La niña que sobrevivió — capítulo 10
Las cosas no podían haber salido peor.
Filch los llevó al despacho de la profesora McGonagall, en el primer piso, donde se sentaron a esperar; sin decir una palabra. Hermione temblaba. Excusas, disculpas y locas historias cruzaban la mente de Harly, cada una más débil que la otra. No podía imaginar cómo se iban a librar del problema aquella vez. Estaban atrapadas. ¿Cómo podían haber sido tan tontas para olvidar la capa? No había razón en el mundo para que la profesora McGonagall aceptara que habían estado vagando durante la noche, para no mencionar la torre más alta de Astronomía, que estaba prohibida, salvo para las clases. Si añadía a todo eso Norbertoy la capa invisible, ya podían empezar a hacer las maletas.
¿Harly pensaba que las cosas no podían estar peor? Estaba equivocada. Cuando la profesora McGonagall apareció, llevaba a Neville.
—¡Harly! ¡Hydra! —estalló Neville en cuanto las vio—. Estaba tratando de encontrarlas para prevenirlas, oí que Malfoy decía que iba a atraparlas, dijo que tenían un drag...
Hydra negó violentamente con la cabeza, para que Neville no hablara más, pero la profesora McGonagall la vio. La miró como si echara fuego igual que Norbertoy se irguió, amenazadora, sobre los cuatro.
—Nunca lo habría creído de ninguna de vosotras. El señor Filch dice que estabais en la torre de Astronomía. Es la una de la mañana. Quiero una explicación.
Ésa fue la primera vez que Hermione no pudo contestar a una pregunta de un profesor. Miraba fijamente sus zapatillas, tan rígida como una estatua.
—Creo que tengo idea de lo que sucedió —dijo la profesora McGonagall—. No hace falta ser un genio para descubrirlo. Se inventaron una historia sobre un dragón para que Draco Malfoy saliera de la cama y se metiera en líos. Las he atrapado. Supongo que les habrá parecido divertido que Longbottom oyera la historia y también la creyera, ¿no?
Harly captó la mirada de Neville y trató de decirle, sin palabras, que aquello no era verdad, porque Neville parecía asombrado y herido. Pobre mete-patas Neville, las tres sabían lo que debía de haberle costado buscarlas en la oscuridad, para prevenirlas.
—Estoy disgustada —dijo la profesora McGonagall—. Cinco alumnos fuera de la cama en una noche. ¡Nunca he oído una cosa así! Tú, Hermione Granger, pensé que tenías más sentido común. Y tú, Harly Potter... Creía que Gryffindor significaba más para ti. Lo mismo para ti, Hydra Black. Los cuatro sufriréis castigos... Sí, tú también, Longbottom, nada te da derecho a dar vueltas por el colegio durante la noche, en especial en estos días: es muy peligroso y se os descontarán cincuenta puntos de Gryffindor.
—¿Cincuenta? —resopló Harly. Iban a perder el primer puesto, lo que había ganado en el último partido de quidditch.
—Cincuenta puntos cada uno —dijo la profesora McGonagall, resoplando a través de su nariz puntiaguda.
—Profesora... por favor...
—Profesora… no puede… por favor…
—Usted, usted no...
—No me digan lo que puedo o no puedo hacer; Harly Potter e Hydra Black. Ahora, volved a la cama, todos. Nunca me he sentido tan avergonzada de alumnas de Gryffindor.
Doscientos puntos perdidos. Eso situaba a Gryffindor en el último lugar. En una noche, habían acabado con cualquier posibilidad de que Gryffindor ganara la copa de la casa. Harly sentía como si le retorcieran el estómago. ¿Cómo podrían arreglarlo?
Ni Harly, ni Hydra ni Hermione durmieron bien aquella noche. Harly e Hydra podían oír el llanto de Hermione, que duró horas. A ninguna de las dos se les ocurría nada que decir para consolar a su amiga. Harly sabía que Hermione, como ella misma, y muy probablemente igual Hydra, tenía miedo de que amaneciera. ¿Qué sucedería cuando el resto de los de Gryffindor descubrieran lo que ellas habían hecho?
Al principio, los Gryffindors que pasaban por el gigantesco reloj de arena, que informaba de la puntuación de la casa, pensaron que había un error. ¿Cómo iban a tener; súbitamente, doscientos puntos menos que el día anterior? Y luego, se propagó la historia. Harly Potter; la famosa Harly Potter, la heroína de dos partidos de quidditch, les había hecho perder todos esos puntos, ella junto con sus dos amigas y un estúpido de primer año.
