La niña que sobrevivió — capítulo 15
—¡Hydra! ¡Ron! —exclamó Harly, encaramándose a la ventana y abriéndola para poder hablar con sus amigos a través de la reja—. Chicos, ¿cómo lograron...? ¿Qué...?
Harly se quedó boquiabierta al darse cuenta de lo que veía. Hydra y Ron sacaban la cabeza por la ventanilla trasera de un viejo coche de color azul turquesa que estaba detenido ¡ni más ni menos que en el aire! Sonriendo a Harly desde los asientos delanteros, estaban Fred y George, los hermanos gemelos de Ron, que eran mayores que él.
—¿Todo bien, Harly?
—¿Qué ha pasado? —preguntó Hydra—. ¿Por qué no has contestado a nuestras cartas? Te he pedido unas doce veces que vinieras a mi casa a pasar unos días, y luego, hace un día antes de que yo fuera a casa de Ron, su padre le dijo en el trabajo a mi tío que te habían enviado un apercibimiento oficial por utilizar la magia delante de los muggles.
—No fui yo. Pero ¿cómo se enteró?
—Trabajan en el Ministerio, igual que la prima de Hydra —contestó Ron—. Harly, sabes que no podemos hacer ningún conjuro fuera del colegio.
—¡Tiene gracia que tú me lo digas! —repuso Harly, echando un vistazo al coche flotante.
—¡Esto no cuenta! —explicó Ron—. Sólo lo hemos cogido prestado. Es de mi padre, nosotros no lo hemos encantado.
—Pero hacer magia delante de esos mugglescon los que vives... Harly, ¿sabes en el lío qué te metiste? —le dijo Hydra
—No he sido yo, ya se los he dicho..., pero es demasiado largo para explicarlo ahora. Miren, por favor pueden decir en Hogwarts que los Dursley me tienen encerrada y que no podré volver al colegio, y está claro que no puedo utilizar la magia para escapar de aquí, porque el ministro pensaría que es la segunda vez que utilizo conjuros en tres días, de forma que...
—Deja de decir tonterías —dijo Ron—. Hemos venido para llevarte a mi casa con nosotros.
—Pero tampoco vosotros podéis utilizar la magia para sacarme...
—No la necesitamos —repuso Ron, señalando con la cabeza hacia los asientos delanteros y sonriendo—. Recuerda a quiénes hemos traído con nosotros.
—Ata esto a la reja —dijo Fred, arrojándole un cabo de cuerda.
—Si los Dursley se despiertan, me matan —comentó Harly, atando la soga a uno de los barrotes. Fred aceleró el coche.
—No te preocupes —dijo George— y apártate.
Harly se retiró al fondo de la habitación, donde estaba Hedwig, que parecía haber comprendido que la situación era delicada y se mantenía inmóvil y en silencio. El coche aceleró más y más, y de pronto, con un sonoro crujido, la reja se desprendió limpiamente de la ventana mientras el coche salía volando hacia el cielo. Harly corrió a la ventana y vio que la reja había quedado colgando a sólo un metro del suelo. Entonces Hydra y Ron fueron recogiendo la cuerda hasta que tuvieron la reja dentro del coche.
Harly escuchó preocupada, pero no oyó ningún sonido que proviniera del dormitorio de los Dursley. Después de que Hydra y Ron dejaran la reja en el asiento trasero, entre Ron y la puerta, Fred dio marcha atrás para acercarse tanto como pudo a la ventana de Harly.
—Entra —dijeron Hydra y Ron.
—Pero todas mis cosas de Hogwarts... Mi varita mágica, mi escoba...
—¿Dónde están? —preguntó Ron
—Guardadas bajo llave en la alacena de debajo de las escaleras. Y yo no puedo salir de la habitación.
—No te preocupes —dijo George desde el asiento del acompañante—. Quítate de ahí, Harly.
Fred y George entraron en la habitación de Harly trepando con cuidado por la ventana.
«Hay que reconocer que lo hacen muy bien», pensó Harly cuando George se sacó del bolsillo una horquilla del pelo para forzar la cerradura.
—Muchos magos creen que es una pérdida de tiempo aprender estos trucos muggles—observó Fred—, pero nosotros opinamos que vale la pena adquirir estas habilidades, aunque sean un poco lentas.
Se oyó un ligero «clic» y la puerta se abrió.
