Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← La niña que sobrevivió · de

La niña que sobrevivió — capítulo 20

¡Hola!

Lamento mucho no haber actulizado antes, pero me quedé sin internet pero, en ompensación, subiré dos capítulos hoy.

¡Disfruten el capítulo!

LaGataNegra

Llegó octubre y un frío húmedo se extendió por los campos y penetró en el castillo. La señora Pomfrey, la enfermera, estaba atareadísima debido a una repentina epidemia de catarro entre profesores y alumnos. Su poción Pepperup tenía efectos instantáneos, aunque dejaba al que la tomaba echando humo por las orejas durante varias horas. Como Ginny  tenía mal aspecto, Harly, Hydra y los Weasley le insistieron hasta que la probó. El vapor que le salía de debajo del pelo producía la impresión de que toda su cabeza estaba ardiendo. 

Gotas de lluvia del tamaño de balas repicaron contra las ventanas del castillo durante días y días; el nivel del lago subió, los arriates de flores se transformaron en arroyos de agua sucia y las calabazas de Hagrid adquirieron el tamaño de cobertizos. El entusiasmo de Oliver Wood, sin embargo, no se enfrió, y por este motivo Harly, a última hora de una tormentosa tarde de sábado, cuando faltaban pocos días para Halloween, se encontraba volviendo a la torre de Gryffindor, empapada hasta los huesos, salpicada de barro y deseando como nunca en su vida darse un baño caliente.

Aunque no hubiera habido ni lluvia ni viento, aquella sesión de entrenamiento tampoco habría sido agradable. Fred y George, que espiaban al equipo de Slytherin, habían comprobado por sí mismos la velocidad de las nuevas Nimbus 2.001. Fred le dijo que lo único que podían describir del juego del equipo de Slytherin era que los jugadores cruzaban el aire como centellas y no se les veía de tan rápido como volaban. George no le hablaba mucho desde que Colin la seguía por todos lados, lo cual desconcertaba enormemente a Harly.  

Harly caminaba por el corredor desierto con los pies mojados, cuando se encontró a alguien que parecía tan preocupado como ella. Nick Casi Decapitado, el fantasma de la torre de Gryffindor, miraba por una ventana, murmurando para sí: «No cumplo con las características... Un centímetro... Si eso...»

—Hola, sir Nicholas —dijo Harly.

—Hola, hola —respondió Nick Casi Decapitado, dando un respingo y mirando alrededor.

 Llevaba un sombrero de plumas muy elegante sobre su largo pelo ondulado, y una túnica con gorguera, que disimulaba el hecho de que su cuello estaba casi completamente seccionado. Tenía la piel pálida como el humo, y a través de él Harly podía ver el cielo oscuro y la lluvia torrencial del exterior.

—Parecéis preocupada, señorita Potter —dijo Nick, plegando una carta transparente mientras hablaba, y metiéndosela bajo el jubón.

—Igual que usted —dijo Harly.

—¡Bah! —Nick Casi Decapitado hizo un elegante gesto con la mano—, un asunto sin importancia... No es que realmente tuviera interés en pertenecer... aunque lo solicitara, pero por lo visto «no cumplo con las características». —A pesar de su tono displicente, tenía amargura en el rostro—. Pero cualquiera pensaría, cualquiera —estalló de repente, volviendo a sacar la carta del bolsillo—, que cuarenta y cinco hachazos en el cuello dados con un hacha mal afilada serían suficientes para permitirle a uno pertenecer al Club de Cazadores Sin Cabeza.

—Desde luego —dijo Harly, que se dio cuenta de que el otro esperaba que le diera la razón.

—Por supuesto, nadie tenía más interés que yo en que todo resultase limpio y rápido, y habría preferido que mi cabeza se hubiera desprendido adecuadamente, quiero decir que eso me habría ahorrado mucho dolor y ridículo. Sin embargo... —Nick Casi Decapitado abrió la carta y leyó indignado: 

Sólo nos es posible admitir cazadores cuya cabeza esté separada del correspondiente cuerpo. Comprenderá que, en caso contrario, a los miembros del club les resultaría imposible participar en actividades tales como los  Juegos malabares de cabeza sobre el caballo o el Cabeza Polo. Lamentándolo profundamente, por tanto, es mi deber informarle de que usted no cumple con las características requeridas para pertenecer al club.

