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La niña que sobrevivió — capítulo 19

Durante los días siguientes, Harly pasó bastante tiempo esquivando a Gilderoy Lockhart cada vez que lo veía acercarse por un corredor. Pero más difícil aún era evitar a Colin Creevey, que parecía saberse de memoria el horario de Harly. Nada le hacía tan feliz como preguntar «¿Va todo bien, Harly?» seis o siete veces al día, y oír «Hola, Colin» en respuesta, a pesar de que la voz de Harly en tales ocasiones sonaba irritada. Ella pasaba tanto tiempo evitando a aquellos dos, que le era muy difícil ponerse de acuerdo con Cedric, quien estaba muy ocupado con sus clases, ahora que había pasado al quinto grado, para verse.

Hedwigseguía enfadada con Harly a causa del desastroso viaje en coche, y la varita de Ron, que todavía no funcionaba correctamente, se superó a sí misma el viernes por la mañana al escaparse de la mano de Ron en la clase de Encantamientos y dispararse contra el profesor Flitwick, que era viejo y bajito, y golpearle directamente entre los ojos, produciéndole un gran divieso verde y doloroso en el lugar del impacto.

Así que, entre unas cosas y otras, Harly se alegró muchísimo cuando llegó el fin de semana, porque Ron, Hermione, Hydra y ella habían planeado hacer una visita a Hagrid el sábado por la mañana.

Pero una de las cazadoras del equipo de quidditchde Gryffindor, Katie Bell, despertó a Harly con un zarandeo varias horas antes de lo que ella habría deseado.

—¿Qué pasa? —preguntó Harly aturdida.

—¡Entrenamiento de quidditch! —respondió Katie—. ¡Vamos!

Harly miró por la ventana, entornando los ojos. Una neblina flotaba en el cielo de color rojizo y dorado. Una vez despierta, se preguntó cómo había podido dormir con semejante alboroto de pájaros.

—Katie —observó Harly con voz ronca—, si todavía está amaneciendo...

—¡Lo sé!  ¡Oliver está loco!

Bostezando y un poco temblorosa, Harly saltó de la cama e intentó buscar su túnica de quidditch.

—Le diré a Wood que te estás vistiendo —dijo Katie mientras salía de la habitación—. Nos veremos en el campo dentro de quince minutos.

Encima de la túnica roja del equipo de Gryffindor se puso la capa para no pasar frío, garabateó a Hydra y Hermione una nota en la que le explicaba adónde había ido y bajó a la sala común por la escalera de caracol, con la Nimbus 2.000 sobre el hombro. Al llegar al retrato por el que se salía, oyó tras ella unos pasos y vio que Colin Creevey bajaba las escaleras corriendo, con la cámara colgada del cuello, que se balanceaba como loca, y llevaba algo en la mano.

—¡Oí que alguien pronunciaba tu nombre en las escaleras, Harly! ¡Mira lo que tengo aquí! La he revelado y te la quería enseñar...

Desconcertada, Harly miró la fotografía que Colin sostenía delante de su nariz.

Un Lockhart móvil en blanco y negro tiraba con una mano de un brazo que Harly reconoció como suyo mientras que, Lockhart, con su mano libre retenía a Hydra. Le complació ver que en la fotografía Hydra y ella aparecían ofreciendo resistencia y rehusando entrar en la foto. Al mirarla Harly, Lockhart soltó el brazo, jadeando, y se desplomó contra el margen blanco de la fotografía con gesto teatral.

—¿Me la firmas? —le pidió Colin con fervor.

—No —dijo Harly rotundamente, mirando en torno para comprobar que realmente no había nadie en la sala, e intentando parecer amable, añadió—. Lo siento, Colin, pero tengo prisa. Tengo entrenamiento de quidditch.

Y salió por el retrato.

—¡Eh, espérame! ¡Nunca he visto jugar al quidditch!

Colin se metió apresuradamente por el agujero, detrás de Harly.

—Será muy aburrido —dijo Harly enseguida, pero Colin no le hizo caso. Los ojos le brillaban de emoción.

