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Historia 186470 — capítulo 2

El desconocido me hizo atravesar las calles de Dénver a toda velocidad. Me estaba quedando sin aliento, las piernas amenazaban con hacerme caer por el esfuerzo y no conocía de nada a aquel chico. Pero aun así, los instintos me gritaban que no dejase de correr. Recorrimos varias manzanas sin detenernos, cosa que no me estaba sentando nada bien. Pasamos por un par de calles transitadas hasta llegar a un estrecho callejón, donde nos detuvimos a recuperar el aliento. Nada más dejar de correr, me derrumbé sobre el suelo. El desconocido se apoyó contra la pared y me fijé en él. Debía de tener unos 18 años, era alto y atlético, con el pelo rubio un poco rapado por los lados y más abundante en la parte de arriba. Vestía tejanos y una camiseta de un equipo de fútbol. Una bolsa de viaje negra colgaba a su lado derecho, con una correa que le cruzaba el pecho. Sus ojos azules se cruzaron con los míos. —¿Estás bien? Asentí jadeando.  —¿Qué has hecho para que te ataque la quimera? —¿Qué es la quimera? —Pregunté entre jadeos, con algo de dificultad. Aquella carrera no me había sentado nada bien. —Esa cosa que casi te mata. La mezcla de león, serpiente y cabra.—Me aclaró el chico— ¿A quién has cabreado? —No he hecho nada.   El chico me miró perplejo. Después puso los ojos en blanco y soltó una risotada amarga. —Sí que tienes mala suerte, —Se impulsó con los brazos lejos de la pared— o un olor muy fuerte. —Me ofreció la mano— Soy Pólux, hijo de Dioniso. ¿Dioniso? Debía de ser algún famoso, aunque el nombre no me sonaba de nada. ¿Podría ser algún cantante? Dioniso sonaba a nombre artístico un poco extraño. Me puse en pie con dificultad y le estreché la mano. — Edwin, hijo de . . .  ¡Papá! —Grité lleno de pánico— ¡Mierda! ¡Mi padre estaba conmigo!  ¿Cómo podía haber olvidado a mi padre? Me dirigí fuera del callejón, con las piernas débiles. Entré en una calle ancha y repleta de gente. Pólux me alcanzó, pero no hizo ademán de detenerme. Miré en todas direcciones, pero no le vi. El miedo me inundaba, la culpa y los remordimientos me carcomían por dentro. Había salido corriendo sin siquiera pensar en él. ¿Qué clase de hijo estaba hecho? —Oye, quizás suene algo cruel, —musitó Pólux con nerviosismo— pero más vale que te muevas. La quimera seguirá nuestro rastro, no el suyo. —¿Cómo estás tan seguro? —Espeté. El chico no merecía que la tomase con él, pero estaba tan furioso que no podía ser educado. —Porque los monstruos como ellos persiguen el rastro de semidioses, como tú y como yo. Me detuve en seco y le miré. Otra vez esa palabra. —¿Semidioses? —Mitad dios y mitad humanos. —Respondió con simpleza, luego se fijó en mi expresión desconcertada— ¿No tienes ni idea? Pensé que lo sabrías, eres . . . mayor. ¿Cuántos años tienes? ¿Unos dieciséis, diecisiete? Me quedé mirando al chico, completamente confundido. ¿Aquello de semidiós era alguna especie de broma o iba en serio y Pólux estaba loco? Sacudí la cabeza con urgencia. —No tengo tiempo para esto, debo encontrar a mi padre. Intenté avanzar unos pasos, pero Pólux me puso una mano en el hombro y me retuvo con fuerza. Su expresión era afligida. —Debemos movernos, —Insistió— seguirán nuestro rastro, no el suyo. Cuanto más nos alejemos, más a salvo mantendrás a tu padre. Aquello me sentó como un puñetazo en los piños. No es que creyese completamente en lo que el chico me estaba diciendo, pero en cuanto te hablan de proteger a tu familia. . . Daba igual. Tenía que reunirme con mi padre. —No sé de que va todo ese rollo de semidiós, —murmuré— pero ahora mismo, no me importa demasiado. Intenté sacudirme su mano de encima, pero tenía un buen agarre. —No me crees. —Suspiró— Escucha, todo ese "rollo", como tú lo llamas, es real. ¿Acaso no has vivido sin conocer a uno de tus padres? ¿No te ha ocurrido nunca nada extraño, algo que solo tú has visto?  