Con mis mejores deseos,

Sir Patrick Delaney-Podmore

Indignado, Nick Casi Decapitado volvió a guardar la carta.

—¡Un centímetro de piel y tendón sostiene la cabeza, Harly! La mayoría de la gente pensaría que estoy bastante decapitado, pero no, eso no es suficiente para sir Bien Decapitado-Podmore.

Nick Casi Decapitado respiró varias veces y dijo después, en un tono más tranquilo:

—Bueno, ¿y a vos qué os pasa? ¿Puedo ayudaros en algo?

—No —dijo Harly tristemente—. A menos que sepa cómo hacer que un amigo vuelva a hablarme y dónde puedo conseguir siete escobas Nimbus 2.001 gratuitas para nuestro partido contra Sly..

El resto de la frase de Harly no se pudo oír porque la ahogó un maullido estridente que llegó de algún lugar cercano a sus tobillos. Bajó la vista y se encontró un par de ojos amarillos que brillaban como luces. Era la Señora Norris, la gata gris y esquelética que el conserje, Argus Filch, utilizaba como una especie de segundo de a bordo en su guerra sin cuartel contra los estudiantes.

—Será mejor que os vayáis, Harly —dijo Nick apresuradamente—. Filch no está de buen humor. Tiene gripe y unos de tercero, por accidente, pusieron perdido de cerebro de rana el techo de la mazmorra 5; se ha pasado la mañana limpiando, y si os ve manchando el suelo de barro...

—Bien, nos vemos, sir Nicholas —dijo Harly, alejándose de la mirada acusadora de la Señora Norris.

Pero no se dio la prisa necesaria. Argus Filch penetró repentinamente por un tapiz que había a la derecha de Harly, llamado por la misteriosa conexión que parecía tener con su repugnante gata, a buscar como un loco y sin descanso a cualquier infractor de las normas. Llevaba al cuello una gruesa bufanda de tela escocesa, y su nariz estaba de un color rojo que no era el habitual.

—¡Suciedad! —gritó, con la mandíbula temblando y los ojos salidos de las órbitas, al tiempo que señalaba el charco de agua sucia que había goteado de la túnica de quidditch de Harly—. ¡Suciedad y mugre por todas partes! ¡Hasta aquí podíamos llegar! ¡Sígueme, Potter!

Así que Harly hizo un gesto de despedida a Nick Casi Decapitado y siguió a Filch escaleras abajo, duplicando el número de huellas de barro.

Harly no había entrado nunca en la conserjería de Filch. Era un lugar que evitaban la mayoría de los estudiantes, una habitación lóbrega y desprovista de ventanas, iluminada por una solitaria lámpara de aceite que colgaba del techo, y en la cual persistía un vago olor a pescado frito. En las paredes había archivadores de madera. Por las etiquetas, Harly imaginó que contenían detalles de cada uno de los alumnos que Filch había castigado en alguna ocasión. Cuando Harly vio Fred y George Weasley tenían para ellos solos un cajón entero, no pudo evitar sonreír un poco. Detrás de la mesa de Filch, en la pared, colgaba una colección de cadenas y esposas relucientes. Todos sabían que él siempre pedía a Dumbledore que le dejara colgar del techo por los tobillos a los alumnos.

Filch cogió una pluma de un bote que había en la mesa y empezó a revolver por allí buscando pergamino.

—Cuánta porquería —se quejaba, furioso—: mocos secos de lagarto silbador gigante..., cerebros de rana..., intestinos de ratón... Estoy harto... Hay que dar un escarmiento... ¿Dónde está el formulario? Ajá...

Encontró un pergamino en el cajón de la mesa y lo extendió ante sí, y a continuación mojó en el tintero su larga pluma negra.

—Nombre: Harly Potter. Delito: ...

—Por favor, señor Filch ¡Sólo fue un poco de barro! —dijo Harly.

—Sólo es un poco de barro para ti, niña, ¡pero para mí es una hora extra fregando! —gritó Filch. Una gota temblaba en la punta de su protuberante nariz—. Delito: ensuciar el castillo. Castigo propuesto: ...