De ser una de las personas más populares y admiradas del colegio, Harly súbitamente era la más detestada. Hasta los de Ravenclaw y Hufflepuff le giraban la cara, porque todos habían deseado ver a Slytherin perdiendo la copa.
Cedric era el único de las otras casas que le hablaba y que no estaba enojado con ella
—Tranquila, ya verás que pronto se olvida, no es para tanto —le había dicho una vez en que la vio muy triste.
Pero ella no creía que se fuera a olvidar nunca, o al menos ese año.
Por dondequiera que Harly pasara, la señalaban con el dedo y no se molestaban en bajar la voz para insultarla. Los de Slytherin, por su parte, a Hydra y a ella las aplaudían y las vitoreaban, diciendo: «¡Gracias, Potter; te debemos una!» y «¡Sabíamos que no podías ser de Gryffindor, Black!». Harly decidió que era mejor no preguntar sobre ello a su amiga.
Sólo Ron las apoyaba.
—Se olvidarán en unas semanas. Fred y George han perdido puntos muchas veces desde que están aquí y la gente los sigue apreciando.
—Pero nunca perdieron doscientos puntos de una vez, ¿verdad? —dijo Harly tristemente.
—Bueno... no —admitió Ron.
Era un poco tarde para reparar los daños, pero Hydra hizo jurar a Harly que, de ahí en adelante, no se meterían en cosas que no eran asunto suyo. Todo había sido por andar averiguando y espiando.
Harly se sentía tan avergonzada que fue a ver a Wood y le ofreció su renuncia.
—¿Renunciar? —exclamó Oliver—. ¿Qué ganaríamos con eso? ¿Cómo vamos a recuperar puntos si no podemos jugar al quidditch?
Pero hasta el quidditchhabía perdido su atractivo. El resto del equipo no le hablaba durante el entrenamiento, y si tenían que hablar de ella la llamaban «la buscadora». Por su amistad con Hydra, Fred era la excepción a ello
—¡Vamos! George y yo hemos perdido muchos más puntos si juntamos todos los que nos han quitado los profesores durante el año.
Hermione y Neville también sufrían. No pasaban tantos malos ratos como Harly e Hydra porque no eran tan conocidos, pero nadie les hablaba. Hermione había dejado de llamar la atención en clase, y se quedaba con la cabeza baja, trabajando en silencio.
Harly casi estaba contenta de que se aproximaran los exámenes. Las lecciones que tenía que repasar alejaban sus desgracias de su mente. Ella, Hydra, Hermione y Ron se quedaban juntos, trabajando hasta altas horas de la noche, tratando de recordar los ingredientes de complicadas pociones, aprendiendo de memoria hechizos y encantamientos y repitiendo las fechas de descubrimientos mágicos y rebeliones de los gnomos.
Y entonces, una semana antes de que empezaran los exámenes, las nuevas resoluciones de Hydra y Harly de no interferir en nada que no les concerniera sufrieron una prueba inesperada. Una tarde que salían de la biblioteca oyeron que alguien gemía en un aula que estaba delante de ellas. Mientras se acercaban, oyeron la voz de Quirrell.
—No... no... otra vez no, por favor...
Parecía que alguien lo estaba amenazando. Harly se acercó.
—Muy bien... muy bien. —Oyó que Quirrell sollozaba.
Al segundo siguiente, Quirrell salió apresuradamente del aula, enderezándose el turbante. Estaba pálido y parecía a punto de llorar. Desapareció de su vista y Harly pensó que ni siquiera las había visto. Esperaron hasta que dejaron de oírse los pasos de Quirrell y entonces inspeccionaron el aula. Parecía vacía, pero la puerta del otro extremo estaba entreabierta. Harly e Hydra estaban a mitad de camino, cuando recordaron que se habían prometido no meterse en lo que no le correspondía.
Al mismo tiempo, habrían apostado doce Piedras Filosofales a que Snape acababa de salir del aula y, por lo que Harly había escuchado, Snape debería estar de mejor humor... Quirrell parecía haberse rendido finalmente.
Hydra, por el contrario, creía que Quirrell estaba planeando algo un poco más solo.
Harly e Hydra regresaron a la biblioteca, en donde Hermione estaba repasándole Astronomía a Ron. Harly les contó lo que habían oído.
—¡Entonces Snape lo hizo! —dijo Ron—. Si Quirrell le dijo cómo romper su encantamiento anti-Fuerzas Oscuras...
