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Historia 186470 — capítulo 11
El invierno no había tardado en llegar, y había llegado con fuerza. El Campamento y Nueva Roma estaban cubiertos de nieve y la gente se refugiaba del frío dentro de sus casa. Pero siempre hay algún que otro pirado que se atreve a ir por la calle en esas circunstancias. Normalmente yo era uno de esos pirados.
Un resumen rápido: me enviaron al Campamento Júpiter porque, como hijo de la diosa romana Proserpina, la versión de Perséfone, debía conocer el lado romano. Había investigado el lugar, conocido a los legionarios, adaptado a su rutina y, al final, decidí quedarme allí con ellos. Eso me recuerda que debería ir a comprar y enviarles los regalos de Navidad para Pólux, Ariadna, Nigel, Cindy y los demás antes de que se me eche el tiempo encima.
Los ejercicios de la legión habían terminado y decidimos irnos a por un chocolate caliente y a dar una vuelta por Nueva Roma. Nuestro grupo era reducido: cinco personas. Harriet era el motor del equipo. En cuanto la conocí, los ojos se me habían quedado pegados a ella. Gozada de la belleza habitual de una hija de Venus. Era alta y esbelta, de piel mulata, ojos castaños y su cabello lo conformaban un montón de finas trenzas. Después había descubierto su orientación sexual de la forma más abrupta posible: viendo como se morreaba con Renée, hija de Vulcano. La otra chica era todo lo contrario. Era de baja estatura, con la piel pálida, los ojos negros como el carbón, el pelo oscuro como la noche y un flequillo que casi le tapaba los ojos y la caracterizaba, además de su humor mordaz.
El descubrimiento de su relación había sido un shock no solo para mí, sino que también para Fabio, el hermano de Renée. Además, se había llevado un trauma de regalo, porque también tenía una atracción por Harriet. Se parecía mucho a su hermana, excepto por la mandíbula marcada, los ojos azules y que era, considerablemente, más alto y con un humor más fácil.
Y después estaba Kira. Era la nieta de Angerona, la diosa de la angustia y el miedo, que podía provocarlos o aliviarlos; además del silencio y, por tanto, de los secretos. Por eso, era reservada y podía conocer los secretos de las personas con una sola mirada. Al principio resultaba inquietante y me ponía de los nervios, pero Kira era de confianza y nadie lo sabía. Casi nadie.
Esa tarde habíamos ido a parar a un pequeño parque entre los edificios, de modo que las construcciones nos protegían, parcialmente, del viento helado. Los hijos de Vulcano estaban sentados en un columpio cada uno. Harriet se apoyaba en el poste junto a Renée, sosteniendo el vaso de plástico con su chocolate caliente para calentarse las manos. Fabio estaba contando alguna anécdota, pero yo no le prestaba mucha atención. Es un efecto secundario del déficit de atención, en lugar de escucharle miraba como su hermana balanceaba en el aire su vaso vacío con los pies.
—Me parece que estás exagerando un poco. —Comentó Harriet.
Fabio se la quedó mirando un segundo antes de responder.
—¿Que estoy exagerando? —Se escandalizó. Fue a replicar algo, pero su hermana lo calló con una mirada asesina. Él se columpió inocentemente volviendo a la hija de Venus— Bueno, ¿y qué? ¿Te vienes a casa para vacaciones? —Renée le dedicó un grito— ¿Aún no se lo has dicho?
—¿Decirme qué? —Inquirió Harriet.
—Mamá quiere conocer al novio de su niña. —Contestó Fabio.
Estallé en carcajadas y mi amigo se unió a mí. Renée me mandó un mensaje con la mirada. "No tiene gracia, Edwin".Me callé.
—*¿*No se lo has contado todavía? —Harriet apretó el vaso de plástico y le cayó un poco de chocolate sobre los dedos.
Renée se encogió ante su expresión de cachorrito abandonado.
