sí, venga Adèle. - Se quejó Lauren.
-
Ya os he dicho que no, solo os puedo adelantar que va a ser tan espectacular que eclipsará hasta a esta. - Señaló con la cabeza a Leah, que enarcó una ceja.
-
Buena suerte con eso.
Todas estallaron entonces en carcajadas y empezaron a hablar sobre el baile: con quién les gustaría ir, lo que podrían ponerse… Charlaron hasta que la puerta se abrió de nuevo y Amber entró con su habitual mirada de superioridad.
-
Por mí no os preocupéis. - Dijo al ver que se habían quedado calladas. - Iba a meterme directamente en la cama, es bastante tarde ya.
-
Sí, quizás todas deberíamos irnos a dormir.
-
Replicó Leah. Todavía no le habían hecho nada, pero no veía la hora de ponerla en su sitio. Algo le decía que, con el asco que le tenía, había sido una de las que había atacado a Jane.
-
Leah…
-
Lo sé, Lyra, tranquila. - Sonrió y le guiñó un ojo antes de dirigirse hacia el baño. Seguía nerviosa, pero debía creer a su amiga. Nada malo iba a pasarle a su madre y ella debía tomarse esa poción.
Teddy y Albus se aparecieron en Hogwarts nada más escuchar la confirmación de James. Se miraron durante unos instantes y cada uno se dirigió hacia una Sala Común rápidamente. Tenían que avisar a los chicos. El metamorfamago no tardó en localizar a Leah que estaba sentada en una mesa junto a algunos amigos más.
- Leah.
Palideció en cuanto lo vio. ¿Qué hacía allí? Aquello solo podía significar malas noticias. Por Merlín, no debía haberse tomado la poción la noche anterior, sabía que debía haberle hecho caso a su presentimiento.
-
¿Qué ha pasado, Teddy? - Se levantó de la mesa y estiró un poco su jersey.
-
Tienes que venir conmigo rápidamente.
-
Pero, ¿qué ha pasado? - Insistió, cada vez más nerviosa.
-
No puedo decírtelo todavía. - La miró con preocupación. - Vamos, tienes que darte prisa.
-
Vale.
Intercambió una mirada rápida con Lyra antes de acercarse a él y seguirlo fuera de la torre. Él andaba rápidamente y ella tenía que correr un poco para poder seguirle el ritmo.
-
Teddy, ¿qué ha pasado? ¿Están todos bien? Qué pregunta más tonta, si estuvieran bien no estarías aquí. - Suspiró. - ¿Le ha pasado algo a mi padre? - El rostro del hombre se mantuvo impasible y ella hizo la siguiente pregunta, la que sabía que sería afirmativa. - ¿A mi madre entonces? - Un movimiento casi imperceptible y ella se cubrió la boca con la mano. Él la miró sin saber bien qué decir.
-
Tenemos que llevaros a Dan y a ti en seguida a San Mungo, tu tío Albus ha ido a por él.
La chica asintió y aceleró el paso. Cuando llegaron al vestíbulo, Albus y Dan ya estaban allí. Leah corrió a los brazos de su hermano que la estrechó con fuerza, tratando de no temblar y mantener la calma. ¿Por qué no les decían nada?
- Tenemos un permiso especial para aparecernos así que agarraos a nosotros por favor. - Dijo el pelinegro mirando con preocupación a sus sobrinos. - Vamos.
Se separaron solo para poder aparecerse y, una vez llegaron a San Mungo, volvieron a agarrase el uno al otro. Los dos hombres los llevaron hasta uno de los pasillos superiores donde había una gran cantidad de aurores y se detuvieron delante de una habitación.
-
Están ahí dentro. - Dijo Teddy. - Vuestro padre os lo explicará todo.
-
¿Está…? - Dan no fue capaz de terminar la frase, ni quería ni imaginárselo.
-
Está viva, pero… Bueno, él os lo contará.
Ambos asintieron y entraron a la habitación cogidos de las manos. Su padre estaba sentado en una silla, con la cabeza enterrada entre las manos y llorando; a su lado, su madre estaba inmóvil sobre una cama, respirando casi imperceptiblemente.
- Papá…
James levantó la cabeza al escuchar la voz de su hija y se puso de pie. Los dos se dirigieron hacia él y se abrazaron. Empezaron a llorar y su padre tuvo que deshacer el nudo de su garganta para poder consolarlos.
