Tituladas 17.2% · 34,225 de 199,415 descubiertas
Rescatado 94.6% · 90,464 de 95,612 páginas identificadas · 89,859/90,219 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 186470 · de

Historia 186470 — capítulo 7

Ya llevaba casi una semana en el Campamento Mestizo. Había aprendido a moverme con un pesado escudo en un brazo y un arma afiladísima en la mano sin caerme, hacerme daño ni parecer un idiota. Todo un mérito, al menos para mí.  Continuaba yendo a clases de griego por las mañanas. El sátiro que se encargaba de esa materia debía de salir con los nervios al rojo vivo. Por mucho que se esforzaba yo seguía aprendiendo a un ritmo muy lento, y me costaba mucho pronunciar. Me habría deprimido si no supiese que soy un negado para las lenguas, ya estaba acostumbrado a que no funcionase. Después del desayuno, alternaba las clases de griego con las de lucha con armas. Un día, la cabaña de Hermes coincidió con la de Atenea. Uno de los de la cabaña once le gastó una broma sobre arañas a la cabaña 6, y su consejera uso el cuchillo de una forma tan increíble y me quedé tan alucinado que le pedí que me enseñase a usarlo. Mi petición pareció del agrado de los hijos de Atenea, y como yo seguía siendo un indeterminado, tenían la teoría de que fuese uno de sus hermanos por mi curiosidad. Aunque no nos parecíamos en nada. Todos ellos eran rubios, muchos con el pelo rizado, y tenían unos intimidantes ojos grises. No me parecía en nada a ellos con mi pelo castaño y mis moteados ojos verdes, sin contar con mi complexión esbelta y la suya atlética. La consejera de la cabaña, Annabeth, me había conseguido un cuchillo con una reluciente hoja afilada y una ligereza extraordinaria. Ella misma se encargaba de enseñarme movimientos y hacerme ejecutarlos. También me corregía la postura constantemente, sin cansarse nunca.  —Relaja la muñeca o te harás daño. —Me aconsejó, y obedecí al instante.  Me enseñó un movimiento ejecutándolo por partes, lentamente para que pudiese procesarlo mejor. En cuanto lo hube repetido media docena de veces y ella dio su visto bueno, nos dirigimos a un muñeco de paja, vestido con una armadura y armado con artilugios de bronce y madera. —Vale, Edwin. —Me dijo frente al pelele— Vamos a probar a hacerlo todo seguido y con el muñeco. Asentí con la cabeza y giré el cuchillo en mi mano. Annabeth me sonrió, se volvió hacia el muñeco con pintas de espantapájaros e hizo el movimiento a toda velocidad, pasando por debajo del escudo con una agilidad envidiable y cortándole una arteria imaginaria al pelele. Se separó del muñeco y se plantó junto a mí, con una sonrisa llena de confianza en los labios.  —Vamos, inténtalo tú.  Le dí una última vuelta al cuchillo en mi mano y lo sujeté sin forzar demasiado la muñeca, como me había enseñado Annabeth. Me encaminé hacia el muñeco y cuando estuve frente a él, me puse en posición de ataque.  —Allá vamos. —Me dije a mí mismo y repetí el movimiento de Annabeth. Pasé por debajo del escudo, sin rozarlo por los pelos, confiando en que mi juego de piernas no me fallaría y ataqué desde abajo. El cuchillo dio en el cuello del muñeco y se quedó ahí incrustado. Lo saqué de un tirón.  Annabeth se acercó y examinó el agujero en el cuello del indefenso pelele, antes de volverse hacia mí. —No está nada mal. —Sonrió con aprobación— Aunque con un poco de práctica lo mejorarás.  Uno de sus hermanos, llamado Malcolm, se había ofrecido en enseñarme un par de movimientos con la espada. Me enseñó unos muy eficaces. Me encantaba la gente de la cabaña de Atenea, todos tan ingeniosos con sus comentarios inteligentes y su gran habilidad para desenvolverse, me hubiese encantado que sobre mí cabeza brillase un búho y que se convirtiesen en mis hermanos y hermanas, pero creo que eso nunca ocurriría, no me parecía a ellos y tenía claro que no era tan inteligente.  También había probado a mezclarme con la los hijos de las otras cabañas de diosas, aunque no encajé en ninguna.  