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Historia 185958 — capítulo 1

Las letras en negritas pertenecen a Rick-disfruto-hacer-sufrir-a-los-lectores-con-suspenso-Riordan. Lo demás es mío :3*¡Prohibido plagiar! ¡Eso no es de dios, por favor!*_________________________________________________________

Supongo que hay que leer Era un día razonablemente tranquilo en el Olimpo. O tan tranquilo como se podía estar después de una guerra con muchas muertes. Porque si, la Segunda Guerra Mundial acababa de terminar, y  ello había costado la vida de muchos héroes. La mayoría de los dioses se encontraban tristes por las pérdidas de sus hijos. Zeus se había vuelto más paranoico (si eso se podía) y discutía con Hera a cerca sobre unas terapias de pareja, a las cuales no parecía demasiado ansioso por ir. Pensaba en sus hijos perdidos, pero como estaba paranoico, (como siempre) le echaba la culpa a sus hermanos, y de cuando en cuando de mandaba miradas rencorosas a Poseidón. Hades estaba en el Inframundo haciendo cosas del Inframundo e intentando desatorar el gran atasco que había en los campos Asfóledos. Después de una guerra, las muertes a montón venían implicadas. Lo que no sabían en el Olimpo era que también intentaba superar la reciente muerte de su hija, Hazel. Que aunque no lo pareciera, quería mucho y sufrió su muerte. También pensaba en los hermanos di Angelo, que se encontraban recluidos en el Casino Loto. Y lloraba en silencio, a la vez que maldecía por la muerte de su querida María di Angelo. Despotricaba contra Zeus cada cinco segundos, en su trono hecho de huesos, mientras su esposa Perséfone insistía en que se tomara un té relajante. Poseidón se hallaba cabizbajo en su trono, pensando en sus hijos. Se preguntaba por qué demonios no se iba a su palacio submarino y dejaba de aguantar las miradas odiosas de Zeus, pero ya sabía la respuesta. Su hermana mayor, Hestia, era probablemente la que más deprimida estaba. No podía dejarla así, y si se iba, probablemente el fuego del hogar decayera un poco más.Suspirando, inseguro sobre si ir a su lado o no, miró el trono de Atenea, pensando que tal vez podría gastarle una broma para animarse un poco. Atenea, ignorando a todos los demás, leía un libro tamaño Olimpo como si se le fuese la vida en ello. Intentaba desahogar sus penas en las hojas impresas, y de vez en cuando alguna lágrima caía sobre ellas, aunque ella se esforzaba para que no se notara. Dos de sus hijos recién habían desaparecido buscando a la Atenea Parthenos. Ella se sentía muy culpable, y algo enojada consigo misma. La bipolaridad de la Segunda Guerra Mundial le había afectado, y sin pensarlo había mandado a sus dos hijos, dos estupendos muchachos que tenían una vida por delante a una misión suicida.Se limpió una lágrima más y se hundió en su trono, devorando ávidamente el libro que traía en manos. La única razón por qué estaba en la sala y no encerrada en la biblioteca llorando a mares era porque necesitaba que su familia la apoyara. Porque necesitaba la presencia de alguien más. E incluso se conformaría con la apestosa presencia que olía a pescado de Barba percebe. Lo bueno es que aún podía distraerse un poco fastidiándolo. Apolo estaba con la mirada perdida en su trono. Miraba hacia arriba, donde se podía ver un cielo gris sin sol. Tenía ganas de salir en el carro y alumbrar al mundo con su maravillosa presencia, pero no se sentía de humor. Acababan de maldecir a su oráculo, y la pobre chica estaba muerta de miedo. El espíritu de Delfos parecía trabarse con su miedo, y como estaban conectados, a Apolo le daban terribles dolores de cabeza. Tenía vestigios del futuro, pero no se veían del todo bien, como si hubiera interferencia. De hecho, sólo se veían tres imágenes. Las Parcas con un paquete en las manos, siete chicos al borde de sus fuerzas luchando contra un ejército susurrante de monstruos y la última, la que sinceramente asustaba más a Apolo. Dos figuras, la de un chico