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Historia 186470 — capítulo 4
Pólux corrió a rodear el árbol con una radiante sonrisa pintada en la cara. Miré por encima del hombro el paisaje a mi espalda. Suspiré, supongo que había llegado demasiado lejos como para echar a correr hasta Denver ahora. Rodeé el árbol siguiendo a Pólux y me dio un vuelco el corazón. Tumbado en las raízes del árbol, había un dragón enorme, de escamas doradas y con sientes como cuchillas. Y Pólux estaba acuclillado frente a él, rascándole debajo de la cabeza como si fuera un simple perro inosfensivo, aunque pensándolo bien, ya no me fiaba ni de los perros. El dragón me lanzó una baga mirada y soltó un sonido gutural. Pólux se volvió hacia mí. —Edwin, —sonrió— este es Peleo, se encarga de vigilar y proteger el Vellocino de Oro y el árbol. —¿El vellocino de oro? Pollux sonrió, rascándole el cuello al dragón. —Esa cosa que cuelga del árbol. Miré al pino y vi la capa de oro. En ese momento me sentí idiota por no haberlo deducido. Pólux le rascó la cabeza al dragón y se puso en pie. Se volvió hacia mí. —Anda vamos, —dijo sonriente— voy a presentarte al director del campamento. Asentí con la cabeza y caminé junto a él. Tras unos minutos, alcanzamos la cumbre de la colina y desde allí pude ver lo que debía de ser el Campamento Mestizo: unos campos de fresa que se extendían ámpliamente —donde había sátiros y algunos chicos recoguiendo fresas, un lago y un pabellón al estilo griego. Pólux me dio un golpecito en el pecho con el dorso de la mano y señaló una casa azul de dos plantas. —Vamos ahí. —Anunció— Venga, te va a encantar todo. Sonreí, no quería decirle que dudaba de que aquello me llegase a gustar. Pólux me condujo por el lugar. Pasamos junto a una pista de boleibol, en la que jugaban algunos chicos y unos sátiros. Me llamó la atención una pequeña chica, de no más de unos 13 años. Contrastaba con el resto de jugadores, todos altos. Sin embargo, era una gran jugadora, daba saltos altos y siempre lanzaba la pelota a zonas clave. Pólux los saludó con la mano. Los jugadores le devolvieron el saludo y uno de ellos vino corriendo hacia nosotros. Era alto y con el pelo rubio, reluciente al sol. Su piel bronceada y su pelo revuelto le daban pinta de surfista. Llegó hasta nosotros y saludó a Pollux estrechándole la mano y con un rápido medio abrazo. —¿Qué tal el viaje? —Movidito como siempre —respondió mi amigo— pero ha ido bien. Austin, te presento a Edwin, nos cruzamos en Denver. El chico con pintas de surfista se volvió hacia mí y me estrechó la mano. —Encantado, soy Austin. Cabaña 7, la de Apolo. Me sonaba el nombre de Apolo, aunque no tenía ni idea de quién era. Decidí tragarme ese pequeño detalle. —Un placer, soy Edwin. Austin se quedó mirándome, esperando a que añadiera algo. —Indeterminado. —Explicó Pólux— Quizá esta noche le reconozcan. Austin asintió y volvió al partido de boleiboi. Pólux me apremió a que le siguiera hasta la Casa Grande —así había llamado a la casa de dos plantas—. Durante el tren me había explicado lo del reconocimiento. Tenía la esperanza de volver con mi padre si eso no ocurría. Nos plantamos frente al porche de la Casa Grande. En él había un hombre bajito y regordete jugando a las cartas con otro hombre, de pelo castaño enmarañado, sentado en una silla de ruedas. Mi amigo sonrió y subió las escaleras de un salto, con una radiante sonrisa en los labios. —¡Hola! —Saludó lleno de felicidad, con los brazos extandidos hacia los lados. La partida de cartas se detuvo. El hombre en