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La niña que sobrevivió — capítulo 21

Lo prometido es deuda...

¡Disfruten el capítulo!

LaGataNegra

—¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa?

Atraído sin duda por el grito de Malfoy, Argus Filch se abría paso a empujones. Vio a la Señora Norris y se echó atrás, llevándose horrorizado las manos a la cara.

—¡Mi gata! ¡Mi gata! ¿Qué le ha pasado a la Señora Norris? —chilló.

Con los ojos fuera de las órbitas, se fijó en Harly

—¡Tú! —chilló—. ¡Tú! ¡Tú has matado a mi gata! ¡Tú la has matado! ¡Maldita niña! ¡Te...!

—¡Argus!

Había llegado Dumbledore, seguido de otros profesores. En unos segundos, pasó por delante de Harly, Hydra, Hermione y Ron y sacó a la Señora Norris de la argolla.

—Ven conmigo, Argus —dijo a Filch—. Vosotros también, Potter, Black, Granger y Weasley.

Lockhart se adelantó algo asustado.

—Mi despacho es el más próximo, director, nada más subir las escaleras. Puede disponer de él.

—Gracias, Gilderoy —respondió Dumbledore.

La silenciosa multitud se apartó para dejarles paso. Lockhart, nervioso y dándose importancia, siguió a Dumbledore a paso rápido; lo mismo hicieron la profesora McGonagall y el profesor Snape.

Cuando entraron en el oscuro despacho de Lockhart, hubo gran revuelo en las paredes; Harly soltó una risita cuando se dio cuenta de que algunas de las fotos de Lockhart se escondían de la vista, porque llevaban los rulos puestos. El Lockhart de carne y hueso encendió las velas de su mesa y se apartó. Dumbledore dejó a la Señora Norris sobre la pulida superficie y se puso a examinarla. Harly, Hydra, Hermione y Ron intercambiaron tensas miradas y, echando una ojeada a los demás, se sentaron fuera de la zona iluminada por las velas.

Dumbledore acercó la punta de su nariz larga y ganchuda a una distancia de apenas dos centímetros de la piel de la Señora Norris. Examinó el cuerpo de cerca con sus lentes de media luna, dándole golpecitos y reconociéndolo con sus largos dedos. La profesora McGonagall estaba casi tan inclinada como él, con los ojos entornados. Snape estaba muy cerca detrás de ellos, con una expresión peculiar, como si estuviera haciendo grandes esfuerzos para no sonreír. Y Lockhart rondaba alrededor del grupo, haciendo sugerencias inútiles.

 —Puede concluirse que fue un hechizo lo que le produjo la muerte..., quizá la Tortura Metamórfica. He visto muchas veces sus efectos. Es una pena que no me encontrara allí, porque conozco el contrahechizo que la habría salvado.

Los sollozos sin lágrimas, convulsivos, de Hydra y Filch acompañaban los comentarios de Lockhart. El conserje se desplomó en una silla junto a la mesa, con la cara entre las manos, incapaz de dirigir la vista a la Señora Norris. Pese a lo mucho que detestaba a Filch, Harly no pudo evitar sentir compasión por él, aunque no tanta como la que sentía por su amiga o por sí misma. Si Dumbledore creía a Filch, los expulsarían a Ron, a Hydra y a ella sin ninguna duda.

Dumbledore murmuraba ahora extrañas palabras en voz casi inaudible. Golpeó a la Señora Norris con su varita, pero no sucedió nada; parecía como si acabara de ser disecada.

—... Recuerdo que sucedió algo muy parecido en Uagadugú —dijo Lockhart—, una serie de ataques. La historia completa está en mi autobiografía. Pude proveer al poblado de varios amuletos que acabaron con el peligro inmediatamente.

Todas las fotografías de Lockhart que había en las paredes movieron la cabeza de arriba abajo confirmando lo que éste decía. A una se le había olvidado quitarse la redecilla del pelo.

Finalmente, Dumbledore se incorporó.

—No está muerta, Argus —dijo con cautela.

Lockhart interrumpió de repente su cálculo del número de asesinatos evitados por su persona.

—¿Que no está muerta? —preguntó Filch entre sollozos, mirando por entre los dedos a la Señora Norris—. ¿Y por qué está rígida?

—La han petrificado —explicó Dumbledore.