—Tú has sido la jugadora más joven de la casa en los últimos cien años, ¿verdad, Harly? ¿Verdad que sí? —le preguntó Colin, corriendo a su lado—. Tienes que ser estupenda. Me han dicho que no hay muchas chicas que lo jueguen. Yo no he volado nunca. ¿Es fácil? ¿Ésa es tu escoba? ¿Es la mejor que hay?

Harly no sabía cómo librarse de él y seguir siendo amable. Era como tener una sombra habladora, extremadamente habladora.

—No sé cómo es el quidditch, en realidad —reconoció Colin, sin aliento—. ¿Es verdad que hay cuatro bolas? ¿Y qué dos van por ahí volando, tratando de derribar a los jugadores de sus escobas?

—Si —contestó Harly, de la manera más amable que pudo, resignada a explicarle las complicadas reglas del juego del quidditch—. Se llaman bludgers. Hay dos bateadores en cada equipo, con bates para golpear las bludgersy alejarlas de sus compañeros. Los bateadores de Gryffindor son Fred y George Weasley.

—¿Y para qué sirven las otras pelotas? —preguntó Colin, dando un tropiezo porque iba mirando a Harly con la boca abierta.

—Bueno, la quaffle, que es una pelota grande y roja, es con la que se marcan los goles. Tres cazadores en cada equipo se pasan la quafflede uno a otro e intentan introducirla por los postes que están en el extremo del campo, tres postes largos con aros al final.

—¿Y la cuarta bola?

—Es la snitch—dijo Harly—, es dorada, muy pequeña, rápida y difícil de atrapar. Ésa es la misión de los buscadores, porque el juego del quidditchno finaliza hasta que se atrapa la snitch. Y el equipo cuyo buscador la haya atrapado gana ciento cincuenta puntos.

—Y tú eres la buscadora de Gryffindor, ¿verdad? —preguntó Colin emocionado.

—Sí —dijo Harly, mientras dejaban el castillo y pisaban el césped empapado de rocío—. También está el guardián, el que guarda los postes. Prácticamente, en eso consiste el quidditch.

Pero Colin no descansó un momento y fue haciendo preguntas durante todo el camino ladera abajo, hasta que llegaron al campo de quidditch, y Harly pudo deshacerse de él al entrar en los vestuarios. Colin le gritó en voz alta:

—¡Voy a pillar un buen sitio, Harly! —Y se fue corriendo a las gradas.

El resto del equipo de Gryffindor ya estaba en los vestuarios. El único que parecía realmente despierto era Wood. Fred y George Weasley estaban sentados, con los ojos hinchados y el pelo sin peinar, junto a Alicia Spinnet, de cuarto curso, que parecía que se estaba quedando dormida apoyada en la pared. Sus compañeras cazadoras, Katie y Angelina Johnson, sentadas una junto a otra, bostezaban enfrente de ellos.

—Por fin, Harly, ¿por qué te has entretenido? Katie dijo que ya estabas de camino —preguntó Wood enérgicamente—. Veamos, quiero deciros unas palabras antes de que saltemos al campo, porque me he pasado el verano diseñando un programa de entrenamiento completamente nuevo, que estoy seguro de que nos hará mejorar.

Wood sostenía un plano de un campo de quidditch, lleno de líneas, flechas y cruces en diferentes colores. Sacó la varita mágica, dio con ella un golpe en la tabla y las flechas comenzaron a moverse como orugas. En el momento en que Wood se lanzó a soltar el discurso sobre sus nuevas tácticas, a Fred Weasley se le cayó la cabeza sobre el hombro de Alicia Spinnet y empezó a roncar.

Le llevó casi veinte minutos a Wood explicar los esquemas de la primera tabla, pero a continuación hubo otra, y después una tercera. Harly se adormecía mientras el capitán seguía hablando y hablando.

—Bueno —dijo Wood al final, sacando a Harly de sus fantasías sobre los deliciosos manjares que podría estar desayunando en ese mismo instante en el castillo—. ¿Ha quedado claro? ¿Alguna pregunta?

—Yo tengo una pregunta, Oliver —dijo George, que acababa de despertar dando un respingo—. ¿Por qué no nos contaste todo esto ayer cuando estábamos despiertos?

A Wood no le hizo gracia.

