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Historia 186470 — capítulo 9
¡Buenas! Vale, estamos a sábado y terminé este capítulo a las tantas de la madrugada. Ayer era viernes, y como ya tenía la historia montada en la cabeza, me puse a escribir después de cenar y terminé a las tantas (ojo, que cuando digo tantas me acerco a las tres de la mañana). Un dato curioso, tengo examen de mates el martes y, jugándome el curso como me lo estoy jugando (seamos honestos, odio los números y ellos me odian a mí. Es mutuo.), espero no haberla liado parda al publicar este. Ahora, espero que lo disfrutéis. Pd: Siento las faltas de ortografía, porque creo que habrá unas cuantas.
Era viernes por la noche, Pólux me había invitado a ver una película con él y su hermana, así que tras la comida, me reuní con él a las afueras del pabellón y lo seguí, extrañado, hacia la Casa Grande.—Estooo, ¿no se supone que deberíamos ir a tu cabaña? —¿Qué intentas proponerme, Edwin? —Se burló él. Le di un golpe en el hombro. —Hablo enserio. Me hizo un gesto para que me callara y cerré el pico, entornando los ojos y agudizando el oído, esperando percibir alguna señal de alguien. Tan solo se escuchaba el canto de algunos pájaros sobre las ramas. —Sígueme. —Susurró Pólux. Caminé trás él con cautela. Me guió entre los árboles que rodeaban la Casa Grande y terminamos en la parte trasera del edificio. El hijo de Dioniso se arrodilló en el suelo e hizo crecer varias vides, que se enzarzaron, formando una tupida red, y crecieron hasta alcanzar una ventana del segundo piso. Trepé por la vid, unos metros por debajo de Pólux. Me concentré en la silueta de sus zapatillas, oblingándome a no mirar hacia abajo, por miedo a que ocurriese lo mismo qie con el pegaso. Mi amigo se encaramó al alféizar de la ventana y la abrió con cuidado. Miró hacia abajo y dijo: —Ojo con el escritorio. Se metió por la ventana y entró dentro. Unos segundos después, lo hice yo. Palpé en la oscuridad y toqueteé una superficie de madera. El escritorio que había dicho Pólux, supuse. Me encaramé en él con cuidado y, justo entonces, Pólux encendió la luz. Salté de la mesa y aterricé en el suelo. Se trataba de una habitación con pintas de salón y trastero, una extraña combinación. Era algo pequeña, pero el espacio estaba aprovechado al máximo. Contra una de las paredes, había un sofá enorme, de cuero negro. Frente a él, había un gran televisor de pantalla plana, atornillado a la pared. Y entre ambos, se encontraba una mesa baja, hecha de caoba. Junto a la venana, había dos pequeños escritorios, repletos de papeles por doquier. En la mayoría de paredes había estanterías, unas encima de otras, o de armarios empotrados, seguramente tan llenos como los estantes. Sentí compasión por la pobre persona que debía limpiar todo aquello, pero debía reconocer que hacía su trabajo estupendamente. —No se lo digas a nadie, eh. —Me advirtió Pólux, dejándose caer sobre el centro del sofá, apoyando las piernas sobre la mesa. —Tú tranquilo, mis labios están sellados. —Respondí sentándome a su lado— Y, ¿vienes aquí muy a menudo? Encendió la tele con el mando a distancia y sonrió. —De vez en cuando, Ariadna y yo solemos escaparnos aquí de noche para ver películas. —Y todo este tiempo me tenías creyendo que eras el correcto hijo del director. —Me lamenté con fingieda decepción. Nos quedamos allí un rato, viendo a tele, un objeto tan preciado como ausente en el Campamento Mestizo, o en su mayoría. Me quedé mirando la puerta de la estancia, temiendo que Quirón entrase con su silla de ruedas en cualquier momento. Y Ariadna entró gritando <> por la ventana. Pólux le chistó, observando la puerta de reojo. Su hermana bufó en respuesta, se arrodilló sobre el escritorio y ayudó a entrar a Nigel, que nos saludó con una sonrisa. En ese momento me di cuenta de cuánto tiempo hacía que no nos habíamos visto, prácticamente desde que fue reclamado y se cambió de cabaña. —Mirad a quien he logrado sacar de la forja. —Canturreó Ariadna, tirando del brazo de Nigel hacia el sofá. La hija de Dioniso se dejó caer en el sofá junto a su hermano. El hijo de Hefesto no tardó en sentarse a su izquierda. Pólux atrajo a su hermana hacia él con un brazo y para, con el otro, revolverle el pelo. Ariadna se zafó de su hermano con un empujón. Se echó para atrás, alejándose de Pólux, hasta recostarse contra Nigel. Y os prometo que me pareció ver como el chico se sonrojaba. Ariadna le mandó una mirada ceñuda a su hermano. —Que pesado estás últimamente conmigo. —Porque te quiero. —Respondió Pólux— Y porque tengo que chinchar a alguien, ¿no, hermanita? —Pica a Edwin, que está a tu lado. —¡Eh! A mí no me metas, Ari. —Salté de inmediato.