y una chica al borde de un precipicio, tomados de las manos y con nada más que negra obscuridad debajo de ellos. Pero no era sólo un abismo negro, no. Si sus suposiciones eran correctas, aquello era una brecha para la entrada al Tártaro.Apolo se estremecía sólo de pensar en eso. Había decidido no decir nada, ya que todos estaban bastante deprimidos como para enterarse de un futuro bastante macabro.Entonces se puso a pensar en malos haikus (un arte que acababa de descubrir que era casi tan guay como él) e intentaba componer alguno con sentido, mientras evadía la conexión que tenía con su oráculo, que precisamente se hallaba en el Olimpo, temblando en alguna habitación del palacio.  Hermes estaba hasta las narices de trabajo. Su trono se había convertido en un escritorio de oficina, con papales de todos los colores a rebosar y un par de computadoras encendidas. De vez en cuando revisaba su teléfono y hablaba en él mientras escribía notas en blocs o en la computadora. Parecía que tenía más de diez manos, porque se movía demasiado rápido. Lo estabas viendo con una mano en el teléfono, ahora lo veías anotando, ahora lo veías llevándose en quincuagésimo café a la boca, ahora lo veías gesticulando aireado. En ese preciso momento estaba teniendo una conversación bastante acalorada con un tal Steve, que se negaba a retirar al propaganda nazi. Hermes lo amenazó en voz baja, algo que nadie alcanzó a oír, y de repente el tal Steve parecía muy dispuesto a cooperar. Cerraron el trato y Hermes se permitió un segundo -literalmente, un segundo- de relajación. Su mente iba demasiado rápida como para seguirla, entre negocios, publicidad, algunos robos, miles de personas que migraban, transporte... Porque, después de una guerra, no sólo había muerte y destrucción, no, no. Estaba la propaganda, para anunciar al ganador, los acuerdos de "paz" internacionales, la gente que regresaba legalmente o no a su país... Y todo eso eran campos de Hermes, y como buen dios, se ocupaba de su trabajo sobrecargándose de cafeína. Martha, la culebra, le daba comentarios de ánimo y George, la otra culebra, pedía ratas. Hermes no tenía tiempo para deprimirse con las muertes de sus hijos. Debía seguir adelante, por ellos. Así que su segundo de relajación terminó y de nuevo se puso a trabajar. Ares se encontraba jugando con cuchillos. Estaba bastante satisfecho de la reciente guerra -había habido mucha masacre y violencia. Seguramente pasaría a la historia- y en ese momento se regodeaba de los actos heroicos de sus hijos. Él era, junto con Démeter, Dionisio y Afrodita, los que menos niños habían perdido. Por eso no se encontraba tan, tan mal como los demás dioses. Se sentía algo mal por la muerte de los pocos que habían muerto, si, pero se decía a sí mismo que seguramente ellos mismos se hallaban disfrutando de los Elíseos, debido a sus gloriosas y heroicas muertes. Así que dejó de pensar en ello y se puso de nuevo a lanzar cuchillos. Démeter tampoco se encontraba tan mal, pero se mantenía quieta en su trono. Ya veía que las cosechas de ese año iban a ser horribles, debido a la ceniza de los cañones y las bombas, y pensaba en los fertilizantes que usaría y qué plantas germinarían más rápido. Era completamente ajena a la tristeza de todos menos de la de Hestia, y se debatía entre ir y abrazar a su hermana o ir y comenzar cuanto antes con la cosecha y plantar muchos muchos cereales. Dionisio pensaba algo similar. Sus uvas no iban a crecer bien con tanta ceniza y basura de los mortales, así que se enfurruñó como niño pequeño en su trono, leyendo una revista de vinos, mientras pensaba que, para animarse un poco de la falta de sentido común de los estúpidos mortales al comenzar una guerra, podría ir a visitar a cierta ninfa de cierto bosque -muy guapa, por cierto- y calentar un poco las cosas... Aunque esa ninfa estuviera vetada. Al fin, su padre no estaba viendo, y si preguntaba, él había ido a revisar los cosechas de uvas. Afrodita, estaba