—Escuchadme todos —les dijo, con el entrecejo fruncido—, tendríamos que haber ganado la copa de quidditchel año pasado. Éramos el mejor equipo con diferencia. Pero, por desgracia, y debido a circunstancias que escaparon a nuestro control...

Harly se removió en el asiento, con un sentimiento de culpa. Durante el partido final del año anterior, había permanecido inconsciente en la enfermería, con la consecuencia de que Gryffindor había contado con una jugadora menos y había sufrido su peor derrota de los últimos trescientos años.

Wood tardó un momento en recuperar el dominio. Era evidente que la última derrota todavía lo atormentaba.

—De forma que este año entrenaremos más que nunca... ¡Venga, salid y poned en práctica las nuevas teorías! —gritó Wood, cogiendo su escoba y saliendo el primero de los vestuarios. Con las piernas entumecidas y bostezando, le siguió el equipo.

Habían permanecido tanto tiempo en los vestuarios, que el sol ya estaba bastante alto, aunque sobre el estadio quedaban restos de niebla. Cuando Harly saltó al terreno de juego, vio a sus tres amigos en las gradas.

—¿Aún no habéis terminado? —preguntó Ron, perplejo.

—Aún no hemos empezado —respondió Harly, mirando con envidia las tostadas con mermelada que Hydra se había traído del Gran Comedor—. Wood nos ha estado enseñando nuevas estrategias.

Montó en la escoba y, dando una patada en el suelo, se elevó en el aire. El frío aire de la mañana le azotaba el rostro, consiguiendo despertarle bastante más que la larga exposición de Wood. Era maravilloso regresar al campo de quidditch. Dio una vuelta por el estadio a toda velocidad, haciendo una carrera con Fred y George.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó Fred, cuando doblaban la esquina a toda velocidad.

Harly miró a las gradas. Colin estaba sentado en uno de los asientos superiores, con la cámara levantada, sacando una foto tras otra, y el sonido de la cámara se ampliaba extraordinariamente en el estadio vacío.

—¡Mira hacia aquí, Harly! ¡Aquí!—chilló.

—¡Tienes un admirador, Harly! —dijo Fred con tono burlón

—¿Quién es ése? —preguntó George de malas pulgas.

—Ni idea —mintió Harly, acelerando para alejarse lo más posible de Colin.

—¿Qué pasa? —dijo Wood frunciendo el entrecejo y volando hacia ellos —. ¿Por qué saca fotos aquél? No me gusta. Podría ser un espía de Slytherin que intentara averiguar en qué consiste nuestro programa de entrenamiento.

—Es de Gryffindor —dijo rápidamente Harly.

—¿No qué no sabías quién es? — preguntó George mordazmente.

—Y los de Slytherin no necesitan espías, Oliver —observó Fred.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Wood con irritación.

—Porque están aquí en persona —dijo Fred, señalando hacia un grupo de personas vestidas con túnicas verdes que se dirigían al campo, con las escobas en la mano.

—¡No puedo creerlo! —dijo Wood indignado—. ¡He reservado el campo para hoy! ¡Veremos qué pasa!

Wood se dirigió velozmente hacia el suelo. Debido al enojo aterrizó más bruscamente de lo que habría querido y al desmontar se tambaleó un poco. Harly, Fred y George lo siguieron.

—Flint —gritó Wood al capitán del equipo de Slytherin—, es nuestro turno de entrenamiento. Nos hemos levantado a propósito. ¡Así que ya podéis largaros!

Marcus Flint aún era más corpulento que Wood. Con una expresión de astucia digna de un trol, replicó:

—Hay bastante sitio para todos, Wood.

Angelina, Alicia y Katie también se habían acercado. No había chicas entre los del equipo de Slytherin, que formaban una piña frente a los de Gryffindor y miraban burlonamente a Wood, ya que en el equipo de Gryffindor, eran más chicas que chicos.

—¡Pero yo he reservado el campo! —dijo Wood, escupiendo la rabia—. ¡Lo he reservado!

—¡Ah! —dijo Flint—, pero nosotros traemos una hoja firmada por el profesor Snape. «Yo, el profesor S. Snape, concedo permiso al equipo de Slytherin para entrenar hoy en el campo de quidditchdebido a su necesidad de dar entrenamiento al nuevo buscador.»