—Pero todavía queda Fluffy—dijo Hermione.
—Tal vez Snape descubrió cómo pasar ante él sin preguntarle a Hagrid —dijo Ron, mirando a los miles de libros que los rodeaban—. Seguro que por aquí hay un libro que dice cómo burlar a un perro gigante de tres cabezas. ¿Qué vamos a hacer, chicas?
La luz de la aventura brillaba otra vez en los ojos de Ron, pero Hermione respondió antes de que a Harly a Hydra les diera tiempo de abrir la boca.
—Ir a ver a Dumbledore. Eso es lo que debimos hacer hace tiempo. Si se nos ocurre algo a nosotros solos, con seguridad vamos a perder.
—¡Pero no tenemos pruebas! —exclamó Hydra—. Supongamos que mi teoría no es real, según la suya, Quirrell está demasiado atemorizado para respaldarnos. Snape sólo tiene que decir que no sabía cómo entró el trol en Halloween y que él no estaba cerca del tercer piso en ese momento. ¿A quién pensáis que van a creer, a él o a nosotros? No es exactamente un secreto que lo detestamos. Dumbledore creerá que nos lo hemos inventado para hacer que lo echen. Filch no nos ayudaría aunque su vida dependiera de ello, es demasiado amigo de Snape y, mientras más alumnos pueda echar, mejor para él. Y no olvidéis que se supone que no sabemos nada sobre la Piedra o Fluffy. Serían muchas explicaciones.
Hermione pareció convencida, pero Ron no.
—Si investigamos sólo un poco...
—No —dijo Harly en tono terminante—: ya hemos investigado demasiado.
Acercó un mapa de Júpiter a su mesa y comenzó a aprender los nombres de sus lunas.
A la mañana siguiente, llegaron notas para Harly, Hydra, Hermione y Neville, en la mesa del desayuno. Eran todas iguales.
Vuestro castigo tendrá lugar a las once de la noche.
El señor Filch os espera en el vestíbulo de entrada.
Prof M. McGonagall
En medio del furor que sentía por los puntos perdidos, Harly había olvidado que todavía les quedaban los castigos. De alguna manera esperaba que Hermione e Hydra se quejaran por tener que perder una noche de estudio, pero la ninguna dijo una palabra. Todas sentían que se merecían lo que les tocara.
A las once de aquella noche, se despidieron de Ron en la sala común y bajaron al vestíbulo de entrada con Neville. Filch ya estaba allí y también Malfoy. Harly también había olvidado que a Malfoy lo habían condenado a un castigo y por la cara que puso Hydra al ver a su primo, se veía que la idea no le agradaba nada.
—Seguidme —dijo Filch, encendiendo un farol y conduciéndolos hacia fuera—. Seguro que os lo pensaréis dos veces antes de faltar a otra regla de la escuela, ¿verdad? —dijo, mirándolos con aire burlón—. Oh, sí... trabajo duro y dolor son los mejores maestros, si queréis mi opinión... es una lástima que hayan abandonado los viejos castigos... colgaros de las muñecas, del techo, unos pocos días. Yo todavía tengo las cadenas en mi oficina, las mantengo engrasadas por si alguna vez se necesitan... Bien, allá vamos, y no penséis en escapar, porque será peor para vosotros si lo hacéis.
Marcharon cruzando el oscuro parque. Neville comenzó a respirar con dificultad.
Harly se preguntó cuál sería el castigo que les esperaba. Debía de ser algo verdaderamente horrible, o Filch no estaría tan contento.
La luna brillaba, pero las nubes la tapaban, dejándolos en la oscuridad. Delante, Harly pudo ver las ventanas iluminadas de la cabaña de Hagrid. Entonces oyeron un grito lejano.
—¿Eres tú, Filch? Date prisa, quiero empezar de una vez.
El corazón de Harly se animó y el de Hydra dio una voltereta entera: si iban a estar con Hagrid, no podía ser tan malo. Su alivio debió aparecer en sus cara, porque Filch dijo:
—Supongo que creen que van a divertirse con ese papanatas, ¿no? Bueno, piénsenlo mejor, niñas... es al bosque adonde iréis y mucho me habré equivocado si volvéis todos enteros.
Al oír aquello, Neville dejó escapar un gemido y Malfoy se detuvo de golpe.
—¿El bosque? —repitió, y no parecía tan indiferente como de costumbre—. Hay toda clase de cosas allí... dicen que hay hombres lobo.
Neville se aferró de la manga de la túnica de Hermione y dejó escapar un ruido ahogado.