—Bueno, nosotros bajaremos a buscar tus cosas. Recoge todo lo que necesites de tu habitación y ve dándoselos a Ron y a Hydra por la ventana —susurró George.
—Tened cuidado con el último escalón, porque cruje —les susurró Harly mientras los gemelos se internaban en la oscuridad.
Harly fue cogiendo sus cosas de la habitación y se las pasaba a sus dos amigos a través de la ventana. Luego llegaron Fred y a George con su baúl. Oyó toser al tío Vernon.
Fred pasó al coche para ayudar a Hydra y a Ron a subir el baúl, mientras Harly y George lo empujaban desde la habitación. Centímetro a centímetro, el baúl fue deslizándose por la ventana.
Tío Vernon volvió a toser.
—Un poco más —dijo jadeando Fred, que desde el coche tiraba del baúl—, empujad con fuerza...
Harly y George empujaron con los hombros, y el baúl terminó de pasar de la ventana al asiento trasero del coche.
—Estupendo, vámonos —dijo George en voz baja.
Pero al subir al alféizar de la ventana, Harly oyó un potente chillido detrás de ella, seguido por la atronadora voz de tío Vernon.
—¡ESA MALDITA LECHUZA!
—¡Harly! ¡Olvidas a Hedwig! —exclamó Hydra
Harly cruzó a toda velocidad la habitación al tiempo que se encendía la luz del rellano. Cogió la jaula de Hedwig, volvió velozmente a la ventana, y se la pasó a Ron.
Harly estaba subiendo al alféizar cuando tío Vernon aporreó la puerta, y ésta se abrió de par en par.
Durante una fracción de segundo, tío Vernon se quedó inmóvil en la puerta; luego soltó un mugido como el de un toro furioso y, abalanzándose sobre Harly, agarrándola por un tobillo. Hydra, Ron, Fred y George la asieron a su vez por los brazos, y tiraban de ella todo lo que podían.
—¡Petunia! —bramó tío Vernon—. ¡Se escapa! ¡SE ESCAPA!
Pero los Weasley tiraron con más fuerza, y el tío Vernon tuvo que soltar la pierna de Harly. Tan pronto como ésta se encontró dentro del coche y hubo cerrado la puerta con un portazo, Hydra gritó:
—¡Fred, aprieta el acelerador!
Y el coche salió disparado en dirección a la luna. Harly no podía creérselo: estaba libre. Bajó la ventanilla y, con el aire azotándole los cabellos, volvió la vista para ver alejarse los tejados de Privet Drive. Tío Vernon, tía Petunia y Dudley estaban asomados a la ventana de Harly, alucinados.
—¡Hasta el próximo verano! —gritó Harly.
Hydra y los Weasley se rieron a carcajadas, y Harly se recostó en el asiento, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Suelta a Hedwig—dijo a Ron— y que nos siga volando. Lleva un montón de tiempo sin poder estirar las alas.
George le pasó la horquilla a Ron y, en un instante, Hedwigsalía alborozada por la ventanilla y se quedaba planeando al lado del coche, como un fantasma.
—Entonces, Harly, ¿por qué...? —preguntó Hydra impaciente—. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
Harly les explicó lo de Dobby, la advertencia que le había hecho y el desastre del pudín de violetas. Cuando terminó, hubo un silencio prolongado.
—¿Dijiste Dobby? — preguntó Hydra
—Sí ¿por qué?
—Bueno, yo conozco a un elfo llamado Dobby, es de la familia de mi primo…
—Muy sospechoso —dijo finalmente Fred.
—Me huele mal —corroboré George—. ¿Así que ni siquiera te dijo quién estaba detrás de todo?
—Creo que no podía —dijo Harly—, ya os he dicho que cada vez que estaba a punto de irse de la lengua, empezaba a darse golpes contra la pared.
Vio que Fred y George se miraban.
—¿Creéis que me estaba mintiendo? —preguntó Harly
—Bueno —repuso Fred—, tengamos en cuenta que los elfos domésticos tienen mucho poder mágico, pero normalmente no lo pueden utilizar sin el permiso de sus amos. Me da la impresión de que enviaron al viejo Dobby para impedirte que regresaras a Hogwarts. Una especie de broma. ¿Hay alguien en el colegio que tenga algo contra ti?
—Sí —respondieron Ron, Hydra y Harly al unísono.
—Draco Malfoy y su amiguita Pansy Parkinson—dijo Harly—. Me odian.