—¿Tenéis un buscador nuevo? —preguntó Wood, preocupado—. ¿Quién es?

Detrás de seis corpulentos jugadores, apareció un séptimo, más pequeño, que sonreía con su cara pálida y afilada: era Draco Malfoy.

—¿No eres tú el hijo de Lucius Malfoy? —preguntó Fred, mirando a Malfoy con desagrado.

—Es curioso que menciones al padre de Malfoy —dijo Flint, mientras el conjunto de Slytherin sonreía aún más—. Déjame que te enseñe el generoso regalo que ha hecho al equipo de Slytherin.

Los siete presentaron sus escobas. Siete mangos muy pulidos, completamente nuevos, y siete placas de oro que decían «Nimbus 2.001» brillaron ante las narices de los de Gryffindor al temprano sol de la mañana.

—Ultimísimo modelo. Salió el mes pasado —dijo Flint con un ademán de desprecio, quitando una mota de polvo del extremo de la suya—. Creo que deja muy atrás la vieja serie 2.000. En cuanto a las viejas Barredoras —sonrió mirando desdeñosamente a Fred y George, que sujetaban sendas Barredora 5—, mejor que las utilicéis para borrar la pizarra.

Durante un momento, a ningún jugador de Gryffindor se le ocurrió qué decir. Malfoy sonreía con tantas ganas que tenía los ojos casi cerrados.

—Mirad —dijo Flint—. Invaden el campo.

Hydra, Hermione y Ron cruzaban el césped para enterarse de qué pasaba.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Ron a Harly—. ¿Por qué no jugáis? ¿Y qué está haciendo ése aquí?

Miraba a Malfoy, vestido con su túnica del equipo de quidditchde Slytherin.

—Soy el nuevo buscador de Slytherin, Weasley —dijo Malfoy, con petulancia—. Estamos admirando las escobas que mi padre ha comprado para todo el equipo.

Ron miró boquiabierto las siete soberbias escobas que tenía delante.

—Son buenas, ¿eh? —dijo Malfoy con sorna—. Pero quizás el equipo de Gryffindor pueda conseguir oro y comprar también escobas nuevas. Podríais subastar las Barredora 5. Cualquier museo pujaría por ellas.

El equipo de Slytherin estalló de risa.

—Pero en el equipo de Gryffindor nadie ha tenido que comprar su acceso —observó Hermione agudamente—. Todos entraron por su valía.

Del rostro de Malfoy se borró su mirada petulante.

—Nadie ha pedido tu opinión, asquerosa sangre sucia—espetó él.

Harly comprendió enseguida que lo que había dicho Malfoy era algo realmente grave, porque sus palabras provocaron de repente una reacción tumultuosa. Flint tuvo que ponerse rápidamente delante de Malfoy para evitar que Fred y George saltaran sobre él. Hydra gritó «¡Cómo te atreves! ¡Eres tan asqueroso como tu maldito padre, Draco! ¡Te superaste!», y Ron se metió la mano en la túnica y, sacando su varita mágica, amenazó «¡Pagarás por esto, Malfoy!», y sacando la varita por debajo del brazo de Flint, la dirigió al rostro de Malfoy

Un estruendo resonó en todo el estadio, y del extremo roto de la varita de Ron surgió un rayo de luz verde que, dándole en el estómago, lo derribó sobre el césped.

—¡Ron! ¡Ron! ¿Estás bien? —chillaron Hermione, Hydra y Harly a coro.

Ron abrió la boca para decir algo, pero no salió ninguna palabra. Por el contrario, emitió un tremendo eructo y le salieron de la boca varias babosas que le cayeron en el regazo.

El equipo de Slytherin se partía de risa. Flint se desternillaba, apoyado en su escoba nueva. Malfoy, a cuatro patas, golpeaba el suelo con el puño. Los de Gryffindor rodeaban a Ron, que seguía vomitando babosas grandes y brillantes. Nadie se atrevía a tocarlo.

—Lo mejor es que lo lleven a la cabaña de Hagrid, que está más cerca, las alcanzó en seguida, tengo una plática pendiente con mi primito —dijo Hydra a Harly y Hermione, quienes asintieron valerosamente, y entre las dos cogieron a Ron por los brazos y comenzaron a caminar.