sentada en su trono, viéndose en el espejo y retocando su maquillaje. Aquella guerra había provocado cientos, miles de actos de amor, -aunque también de odio, pero prefería no pensar en eso- que le enternecían el corazón. Miles de parejas corrían ahora a su encuentro, y aquello a Afrodita la satisfacía mucho. Algunos de sus hijos -la mayoría, si no es que todos- habían sobrevivido y conseguido una bonita pareja. Ella no entendía por qué el ambiente estaba tan cargado y silencioso. Inspeccionó las caras de los Olímpicos que se hallaban ahí, y se encontró con mucha tristeza, en especial de Hestia. Se prometió a sí misma animarlos un poco. Hefesto se encontraba recluido en su fragua. No se le daba bien la interacción con los organismos vivos, y ahora que muchos de sus hijos habían muerto, no estaba seguro de cómo lidiar con el dolor. Así que se encerró, construyendo algo, y nadie sabía nada de él. Artemisa y sus cazadoras vagaban por el mundo, explorando zonas vírgenes. Aún lo les llegaba la noticia de la guerra, y cuando les llegara, seguro iban a decir que todo fue culpa de los hombres y todas estarían de acuerdo. Así que ellas cazaban sin preocupación alguna. Entonces, así se encontraban las cosas en el Olimpo, según Hestia. Frías y tensas. El fuego del hogar era casi inexistente, y ella se sentía algo enfermiza. Veía con tristeza las brazas, y se preguntaba cómo volver a hacer a su familia unida. Veía pocas las probabilidades. De improviso un grito agudo de mujer se oyó en la sala y una chica de sedoso cabello negro muy joven entró en la sala. Tenía un brillo desquiciado en los ojos y sus ojos resplandecían con un brillo verde antinatural.La mayoría se tensó al verla. Ella era el Oráculo de Delfos, y si estaba allí sólo podía significar una cosa. Una nueva profecía. Todos dejaron de hacer lo que fuera que estaban haciendo y la miraron fijamente.    -Dioses -dijo con voz tensa inclinándose rígidamente- He aquí la Gran profecía, que decidirá el futuro del Olimpo.Todos los dioses se envararon, preparándose mientras a la chica le salía humo verde de la boca, parecido a una pitón y se enroscaba a sus pies. Cuando habló, mandó escalofríos a más de uno, pero todos se quedaron quietos. Su voz sonaba rasposa, cómo sonaría si las serpientes pudieran hablar. *"De los dioses más antiguos un mestizo llegará a dieciséis en contra todo lo predicho.**En un sueño sin fin el mundo verá.**El alma del héroe, una hoja maldita segará.**Una sola decisión con sus días acabará.*El Olimpo preservará o asolará." Todos se quedaron en silencio. La joven oráculo se desvaneció y Apolo corrió a atraparla. De ahí en fuera, nadie se movió ni dijo nada. Todos estaban paralizados. Acababa de terminar una guerra. ¿Ahora habría otra? ¿A qué se refería la profecía? ¿Quién sería ese héroe? ¿Moriría? ¿Qué quería decir con: en un sueño sin fin el mundo verá?     -Hermes -llamó Zeus con voz grave- manda a llamar a Artemisa, Hefesto y Hades. Habrá sesión urgente del consejo.Hermes sólo asintió y desapareció, para aparecer de nuevo con los antes mencionados. Los dioses explicaron lo que ocurría y luego se quedaron en un silencio incómodo. Nadie sabía qué decir.    -Bueno, es obvio lo que tenemos que hacer -dijo Atenea, al fin- la profecía dice "de los dioses más antiguos". Ósea ustedes tres -señaló a Zeus, Poseidón y Hades- dice también que un hijo suyo tendrá en sus manos el destino del Olimpo. No podemos permitirnos eso. Y más aún si es hijo de ése -señaló con la barbilla a Poseidón, que la miró indignado.    -¡Hey!    -El punto es que no pueden tener más hijos semidioses. -terminó.    -Además, piensen el pobre mestizo. -comentó tranquilamente Hestia.    -O mestiza -apuntó Artemisa.    -O mestiza -estuvo de acuerdo, Hestia- llevará mucha carga sobre sus hombros sobre decidir el destino del mundo. Y sólo tendrá menos de dieciséis años. Un niño. -al recibir la mirada de Artemisa, rectificó- o niña. Ya es difícil de por sí la vida de un semidiós. No digamos que saber, que al final, terminará muerto, o muerta.    -Yo estoy de acuerdo con Atenea y con Hestia -dijo Hermes- la culpa no la tiene el mestizo.  Sería mejor si... Err... Dejaran la diversión por un tiempo.Señaló con la barbilla a los Tres Grandes, que bajaron la mirada algo apenados, menos, por supuesto, Zeus.    -Entonces está decidido -dijo Poseidón- lo juraremos por el Río Estigio y todo resuelto. Nada de más hijos.    -Pero... -estuvo a punto de discrepar Zeus. Él no quería dejar la diversión. No pudo continuar.    -¿Pero qué, cariño? -interrumpió con voz fría, Hera. Viendo la bronca que se venía en cima, cerró la boca.    -Nada cielo. Nada.    -De acuerdo. Entonces, ¿todos a favor? -preguntó Atenea. Apolo hizo una mueca. Las profecías no podían evitarse. Tarde o temprano se cumplirían, y no había nada que hacer para impedirlas. Pero prefirió no decir nada, porque en el fondo deseaba que no se cumpliera.Los Olímpicos levantaron sus manos, en señal de acuerdo.      -Bien, hay que hacerlo.Pero antes de que si quiera pudieran mover un dedo, el cielo se oscureció y comenzaron a sonar truenos. Todos miraron acusatoriamente a Zeus, que se encogió de hombros demostrando que eso no era obra suya. Un fogonazo de luz deslumbró a todos. Cuando se apagó, aparecieron tres figuras encapuchadas. La de en medio llevaba un paquete envuelto en papel amarillento, y Apolo contuvo el aliento. Era igual a la visión que tuvo. El futuro se estaba acercando. Oh, espera, eso sonaba guay. Lo anotaría para un futuro poema o haiku.Las tres se adelantaron y los Dioses se inclinaron levemente, con algo de duda. Las Parcas no visitaban el Olimpo desde hacía siglos. ¿Qué fue tan importante como para que ellas tuvieran que intervenir directamente?    -Dioses del Olimpo -dijeron, o más bien tronaron las tres a una voz- estamos insatisfechas con sus decisiones. Presentes y futuras. Habrá dos guerras próximamente, y ninguno de ustedes estará vivo de no ser por los semidioses, que se sacrificarán valientemente por ustedes. La profecía recién recitada es sólo el comienzo, junto con el juramento que están a punto de hacer. La primera desición errónea. Mientras más decisiones erróneas tomen, más afectados quedarán los semidioses por simples caprichos suyos. Decidimos traerles un libro, en donde verán el sufrimiento que ocasionarán a los semidioses. Todo esto desembocará en la muerte de un héroe y la probable destrucción del mundo. Queremos evitarla, y también todos los tormentos que saldrán en este libro. A dos chicos, en especial -eso lo dijeron con algo de cariño. Los dioses se sorprendieron. ¿Tan especiales eran esos chicos que incluso las Parcas les guardaban algo de cariño?- Los héroes más grandes de la historia se han reunido para hacer frente a esta amenaza y lo único que ustedes hacen es recluirse aquí. Todos bajaron la mirada, avergonzados. ¿Tan malo era el futuro?   -Conforme avance la lectura traeremos a los héroes partícipes de esta historia. Está terminalmente prohibido dañarlos. Recuerden, ellos son la clave de su futuro. Empiecen con la lectura en este instante. Serán vetados de sus obligaciones mientras dure la lectura y el tiempo será detenido. Dejaron que el paquete donde se hallaba el libro bajara flotando hasta el centro de la sala.    -Recuerden que esto es para mejorar el posible futuro, no para empeorarlo. Serán monitoreados constantemente. No nos fallen.Y así, sin más, desaparecieron con otro fogonazo, y una niebla blanca se esparció por el suelo hasta desaparecer. Un trueno retumbó débilmente.    -Ni siquiera un "Adiós, buenas tardes" ni nada -se quejó Hermes, que como dios de la hospitalidad, se tomó como ofensa personal.    -Dramáticas -bufó Apolo.Todos miraron el libro. No tenía dibujos en la portada, cosa que decepcionó a Ares. Era un tomo bastante grueso, y en la portada en letras plateadas y fondo negro, se leía: La Casa de Hades.Hestia tomó el libro con cuidado. Le dio vuelta y notó que venía una introducción, escrita también con letras plateadas.    -El libro se llama La Casa de Hades -anunció en voz alta. Todos miraron al dios.    -¿Qué? ¿A mí que me ven? Yo no sé nada.    -Supongo que hay que leer -dijo Poseidón, después de un rato de silencio incómodo.    -No me digas, Barba Percebe -refutó Atenea, algo irritada.Todos se pusieron en movimiento. Los dioses se encogieron a su talla humana y Apolo se llevó a su oráculo, aún desmayada, a un templo suyo, teniendo el presentimiento de que ella ya no despertaría.Ya después, cuando todos los dioses estaban acomodados en sus asientos y listos para la lectura, Poseidón tomó amablemente el libro de las manos de Hestia. UN EJÉRCITO DE MONSTRUOS -Poseidón frunció el ceño. ¿Por qué habría un ejército de monstruos en ningún lado? Los semidioses que mencionaron las Parcas en serio estaban en aprietos. SIETE CHICOS AL LÍMITE DE SUS FUERZAS -La mayoría se sorprendió con eso. ¿Sólo siete semidioses contra todo un ejército?Apolo se estremeció al recordar esa imagen del futuro. Ya dos de tres se habían cumplido. Esperaba que la última no lo hiciera, aunque tenía pocas esperanzas. Y SÓLO UNAS HORAS PARA SALVAR A LA HUMANIDAD.    -Pero sólo son siete, además unos niños. Ellos no deberían cargar con tantas preocupaciones -se quejó en voz alta, Hestia.Nadie la contradijo. Todos encontraban eso muy injusto. Gaia, la madre tierra, se ha propuesto destruir el mundo...    -Espera, ¿Gaia despierta? -preguntó algo en shock, Atenea.Todos estaban conmocionados. Seguramente, si Gaia despertaba, lo primero que haría sería tratar de aniquilar el mundo, así que el libro no se equivocaba. Todos se preocuparon y pensaron (o casi todos cofcofZeusyHeracofcof) que los mestizos la tenían difícil. Y decir que estaban metidos en un lío gordo gordo era poca cosa. ...de los mortales con tropas de monstruos y gigantes,    -¿Qué culpa tienen los mortales? -se quejó de nuevo, Hestia. Aquel futuro lucía cada vez peor y peor.Apolo sólo conseguía pensar en el ejército susurrante de monstruos y en los siete semidioses que luchaban contra ellos. Desde luego, por muy maravilloso, valiente e increíblemente guapo dios que fuera, no deseaba estar en su lugar ni de chiste.   -¿También Gaia despertará a los gigantes? -preguntó con los ojos bien abiertos, incrédula, Atenea.   -Me parece lógico, cara de búho -comentó con algo de arrogancia, Poseidón- si yo fuera Gaia y me despertara con sed de venganza, no iría solo así como así. Planearía algo bien planeado y teniendo todo en cuenta. Y también reclutaría a toda la ayuda que me fuera posible.   -Nadie pidió tu opinión -masculló entre dientes una muy colorada Atenea, sintiéndose algo tonta (cosa que casi no sentía. Dah, diosa de la sabiduría) por haber preguntado algo tan obvio.   -Pero en ese caso -dijo Hermes pensativo- también despertaría a los titanes, ¿no? Y en el libro no los mencionan.   -Pues vaya, resultó que si tienes cerebro y todo -rodó los ojos Démeter, que hasta ese momento se había mantenido callada. Hermes la miró, ofendido- pero si, tienes razón.   -Claro que la tengo. Siempre tengo la razón -Démeter volvió a rodar los ojos con las palabras de Hermes, pero no agregó nada más.Todos se quedaron pensando. Hermes tenía razón. ¿Por qué Gaia, si estaba reuniendo un ejército, no reviviría a los titanes?   -Yo creo que es porque las pautas de tiempo se repiten. -dijo el dios del sol- antes, supongo, despertaron los titanes y los semidioses ganaron. Como dijeron las Parcas, hubo dos guerras. Supongo, esta es la segunda.Artemisa miró a su gemelo, consternada.   -Acabas de decir algo inteligente. -dijo como si hubiera presenciado un accidente.Apolo sonrió sarcásticamente a su hermana y como dios de las profecía, de la música, del sol, el dios más caliente del mundo, le sacó la lengua.   -Pero para que Gaia despierte y también sus gigantes necesita hacer una cosa que es prácticamente imposible. -dijo Hades con voz sombría- deben abrir las puertas de la muerte, y para eso, antes deben encadenar a Tántalo. Eso es difícil. El condenado es escurridizo. Y, en el remoto caso de que lo lograran, los semidioses deberían liberar a Tántalo primero, y luego viajar hasta Grecia para llegar a Epiro, y cerrar las puertas de la muerte en la Casa de yo.   -¿La Casa de yo? -preguntó Zeus, entre divertido e irritado.   -Soy tan genial que hay un libro con mi nombre.   -Yo soy el que es genial, soy el rey de los dioses, y debería haber un libro con mi nombre.    -No es verdad, el dios más genial soy yo y de seguro hay un libro con mi nombre -dejó caer Poseidón.   -Disculpen, pero yo soy el dios más sexy del Olimpo -fardó Apolo- claro que debe haber un libro con mi nombre.   -No, debe haber un libro con mi nombre.   -Con el mío, querrás decir.   -¡Yo soy el mejor! -gritó Ares.   -El libro tiene mi nombre, así que YO, soy el mejor.   -Estoy seguro de que se han escrito miles y miles de libros en mi nombre.   -Los mortales no se cansan de escribir libros con mi nombre en él.   -Pero a ustedes ni siquiera les gusta leer -razonó, lógicamente, Atenea- si hubiera un libro sobre los dioses, sería sobre mi, porque yo soy la diosa de la sabiduría.   -¿Y? Soy genial. Y además, ¿quién tiene tiempo para leer? -dijeron todos los dioses al unísono.   -Hombres. No son geniales. Son idiotas -gruñó Artemisa. Atenea asintió en acuerdo, junto con Démeter, y su hubieran estado ahí, Perséfone y Anfitre.   -¡Pero somos geniales! -dijeron de nuevo los dioses a una sola voz.   -¡Oh, por el amor de todo lo sagrado, cállense ya! -gritó Hera- a este paso no acabaremos el libro -terminó gruñendo y frotándose las sienes. Si aquello era solamente la introducción, no quería ni imaginar lo que sería toooodo el libro. Acabarían muertos, por muy inmortales que fueran, antes de llegar a la mitad.Miró el grueso del libro. Sin duda, muertos bien muertos.y solo hay un modo de impedirlo: cerrar las puertas de la muerte,    -¿Qué les estoy diciendo? Las puertas de la muerte -rectificó Hades, seguro de sí mismo.   -Nadie dijo que te equivocaras, hermano -dijo con cierto retintín, Poseidón.Hades se sonrojó tan levemente que apenas se noto, pero lo que sí se notaba a millas era que estaba avergonzado.   -Pero para cerrar las puertas de la muerte es necesario hacerlo por los dos lados -dijo Atenea- por el mundo mortal...   -Y por el Tártaro -terminó Poseidón- lo sabemos, listilla. Ella hizo un puchero y se cruzó de brazos.   -Entonces los mestizos la tendrán difícil-se preocupó un poco, Hermes- es imposible que sean tan suicidas y se avienten de cabeza al tártaro. Ni siquiera los dioses vamos ahí, y eso que somos inmortales.Apolo se estremeció al recordar ese pequeño fragmento del futuro donde estaban los dos chicos tomados de las manos, al borde del precipicio. ¿Sería posible que...? por donde estas criaturas están escapando de los infiernos.    -Entonces, a parte de tener la misión imposible de encontrar las puertas, hallar algún modo de cerrarlas, sólo ser siete chicos, ¿tienen que luchar contra los monstruos que salgan? -preguntó indignada, Hestia- ¿Cómo pudimos dejar que pasara algo así?Nadie respondió. Todos se hallaban demasiado avergonzados como para hacerlo. Y, lo más importante, hay que hacerlo desde afuera... Y desde adentro.    -Eso ya lo sé -se jactó Atenea.   -Porque "yo lo sé todo" -murmuraron al mismo tiempo, Apolo, Hermes y Poseidón, imitando la voz de Atenea.Ella sólo los fulminó con la mirada. Hazel, Nico, Piper, Leo, Frank y Jason han descubierto que la parte exterior se halla en Grecia, en el templo de Hades, dios del Inframundo,    -¿Lo ven? Soy el primero que mencionan -se regodeó del dios del Inframundo- eso quiere decir que sí soy el más genial. Los demás pusieron cara de cordero degollado, como si los hubieran ofendido en lo más hondo de su orgullo   -Hombres -refunfuñó Artemisa, como si fuera el peor insulto que pudiera decir.

