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¿Una bruja en el Campamento Mestizo o una semidiosa en Hogwarts? — capítulo 73

Ya creía que le habíamos perdido la pista a la araña cuando Tyson captó un lejano sonido metálico. Dimos unas cuantas vueltas, retrocedimos varias veces y por fin encontramos a la araña, que golpeaba una puerta de metal con su cabecita. La puerta parecía una de aquellas anticuadas escotillas de los submarinos: con forma oval, remaches metálicos y una rueda, en lugar de un pomo, para abrirla. Encima de ella había una gran placa de latón, que el tiempo había cubierto de verdín, con una eta griega en el centro. Nos miramos unos a otros.  -¿Listos para conocer a Hefesto?-dijo Grover, nervioso.  -No-reconocio Percy.  -¿Que otro remedio nos queda?-dije -¡Sí!-dijo Tyson, eufórico, mientras hacía girar la rueda.  En cuanto se abrió la puerta, la araña se deslizó al interior; Tyson la siguió de cerca y los demás avanzamos también. El lugar era inmenso. Como el garaje de un mecánico, estaba lleno de elevadores hidráulicos. En algunos de ellos había coches, pero en otros se veían cosas bastante más extrañas: un hippalektryon de bronce desprovisto de su cabeza de caballo y con un montón de cables colgando de su cola de gallo, un león de metal que parecía conectado a un cargador de batería, y un carro de guerra griego hecho enteramente de fuego. Había además una docena de mesas de trabajo totalmente cubiertas de artilugios de menor tamaño. Se veían muchas herramientas colgadas y cada una tenía su silueta pintada en un tablero, aunque nada parecía estar en su sitio. El martillo ocupaba el lugar del destornillador; la grapadora, el de la sierra de metales, y así sucesivamente. Por debajo del elevador hidráulico más cercano, que sostenía un Toyota Corolla del 98, asomaban dos piernas: la mitad inferior de un tipo enorme, con unos mugrientos pantalones grises y unos zapatos incluso más grandes que los de Tyson. En una de las piernas tenía una abrazadera metálica. La araña se deslizó por debajo del coche y los martillazos se interrumpieron al instante.  -Vaya, vaya-La voz retumbaba desde debajo del Corolla-¿Qué tenemos aquí?  El mecánico salió sobre un carrito y se sentó. Llevaba un mono cubierto de grasa, con un rótulo bordado en el bolsillo de la pechera que decía «HEFESTO». La pierna de la abrazadera le chirriaba y daba chasquidos mientras se incorporaba y, una vez de pie, vi que el hombro izquierdo era más bajo que el derecho, de manera que parecía ladeado incluso cuando se erguía. Tenía la cabeza deformada y llena de bultos, y una permanente expresión ceñuda. Su barba negra humeaba. De vez en cuando, se le encendía en los bigotes una pequeña llamarada que acababa extinguiéndose sola. Sus manos debían de ser del tamaño de unos guantes de béisbol y, sin embargo, sostenían la araña con increíble delicadeza. La desarmó en dos segundos y volvió a montarla.  -Ahí está-dijo entre dientes-Mucho mejor así.  La araña dio un saltito alegre en su palma, lanzó un hilo de metal al techo y se alejó balanceándose. Hefesto nos dirigió una mirada torva.  -¿No os he construido yo, verdad?  -¿Eh?-dijo Annabeth-No, señor.  -Menos mal-gruñó el dios-Un trabajo muy chapucero.  Nos estudió a Annabeth, a Percy, y a mí.  -Mestizos-refunfuñó-Podríais ser autómatas, desde luego, pero seguramente no lo sois.  -Nos conocemos, señor-le dijo Percy.  -¿Ah, sí?-preguntó con aire ausente-Bueno, pues si no te hice papilla la primera vez que nos vimos, supongo que no tengo por qué hacerlo ahora.  Miró a Grover y frunció el ceño aún más.  -Sátiro-Luego miró a Tyson y sus ojos centellearon-Bueno, un cíclope. Bien, bien. ¿Qué haces viajando con éstos?  -Eh...-balbuceó Tyson, contemplando maravillado al dios.  -Sí, bien dicho-asintió Hefesto-Será mejor que tengáis un buen motivo para molestarme. La suspensión de este Corolla es un verdadero quebradero de cabeza, ¿sabéis?  -Señor-intervino Annabeth, vacilante-estamos buscando a Dédalo. Pensamos...  -¿A Dédalo?-rugió el dios-¿Queréis ver a ese viejo canalla? ¿Os atrevéis a buscarlo?  