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Historia 186470 — capítulo 10
Capítulo 11: Charlando con Quirón.¿Hola? ¿Hay alguien ahí?¡Siento no haber publicado en meses! Más notas al final del capítulo. Cuando hubo cesado el asombro de mi reconocimiento, unos cinco minutos después de que el holograma desapareciese, alguien propuso lo obvio: hablar con Quirón. Así que salimos corriendo todos hacia la Casa Grande. Y cuando digo todos, me refiero a la cabaña 4, los hijos de Dioniso, Travis y yo. Las miradas curiosas y asombradas no se despegaban de mi nuca. Me ponían nervioso. Deseaba que no hubiese tanta gente, pero parecía que nadie quería perderse aquello. En el porche de la casa, el Señor D y Quirón —en su silla de ruedas— estaban jugando su partida matutina de cartas. Me pregunté cuántas veces al día jugaban con los naipes. Pólux y Ariadna subieron los escalones de un salto, sobresaltando a su padre y al entrenador. Entre jadeos, el mayor se lo explicó todo, con todo lujo de detalles. Cuando terminó, las miradas de los adultos también se posaron sobre mí. Deseé ser invisible. —Convocad a los consejeros. —Anunció Quirón— Reunión en diez minutos. Sígueme, Edwin. Seguí al centauro camuflado al interior de la casa, agradecido de deshacerme de todas aquellas miradas. Caminé por un pasillo hasta que el entrenador entró en una habitación de juegos, con mesas de ping pong, de billar y un futbolín. Quirón se situó en un extremo de la mesa de ping pong. Pólux, Travis y Katie, que no sabía que venían detrás, se colocaron a un lado. Me planté de pie junto a Pol, que le tenía más confianza. El Señor D entró en la sala con una Coca Cola Light, se acercó a Quirón, hizo aparecer una silla y se sentó junto a él, resoplando. Parecía estresado y con pocos ánimos para la reunión. Los siguientes diez minutos me resultaron eternos. Poco a poco, fueron llegando el resto de consejeros. Connor, Percy, Annabeth, la chica que acribilló a los Stoll con pan —creo que se llamaba Lou—, Piper y otros a los que no conocía. —Ariadna. —Suspiró el Señor D— no eres consejera, vuelve a tu cabaña. Mi amiga resopló. Venía escondida detrás de Percy, quien, amablemente, se había quadrado para tratar de ocultarla. La niña protestó. —¡Pero papá! Edwin es amigo mío y ¡yo estaba allí! Además, en la 12 solo somos dos. ¿Qué más da? El Señor D suspiró exasperado. —Hay normas y el consejero de mi cabaña es tu hermano, —Dijo con voz suave, casi delicada— Ariadna vete, por favor. La mestiza trató de protestar, pero las severas miradas de su padre y Quirón la hicieron callar. Bufó y señaló a su hermano con el dedo índice. —Algún día te suplantaré. Pólux puso las manos en alto, a la defensiva. Trató de ocultar una sonrisa, aunque falló estrepitosamente. Ariadna giró sobre sus talones con elegancia y desfiló hacia la puerta. Me apresuré a añadir: —Explícaselo todo a Nigel. Ariadna no se volvió ni dejó de caminar, pero alzó el puño izquierdo a la altura de las costillas y levantó el pulgar. Mensaje captado. Desapareció tras dar un portazo. Quirón presidió la reunión. —Bueno, como os habrán informado, Edwin Green —hizo un gesto vago en mi dirección— ha sido reconocido. Al instante, recibí una veintena de miradas cuirosas. Una chica de pelo castaño y ojos rojizos expresó lo que parecían pensar todos. —¿Y? Varios consejeros asintieron ante su pregunta. La misma chica añadió: —Todos aquí hemos sido reconocidos. No veo la diferencia. —La diferencia, Clarisse, —dijo como un profesor que está impartiendo clase— está en que la madre de Edwin. . . —¿Es una diosa menor que no tiene cabaña? —Preguntó un chico fornido, con el pelo rapado, un semblante duro e intimidante y, lo que más destacaba, un arcoiris tatuado en el bíceps. Quirón suspiró, cansado de las interrupciones. —No Butch. La madre de Edwin es Proserpina, una diosa romana. La sala ahogó un grito. Quizás fuese cosa mía, pero algunos consejeros me miraron como si esperasen que les atacara. Un chico rubio, con unas llamativas gafas de pasta doradas miró a Quirón sorprendido. —¿Proserpina? ¿La equivalente a Perséfone? Quirón asintió y el resto de la sala se quedó en silencio. El único que se movió fue el señor D, que bebió un largo trago de su Coca Cola Light. Oí algunos murmullos diciendo <<¡Hijo de Perséfone!