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Historia 186470 — capítulo 3

El viaje de Denver a Nueva York duró casi un día. Después de cenar en el bagón restaurante, Pólux y yo volvimos a nuestro compartimento, que por suerte no compartíamos con nadie, y me explicó cómo iba todo en el Campamento Mestizo, donde mi padre y él habían acordado llevarme. Si no había entendido mal, el campamento era un lugar en el que los hijos de dioses y diosas griegos se reunen para entrenar y prepararse. En él, hay un centauro milenario que se encarna el papel de director de actividades, adolescentes con poderes sobrenaturales, espiritus de la naturaleza y un dios principal como director del campamento. Más o menos había dicho algo parecido. Encendí el televisor del compartimento,  atornillado a la pared, y me tumbé en la litera de arriba. No podía creerme que nada de aquello fuese real. Eso misma tarde, a mi padre y a mí nos había atacado un chihuahua, transformado en una criatura mezcla de cabra, serpiente y león —que Pólux llamó quimera— y más tarde, mi nuevo amigo se ofrece a llevarme a un campamento, con la inmediata aprovación de mi padre. Raro.  Pólux se apoyó en mi litera. —Puedo dejarte algo de ropa, si quieres. Negé con la cabeza. No había traído ropa, pero no me importaba. —Tranquilo, estoy bien. —Me fijé en que llevaba un pijama de verano, no demasiado apropiado para el otoño— ¿Vas a acostarte?  Asintió con la cabeza. —En serio, puedo prestarte algo. —Pol, tranquilo. No necesito nada. —Abrió la boca para protestar— Duérmete de una vez. Se escondió, esbozando una gran sonrisa,  en la litera de abajo cuando hice ademén de golpearle con la almohada. Apagué el televison con el mando adistancia y lo tiré sobre la mesilla que había junto a las literas. Me tapé con la sábana y apagué la luz. —Buenas noches, Pólux. —Que Morfeo te lleve dulces sueños. —¿Qué clase de 'buenas noches' es esa? —Me escandalicé. Enseguida oí la risa del chico.  —Anda, hasta mañana. En pocos minutos, el hijo de Dioniso se rindió a los sueños y yo me quedé despierto, sin poder concilir el sueño. No dejaba de darle vueltas a todo lo que había ocurrido hoy. Cómo en un segundo había cambiado todo. Pero lo que más me preocupaba era no saber qué pasaría mañana, no saber si subirme a este tren con un desconocido había sido buena idea.  Finalmente, cerré los ojos y me dormí, con el deseo de que al abrirlos mañana, vería la luz matutina cruzar la penumbra de mi habitación a través de la persiana. Pero eso no ocurrió. Al abrir los ojos, me encontré con el techo del bagón, tapizado con madera de roble. Me sente en el borde de la litera, con las piernas colgando, y me bajé con cuidado. Pollux seguía dormido, así que me calcé y salí del compartimento sin levantar el menor ruido. A las ocho de la mañana no había nadie por los pasillos. En el bagón comedor tan solo había cuatro personas: el encargado y tres pasajeros más, dos de ellos —chico y chica— sentados muy acaramelados al fondo del local. Me hice con una bandeja de plástico y la llené con cruoissanes, unas tostadas y un vaso de leche.  Me encaminé hacia una mesa junto a la ventana y, justo cuando estaba a punto de llegar, el tren dio una sacudida y por poco desparramo mi desayuno por el suelo. Sin que se me cayese nada, dejé la bandeja con sumo cuidado sobre la mesa y me senté junto a la ventana. Observé como el paisaje corría a toda velocidad al otro lado del cristal, así es como había transcurrido mi vida el último día, demasiado deprisa para procesarla. Suspiré, aparté la vista de la ventana y me dispuse a comer. Lo primero que me terminé fueron las tostadas. Después, iba mojando el croissant en la leche y mordisqueándolo poco a poco, dándole sorbos al vaso. Me había terminado el croissant por completo cuando el otro pasajero se acercó a mí. Era un hombre de mediana edad, ataviado con un oscuro traje de algo parecido a la seda y el pelo entrecano peinado cuidadosamente. En la mano izquierda llevaba un bastón tallado en caoba oscura y, con la mano derecha iba tocando asiento por asiento, hasta que llegó a mi mesa. —Buenos días, joven. —Saludó educadamente. Carraspeé y le devolví el saludo. El hombre deslizó la mano por la parte superior del respaldo de la silla frente a la mía y se sentó con cuidado, colocó el bastón entre sus rodillas con cuidado de no golpear nada y se quedó mirando un punto perdido sobre mi hombro derecho.  