—¿Draco Malfoy? —dijo George, volviéndose—. ¿No es el hijo de Lucius Malfoy?
—Sí, por desgracia, es mi tío—contestó Hydra—. ¿Por qué lo preguntas?
—He oído a mi padre hablar mucho de él —dijo George—. Fue un destacado partidario de Quien-tú-sabes.
—Y cuando desapareció Quien-tú-sabes —dijo Fred, estirando el cuello para hablar con los tres del asiento trasero—, Lucius Malfoy regresó negándolo todo. Mentiras... Mi padre piensa que él pertenecía al círculo más próximo a Quien-tú-sabes.
Harly ya había oído estos rumores sobre la familia de Malfoy, y no le habían sorprendido en absoluto. En comparación con Malfoy, Dudley Dursley era un muchacho bondadoso, amable y sensible.
—Pero, ¡vamos! Yo conozco a Dobby, el pobre nunca haría algo así, aunque se lo ordenaran, estoy convencida de que antes se tiraría del techo como castigo por desobedecer…
Harly estaba callada. A juzgar por el hecho de que Draco Malfoy tenía normalmente lo mejor de lo mejor, su familia debía de estar forrada de oro mágico.
Podía imaginárselo dándose aires en una gran mansión. También parecía encajar con el tipo de cosas que Malfoy podría hacer, el enviar a un criado para que impidiera que Harly volviese a Hogwarts. ¿Había sido una tonta al dar crédito a Dobby? Pero Hydra creía en Dobby, y el año pasado ya había hecho a un lado las teorías de Hydra y comprobado que no era buena idea hacerlo en el futuro…
—De cualquier manera, estoy muy contento de que hayamos podido rescatarte —dijo Ron—. Me estaba preocupando que no respondieras a mis cartas ni a las de Hydra. Al principio le echaba la culpa a Errol...
—¿Quién es Errol?
—Nuestra lechuza macho. Pero está viejo. No sería la primera vez que le da un colapso al hacer una entrega. Así que intenté pedirle a Percy que me prestara a Hermes...
—¿Quién?
—La lechuza que nuestros padres compraron a Percy cuando lo nombraron prefecto —dijo Fred desde el asiento delantero.
—Pero Percy no me la quiso dejar —añadió Ron—. Dijo que la necesitaba él.
—Este verano, Percy se está comportando de forma muy rara —dijo George, frunciendo el entrecejo—. Ha estado enviando montones de cartas y pasando muchísimo tiempo encerrado en su habitación... No puede uno estar todo el día sacando brillo a la insignia de prefecto. Te estás desviando hacia el oeste, Fred —añadió, señalando un indicador en el salpicadero. Fred giró el volante.
—¿Vuestro padre sabe que os habéis llevado el coche? —preguntó Harly, adivinando la respuesta.
—Esto..., no —contestó Hydra por los Weasley, que parecían haberse quedado mudos—, esta noche, el señor Weasley tenía que trabajar. Espero que podamos dejarlo en el garaje sin que su madre se dé cuenta de que nos lo hemos llevado.
—¿Qué hace vuestro padre en el Ministerio de Magia? —preguntó Harly a los pelirrojos
—Trabaja en el departamento más aburrido —contestó Ron recuperando el habla—: el Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles.
—¿El qué?
—Se trata de cosas que han sido fabricadas por los mugglespero que alguien las encanta, y que terminan de nuevo en una casa o una tienda muggle. Por ejemplo, el año pasado murió una bruja vieja, y vendieron su juego de té a un anticuario. Una mujer mugglelo compró, se lo llevó a su casa e intentó servir el té a sus amigos. Fue una pesadilla. Nuestro padre tuvo que trabajar horas extras durante varias semanas.
—¿Qué ocurrió?
—Pues que la tetera se volvió loca y arrojó un chorro de té hirviendo por toda la sala, y un hombre terminó en el hospital con las tenacillas para coger los terrones de azúcar aferradas a la nariz. Nuestro padre estaba desesperado, en el departamento solamente están él y un viejo brujo llamado Perkins, y tuvieron que hacer encantamientos para borrarles la memoria y otros trucos para que no se acordaran de nada.
—Pero vuestro padre..., este coche...
Fred se rió.
—Sí, le vuelve loco todo lo que tiene que ver con los muggles, tenemos el cobertizo lleno de chismes muggles. Los coge, los hechiza y los vuelve a poner en su sitio. Si viniera a inspeccionar a casa, tendría que arrestarse a sí mismo. A nuestra madre la saca de quicio.