Su barba estalló en llamas y los ojos negros destellaron como carbones.  -Eh, sí, señor. Por favor-musitó Annabeth.  -Puf. Estáis perdiendo el tiempo-Miró algo que tenía en la mesa y se acercó cojeando a recogerlo: un amasijo de muelles y placas de metal, que empezó a manipular. En apenas unos segundos sostenía en sus manos un halcón de plata y bronce. El artilugio extendió sus alas metálicas, parpadeó con sus ojos de obsidiana y echó a volar por el taller.  Tyson se puso a reír y a dar palmas. El pájaro se le posó en el hombro y le mordisqueó cariñosamente la oreja. Hefesto lo observó. Su ceño no se modificó, pero me pareció ver un brillo más amable en sus ojos.  -Presiento que tienes algo que decirme, cíclope.  La sonrisa de Tyson se desvaneció.  -S... sí, señor. Vimos al centimano.  Hefesto asintió. No parecía sorprendido.  -¿A Briares?  -Sí. Es... estaba asustado. No quiso ayudarnos.  -Y eso te preocupa.  -¡Sí!-La voz le tembló-¡Briares tendría que ser fuerte! Es el mayor y el más viejo de los cíclopes. Pero huyó.  Hefesto soltó un gruñido.  -Hubo un tiempo en el que admiraba a los centimanos. En los días de la primera guerra. Pero las personas, los monstruos e incluso los dioses cambian, joven cíclope. No puedes fiarte de ellos. Mira a mi querida madre, Hera. La habéis conocido, ¿verdad? Os habrá sonreído y os habrá hablado largo y tendido de lo importante que es la familia, ¿cierto? Lo cual no le impidió expulsarme del monte Olimpo cuando vio mi rostro.  -Creía que había sido Zeus-adujo Percy.  Hefesto carraspeó y lanzó un salivazo a una escupidera de bronce. Chasqueó los dedos y el robot halcón regresó otra vez a la mesa de trabajo.  -Ella prefiere contar esa versión-rezongó-La hace quedar mejor, ¿no? Le echa toda la culpa a mi padre. La verdad es que a mi madre le gusta la familia, sí, pero sólo cierto tipo de familia. Las familias perfectas. Así que me echó un vistazo y... bueno, yo no encajo en esa imagen, ¿no?  No pude evitar sentir pena por Hefesto. Le quitó una pluma al halcón y el autómata entero se desmoronó en pedazos.  -Créeme, joven cíclope-prosiguió Hefesto-no puedes confiar en los demás. Fíate solamente del trabajo de tus propias manos.  Parecía una forma muy solitaria de vivir. Ahora el dios entornó los ojos y se concentró en Percy, como si estuviera leyéndole el pensamiento.  -A éste no le gusto-musitó-No te preocupes, ya estoy acostumbrado. ¿Qué quieres pedirme tú, pequeño semidiós?  -Ya se lo hemos dicho-respondio-Debemos encontrar a Dédalo. Un tipo que trabaja para Cronos, Luke, está tratando de encontrar la manera de orientarse por el laberinto para invadir el campamento. Si no nos adelantamos y encontramos primero a Dédalo...  -Y yo también os lo he dicho a vosotros, chico. Buscar a Dédalo es una pérdida de tiempo. Él no os ayudará.  -¿Por qué?  Hefesto se encogió de hombros.  -Algunos hemos sido desterrados sin contemplaciones... Y nuestro aprendizaje de que no debemos fiarnos de nadie ha resultado incluso más doloroso. Pídeme oro. O una espada flamígera. O un corcel mágico. Eso puedo concedértelo fácilmente. Pero el modo de encontrar a Dédalo... Es un favor muy caro.  -Entonces sí sabe dónde está-lo presionó Annabeth.  -No es sabio ni juicioso andar buscando, muchacha.  -Mi madre dice que buscar es el principio de toda sabiduría.  Hefesto entornó sus ojos.  -¿Quién es tu madre?  -Atenea.  -Eso encaja-Suspiró-Buena diosa, Atenea. Una pena que prometiera no casarse nunca. Bien, mestiza. Puedo revelarte lo que deseas saber. Pero tiene un precio. Necesito un favor.  -El que usted diga-respondió Annabeth.  Hefesto se echó a reír de un modo muy ruidoso, que sonaba como el resoplido de un fuelle enorme avivando el fuego.  -Ah, los héroes-dijo-Siempre haciendo promesas temerarias. ¡Qué refrescante!  Pulsó un botón de su mesa de trabajo y en la pared se abrieron unos postigos metálicos. O era una ventana enorme, o se trataba de una pantalla gigante de televisión, no estaba segura, la verdad. Se veía una montaña gris rodeada de bosques. Debía de ser un volcán, porque de la cima salía humo.  -Una de mis fraguas-explicó Hefesto-Tengo muchas, pero ésta era mi preferida.  -Es el monte Saint Helens-intervino Grover-Los bosques de los alrededores son grandiosos.  -¿Has estado ahí?-pregunté.  -Buscando... ya sabes, a Pan.  -Un momento-dijo Annabeth, mirando a Hefesto-Ha dicho que era su fragua preferida. ¿Qué sucedió?  Hefesto se rascó su barba humeante.  -Bueno, ahí es donde está atrapado el monstruo Tifón, ¿lo sabías? Antes era debajo del Etna, pero, cuando nos trasladamos a Norteamérica, su fuerza quedó sujeta bajo el monte Saint Helens. Una fuente de fuego espléndida, aunque algo peligrosa. Siempre cabe la posibilidad de que escape. Hay muchas erupciones últimamente; no para de arrojar humo. Está muy inquieto con la rebelión de los titanes.  -¿Qué quiere que hagamos?-preguntó Percy-¿Luchar con él?  Hefesto soltó un bufido.  -Eso sería suicida. Hasta los dioses huían de Tifón cuando estaba libre. No, rezad más bien para no tener que verlo nunca. Últimamente he percibido la presencia de intrusos en mi montaña. Alguien o algo está usando mi fragua. Cuando yo llego no hay nadie, pero noto que la han utilizado. Deben de presentir mi llegada y desaparecen. Envío autómatas a investigar y no regresan. Hay algo antiguo allí... Algo maligno. Quiero saber quién se atreve a invadir mi territorio y si pretenden liberar a Tifón.  -¿Quiere que averigüemos quién es?-pregunto Percy.  -Sí. Id allí. Quizá no presientan vuestra llegada. Vosotros no sois dioses.  -Menos mal que se ha dado cuenta-murmuro Percy.  -Id y averiguad lo que podáis-dijo Hefesto-Volved a informarme y os contaré lo que queréis saber de Dédalo.  -De acuerdo-convino Annabeth-¿Cómo podemos llegar allí?  Hefesto dio unas palmadas. La araña bajó balanceándose, colgada de un hilo de las vigas. Annabeth y yo retrocedimos un paso cuando el bicho aterrizó a nuestros pies.  -Mi creación os mostrará el camino-aseguró el dios-No queda lejos si vais por el laberinto. Y procurad manteneros con vida, ¿de acuerdo? Los humanos son mucho más frágiles que los autómatas. 

    • *  Íbamos muy bien hasta que tropezamos con las raíces de los árboles. La araña corría a toda velocidad y nosotros manteníamos su ritmo, pero al ver un túnel lateral excavado en la tierra desnuda, plagado de gruesas raíces, Grover se detuvo en seco.  -¿Qué pasa?-pregunté.  Él ni siquiera se movió. Miraba boquiabierto el túnel, mientras el viento le alborotaba el rizado pelo.  -¡Vamos!-dijo Annabeth-¡Sigamos adelante!  -Es éste el camino-musitó Grover, sobrecogido-Es éste.  -¿Qué camino?-pregunto Percy-¿Quieres decir... para encontrar a Pan?  Grover miró a Tyson.  -¿No lo hueles?  -Tierra-dijo Tyson-Y plantas.  -¡Sí! Es el camino. ¡Estoy seguro!  La araña se alejaba ya por el pasadizo de piedra. Unos segundos más y le perderíamos la pista.  -Ya volveremos-prometió Annabeth-En el camino de vuelta para hablar con Hefesto.  -El túnel habrá desaparecido para entonces-protestó Grover-Tengo que seguirlo. ¡Una puerta así no permanecerá abierta!  -Pero no podemos-objetó Annabeth-¡Las fraguas!  Grover la miró con tristeza.  -Tengo que hacerlo, Annabeth. ¿No lo comprendes?  Ella parecía desesperada, como si no entendiera nada. La araña casi se había perdido de vista. -Grover tiene que ir-dije yo-Si es Pan...  -Nos dividiremos-decidio Percy  -¡No!-dijo Annabeth-Sería muy peligroso. ¿Cómo volveremos a encontrarnos? Además, no puede ir solo.  Tyson le puso a Grover una mano en el hombro.  -Voy con él.  -¿Estas seguro?-dijo Percy El grandullón asintió.  -El niño cabra necesita ayuda. Encontraremos al dios. Yo no soy como Hefesto. Me fío de los amigos.  Grover respiró hondo.  -Volveremos a encontrarnos, Percy. Aún conservamos la conexión por empatía. Tengo... tengo que hacerlo.  -Espero que tu intuición sea cierta.  -Estoy seguro-Nunca me había parecido tan convencido.  -Ve con cuidado.  Enseguida Tyson y Grover se internaron en el túnel de las raíces y desaparecieron en la oscuridad.  -Esto no me gusta-se quejó Annabeth-Separarse es una idea muy, pero que muy mala.  -Ya no hay marcha atras-dije -Volveremos a encontrarnos-declaro Percy-Y ahora vamos. ¡La araña se está alejando! 
