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La Increíble Pero Cierta Historia De Rose Weasley — capítulo 1

La estación de tren estaba abarrotada de gente. Miles de familias se despedían de sus hijos, deseándoles un nuevo y feliz año en Howgarts, la escuela de Magia y Hechicería, o dándoles fuerzas y valentía para comenzar su primer año. Este último caso era la situación actual de Rose Weasley quién, a pesar de que su madre le había asegurado que pronto estarían todos juntos, buscaba entre el gentío a una familia en concreto que parecía que llegarían tarde, como siempre. Hermione, al ver a su hija tan sumamente alterada por la falta de su primo, solo pudo sonreír tranquilizadoramente, dejando la riña de Hugo, su hijo menor, para otro momento. Se acercó a su hija, agachándose un poco y le dijo:

-Rose, no te preocupes- La chica miró a su madre. A pesar de sus once años, Ron aseguraba que era más pelirroja que cualquier otro Weasley, como si los genes de su hija no tuvieran suficiente con hacerla pelirroja, parecían querer retar a cualquier miembro de la familia, desafiándoles con su cabello no anaranjado, si no rojo como el fuego, y sus ojos verdes, tan bonitos y brillantes como brutales, como un diamante- Ya conoces a tus primos. Lily tarda siglos en vestirse, y James es un dormilón…- Rose apenas tuvo tiempo de reírse. La niebla que desprendía el Howgarts Express se separó, como si de un telón de tratase,para dejar paso a la familia Potter. Tío Harry, sonriendo, con Albus pegado a él, con el rostro plagado de terror, de curiosidad, y de emoción. Rose pensó que ella debía tener ese mismo rostro. Tía Ginny hablaba animadamente con Lily, quién balanceaba sus pies desde su cómodo sitio sobre las maletas que debían ser de Albus. La muchacha no pudo evitar ver lo fácil que debía ser para Lily observar desde allí. A sus ocho años de edad, la pequeña Potter aún no tenía que preocuparse por enfrentarse a la gente desconocida de Howgarts, o a los estudios, o al gran problema del mediano de los Potter; el Sombrero Seleccionador.

Pero Rose no pensó en eso. No pensó en los estudios. Ni en donde estaría el mayor de los Potter, James. Ni porque estarían riñendo al problemático de su hermano Hugo. Solo llegó a ver a su primo. Albus la miró y, por un momento, Rose tuvo la sensación de que su terror se veía apartado apenas un segundo. La pelirroja sonrió ampliamente. Su cuerpo reaccionó antes que su cerebro al ir corriendo hacia él para darle un abrazo. Albus apenas dio unos pasos antes de que su prima se lanzara sobre él.

-¡Albus!- Gritó Rose en un arrebato de alegría. Por Merlín, hacía casi una semana que no veía a su primo.

-¡Rose!- Gritó Albus en respuesta, riendo al separarse de ella. Más que primos, Albus y Rose eran hermanos de alma. Habían crecido juntos, debido al cariño que se tenían entre si los Potter y los Weasley. Si Albus lloraba, allí tenía a Rose para consolarle. Si Rose tenía algún problema, Albus era el indicado para solucionarlo. No tuvieron la posibilidad, ni tiempo, para intercambiar más de aquellas palabras, porque Rose sintió una mano envolverle el hombro, que le impidió preguntarle a su primo cómo se encontraba.

-¡Mira quiénes han venido!- Escuchó a su padre decir. Siguió su mirada hasta la neblina del tren. Allí había otra familia, que, ante la mirada de Rose, parecían más… Oscuros, más fríos que el resto. Los tres iban vestidos con colores oscuros, y el padre, con un abrigo negro y un cabello tan blanco como la nieve en contraste, pareció verlos, ya que los saludó con una seca cabezada, para después darse la vuelta - Así que ese es el pequeño Scorpius…- Ron se agachó hasta llegar al oído de Rose, para después murmurarle- Asegúrate de superarlo en todos los exámenes, Rosie. Suerte que has heredado la inteligencia de tu madre.

-Haz el favor, Ron- Protestó su madre, entre severa y divertida- ¡No intentes enemistarlos antes incluso de que haya empezado el curso!- Rose sonrió, al recordar el grato discurso que le había dicho su madre, mientras Ron y Hugo se arreglaban, en el que le dio distintos consejos para hacer amigos en Howgarts, más allá de sus primos, y le explicó su primer año en Howgarts, antes de que tío Harry y papá la salvaran de un troll y se hicieran sus amigos (y años después su respectiva familia)

-Tienes razón, perdóname- Dijo Ron, disculpándose, justo antes de susurrarle a Rose en el último momento- Pero no te hagas demasiado amiga suya, Rosie. El abuelo Weasley jamás te perdonaría si te casaras con un sangre limpia.

¿Casarse? *Ja.*Si tan solo supiera su padre que Rose tenía su vida ya planeada. Y es que la pequeña Rosie no tenía tiempo para casarse, o para enamorarse. Ella quería viajar, ver mundo, y para hacerlo necesitaba un buen trabajo que le ofreciera dinero. Y para eso tendría que esforzarse en sacar unas excelentes notas. Y nada podría distraerla de su objetivo. Miró a aquel niño con una renovadavisión, como un posible enemigo que podría distraerla. Y supo que no podría llevarse bien con él de ningún modo. El chico le devolvió la mirada, curiosa y despierta, muy distinta a la de su padre. Rose no apartó la mirada. No era de esa clase de chica tímida, y no pensaba serlo ahora. No se sintió intimidada, ni asustada. Una curiosidad comenzó a crecer en el más recóndito sitio de su mente. El niño le sonrió, e hizo amago de saludarla con la mano, si no fuera porque su padre, del cual parecía haber sacado todos sus genes, le dijo algo que captó su atención. Todo volvió a la normalidad. Rose soltó un largo suspiro, dándose cuenta de repente de que había estado aguantado el aire hasta aquel momento.