—Bueno, no es algo que pueda soltarse así como así, creo. Pensaba en presentaros primero y explicarlo después, no sé, ir más despacio. . .
Y perdí el hilo de lo que decía cuando Kira me dio un codazo. Me mostró el vaso de chocolate vacío y echó la cabeza a un lado. Se puso en pie y la seguí fuera del parque, despidiéndonos de Fabio (que estaba fuera de la burbuja de su hermana y Harriet) con un gesto de la mano. Nos metimos en una calle que daba a otra de principal y las voces del grupo se perdieron a nuestras espaldas.
Caminamos en silencio hasta que Kira me dio un toque en la sien con la cabeza.
—Mi hermana quiere que te invite a cenar el viernes. —Comentó casualmente— Dakota viene a cenar y me dijo: "Podrías invitar a Edwin" Y le dije: "Podría." —Resopló y alzó la mirada hacia el cielo encapotado.
Perdí el ritmo de mis pasos y estuve a punto de caerme de bruces. Kira me lanzó una mirada burlona desde sus ojos grisáceoverdosos. Ella era así conmigo desde que había mirado dentro de mí y visto lo que rondaba por ahí. Al principio había sido vergonzoso —para mí, claro—, pero empezó a vacilarme y a bromear conmigo, así que me relajé. Aunque no podía estar tranquilo por completo, siempre esperaba que ella, tan franca y directa, comentase algo al respecto, algún "Sé que te gusto, Edwin". No lo había hecho.
¿O sí? Su forma de actuar me confundía una y otra vez. Dakota era el novio de la hermana de Kira. Gwen también tenía la facilidad de su abuela para los secretos, aunque había salido más por la rama de la angustia. No había coincidido mucho con ella, pero sabía que era optimista y siempre lograba que la gente se encontrase mucho más tranquila y agusto cerca de ella. Por eso, creía que ella podría saber algo sobre su hermana, principalmente algo positivo relacionado conmigo. Tampoco había dado señales.
Anduvimos en silencio por la calle, Kira esperando una respuesta y yo comiéndome la cabeza con mis tediosas teorías. La obsrvé. Era alta y delgada, con el pelo castaño oscuro y la piel pálida. Cuando la conocí —estaba de guardía sobre una torre de vigilancia junto a la puerta y resultaba imponente tras aquella ballesta— me inspiraba cierto recelo, y me costó mucho congeniar con ella por la sensación de vulnerabilidad que me hacían sentir sus ojos cuando me miraban y escrutaban mis secretos.
"¿Crees que es divertido conocer todos los secretos de las personas? No es nada agradable descubrir todo lo que alguien guarda dentro. Es agotador y, por estúpido que suene, es aterrador. Da mucho miedo llegar a conocer a alguien tan profundamente, saber lo que siente, aquello que teme, conocer sus esperanzas y sus miedos. Nadie debería tener el derecho de invadir a alguien de ese modo, y menos sin su consentimiento y sin desnudarse a cambio.2" Me dijo cuando le grité que dejase de husmear en mi cabeza. Ahí fue cuando me di cuenta de que ella tenía más miedo a su herencia que el resto del campamento. Le conté —aunque ya debía saberlo— que me había sentido atraído por Harriet cuando la vi y que me hundí cuando la vi besando a Renée tan apasionadamente detrás de los barracones. Le dije que le había confiado un secreto y que ahora le tocaba a ella. Se rio y ahí empezamos a llevarnos bien.
—¿Y bien? —Preguntó con tono casual— ¿Vienes?
—Claro. —Respondí, quiza apresurándome demasiado.— Será divertido. Quiero ver como Dakota se desmadra y le desmantela la casa a tu hermana.
El codazo no se hizo esperar.
Caminamos en silencio por las calles desiertas y cubiertas de nieve de Nueva Roma hasta que caí en la cuenta de un detalle importante.