Lo miré a los ojos y sentí una sensación extraña en el pecho, una punzada de un sentimiento desconocido. Tenía los ojos lechosos y era ciego. Quise decir algo, pero no sabía qué. Aunque no tuve que quebrarme mucho la cabeza buscando alguna cosa que decir, el hombre habló primero. —Me llamo Tiriseias. —Se presentó cortésmente. Me apresuré en responder. —Yo Edwin Green, encantado, señor. Tiriseias asintió sin despegar los ojos de algún lugar por encima de mi hombro.  —Ah, Edwin. —Suspiró melancólicamente— Eres joven, todavía te queda mucho por vivir. No puedes ni imaginarte que te depara el destino. Vosotros, los jóvenes, vais por la vida demasiado deprisa, como si fuese vuestro último día. Carpe diem, ¿eh? —Rió con sutileza y apoyó las manos en la parte superior del bastón. —Bueno —intervine yo— nunca se sabe lo que puede pasar, ¿no? Tiriseias sonrió ampliamente. Como si supiese un chiste que yo no. Se inclinó sobre la mesa y adoptó un tono confidencial.  —Por eso debemos ir con cuidado. —susurró— Ve despacio, observa atentamente y no tengas prisa. No podemos evitar al destino,  pero hay que procurar no estropear el presente. Aunque digan que de los errores se aprende, demasiados fallos pueden llegar a tener consecuencias nefastas. No te preocupes por lo que no puedes controlar, tú disfruta con tus amigos antes de cuando debáis separaros. ¡Ah! Y respeto y educación ante todo, no es buena idea ir enfadando a la gente.  Asentí con la cabeza, un segundo más tarde me di cuenta de que no podía verme. —Lo tendré muy presente, señor.  Tiriseias se puso de pie. —Sería conveniente. —Aprobó— Saluda al viejo maestro de mi parte.  Y se alejó por el vagón sin esperar respuesta alguna. Observé como su figura caminaba palpando todo el mobiliario a su paso, hasta que se perdió tras una puerta y no pude verle. Me quedé mirando por donde se había marchado, rememorando la conversación, no había sido muy larga, aunque tampoco parecía muy relevante, solo un hombre mayor tratando se sentirse sabio, supongo.  El resto del día fue un aburrimiento hasta que nos bajamos del tren y cogimos un taxi hasta Long Island Sound. Y he de confesar que el taxista no fue el único que se flipó cuando Pólux le dijo que se detuviese y nos dejase en medio de la carretera. Aunque después alegó que un familiar suyo tenía una casa de campo por esa zona y el conductor se lo tragó.  Observé como el taxi se alejaba rumbo a la ciudad, volviéndose cada vez más y más pequeño hasta desaparecer.  —Venga, vamos. —dijo Pólux con un claro tono emocionado. En sus ojos brillaba la excitación— El campamento te va a encantar, ya verás. Asentí con la cabeza y ascendí por la colina Mestiza tras él. Durante la caminata entre los árboles, Pol me explicó porqué se llamaba así. Me contó como una hija de Zeus se había sacrificado luchando ella sola contra una horda de monstruos del averno, para salvar a otros dos semidioses —o mestizos, me había explicado— y un sátiro —chico de cintura para arriba y cabra de cintura para abajo—. Y añadió que la chica se transformó en un árbol que protege el campamento, hasta que unos años atrás, chica y pino quedaron separados.  Pólux tuvo que insistir bastante con la historia, porqué me creí el principio a pies juntillas, pero al resto le puse pegas, sin creérmelo. También me iba describiendo el luhar al que íbamos con pelos y señales, claramente emocionado por estar de vuelta.  Llegamos hasta un pino que se elevaba por encima de los demás, con una especie de manto dorado colgado de una rama baja. Pólux se detuvo y se volvió hacia mí con una sonrisa en la cara. —Aquí está el árbol que te dije. La frontera del Campamento Mestizo.

¡Feliz año nuevo! Lo sé, algo tarde, pero en fin.  No tenéis ni idea de la de tiempo que llevo queriendo incluir a Tiriseias en algún fic o one shot. ¡Ya iba siendo hora! Bueno, tercer capítulo publicado, espero que os guste.  ¡Besos!