—Ah, ya me parecía a mí... —dijo Lockhart. —Pero no podría decir como...

—¡Pregúntele! —chilló Filch, volviendo a Harly su cara con manchas y llena de lágrimas. —Ninguna estudiante de segundo curso podría haber hecho esto —dijo Dumbledore con firmeza—. Es magia negra muy avanzada.

 —¡Lo hizo ella! —saltó Filch, y su hinchado rostro enrojeció—. ¡Ya ha visto lo que escribió en el muro! Ella encontró... en la conserjería... Sabe que soy, que soy un... —Filch hacía unos gestos horribles—. ¡Sabe que soy un squib! —concluyó.

—¡No he tocado a la Señora Norris! Nunca le haría daño —dijo Harly con voz potente, sintiéndose incómoda al notar que todos la miraban, incluyendo los Lockhart que había en las paredes—. Y ni siquiera sé lo que es un squib.

—¡Mentira! —gruñó Filch—. ¡La niña vio mi carta de Embrujorrápid!

—Si se me permite hablar, señor director —dijo Snape desde la penumbra, y Harly se asustó aún más, porque estaba casi segura de que Snape no diría nada que pudiera beneficiarle—, la señorita Potter y sus amigos simplemente podrían haberse encontrado en el lugar menos adecuado en el momento menos oportuno —dijo, aunque con una leve expresión de desprecio en los labios, como si lo pusiera en duda—; sin embargo, aquí tenemos una serie de circunstancias sospechosas: ¿por qué se encontraban en el corredor del piso superior? ¿Por qué no estaban en la fiesta de Halloween?

Harly, Hydra, Hermione y Ron se pusieron a dar a la vez una explicación sobre la fiesta de cumpleaños de muerte. 

—... había cientos de fantasmas que podrán testificar que estábamos allí.

—Pero ¿por qué no os unisteis a la fiesta después? —preguntó Snape. Los ojos negros le brillaban a la luz de las velas—. ¿Por qué subisteis al corredor?

Ron y Hermione miraron a Harly e Hydra.

 —Porque..., porque... —dijo Hydra intentando encontrar una buena explicación—, porque estábamos cansados y queríamos ir a la cama —dijo.

Harly comprendió porque su amiga había mentido algo le decía que parecería muy rebuscado si explicaba que las había conducido hasta allí una voz que no salía de ningún sitio y que nadie sino ellas habían podido oír

—¿Sin cenar? —preguntó Snape. Una sonrisa de triunfo había aparecido en su adusto rostro—. No sabía que los fantasmas dieran en sus fiestas comida buena para los vivos.

—No teníamos hambre —dijo Ron con voz potente, y las tripas le rugieron en aquel preciso instante.

La desagradable sonrisa de Snape se ensanchó más.

—Tengo la impresión, señor director, de que las señoritas Potter y Black no están siendo completamente sinceras —dijo —. Podría ser una buena idea privarles de determinados privilegios hasta que se avengan a contarnos toda la verdad. Personalmente, creo que Potter debería ser apartada del equipo de quidditch de Gryffindor hasta que decida no mentir y a Black podríamos asignarle un castigo más.

—Francamente, Severus —dijo la profesora McGonagall bruscamente—, no veo razón para que Potter deje de jugar al quidditch o para asignarle un castigo a Black. Este gato no ha sido golpeado en la cabeza con el palo de una escoba ni embrujado por alguien de segundo curso. No tenemos ninguna prueba de que ellas dos hayan hecho algo malo.

Dumbledore miraba a Harly y a Hydra de forma inquisitiva. Ante los vivos ojos azul claro del director, Harly se sentía como si le examinaran por rayos X.

—Son inocentes hasta que se demuestre lo contrario, Severus —dijo con firmeza.

Snape parecía furioso. Igual que Filch.

—¡Han petrificado a mi gata! —gritó. Tenía los ojos desorbitados—. ¡Exijo que se castigue a los culpables!

—Podremos curarla, Argus —dijo Dumbledore armándose de paciencia—. La señora Sprout ha conseguido mandrágoras recientemente. En cuanto hayan crecido, haré una poción con la que revivir a la Señora Norris.

—La haré yo —acometió Lockhart—. Creo que la he preparado unas cien veces, podría hacerla hasta dormido.