—¿Qué ha ocurrido, Harly? ¿Qué ha ocurrido? ¿Está enfermo? Pero podrás curarlo, ¿no? —Colin había bajado corriendo de su puesto e iba dando saltos al lado de ellos mientras salían del campo. Ron tuvo una horrible arcada y más babosas le cayeron por el pecho—. ¡Ah! —exclamó Colin, fascinado y levantando la cámara—, ¿puedes sujetarlo un poco para que no se mueva, Harly?

—¡Colin! ¡Ahora no! —dijo Harly enfadada. Entre ella y Hermione sacaron a Ron del estadio y se dirigieron al bosque a través de la explanada.

—Ya casi llegamos, Ron —dijo Hermione, cuando vieron a lo lejos la cabaña del guardián—. Dentro de un minuto estarás bien. Ya falta poco.

Les separaban siete metros de la casa de Hagrid cuando se abrió la puerta. Pero no fue Hagrid el que salió por ella, sino Gilderoy Lockhart, que aquel día llevaba una túnica de color malva muy claro. Se les acercó con paso decidido.

—Rápido, aquí detrás —dijo Harly, escondiendo con dificultad a Ron detrás de un arbusto que había allí. Hermione los siguió, de mala gana.

—¡Es muy sencillo si sabes hacerlo! —decía Lockhart a Hagrid en voz alta—. ¡Si necesitas ayuda, ya sabes dónde estoy! Te dejaré un ejemplar de mi libro. Pero me sorprende que no tengas ya uno. Te firmaré un ejemplar esta noche y te lo enviaré. ¡Bueno, adiós! —Y se fue hacia el castillo a grandes zancadas.

Harly esperó a que Lockhart se perdiera de vista y luego, entre Hermione y ella sacaron a Ron del arbusto y lo llevaron hasta la puerta principal de la casa de Hagrid. Llamaron a toda prisa.

Hagrid apareció inmediatamente, con aspecto de estar de mal humor, pero se le iluminó la cara cuando vio de quién se trataba.

—Me estaba preguntando cuándo vendríais a verme... Entrad, entrad. Creía que sería el profesor Lockhart que volvía.

Harly y Hermione introdujeron a Ron en la cabaña, donde había una gran cama en un rincón y una chimenea encendida en el otro extremo. Hagrid no pareció preocuparse mucho por el problema de las babosas de Ron, cuyos detalles explicó Harly apresuradamente mientras lo sentaban en una silla.

—Es preferible que salgan a que entren —dijo ufano, poniéndole delante una palangana grande de cobre—. Vomítalas todas, Ron.

—No creo que se pueda hacer nada salvo esperar a que la cosa acabe —dijo Hermione apurada, contemplando a Ron inclinado sobre la palangana—. Es un hechizo difícil de realizar aun en condiciones óptimas, pero con la varita rota...

Hagrid estaba ocupado preparando un té. Fang, su perro jabalinero, llenaba a Harly de babas.

—¿Qué quería Lockhart, Hagrid? —preguntó Harly, rascándole las orejas a Fang.

—Enseñarme cómo me puedo librar de los duendes del pozo —gruñó Hagrid, quitando de la mesa limpia un gallo a medio pelar y poniendo en su lugar la tetera—. Como si no lo supiera. Y también hablaba sobre una bansheea la que venció. Si en todo eso hay una palabra de cierto, me como la tetera.

Era muy raro que Hagrid criticara a un profesor de Hogwarts, y Harly lo miró sorprendida. Hermione, sin embargo, dijo en voz algo más alta de lo normal:

—Creo que sois injustos. Obviamente, el profesor Dumbledore ha juzgado que era el mejor para el puesto y...

—Era el único para el puesto —repuso Hagrid, ofreciéndoles un plato de caramelos de café con leche, mientras Ron tosía ruidosamente sobre la palangana—. Y quiero decir el único. Es muy difícil encontrar profesores que den Artes Oscuras, porque a nadie le hace mucha gracia. Da la impresión de que la asignatura está maldita. Ningún profesor ha durado mucho. Decidme —preguntó Hagrid, mirando a Ron—, ¿a quién intentaba hechizar?