silla de ruedas se volvió y le sonrió con afecto. El otro, sentado en el lado opuesto de la mesa, se levantó sonriendo y corrió a abrazar a Pólux. —Hijo mío, me alegro tanto de verte sano y salvo. —Se separó de él y lo examino de arriba a abajo con la mirada— Porque, estás bien, ¿verdad? El chico sonrió suavemente. —Perfectamente, nada que la ambrosia o el néctar no puedan arreglar. —Después, añadió—: Estoy bien, de veras. Me sentía extraño en aquella escena. Pólux no me había mencionado nada de que su padre se encontrase por aquí. Quizás se había enterado de que su hijo venía hoy y estaba de visita. Siendo un dios omnipresente supongo que podía hacerlo. El hombre en silla de ruedas se fijó en mí y sonrió cándidamente. —Veo que vienes acompañado, Pólux. —Dijo suavemente— ¿Nos presentas a tu amigo? Pol me hizo un gesto para que me hacercase. Caminé con ellos a paso lento y les saludé educadamente. Pólux se apresuró a hacer las presentaciones. —Os presento a Edwin Green, indeterminado. —Anunció. Señaló al hombre en sila de ruedas— Este es Quirón, legendario entrenador de héroes y, nuestro director de actividades. —Después se volvió hacia el otro hombre, su padre por lo que acababa de ver— Y este es Dioniso, el director del campamento. Abrí los ojos como platos y creo que dí un liguero bote en el sitio. —¿Tu padre es el director del campamento? —Aluciné— ¡Eso no me lo habías contado! —Tampoco me habías preguntado. —Esa excusa no me sirve. —Me crucé de brazos, enfurruñado. Quirón tenía esbozaba una leve sonrisa. Dioniso me escudriñó con la mirada, analizándome de arriba a abajo. Ladeé la cabeza. El director/padre del chaval que me había traído aquí, y no se había molestado en contarme ese pequeño detalle, sonrió. —Quirón, podrías encargarte de llevarlo a la cabaña 11. —Pidió amablemente— Me gustaría hablar con mi hijo en privado. —Por supuesto, señor D. —Sonrió. Lo siguiente que hizo Quirón me dejó atónito y sin palabras. Se apoyó en los reposabrazos de su silla y se impulsó como si fuese a levantarse. Y salió de la silla, pero no dando saltitos con dos piernas, no. Salió de ella con ¡las patas de un caballo! De cintura para abajo, tenía cuatro patas de un semental blanco. —Por favor, señor Green. —Pidió Quirón— Sígame. Dio unos pasos lejos del porche y esperó a que le siguiera. Sacudí la cabeza para quitarme la confusión de encima. Si un chihuahua podía transformarse en una criatura híbrida entre cabra, león y serpiente, un hombre podía tener parte de caballo. Podía procesarlo rápidamente. Me apresuré a alcanzarlo y caminé junto a él, oyendo sus explicaciones sobre los dioses. Quirón daba unas explicaciones muy precisas y, de vez en cuanto, me hacía preguntas para asegurarse de que lo iba pillando todo. Llegamos a lo que él llamó El área de cabañas, una zona formada por una veintena de casas, cada una de un estilo, forma y color diferente, y dedicada a un dios o diosa en particular. En el centro, había una pequeña hoguera en la que crepitaba un brillante fuego anaranjado. Junto a ella, había una niña de unos nueve años con una vara, atizando el fuego. Nos dirigió una cándida mirada con sus ojos del mismo color de las llamas, y nos saludó con una sonrisa igual de cálida que sus ojos. Quirón y yo le devolvimos el saludo. El centauro, así me había explicado Quirón que se llamaba su especie, me condujo hasta una cabaña de madera de roble, con el número once colgado sobre la puerta, algo torcido. Subí las escaleras y me arrepentí de hacerlo al ver que aquel miniporche de la cabaña