Secándose la nariz, Filch miró con desagrado a Harly, entornando los ojos. La pobre niña esperaba su sentencia conteniendo la respiración e imaginando las torturas que seguramente el conserje querría infligirle. Pero cuando Filch bajó la pluma, se oyó un golpe tremendo en el techo de la conserjería, que hizo temblar la lámpara de aceite.

—¡PEEVES! —bramó Filch, tirando la pluma en un acceso de ira—. ¡Esta vez te voy a pillar, esta vez te pillo!

Y, olvidándose completamente de Harly, salió de la oficina corriendo con sus pies planos y con la Señora Norris galopando a su lado.

Peeves era el poltergeist del colegio, burlón y volador, que sólo vivía para causar problemas y embrollos. A Harly, Peeves no le gustaba en absoluto, pero en aquella ocasión no pudo evitar sentirse agradecida con él. Era de esperar que lo que Peeves hubiera hecho (y, a juzgar por el ruido, esta vez debía de haberse cargado algo realmente grande) sería suficiente para que Filch se olvidase de ella.

Pensando que tendría que aguardar a que Filch regresara, Harly se sentó en una silla apolillada que había junto a la mesa. Aparte del formulario a medio rellenar, sólo había otra cosa en la mesa: un sobre grande, rojo y brillante con unas palabras escritas con tinta plateada. Sintiendo que hacía algo que no debía y tras echar a la puerta una fugaz mirada para comprobar que Filch no volvía en aquel momento, Harly cogió el sobre y leyó: 

«EMBRUJORRÁPID»

Curso de magia por correspondencia para principiantes

Intrigada, Harly abrió el sobre y sacó el fajo de pergaminos que contenía. En la primera página, la misma escritura color de plata con florituras decía: 

¿Se siente perdido en el mundo de la magia moderna? ¿Busca usted excusas para no llevar a cabo sencillos conjuros? ¿Ha provocado alguna vez la hilaridad de sus amistades por su torpeza con la varita mágica? ¡Aquí tiene la solución! «Embrujorrápid» es un curso completamente nuevo, infalible, de rápidos resultados y fácil de estudiar. ¡Cientos de brujas y magos se han beneficiado ya del método «Embrujorrápid»!

La señora Z. Nettles, de Topsham, nos ha escrito lo siguiente: «¡Me había olvidado de todos los conjuros, y mi familia se reía de mis pociones! ¡Ahora, gracias al curso "Embrujorrápid", soy el centro de atención en las reuniones, y mis amigos me ruegan que les dé la receta de mi Solución Chispeante!»

El brujo D.J Prod, de Didsbury escribe «Mi mujer decía que mis encantamientos eran una chapuza, pero después de seguir durante un mes su fabuloso curso Embrujorrápid, ¡la he convertido en una  vaca!, Gracias Embrujorrápid,»

Extrañada, Harly hojeó el resto del contenido del sobre. ¿Por qué razón quería Filch un curso de Embrujorrápid? ¿Quería esto decir que no era un mago de verdad? Harly leía «Lección primera: Cómo sostener la varita. Consejos útiles», cuando un ruido de pasos arrastrados le indicó que Filch regresaba.

Metiendo los pergaminos en el sobre, lo volvió a dejar en la mesa y en aquel preciso momento se abrió la puerta.

Filch parecía triunfante.

—¡Ese armario evanescente era muy valioso! —decía con satisfacción a la Señora Norris —. Esta vez Peeves es nuestro, querida.

Sus ojos tropezaron con Harly y luego se dirigieron como una bala al sobre de Embrujorrápid que, como Harly comprendió demasiado tarde, estaba a medio metro de distancia de donde se encontraba antes.

La cara pálida de Filch se puso de un rojo subido. Harly se preparó para acometer un muy bien merecido maremoto de furia. Filch se acercó a la mesa cojeando, cogió el sobre y lo metió en un cajón.

—¿Has... lo has leído? —farfulló.

—No —se apresuró a mentir.

Filch se retorcía las manos nudosas.

—Si has leído mi correspondencia privada..., bueno, no es mía..., es para un amigo..., es que claro..., bueno pues...

Harly lo miraba alarmada; nunca había visto a Filch tan alterado. Los ojos se le salían de las órbitas y en una de sus hinchadas mejillas había aparecido un tic que la bufanda de tejido escocés no lograba ocultar.