—¿Y tu tío, Hydra?
—Bueno, él trabaja en el Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia, en la Patrulla de Seguridad Mágica…
Harly iba a seguir preguntando, pero fue interrumpida
—Ahí está la carretera principal —dijo George, mirando hacia abajo a través del parabrisas—. Llegaremos dentro de diez minutos... Menos mal, porque se está haciendo de día.
Un tenue resplandor sonrosado aparecía en el horizonte, al este.
Fred dejó que el coche fuera perdiendo altura, y Harly vio a la escasa luz del amanecer el mosaico que formaban los campos y los grupos de árboles.
—Vivimos un poco apartados del pueblo —explicó Fred—. En Ottery Saint Catchpole, de hecho, Hydra vive justo al otro lado del pueblo. De verdad no entiendo cómo no te habíamos conocido antes, ¿sabes?...
El coche volador descendía más y más. Entre los árboles destellaba ya el borde de un sol rojo y brillante.
—¡Aterrizamos! —exclamó Fred cuando, con una ligera sacudida, tomaron contacto con el suelo.
Aterrizaron junto a un garaje en ruinas en un pequeño corral, y Harly vio por vez primera la casa de Ron.
Parecía como si en otro tiempo hubiera sido una gran pocilga de piedra, pero aquí y allá habían ido añadiendo tantas habitaciones que ahora la casa tenía varios pisos de altura y estaba tan torcida que parecía sostenerse en pie por arte de magia, y Harly sospechó que así era probablemente. Cuatro o cinco chimeneas coronaban el tejado.
Cerca de la entrada, clavado en el suelo, había un letrero torcido que decía «La Madriguera». En torno a la puerta principal había un revoltijo de botas de goma y un caldero muy oxidado. Varias gallinas gordas de color marrón picoteaban a sus anchas por el corral.
—No es gran cosa.
—Es una maravilla —repuso Harly, contenta, acordándose de Privet Drive.
—A mí me parece fantástica —añadió Hydra más hacia Fred que hacia ningún otro.
Salieron del coche.
—Ahora tenemos que subir las escaleras sin hacer el menor ruido —advirtió Fred—, y esperar a que mamá nos llame para el desayuno. Entonces tú, Hydra, bajarás las escaleras con Ginny dando saltos y diciendo: «¡Señora Weasley, mire quién ha llegado esta noche!» Ella se pondrá muy contenta, y nadie tendrá que saber que hemos cogido el coche.
—Bien —dijo Ron—. Vamos, Harly, tú dormirás en el...
De repente, Ron se puso de un color verdoso muy feo y clavó los ojos en la casa.
Los otros cuatro se dieron la vuelta.
La señora Weasley, acompañada de otra mujer de cabello castaño, iba por el corral espantando a las gallinas, las dos parecían furiosas y era sorprendente el tono de rojo que sus rostros mostraban en aquel momento.
—¡Ah! —musitó George.
—¡Dios mío! —exclamaron Hydra y Fred al mismo tiempo.
La señora Weasley y su acompañante se pararon delante de ellos, con las manos en las caderas, y pasearon la mirada por cada uno. La señora Weasley llevaba un delantal estampado de cuyo bolsillo sobresalía una varita mágica del mismo modo que la varita de la otra señora se veía en el bolsillo de su túnica morada.
—Así que... —dijeron a la vez.
—Buenos días, mamá —saludó George, poniendo lo que él consideraba que era una voz alegre y encantadora.
—Hola, tía Drómeda— dijo Hydra con voz queda
—¿Tenéis idea de lo preocupadas que hemos estado? —preguntó la señora Weasley en un tono aterrador.
Fred y George intentaron salvar un poco la situación
—Perdona, mamá, pero es que, mira, teníamos que...
Ante las palabras de los gemelos, la tía de Hydra estalló
—¡Las camas vacías! ¡Ni una nota! El coche no estaba..., podíais haber tenido un accidente...
La señora Weasley y ella se arrebataban la palabra, evidentemente furiosas
—Creía que me volvía loca, pero no os importa, ¿verdad?...
—Nunca, en toda mi vida...
—Ya veréis cuando llegue a casa vuestro padre, un disgusto como éste nunca me lo dieron Bill, ni Charlie, ni Percy...
—Percy, el prefecto perfecto —murmuró Fred.