    • *  No había pasado mucho tiempo cuando el túnel empezó a calentarse en serio. Los muros de piedra adquirieron un brillo candente y el aire se enrareció. Daba la sensación de que caminábamos por un horno. El pasadizo descendía en una pronunciada pendiente y al fondo se oía un gran rugido, como el fragor de un río de metal. La araña se deslizaba a toda velocidad; Annabeth la seguía de cerca.  -Hay una cosa que ha comentado Hefesto antes... sobre Atenea-dijo Percy -Ah, que juró no casarse nunca-respondió Annabeth-Como Artemisa y Hestia. Es una de las diosas solteras.  -Pero entonces...  -¿Cómo es que tiene hijos semidioses?-termino Annabeth la pregunta de Percy Percy asintio. -Percy, ¿tú sabes cómo nació Atenea?  -Brotó de la cabeza de Zeus con la armadura completa. O algo así.  -Exacto-dije-No nació de la manera normal. Surgió literalmente del pensamiento. Y sus hijos nacemos del mismo modo.  -Cuando Atenea se enamora de un mortal es algo puramente intelectual, tal como amó a Ulises en las antiguas historias-dijo Annabeth-Es un encuentro de las mentes. Ella diría que es la forma más pura de amor.  -Entonces vuestros padres y Atenea... vosotras no fuisteis...  -Nacimos de parto cerebral-confirmó Annabeth-Literalmente. Los hijos de Atenea brotamos del pensamiento divino de nuestra madre y del ingenio mortal de nuestro padre. Se supone que somos un regalo, una bendición de la diosa a los hombres que ella ha elegido.  -Pero...  -Percy, por favor, no me gusta hablar de como naci-dije-Hasta a mi me parece raro, muy raro -Percy, casi he perdido de vista a la araña-dijo Annabeth-¿Pretendes que te expliquemos ahora los detalles exactos de nuestros nacimientos?  -Eh... no. Ya está bien.  Annabeth esbozó una sonrisa socarrona.  -Me lo imaginaba.  Se adelantó corriendo y la seguimos. El rugido había ido en aumento. Después de un kilómetro más o menos, desembocamos en una caverna del tamaño del estadio de la Super Bowl. Nuestra araña se detuvo y se acurrucó hasta formar una bola. Habíamos llegado a la fragua de Hefesto. No había suelo propiamente dicho, sólo un lago de lava que bullía mucho más abajo, a centenares de metros. Nosotros estábamos en una cresta rocosa que rodeaba todo el perímetro de la caverna. Una red de puentes metálicos se extendía sobre el abismo. Y en el centro, una inmensa plataforma con toda clase de maquinas, calderas, fraguas y el yunque más grande que he visto en mi vida: un bloque de hierro como una casa. Unas criaturas se movían por la plataforma: una serie de sombras oscuras que quedaban demasiado lejos para distinguirlas con claridad.  -No podremos acercarnos a hurtadillas-dijo Percy.  Annabeth recogió la araña metálica y se la metió en el bolsillo.  -Yo sí. Esperad aquí.  -¡Un momento!-advirtio Percy. Pero, antes de que pudiera discutir, Annabeth se puso la gorra de los Yankees y se volvió invisible.  -Estara bien-le susurre a Percy, aunque yo tambien estaba preocupada Al final, Percy empezo a deslizarse sigilosamente por la cresta que bordeaba el lago de lava. Yo le segui. El calor era espantoso. El rancho de Gerión había sido un paraíso comparado con aquel lugar. En muy pocos minutos, estaba empapada de sudor. Los ojos me ardían a causa del humo. Avanzamos poco a poco, procurando no acercarnos demasiado al borde, hasta que nos encontramos el paso bloqueado por una vagoneta con ruedas metálicas, como las que usan en las minas. Levantamos la lona y descubrimos que estaba medio llena de residuos de metal. Ibamos a intentar rodearla, arrimándonos a la pared, cuando oimos voces que venían de más adelante, seguramente de un túnel lateral.  -¿Lo llevamos?-preguntó uno.  -Sí-respondió otro-La película casi ha terminado.  Sin otro remedio, nos metimos en la vagoneta y nos cubrimos con la lona. Solo podiamos confiar en que no nos hubieran visto. La vagoneta se movió con una sacudida.  -¡Uf!-dijo una voz ronca-Pesa una tonelada.  -Es bronce celestial-expuso el otro-¿Qué te creías?  Nos empujaron hacia delante. Doblamos una esquina y por el eco de las ruedas en las paredes deduje que habíamos cruzado un túnel hasta llegar a una pequeña habitación. Llegaba una algarabía de voces que parloteaban, pero no sonaban humanas: algo a medio camino entre el grito de una foca y el gruñido de un perro. Había otros sonidos también: algo similar a un viejo proyector de cine y una vocecita que narraba una historia.  -Acomodaos atrás-ordenó una nueva voz procedente del otro extremo de la habitación-Ahora, jóvenes, prestad atención a la película. Luego habrá tiempo para preguntas.  Las voces se acallaron y pudimos oír la película.  «A medida que el demonio marino madura-decía el narrador-se producen cambios en su cuerpo. Tal vez habéis notado que os han crecido colmillos y sentís un repentino deseo de devorar seres humanos. Estos cambios son perfectamente normales y les suceden a todos los monstruos jóvenes.»  Percy y yo nos miramos. Un clamor de excitados gruñidos inundó la habitación. El profesor -supuse que debía de ser un profesor- ordenó a los jóvenes que guardaran silencio y la proyección continuó. La mayor parte no la entendí y tampoco me atrevía a asomar la cabeza. La película seguía hablando de crisis de crecimiento, de problemas de acné causados por el trabajo en las fraguas y de la higiene adecuada de las aletas. Y por fin, concluyó.  -Ahora, jóvenes-dijo el instructor-¿cuál es el nombre correcto de nuestra especie?  -¡Demonios marinos!-ladró uno.  -No. ¿Alguien más?  -¡Telekhines!-susurre de pronto dandome cuenta Percy me miro confundido. -¡Telekhines!-gruñó otro monstruo.  -¡Muy bien!-dijo el instructor-¿Y por qué estamos aquí?  -¡Venganza!-gritaron varios.  -Sí, sí, pero ¿por qué?  -¡Zeus es malvado!-intervino un monstruo-Nos arrojó al Tártaro sólo porque utilizábamos la magia.  -En efecto-confirmó el maestro-Después de que hubiéramos fabricado muchas de las mejores armas de los dioses... El tridente de Poseidón, para empezar. Y por supuesto, ¡la mayor arma de los titanes! Zeus, sin embargo, se deshizo de nosotros y prefirió confiar en esos cíclopes tan torpes. Por eso nos estamos apoderando de las fraguas del usurpador Hefesto. Y pronto controlaremos los hornos submarinos, ¡nuestro hogar ancestral!  -Así pues, jóvenes, ¿a quién serviremos?  -¡A Cronos!-gritaron todos.  -Y cuando crezcáis y os convirtáis en telekhines adultos, ¿fabricaréis armas para su ejército?  -¡Sí!  -Excelente. Bueno. Os hemos traído un poco de chatarra para que practiquéis. Veamos lo ingeniosos que sois.  -Oh no-murmure Hubo un revuelo de cuerpos en movimiento y de voces excitadas que se aproximaban a la vagoneta. Percy y yo sacamos nuestras espadas. Cuando retiraron la lona de un tirón, nos levantamos bruscamente.  -¡Dos semidioses!-gruñó uno.  -¡Cómetelos!-gritó otro.  No llegaron más lejos porque lanzamos sendos mandobles y toda la primera fila de monstruos quedó volatilizada.  -¡Atrás!