Pero antes de que pudieran contestar, llamarón a la puerta. Hagird dejó los caramelos en la mesa y fue a atender la puerta. Era Hydra, que llegaba roja de furia, pero en cuanto vio a Fang, sonrió y se transformó en una hermosa lobezna blanca para poder jugar con él.

 —Ahora sí, díganme que fue lo que pasó —dijo Hagrid cuando Hydra volvió a su forma humana.

—Malfoy le llamó algo a Hermione —respondió Harly—. Tiene que haber sido algo muy fuerte, porque todos se pusieron furiosos.

—Fue muy fuerte —dijo Hydra con voz ronca del enojo—. Draco la llamó «sangre sucia».

Justo en ese momento a Ron volvió a salirle una nueva tanda de babosas. Hagrid parecía indignado.

—¡No! —bramó volviéndose a Hermione.

—Sí —dijo ella—. Pero yo no sé qué significa. Claro que podría decir que fue muy grosero...

—Es lo más insultante que se le podría ocurrir —dijo Ron, incorporarse—. Sangre suciaes un nombre realmente repugnante con el que llaman a los hijos de muggles, ya sabes, de padres que no son magos. Hay algunos magos, como la familia de Malfoy, que creen que son mejores que nadie porque tienen lo que ellos llaman sangre limpia. —Soltó un leve eructo, y una babosa solitaria le cayó en la palma de la mano. La arrojó a la palangana y prosiguió—. Desde luego, el resto de nosotros sabe que eso no tiene ninguna importancia. Mira a Neville Longbottom... es de sangre limpia y apenas es capaz de sujetar el caldero correctamente.

—Y no han inventado un conjuro que nuestra Hermione no sea capaz de realizar —dijo Hagrid con orgullo, haciendo que Hermione se pusiera colorada.

—Es un insulto muy desagradable de oír —dijo Hydra, colorada de rabia—. Es como decir «sangre podrida» o «sangre vulgar». Son idiotas. Además, la mayor parte de los magos de hoy día tienen sangre mezclada. Si no nos hubiéramos casado con muggles, nos habríamos extinguido.

A Ron le dieron arcadas y volvió a inclinarse sobre la palangana.

—Bueno, no te culpo por intentar hacerle un hechizo, Ron —dijo Hagrid con una voz fuerte que ahogaba los golpes de las babosas al caer en la palangana—. Pero quizás haya sido una suerte que tu varita mágica fallara. Si hubieras conseguido hechizarle, Lucius Malfoy se habría presentado en la escuela. Así no tendrás ese problema.

Harly quiso decir que el problema no habría sido peor que estar echando babosas por la boca, pero no pudo hacerlo porque el caramelo de café con leche se le había pegado a los dientes y no podía separarlos.

—Harly —dijo Hagrid de repente, como acometido por un pensamiento repentino—, tengo que ajustar cuentas contigo. Me han dicho que has estado repartiendo fotos firmadas. ¿Por qué no me has dado una?

Harly sintió tanta rabia que al final logró separar los dientes.

—¡Hargrid! Harly no ha estado repartiendo fotos —dijo Hydra enfadada—. Si Lockhart aún va diciendo eso por ahí...

Pero entonces vio que Hagrid se reía.

—Sólo bromeaba —explicó, dándole a Harly unas palmadas amistosas en la espalda, que la arrojaron contra la mesa—. Sé que no es verdad. Le dije a Lockhart que no te hacía falta, que sin proponértelo eras más famosa que él.

—Apuesto a que no le hizo ninguna gracia —dijo Harly, levantándose y frotándose la barbilla.

—Supongo que no —admitió Hagrid, parpadeando—. Luego le dije que no había leído nunca ninguno de sus libros, y se marchó. ¿Un caramelo de café con leche, Ron? —añadió, cuando Ron volvió a incorporarse.

—No, gracias —dijo Ron con debilidad—. Es mejor no correr riesgos.

—Venid a ver lo que he estado cultivando —dijo Hagrid cuando Harly, Hydra y Hermione apuraron su té.

En la pequeña huerta situada detrás de la casa de Hagrid había una docena de las calabazas más grandes que ninguna hubiera visto nunca. Más bien parecían grandes rocas.

—Van bien, ¿verdad? —dijo Hagrid, contento—. Son para la fiesta de Halloween. Deberán haber crecido lo bastante para ese día.

