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La niña que sobrevivió — capítulo 14

Harly no gritó, pero estuvo a punto. La pequeña criatura que yacía en la cama tenía unas grandes orejas, parecidas a las de un murciélago, y unos ojos verdes y saltones del tamaño de pelotas de tenis. En aquel mismo instante, Harly tuvo la certeza de que aquella cosa era lo que le había estado vigilando por la mañana desde el seto del jardín.

La criatura y ella se quedaron mirando uno al otro, y Harly oyó la voz de Dudley proveniente del recibidor.

—¿Me permiten sus abrigos, señor y señora Mason?

Aquel pequeño ser se levantó de la cama e hizo una reverencia tan profunda que tocó la alfombra con la punta de su larga y afilada nariz. Harly se dio cuenta de que iba vestido con lo que parecía un almohadón viejo con agujeros para sacar los brazos y las piernas.

—Este..., hola —saludó Harly sin saber muy bien que hacer.

—Harly Potter —dijo la criatura con una voz tan aguda que Harly estaba seguro de que se había oído en el piso de abaje—, hace mucho tiempo que Dobby quería conocerle, señorita... Es un gran honor...

—Gra-gracias —respondió Harly, que avanzando pegada a la pared alcanzó la silla del escritorio y se sentó. A su lado estaba Hedwig, dormida en su gran jaula. Quiso preguntarle «¿Qué es usted?», pero pensó que sonaría demasiado grosero, así que dijo:

—¿Quién es usted?

—Dobby, señor. Dobby a secas. Dobby, el elfo doméstico —contestó la criatura.

—¿De verdad? —dijo Harly—. Bueno, no quisiera ser descortés, pero no me conviene precisamente ahora recibir en mi dormitorio a un elfo doméstico.

De la sala de estar llegaban las risitas falsas de tía Petunia. El elfo bajó la cabeza.

—Estoy encantada de conocerlo —se apresuró a añadir Harly—. Pero, en fin, ¿ha venido por algún motivo en especial?

—Sí, señorita —contestó Dobby con franqueza—. Dobby ha venido a decirle, señorita..., no es fácil, señorita... Dobby se pregunta por dónde empezar...

—Siéntese —dijo Harly educadamente, señalando la cama.

Para consternación suya, el elfo rompió a llorar, y además, ruidosamente.

—¡Sen-sentarme! —gimió—. Nunca, nunca en mi vida...

A Harly le pareció oír que en el piso de abajo hablaban entrecortadamente.

—Lo siento —murmuró—, no quise ofenderle.

—¡Ofender a Dobby! —repuso el elfo con voz disgustada—. A Dobby ningún mago y ninguna bruja le habían pedido nunca que se sentara..., como si fuera un igual.

Harly, procurando hacer «¡chss!» sin dejar de parecer hospitalaria, indicó a Dobby un lugar en la cama, y el elfo se sentó hipando. Parecía un muñeco grande y muy feo.

Por fin consiguió reprimirse y se quedó con los ojos fijos en Harly, mirándole con devoción.

—Se ve que no ha conocido a muchas brujas educadas —dijo Harly, intentando animarle.

Dobby negó con la cabeza. A continuación, sin previo aviso, se levantó y se puso a darse golpes con la cabeza contra la ventana, gritando: «¡Dobby malo! ¡Dobby malo!»

—No..., ¿qué está haciendo? —Harly dio un bufido, se acercó al elfo de un salto y tiró de él hasta devolverlo a la cama. Hedwigse acababa de despertar dando un fortísimo chillido y se puso a batir las alas furiosamente contra las barras de la jaula.

—Dobby tenía que castigarse, señorita —explicó el elfo, que se había quedado un poco bizco—. Dobby ha estado a punto de hablar mal de su familia, señor.

—¿Su familia?

—La familia de magos a la que sirve Dobby, señor. Dobby es un elfo doméstico, destinado a servir en una casa y a una familia para siempre.

—¿Y saben que está aquí? —preguntó Harly con curiosidad.

Dobby se estremeció.

—No, no, señorita, no... Dobby tendría que castigarse muy severamente por haber venido a verle, señorita. Tendría que pillarse las orejas en la puerta del horno, si llegaran a enterarse.

—Pero ¿no advertirán que se ha pillado las orejas en la puerta del horno?