—¡PUES PODRÍAS SEGUIR SU EJEMPLO! —gritó la señora Weasley, dándole golpecitos en el pecho con el dedo.
—¡Podríais haberos matado o podría haberos visto alguien!
—Y vuestro padre haberse quedado sin trabajo por vuestra culpa...
—¡Igual que tu tío!
Les pareció que la reprimenda duraba horas. La señora Weasley y la señora Tonks enronquecieron de tanto gritar, luego, la señora Weasley se plantó delante de Harly, que retrocedió asustada.
—Me alegro de verte, Harly, cielo, y me alegra que estés bien Hydra —dijo—. Pasen a desayunar.
La señora Weasley y la señora Tonks se encaminaron hacia la casa y Harly las siguió, después de dirigir una mirada azorada a Hydra y Ron, que le respondieron animándola con un gesto de la cabeza.
La cocina era pequeña y todo en ella estaba bastante apretujado. En el medio había una mesa de madera que se veía muy restregada, con sillas alrededor. Harly se sentó tímidamente, mirando a todas partes. Era la primera vez que estaba en la casa de un mago.
El reloj de la pared de enfrente sólo tenía una manecilla y carecía de números. En el borde de la esfera había escritas cosas tales como «Hora del té», «Hora de dar de comer a las gallinas» y «Te estás retrasando». Sobre la repisa de la chimenea había unos libros en montones de tres, libros que tenían títulos como La elaboración de queso mediante la magia, El encantamiento en la reposteríao Por arte de magia: cómo preparar un banquete en un minuto. Y, a menos que Harly hubiera escuchado mal, la vieja radio que había al lado del fregadero acababa de anunciar que a continuación emitirían el programa «La hora de las brujas, con la popular cantante hechicera Celestina Warbeck».
La señora Weasley preparaba el desayuno sin poner demasiada atención en lo que hacía, y en el rato que tardó en freír las salchichas echó unas cuantas miradas de desaprobación a sus hijos. De vez en cuando murmuraba: «cómo se os pudo ocurrir» o «nunca lo hubiera creído».
—Tú no tienes la culpa, cielo —le aseguró la señora Tonks (que se había quedado a desayunar) a Harly, echándole en el varias salchichas—. Ted y yo también hemos estado muy preocupados por ti y estoy segura de que Arthur y Molly también. Anoche mismo estuvimos comentando Ted y yo que si Hydra seguía sin tener noticias tuyas el viernes, iríamos a buscarte para traerte aquí o a nuestra casa.
Pero —dijo la señora Weasley señora servía huevos fritos —cualquiera podría haberos visto atravesar medio país volando en ese coche e infringiendo la ley...
Entonces, como si fuera lo más natural, dio un golpecito con la varita mágica en el montón de platos sucios del fregadero, y éstos comenzaron a lavarse solos, produciendo un suave tintineo.
—¡Estaba nublado, mamá! —dijo Fred.
—¡No hables mientras comes! —le interrumpió la señora Weasley.
—¡La estaban matando de hambre! —dijo Hydra.
—¡Cállate tú también! —atajó la señora Tonks, pero cuando se puso a cortar unas rebanadas de pan para Harly y a untarlas con mantequilla, la expresión se le enterneció.
En aquel momento apareció en la cocina una personita bajita y pelirroja, que llevaba puesto un largo camisón y que, dando un grito, se volvió corriendo.
Luego, en muy poco tiempo, volvió a bajar la escalera, esta vez con un lindo vestido verde
—Ella es Ginny —dijo Ron a Harly —, mi hermana. Se ha pasado el verano hablando de ti.
—Sí, debe de estar esperando que le firmes un autógrafo, Harly, eres su heroína —dijo George con una sonrisa, pero se dio cuenta de que su madre lo miraba y que su hermana le sacaba la lengua y hundió la vista en el plato sin decir ni una palabra más.
—Hola—dijo Ginny tímidamente.
Después de un rato, la tía de Hydra se levantó y dijo:
—Bueno, es hora de que regrese a casa, Nymphadora y Ted deben estar esperando a saber que ha ocurrido…
—¿Segura? Pueden venir a comer si lo desean…—dijo la señora Weasley
—Oh, no, muchas gracias pero no quiero abusar de la hospitalidad, después de todo, Hydra ya se está quedando aquí
—Como quieras, querida, supongo, entonces, que nos veremos otro día
Hydra se levantó y abrazó a su tía, a quien la mirada ya se le había enternecido
—Nos vemos tía, perdón por asustarte… Te quiero mucho…
Andrómeda Tonks rió suavemente y con bondad dijo
—No hay problema, cielo, pero que no se repita
Salió de la cocina y desapareció.