>> o parecidos. Os seré sincero, no tenía ni idea de mitología.No sabía por qué tanto escándalo. La voz de Pólux resonó por la sala. —¿Nos lo quedamos? Jason es romano, y se queda aquí. Me sentí como un perro perdido. ¿Cómo podía Pol hablar de mí así? Más tarde debía tener una charla con él. Quirón prosigió. —Antes de decidir establecerse con nosotros, Jason estuvo en el Campamento Júpiter. —El chico de las gafas asintió— Quizás debamos enviar a Edwin allí. El silencio volvió a hacer acto de presencia. Me aclaré la garganta. —¿Y si. . . no quiero marcharme? Las miradas recayeron sobre Quirón. —Podrías quedarte —dijo meciéndose la barba—, pero puesto que eres romano, deberías conocer primero aquel campamento. Si tras ir todavía deseas estar con nosotros, te construiremos una cabaña. —O puede quedarse con nosotros en la 4. —Ofreció amablemente Katie— Perséfone es hija de Deméter, y Edwin es su hijo, quizás pueda conviver con nosotros. Tenemos literas de sobra. Le dediqué una sonrisa a modo de agradecimiento por su hospitalidad. Un chico que era un calco exacto a Austin —rubio, ojos azules y piel bronceada— aprovechó para hablar. —Es otro niño del inframundo. Podría quedarse con Nico, así a lo mejor podría llevar más color a tu cabaña. —Finalizó zarandeando ligeramente a un chico pálido, cuyas ropas oscuras contrastaban con los colores del rubio. —No te metas con mi cabaña, Solace. —Protestó. Los griegos no eran mala gente. Ahí estaban, ofreciéndome cabañas, aceptándome como a uno más. Pero yo era romano y me moría de ganas por saber cómo sería el Campamento Júpiter. Quería ir. Quería investigar. —Si no quisiera quedarme allí, ¿podría volver al Campamento Mestizo? —Le pregunté a Quirón. El centauro asintió y sonrió amablemente. —Por supuesto. Una parte de mí quería quedarse allí, junto a mis amigos. Pero otra parte quería verlo todo. Esperaba haber escuchado al lado correcto y no equivocarme. —Iré a ver el Campamento Júpiter, entonces. —Muy bien. —Habló por primera vez el Señor D— Llamemos a los romanos y que vengan a buscarlo. El rubio clavado a Austin intervino. —Nico quería ir al Júpiter, quizás pueda llevar a Edwin. Las miradas descansaron sobre el chico de la ropa oscura. Parecía tan incómodo como yo con tanta atención. —Quería visitar a Hazel. —Declaró encogiéndose. El rubio a su lado, creó que lo llamó Solace, se giró hacia él. —¿Qué te parece? Nico me miró durante unos segundos y se encogió de hombros, algo indiferente. —Por mí bien. —Concedió— Pero nos vamos esta tarde. Quirón y el Señor D asintieron conformes con su declaración, así que dieron la reunión por terminada. Los consejeros fueron saliendo, uno a uno o charlando en grupos. Pólux me esperó y salimos juntos. Estaba decidido, me iba al Campamento Júpiter.
¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! Cuatro meses de silencio, esa es razón más que suficiente para matarme. ¡Lo siento! Si sigue habiendo algún lector por ahí, espero que me perdones. No he tenido mucha actividad con el fic en todo ese tiempo y, para empeorar un poco, creo que no la voy a tener en un futuro cercano. Por eso estaba pensando en dejar este capítulo como el último de la historia y subir un epílogo. Sé que no es la mejor forma de terminar el fic, pero me parece mejor opción que dejarlo "abierto" o cerrarlo sin terminarlo. Dicho esto, me gustaría saber vuestra opinión. ¿Qué os parece esta "solución" (aunque dudo que pueda llamarse así)? ¿Edwin se quedará en el Campamento Mestizo o en el Campamento Júpiter? ¿Qué pasará con Nigel, Pólux, Ariadna, Cindy y el resto de personajes? ¿Derrocará Ariadna a su hermano? ¿Adelgazará el Señor D?