era demasiado pequeño para Quirón. —Llama a la puerta. —Sugirió el centauro. Asentí con la cabeza y di unos golpes secos contra la puerta de caoba. El bullicio que se oía al otro lado se detuvo de golpe. Unos segundos después, la puerta se entreabrió y una chica asomó la cabeza. —¿Sí? —Preguntó ella. Tenía el pelo castaño liso, una nariz respingona y las cejas arqueadas. Un par de pecas resaltaban contra la nívea piel de su rostro. Sus ojos castaños y atentos se centraron en los míos de inmediato. —Hola, ¿querías algo? Quirón respondió por mí. —Cindy, querida, ¿podríais hacerle un hueco a Edwin? —Pidió amablemente— Acaba de llegar y estamos esperando su reconocimiento. —Descuida, Quirón. —Dijo ella, con una sonrisa torcida— Lo cuidaremos bien. El centauro asintió, se despidió de nosotros y se alejó trotando. Prometo que durante un segundo creí ver la sombra de una sonrisa en sus labios. Me volví hacia la chica sin saber qué hacer. Ella abrió la puerta de par en par, haciéndose a un lado para dejarme entrar y se presentó. —Cindy Harper, hija de Hermes. Adelante, como si estuvieses en tu casa. —Edwin Green —me presenté—, hijo de Max Green. La chica me sonrió y me hizo un gesto para que entrase. Al pasar por su lado, me fijé en que a penas me llegaba por los hombros y me sentí más alto. En el interior, había un montón de adolescentes de diferentes edades, ninguno demasiado mayor. Muchos compartían los mismos rasgos que Cindy, en canvio, había otros que no se parecían en nada. —Ven. —me indicó que la siguiera— Puedes instalarte en esa litera del fondo. La seguí entre las miradas curiosas de los demás chavales, sintiéndome incómodo con ellas. Cuando llegamos a la cama que indicaba Cindy, nos detuvimos y el chico de al lado, habló. —Ten cuidado. —Me advirtió— Hermes no solo es el dios de los viajeros, también lo es de los ladrones. —Rió— No te acerques demasiado a tus hijos. Bufé y finjí que temblaba. —Uy, ¡que miedo! —me burlé fingiendo temblar— Van a robarme la camisa, lo único que tengo. Cindy se rió. —Ni de coña te robaría la camisa, es un par de tallas más grandes. Aunque espero que no te importe que me quede con este paquete de chicles. Lanzó al aire un pequeño paquete de cartón verde, que contenía chicles de menta, y lo atrapó con la mano, sin dejar de sonreír de forma descarada. Inmediatamente, me palpé los bolsillos alarmado y los encontré vacíos. —¡Eh! —Protesté ante varias risas— ¡Devuélvemelos! Cindy cogió uno, se lo llevó a la boca y me lanzó el paquete . Resoplé indignado. La hija de Hermes hizo una burbuja con el chichle, la explotó y se alejó sonriendo, no sin antes sacarme la lengua. Me senté en mi litera, tomando nota mental de no enemistarme con descendientes de Hermes. El chico que antes me había advertido se sentó a mi lado. Tenía el pelo azabache casi rapado, los ojos castaños, la piel olivácea y aparentaba unos catorce años. Se presentó con una sonrisa amigable. —Nigel Harris, indeterminado. Me pasé un rato hablando con él. Era un tipo simpático y bastante hiperactivo. Me explicó que la mayoría de semidioses suelen ser disléxicos o hiperactivos. Él padecía las dos, yo por mi parte, solo tenía que afrontar la disléxia. El resto de la cabaña se puso en pie y se dirigió hacia la puerta cuando oyeron resonar una caracola. Se situaron todos tras dos chicos idénticos, ambos altos, delgados y con el mismo pelo castaño que les cubría gran parte de la cara. Nigel me explicó que aquello indicaba la hora de la cena. Me puse tras él en la cola que se formó para ir a comer.