No volvieron a hablar hasta que hubieron terminado todo lo que tenían en el plato, lo que les llevó poquísimo tiempo.
—Estoy que reviento —dijo Fred, bostezando y dejando finalmente el cuchillo y el tenedor—. Creo que me iré a la cama y...
—De eso nada —interrumpió la señora Weasley—. Si te has pasado toda la noche por ahí, ha sido culpa tuya. Así que ahora vete a desgnomizar el jardín, que los gnomos se están volviendo a desmadrar.
—Pero, mamá...
—Y vosotros dos, id con él —dijo ella, mirando a Ron y Fred—. Ustedes sí pueden irse a la cama, niñas —dijo a Harly y a Hydra
Pero Harly, que no tenía nada de sueño, dijo con presteza:
—Ayudaremos a Ron y a los gemelos.
—Por supuesto, después de todo, yo también iba en ese coche, señora Weasley… Aparte, nunca he visto una desgnomización, y seguro que Ginny también quiere participar—añadió Hydra.
La aludida asintió con la cabeza con una mirada entre divertida y expectante
—Son muy amables, queridas, pero es un trabajo aburrido —dijo la señora Weasley—. Pero veamos lo que Lockhart dice sobre el particular.
Y cogió un pesado volumen de la repisa de la chimenea. George se quejó.
—Mamá, ya sabemos desgnomizar un jardín.
Harly echó una mirada a la cubierta del libro de la señora Weasley. Llevaba escritas en letras doradas de fantasía las palabras «Gilderoy Lockhart: Guía de las plagas en el hogar». Ocupaba casi toda la portada una fotografía de un mago muy guapo de pelo rubio ondulado y ojos azules y vivarachos. Como todas las fotografías en el mundo de la magia, ésta también se movía: el mago, que Harly supuso que era Gilderoy Lockhart, guiñó un ojo a todos con descaro. La señora Weasley le sonrió abiertamente.
—Es muy bueno —dijo ella—, conoce al dedillo todas las plagas del hogar, es un libro estupendo...
—A mamá le gusta —dijo Ginny, en voz baja pero bastante audible, haciendo que una risita escapara los labios de Harly e Hydra.
—No digas tonterías, Ginny —dijo la señora Weasley, ruborizándose—. Muy bien, si creen que saben más que Lockhart, pónganse ya a ello; pero ¡ay de ustedes si queda un solo gnomo en el jardín cuando yo salga!
Entre quejas y bostezos, los Weasley salieron arrastrando los pies, seguidos por Harly e Hydra. El jardín era grande y a Harly le pareció que era exactamente como tenía que ser un jardín. A los Dursley no les habría gustado; estaba lleno de maleza y el césped necesitaba un recorte, pero había árboles de tronco nudoso junto a los muros, y en los arriates, plantas exuberantes que Harly no había visto nunca, y un gran estanque de agua verde lleno de ranas.
—Los mugglestambién tienen gnomos en sus jardines, ¿sabes? —dijo Harly a Hydra y Ron mientras atravesaban el césped.
—Sí, ya he visto esas cosas que ellos piensan que son gnomos —dijo Hydra, mientras Ron se inclinaba sobre una mata de peonías—. Como una especie de papás Noel gorditos con cañas de pescar, a mi tío le gustan...
Se oyó el ruido de un forcejeo, la peonía se sacudió y Ron se levantó, diciendo en tono grave:
—Esto es un gnomo.
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —chillaba el gnomo.
—¡Oh, que lindo es! —dijo Hydra.
Desde luego, Harly no supo porque a su amiga le parecía lindo. La criatura no se parecía a papá Noel: era pequeño y de piel curtida, con una cabeza grande y huesuda, parecida a una patata. Ron lo sujetó con el brazo estirado, mientras el gnomo le daba patadas con sus fuertes piececitos. Ron lo cogió por los tobillos y lo puso cabeza abajo.
—Esto es lo que tienen que hacer —explicó. Levantó al gnomo en lo alto («¡suéltame!», decía éste) y comenzó a voltearlo como si fuera un lazo. Viendo el espanto en el rostro de Hydra, Ron añadió—: No les duele. Pero los tienen que dejar muy mareados para que no puedan volver a encontrar su madriguera.
