Problemas, nuevamente. — capítulo 13
Harry daba vueltas por su despacho del Ministerio. Había pasado una semana desde el ataque a su casa, y ya habían ocurrido tres ataques más. Pensaba, desesperado por encontrar una respuesta a sus problemas. Había recibido una carta de McGonnagal, y después de leerla, se sintió en parte aliviado y en parte preocupado. Al parecer, la directora se encontraba en una búsqueda de aquella que, según cierta profecía, era la salvadora del mundo de los magos, y también le decía en la carta que ningún ser podía extraer almas.
Él también pensaba lo mismo, pero no podía arriesgarse, aunque fuera Minerva McGonnagal la que le aseguraba lo contrario.
Miró por la ventana de su despacho, que daba al improvisado campo de entrenamiento. Los hechizos volaban por todo el recinto, destruyendo los muñecos de prueba. Cada día, llegaban más voluntarios, y los aceptaban complacida mente. Una cabellera pelirroja destacaba junto a la línea de practicantes. Ginny estaba hablando con el jefe Williamson. Ella supervisaba los entrenamientos personalmente, y cada tanto mostraba como se hacían correctamente algunos hechizos. A Harry le encantaba ver como la fuerza de los embrujos volaban en mil pedazos los muñecos de prueba.
Alguien llamó a la puerta, sacándolo de sus pensamientos.
-Adelante- dijo Harry, dándose vuelta.
-Señor- dijo un auror llamado Thomas entrando por la puerta.
-¿Qué pasa ahora, Thomas?- preguntó Harry, cansado.
-Perdón, Señor- contestó el joven- pero me pidió que le avisara si había otro ataque…
-¿A dónde fue esta vez?
-Pequeño Hangleton.
-¿Tan cerca?
-Sí, Señor.
-No hay tiempo que perder- dijo, saliendo del despacho- ¡Todos al Atrio!- gritó, poniéndose la varita en la garganta.
Los estallidos cesaron y la gente acató las órdenes del ministro. Al cabo de unos diez minutos, el Atrio estuvo lleno a reventar. Parado sobre una pequeña e improvisada tarima, Harry esperaba a que llegaran los últimos para empezar lo que podía ser su último discurso.
Ginny se ubicó, como siempre, a su derecha. Él la miró, y en esa mirada, le transmitió todo lo que sentía, y ella también.
-Silencio- pidió, y todos se callaron- gracias.
"Me han informado que hubo un nuevo ataque. Esta vez, en Pequeño Hangleton. Para los que no sepan donde es, queda a unas 200 millas de Little Whinging, es decir, muy cerca de aquí.
"Esto significa que ya no hay tiempo, debemos lanzar una contra ofensiva de inmediato. Tuvieron suficiente tiempo para practicar, hay suficientes escobas y tenemos una ubicación aproximada de la base del duende. Atacaremos hoy mismo, salimos en veinte minutos, prepárense, escríbanles a sus familias y que Merlín nos proteja.
Mientras se preparaban, Harry se fue a su despacho, se sentó al escritorio, sacó de un cajón pluma, tinta y papel y empezó a escribir. Las palabras brotaban de la punta de la pluma por sí mismas, sin siquiera pensarlas.
"Queridos hijos míos:
Escribo estas líneas como último mensaje hacia ustedes. Lo hago por las dudas de no volver de esta misión que para muchos será la última. Quiero que sepan que todo lo que hago, lo hago por el bien de ustedes, para que puedan vivir un mañana digno de ser vivido, y no como cuando yo era joven, que más que vivir, sobreviví.
Albus: Sé que has tenido conflictos últimamente, y te entiendo. A tu edad me pasaba lo mismo, culpaba a todos de todo, incluyéndome. Pero debes saber, que eso no sirve de nada, solo te haces daño a ti mismo y a los que te aman. Te deseo lo mejor, espero que puedas superar tus tristezas y cuides a tu hermana.
Lily: Mi dulce niña,
En ese momento, la puerta se abrió. Harry se sobresaltó, y casi mancha la carta. Ginny entró y cerró la puerta tras ella. Su expresión denotaba tristeza, y entre sus manos, llevaba un sobre, ya lacrado.
-¿Terminaste?- le preguntó
-Estaba en eso- contestó, volviendo a escribir.- Veo que vos sí.
-Fue sencillo, en realidad- dijo, sentándose frente a él.- Solo escribí. Sin pensar.
-Yo también- contestó Harry, doblando la carta y guardándola en un sobre.
-¿Qué crees que pase? ¿Volveremos?- preguntó ella, y él notó, como pocas veces, el dolor de la incertidumbre.
-Si lo creyera, si lo creyéramos, no estaríamos por mandar estas cartas- contestó, sellando el sobre.
Harry se dirigió a la puerta, y Ginny lo siguió. Salieron del despacho y caminaron en el mayor de los silencios. Nadie los molestó, nadie hablaba, ni un ruido se escuchaba en el ministerio. Subieron a uno de los ascensores y pidieron ir a la lechucería. Subieron hasta lo más alto, pasando el Atrio. Llegaron a un recinto enorme, con miles huecos en las paredes donde las lechuzas tenían sus perchas. Por un momento, Harry recordó sus años en Hogwarts, cuando visitaba a Hedwin en la lechucería del colegio. La luz se filtraba por múltiples ventanas en la parte más alta de las paredes.
Caminaron unos metros y eligieron a una lechuza enorme, blanca con pequeñas manchas negras. Se miraron y ataron las cartas, una a cada pata del animal.
-Ve a Grimmuald Place n° 12- le dijo Ginny- Dáselas a Albus y Lily Potter.
La lechuza la miró, hiso un gesto de asentimiento y Salió volando. Harry y Ginny la vieron alejarse. Él la abrazó, ella también, y ambos, sin poder contenerse, lloraron en silencio.