—¿Qué les has echado? —preguntó Hydra.

Hagrid miró hacia atrás para comprobar que estaban solos.

—Bueno, les he echado... ya saben... un poco de ayuda.

Harly vio el paraguas rosa estampado de Hagrid apoyado contra la pared trasera de la cabaña. Ya antes, Harly había sospechado que aquel paraguas no era lo que parecía; de hecho, tenía la impresión de que la vieja varita mágica del colegio estaba oculta dentro. Según las normas, Hagrid no podía hacer magia, porque lo habían expulsado de Hogwarts en el tercer curso, pero Harly no sabía por qué. Cualquier mención del asunto bastaba para que Hagrid carraspeara sonoramente y sufriera de pronto una misteriosa sordera que le duraba hasta que se cambiaba de tema.

—¿Un hechizo fertilizante, tal vez? —preguntó Hermione, entre la desaprobación y el regocijo—. Bueno, has hecho un buen trabajo.

—Eso es lo que dijo tu hermana pequeña —observó Hagrid, dirigiéndose a Ron—. Ayer la encontré. —Hagrid miró a Ron de soslayo y vio que le temblaba la barbilla—. Dijo que estaba contemplando el campo, pero me da la impresión de que esperaba encontrarse a alguien más en mi casa.—Guiñó un ojo a Ron— ¿No es muy pequeña para salir con alguien?

—¡Hagrid! ¡Es mi hermanita pequeña! —dijo Ron con la cara sonrojada, pero en ese momento le dieron arcadas y llenó la tierra de babosas.

—¡Cuidado! —gritó Hagrid, apartando a Ron de sus queridas calabazas.

Ya casi era la hora de comer, y como Harly sólo había tomado un caramelo de café con leche en todo el día, tenía prisa por regresar al colegio para la comida. Se despidieron de Hagrid y regresaron al castillo, con Ron hipando de vez en cuando, pero vomitando sólo un par de babosas pequeñas.

Apenas habían puesto un pie en el fresco vestíbulo cuando oyeron una voz.

—Conque estáis aquí, Potter, Black y Weasley. —La profesora McGonagall caminaba hacia ellos con gesto severo—. Cumpliréis vuestro castigo esta noche.

—¿Qué vamos a hacer, profesora? —preguntó Ron, asustado, reprimiendo un eructo.

—Tú limpiarás la plata de la sala de trofeos con el señor Filch —dijo la profesora McGonagall—. Y nada de magia, Weasley... ¡frotando!

Ron tragó saliva. Argus Filch, el conserje, era detestado por todos los estudiantes del colegio.

—Tú, Black, ayudarás a Hagrid a encontrar graphorns en el bosque para el profesor Kettleburn.

—Y tú, Potter, ayudarás al profesor Lockhart a responder a las cartas de sus admiradoras —dijo la profesora McGonagall.

—Oh, no... ¿no puedo ayudar con la plata o los graphorns, profesora? —preguntó Harly desesperada.

—Lamento decirle que no, señorita Potter —dijo la profesora McGonagall, arqueando las cejas—. El profesor Lockhart ha solicitado que seas precisamente tú. A las ocho en punto, los tres.

Harly y Ron pasaron al Gran Comedor completamente abatidos, Hydra, en cambio, estaba bastante cómoda con su castigo, después de todo, para ella no había muchas cosas mejores que pasar tiempo con Hagrid y criaturas mágicas, Hermione entró detrás de ellos, con su expresión de «no-haber-infringido-las-normas-del-colegio».

Harly no disfrutó tanto como esperaba con su pudín de carne y patatas. Tanto Ron como ella pensaban que les había tocado la peor parte del castigo.

—Filch me tendrá allí toda la noche —dijo Ron apesadumbrado—. ¡Sin magia! Debe de haber más de cien trofeos en esa sala. Y la limpieza muggleno se me da bien.

—Te lo cambiaría de buena gana —dijo Harly con voz apagada—. He hecho muchas prácticas con los Dursley. Pero responder a las admiradoras de Lockhart... Y escucharlo hablar de sí mismo por horas… será una pesadilla.