—Disculpe —dijo Snape con frialdad—, pero creo que el profesor de Pociones de este colegio soy yo y no usted.

Hubo un silencio incómodo.

—Podéis iros —dijo Dumbledore a los cuatros amigos.

Se fueron deprisa pero sin correr. Cuando estuvieron un piso más arriba del despacho de Lockhart, entraron en un aula vacía y cerraron la puerta con cuidado. Harly miró las caras ensombrecidas de sus amigos.

—¿Creéis que tendríamos que haberles hablado de la voz que oí?

—No —dijo Ron sin dudar—. Oír voces que nadie puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los magos...

Había algo en la voz de Ron que hizo que Hydra le preguntase:

—Tú nos crees, ¿verdad?

—Por supuesto —contestó Ron rápidamente—. Pero... chicas, tienen que admitir que parece raro...

—Sí, ya sé que parece raro —admitió Harly—. Todo el asunto es muy raro. ¿Qué era lo que estaba escrito en el muro? «La cámara ha sido abierta.» ¿Qué querrá decir?

—El caso es que me suena un poco —dijo Hydra despacio—. Nymph me contó una leyenda que tenía que ver con algo así.

—¿Y qué demonios es un squib? ¿Por qué Filch parecía tan apenado? —preguntó Harly.

Para sorpresa de Harly, Hydra y Ron ahogaron una risita.

—Bueno, no es que sea divertido realmente... pero tal como es Filch... —dijo Ron

—Un squib es alguien nacido en una familia de magos, pero que no tiene poderes mágicos. Todo lo contrario a los magos hijos de familia muggle, sólo que los squibs son casos muy raros —le explicó Hydra

—Si Filch está tratando de aprender magia mediante un curso de Embrujorrápid, seguro que es un squib. Eso explica muchas cosas, como que odie tanto a los estudiantes. —Ron sonrió con satisfacción—. Es un amargado.

De algún lugar llegó el sonido de un reloj.

—Es medianoche —señaló Hermione—. Es mejor que nos vayamos a dormir antes de que Snape nos encuentre y quiera acusarnos de algo más.

Durante unos días, en la escuela no se habló de otra cosa que de lo que le habían hecho a la Señora Norris. Filch mantenía vivo el recuerdo en la memoria de todos haciendo guardia en el punto en que la habían encontrado, como si pensara que el culpable volvería al escenario del crimen. Cuando buscaban un baño, Harly e Hydra le habían visto fregar la inscripción del muro con el Quitamanchas mágico multiusos de la señora Skower, pero no había servido de nada: las palabras seguían tan brillantes como el primer día. Cuando Filch no vigilaba el escenario del crimen, merodeaba por los corredores con los ojos enrojecidos, ensañándose con estudiantes que no tenían ninguna culpa e intentando castigarlos por faltas imaginarias como «respirar demasiado fuerte» o «estar contento».

Ginny parecía tan afectada como Hydra por el destino de la Señora Norris. Según Ron, era una gran amante de los gatos.

—Pero si no conocías a la Señora Norris —le dijo Ron para animarla—. La verdad es que estamos mucho mejor sin ella. —A Ginny le tembló el labio —. Cosas como éstas no suelen suceder en Hogwarts. Atraparán al que haya sido y lo echarán de aquí inmediatamente. Sólo espero que le dé tiempo a petrificar a Filch antes de que lo expulsen. Esto es broma... —añadió apresuradamente, al ver que Ginny se ponía blanca.

Aquel acto vandálico también había afectado a Hydra en más de una forma, igual que a Hermione. Ya era habitual en ellas pasar mucho tiempo leyendo, pero ahora prácticamente no hacían otra cosa. Cuando Harly y Ron les preguntaban qué buscaban, no obtenían respuesta, y tuvieron que esperar al miércoles siguiente para enterarse.

Harly se había tenido que quedar después de la clase de Pociones, porque Snape le había mandado limpiar los gusanos de los pupitres mientras le advertía que anduviera con cuidado por los pasillos del castillo. Tras comer apresuradamente, subió para encontrarse con sus amigos en la biblioteca, donde vio a Justin Finch-Fletchey, el chico de la casa de Hufflepuff con el que coincidían en Herbología, que se le acercaba. Harly acababa de abrir la boca para decir «hola» cuando Justin la vio, cambió de repente de rumbo y se marchó deprisa en sentido opuesto.