—Dobby lo duda, señorita. Dobby siempre se está castigando por algún motivo, señorita. Lo dejan de mi cuenta, señorita. A veces me recuerdan que tengo que someterme a algún castigo adicional.

Harly sintió tanta indignación como la que habría sentido Hydra si lo estuviera escuchando, luego al pensar en Hydra, se sintió triste y decidió que era mejor cambiar un poco el tema

—Pero ¿por qué no los abandona? ¿Por qué no huye?

—Un elfo doméstico sólo puede ser libertado por su familia, señorita. Y la familia nunca pondrá en libertad a Dobby... Dobby servirá a la familia hasta el día que muera, señor.

Harly lo miró fijamente.

—Y yo que me consideraba desgraciada por tener que pasar otras cuatro semanas aquí —dijo—. Lo que me cuenta hace que los Dursley parezcan incluso humanos. ¿Y nadie puede ayudarle? ¿Puedo hacer algo?

Casi al instante, Harly deseó no haber dicho nada. Dobby se deshizo de nuevo en gemidos de gratitud.

—Por favor —susurró Harly desesperada—, por favor, no haga ruido. Si los Dursley le oyen, si se enteran de que está usted aquí...

—Harly Potter pregunta si puede ayudar a Dobby... Dobby estaba al tanto de su grandeza, señorita, pero no conocía su bondad...

Harly, consciente de que se estaba ruborizando, dijo:

—Sea lo que fuere lo que ha oído sobre mi grandeza, no son más que mentiras. Ni siquiera soy la primera de la clase en Hogwarts, es Hermione, ella... —Pero se detuvo enseguida, porque le dolía pensar en Hermione —O la de mayor corazón, esa es Hydra… ella…

Se volvió a detener, también le dolía pensar en Hydra.

—Harly Potter es humilde y modesta —dijo Dobby, respetuoso. Le resplandecían los ojos grandes y redondos—. Harly Potter no habla de su triunfo sobre El-que-no-debe- ser-nombrado.

—¿Voldemort? —preguntó Harly.

Dobby se tapó los oídos con las manos y gimió:

—¡Señorita, no pronuncie ese nombre! ¡No pronuncie ese nombre!

—¡Perdón! —se apresuró a decir—. Sé de muchísima gente a la que no le gusta que se diga..., mi amigo Ron...

Se detuvo. También era doloroso pensar en Ron.

Dobby se inclinó hacia Harly, con los ojos tan abiertos como faros.

—Dobby ha oído —dijo con voz quebrada— que Harly Potter tuvo un segundo encuentro con el Señor Tenebroso, hace sólo unas semanas..., y que Harly Potter escapó nuevamente.

Harly asintió con la cabeza, y a Dobby se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Ay, señorita! —exclamó, frotándose la cara con una punta del sucio almohadón que llevaba puesto—. ¡Harly Potter es valiente y arrojada! ¡Ha afrontado ya muchos peligros! Pero Dobby ha venido a proteger a Harly Potter, a advertirle, aunque más tarde tenga que pillarse las orejas en la puerta del horno, de que Harly Potter no debe regresar a Hogwarts.

Hubo un silencio, sólo roto por el tintineo de tenedores y cuchillos que venía del piso inferior, y el distante rumor de la voz de tío Vernon.

—¿Qué-qué? —tartamudeó Harly—. Pero si tengo que regresar; el curso empieza el 1 de septiembre. Eso es lo único que me ilusiona. Usted no sabe lo que es vivir aquí. Yo no pertenezco a esta casa, pertenezco al mundo de Hogwarts.

—No, no, no —chilló Dobby, sacudiendo la cabeza con tanta fuerza que se daba golpes con las orejas—. Harly Potter debe estar donde no peligre su seguridad. Es demasiado importante, demasiado buena, para que la perdamos. Si Harly Potter vuelve a Hogwarts, estará en peligro mortal.

—¿Por qué? —preguntó Harly sorprendida.

—Hay una conspiración, Harly Potter. Una conspiración para hacer que este año sucedan las cosas más terribles en el Colegio Hogwarts de Magia —susurró Dobby, sintiendo un temblor repentino por todo el cuerpo—. Hace meses que Dobby lo sabe, señorita. Harly Potter no debe exponerse al peligro: ¡es demasiado importante, señorita!