-
Tranquilos, vuestra madre es fuerte. - Murmuró una y otra vez, tratando de creer aquello él también. - Saldrá de esta.
-
Pero, ¿qué le ha pasado? - Se atrevió a preguntar la chica cuando por fin se separaron.
-
Han atacado la convención. - James suspiró y se sentó. Señaló las otras dos sillas que había en la habitación y sus hijos, tras acercarla a la cama donde descansaba su madre, tomaron asiento también. - Sabíamos que podía pasar, había un gran despliegue de aurores, pero aún así se han salido con la suya. No sabemos quién era su objetivo, no creo que fuera vuestra madre, espero que no fuera ella, probablemente serían los ministros, pero ella estaba ahí y, bueno, ya sabéis cómo es. Empezó a evacuar gente y enfrentarse a ellos. No sé mucho más, eso es lo que me han dicho en el Ministerio: que empezó a batirse en duelo con esa gente para darles tiempo a los diplomáticos a escapar. Llegó aquí ella sola, pero se desmayó nada más aparecerse y no se ha despertado.
-
Pero va a despertarse, ¿verdad? - Leah tragó saliva al pronunciar aquello. Su padre apartó la mirada y no pudo evitar estremecerse. - ¿Papá?
-
No lo sabemos. - Confesó con apenas un hilo de voz. - Los sanadores no saben lo que le han hecho, pero está muy débil y…
-
Debemos tener esperanza. - Lo interrumpió Dan. - Tiene que ponerse bien, mamá tiene que recuperarse.
-
Solo podemos esperar. - James apretó un poco los puños. - No sabía si llamaros o no, pero creí que teníais que saberlo. Puede que haya sido un egoísta al sacaros del colegio, pero no he podido evitarlo.
-
Has hecho bien, tenemos que permanecer unidos. - Su hija sollozó un poco sin poder evitarlo. - Tenemos que apoyarnos en los momentos difíciles.
-
Ahora solo nos queda esperar. - Dan apretó los ojos, pero tampoco pudo contener las lágrimas. Aquello iba a ser duro.
Esperaron durante horas quietos en aquella habitación. Cuando los padres de Lizzy llegaron, James tuvo que explicarles lo mismo y ellos no pudieron evitar echarse a llorar. Era su única hija, no podía irse así como así, no podía hacerles eso. Sus nietos le cedieron las sillas y se sentaron en el suelo, el uno junto al otro. Un rato más tarde entraron los padres de James, que miraron a su nuera con preocupación conscientes de que, a pesar de lo que su hijo decía, estaba así por estar casada con un Potter; Albus y Lily junto a Caro y Lorcan, que trataron de animar a sus sobrinos aunque no lo consiguieron, y algunos otros miembros de la familia pasaron también por la habitación, preocupados por el estado de la mujer. Ninguno de los presentes habría podido decir cuánto tiempo llevaban esperando cuando Lizzy movió una mano levemente y entreabrió los labios.
-
¡Papá! - Exclamó Dan, señalándola.
-
Lizz. - James agitó la varita para que algún sanador acudiera y se arrodilló al lado de su esposa.
No tardaron en entrar dos hombres que la examinaron rápidamente. Su respiración se estaba normalizando y parecía estar respondiendo a los estímulos externos. Dijeron que probablemente no tardaría en despertarse y que volvieran a avisarlos entonces.
Volvieron a esperar lo que les parecieron horas hasta que abrió los ojos lentamente. Lizzy arrugó la frente y miró a su alrededor sin comprender muy bien dónde estaba ni lo que pasaba. Cuando su mirada y la de James se cruzaron él no pudo evitar besarla.
-
Joder, Lizz, creía que te perdía.
-
No es que no me alegre de verte y, créeme, esto no tiene nada que ver con tu beso pero, Jamie, creo que voy a vomitar. - Contestó ella lentamente, con la voz pastosa, arrancándole una sonrisa.
La madre de la mujer agitó la varita y, en seguida, los dos sanadores regresaron para volver a examinarla. Echaron a todo el mundo fuera, excepto a James - al que no consiguieron mover de su sitio -, para poder examinarla mejor. Leah abrazó a su hermano, emocionada, y él la estrechó entre sus brazos con fuerza. ¡Se había despertado!
- Se va a recuperar. - Le dijo a Dan, que asintió.
- Por Merlín, menos mal.
Cuando los sanadores les dijeron que podían pasar, los dos corrieron dentro. James tenía cogida la mano de Lizzy y se la besaba mientras ella sonreía levemente.
