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Historia 186470 — capítulo 5

Del resto de cabañas también salieron grupos de adolescentes y niños. En algunas eran abundantes, en cambio, en otras los ocupantes eran muy escason —conté varias con un solo residente— y había un par en la que no había ningún okupa. Como por ejemplo en la dos  o la ocho. Nigel me decía que durante la hora de las comidas la cabaña once era divertidísima, todos bromeando, riendo y lanzándose comida de punta a punta. Llegamos al pabellón con estilo griego y seguí a la cabaña once hasta una mesa. Nigel me explicó  que cada casa tenía su propia mesa y que los vasos se llenaban con la bebida que le pidieses, siempre y cuando no fuese alcohólica. Él pidió una Coca Cola, yo prové con una Fanta de Naranja y el vaso se llenó con un líquido anaranjado.  El director del campamento le dio la bienvenida a su hijo Pólux, y después me presentó como a Edgar Grace. Pero Quirón le susurró algo al oído y al repetir la bienvenida acertó con mi nombre. Cuando el dios se sentó a su mesa, pude ver a su lado a Pólux y a una chica menuda a su lado, con pelo castaño claro que aparentaba unos doce años y compartía sus mismis ojos. Volví la atención a mi mesa en cuando los vacíos platos se llenaron de puré de patatas en una mitad y carne de ternera en la otra. Ya tenía los cubiertos en la mano y me disponía a devorar mi cena cuando Nigel me detuvo. —Espera, antes hay que ofrecer parte de la comida. —La gente de nuestra mesa comenzó a ponerse en pie— En mi primera noche, comí antes de la ofrenda. Menuda vergüenza pasé. Me levanté y seguí al chaval hasta una hoguera, donde todos lanzaban parte de la comida y murmuraban diferente nombres de dioses y diosas. —Se lo ofrecen a sus padres, —me explicó Nigel. Él iba delante de mí, así que le vi lanzar un pedazo de la carne y murmurar algo. Cuando se alejó de vuelta a la mesa, me llegó el turno a mi. Durante unos segundos me quedé petrificado sin saber a quién ofrecérselo. Hasta que lancé un poco del puré. —Quienquiera que seas, —susurré— por favor, preséntate. Y volví a mi mesa sintiéndoe estúpido. No había conocido a mi madre en toda mi vida y ahora le ofrecía parte de la comida, con la vana esperanza de que me reconociese, y de ser posible, de verla en persona. Cuando llegué a la mesa de Hermes, me senté junto a Nigel y le pregunté: —¿Y esto se hace todas las noches? Él se rió. —Lo hacemos en todas las comidas. —Se encogió de hombros— Es una tradición. —¿Y no podemos saltárnosla? ¿Aunque sea una sola vez? —No. —Respondió uno de los chicos que lideraba la cabaña, sentado frente a Nigel— Es una muestra de respeto a los dioses. ¿Ves a esa chica de allí? —Señaló a una adolescente con el pelo oscuro y largo, de piel ligeramente morena que le resaltaba los ojos claros, sentada en una mesa llena de gente que vestían como mecánicos o con ropa sucia por la grasa y el hollín— Carolina Mason, en su primera noche lanzó la comida al suelo y le ofreció a su padre la bandeja vacía, Quirón y el señor D la castigaron severamente. Muy maja, por cierto.  Asentí con la cabeza. No me apetecía lanzar parte de mi comida al fuego, y menos estando tan hambriento como ahora, pero menos ganas tenía de que me castigasen. ­—Por cierto —dijo el chico—, soy Connor Stoll, colíder de la cabaña.  Al principio, la gente comía y reía tranquilamente, hasta que Connor y su hermano —que creía recordar se llamaba Travis— empezaron una guerra de comida con migajas y trozos de pan. Nigel se unió a la batalla y yo no tardé en seguirle. Cogí una rebanada de pan y se la arrojé a Cindy, al otro lado de la mesa.  El trozo le dio en la frente, dejándole rastros de pan por el pelo,  y me miró. Me dedicó una sonrisa malévola y me  lanzó un pedazo de pan excesivamente grande. Logré esquivarlo y pasó volando sobre mi cabeza. Como estaba en el extremo de la mesa, el proyectil salió disparado hasta la mesa de al lado e impactó contra la cabeza de una chica, dejando migajas en su pelo azabache. La chica extendió la mano, un halo de luz verdosa brilló en torno a todo el pan de su mesa, que se elevó de la cesta que había en medio de los demás platos y salió volando a una velocidad de vértigo hasta estrellarse contra Connor. Algunos panes también chocaron contra Travis y salpicaron a los pobres que se sentaban cerca.  —¡¿Pero qué haces, Lou?! —Se quejó Connor. —Haz el favor de controlar a tus hermanos, Stoll. —Le espetó la chica, quitándose con los dedos las migajas de pan del pelo.  Observé como Cindy se encogió en su asiento, tratando de pasar desapaercivida, con una sonrisilla traviesa en los labios. El resto de la cena pasó igual. Al finalizar, seguí a los demás hasta la hoguera, donde se pusieron a cantar canciones de campamento sobre los dioses. Cogimos algunos malvaviscos y los asamos al fuego, como un campamento normal y corriente. Cuando estuvo a punto de sonar el toque de queda, me dirigí a la cabaña once, corriendo con Nigel sobre mi espalda, sugetándose a mi cuello con los dos brazos y animándome a acelerar,  en una carreta contra Travis Stoll, que llevaba a Cindy, y Connor, que llevaba a un chico rubio de unos trece años.  Al final, el que primero llegó a la cabaña y ganó la carrera fue Travis. Me gustaría decir que por lo menos quedé en segundo lugar, pero el chico que llevaba Connor era más joven y menos pesado que NIgel. Algunos de los hijos de Hermes que habían apostado cobraron los dracmas, los que habían perdido les dieron el dinero resoplando. Sentí mucho haber hecho que alguin perdiese dinero por no ganar, si es que alguien había apostado por mí.  A la mañana siguiente, Connor me entregó una muda de ropa nueva y unas deportivas negras. Me cambié y me fijé en que casi todo el mundo llevaba la misma camisa naranja que yo, en la que se leía  <> en negro. El chico se encargó de llevarme a la armería y me ayudó a buscar una espada que me fuese bien para el entrenamiento. Cuando me informó que entrenábamos con armas de verdad, se rió de la cara aturdida que puse. Me costó hacerme a la idea, pero al final, terminé aceptándolo. En cuanto me hice con un arma, salimos corriendo para alcanzar al resto.  A la cabaña de Hermes se unieron un par más, las de Némesis y la de Dioniso. Pólux se enparejó conmigo, y Nigel con Ariadna, la medio hermana de Pol. Mientras aprendía a moverme con la espada —gracias a los consejos de mi amigo hijo del director— obervé como mi indeterminado amigo se sonrojaba ante su oponente y trataba de entablar conversación con ella, balbuceando. Nunca se lo diré a Nigel, pero me estaba aguantando la risa al verlo. Tan ocupado estaba observando como el chico intentaba hacerse el interesante frente a Ariadna, que no subí la espada lo suficiente y Pólux me cortó el pelo del lado derecho de la cabeza, y me abrió una pequeña brecha en la sien y la frente.  Solté la espada y me llevé la mano a la herida. La cálida sangre brotó de mi frente y me humedeció la mano. Me tambaleé hacia atrás, mareado como una sepia. El resto detuvieron sus combates y nos observaron. Pólux me agarró por los hombros para estabilizarme, con la preocupación en los ojos.  —¡Edwin, lo siento! —Se disculpó lleno de pánico— ¡Oh, dioses! Tienen que curarte esa herida. Pólux se pasó mi brazo derecho sobre los hombros y puso su brazo libre al rededor de mi cintura, cargándose mi peso. Me llevé la mano izquierda a la herida y dejé que el hijo de Dioniso me arrastrara. Me encontraba demasiado mareado como para moverme yo solo.  El trayecto se me hizo eterno y lleno de náuseas, pero Pollux logró llevarme hasta la enfermería, completamente desierta, excepto por una chica que estaba de guardia. En cuanto nos vio llegar, se quitó los auriculares que llevaba en las orejas e hizo que mi amigo me tumbase en una camilla.  