Harly encontró a Ron al fondo de la biblioteca, midiendo sus deberes de Historia de la Magia. El profesor Binns les había mandado un trabajo de un metro de largo sobre «La Asamblea Medieval de Magos de Europa».

—No puede ser, todavía me quedan veinte centímetros... —dijo furioso Ron soltando el pergamino, que recuperó su forma de rollo— y Hermione e Hydra han llegado al metro y medio con su letra diminuta, ¡incluso tú has llenado poco más de un metro!

—¿Apenas lo estás haciendo?... Por cierto, ¿dónde están Hydra y Hermione? —preguntó Harly, cogiendo la cinta métrica y desenrollando su trabajo.

—En algún lado por allá —respondió Ron, señalando hacia las estanterías—. Buscando otro libro. Creo que se han propuesto leerse la biblioteca entera antes de Navidad.

Harly le contó a Ron que Justin Finch-Fletchey lo había esquivado y se había  alejado de ella a toda prisa.

—No sé por qué te preocupa, si siempre he pensado que era un poco idiota —dijo Ron, escribiendo con la letra más grande que podía—. Todas esas tonterías sobre lo maravilloso que es Lockhart...

Hydra y Hermione surgieron de entre las estanterías. Hermione parecía disgustada pero dispuesta a hablarles por fin.

—No queda ni uno de los ejemplares que había en el colegio; se han llevado la Historia de Hogwarts —dijo, al tiempo que se sentaba junto a Ron—. Y hay una lista de espera de dos semanas. Lamento haberme dejado en casa mi ejemplar, pero con todos los libros de Lockhart, no me cabía en el baúl.

—¿Para qué lo quieren? —le preguntó Harly.

—Para lo mismo que el resto de la gente —contestó Hydra—: para leer la leyenda de la Cámara de los Secretos.

—¿Qué es eso? —preguntó Harly al instante.

—Eso quisiéramos saber. Pero no lo recordamos —contestó Hermione, mordiéndose el labio —. Y no conseguimos la historia en ningún otro lado.

—Hermione, déjame leer tu trabajo —le pidió Ron desesperado, mirando el reloj.

—No, no quiero —dijo Hermione, repentinamente severa

—¡Vamos Ron! Has tenido diez días para acabarlo—le reprendió Hydra

—Sólo me faltan seis centímetros, venga.

Sonó la campana. Ron y Hermione se encaminaron al aula de Historia de la Magia, discutiendo.

Historia de la Magia seguía siendo asignatura más aburrida de todas. Harly ocupaba ese tiempo para dibujar, en lugar de dormirse, como hacía Ron, y luego investigaba con Hydra y Hermione el tema que habían visto en la clase.

Aquel día fue igual de aburrido que siempre. El profesor Binns abrió sus apuntes y los leyó con un sonsonete monótono, como el de una aspiradora vieja, hasta que casi toda la clase hubo entrado en un sopor profundo, sólo alterado de vez en cuando el tiempo suficiente para tomar nota de un nombre o de una fecha, y volver a adormecerse. Llevaba una media hora hablando cuando ocurrió algo insólito: Hydra y Hermione alzaron la mano.

El profesor Binns, levantando la vista a mitad de una lección horrorosamente aburrida sobre la Convención Internacional de Brujos de 1289, pareció sorprendido.

—¿Señorita...? —preguntó viendo hacia Hydra

—Black, profesor. Pensaba que quizá usted pudiera hablarnos sobre la Cámara de los Secretos —dijo Hydra con voz clara.

Dean Thomas, que había permanecido boquiabierto, mirando por la ventana, salió de su trance dando un respingo. Lavender Brown levantó la cabeza y a Neville le resbaló el codo de la mesa. El profesor Binns parpadeó.

—Mi disciplina es la Historia de la Magia —dijo con su voz seca, jadeante—. Me ocupo de los hechos, señorita Black, no de los mitos ni de las leyendas. —Se aclaró la garganta con un pequeño ruido que fue como un chirrido de tiza, y prosiguió—: En septiembre de aquel año, un subcomité de hechiceros sardos...  —Balbució y se detuvo.

De nuevo, en el aire, se agitaba la mano de Hermione.

—¿Señorita…?