—Muy bien, vete... y no digas una palabra... No es que..., sin embargo, si no lo has leído... Vete, tengo que escribir el informe sobre Peeves... Vete...

Asombrada de su buena suerte, Harly salió de la conserjería a toda prisa, subió por el corredor y volvió a las escaleras. Salir de la conserjería de Filch sin haber recibido ningún castigo era seguramente un récord.

—¡Señorita Potter! ¡Harly! ¿Funcionó?

Nick Casi Decapitado salió de un aula deslizándose. Tras él, Harly podía ver los restos de un armario grande, de color negro y dorado, que parecía haber caído de una gran altura.

—Convencí a Peeves para que lo estrellara justo encima de la conserjería de Filch —dijo Nick emocionado—; pensé que eso le podría distraer.

—¿Ha sido usted? —dijo Harly, agradecida—. Claro que funcionó, ni siquiera me van a castigar. ¡Gracias, Nick!

Se fueron andando juntos por el corredor. Nick Casi Decapitado, según notó Harly, sostenía aún la carta con la negativa de sir Patrick.

—Me gustaría poder hacer algo para ayudarle en el asunto del club —dijo Harly.

Nick Casi Decapitado se detuvo sobre sus huellas, y Harly pasó a través de él. Empapada como estaba, lamentó haberlo hecho; fue como pasar por debajo de una ducha de agua fría.

—Pero hay algo que podríais hacer por mí —dijo Nick emocionado—. Harly, linda, ¿sería mucho pedir...? No, no vais a querer...

—¿Qué es? —preguntó Harly.

—Bueno, el próximo día de Todos los Santos se cumplen quinientos años de mi muerte  —dijo Nick Casi Decapitado, irguiéndose y poniendo aspecto de importancia.

—¡Ah! —exclamó Harly, no muy segura de si tenía que alegrarse o entristecerse por su fantasmagórico amigo —¡Bueno!

—Voy a dar una fiesta en una de las mazmorras más amplias. Vendrán amigos  míos de todas partes del país. Para mí sería un gran honor que vos pudierais asistir. Naturalmente, su amiga Hydra, la señorita Granger y el señor Weasley también están invitados. Pero me imagino que preferiréis ir a la fiesta del colegio. —Miró a Harly con inquietud.

—Por supuesto que no —dijo Harly enseguida—, ahí estaremos los cuatro...

—¡Mi querida amiga! ¡Harly Potter en mi cumpleaños de muerte! Y… —dudó, emocionado—. ¿Tal vez podríais mencionarle a sir Patrick lo horrible y espantoso que os resulto?

—Por supuesto —contestó Harly.

Nick Casi Decapitado le dirigió una sonrisa. 

•   •   •

—¿Un cumpleaños de muerte? —dijo Hydra entusiasmada, cuando Harly se hubo cambiado de ropa y reunido con ella, Hermione y Ron en la sala común

—Estoy segura de que hay muy poca gente que pueda presumir de haber estado en una fiesta como ésta. ¡Será fascinante! —opinó Hermione

—¿Para qué quiere uno celebrar el día en que ha muerto? —dijo Ron, que iba por la mitad de su deberes de Pociones y estaba de mal humor—. Me suena a aburrimiento mortal.

La lluvia seguía azotando las ventanas, que se veían oscuras, aunque dentro todo parecía brillante y alegre. La luz de la chimenea iluminaba las mullidas butacas en que los estudiantes se sentaban a leer, a hablar, a hacer los deberes o, en el caso de Fred y George Weasley, a intentar averiguar qué es lo que sucede si se le da de comer a una salamandra una bengala del doctor Filibuster. Fred había «rescatado» aquel lagarto de color naranja, espíritu del fuego, de una clase de Cuidado de Criaturas Mágicas y ahora ardía lentamente sobre una mesa, rodeado de un corro de curiosos.

Harly estaba a punto de comentar a sus amigos el caso de Filch y el curso Embrujorrápid, cuando de pronto la salamandra pasó por el aire zumbando, arrojando chispas y produciendo estallidos mientras daba vueltas por la sala. La imagen de Percy riñendo a Fred y George hasta enronquecer, la espectacular exhibición de chispas de color naranja que salían de la boca de la salamandra, y su caída en el fuego, con acompañamiento de explosiones, hicieron que Harly olvidara por completo a Filch y el curso Embrujorrápid.