Entonces soltó al gnomo y éste salió volando por el aire y cayó en el campo que había al otro lado del seto, a unos siete metros, con un ruido sordo.
—¡De pena! —dijo Fred—. ¿Qué te apuestas a que lanzo el mío más allá de aquel tocón?
Harly aprendió enseguida que no había que sentir compasión por los gnomos y decidió lanzar al otro lado del seto al primer gnomo que capturase, pero éste, percibiendo su indecisión, le hundió sus afiladísimos dientes en un dedo, y le costó mucho trabajo sacudírselo...
—Caramba, Harly..., eso habrán sido casi veinte metros... —exclamó Ginny asombrada, la verdad, una vez que la chica había comenzado a hablar, a Harly le pareció muy agradable.
Hydra, en cambio, fue a la orilla del estanque, se agachó y comenzó a acariciar a gnomo que había salido cerca de ahí.
Pronto, para indignación de Hydra («¡No los arrojen! Pobrecitos» decía ella), el aire se llenó de gnomos volando.
—Ya ven que no son muy listos —observó Ginny, cogiendo dos gnomos a la vez—. En cuanto se enteran de que estamos desgnomizando, salen a curiosear. Ya deberían haber aprendido a quedarse escondidos en su sitio.
Al poco rato vieron que los gnomos que habían aterrizado en el campo, que eran muchos, empezaban a alejarse andando en grupos, con los hombros caídos.
—Volverán —dijo Ron, mientras contemplaban cómo se internaban los gnomos en el seto del otro lado del campo—. Les gusta este sitio... Papá es demasiado blando con ellos, porque piensa que son divertidos...
En aquel momento se oyó la puerta principal de la casa.
—¡Ya ha llegado! —dijo Ginny—. ¡Papá está en casa!
Y los cuatro hermanos y hermana, seguidos de Harly e Hydra, fueron corrieron a su encuentro.
El señor Weasley estaba sentado en una silla de la cocina, con las gafas quitadas y los ojos cerrados. Era un hombre delgado, bastante calvo, pero el escaso pelo que le quedaba era tan rojo como el de sus hijos. Llevaba una larga túnica verde polvorienta y estropeada de viajar.
—¡Qué noche! —farfulló, cogiendo la tetera mientras los muchachos se sentaban a su alrededor—. Nueve redadas. ¡Nueve! Y el viejo Mundungus Fletcher intentó hacerme un maleficio cuando le volví la espalda.
El señor Weasley tomó un largo sorbo de té y suspiró.
—¿Encontró algo, señor Weasley? —preguntó Hydra con interés.
—Sólo unas llaves que merman y una tetera que muerde —respondió el señor Weasley en un bostezo—. Han ocurrido, sin embargo, algunas cosas bastante feas que no afectaban a mi departamento. A Mortlake lo sacaron para interrogarle sobre unos hurones muy raros, pero eso incumbe al Comité de Encantamientos Experimentales, gracias a Dios.
—¿Para qué sirve que unas llaves encojan? —preguntó Fred.
—Para atormentar a los muggles—suspiró el señor Weasley—. Se les vende una llave que merma hasta hacerse diminuta para que no la puedan encontrar nunca cuando la necesitan... Naturalmente, es muy difícil dar con el culpable porque ningún mugglequiere admitir que sus llaves merman; siempre insisten en que las han perdido. ¡Jesús! No sé de lo que serían capaces para negar la existencia de la magia, aunque la tuvieran delante de los ojos... Pero no os creeríais las cosas que a nuestra gente le ha dado por encantar...
—¿COMO COCHES, POR EJEMPLO?
La señora Weasley había aparecido blandiendo un atizador como si fuera una espada. El señor Weasley abrió los ojos de golpe y dirigió a su mujer una mirada de culpabilidad.
—¿Co-coches, Molly, cielo?
—Sí, Arthur, coches —dijo la señora Weasley, con los ojos brillándole—. Imagínate que un mago se compra un viejo coche oxidado y le dice a su mujer que quiere llevárselo para ver cómo funciona, cuando en realidad lo está encantando para que vuele.
El señor Weasley parpadeó.
—Bueno, querida, creo que estarás de acuerdo conmigo en que no ha hecho nada en contra de la ley, aunque quizá debería haberle dicho la verdad a su mujer... Verás, existe una laguna jurídica... siempre y cuando él no utilice el coche para volar. El hecho de que el coche pueda volar no constituye en sí...