Por el rabillo del ojo, vi como urgaba en los cajones y venía corriendo hacia nosotros. Me obligó a comerme algo parecido a una barrita energética y me dió de beber un vaso alto, lleno de un líquido espeso que me supo a zumo de manzana. Inmediatamente, el mareo desapareció junto con las náuseas y me sentí mejor, me incorporé y traté de moverme, pero la chica me puso la mano en el hombro y me detuvo. —No tan deprisa, no se te ha cerrado la herida del todo. —Informó con tono autoritario— Tengo que vendártela. Se sentó en el borde de la camilla, se inclinó sobre mí  y me vendó la frente con sumo cuidado y precisión, moviéndome la cabeza de vez en cuando. Mientras lo hacía, me fijé mejor en ella. Aparentaba unos quince años, era rubia y tenía el pelo largo, liso y limpio. En su cara brillaban unos ojos celestes. Su rostro era precioso, bellísimo. Toda ella era guapísima. Me sonrojé inmediatamente. Me avergonzé de que la chica hubiese oído todos los quejidos que habían salido de mi boca durante todo el trayecto, incluso tumbado en la camilla. Pólux acercó una silla junto a la cama y se sentó, con el rostro marcado por el remordimiento.  La chica se separó de mí, aún sentada en el borde de la camilla. Se aseguró de que había colocado perfectamente la venda y sonrió satisfecha cuando lo hubo comprovado.  —¿Has cabreado a algún hijo de Ares para terminar así? —Preguntó sin perder su radiante sonrisa.  Como me sentía parcialmente mejor, logre responder. —Que va. Ha sido ese tipo de ahí —Hice un gesto señalando a Pólux—, es un mal peluquero. Le pedí que me recortara las puntas y se le ha ido la mano.  La rubia se rió dulcemente y miró al hijo de Dioniso con una ceja enarcada. Pólux bufó, puso los ojos en blanco y finalmente,  sonrió.  —Al menos te lo has tomado con humor. —Se encogió de hombros. —Siento haberte abierto la cabeza. Perdóname. —¡Eh! Estoy bien, deja de disculparte. Esta amable chica —La miré de reojo— me ha curado, ¿vale?  Pólux se recostó en su silla, cabeceando afirmativamente. Levantó los pies y los acruzó sobre la camilla. —Siendo hija de Apolo, me hubiese extrañado que no lo hiciese. —Dijo. Miró a la chica con el ceño fruncido— Ahora que lo pienso, los de Apolo sois los que más cualidades tenéis.  La rubia se echó atrás, apoyando las manos sobre el colchón y soportando todo su peso con los brazos.  —Ventajas de ser hija del mejor dios del Olimpo. —Presumió, guiñándole un ojo con diversión.  Se fijó en que la estaba mirando y añadió—: No nos han presentado, soy Kayla, segunda al mando de la 7. —Me llamo Edwin. —Me apresuré, demasiado, en responder. Pólux sofocó una risa y tuve ganas de golpearle las piernas.  —Ah, el nuevo. —Me arregló dulcemente la venda de la cabeza— Pásate de nuevo mañana temparano, para que te cambien la venda. Suerte que no vas a necesitar puntos. —¿Estarás tú? —Formulé la pregunta antes incluso de darme cuenta. Me sentí estúpido e imbécil ipso facto.  Kayla no supo cómo actuar durante un instante, en el que resonaron las risas sofocadas de Pólux, pero al finalsonrió con nerviosismo y respondió: —No sé, esta noche nos jugaremos los turnos.   Kayla dejó que me marchara, supongo que para poder reírse de mí y, sinceramente, yo también me hubiese reído de lo idiota que puedo llegar a ser a veces. Una vez salimos de la enfermería y nos hubimos alejado unos cuantos metros, Pólux estalló en carcajadas. Resoplé y me dispuse a soportar sus burlas. —<<¿Estarás tú?>> —Imitó mi voz y se rió, se rió tanto que terminaron saltádosele algunas lágrimas. Se doblo sobre sí mismo y se agarró el estómago— Ha sido brutal. —Casi prefería al chico que no dejaba de disculparse. —Bufé exasperado. —Tendrías que haberte visto. —Rió y se burló— Te ha gustado Kayla, ¿eh?  Le golpeé el hombro con un puñetazo y le dí la espalda, rezando para que no viera mi sonrojo. A veces puedo llegar a ser tan imbécil.  —Eh, no te enfades, Edwin. Todos alguna vez nos hemos quedado embobados mirando a una hija de Afrodita o Apolo.  Me encaminé de vuelta a la arena, para continuar con el entrenamiento, escuchando las continuas risas del hijo de Dioniso. Por suerte, cuando llegamos tuvo la decencia de no mencionar nada.