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Historia 186470 — capítulo 8
No sé cuánto tiempo me costó dormirme. Pero aquella noche soñé. Aparecí en medio de un bello jardín, cubierto por la penunbra de la noche. En el cielo no se distinguían ni estrellas ni luna. A los lados, había cuatro altísimas murallas, hechas de lo que parecía ser granito negro, por donde trepaban varias enredaderas. Esparcidos por doquier, había todo tipo de plantas, arbustos y árboles bajos o altos, cuyos frutos emitían una tenue y pálida luz. Creaban un ambiente íntimo y acogedor, como invitándote a tumbarte bajo uno de los arbolitos y echarte un rato, rodeado de aquella paz. Observé un poco más. Sobre el césped, aquí y allí, había varias piedras preciosas, como si creciesen igual que las flores, aunque bien podrían haberlas dejado por allí tiradas para fardar o algo. Esparcidos sobre la hierba y junto a los arbustos, había estatuas, demasidado realistas. El escultor debía de ser un gran artista. En el centro del jardín, había un pequeño huerto, con varias frutas y verduras, que emitían apagadas luces. Todo aquello era encantador. Me recordó a la casa de mis abuelos en el pequeño pueblo en el que vivían. Enseguida me vino a la mente un recuerdo agradable, de cuando yo era un crío y jugaba con mi padre en el jardín de la abuela, escondiéndome tras los matorrales para que no me encontrase, riendo a carcajadas cuando papá que pillaba y me llenaba de cosquillas. Parpadeé, observando aquello atentamente. Me parecía demasiado real como para ser un sueño. Y entonces me llegó el olor del huerto. Tan magnífico, tan apetecible. Olía tan bien que me entró hambre de inmediato. Caminé hasta el huerto, dispuesto a recoger alguno de los frutos, pero cuando los tuve a unos palmos de distancia, una voz me sorprendió. —No los cojas. —Dijo con una voz endulzada como la miel— No es recomendable. Tomándola como a la dueña del huerto, me aparte unos pocos pasos de los frutos, esperando no haberla ofendido. Me fijé en ella, aparentaba unos veintitantos años. Tenía la piel morena, con un largo y rizado pelo oscuro, del color del ébano. Llevaba puesto un largo vestido de seda morada, ensuciado por trabajar el huerto, supuse y, sobre la cabeza, llevaba una corona de flores marchitas. Encima de sus marcados púmulos, resaltaban unos pálidos ojos entre verdosos y castaños, tristes y apagados. Sonrió, la amargura de sus ojos pareció disiparse. —Menudo estirón has dado. —Sonrió, caminando hacia mí. Me quedé parado, justo donde estaba. Me sorprendí de que aquella mujer me conociese. Cuando se colocó frente a mí, me acarició cariñosamente la mejilla con la mano. Sentí como una sensación cálida se expandía a partir de donde me había tocado. —Has cambiado desde la última vez que te vi. —Susurró quedamente, como si tuviese miedo de que alguien oyese sus palabras.— Te pareces tanto a tu padre. No sabía qué decir. —Eeeh . . . Gracias, supongo —Murmuré, sintiéndome extraño— A veces la gente cree que somos hermanos. Es divertido ver la cara que ponen cuando me presenta como a hijo suyo. La mujer rió con suavidad. —¿Cómo está Max? Titubeé otra vez. —Bien. —Añadí—: No le va mal, la verdad. ¿Conoces a mi padre? Había estado haciendo memoria, intentando sacar a la luz algún recuerdo en que apareciese esta misteriosa mujer. Pero nada. No recordaba haberla visto en mi vida. Por otra parte, sentía como si una voz sonolienta de mi memoria la conociese. —Por supuesto que le conozco. —Dijo— Fue hace diecisiete años. Suspiró de un modo melancólico y me miró a los ojos, de una forma significativa. Abrió la boca para decir algo y, entonces algo me golpeó en el estómgo. Cuando abrí los ojos, estaba en mi litera de la cabaña de Hermes. Oí risas infantiles sobre mí y vi, algo confundido, a un niño pequeño, de unos cinco años, arrastrándose por encima de mí. Sinceramente, aquello me pareció rarísimo. —¿Qué haces? —Le pregunté al niño con