—¿Qué cosas terribles? —preguntó inmediatamente Harly—. ¿Quién las está tramando?

Dobby hizo un extraño ruido ahogado y acto seguido se empezó a golpear la cabeza furiosamente contra la pared.

—¡Está bien! —gritó Harly, sujetando al elfo del brazo para detenerlo—. No puede decirlo, lo comprendo. Pero ¿por qué ha venido usted a avisarme? —Un pensamiento repentino y desagradable la sacudió—. ¡Un momento! Esto no tiene nada que ver con Vol..., perdón, con Quien-usted-sabe, ¿verdad? Basta con que asiente o niegue con la cabeza —añadió apresuradamente, porque Dobby ya se disponía a golpearse de nuevo contra la pared.

Dobby movió lentamente la cabeza de lado a lado.

—No, no se trata de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado, señorita.

Pero Dobby tenía los ojos muy abiertos y parecía que trataba de darle una pista.

Harly, sin embargo, estaba completamente desorientada.

—Él no tiene hermanos, ¿verdad?

Dobby negó con la cabeza, con los ojos más abiertos que nunca.

—Bueno, siendo así, no puedo imaginar quién más podría provocar que en Hogwarts sucedieran cosas terribles —dijo Harly—. Quiero decir que, además, allí está Dumbledore. ¿Sabe usted quién es Dumbledore?

Dobby hizo una inclinación con la cabeza.

—Albus Dumbledore es el mejor director que ha tenido Hogwarts. Dobby lo sabe, señor. Dobby ha oído que los poderes de Dumbledore rivalizan con los de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado. Pero, señorita —la voz de Dobby se transformó en un apresurado susurro—, hay poderes que Dumbledore no..., poderes que ningún mago honesto...

Y antes de que Harly pudiera detenerlo, Dobby saltó de la cama, cogió la lámpara de la mesa de Harly y empezó a golpearse con ella en la cabeza lanzando unos alaridos que destrozaban los tímpanos.

En el piso inferior se hizo un silencio repentino. Dos segundos después, Harly, con el corazón palpitándole frenéticamente, oyó que tío Vernon se acercaba, explicando en voz alta:

—¡Dudley debe de haberse dejado otra vez el televisor encendido, el muy tunante!

—¡Rápido! ¡En el ropero! —dijo Harly, metiendo a Dobby en él tratando de parecer educada, cerrando la puerta y echándose en la cama en el preciso instante en que giraba el pomo de la puerta.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó tío Vernon rechinando los dientes, su cara espantosamente cerca de la de Harly—. Acabas de arruinar el final de mi chiste sobre el jugador japonés de golf... ¡Un ruido más, y desearás no haber nacido, sucia mocosa!

Tío Vernon salió de la habitación pisando fuerte con sus pies planos.

Harly, temblando, abrió la puerta del armario y dejó salir a Dobby.

—¿Se da cuenta de lo que es vivir aquí? —le dijo—. ¿Ve por qué debo volver a Hogwarts? Es el único lugar donde tengo..., bueno, donde creo que tengo amigos.

—¿Amigos que ni siquiera escriben a Harly Potter? —preguntó maliciosamente.

—Supongo que habrán estado... ¡Un momento! —dijo Harly, frunciendo el entrecejo—. ¿Cómo sabe usted que mis amigos no me han escrito?

Dobby cambió los pies de posición.

—Harly Potter no debe enfadarse con Dobby. Dobby pensó que era lo mejor...

—¿Ha interceptado usted mis cartas?

—Dobby las tiene aquí, señorita —dijo el elfo, y escapando ágilmente del alcance de Harly, extrajo un grueso fajo de sobres del almohadón que llevaba puesto.

Harly pudo distinguir la esmerada caligrafía de Hermione, la bonita y elegante letra de Hydra los irregulares trazos de Ron, la letra floja de Cedric, y hasta un garabato que parecía salido de la mano de Hagrid, el guardabosque de Hogwarts.

Dobby, inquieto, miró a Harly y parpadeó.

—Harly Potter no debe enfadarse... Dobby pensaba... que si Harly Potter creía que sus amigos la habían olvidado... Harly Potter no querría volver al colegio, señorita.

Harly no escuchaba. Olvidando los modales, se abalanzó sobre las cartas, pero Dobby la esquivó.