- Mamá…
Leah no pudo evitarlo. Corrió hacia ella y se arrodilló al lado de su cama antes de empezar a llorar desconsoladamente.
-
Mamá, lo siento mucho, de verdad, te prometo que seré mejor, que no volveré a comportarme mal y que no me expulsarán, lo siento muchísimo. - Empezó a decir entre sollozos. - No quiero que te enfades, ni que papá y tú os divorciéis por mi culpa, ni que me odies. Mamá, yo te quiero mucho, de verdad, lo siento, lo siento tanto…
-
Está bien, cielo. - La mujer acarició la cabeza de su hija lentamente, tratando de tranquilizarla y sin saber muy bien qué hacer o decir. - No llores, estoy bien y no te odio. Te quiero muchísimo, solo que a veces me sacas de mis casillas, pero sé que tú también me quieres, no te preocupes, mi niña.
-
Y desde luego no nos vamos a divorciar. - Intervino James, mirando con ternura a su hija. - Ni por ti, ni por nada. Tu madre y yo nos queremos.
-
Es que yo… - Levantó un poco la cabeza y se secó las lágrimas. - Mamá, lo siento muchísimo. Te prometo que no me expulsarán, que me comportaré a partir de ahora y que le pediré disculpas de verdad a Remus.
-
Lo sé, tranquila.
-
¿Me dejas un hueco, hermanita? - A Dan le costó pronunciar aquellas palabras sin llorar.
-
Mi pequeño… - El chico se agachó junto a su hermana y también abrazó a su madre.
-
Menudo susto nos has dado.
-
Pero ya estoy bien, no tenéis que preocuparos. - Acarició el pelo del chico, que también había empezado a llorar, y sonrió. - Ya todo ha pasado.
Abrazó también a sus padres, que sintieron cómo todo su cuerpo se destensaba al ver que su pequeña estaba bien.
-
¿Pero qué te han hecho? - Le preguntó su madre, sentándose en una silla vacía. Leah estaba en las rodillas de su padre y Dan en la cama.
-
Esto… - Miró a sus hijos, sin saber si debía decirlo o no delante de ellos.
-
Vamos a enterarnos de todos modos. - Murmuró su hija. - Dilo.
-
Está bien. - La mujer suspiró. - Cuando nos atacaron empecé a evacuar a los ministros y embajadores rápidamente y me uní a algunos aurores. No tuvieron piedad con ellos. Los mataban rápidamente con la maldición asesina y seguían a lo suyo, pero conmigo todo fue distinto. - Tragó saliva y miró a James, tratando de armarse de valor. - Cuatro cruciatus y varios desmaius, no sabría decir exactamente cuántos esquivé, ni cuántos me rozaron, solo sé que uno me alcanzó de pleno justo cuando me estaba desapareciendo.
-
Cuatro… - Su marido palideció al escuchar aquello.
-
No sé cómo sigo viva.
-
Porque no querían matarte. - Murmuró él. - Querían hacerte el máximo daño físico posible a ti y mental a mí, igual que le hicieron a Louis con Emma.
-
¿Emma? - Dan miró a sus padres con los ojos un poco achicados. - ¿Qué le ha pasado?
-
La atacaron en su casa hace unas semanas, pero nadie puede enterarse, las gemelas no lo saben. Va mejorando poco a poco. - Explicó brevemente el hombre antes de suspirar. - Esos hijos de Morgana no iban a por ellos, iban a por ti.
-
No iban a por mí.
-
Claro que sí. Iban a por ti por estar casada conmigo, porque saben que eres una de las personas que más quiero en este mundo y la única a la que tenían acceso fácilmente.
-
No digas tonterías. - Lo cortó ella. - ¿Sabes cómo conseguí llegar aquí? ¿Por qué no me rendí, ni supliqué que me mataran mientras me lanzaban una maldición tras otra? Pensaba en vosotros, en que tenía que volver a veros… a verte. James, ahora mismo sin ti estaría muerta, así que deja de decir estupideces.
Él se levantó y volvió a besarla, haciendo que sus hijos pusieran los ojos en blanco y sus suegros apartaran la vista, un poco avergonzados.
Hola a todos ^^
Pues sí, este capítulo ha sido un poco dramático, pero al menos ha terminado bien. ¡Menudo susto se han llevado!
Espero que os haya gustado y, ya sabéis, dejad vuestros comentarios ^^
Muchos besos y nos leemos el viernes,
María :)