— Anda, encended la tele de una vez. Pólux no tardó en hacerme caso. Puso uno de los caneles, en el que ya había empezado una película, pero acababa de comenzar y parecía bastante interesante, así que decidimos verla. Ariadna y Nigel se pasaron el rato apoyados el uno contra el otro, con las cabezas juntas y hablando en susurros. Pollux los miraba de reojo y yo, creo que era el único atento a la tele. En un momento de la película, la escena era un jardín oscuro. En sus árboles colgaban girnaldas de tela, que brillaban con una tenue luz por unas velas en su interior. Me reí. —Se parece al jardín de mis sueños. Nigel se rió. —Tío, no sabía que te gustasen los jardines. Negé con la cabeza. —Me refiero a que se parece al jardín con el que soñé la otra noche. Pollux se inclinó hacia mí, interesado y atónito a partes. Entrecerró los ojos despacio, con cierta suspicacia. —¿Soñaste con un jardín? —Preguntó con cautela. Asentí con la cabeza. Pólux intercambió una mirada con su hermana y me pidieron que se lo contara. Les relaté el sueño, describiendo el jardín con todo lujo de detalles y, después, les describí a la mujer que aparecía. Les resumí lo que me había dicho. Cuando terminé, Ariadna fue la primera en hablar. —Los sueños de semidioses siempre tienen un sentido oculto. Intercambié una mirada con Nigel. Ni él ni yo teníamos la más mínima idea de aquello. —Un jardín exótico y una mujer. —Dijo Pólux para sí, antes de ponerme una mano en el hombro.— Creo que ya sabemos quien es tu madre, hijo de Deméter. 0—0—0 A la mañana siguiente, había quedado con Pólux para ir a hablar con Katie, la consejera de la cabaña 4, la de Deméter. Estaba desayunando en la mesa de Hermes, aunque no tenía mucha hambre. Estaba demasiado preocupado, con el pensamiento de que Ariadna y su hermano se habían equivocado y mi sueño tan solo era eso, un simple sueño. Los hijos de Dioniso se acercaron a la mesa 11. —¿Ya has terminado, Edwin? —Preguntó un risueño Pólux, apoyando sus manos sobre mis hombros. Miré el plato, lleno de comida prácticamente intacta y me encogí de hombros. —Supongo. —Dije mientras me levantaba de la mesa. —¿A dónde vais? ¿A hacer alguna trastada? —Preguntó Cindy con los ojos brillantes— ¡Me apunto! No pude evitar esbozar una sonrisa ante las ganas de meterse en problemas de la chica. Definitivamente, si me iban a cambiar de cabaña, echaría de menos sus gracias y sus bromas. Y sobretodo, extrañaría levantarme con los gritos de algún campista al que le hubiese pintado un mostacho, una perilla de chivo o un entrcejo en la cara. —Creemos que es hijo de Deméter. —Respondió Ariadna.— Vamos a comprobarlo. Connor codeó con sorna a su hermano mayor en las costillas. —¿Por qué no les acompañas, Travis? —Rió el chico— Si no, puede que Katie se queje porque no vas a verla. El mayor le dio un puñetazo en el estómago, rojo como un tomate, quizás del enfado, mientras que sus compañeros de cabaña entonaban una cancioncilla infantil sobre Travis y Katie bajo un árbol y dándose besitos. —¡Largaos a visitar a Hades! —Gruñó Travis, poniéndose en pie con furia. Nos hizo un gesto para que le siguiéramos— Venga, vamos. Nos apresuramos en seguir al hijo de Hermes, oyendo sus quejass sobre sus hermanos. Creí que nos dirijíamos a la mesa de Deméter —que ahora que la miraba me daba cuenta que estaba vacía—, pero Travis nos condujo fuera del pabellón, alejándonos de los tintineos de los cubiertos y platos. —Es temporada alta de fresas, así que se pasarán todo el día en los campos. —Informó. —¡Eh, Trav! —Pólux apretó el paso hasta colocarse a su lado, dejándonos a Ariadna y a mí atrás.