—¡El Señor Weasley ya se encargó personalmente de que existiera una laguna jurídica cuando usted redactó esa ley! —gritó la señora Weasley—. ¡Sólo para poder seguir jugando con todos esos cachivaches mugglesque tienes en el cobertizo! ¡Y; para que lo sepas, Harly ha llegado esta mañana en ese coche en el que tú no volaste!
—¿Harly? —dijo el señor Weasley mirando a su esposa sin comprender—. ¿Qué Harly?
Al darse la vuelta, vio a Harry y se sobresaltó.
—¡Dios mío! ¿Es Harly Potter? Encantado de conocerte. Ron e Hydra nos han hablado mucho de ti...
—¡Esta noche, tus hijos, acompañados de Hydra, han ido volando en el coche hasta la casa de Harly y han vuelto! —gritó la señora Weasley—. ¿No tienes nada que comentar al respecto?
—¿Es verdad que hicisteis eso? —preguntó el señor Weasley, nervioso—. ¿Fue bien la cosa? Qui-quiero decir —titubeó, al ver que su esposa echaba chispas por los ojos—, que eso ha estado muy mal, muchachos, pero que muy mal...
—Dejémosles que lo arreglen entre ellos —dijo Ron a Harly y a Hydra en voz baja, al ver que su madre estaba a punto de estallar—. Venga, Harly, quiero enseñarte mi habitación.
Salieron sigilosamente de la cocina y, siguiendo un estrecho pasadizo, llegaron a una escalera torcida que subía atravesando la casa en zigzag. En el tercer rellano había una puerta entornada. Antes de que se cerrara de un golpe, Harly pudo ver un el cabello rojo del hermano de Ron.
—Percy —dijo Ron—. De verdad, me pregunto que hace todo el día en su cuarto, apenas y baja para comer...
Subieron dos tramos más de escalera hasta llegar a una puerta con la pintura desconchada y una placa pequeña que decía «Habitación de Ronald».
Cuando Harly entró, con la cabeza casi tocando el techo inclinado, tuvo que cerrar un instante los ojos. Le pareció que entraba en un horno, porque casi todo en la habitación era de color naranja intenso: la colcha, las paredes, incluso el techo. Luego se dio cuenta de que Ron había cubierto prácticamente cada centímetro del viejo papel pintado con pósteres iguales en que se veía a un grupo de siete magos y brujas que llevaban túnicas de color naranja brillante, sostenían escobas en la mano y saludaban con entusiasmo.
—¿Tu equipo de quidditchfavorito? —le preguntó Harly
—Los Chudley Cannons —confirmó Ron, señalando la colcha naranja, en la que había estampadas dos letras «C» gigantes y una bala de cañón saliendo disparada—. Van novenos en la liga.
—¡Por favor, Ron, todo mundo sabe que el mejor equipo son los cuervos de Vastra!
—Pero si ese equipo ni siquiera es inglés, es búlgaro…
Mientras Hydra y Ron hablaban de sus equipos de quidditch, Harly miraba la habitación de Ron, él tenía los libros de magia del colegio amontonados desordenadamente en un rincón, junto a una pila de cómics que parecían pertenecer todos a la serie Las aventuras de Martin Miggs, el «muggle» loco. Su varita mágica estaba en el alféizar de la ventana, encima de una pecera llena de huevos de rana y al lado de *Scabbers,*la gorda rata gris de Ron, que dormitaba en la parte donde daba el sol.
Harly echó un vistazo por la diminuta ventana, tras pisar involuntariamente una baraja de cartas autobarajables que se hallaba esparcida por el suelo. Abajo, en el campo, podía ver un grupo de gnomos que volvían a entrar de uno en uno, a hurtadillas, en el jardín de los Weasley a través del seto. Luego se volvió hacia Ron e Hydra, que ya habían dejado de discutir, Harly se dio cuenta de que Ron la miraba con impaciencia, esperando que Harly emitiera su opinión.
—Es un poco pequeña —se apresuró a decir Ron—, a diferencia de la habitación que tenías en casa de los *muggles.*Además, justo aquí arriba está el espíritu del ático, que se pasa todo el tiempo golpeando las tuberías y gimiendo...
Pero Harly le dijo con una amplia sonrisa:
—Es la mejor casa que he visto nunca.
Ron se ruborizó hasta las orejas.