La primera en descartar fue la de Afrodita. En ella tan solo había un par de chicos, con uno discutí al instante y con el otro, Mitchel, estuve hablando un rato. Pero tenía claro que nunca sería un hijo de la diosa del amor. Yo no tenía un aspecto tan despampanante como él con su nívea piel perfecta —y seguro que suavísima—, sus dorados rizos tan bien cuidados y peinados y sus llamativos ojos verdes.  Tampoco me preocupaba en lo más mínimo por la ropa como la mayoría de los descendientes de Afrodita, aunque después me enteré de que la consejera de esa cabaña, llamada Piper Mclean, tampoco lo hacía. Eso me dejó con las dudas. La de Hécate obtuvo una negativa casi de inmediato. Aunque los hijos de esa diosa no compartían demasiadas características y eso me permitía encajar, quedó claro que yo no podía hacer magia como ellos. No podía metamorfosear las cosas, ni hacer que levitaran.  La líder de la cabaña, que resultó ser la chica a la que Cindy le llenó el pelo de pan unos días atrás, estuvo animándome a que lo intentara, pero no fui capaz de hacer nada mágico. Fue una pena, me hubiese encantado ser hijo de la diosa de la magia. También probé con las cabañas de Némesis e Iris, pero por alguna razón, no estaba muy seguro de encajar en ninguna.  Tras haber practicado con los hijos de Atenea, me fui al lago de canoas, donde Nigel me había dicho que estaría. Cuando llegué allí, vi algunos semidioses haciendo carreras por el agua, mientras otros los animaban desde la orilla.  Me senté en la arena con las piernas cruzadas, observando como mi amigo remaba en su canoa, que compartía con Ariadna. Le saludé con la mano, y él me devolvió el gesto, alzando el remo por encima de su cabeza. La hija de Dioniso se volvió hacia mí y también me saludó, con una enorme sonrisa en la cara. Me quedé mirando como remaban y hacían que la canoa diese vueltas, reían por el error y se salpicaban con agua. Sonreí para mis adentros. Se llevaban tan bien que quizá fueran hermanos. Meneé la cabeza y traté de quitarme el pensamiento de encima. Poco a poco, me había ido obsesionando con averiguar en qué cabaña encajaríamos. A veces me gustaría ser como Nigel y no darle tantas vueltas, ser tan despreocupado como él. Se me pasó por la cabeza que quizás, con esa actitud suya tan relajada, fuese un hijo de Hermes, pero el pensamiento se me fue de la mente cuando una cesta repleta de fresas cayó sobre mi regazo.  Al instante, Pólux se sentó a mi lado con una sonrisa en los labios.  —Es temporada alta. —Informó cogiendo una de las fresas— Están deliciosas. Prueba una.  Me llevé una a la boca. Estaban deliciosas. Pólux llamó a su medio hermana y la saludó a ella y a Nigel sin perder la sonrisa y enseñándole las fresas. Ariadna y su amigo trataron de volver remando, pero Nigel remó por el mismo lado que ella y terminaron dando otra vuelta. La hija de Dioniso le salpicó. Nigel le devolvió el gesto y se metieron en una batalla de agua. —Son como críos. —Sonrió Pólux. Aproveché para chincharle un poco. —Ah, ¿sí? —Me hice el desentendio— Yo creo que Nigel se está ligando a tu hermana.  Mi amigo me dedicó una mirada asesina. Reprimí una sonrisa. —No lo creo. —Pero en sus ojos brilló la desconfianza de hermano mayor.  Me comí otra fresa, en un intento por ocultar una sonrisa, mientras Pólux vacilaba internamente. Entonces, oímos un chapoteo escandaloso y miramos hacia el lago, donde la canoa de Ariadna y Nigel flotaba del revés.  Unos minutos después, sonó la caracola, indicando la hora de la comida. Llegamos hasta el pabellón del comedor, con Ariadna y Nigel algo secos por el sol, pero con la ropa húmeda y el pelo algo mojado. Los hijos de Dioniso se dirigieron a su mesa y se sentaron junto a su padre.  Nigel y yo nos dirigimos a la mesa de Hermes. Algunos miraron a mi amigo, pero no dijeron nada sobre sus ropas mojadas, ni él pareció fijarse demasiado en las miradas inquisidoras que recibía. Cogimos nuestras bandejas con comida y nos encaminamos en fila hacia la hoguera, para hacer la ofrenda.  