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Historia 186470 — capítulo 6
¡Shhhht! No os chivéis, ¡por favor! Se supone que no debería estar aquí. Teóricamente debería estar empollando y empollando sin cesar historia, así que por favor, guardadme el secreto y no le digáis a nadie que me he pasado por aquí para actualizar. ¡Disfrutad del capítulo!
A media mañana, tras el entrenamiento con espadas, nos dirigimos a clase de griego antiguo. Fue horrible, siempre he sido un negado para las lenguas y, me costó mucho pillar cuatro palabras. El sátiro instructor tuvo la santa paciencia de no tirarse de los pelos con mis meteduras de pata, pero algunos hijos de Hermes no desaprovecharon la oportunidad de hacer algunas bromas a costa de mis errores. Por la tarde, pisé por primera vez el muro de escalada. Un rocódromo que consistía en dos paredes de roca, una en frente de la otra, que se agitaban, soltaban lava y colisionaban la una con la otra. Al principio fue divertido, pero en cuanto la cosa comenzó a complicarse, aquello se transformó en una especie de escena de película de acción, con tanta agitación de los muros y tanta lava. Creo que cuando me bajé tenía menos vello corporal. Mirándolo por el lado bueno, me había depilado los brazos gratis, supongo que era una ventaja, ¿no? Tras la escalada no había ninguna clase, así que podíamos disfrutar de un rato libre. Nigel, que se había vuelto inseparable, insistió en que quería aprender a montar. Todavía no tenía ni idea de donde estaba cada cosa, así que le seguí hasta los establos, un edificio bajo y muy alargado, de madera oscura. Frente a la construcción había una cerca que delimitaba un gran círculo de arena, que debía usarse para las primeras clases. Nigel se fue a buscar a alguien que pudiese enseñarle en el interior de los establos. Yo mientras tanto, me quedé de pie observando todo aquello, hasta que una voz a mis espaldas me sobresaltó. —¿Qué, aprendiendo a montar en poni? —Bromeó Cindy. —Eh, eh, eh. ¡Alto, quieta ahí! —La frené extendiendo los brazos hacia ella— No quiero que te me acerques a menos de dos metro de distancia, donde tus brazos no puedan alcanzarme. En mi primer día había aprendido que era mucho mejor mantener las distancias con los hijos de Hermes, era más seguro para los objetos que llevase en los bolsillos. Cindy se rió y camininó hacia mí con sorna y su habitual sonrisa descarada. No tardé en chocarme de espaldas contra la cerca de madera, con Cindy —y su expresión burlona— pegada a mí. Tan cerca que si movía un dedo podría tocarle el estómago. —¿Tienes miedo de mí? ¡Pero si soy un agelito! —Dijo primero con un tono inocente y adorable, que se fue al garete en cuanto frunció el ceño y añadio resoplando— No llevas nada encima, menuda decepción. Me palpé los bolsillos vacíos instintivamente. —¿Por qué me siento tan violado cuando te me acercas? —Pregunté teatralmente, pensando que mi espacio vital había muerto. Cindy se encogió de hombros y se alejó luciendo su sonrisa descarada. —Será que eres violable. Del interior del establo salieron Nigel y otro chico que cogía las riendas de un caballo negro con alas. Aluciné nada más verlo, pero Cindy me explicó que era un pegaso. Pensé en las armas del entrenamiento y en el muro de escalada, aunque me pesase, un poni con alas no me parecía tan irreal por aquí. El chaval que lo llevaba era alto, de pelo negro azabache desordenado y rebelde, con unos ojos verdes como el mar y sonrisa fácil. —Hola —Saludó el chico—, soy Percy, hijo de Poseidón. —El caballo relinchó y movió la cabeza— Oh, y este es Blackjack. Le devolví el saludo y observé como le daba instrucciones a Nigel, que no dejaba de dar saltitos en el sitio, muerto de ganas por montarse en el caballo. Percy bromeó con él y, cuando a mi amigo le llegó la hora de subirse a la silla del equino, yo ya estaba sentado sobre la cerca de madera, y a mi lado Cindy apoyada en ella. —¿No tienes nada qué hacer? —Le pregunté de la forma más cortés que encontré, ella se encogió de hombros, indiferente. —Limpieza de cabaña —y añadió— nada importante. Nigel dio unas vueltas dirigiendo al cabllo dentro del área cercada. Cuando pasó junto a nosotros, nos saludó como los vaqueros, simulando tener un sombrero de cawboy sobre la cabeza. Percy se puso delante del pegaso y lo detuvo. —¿Quieres probar a volar? —El caballo relinchó— Blackjack estaría encantado. A Nigel pareció gustarle la idea. Percy le dio instrucciones y se alejó hasta apoyaser en la cerca junto a nosotros. Blackjack extendió las alas, trotó unos pocos metros y remontó el vuelo hacia el cielo, con