—Eso es problema vuestro, ¿no? —dijo Filch, con voz radiante—. Tendríais que haber pensado en los hombres lobo antes de meteros en líos.
Hagrid se acercó hacia ellos, con Fangpegado a los talones. Llevaba una gran ballesta y un carcaj con flechas en la espalda.
—Menos mal —dijo—. Estoy esperando hace media hora. ¿Todo bien, chicas?
—Yo no sería tan amistoso con ellas, Hagrid —dijo con frialdad Filch—. Después de todo, están aquí por un castigo.
—Por eso llegáis tarde, ¿no? —dijo Hagrid, mirando con rostro ceñudo a Filch—.
¿Has estado dándoles sermones? Eso no es lo que tienes que hacer. A partir de ahora, me hago cargo yo.
—Volveré al amanecer —dijo Filch— para recoger lo que quede de ellos —añadió con malignidad. Se dio la vuelta y se encaminó hacia el castillo, agitando el farol en la oscuridad.
Entonces Malfoy se volvió hacia Hagrid.
—No iré a ese bosque —dijo, y Harly tuvo el gusto de notar miedo en su voz, incluso vio que a Hermione se le dibujaba una pequeña sonrisa.
—Lo harás, si quieres quedarte en Hogwarts —dijo Hagrid con severidad—. Hicisteis algo mal y ahora lo vais a pagar.
—Pero eso es para los empleados, no para los alumnos. Yo pensé que nos harían escribir unas líneas, o algo así. Si mi padre supiera que hago esto, él...
—Te dirá que es así como se hace en Hogwarts —gruñó Hagrid—. ¡Escribir unas líneas! ¿Y a quién le serviría eso? Haréis algo que sea útil, o si no os iréis. Si crees que tu padre prefiere que te expulsen, entonces vuelve al castillo y coge tus cosas. ¡Vete!
Malfoy no se movió. Miró con ira a Hagrid, pero luego bajó la mirada.
—Bien, entonces —dijo Hagrid—. Escuchad con cuidado, porque lo que vamos a hacer esta noche es peligroso y no quiero que ninguno se arriesgue. Seguidme por aquí, un momento.
Los condujo hasta el límite del bosque. Levantando su farol, señaló hacia un estrecho sendero de tierra, que desaparecía entre los espesos árboles negros. Una suave brisa les levantó el cabello, mientras miraban en dirección al bosque.
—Mirad allí —dijo Hagrid—. ¿Veis eso que brilla en la tierra? ¿Eso plateado? Es sangre de unicornio. Hay por aquí un unicornio que ha sido malherido por alguien. Es la segunda vez en una semana. Encontré uno muerto el último miércoles. Vamos a tratar de encontrar a ese pobrecito herido. Tal vez tengamos que evitar que siga sufriendo.
—¿Y qué sucede si el que hirió al unicornio nos encuentra a nosotros primero? — dijo Malfoy, incapaz de ocultar el miedo de su voz.
—No hay ningún ser en el bosque que os pueda herir si estáis conmigo o con Fang—dijo Hagrid—. Y seguid el sendero. Ahora vamos a dividirnos en dos equipos y seguiremos la huella en distintas direcciones. Hay sangre por todo el lugar, debieron herirlo ayer por la noche, por lo menos.
—Yo quiero ir con Fang—dijo rápidamente Malfoy, mirando los largos colmillos del perro.
—Muy bien, pero te informo de que es un cobarde —dijo Hagrid—. Entonces las chicas y yo iremos por un lado y ustedes, muchachos y Fang, por el otro. Si alguno encuentra al unicornio, debe enviar chispas verdes, ¿de acuerdo? Sacad vuestras varitas y practicad ahora... está bien... Y si alguno tiene problemas, las chispas serán rojas y nos reuniremos todos... así que tened cuidado... en marcha.
El bosque estaba oscuro y silencioso. Después de andar un poco, vieron que el sendero se bifurcaba. Harly, Hydra, Hermione y Hagrid fueron hacia la izquierda y Malfoy, Neville y Fangse dirigieron a la derecha.
Anduvieron en silencio, con la vista clavada en el suelo. De vez en cuando, un rayo de luna a través de las ramas iluminaba una mancha de sangre azul plateada entre las hojas caídas.
Hydra vio que Hagrid parecía muy preocupado.
—¿Podría ser un hombre lobo el que mata los unicornios? —preguntó Hydra
—No son bastante rápidos —dijo Hagrid—. No es tan fácil cazar un unicornio, son criaturas poderosamente mágicas. Nunca había oído que hubieran hecho daño a ninguno.