—Harly Potter las tendrá, señorita, si le da a Dobby su palabra de que no volverá a Hogwarts. ¡Señorita, es un riesgo que no debe afrontar! ¡Dígame que no irá, señorita! ¡Se lo suplico!

—¡Iré! —dijo Harly enojada—. Ahora, por favor, deme las cartas de mis amigos

—Entonces, Harly Potter no le deja a Dobby otra opción —dijo apenado el elfo.

Antes de que Harly pudiera hacer o decir algo, Dobby se había lanzado como una flecha hacia la puerta del dormitorio, la había abierto y había bajado las escaleras corriendo.

Con la boca seca y el corazón en un puño, Harly salió detrás de él, intentando no hacer ruido. Saltó los últimos seis escalones, cayó como un gato sobre la alfombra del recibidor y buscó a Dobby. Del comedor venía la voz de tío Vernon que decía:

—... señor Mason, cuéntele a Petunia aquella divertida anécdota de los fontaneros americanos, se muere de ganas de oírla...

Harly cruzó el vestíbulo, y al llegar a la cocina, sintió que se le venía el mundo encima.

El pudín magistral de tía Petunia, el montículo de nata y violetas de azúcar, flotaba cerca del techo. Dobby estaba en cuclillas sobre el armario que había en un rincón.

—No —rogó Harly con la voz ronca de preocupación—. Se lo ruego..., me matarán...

—Harly Potter debe prometer que no irá al colegio.

—Dobby..., por favor...

—Dígalo, señorita...

—¡No puedo!

—Entonces Dobby tendrá que hacerlo, señorita, por el bien de Harly Potter.

El pudín cayó al suelo con un estrépito capaz de provocar un infarto. El plato se hizo añicos y la nata salpicó ventanas y paredes. Dando un chasquido como el de un látigo, Dobby desapareció.

Del comedor llegaron unos alaridos y tío Vernon entró de sopetón en la cocina y halló a Harly paralizada por el susto y cubierto de la cabeza a los pies con los restos del pudín de tía Petunia.

Al principio le pareció que tío Vernon aún podría disimular el desastre («nuestra sobrina, ya ven..., la pobre está enferma..., se altera al ver a desconocidos, así que la tenemos en el piso de arriba...»). Llevó a los impresionados Mason de nuevo al comedor, prometió a Harly que, en cuanto se fueran, la encerraría en su habitación, y le puso una fregona en las manos.

Tía Petunia sacó helado del congelador y Harly, todavía temblando, se puso a fregar la cocina.

Tío Vernon podría haberlo solucionado de esta manera, si no hubiera sido por la lechuza.

En el preciso instante en que tía Petunia estaba ofreciendo a sus invitados unos bombones de menta, una lechuza penetró por la ventana del comedor, dejó caer una carta sobre la cabeza de la señora Mason y volvió a salir. La señora Mason gritó como una histérica y huyó de la casa exclamando algo sobre los locos. El señor Mason se quedó sólo lo suficiente para explicarles a los Dursley que su mujer tenía pánico a los pájaros de cualquier tipo y tamaño, y para preguntarles si aquélla era su forma de gastar bromas.

Harly estaba en la cocina, agarrado a la fregona para no caerse, cuando tío Vernon avanzó hacia ella con un destello demoníaco en sus ojos diminutos.

—¡Léela, niña! ¡Léela! —dijo hecho una furia y blandiendo la carta que había dejado la lechuza—. ¿Qué no entiendes? ¡He dicho que la leas!

Harly la cogió. No se trataba de ninguna felicitación por su cumpleaños.

Estimada Señorita Potter:

Hemos recibido la información de que un hechizo levitatorio ha sido usado en su lugar de residencia esta misma noche a las nueve y doce minutos.

Como usted sabe, a los magos y brujas menores de edad no se les permite realizar conjuros fuera del recinto escolar y reincidir en el uso de la magia podría acarrearle la expulsión del colegio (Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad, 1875, artículo tercero).

Asimismo le recordamos que se considera falta grave realizar cualquier actividad mágica que entrañe un riesgo de ser advertida por miembros de la comunidad no mágica o muggles (Sección decimotercera de la Confederación Internacional del Estatuto del Secreto de los Brujos).

¡Que disfrute de unas buenas vacaciones!