Cuando llegó Halloween, Harly se sentía una muy mala persona cuando pensaba en que hubiera sido mejor no haberse comprometido a ir a la fiesta de cumpleaños de muerte. El resto del colegio estaba preparando la fiesta de Halloween; habían decorado el Gran Comedor con los murciélagos vivos de costumbre; las enormes calabazas de Hagrid habían sido convertidas en lámparas tan grandes que tres hombres habrían podido sentarse dentro, y corrían rumores de que Dumbledore había contratado una compañía de esqueletos bailarines para el espectáculo.

—Lo prometido es deuda —recordó Hermione a Harly en tono autoritario

—Y tú le prometiste ir a su fiesta de cumpleaños de muerte —añadió Hydra

Así que a las siete en punto, Harly, Hydra, Hermione y Ron atravesaron el Gran Comedor, que estaba lleno a rebosar y donde brillaban tentadoramente los platos dorados y las velas, y dirigieron sus pasos hacia las mazmorras.

También estaba iluminado con hileras de velas el pasadizo que conducía a la fiesta de Nick Casi Decapitado, aunque el efecto que producían no era alegre en absoluto, porque eran velas largas y delgadas, de color negro azabache, con una llama azul brillante que arrojaba una luz oscura y fantasmal incluso al iluminar las caras de los vivos. La temperatura descendía a cada paso que daban. Al tiempo que se ajustaba la túnica, Harly oyó un sonido como si mil uñas arañasen una pizarra.

—¿A esto le llaman música? —se quejó Ron.

—¡Ron, no seas grosero!... —lo regañó Hydra —Acepto que se puede mejorar un poco pero… —sin embargo, no pudieron saber que es lo que Hydra iba a añadir, porque al doblar una esquina del pasadizo, encontraron a Nick Casi Decapitado ante una puerta con colgaduras negras.

—Queridos amigos —dijo con profunda tristeza—, bienvenidos, bienvenidos... Os agradezco que hayáis venido...

Hizo una floritura con su sombrero de plumas y una reverencia señalando hacia el interior. Lo que vieron les pareció increíble.

La mazmorra estaba llena de cientos de personas transparentes, de color blanco perla. La mayoría se movían sin ánimo por una sala de baile abarrotada, bailando el vals al horrible y trémulo son de las treinta sierras de una orquesta instalada sobre un escenario vestido de tela negra. Del techo colgaba una lámpara que daba una luz azul medianoche. Al respirar les salía humo de la boca; aquello era como estar en un frigorífico.

—¿Damos una vuelta? —propuso Harly, con la intención de calentarse los pies.

—Cuidado no vayas a atravesar a nadie —advirtió Ron, algo nervioso, mientras empezaban a bordear la sala de baile.

Pasaron por delante de un grupo de monjas fúnebres, de una figura harapienta que arrastraba cadenas y del Fraile Gordo, un alegre fantasma de Hufflepuff que hablaba con un caballero que tenía clavada una flecha en la frente. Harly no se sorprendió de que los demás fantasmas evitaran al Barón Sanguinario, un fantasma de Slytherin, adusto, de mirada impertinente y que exhibía manchas de sangre plateadas.

—Oh, no —dijo Hermione, parándose de repente

Harly e Hydra voltearon a ver en dirección donde señalaba con la mirada su amiga

—Volvamos, volvamos, es mejor hablar con Myrtle la Llorona —dijo Hydra

—¿Con quién? —le preguntó Ron, retrocediendo rápidamente.

—Ronda siempre los lavabos de chicas del segundo piso —dijo Harly.

—¿Los lavabos?

—Sí. No los hemos podido utilizar en todo el curso porque siempre le dan tales llantinas que lo deja todo inundado. De todas maneras, nunca entro en ellos si puedo evitarlo, es horroroso ir al servicio mientras la oyes llorar.

—¡Miren, comida! —dijo Ron.

Al otro lado de la mazmorra había una mesa larga, cubierta también con terciopelo negro.