Pasaron por un tocón con musgo. Harly podía oír el agua que corría: debía de haber un arroyo cerca. Todavía había manchas de sangre de unicornio en el serpenteante sendero.
—¿Están bien, chicas? —susurró Hagrid—. No se preocupen, no puede estar muy lejos si está tan malherido, y entonces podremos... ¡PONEOS DETRÁS DE ESE ÁRBOL!
Hagrid cogió a las tres amigas y las arrastró fuera del sendero, detrás de un grueso roble. Sacó una flecha, la puso en su ballesta y la levantó, lista para disparar. Los cuatro escucharon. Alguien se deslizaba sobre las hojas secas. Parecía como una capa que se arrastrara por el suelo. Hagrid miraba hacia el sendero oscuro pero, después de unos pocos segundos, el sonido se alejó.
—Lo sabía —murmuró—. Aquí hay alguien que no debería estar.
—¿Un hombre lobo? —sugirió Harly.
—Eso no era un hombre lobo, ni tampoco un unicornio —dijo Hagrid con gesto sombrío—. Bien, seguidme, pero tened cuidado.
Anduvieron más lentamente, atentos a cualquier ruido. De pronto, en un claro un poco más adelante, algo se movió visiblemente.
—¿Quién está ahí? —gritó Hagrid—. ¡Déjese ver... estoy armado!
Y apareció en el claro... ¿era un hombre o un caballo? De la cintura para arriba, un hombre, con pelo y barba rojizos, pero por debajo, el cuerpo de pelaje zaino de un caballo, con una cola larga y rojiza. Harly, Hydra y Hermione se quedaron boquiabiertas.
—Oh, eres tú, Ronan —dijo aliviado Hagrid—. ¿Cómo estás?
Se acercó y estrechó la mano del centauro.
—Que tengas buenas noches, Hagrid —dijo Ronan. Tenía una voz profunda y acongojada—. ¿Ibas a dispararme?
—Nunca se es demasiado cuidadoso —dijo Hagrid, tocando su ballesta—. Hay alguien muy malvado, perdido en este bosque. Ah, ésta es Harly Potter, esa es Hydra Black y ella es Hermione Granger. Las tres son alumnas del colegio. Y él es Ronan. Es un centauro.
—Nos hemos dado cuenta —dijo débilmente Hydra.
—Buenas noches —las saludó Ronan—. ¿Estudiantes, no? ¿Y aprendéis mucho en el colegio?
—Eh...
—Un poquito —dijo con timidez Hermione.
—Un poquito. Bueno, eso es algo. —Ronan suspiró. Torció la cabeza y miró hacia el cielo—. Esta noche, Marte está brillante.
—Ajá —dijo Hagrid, lanzándole una mirada—. Escucha, me alegro de haberte encontrado, Ronan, porque hay un unicornio herido. ¿Has visto algo?
Ronan no respondió de inmediato. Se quedó con la mirada clavada en el cielo, sin pestañear, y suspiró otra vez.
—Siempre los inocentes son las primeras víctimas —dijo—. Ha sido así durante los siglos pasados y lo es ahora.
—Sí —dijo Hagrid—. Pero ¿has visto algo, Ronan? ¿Algo desacostumbrado?
—Marte brilla mucho esta noche —repitió Ronan, mientras Hagrid lo miraba con impaciencia—. Está inusualmente brillante.
—Sí, claro, pero yo me refería a algo inusual que esté un poco más cerca de nosotros —dijo Hagrid—. Entonces ¿no has visto nada extraño?
Otra vez, Ronan se tomó su tiempo para contestar. Hasta que, finalmente, dijo:
—El bosque esconde muchos secretos.
Un movimiento en los árboles detrás de Ronan hizo que Hagrid levantara de nuevo su ballesta, pero era sólo un segundo centauro, de cabello y cuerpo negro y con aspecto más salvaje que Ronan.
—Hola, Bane —saludó Hagrid—. ¿Qué tal?
—Buenas noches, Hagrid, espero que estés bien.
—Sí, gracias. Mira, le estaba preguntando a Ronan si había visto algo extraño últimamente. Han herido a un unicornio. ¿Sabes algo sobre eso?
Bane se acercó a Ronan. Miró hacia el cielo.
—Esta noche Marte brilla mucho —dijo simplemente.
—Eso dicen —dijo Hagrid de malhumor—. Bueno, si alguno ve algo, me avisáis, ¿de acuerdo? Bueno, nosotros nos vamos.