—A cenar, ¿has dicho que vamos tú, yo, el novio de tu hermana y ella? —Asientió— ¿Y los demás? ¿Harriet, Renée y Fabio no están invitados?
Que cunda el pánico. ¿Nunca os han invitado a tomar algo o a ir a por una pizza con una pareja y otra persona? Si es así sabréis el miedo que me da. Si no, bueno, normalment hay gato encerrado y la cosa puede terminar mal, a parte de incomoda.
—Aunque se lo hubiésemos dicho, Harriet y Renée se habrían negado con cualquier excusa y habrían amenzado a Fabio para que no viniese. Creo que están en el ajo.
Dejé de caminar en seco.
—Espera un momento. Tu hermana y su novio montan una cena. Te invitan a ti y me invitan a mí. ¿Y Harriet y Renée lo saben pero no acuden?
Kira cambio el peso de una pierna a otra.
—Están intentando liarnos, ¿no es obvio? —Suspiró con parsimonia y sonrió de lado— Harriet tiene razón, eres lento. Pero eso te hace mono.
Kira caminó unos pasos más con las manos en los bolsillos de su chaqueta hasta que se dio cuenta de que no la seguía. Paró en seco y giró con elegancia sobre sus talones para enfrentarse a mi semblante desanimado.
—Tú ya lo sabías. Sabías que me gustabas. —Musité. — ¿Por qué no has dicho nada? ¿Por qué dejas que tu hermana monte todo esto?¿Por qué si no estás interesada en mí?
¡Zas! Autopuñalada en el corazón. Sabía que Kira era consciente de lo que sentía por ella y, por ello, me aterraba que cualquier día me dijese a la cara que no me correspondía. También había fantaseado muchas veces con confesarme, entonces ella sonreiría y nos besaríamos. Pero eso no iba a pasar, ni ahora ni nunca. No podía ocurrir, porque si ella actuaba y hablaba sobre ello sin como quien habla del tiempo, era una mala señal para mis esperanzas. Se me contrajo el corazón y apreté los puños contra los costados de mi cuerpo.
Kira hizo un mohín.
—Sé que te gusto, ¿vale? Y sé que tienes esperanzas en una relación que no saldría bien. Creeme, no saldrá bien. Por mucho que te quiera no lo haría. —Se le escapó una nota aguda de dolor. —Nunca sale bien cuando alguien no tiene derecho a la privacidad. Que yo sea capaz de invadir vuestra intimidad y conocer todos vuestros secretos sin poder deternerlo lo complica todo. Nadie quiere estar con alguien así.
Me quedé sin saber qué decir unos segundos. No soportaba ver sufrir a Kira, y mucho menos si se atormentaba por uno de sus poderes. Quería hacerla sentir bien.
—Pero no estás sola. —Se me escapó de la boca. —Y tienes relaciones que funcionan. ¿Qué pasa con tu hermana? Estáis muy unidas, os queréis y os preotegéis la una a la otra. Y también están Harriet y Renée. Y Fabio. Y yo. Crees que no tienes derecho a conocer los secretos de los demás sin su permiso, pero si las personas se tienen confianza se los confían. Me parece que no habías caído en eso. Tienes miedo a quedarte sola, pero dudo que eso llegue a pasar. Huyes de la mayoría de gente porque te da miedo conocer lo que se guardan. Pero de ellos no huyes, no te alejas de la gente que te importa. Y seguimos unidos porque nos tenemos confianza, aunque el miedo no te haya dejado verlo.
Y sin verlo venir, Kira chocó contra mi cuerpo en un abrazo torpe. Hundió la cara en mi pecho y me apretó las costillas con los brazos. Le rodeé la cintura y opoyé la frente sobre su coronilla. El corazón me revoloteaba en las costillas porque me estaba abrazando.