 Se acercaron con entusiasmo, pero ante la mesa se quedaron inmóviles, horrorizados. El olor era muy desagradable. En unas preciosas fuentes de plata había unos pescados grandes y podridos; los pasteles, completamente quemados, se amontonaban en las bandejas; había un pastel de vísceras con gusanos, un queso cubierto de un esponjoso moho verde y, como plato estrella de la fiesta, un gran pastel gris en forma de lápida funeraria, decorado con unas letras que parecían de alquitrán y que componían las palabras: 

Sir Nicholas de Mimsy-Porpington,

fallecido el 31 de octubre de 1492.

Harly e Hydra contemplaron, asombradas, que un fantasma corpulento se acercaba y, avanzando en cuclillas para ponerse a la altura de la comida, atravesaba la mesa con la boca abierta para ensartar por ella un salmón hediondo.

—¿Le encuentras el sabor de esa manera? —le preguntó Hydra.

—Casi —contestó con tristeza el fantasma, y se alejó sin rumbo.

—¡Hydra! No puedes ir por ahí preguntándole cosas así a los fantasmas —le dijo Harly al oído

—Supongo que lo habrán dejado pudrirse para que tenga más sabor —dijo Hermione con aire de entendida, tapándose la nariz e inclinándose para ver más de cerca el pastel de vísceras podrido.

—Vámonos, me dan náuseas —dijo Ron.

Pero apenas se habían dado la vuelta cuando un hombrecito surgió de repente de debajo de la mesa y se detuvo frente a ellos, suspendido en el aire.

—Hola, Peeves —dijo Harly, con precaución.

A diferencia de los fantasmas que había alrededor, Peeves el poltergeist no era ni gris ni transparente. Llevaba sombrero de fiesta de color naranja brillante, pajarita giratoria y exhibía una gran sonrisa en su cara ancha y malvada.

—¿Picáis? —invitó amablemente, ofreciéndoles un cuenco de cacahuetes recubiertos de moho.

—No, gracias —dijo Hydra.

—Os he oído hablar de la pobre Myrtle —dijo Peeves, moviendo los ojos—. No has sido muy amable con la pobre Myrtle. —Tomó aliento y gritó—: ¡EH! ¡MYRTLE!

—No, Peeves, no le digas lo que he dicho, le afectará mucho —susurró Hermione, desesperada—. No quise decir eso, no me importa que ella... Eh, hola, Myrtle.

Hasta ellos se había deslizado el fantasma de una chica rechoncha. Tenía la cara más triste que Harly hubiera visto nunca, medio oculta por un pelo lacio y basto y unas gruesas gafas de concha.

—¿Qué? —preguntó enfurruñada.

—¿Cómo estás, Myrtle? —dijo Hydra, fingiendo un tono animado—. Me alegro de verte fuera de los lavabos.

Myrtle sollozó.

—Ahora mismo estas señoritas estaban hablando de ti —dijo Peeves a Myrtle al oído, maliciosamente.

—Sólo comentábamos..., comentábamos... lo guapa que estás esta noche —dijo Hydra, mirando a Peeves.

Myrtle les dirigió a las tres amigas una mirada recelosa.

—Se están burlando de mí —dijo, y unas lágrimas plateadas asomaron inmediatamente a sus ojos pequeños, detrás de las gafas.

—No, lo digo en serio... ¿Verdad que estaba comentando lo guapa que está Myrtle esta noche? —dijo Hermione, dándole fuertemente a Ron con el codo en las costillas.

—Sí, sí.

—Claro.

—No me mintáis —dijo Myrtle entre sollozos, con las lágrimas cayéndole por la cara, mientras Peeves, que estaba encima de su hombro, se reía entre dientes—. ¿Creéis que no sé cómo me llama la gente a mis espaldas? ¡Myrtle la gorda! ¡Myrtle la fea! ¡Myrtle la desgraciada, la llorona, la triste!

—Se te ha olvidado «la granos» —dijo Peeves al oído. Myrtle la Llorona estalló en sollozos angustiados y salió de la mazmorra corriendo. Peeves corrió detrás de ella, tirándole cacahuetes mohosos y gritándole: «¡La granos! ¡La granos!»

—¡Dios mío! —dijo Hydra con tristeza.

Nick Casi Decapitado iba hacia ellos entre la multitud.