—Granger, señor, disculpe, señor, ¿no tienen siempre las leyendas una base real?

El profesor Binns las miraba con tal estupor, que Harly adivinó que ningún estudiante lo había interrumpido nunca, ni estando vivo ni estando muerto.

—Veamos —dijo lentamente el profesor Binns—, sí, creo que eso se podría discutir. —Miró a Hydra y Hermione como si nunca hubiera visto bien a un estudiante—. Sin embargo, la leyenda por la que ustedes me preguntan es una patraña hasta tal punto exagerada, yo diría incluso absurda...

La clase entera estaba ahora pendiente de las palabras del profesor Binns; éste miró a sus alumnos y vio que todas las caras estaban vueltas hacia él. Harly se sentía completamente desconcertada al ver unas muestras de interés tan inusitadas.

—Muy bien —dijo despacio—. Veamos... la Cámara de los Secretos... Todos ustedes saben, naturalmente, que Hogwarts fue fundado hace unos mil años (no sabemos con certeza la fecha exacta) por los cuatro brujos más importantes de la época. Las cuatro casas del colegio reciben su nombre de ellos: Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin. Los cuatro juntos construyeron este castillo, lejos de las miradas indiscretas de los muggles, dado que aquélla era una época en que la gente tenía miedo a la magia, y los magos y las brujas sufrían persecución.

Se detuvo, miró a la clase con los ojos empañados y continuó:

—Durante algunos años, los fundadores trabajaron conjuntamente en armonía, buscando jóvenes que dieran muestras de aptitud para la magia y trayéndolos al castillo para educarlos. Pero luego surgieron desacuerdos entre ellos y se produjo una ruptura entre Slytherin y los demás. Slytherin deseaba ser más selectivo con los estudiantes que se admitían en Hogwarts. Pensaba que la enseñanza de la magia debería reservarse para las familias de magos. Lo desagradaba tener alumnos de familia muggle, porque no los creía dignos de confianza. Un día se produjo una seria disputa al respecto entre Slytherin y Gryffindor, y Slytherin abandonó el colegio.

El profesor Binns se detuvo de nuevo y frunció la boca, como una tortuga vieja llena de arrugas.

—Esto es lo que nos dicen las fuentes históricas fidedignas —dijo—, pero estos simples hechos quedaron ocultos tras la leyenda fantástica de la Cámara de los Secretos. La leyenda nos dice que Slytherin había construido en el castillo una cámara oculta, de la que no sabían nada los otros fundadores.

»Slytherin, según la leyenda, selló la Cámara de los Secretos para que nadie la pudiera abrir hasta que llegara al colegio su auténtico heredero. Sólo el heredero podría abrir la Cámara de los Secretos, desencadenar el horror que contiene y usarlo para librar al colegio de todos los que no tienen derecho a aprender magia.

Cuando terminó de contar la historia, se hizo el silencio, pero no era el silencio habitual, soporífero, de las clases del profesor Binns. Flotaba en el aire un desasosiego, y todo el mundo le seguía mirando, esperando que continuara.

El profesor Binns parecía levemente molesto.

—Por supuesto, esta historia es un completo disparate —añadió—. Naturalmente, el colegio entero ha sido registrado varias veces en busca de la cámara, por los magos mejor preparados. No existe. Es un cuento inventado para asustar a los crédulos.

Hydra volvió a levantar la mano mientras Hermione y ella tomaban notas sin parar.

—Profesor..., ¿a qué se refiere usted exactamente al decir «el horror que contiene» la cámara?

—Se cree que es algún tipo de monstruo, al que sólo podrá dominar el heredero de Slytherin —explicó el profesor Binns con su voz seca y aflautada. La clase intercambió miradas nerviosas. —Pero ya les digo que no existe —añadió el profesor Binns, revolviendo en sus apuntes—. No hay tal cámara ni tal monstruo.

—Pero, profesor —comentó Seamus —, si sólo el auténtico heredero de Slytherin puede abrir la cámara, nadie más podría encontrarla, ¿no?

—Tonterías, O'Flaherty —repuso el profesor Binns en tono algo airado—, si una larga sucesión de directores de Hogwarts no la han encontrado...

—Pero, profesor —intervino Parvati Patil—, probablemente haya que emplear magia negra para abrirla...