el chico en su espalda dando gritos de júbilo. —A vuestro amigo le gustan los caballos. —Sonrió con los ojos fijos en Nigel y Blackjack. —Puede que te haya salido un hermanito, Jackson. —Dijo Cindy, arrancando pedazos de barniz de la cerca. En el cielo, el pegaso daba volteretas y hacía piruetas, con Nigel gritando lleno de euforia y disfrutando de aquello. Me temí que durante una de esas acrobacias mi amigo se resvalase de la silla y cayese hasta estrellarse contra el suelo, pero aquello no ocurrió. En cuanto Percy hizo que el caballo tomase tierra, Nigel se bajó de un saltó y chocó el puño con el hijo de Posidón. Mi indeterminado amigó me ofreció probar, traté de negarme, pero el chico insistió y Cindy lo respaldó dándome palmadas en la espalda. Al final, no me quedó más remedio que bajarme de la cerca. —Te doy cinco minutos —susurró la hija de Hermes en broma— ¿quieres apostar? —Gracias por tus ánimos, Harper. —Respondí con un tono sarcástico. —Cáete del caballo, Green. —Dijo ella en lugar de "Rómpete una pierna" para desearme suerte, o eso quería creer yo. Percy hizo conmigo lo mismo que con Nigel, me dio instrucciones y bromeó abiertamente para darme ánimos, consiguiendo sacarme una sonrisa. Después, me subí al caballo. Aquello no estaba mal, el pegaso se movía prácticamente solo. Cuando ya hube hecho el paripé de montar, tiré de las rienda para detener al animal, que frenó en seco. Iba a bajarme, pero Percy me animó a que tratase de volar. Desde la cerca, Nigel y Cindy gritaron en aprovación. El hijo de Poseidón trató de inspirarme confianza —que funcionó algo—. Me dio unas explicaciones para dirigir al pegaso en el aire y unos consejos. Tras darme ánimos por última vez, se alejó hasta apoyarse en la cerca junto a los dos mestizos. El pegaso relinchó como diciendo: <<Allá vamos>> y extendió sus descomunales alas. Trotó varios metros ganando velocidad y remontó el vuelo hacia el cielo como había heho antes con mi amigo. Nos elevamos unos ocho o nueve metros en el aire. No pude evitarlo, me agarré al cuello del animal. A pesar del silbido contínuo del viento en mis oídos, pude oír los ánimos de los otros mestizos desde abajo. Miré hacia ellos y me arrepentí de inmediato de haberlo hecho. La altura parecía haberse multiplicado varios triples de veces. La cabeza comenzó a darme vueltas y el estómago se me agitó. Me tambaleé sobre la silla, sin soltar el cuello del pegaso, que relinchó alarmado. —¡Bájalo, Blackjack! —Ordenó Percy con urgencia. El animal obedeció y descendió de inmediato. En pocos segundos por suerte, porque mi agarre sobre su cuello comenzaba a debilitarse a medida que aumentaba el mareo de mi cabeza y la agitación de mi estómago. Cuando tocó tierra, los mestizos corrieron hacia nosotros con preocupación. Trate de actuar como si estuviese perfectamente, salté del caballo y aterrizé milagrosamente sobre mis pies. Y digo milagrosamente porque todo el paisaje me daba vueltas. Caminé con pasos inestables y vomité. Retrocedí un escaso metro y me dejé caer sentado sobre la arena. Nigel rodeó lo que alguna vez fue mi desayuno y mi comida de aquel día y se acucliyó a mi lado, posándome una mano en el hombro. —Jo, tío, menuda pota. —Añadió preocupado—: Tienes la cara verde. Cindy se arrodilló a mi lado, examinándome el rostro con cautela y mordisqueándose el labio inferior con preocupación, mientras Percy echaba arena sobre la pota a base de patadas hasta taparla. Después, se acercó hasta donde estaba y se agachó para quedar a mi altura. —No sabía que tenías vértigo. —Yo tampoco. —Traté de que no me fallase la voz, creo que fracasé estrepitosamente. Por la mañana me abren la cabeza de un sablazo, después, hago el ridículo frente a una chica, seguido del ridículo en la clase de griego antiguo, continué dándome golpes en el muro de escalada y ahora, vomito tras subirme a un caballo. Genial, Edwin, tú sigue rompiendo récords. —Deberíamos llevarlo a la enfermería. —Sugirió Nigel. —¡No! —Protesté, tenía suficiente con haber hecho el idiota frente a Kayla una sola vez por hoy, gracias. —No hace falta. —Intervino Percy— Dadle algo con azúcar y se le pasará enseguida. —Se volvió hacia Cindy— Tú podrías conseguirle algo, ¿no? La hija de Hermes lo miró indignada. —La duda ofende, ¿sabes? Esperaron unos pocos segundos a que me sintiese un poco mejor y entre Cindy y nigel, me cargaron cada uno de un lado y me llevaron a la cabaña de Hermes, me sentaron en los escalones del porche para que me diese el aire y Cindy salió del interior de su cabaña con unca Coca Cola llena de azúcar para mí, y de paso, dos más para ellos.