La tarde del sábado pasó en un santiamén, y antes de que se dieran cuenta, eran las ocho menos cinco. Harly se dirigió al despacho de Lockhart por el pasillo del segundo piso, arrastrando los pies. Llamó a la puerta a regañadientes.

La puerta se abrió de inmediato. Lockhart le recibió con una sonrisa.

—¡Aquí está la niña traviesa! —dijo—. Vamos, Harly, entra.

Dentro había un sinfín de fotografías enmarcadas de Lockhart, que relucían en los muros a la luz de las velas. Algunas estaban incluso firmadas. Tenía otro montón grande en la mesa.

—¡Tú puedes poner las direcciones en los sobres! —dijo Lockhart a Harly, como si se tratara de un placer irresistible—. El primero es para la adorable Gladys Gudgeon, gran admiradora mía.

Los minutos pasaron tan despacio como si fueran horas. Harly dejó que Lockhart hablara sin hacerle ningún caso, diciendo de cuando en cuando «mmm» o «ya» o «vaya». Algunas veces captaba frases del tipo «La fama es una amiga veleidosa, Harly» o «Serás célebre si te comportas como alguien célebre, que no se te olvide».

Las velas se fueron consumiendo y la agonizante luz desdibujaba las múltiples caras que ponía Lockhart ante Harly. Ésta pasaba su dolorida mano sobre lo que le parecía que tenía que ser el milésimo sobre y anotaba en él la dirección de Verónica Smethley.

«Debe de ser casi hora de acabar», pensó Harly, cansada y bastante aburrida. «Por favor, que falte poco...»

Y en aquel momento oyó algo, algo que no tenía nada que ver con el chisporroteo de las mortecinas velas ni con la cháchara de Lockhart sobre sus admiradoras.

Era una voz, una voz capaz de helar la sangre en las venas, una voz ponzoñosa que dejaba sin aliento, fría como el hielo.

—Ven..., ven a mí... Deja que te desgarre... Deja que te despedace... Déjame matarte...

Harly dio un salto, y un manchón grande de color lila apareció sobre el nombre de la calle de Verónica Smethley.

—¿Qué? —gritó.

—Pues eso —dijo Lockhart—: ¡seis meses enteros encabezando la lista de los más vendidos! ¡Batí todos los récords!

—¡No! —dijo Harly asustada—. ¡La voz!

—¿Cómo dices? —preguntó Lockhart, extrañado—. ¿Qué voz?

—La... la voz que ha dicho... ¿No la ha oído?

Lockhart miró a Harly desconcertado.

—¿De qué hablas, Harly? ¿No te estarías quedando dormida? ¿Te sientes bien? ¡Por Dios, mira la hora que es! ¡Llevamos con esto casi cuatro horas! Ni lo imaginaba... El tiempo vuela, ¿verdad?

Harly no respondió. Aguzaba el oído tratando de captar de nuevo la voz, pero no oyó otra cosa que a Lockhart diciéndole que otra vez que la castigaran, no tendría tanta suerte como aquélla. Harly salió, aturdida.

Era tan tarde que la sala común de Gryffindor estaba prácticamente vacía y Harry se fue derecha al dormitorio. Hydra no había regresado todavía y Hermione estaba dormida con un libro encima de las mantas. Se dirigió al baño para darse una larga ducha de la que se sentía merecedora después de un día tan malo. Media hora después salió de la ducha, se puso el pijama y se echó en la cama a esperar. Cinco minutos después llegó Hydra, con una sonrisa que Harly interpreto como culpable.

—¡Lo he pasado genial! —le contó Hydra, echándose en la cama—. Hagrid me ha invitado una taza de té y luego fuimos al bosque con Fang, la pasamos bastante bien. Bueno, ¿y tú qué tal con Lockhart?

En voz baja, para no despertar a Hermione, Parvati y Lavender, Harly le contó a Hydra con toda exactitud lo que había oído.

—¿Y Lockhart dijo que no había oído nada? —preguntó Hydra. A la luz de la luna, Harly podía verle fruncir el entrecejo—. ¿Piensas que mentía? Pero no lo entiendo... Aunque fuera alguien invisible, tendría que haber abierto la puerta.

—Lo sé—dijo Harly, recostándose en la cama y contemplando el dosel—. Yo tampoco lo entiendo.