Ahí me pilló con la guardia baja, el tema de mi desaparecida madre era una herida abierta, nunca se cerraría del todo. En cuanto a hechos extraños, recuerdo haber estado jugando en el patio del colegio, cuando tenía unos cuatro años, fui el único que vio unas palomas con picos y garras de algún metal bronceado. Le miré a los ojos con toda la dureza de la que fui capaz. Pólux me sostuvo la mirada sin inmutarse. No sé cuanto tiempo estuvimos en aquella batalla visual, pero el motivo de mi preocupación apareció por un extremo de la calle. Mi padre gritó mi nombre y vino corriendo. Nada más verlo, me inundó una extraña alegría, que me hizo tener ganas de reírme, aunque no lo hice. Pólux retrocedió un paso cuando mi padre llegó hasta nosotros y me abrazó. Le correspondía al gesto, sintiendo como su presencia me llenaba de alivio. Estaba vivo, y yo era completamente feliz con eso. Pólux carraspeó. —Disculpe, señor, —interrumpió el chico— ¿sabe qué ha sido de aquellas criaturas? Mi padre se separó un poco de mí, le dirigió una rápida mirada y negó con la cabeza. —No tengo ni la más remota idea. Salí corriendo tras vosotros inmediatamente, pero creo que estaban peleando con las plantas.  Pólux jugueteó con la correa de su bolsa e viaje, enrollando los dedos y tirando de ella con fuerza. Murmuró algo por lo bajo y miró a mi padre. —Señor, usted sabe qué es su hijo, ¿verdad? —Quise golpearle en toda la cara. Ya estaba volviendo con el tema de semidioses. Mi padre dio un largo suspiro resignado. —Eres del campamento, ¿verdad? Creí que podríamos vivir los dos juntos. —Musitó pesadamente— Nunca volví a recibir ninguna señal de ella, supuse que podíamos vivir sin separarnos. Miré a mi padre con el ceño fruncido, él me devolvió una mirada de disculpa. —No me mires así, Edwin. Por favor. —Vi el dolor en su mirada cuando clavé mis ojos llenos de reproche en los suyos— Nunca te habrías creído que tu madre es una diosa.  No sin pruebas.  No quería mentirte, lo siento. Sentí un hueco vacío donde debería estar el corazón. Mi padre me había mentido toda la vida, lo había visto en sus ojos. Tuve la sensación de que el mundo giraba demasiado deprisa, tanto que me mareaba.  Pólux miró a nuestro alrededor nerviosamente, antes de dirigirse a nosotros de nuevo. —Voy de camino a un sitio seguro para gente como nosotros, Edwin. —Confesó mirando de soslayo a mi padre— El Campamento Mestizo, en Long Island Sound. Puedo llevarte conmigo. Mi padre me abrazó con un suspiro. Apretándome con afecto. Me aferré a él, apoyando la cabeza sobre su hombro izquierdo. —Vete. —Dijo junto a mi oído, con voz autoritaria— En cuanto llegues, llámame, o envíame un mensaje. Alguna señal. Aunque sea un trozo de papel atado a una paloma. —Tendré algo que decir, ¿no? —Objeté. Mi padre me revolvió el pelo con cariño y esbozó una sonrisa melancólica. —De pequeño te encantaba irte de campamento, —rió suavemente— que raro que ahora no quieras ir. Puse los ojos en blanco y resoplé. —A veces no puedo entender tu humor, papá. —Vete, y llámame en cuanto llegues. Volvió a abrazarme a modo de despedida y miró a Pólux. —Id con cuidado. —Descuide, señor. — Asintió el chico. Me agarró por el hombro y tiró de mí con suavidad.— Venga, vamos. A estas alturas ya no me quedaban fuerzas para resistirme. Todo esto parecía un sueño demasiado real y, todavía tenía la esperanza de despertar. Aunque esa ilusión se fue disipando a medida que llegamos a la estación de tren, compramos los billetes y nos subimos a un tren en dirección a Nueva York.

¡Feliz Navidad y Próspero año nuevo!  Sé que estos primeros capítulos van con un ritmo algo lento, al menos este segundo, pero los primeros son un poco introductorios.  ¿Qué tal un comentario por Navidad? Sería un gran regalo.