Su padre no parecía haberse dado cuenta de la ausencia mental momentánea de su hija.Es más, Ron hablaba animadamente con Harry, felizmente ignorante de aquel momento. Rose lo miró, e intuyó que no era demasiado tarde para explicarle a su padre lo contrariada que estaba, e iba a pronunciarle el mismo discurso que su madre le había dicho aquella misma mañana. Algo sobre no dejarse influenciar por los demás, ni juzgar a alguien por su pasado. O algo así. Pero no pudo hacerlo, ya que un alegre grito la interrumpió. Rose no se sorprendió de ver a James, de doce años de edad. Había gente que cambiaba con los años, y sin duda su primo no era de esa clase de gente. James seguía siendo exactamente igual que cuando tenía cuatro años. Con el pelo alborotado, los ojos verdes y esa sonrisa burlona, James parecía de lo más contento. Tenía ese brillo en la mirada, esa chispa que se quedaba en el esmeralda de su pupila, una enfermiza mezcla entre inocencia y maldad. Rose optó por no hacerle caso, como solía hacer desde que, a los seis años, encontró todos sus libros empapados de babas de caracol. Había sido él, por supuesto. James tenía un don innato para gastar bromas pesadas y librarse de las culpas. Su rostro de ángel era una gran ayuda, sin duda, pero su ingenio para inventarse excusas que defendían su inocencia era, sin duda, lo que le hacía ser inmune a los castigos.

La chica torció el gesto, observando a la gente de King Cross en lugar de prestarle una atención no merecida a James. El chico habló con entusiasmo al explicar su último descubrimiento; el amigo de la familia y su casi primo, Teddy, estaba saliendo con Victorie, su verdadera prima. Rose se contuvo una risa. Ella ya lo sabía. Era lo suficientemente lista como para fijarse en cómo se miraban el uno al otro durante las reuniones familiares, esas miradas demasiado afectuosas como para tratarse de un simple cariño fraternal. Pero lo que le dio la razón, y Rose siempre tenía razón al sospechar de algo, fue cuando los pilló a ambos dándose un tierno (largo y baboso) beso el verano pasado, en el jardín trasero de la casa de tío Bill, el padre de Victorie. Pero Rose no era como James. Ella no fue corriendo a contarlo. Fue buena chica, y, cuando Ted y Vic le hicieron prometer que no lo contaría, lo juró, y guardó silencio.

Rose no podía imaginarse porque ambos querían guardar el secreto, no tenía nada de malo su relación. Es más, tía Fleur adoraba a Teddy. Solía decir que, cuando sus hijas tuvieran novio, debería ser como él, un chico divertido y educado, con mucho respeto hacia los adultos. Aunque Rose sabía que, en realidad, Ted era un bromista empedernido, dispuesto a liarla cuando fuera posible. Aunque, claro, no era como James. Si le pillaban, admitía su culpa.

-¡Rose, Albus!- Gritó una voz femenina. Tía Ginny parecía haber perdido su normal calma, mirando de un lado a otro-¡Harry, por Merlín, deja ya a Albus, que llegan tarde!- Harry rió, levantándose con las manos en alto. Cuando Albus fue con su madre, parecía notablemente más feliz que momentos antes- ¿¡Donde está James!?

-Creo que ya ha subido al tren, mamá…-Comentó Lily desde los baúles, riendo al ver a su madre tan estresada. Ginny soltó un grito de exasperación, antes de dar un apresurado abrazo a Albus. Rose se dio prisa en despedirse de sus padres,e ir junto a su primo a dejar los baúles. Se adentraron en el extraño territorio del Hogwarts Express, donde acechaban los problemas, las conversaciones de última hora y escandalosas amigas que se encontraban tras un largo verano. Fueron avanzando, poco a poco, observando como exploradores a la fauna que eran los alumnos. Allí, a lo lejos, vieron a James y a su primo, Fred, internarse en una gran manada de leones, que reían mientras se internaban en uno de los compartimentos. Más allá, Roxanne, otra de sus primas, hablaba animadamente con dos chicas águilas, y tampoco pasó desapercibida su prima Dominique cuando los saludó al pasar por su lado, junto a su mejor amiga Rebecca. Los tejones siempre eran amigables, sentenció Rose. Se acercó a su primo, en un desesperado intento de sentirse segura entre tanta gente desconocida.

Y fue cuando lo vio. Allí, con aspecto tan perdido como Albus y Rose, el niño rubio, al que su padre había llamado Scorpius, miraba a su alrededor, buscando, al igual que ellos, un compartimento vacío. Un niño con demasiado peso para su estatura lo miró, riéndose. Rose sabía quién era por James. "Un niño muy gordo" había dicho "Se llama Vincent Goyle". Era un año más mayor que ellos, de segundo curso, y lo había visto antes empujando a los de primero. El robusto chico lo invitó a ir con él. Scorpius descartó la oferta, negando con la cabeza y mirándolo con asco. Goyle lo agarró del cuello de su chaqueta, evidentemente enfurecido. Scorpius apenas parecía inmutarse. Rose tan solo se quedó quieta, sin saber si ir allí o quedarse en su zona confort, con su primo. El rubio murmuró algo, con una mirada salvaje. Goyle pareció asustarse, y lo soltó. Al pasar por el lado de los primos, le pegó un empujón con el hombro a Albus. Este estaba a punto de quejarse, si no fuera porque Rose le advirtió que mejor no se metiera en líos. Sintió como se traicionaba a sí misma, y a sus ideales.

Porque Scorpius empezaba a caerle bien.