— ¿De qué iba lo que ha dicho Connor? —Connor es un inmaduro. —Murmuró— No le hagas caso. —¿Entonces es cierto lo que cuentan las de Afrodita? —Preguntó Pólux.— ¿Estás saliendo con Katie? Travis asintió con la cabeza, algo sonrojado y, casi al instante, se le escapó una amplia sonrisa. Ariadna me golpeó el brazo con sus dedos menudos. —Podrías haber informado antes. —Susurró, como si no quisiese que nos oyesen su hermano y el hijo de Hermes— Las de Afrodita llevaban una apuesta, por extraño que parezca. —Uno: me acabo de enterar. —¿Y tú compartes cabaña con Travis? —Dijo socarrona. La ignoré. —Y dos: no voy metiendo las narices en la vida amorosa ajena, ni hablando de ella. —Le dirijí una mirada curiosa— ¿Participaste en esa apuesta? Ariadna hizo como si no me hubiese escuchado y tarareó una canción por lo bajo, moviendo la cabeza y dando graciosos saltitos. Caminamos unos minutos más tras las pisadas de Travis, internándonos en los campos de fresas, hasta que a lo lejos vimos figuras esparcidas por aquí y por allá: la cabaña 4. Varias miradas se posaron sobre nosotros. Una chica se acercó a nuestro grupo. Llevaba la típica camiseta naranja del campamento y unos tejanos cortos y claros, que contrastaban contra su morena piel, tostada por trabajar en el campo bajo el sol. Tenía unos ojos verdes, como las hojas de los árboles durante la primavera, y el pelo largo y castaño, sobre el que yacía un sombrero de paja para protegerse del sol. Al primero al que saludó fue a Travis. Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, haciende que el hijo de Hermes esbozase una sonrisa tonta, pero graciosa. —Sí que os lo teníais calladito, ¿eh? —Les guiñó un ojo Pólux. —Que marujo estás hecho, Pol. No me lo esperaba. —Se rió ella. El mencionado puso los ojos en blanco, al tiempo que esbozaba una media sonria.— ¿Venís a ayudar? Ariadna tiró de mi brazo. —Puede que sea hermano vuestro. —Varios hijos de Deméter se acercaron curiosos y cuchicheando entre enllos— ¿Podéis comprobarlo? Los ojos de Katie me observaron, curiosos, de arriba a abajo. Me hizo un gesto para que me acercara. Caminé hacia ella, incómodo por todas las miradas que recaían sobre mí. —Bueno, emm . . . Edgar. —Edwin. —La corregí— Por lo visto el padre de unos amigos me ve cara de Edgar. Pólux y Ariadna sonrieron como si la cosa no fuese con ellos ante mi falsa mirada acusadora. Katie rió. —Sí, el Señor D suele cambiarnos los nombres. Supongo que ya es una tradición. —Claro, Kelly. —Sonrió una chica extremadamente parecida a Katie, solo que con unos ojos azules como un lirio de agua. —Por supuesto, Miriam. —Le sigió el juego a su hermana. Un rato después, me enteraría de que la tal Miriam, en realidad se llamaba Miranda. Katie me explicó la habilidad más destaca en los hijos de Deméter: controlar las plantas a su antojo. Y, sinceramente, pensé que los hijos de la diosa de la agricultura eran los más poderosos en un campamento rodeado de campos, bosques y naturaleza. Yo no los cabrearía a menos que fuera un suicida. Katie hizo una demostración de sus poderes y, de inmediato, hizo crecer una planta. Después, me animó a probar. Suspiré nervioso, tantas miradas y tanta atención me incomodaba. Me arrodillé en el suelo y hundí una mano en la tierra. Inspiré y expiré despacio, pensando en hacer lo mismo que Katie. Y, unos segundos después, noté como algo parecido a un hilo me rozaba los dedos hacia la superfície. De la tierra que había entre mis dedos brotó un pequeño capullo, que creció y creció hasta abrirse y transformarse en una rosa. Sonreí. Me parecía irreal que yo hubiese hecho aquello. Y entonces, un holograma apareció sobre mi cabeza, proyectando su luz morada sobre nosotros. La alegría que me invadió se esfumó en cuanto alguien pronunció las palabras: <> Miré a la gente de mi alrededor. Todos compartían la misma expresión atónita y aturdida. Tan confuso como estaba, miré hacia arriba, sin entender por qué cuando Nigel fue reconocido no pusieron pegas, pero conmigo nadie se lo creía. Sobre mi cabeza brillaba un holograma morado, con una granada en medio y, sobre ella, se podían leer las siglas S.P.Q.R. Ariadna fue la primera en hablar. —Edwin, —dijo entrecortadamente— eres romano.