—Lo siento. Siento haber sido tan distante contigo. —Sollozó. Había tenido una discusión con ella hace meses por el mismo motivo: su habilidad; pero en aquella ocasión estaba resignada y abatida. Ahora estaba hundida. Me dolía verla así, de modo que le acaricié el pelo tratando de confortarla. Deseé estar abrazándola en una situación diferente, más alegre. Kira debío de sentirlo, porque alzó la cabeza para mirarme. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras tardaron en encontrar el camino al exterior.
—Lo siento, por todo. Y me gustaría que me dieses una oportunidad, para tener esperanzas en esa relación. —Se ruborizó— Ya sabes, tú y yo.
Algo me explotó dentro. Algo cálido y brillante que arrasó con el dolor anterior. Esbocé una sonrisa radiante sin poder evitarlo. Kira también sonrió. Apartó la mirada un momento antes de volver a mirarme, con las mejillas más rojas que nunca.
Me reí. Me reí con un júbilo que no sentía desde hacía años. Era algo tan pleno que podría hacerme estallar.
—Me encantaría.
Dejé caer la cabeza hacia ella y apoyé la frente contra la suya. Nuestras narices se rozaban, una junto a la otra, y nuestros alientos se nos escapaban de la boca para encontrarse y mezclarse en uno solo, cálido y espeso.
Kira aprovevechó para volver a ser ella.
—¿Me besas tú o lo hago yo?
—Y tardas. —Le sonreí.
Siento mucho la tardanza, tengo un montón de excusas de por qué he desaparecido tanto tiempo, pero paso de exponerlas, porque son las de siempre y todos las conocemos.
Vale, quería terminar esta historia como fuese, aunque no me termina de convencer el final porque he tenido que embutir ahí personajes, con sus respectivas historias y movidas, de mala manera. Tenía planeado terminar así, de modo que he tenido que hacerlo, aunque de haberlo hecho capítulo a capítulo habría tenido más sentido y lo habríamos ido asimilando poco a poco.
De todos modos, espero que os guste y, si no es molestia, decidme que os parece este punto final. Aprecio mucho vuestra opinión y me gustaría saber qué os parece todo el asunto.
ESCENA BONO
El viento azotaba la playa con ímpetu, alzando ráfagas de arena y arrastrándolas lejos. Nigel y Ariadna estaban sentados él uno frente al otro, resguardando entre los dos una bolsa de papas.
—¡Están deliciosas! No me como una de estas desde que entré en el campamento. Parece que haya pasado una eternidad. —Nigel se relamio los dedos. Frunció el ceño cuando adviertió que Ariadna llevaba tiempo sin meter la mano en la bolsa, con la vista perdida en sus zapatillas.— ¿Estás bien?
La chica sacudió la cabeza cuando volvió a la realidad.
—Sí, sí. Estaba pensando.
—¿En qué? —Le acercó una papa a la boca. Ella mordió la mitad y le empujó el brazo para que se comiese el resto.
Ariadna colocó las manos sobre las rodillas, adoptando un aire pensativo. Oteó la orilla de la playa antes de mirar a su amigo a los ojos.
—Es una tontería. Me estaba preguntando si vale la pena hacer algunas cosas, o hablar de ello.
Nigel se comió un puñado de papas.
—Bueno, supongo que depende de qué. Pero si es una tontería, ¡hazlo! Así nos echamos unas risas, ¿no? —Respondió con la boca llena. Tragó y le tendió una papa a ella.
Ariadna esbozó una pequeña sonrisa, con la vista fija en un punto más allá del hombro de Nigel. Se inclinó hacia delante, pasando de largo la papa que su amigo le tendía y estrelló los labios contra los de él, rápida y torpemente, antes de echarse hacia atrás.
Nigel se quedó helado, sintiendo como le subía un calor extraño por el cuello, pasaba por su cara y llegaba hasta la punta de sus orejas. Un pico. Ariadna le había dado un pico. Parpadeó y la miró. Parecía estar tan sonrojada como él, con unas mejillas ruborizadas que destacaban sus ojos violetas.