aunque tienen un largo viaje hasta allí e ignoran a qué deberán enfrentarse cuando lleguen.    -¿No saben a qué se están enfrentando? -preguntó, horrorizada, Hestia. ¿Cómo, en el nombre del río Estigio, habían dejado que eso sucediera? ¿Ni siquiera habían tenido orientación de alguno de ellos? ¿Nada?Se prometió a sí misma que, el el futuro, ayudaría a los semidioses en todo lo que le fuera posible.Se creó un silencio incómodo. Poseidón estaba indeciso sobre continuar, entre tanta culpabilidad. Se dijo a sí mismo, que, si alguno de esos mestizos era su hijo, lo orientaría e intentaría apoyarlo apenas naciera. Pero era poco probable. Si hacían el juramento de no más niños, se llevaría una bronca enorme con sus hermanos si se enteraban que tenía un niño. Y ni hablar del problemón con el Estigio.   -¿Alguien se dio cuenta de que sólo mencionaron seis mestizos? -preguntó Démeter, tratando de aliviar el ambiente- ¿no se supone que eran siete?Poseidón volvió a leer. Pues si. Hazel, Nico, Piper, Leo, Frank y Jason. Solo seis.   -Seguramente lo mencionan ahora -se encogió de hombros.   -Vale, pues -asintió la diosa de la agricultura- sigue leyendo.

Mientras, Percy y Annabeth...    -Ahí tienes. El otro mestizo -se autointerrumpió Poseidón.   -Pero son dos -respondió ella con el entrecejo fruncido- así que en total serían ocho.   -Da igual. Se descubrirá en el libro -rechazó la idea con un gesto de mano, Afrodita. Hasta el momento se había mantenido callada, aburrida en su trono. Había guerra y eso, si. Los semidioses necesitaban ayuda, si. Estaba un tanto preocupada por ellos, si. Pero, ¡oigan! Si aquel libro era tan largo seguramente habría algo de romance, ¿no? Todo buen libro tenía algo de romance. Como dicen, el amor y la guerra van de la mano. Habría infinidad de parejas, seguro- ¡Desde luego, Percy y Annabeth son novios! Son a los únicos que han mencionado por separado. Debe ser una pareja ardiente que lucha por la sobrevivencia del otro en la guerra, y lo único que les importa el el bienestar de su novio..., owwwwww, que lindos son. Ya quiero leer más sobre ellos.Afrodita lanzó un suspiro. Varios rodaron los ojos. Ahora ella convertiría todo en un culebrón romántico.   -También puede que se odien a muerte -sugirió Artemisa, dispuesta a bajar a Afrodita de la nube rosa en la que se hallaba- no han mencionado qué pasa con ellos.   -Yo estoy segura de que son pareja -afirmó Afrodita.   -¿Qué tal si no?   -¿Qué tal si si?   -¿Qué tal si no?   -¿Qué tal si si?   -¿Qué tal si...?   -Bueno, si me dejan leer, lo descubriremos -zanjó el tema, Poseidón. Varios lo miraron, agradecidos. Si él no las detenía, seguramente se la habrían pasado peleando por la eternidad. Sólo Ares se había enfurruñado. Cualquier pelea para él, era buena.

