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Song of the north. — capítulo 1
-Radhia, tu hermano te ha hecho llamar.
Me volví.
-Iré enseguida.
Suspiré. Mi hermano llevaba unos días bastante raro desde que los jinetes trajeron esa carta. La cual por cierto no había leído. No sé que se traía entre manos, pero no podía tratarse de nada bueno, o no habría tenido a mi hermano tan inquieto.
Le di un par de vueltas a mi colgante mientras seguía sentada mirando el cauce del río. Tenía ese colgante desde que tenía uso de razón. Mi madre, Rhya, me lo dio al nacer. Tenía una gran historia detrás de él, la cual solía contarme cuando era más joven.
El colgante lo había portado su hermana, Radhia, la cual murió en la batalla por la libertad de la Tierra Media hace sesenta años. Mi madre solía hablarme de ella. Cuenta que, cuando su cuerpo regresó a Kattegat, fue incinerado junto al de un enano llamado Fili, sobrino de Thorin Escudo de Roble, el cual guardaba el corazón de Radhia. Fue por eso por lo que sus cuerpos fueron quemados juntos, para que sus almas, una vez liberadas, pudieran descansar juntas para la eternidad.
Me parecía una historia preciosa.
Mi madre, Rhya, decía que su hermana y yo compartíamos muchas más cosas a parte del nombre. Todos los que alguna vez conocieron a la que hubiera sido mi tía, decían que yo era su vivo retrato. El mismo pelo azabache repleto de tirabuzones, los mismos ojos azules... Todos decían que era una copia perfecta de ella.
Incluso decían que había heredado su agilidad y destreza con las armas. La verdad era, que eso me lo achacaba a mí misma, ya que había entrenado todos los días para llegar a tener la destreza que ahora poseía.
Me puse en pie y volví hasta la aldea. Mi hermano no era una persona paciente que digamos.
Tomé la calle principal y subí hasta nuestra casa.
-¿Me has llamado?
-Si. Pasa Radhia, tenemos que hablar.
Cerré la puerta tras de mí y me senté junto a mi hermano, al lado del fuego.
-¿Qué pasa Livai?
Mi hermano suspiró.
-¿Recuerdas la carta que llegó hace un par de días?
-¿La que no me has dejado leer?- dije con cierto tono de reproche.
-Es una petición.
-¿De quién?
-De Elrond.
Le miré con los ojos como platos.
-¿¡Llega una carta de Rivendel y tardas dos malditos días en decírmelo!?
Respiré para tratar de calmarme.
-¿Qué dice la carta?
-Nos convoca a reunión.
-¿Por qué has tardado tanto en decírmelo Livai?
-Porque yo se lo pedí- dijo alguien detrás de nosotros.
Me volví.
-¿Madre?
Me puse en pie para ayudarla a sentarse en su silla. La vejez no perdona a nadie, y teniendo en cuenta que yo tenía veinticinco años y mi hermano treinta, mi madre era una mujer de edad avanzada. Formaba parte del consejo de ancianos que tomaba las decisiones importantes de la aldea.
-¿Por qué me ocultaste la carta?
Mi madre suspiró.
-La carta llama a reunión por orden de Elrond, y sabía que serías la primera en ofrecerte para ir pequeña.
-¿Qué hay de malo en ello?
-La última vez que vi a mi hermana fue de esta misma manera. Llegó una carta, mi hermana se marchó, y regresó sobre su escudo.
Suspiré.
-Mamá, a mí no va a pasarme nada- dije con un tono dulce- Tan solo se trata de una reunión en Rivendel.
-No me preocupa la reunión Radhia, me preocupa el motivo por el cual se convoca.
-¿Conoces el motivo?
-Lo ignoro por completo, pero no tiene que ser bueno si Elrond llama a reunión con tanta urgencia.
Suspiré.
-Sabes que debemos ir. Nosotros,- dije mirando a mi hermano- ya que somos los descendientes de Ragnar.
-Sé que debéis ir- dijo mi madre acariciando mi mejilla- He tardado en comprender que no puedo atarte aquí. De ahí que te ocultara la carta. Me dio tiempo a reflexionar... Te has convertido en una mujer fuerte y luchadora Radhia, cada día me recuerdas más a ella.
Sonreí.
-Solo prométeme, que volveréis los dos sanos y salvos.
Mi hermano y yo nos miramos y sonreímos.
-Lo prometemos- dijimos al unísono.
Comprendía el miedo que tenía mi madre a dejarme partir hacia Rivendel. Su hermana se fue de la misma forma y no regresó de la forma que todos esperaban. Pero no podíamos no acudir, sería una condena para los norteños el desobedecer a alguien de tal estima como Elrond. Así que mi hermano y yo preparamos las cosas para partir.
Fui a mi habitación a cambiarme de ropa, ya que el vestido que llevaba no iba a resultar demasiado cómodo para los cuatro días a caballo sin descanso que nos esperaban.
Cogí unos pantalones negros y mi corset, me quité el vestido y me puse la otra ropa.
Después me puse las botas y cuando terminé fui a coger mis armas.
Lo mío eran las espadas. Era ambidiestra, y por eso solía llevar dos. Pero era bastante incómodo llevar dos espadas colgando una a cada lado de la cintura. Era por eso por lo que mi madre me había confeccionado una funda que podía llevar a la espalda en la cual iban las dos espadas.
Mi hermano y yo estábamos saliendo de casa y bajando la calle principal para llegar a la entrada del camino. Todo el mundo había ido a despedirnos.
-Tened cuidado por favor- dijo mi madre con lágrimas en los ojos.
-Lo tendremos mamá. No nos pasará nada, lo prometo- respondí.
La abracé una última vez antes de subir a mi caballo.
-¿Lista?- preguntó Livai subiendo a su montura.
Asentí.
-Pues vámonos.