-grito Percy al resto, fingiendo ferocidad. Al fondo estaba el maestro: un telekhine de casi dos metros que nos gruñía con sus colmillos de dóberman-¡Nueva lección!-anuncio-La mayoría de los monstruos se volatilizan cuando los hiere una espada de bronce celestial. Este cambio es perfectamente normal... ¡y lo experimentaréis ahora mismo si no os ECHÁIS ATRÁS!  Para mi sorpresa, funcionó. Los monstruos retrocedieron, pero eran veinte por lo menos y nuestra capacidad para amedrentarlos no iba a durar mucho. Saltamos de la vagoneta y corrimos hacia la salida. Los monstruos nos persiguieron ladrando y soltando gruñidos. Gracias a los dioses, había una puerta en el túnel que conducía a la caverna. La cerramos de golpe y giramos la rueda para atrancarla, aunque dudaba de que eso los mantuviera a raya mucho tiempo. No sabiamos qué hacer. Annabeth andaba por allí, pero era invisible. Nuestras posibilidades de hacer una sutil labor de reconocimiento habían saltado por los aires, así que corrimos hacia la plataforma suspendida sobre el lago de lava. 
    • *  -¡Annabeth!-chillo Percy -¡Chist!-Unas manos invisibles nos obligaron a agacharnos tras un caldero enorme de bronce-¿Quereis que nos maten?  Percy le quito la gorra de los Yankees. Annabeth recobró ante nosotros su apariencia visible, ahora muy ceñuda y con la cara tiznada de ceniza.  -¿Se puede saber qué os pasa?  -¡Vamos a tener compañía!-Le hablamos a toda prisa de la clase de orientación para monstruos. Ella abrió mucho los ojos.  -Así que son telekhines-dijo-Debería habérmelo imaginado. Y están haciendo... Bueno, míralo.  Atisbamos por encima del caldero. En el centro de la plataforma había cuatro demonios marinos, pero éstos eran completamente adultos y medían al menos dos metros y medio. Su pelaje negro relucía a la lumbre mientras se afanaban de aquí para allá y hacían saltar chispas martilleando por turnos un trozo muy largo de metal al rojo vivo.  -La hoja casi está terminada-comentó uno-Sólo hace falta enfriarla otra vez con sangre para fundir los metales.  -Sí, señor-dijo otro-Estará incluso más afilada que antes.  -¿Qué es eso?-susurro Percy.  Annabeth meneó la cabeza.  -No paran de hablar de fundir metales. Me pregunto...  -Antes se han referido a la mayor arma de los titanes-recorde -Y han dicho... que ellos fabricaron el tridente de mi padre-dijo Percy -Los telekhines traicionaron a los dioses-explicó Annabeth-Practicaban la magia negra. No sé qué hacían exactamente, pero Zeus los desterró al Tártaro.  -Con Cronos.  Annabeth asintió.  -Hemos de salir...  Apenas lo había dicho cuando la puerta de la clase explotó y los jóvenes telekhines salieron atropelladamente por el hueco. Tropezaban unos con otros, tratando de averiguar por dónde debían seguir para lanzarse al ataque.  -¡Largaos!-dijo Percy -¿Que?-dije -¿Cómo?-chilló Annabeth-¡No! ¡No vamos a dejarte aquí!  -Tengo un plan. Yo los distraeré. Vosotras podeis usar la araña metálica. Quizá vuelva a conduciros hasta Hefesto. Habeis de contarle lo que ocurre.  -Pero ¡te matarán!  -Todo saldrá bien. Además, no tenemos opción.  Annabeth miró furiosa a Percy, como si tuviera ganas de darle un puñetazo. Y entonces hizo una cosa que me sorprendió todavía más. Le besó. Mire para otro lado algo incomoda, pero al segundo los volvi a mirar -¡Hey! Annabeth, hay que salir de aqui-dije -Ve con cuidado, sesos de alga-dijo Annabeth Annabeth con su gorra de invisibilidad y yo, escondiendome por donde veia, volvimos al laberinto.