Afectuosamente,

Mafalda Hopkirk

Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia

Ministerio de Magia

Harly levantó la vista de la carta y tragó saliva.

—No nos habías dicho que no se te permitía hacer magia fuera del colegio —dijo tío Vernon, con una chispa de rabia en los ojos—. Olvidaste mencionarlo... Un grave descuido, me atrevería a decir...

Se echaba por momentos encima de Harly como un gran buldog, enseñando los dientes.

—Bueno, niña, ¿sabes qué te digo? Te voy a encerrar... Nunca regresarás a ese colegio... Nunca... Y si utilizas la magia para escaparte, ¡te expulsarán!

Y, riéndose como un loco, la arrastró escaleras arriba.

Tío Vernon fue tan duro con Harly como había prometido. A la mañana siguiente, mandó poner una reja en la ventana de su dormitorio e hizo una gatera en la puerta para pasarle tres veces al día una mísera cantidad de comida. Sólo la dejaban salir por la mañana y por la noche para ir al baño. Aparte de eso, permanecía encerrada en su habitación las veinticuatro horas del día.

Al cabo de tres días, no había indicios de que los Dursley se hubieran apiadado de ella, y Harly no encontraba la manera de escapar de su situación. Pasaba el tiempo tumbado en la cama, leyendo, viendo ponerse el sol tras la reja de la ventana y preguntándose entristecido qué sería de ella.

¿De qué le serviría utilizar sus poderes mágicos para escapar de la habitación, si luego la expulsaban de Hogwarts por hacerlo? Por otro lado, la vida en Privet Drive nunca había sido tan penosa. Ahora que los Dursley sabían que no se iban a despertar por la mañana convertidos en murciélagos, había perdido su única defensa. Tal vez Dobby la había salvado de los horribles sucesos que tendrían lugar en Hogwarts, pero tal como estaban las cosas lo más probable era que muriese de inanición

Se abrió la gatera y apareció la mano de tía Petunia, que introdujo en la habitación un cuenco de sopa de lata. Harly, a quien las tripas le dolían de hambre, saltó de la cama y se abalanzó sobre el cuenco. La sopa estaba completamente fría, pero se bebió la mitad de un trago. Luego se fue hasta la jaula de Hedwigy le puso en el comedero vacío los trozos de verdura embebidos del caldo que quedaban en el fondo del cuenco. La lechuza erizó las plumas y la miró con expresión de asco intenso.

—No debes despreciarlo, es todo lo que tenemos, eso y a nosotras mismas —dijo Harly con tristeza.

Volvió a dejar el cuenco vacío en el suelo, junto a la gatera, y se echó otra vez en la cama, casi con más hambre que la que tenía antes de tomarse la sopa.

Suponiendo que siguiera viva cuatro semanas más tarde, ¿qué sucedería si no se presentaba en Hogwarts? ¿Enviarían a alguien a averiguar por qué no había vuelto? ¿Podrían conseguir que los Dursley la dejaran ir?

La habitación estaba cada vez más oscura. Exhausta, con las tripas rugiéndole y el cerebro dando vueltas a aquellas preguntas sin respuesta, Harly concilió un sueño agitado.

Soñó que la exhibían en un zoo, dentro de una jaula con un letrero que decía «Bruja menor de edad». Por entre los barrotes, la gente la miraba con ojos asombrados mientras ella yacía, débil y hambrienta, sobre un jergón. Entre la multitud veía el rostro de Dobby y le pedía ayuda a voces, pero Dobby se excusaba diciendo: «Harly Potter está segura en este lugar, señorita», y desaparecía. Luego llegaban los Dursley, y Dudley repiqueteaba los barrotes de la jaula, riéndose de ella, como la vez en que ella había desaparecido el vidrio de una jaula, arrojando a su primo a una serpiente.

—¡Para! —dijo Harly, sintiendo el golpeteo en su dolorida cabeza—. Déjame en paz... Basta ya..., estoy intentando dormir...

Abrió los ojos. La luz de la luna brillaba por entre los barrotes de la ventana. Y dos personas, con los ojos muy abiertos, la miraba tras la reja: alguien con la cara llena de pecas, el pelo cobrizo y la nariz larga y otra persona con la piel pálida, ojos grises y el cabello blanco.

Hydra Black y Ron Weasley estaban afuera en la ventana.