Los Stoll fueron los primeros en lanzar la comida al fuego. Después los siguió un corpulento chico latino, varios adolescentes después, vi a Cindy lanzar un pedazo de carne y media manzana a las  llamas. En pocos minutos, le tocó el turno a Nigel. Mi amigo pinchó un suculento pedazo de bistec y fue a arrojarlo a l fuego, cuando ocurrió algo extraño. Las llamas envolvieron al chico, que gritó asustado. Segundos después, las lenguas de fuego se disiparon y vi la expresión de miedo de mi amigo, congelado tal y como estaba antes del suceso, con el bistec colgando de una mano. Y entonces, una luz rojiza brilló sobre su cabeza, preyectando un yunque sobre él.  Quirón trotó hasta donde se encontraba el chico, quien alucinaba mirando el símbolo que brillaba sobre su cabeza. El centauro se arrodilló, haciendo una reverencia hacia mi amigo. El resto de campistas nos apresuramos a imitarlo. —Salve, Nigel Harris —proclamó Quirón con voz solemne—, hijo de Hefesto.  Al instante, los chicos y chicas de la mesa 9 estallaron en aplausos y vítores. Levantaron las servilletas y les dieron vueltas al aire, sonriendo y cantando el nombre de su nuevo hermano a grito pelado, llenos de orgullo. Por todo el comedor tan solo se oía: <<¡Nigel! ¡Nigel! ¡Nigel!>> Miré a mi amigo. Sonreía emocionado, tan lleno de felicidad que estaba a punto de desbordarlo. Quirón le hizo un gesto de cabeza para que se fuese a su nueva mesa, Nigel arrojó gran parte de su cena, tanto que no me sorprendería que esta noche pasase hambre y murmuró un "Hefesto. Gracias, padre". Enseguida se alejó hacia la mesa nueve. Observé como lo saludaban, todos felices. Mi amigo se sentó entre un chico musculoso, con el pelo algo despeinado y una chica de piel ligeramente tostada y pelo oscuro, la misma que nos dijo Connor en mi primera noche que había ofendido a su padre. No parecía muy enfadada ahora, abrazando a NIgel y riendo con sus hermanos. Me dí cuenta que entorpecía la cola para hacer la ofrenda y me apresuré a lanzar un huevo frito, esperando  que ocurriese algo parecido a lo de Nigel, pero la señal nunca llegó. Caminé hacia la mesa de Hermes y me senté en el primer sitio que vi libre sin fijarme demasiado. Dejé la bandeja en la mesa, pero ya no tenía hambre, no sé por qué sentía celos. Nigel llevaba aquí más tiempo que yo, solo tenía que esperar, me dije. Lanzé una furtiva mirada a la mesa de Hefesto, donde mi amigo sonreía ante una chica de pelo castaño sujeto por un pañuelo, con un adorable hoyuelo en la barbilla.  El chico a mi izquierda debió de advertir mi consternación y mi tristeza, porque me dio un codazo amistoso en las costillas. —Eh, tú tranquilo. —Dijo. Era el chico latino de la fila— Es tan solo cuestión de tiempo. Antes de que acabe la semana te habrán reconocido. Me obligué a sonreír, terminé esbozando una sonrisa demasiado forzada.  —Eh, lo digo en serio. —Aseguró al notar mi malestar— Es solo cuestión de tiempo. Dentro de nada podrás ponerle nombre a tu progenitor.  —¿Cómo estás tan seguro? —Se me escapó la pregunta, con un leve tono amargo y resentido.  Me dio la impresión de que el resto de conversaciones de la mesa se detenía y que los mestizos nos miraban. Capté la mirada de advertencia de Connor.  —Nadie sabe más de esperar a que te reconozcan que yo. —Confesó llanamente el latino. Me sacudió un hombro amigablemente— No le des más vueltas, o será peor. Sonríe hombre, que la vida son cuatro días, dos llueven y uno nieva. Se me escapó una risa ante su ocurrencia. Me reí, era una tontería pero aun así, me reí con ganas. La tensión que se había formado en la mesa se disipó y cada uno volvió a lo suyo. —¿Ves? —Dijo el latino— Así mejor.  Asentí con la cabeza sin perder la sonrisa.  —Supongo que tienes razón, no es tan malo, . . . eh. . . —Me di cuenta de que no sabía su nombre, y él también. —Chris —se presentó— Chris Rodríguez.  Más tarde, aquella misma noche, me puse el pijama y me metí en mi cama, en medio de las bromas fáciles de los hijos de Hermes y los indeterminados. Era un gran ambiente, pero en cuanto las luces se apagaron y comenzó a expandirse el silencio por la cabaña, a medida que la gente se dormía, el vacío de la excama de Nigel, justo al lado de la mía, se acentuó y toda la alegría que había sentido antes de acostarme se disipó.