 —¿Os lo estáis pasando bien?

—¡Sí! —mintieron los cuatro a coro.

—Ha venido bastante gente —dijo con orgullo Nick Casi Decapitado—. Mi Desconsolada Viuda ha venido de Kent. Bueno, ya es casi la hora de mi discurso, así que voy a avisar a la orquesta.

La orquesta, sin embargo, dejó de tocar en aquel mismo instante. Se había oído un cuerno de caza y todos los que estaban en la mazmorra quedaron en silencio, a la expectativa.

—Ya estamos —dijo Nick Casi Decapitado con cierta amargura.

A través de uno de los muros de la mazmorra penetraron una docena de caballos fantasma, montados por sendos jinetes sin cabeza. Los asistentes aplaudieron con fuerza; Harly e Hydra también empezaron a aplaudir, pero se detuvieron al ver la cara fúnebre de Nick.

Los caballos galoparon hasta el centro de la sala de baile y se detuvieron encabritándose; un fantasma grande que iba delante, y que llevaba bajo el brazo su cabeza barbada y soplaba el cuerno, descabalgó de un brinco, levantó la cabeza en el aire para poder mirar por encima de la multitud, con lo que todos se rieron, y se acercó con paso decidido a Nick Casi Decapitado, ajustándose la cabeza en el cuello.

—¡Nick! —dijo con voz ronca—, ¿cómo estás? ¿Todavía te cuelga la cabeza?

Rompió en una sonora carcajada y dio a Nick Casi Decapitado unas palmadas en el hombro.

—Bienvenido, Patrick —dijo Nick con frialdad.

—¡Vivos! —dijo sir Patrick, al ver a Harry, Ron y Hermione.

Dio un salto tremendo pero fingido de sorpresa y la cabeza volvió a caérsele. La gente se rió otra vez.

—Muy divertido —dijo Nick Casi Decapitado con voz apagada.

—¡No os preocupéis por Nick! —gritó desde el suelo la cabeza de sir Patrick—. ¡Aunque se enfade, no le dejaremos entrar en el club! Pero quiero decir..., mirad el amigo...

—Creo —dijo Harly a toda prisa, en respuesta a una mirada elocuente de Nick— que Nick es terrorífico

—Si —añadió Hydra en apoyo con un escalofrío —una vez me asusto tanto que me tire mi desayuno encima

—¡Ja! —gritó la cabeza de sir Patrick—, apuesto a que Nick les pidió que dijeran eso.

—¡Si me conceden su atención, ha llegado el momento de mi discurso! —dijo en voz alta Nick Casi Decapitado, caminando hacia el estrado con paso decidido y colocándose bajo un foco de luz de un azul glacial.

»Mis difuntos y afligidos señores y señoras, es para mí una gran tristeza...

Pero nadie le prestaba atención. Sir Patrick y el resto del Club de Cazadores Sin Cabeza acababan de comenzar un juego de Cabeza Hockey y la gente se agolpaba para mirar. Nick Casi Decapitado trató en vano de recuperar la atención, pero desistió cuando la cabeza de sir Patrick le pasó al lado entre vítores.

Harly sentía mucho frío, y no digamos hambre.

—No aguanto más —dijo Ron, con los dientes castañeteando, cuando la orquesta volvió a tocar y los fantasmas volvieron al baile.

—Vámonos —dijo Hermione.

Fueron hacia la puerta, sonriendo e inclinando la cabeza a todo el que los miraba, y un minuto más tarde subían a toda prisa por el pasadizo lleno de velas negras.

—Quizás aún quede pudín —dijo Ron con esperanza, abriendo el camino hacia la escalera del vestíbulo.

Y entonces Harly lo oyó.

—... Desgarrar... Despedazar... Matar...

Fue la misma voz, la misma voz fría, asesina, que había oído en el despacho de Lockhart. Trastabilló al detenerse, y tuvo que sujetarse al muro de piedra. Escuchó lo más atentamente que pudo, al tiempo que miraba con los ojos entornados a ambos lados del pasadizo pobremente iluminado.

—Harly, ¿qué...? —preguntó Hermione

—Es de nuevo esa voz... Callad un momento... 

—Yo también lo escucho —dijo Hydra con un escalofrío

—... deseado... durante tanto tiempo...