Las tres chicas lo siguieron, saliendo del claro y mirando por encima del hombro a Ronan y Bane, hasta que los árboles los taparon.
—Nunca —dijo irritado Hagrid— tratéis de obtener una respuesta directa de un centauro. Son unos malditos astrólogos. No se interesan por nada más cercano que la luna.
—¿Y hay muchos de ellos aquí? —preguntó Hydra.
—Oh, unos pocos más... Se mantienen apartados la mayor parte del tiempo, pero siempre aparecen si quiero hablar con ellos. Los centauros tienen una mente profunda... saben cosas... pero no dicen mucho.
—¿Crees que era un centauro el que oímos antes? —dijo Harly.
—¿Te pareció que era ruido de cascos? No, en mi opinión, eso era lo que está matando a los unicornios... Nunca he oído algo así.
Pasaron a través de los árboles oscuros y tupidos. Harly seguía mirando por encima de su hombro, con nerviosismo. Tenía la desagradable sensación de que los vigilaban.
Estaba muy contenta de que Hagrid y su ballesta fueran con ellas. Acababan de pasar una curva en el sendero cuando Hermione se aferró al brazo de Hagrid.
—¡Hagrid! ¡Mira! ¡Chispas rojas, los otros tienen problemas!
—¡Vosotras esperad aquí! —gritó Hagrid—. ¡Quedaos en el sendero, volveré a buscarlas!
Lo oyeron alejarse y se miraron entre ellas, muy asustadas, hasta que ya no oyeron más que las hojas que se movían alrededor.
—¿Creen que les habrá pasado algo? —susurró Hermione.
—No me importará si le ha pasado algo a Draco, pero si le sucede algo a Neville... está aquí por nuestra culpa—le contestó Hydra.
Los minutos pasaban lentamente. Les parecía que sus oídos eran más agudos que nunca. Harly detectaba cada ráfaga de viento, cada ramita que se rompía. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Dónde estaban los otros?
Por fin, un ruido de pisadas crujientes les anunció el regreso de Hagrid. Malfoy, Neville y Fangestaban con él. Hagrid estaba furioso. Malfoy se había escondido detrás de Neville y, en broma, lo había cogido. Neville se aterró y envió las chispas.
—Vamos a necesitar mucha suerte para encontrar algo, después del alboroto que habéis hecho. Bueno, ahora voy a cambiar los grupos... Neville, tú te quedas conmigo y Hermione. Harly, Hydra, ustedes van con Fangy este idiota. Lo siento —añadió en un susurro dirigiéndose a las dos amigas— pero a él le va a costar mucho asustarlas y tenemos que terminar con esto.
Así que Harly e Hydra se internaron en el corazón del bosque, con Malfoy y Fang.
Harly creía que Hydra y Malfoy se podrían a discutir, pero estuvieron todo el tiempo en silencio.
Anduvieron cerca de media hora, internándose cada vez más profundamente, hasta que el sendero se volvió casi imposible de seguir, porque los árboles eran muy gruesos. Harly pensó que la sangre también parecía más espesa.
Había manchas en las raíces de los árboles, como si la pobre criatura se hubiera arrastrado en su dolor. Harly pudo ver un claro, más adelante, a través de las enmarañadas ramas de un viejo roble.
—Mira... —murmuró, levantando un brazo para detener a Hydra y a Malfoy
Algo de un blanco brillante relucía en la tierra. Se acercaron más.
Sí, era el unicornio y estaba muerto. Ni Harly ni Hydra habían visto nada tan hermoso y tan triste. Sus largas patas delgadas estaban dobladas en ángulos extraños por su caída y su melena color blanco perla se desparramaba sobre las hojas oscuras.
Harly había dado un paso hacia el unicornio e Hydra, aunque parecía algo renuente, la estaba siguiendo, cuando un sonido de algo que se deslizaba lo hizo congelarse en donde estaba. Un arbusto que estaba en el borde del claro se agitó... Entonces, de entre las sombras, una figura encapuchada se acercó gateando, como una bestia al acecho. Harly, Hydra, Malfoy y Fangpermanecieron paralizados.
La figura encapuchada llegó hasta el unicornio, bajó la cabeza sobre la herida del animal y comenzó a beber su sangre.
—¡AAAAAAAAAAAAAH!