se encuentran en algún lugar del otro lado,    -Wow, wow, wow, aguanta -Hestia hizo una señal de tiempo fuera- acabas de decir, ¿del otro lado? ¿Quiere decir que ellos están en ese lugar? En... ¡¿En el tártaro?! ¡¿Solos?! ¡No puede ser posible!Todos se encontraban con la boca abierta. ¿En qué clase de futuro retorcido vivían? Dos mestizos (si es que los dos eran mestizos) por muy poderosos que fueran, no podrían sobrevivir más de unas horas es ese lugar. Se volverían locos, o de plano, morirían por la cantidad de monstruos que ahí habitaban. Era imposible, repito, imposible que dos semidioses estuvieran tan locos o que tuvieran tantos instintos suicidas como para lanzarse al Tártaro sólo para impedir que Gaia ganara una guerra. O eran muy valientes o muy estúpidos. La mayoría optaba por la segunda opción.Todos, o bueno... Casi todos cofcofZeusyHeracofcof... Se encontraban hundiéndose en la culpabilidad. Aquellos mestizos estaban sacrificando mucho, demasiado, para impedir que Gaia triunfara. ¿Y dónde estaban ellos? No lo sabían. De momento, no habían mencionado ninguna ayuda por parte suya. Y muchos dudaban que la encontraran.Apolo maldecía en griego antiguo por lo bajo. Ahora estaba confirmado que las tres imágenes del futuro eran ciertas, y los dos chicos que estaban colgando del abismo tenían nombre. Percy y Annabeth. Él no sabía si eso era mejor o peor.Poseidón siguió leyendo, sólo para detener un poco su terrible culpa.

luchando por su supervivencia, por encontrar las puertas... Y por salir antes de que sea demasiado tarde. Todos sintieron aquellas últimas palabras como martillazos en la cabeza, y al terminar se quedaron quietos y en silencio.   -Bueno, eso es alentador -dejó caer Apolo con ironía. Casi todos lo fulminaron con la mirada.   -¿Por qué no sigues leyendo, aliento de pescado? -preguntó algo incómoda e irritada, Atenea.   -Porque ya se acabó la introducción, genio -respondió Poseidón rodando los ojos- ¿quién quiere leer el primer capítulo?   -Yo -dijo Hefesto.Todos lo miraron sorprendidos. Hasta el momento se había mantenido al margen, jugando con piezas de bronce y metal entre sus enormes y callosas manos. La mayoría creía que no le importaba demasiado, pero la verdad era que si.Él no sabía si entre los siete (u ocho, era igual) mestizos se hallaba un hijo suyo. Esperaba, por Dios, que no. Había perdido a casi todos sus hijos en aquella Segunda Guerra Mundial. No pensaba, y haría lo posible por evitar que sus hijos terminaran lastimados. Aquella misión parecía tener en frente, con letras de neón luminosas: ¡SUICIDA!. De ninguna manera querría que alguno de sus niños terminaran ahí.Y no es que él tuviera muchos, la verdad. La mayoría de sus niños eran un tanto antisociales, entonces no tenían muchos amigos, ni ayuda. Aquellos, siete u ocho mestizos, le recordaron eso. Al parecer, no contaban con la ayuda de los dioses, y aún no habían dicho sobre los campamentos, pero dudaba que, de estar impunes de la guerra, los ayudaran mucho.El campamento Júpiter tenía prohibido ir a las tierras antiguas, y ellos necesitaban ir a Grecia para cerrar las puertas de la muerte, así que dudaba que aquella misión fuera bien vista. (De echo, serían repudiados y llamados traidores apenas salir) El campamento mestizo era una fuente más probable de ayuda, pero igual dudaba. Para llegar a Grecia necesitarían un barco o un avión. El campamento no tenía tanto auge económico como para preparar una misión y a demás prepararse para la guerra.La única solución que veía era que los campamentos se apoyaran entre sí. Cosa infinitamente imposible.Así que, Hefesto sentía un pequeño lazo de empatía por los semidioses. Abandonados a su suerte. De cierta manera le recordaron a él cuando su madre lo tiró del Olimpo.Tomó el libro de las manos de Poseidón y se disponía a leer cuando un fogonazo de luz inundó la sala. Todos se quedaron quietos al reconocer la luz como la misma que había llevado a las Parcas.Habían llegado los héroes del Olimpo.


*Holaaaaaa**Pues ya ven. Así está la cosa. Los dioses y semidioses leerán la Casa de Hades. emoticon fangirleando. Lo sé. Lo sé.**Busqué y busqué por los confines del internet, y no encontraba alguno de La Casa de Hades (al menos no en español) y me dije, ¿por qué no? -lo que sí encontré fue muchos de estos de El Ladrón del Rayo. Dios, hay miles de millones- y llevo esperando milenios a que publiquen uno de estos, pero ya que no he encontrado nada, decidí a hacerlo yo. ¿Qué tal?**Este libro es muy aghfskskddmd para mi, así que intentaré hacerlo lo mejor posible. ¡Espero les guste!*Nos leemos!!!!!