la voz ronca por el sueño. —¡No dejes que me cojan! —Gritó, sin dejar de lado la diversión. Fruncí el ceño algo aturdido. Despertarte porque un crío te acaba de pasar por encima, no es algo que ocurra todas las mañanas. El niño se escondió detrás de mí y se tapó con la sábana hasta cubrirse la cabeza. Miré al resto de la cabaña y a varios de los hijos de Hermes más veteranos —había aprendido a diferenciar a los nuevos de los que llevaban más tiempo aquí por el collar de cuentas que llevaban al cuello— persiguiendo y atrapando a los niños pequeños, que había bastantes, por cierto. —Pero ¿qué pasa? —Pregunté al aire. Una campista de pelo rubio y algo despeinado, seguramente porque se acababa de levantar, atrapó a una pequeña de unos siete años, la levantó de suelo y le hizo cosquillas. Me miró y respondió: —No quieren ducharse. Me quedé bocaabierto. La niña prisionera se rió. —Quieren lanzarnos al lago. —Confesó la pequeña, entre risa y risa— Con las náyades. La mayor dejó de hacerle cosquillas y la miró, con el entrecejo fruncido. —¿Se puede saber quién lo ha dicho? —Sandy y Conny. La rubia frunció más el entrecejo, demostrando que era posible, y dejó en el suelo a la chiquilla. Se volvió hecha una furia, buscando con la mirada por toda la cabaña y terminó gritando a pleno pulmón: —¡Stoll! ¡Harper! El barullo se detuvo por completo. Se oyeron algunos Uuuh por lo bajo.Contemplé el panorama. Jamás había visto tanta tensión en la cabaña, donde todo eran risas y bromas, pero en aquel momento, estaba irreconocible. Travis fue el primero en reaccionar. —Cuando dices Stoll, ¿te refieres a los dos o a uno en concreto? —Preguntó, tratando de escurrir el bulto. —¡Connor! —Exclamó la rubia. Travis se volvió hacia su hermano, le dirijió una mirada piadosa y, dándole un golpe en el pecho, le dijo: —Nos vemos en el Hades. —Y se retiró a una de las literas, como si fuese un búnker de emergencia. Connor levantó las manos de modo conciliador. —Jacqueline, Jakie. —Trató de calmarla. —¡Ahórratelo, Stoll! —Lo cortó— ¿A quién se le ocurre decirles eso? ¡Son niños! ¡Y tú no te escondas, Harper! Cindy trataba de escabullirse entre la multitud de gente, pero al verse descubierta, hizo un mohín y se volvió hacia la chica, albortándose el pelo de un modo nervioso. El niño que me había pasado por encima se sentó a mi lado, con los pies colgando por el borde de la litera. Jacqueline les cantaba las cuarente a Connor y Cindy incansablemente, ante las miradas del resto de la cabaña. Los niños la apoyaban y, algún que otro, le sacó la lengua a los sarmoneados. Nadie parecía advertir las miradas cómplices que intercambiaban Cindy y Connor. Cuando me fijé en sus perversas miradas, decidíque ya era hora de irse. Llevaba un tiempo en la cabaña de Hermes, y había aprendido —por las malas— que cuando alguno de los hijos del dios mensajero se lanzaba miradas cómplices con otros, era mucho mejor salir por patas. Y eso hice. Me cambié de ropa en un santiamén —sin darme cuenta de que me había puesto la camiseta del campamento del revés, que me la puse bien cuando salía por la puerta— y me dirijí hacia el comedor. Pero no llegué a salir de la zona de cabañas cuando de la casa de Hermes salió Connor, con la pobre Jackeline al hombro, pataleando, aporreándole la espalda y gritando insultos de toda índole. Tras ellos, iba un séquito formado por indeterminados y descendientes de Hermes. Oí como Connor le decía a Jackeline: —Ya verás como las náyades no son tan malas. Y las patadas y puñetazos de la chica cobraron más vigor. Y será mejor que no os diga qué insultos le dedicó al chico. De las otras cabañas salieron más mestizos, atraidos por los gritos de Jaackeline, solo para ver como el grupo desaparecía en dirección al lago. Me quedé un rato ahí plantado, observando el camino por el que habían desaparecido. Meneé la cabeza, con la suposición de que Connor nunca lanzaría a Jackeline al lago. Y me fui a desayunar.