Malfoy dejó escapar un terrible grito y huyó... lo mismo que Fang. La figura encapuchada levantó la cabeza y miró directamente a Harly y a Hydra. La sangre del unicornio le chorreaba por el pecho. Se puso de pie y se acercó rápidamente hacia ellas... Las dos estaban tomadas de la mano, paralizadas de miedo.
Entonces, un dolor le perforó la cabeza a Harly y la muñeca a Hydra, algo que nunca había sentido alguna de las dos, como si la respectiva área estuviera incendiándose. Casi sin poder ver, retrocedieron. Luego, oyeron cascos galopando a sus espaldas, y algo saltó limpiamente y atacó a la figura.
El dolor era tan fuerte que Harly e Hydra cayeron de rodillas. Pasaron unos minutos antes de que se calmaran. Cuando Harly levantó la vista, la figura se había ido. Un centauro estaba ante ellas. No era ni Ronan ni Bane: éste parecía más joven, tenía cabello rubio muy claro, cuerpo pardo y cola blanca.
—¿Estás bien? —dijo el centauro, ayudándolas a ponerse de pie.
—Sí... gracias... ¿qué ha sido eso?
El centauro no contestó. Tenía ojos asombrosamente azules, como pálidos zafiros.
Observó a las dos chicas con cuidado, fijando la mirada en la cicatriz que se veía amoratada en la frente de Harly y buscando algo en Hydra.
—Tú eres la chica Potter, y si las estrellas están en lo cierto, tú eres la última de los Black —dijo—. Es mejor que regresen con Hagrid. El bosque no es seguro en esta época en especial para ustedes dos. ¿Pueden cabalgar? Así será más rápido...
Mi nombre es Firenze —añadió, mientras bajaba sus patas delanteras, para que Harly e Hydra pudieran montar en su lomo.
Del otro lado del claro llegó un súbito ruido de cascos al galope. Ronan y Bane aparecieron velozmente entre los árboles, resoplando y con los flancos sudados.
—¡Firenze! —rugió Bane—. ¿Qué estás haciendo? ¡Tienes a una criatura y a una humana sobre el lomo! ¿No te da vergüenza? ¿Es que eres una mula ordinaria?
—¿Te das cuenta de quiénes son? —dijo Firenze—. Son la chica Potter y la última Black. Mientras más rápido se vayan del bosque, mejor.
—¿Qué les has estado diciendo? —gruñó Bane—. Recuerda, Firenze, juramos no oponernos a los cielos. ¿No has leído en el movimiento de los planetas lo que sucederá?
Ronan dio una patada en el suelo con nerviosismo.
—Estoy seguro de que Firenze pensó que estaba obrando lo mejor posible —dijo, con voz sombría.
También Bane dio una patada, enfadado.
—¡Lo mejor posible! ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? ¡Los centauros debemos ocuparnos de lo que está vaticinado! ¡No es asunto nuestro el andar como burros buscando humanas extraviados en nuestro bosque!
De pronto, Firenze levantó las patas con furia y Harly tuvo que aferrarse de Hydra, que a su vez se aferró del lomo de Firenze, para no caer.
—¿No has visto ese unicornio? —preguntó Firenze a Bane—. ¿No comprendes por qué lo mataron? ¿O los planetas no te han dejado saber ese secreto? Yo me lanzaré contra el que está al acecho en este bosque, con humanas sobre mi lomo si tengo que hacerlo.
Y Firenze partió rápidamente, con las dos niñas sujetándose lo mejor que podían, y dejó atrás a Ronan y Bane, que se internaron entre los árboles.
Ninguna entendía lo sucedido.
—¿Por qué Bane está tan enfadado? —preguntó Harly—. Y a propósito, ¿qué era esa cosa de la que nos salvaste?
Firenze redujo el paso y previno a las muchachas que tuvieran la cabeza agachada, a causa de las ramas, pero no contestó. Siguieron andando entre los árboles y en silencio, durante tanto tiempo que Harly creyó que Firenze no volvería a hablarles. Sin embargo, cuando llegaron a un lugar particularmente tupido, Firenze se detuvo.
—Harly Potter, ¿sabes para qué se utiliza la sangre de unicornio?
—No —dijo Harly, asombrada por la extraña pregunta, mirando a Hydra para ver si ella sabía, pero su amiga negó con la cabeza—. En la clase de Pociones solamente utilizamos los cuernos y el pelo de la cola de unicornio.
—Eso es porque matar un unicornio es algo monstruoso —dijo Firenze—. Sólo alguien que no tenga nada que perder y todo para ganar puede cometer semejante crimen. La sangre de unicornio te mantiene con vida, incluso si estás al borde de la muerte, pero a un precio terrible. Si uno mata algo puro e indefenso para salvarse a sí mismo, conseguirá media vida, una vida maldita, desde el momento en que la sangre toque sus labios.