—¡Escuchad! —dijeron Harly e Hydra, y Ron y Hermione se quedaron inmóviles, mirándoles.

—... matar... Es la hora de matar...

La voz se fue apagando. Harly estaba segura de que se alejaba... hacia arriba. Al mirar al oscuro techo, se apoderó de ella una mezcla de miedo y emoción. ¿Cómo podía irse hacia arriba? ¿Se trataba de un fantasma, para quien no era obstáculo un techo de piedra?

—¡Por aquí! —gritó Hydra, y se puso a correr escaleras arriba hasta el vestíbulo.

Allí les era imposible oír nada, debido al ruido de la fiesta de Halloween que tenía lugar en el Gran Comedor. Harly apretó el paso para alcanzar rápidamente a Hydra, que ya iba por el el primer piso. Ron y Hermione las seguían.

—Chicas, ¿qué estamos...?

—¡Chssst! —dijeron la ojiverde y la peliblanca al mismo tiempo

Harly aguzó el oído. En la distancia, proveniente del piso superior, y cada vez más débil, oyó de nuevo la voz:

—... huelo sangre... ¡HUELO SANGRE!

El corazón les dio un vuelco al mismo tiempo.

—¡Va a matar a alguien! —gritó Harly, y sin hacer caso de las caras desconcertadas de Ron y Hermione, subieron el siguiente tramo saltando los escalones de tres en tres, intentando oír a pesar del ruido de sus propios pasos.

Harly recorrió a toda velocidad el segundo piso, y Ron y Hermione las seguían jadeando. No pararon hasta que doblaron la esquina del último corredor, también desierto.

Hydra ya estaba ahí, estática y pálida

—Hydra, ¿qué pasaba? —le preguntó Ron, secándose el sudor de la cara —. Yo no oí nada...

Pero Hermione dio de repente un grito ahogado, y señaló al corredor, justo hacia donde veía Hydra.

—¡Mirad!

Delante de ellos, algo brillaba en el muro. Se aproximaron, despacio, intentando ver en la oscuridad con los ojos entornados. En el espacio entre dos ventanas, brillando a la luz que arrojaban las antorchas, había en el muro unas palabras pintadas de más de un palmo de altura. 

LA CAMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA.

TEMED, ENEMIGOS DEL HEREDERO.

—¿Qué es lo que cuelga ahí debajo? —preguntó Ron, con un leve temblor en la voz.

Al acercarse más, Harly casi resbala por un gran charco de agua que había en el suelo. Ron la sostuvo, y juntos, los cuatro amigos se acercaron despacio a la inscripción, con los ojos fijos en la sombra negra que se veía debajo. Hydra dejó escapar un grito ahogado. Los cuatro comprendieron a la vez lo que era, y dieron un brinco hacia atrás.

La Señora Norris, la gata del conserje, estaba colgada por la cola en una argolla de las que se usaban para sujetar antorchas. Estaba rígida como una tabla, con los ojos abiertos y fijos. Durante unos segundos, no se movieron. Luego dijo Ron:

—Vámonos de aquí.

—No deberíamos intentar... —comenzó a decir Hydra, sin encontrar las palabras.

—Hacedme caso —dijo Ron—; mejor que no nos encuentren aquí.

Pero era demasiado tarde. Un ruido, como un trueno distante, indicó que la fiesta acababa de terminar. De cada extremo del corredor en que se encontraban, llegaba el  sonido de cientos de pies que subían las escaleras y la charla sonora y alegre de gente que había comido bien. Un momento después, los estudiantes irrumpían en el corredor por ambos lados.

La charla, el bullicio y el ruido se apagaron de repente cuando vieron la gata colgada. Harly, Hydra, Hermione y Ron estaban solos, en medio del corredor, cuando se hizo el silencio entre la masa de estudiantes, que presionaban hacia delante para ver el truculento espectáculo.

Luego, alguien gritó en medio del silencio:

—¡Temed, enemigos del heredero! ¡Los próximos seréis los sangre sucia!

Era Draco Malfoy, que había avanzado hasta la primera fila. Tenía una expresión alegre en los ojos, y la cara, habitualmente pálida, se le enrojeció al sonreír ante el espectáculo de la gata que colgaba inmóvil.