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Albus, Rose y Scorpius — capítulo 1

Albus y Rose habían sido tomados por sorpresa al ser seleccionados para casas a las que no tenían planeado entrar.

Ella había quedado en Ravenclaw, la casa de los inteligentes. Y él en Slytherin, donde, según decían, iban todos los que alguna vez tuvieron contacto con mortífagos. James Potter, el hermano y primo de ambos chicos, los ignoraba, por no haber quedado en la misma casa que él, y el resto de su familia que hasta ahora iba a Hogwarts: Gryffindor. Aunque él estaba tan conmocionado como ellos.

Claro que se hablaban con los otros primos, con los gemelos Fred y Roxanne, con Dominique, y con Victoire, que ya iba de salida, pues iba en septimo curso.

Pero James tenía miedo de que Ravenclaw le inculcara esa frialdad que siempre tenían a una de sus primas favoritas, y que Slytherin le enseñaran a Albus a rechazar a los mestizos y a los hijos de muggles, apesar de ser él uno.

James tenía miedo, pero nadie tenía ni idea de eso. Albus y Rose solo se sentían rechazados por sus primos, apesar de que ninguno los trataba mal. Se sentían bichos raros hablando con los gryffindor, bueno, no con todos.

Rose se había hecho una amiga leona, con quien compartía casi todas sus clases, Alice Longbottom. A decir verdad, ellas ya se conocían, porque su padre, Neville Longbottom era gran amigo de los Weasley. Pero, por alguna razón, nunca congeniaron realmente. Y ahora, que ambas se sentían bichos raros, se comprendían a la perfección.

Albus no hablaba con nadie que no fuera Rose u ocasionalmente Alice. Él realmente era un marginado de Hogwarts, pues casi no tenía amigos. Su padre le había mandado una carta felicitandolo por quedar en una casa tan digna como el resto, pero no ayudaba a que se quitara la culpabilidad.

Porque sí, Albus se sentía culpable de haber quedado en Slytherin. Como si no mereciera llevar el apellido Potter.

Pero él era consiente de que le podría ir peor. Como a ese chico Malfoy, un compañero de habitación. A Scorpius lo molestaban mucho, por muchas razones. Unos acusaban a su familia de desertar en la mitica Batalla de Hogwarts como mortífago (quienes decían eso solían añadir con orgullo que su padre estaba en Azkaban), otros por ser hijo de Draco Malfoy, quien intentó matar a Dumbledore, y unos pocos por ser de Slytherin.

El pobre chico siempre se veía muy machacado, y también era un marginado.

Un día, en la clase de pociones, el viejo profesor Slughorn pidió a todos que se pusieran en parejas. Y, naturalmente, todos siguieron ordenes, únicamente no Albus y Scorpius, que no tenían ningún amigo con quien juntarse. No compartían clase ni Rose ni Alice.

— Lo lamento, señores Potter y Malfoy, pero creo que tendrán que compartir asiento— dijo el hombre, con un deje de preocupación.

— Si, no hay problema— dijeron al mismo tiempo. Y se pusieron en una sola mesa.

— Hola… — dijo el chico azabache, con tímidez. Nunca se habían diriguido la palabra.

— No es necesario hablar— lo cortó el rubio. Pociones era su materia favorita, lo único que destacaba de buena manera, y ahora lo veía apañado por un Potter. Aún oía la voz de su padre diciendole que anduviera con cuidado con los Weasley y Potter, que lo más seguro es que fueran a ser hostiles con él.

— Oh… de acuerdo. Hagamos el trabajo— el chico de los ojos verdes se había sorprendido de lo frío que era su compañero de mesa.

Y empezaron a hacer la poción, una sencilla por supuesto. La Poción Curadora de Forúnculos era el trabajo. Era de las más sencillas que Malfoy había preparado, pero resultó que Potter no era un genio con las pociones.

Cometía más errores que él en su primera vez, a juicio de Scorpius. Por lo que tuvieron que empezar de cero cada vez que Albus metía la pata. Se tardaron tanto que ni siquiera lograron terminarla. El profesor Slughorn, como castigo a todos los que no habían acabado, les dejó de tarea traer un ensayo sobre el procedimiento y las propiedades de cada ingrediente de la poción, igual en las parejas.

Scorpius solo quería acabar con ese lazo incómodo con el hijo de Harry Potter, por lo que le dijo al azabache que se encontrarían en la biblioteca ese mismo día. Y, al llegar a la cita, el rubio lo encontró sentado al lado de una niña pelirroja y pecosa. Rose Weasley.

Se mareó al oír como el azabache le decía que la chica conocía mucho de libros, y que ella podría ayudarlos a encontrar un libro que les ayudaría a acabar más rápido. La muchacha de pelo alborotado camino con ellos, hasta que se alejó, buscando un libro del que no estaba segura del paradero.

En cuanto se fue, unos chicos de Gryffindor, último año, salieron de detrás de un estante, con varitas en mano.

— Vaya, miren esto. Malfoy y Potter juntos— dijo uno de ellos— Deben de ser amigos, dos serpientes rastreras cazando juntos.

— No— dijo Scorpius, con cansancio.

— ¿No? Malfoy, eres un mentiroso. Y tu, Potter, creíamos que no podías traicionar más a tu familia, pero por lo visto nos equivocamos— y alzó al varita, preparandose para lanzar un hechizo.

De la nada, sus ojos se desenfocaron, y lanzó el encantamiento aturdidor a su compañero, que cayó al suelo desmayado. Y luego salió corriendo. Del mismo estande salió Rose, con su varita en las manos.

— ¡Le hice el encantamiento condundus!— dijo ella con una sonrisa.

— ¿Tu qué?— Scorpius estaba impresionado que la chica supiera hacer un hechizo que aún no les habían enseñado.

— ¡Los confundí con un hechizo!— repitió ella, emocionada porque el hechizo haya funcionado.

— ¿Por qué?— preguntó el rubio. La sonrisa eufórica cambió a una sonrisita tímida.

— No es justo que te traten así. He visto como se meten contigo, y no es justo.

Scorpius Malfoy había sido salvado, por decirlo así, por Rose Weasley. Recordó aquellas historias de peleas entre sus familias. El odio que sus padre sentían el uno por el otro. Miro a Albus, que le estaba dando las gracias a su prima. Él tampoco era tan malo, pero el rubio había sido muy cortante con el azabache. También había historias sobre peleas con los Potter.

Pero claro, existían las excepciones.