Harly e Hydra clavaron la mirada en la nuca de Firenze, que parecía de plata a la luz de la luna.
—Pero ¿quién estaría tan desesperado? —preguntó Hydra en voz alta—. Si te van a maldecir para siempre, la muerte es mejor, ¿no?
—Es así —dijo Firenze— a menos que lo único que necesites sea mantenerte vivo el tiempo suficiente para beber algo más, algo que te devuelva toda tu fuerza y poder, algo que haga que nunca mueras. ¿Niñas, saben qué está escondido en el colegio en este preciso momento?
—¡La Piedra Filosofal! ¡Por supuesto... el Elixir de Vida! Pero no entiendo quién...
—¿No pueden pensar en nadie que haya esperado muchos años para regresar al poder, que esté aferrado a la vida, esperando su oportunidad?
Fue como si un puño de hierro cayera súbitamente sobre la cabeza de Harly. Por encima del ruido del follaje, le pareció oír una vez más lo que Hagrid le había dicho la noche en que se conocieron: «Algunos dicen que murió. En mi opinión, son tonterías. No creo que le quede lo suficiente de humano como para morir».
—¿Quieres decir —dijo con voz ronca Harly— que era Vol...?
—¡Harly! ¡Hydra! ¿Están bien?
Hermione corría hacia ellas por el sendero, con Hagrid resoplando detrás.
—Estamos bien —dijo Hydra, casi sin saber lo que contestaba—. El unicornio está muerto, Hagrid, está en ese claro de atrás.
—Aquí es donde las dejo —murmuró Firenze, mientras Hagrid corría a examinar al unicornio—. Ya están a salvo.
Harly se deslizó de su lomo.
—Buena suerte, Harly Potter, Hydra Black —dijo Firenze—. Los planetas ya se han leído antes equivocadamente, hasta por centauros. Espero que ésta sea una de esas veces.
Se volvió y se internó en lo más profundo del bosque, dejando a las dos amigas temblando.
Ron se había quedado dormido en la oscuridad de la sala común, esperando a que volvieran. Cuando Harly lo sacudió para despertarlo, gritó algo sobre una falta en quidditch. Sin embargo, en unos segundos estaba con los ojos muy abiertos, mientras
Harly e Hydra les contaban, a él y a Hermione, lo que había sucedido en el bosque. Harly no podía sentarse. Se paseaba de un lado al otro, ante la chimenea. Hydra, en cambio, en cuanto vio un sillón, cayó sobre él. Todavía temblaban.
—Snape quiere la piedra para Voldemort...
—Y Voldemort está esperando en el bosque...
—¡Y todo el tiempo pensábamos que Snape sólo quería ser rico!
Harly e Hydra se interrumpían una a otra en su afán por contar todos los detalles
—¡Dejen de decir el nombre! —dijo Ron, en un aterrorizado susurro, como si pensara que Voldemort pudiera oírlos.
Harly no lo escuchó.
—Firenze nos salvó, pero no debía haberlo hecho... Bane estaba furioso... Hablaba de interferir en lo que los planetas dicen que sucederá... Deben decir que Voldemort ha vuelto... Bane piensa que Firenze debió dejar que Voldemort nos matara. Supongo que eso también está escrito en las estrellas.
—¿Quieres, por favor, dejar de repetir el nombre? —dijo Ron.
—Así que lo único que tenemos que hacer es esperar que Snape robe la Piedra —continuó febrilmente Hydra—.. Entonces Voldemort podrá venir y terminar con nuestra amiga... Bueno, supongo que Bane estará contento.
Hermione parecía muy asustada, pero tuvo una palabra de consuelo.
—Harly, Hydra, todos dicen que Dumbledore es al único al que Quien-tú-sabes siempre ha temido. Con Dumbledore por aquí, Quien-tú-sabes no tocará a Harly. De todos modos, ¿quién puede decir que los centauros tienen razón? A mí me parecen adivinos y la profesora McGonagall dice que ésa es una rama de la magia muy inexacta.
El cielo ya estaba claro cuando terminaron de hablar. Se fueron a la cama agotados, con las gargantas secas. Pero las sorpresas de aquella noche no habían terminado.
Cuando Harly abrió la cama encontró su capa invisible, cuidadosamente doblada.
Tenía sujeta una nota:
Por las dudas.