—El hecho de que un mago no utilice la magia negra no quiere decir que no pueda emplearla, señorita Patati —le interrumpió el profesor Binns—. Insisto, si los predecesores de Dumbledore...

—Pero, profesor, tal vez sea preciso estar relacionado con Slytherin, y por eso Dumbledore no podría... —apuntó Hermione, pero el profesor Binns ya estaba harto.

—Ya basta —dijo bruscamente—. ¡Es un mito! ¡No existe! ¡No hay el menor indicio de que Slytherin construyera semejante cuarto trastero! Me arrepiento de haberles relatado una leyenda tan absurda. Ahora volvamos, por favor, a la historia, a los hechos evidentes, creíbles y comprobables.

Y en cinco minutos, la clase se sumergió de nuevo en su sopor habitual. 

•   •   •

—Ya sabía que Salazar Slytherin era un viejo chiflado y retorcido —dijo Ron a Harly, Hydra y Hermione, mientras se abrían camino por los abarrotados corredores al término de las clases, para dejar las mochilas en la habitación antes de ir a cenar—. Pero lo que no sabía es que hubiera sido él quien empezó todo este asunto de la limpieza de sangre. No me quedaría en su casa aunque me pagaran. Sinceramente, si el Sombrero Seleccionador hubiera querido mandarme a Slytherin, yo me habría vuelto derecho a casa en el tren.

 Hermione asintió entusiasmada con la cabeza, pero Harly no dijo nada.

Tenía el corazón encogido de la angustia. Harly no había dicho nunca a Hydra, Hermione y Ron que el Sombrero Seleccionador había considerado seriamente la posibilidad de enviarla a Slytherin. Recordaba, como si hubiera ocurrido el día anterior, la vocecita que le había hablado al oído cuando, un año antes, se había puesto el Sombrero Seleccionador. 

Podrías ser muy grande, ¿sabes?, lo tienes todo en tu cabeza y Slytherin te ayudaría en el camino hacia la grandeza. No hay dudas, ¿verdad?

Pero Harly, que ya conocía la reputación de la casa de Slytherin por los brujos de magia negra que salían de ella, había pensado desesperadamente «¡Slytherin no!», y el sombrero había terminado diciendo: 

Bueno, si estás seguro, mejor que seas ¡GRYFFINDOR!

La voz de Hydra la sacó de sus pensamientos

—A mí el Sombrero estuvo a punto de mandarme a Slytherin, como a la mayoría de mi familia…

Harly iba a decir algo, pero mientras caminaban empujados por la multitud, pasó Colin Creevey.

—¡Eh, Harly, Hydra!

—¡Hola, Colin! —dijo Hydra sin darse cuenta.

—Harly, Hydra… en mi clase un chico ha estado diciendo que una de ustedes es...

Pero Colin era demasiado pequeño para luchar contra la marea de gente que lo llevaba hacia el Gran Comedor. Le oyeron chillar:

—¡Hasta luego, chicas! —Y desapareció.

—¿Qué es lo que dice sobre ustedes un chico de su clase? —preguntó Hermione.

—Que alguna es la heredera de Slytherin, supongo —dijo Harly, y el corazón se le encogió un poco más al recordar cómo la había rehuido Justin Finch-Fletchley a la hora de la comida.

—La gente aquí es capaz de creerse cualquier cosa —dijo Ron, con disgusto.

La masa de alumnos se aclaró, y consiguieron subir sin dificultad al siguiente rellano.

—¿Creen que realmente hay una Cámara de los Secretos? —preguntó Ron a Hermione e Hydra.

—No lo sé —respondió Hermione, frunciendo el entrecejo—. Dumbledore no fue capaz de curar a la Señora Norris, y eso me hace creer que quienquiera que la atacase no debía de ser..., bueno..., humano.

Al doblar la esquina se encontraron en un extremo del mismo corredor en que había tenido lugar la agresión. Se detuvieron y miraron. El lugar estaba tal como lo habían encontrado aquella noche, salvo que ningún gato tieso colgaba de la argolla en que se fijaba la antorcha, y que había una silla apoyada contra la pared del mensaje: «La cámara ha sido abierta.»

—Aquí es donde Filch ha estado haciendo guardia —dijo Hydra.

Se miraron unos a otros. El corredor se encontraba desierto.

—No hay nada malo en echar un vistazo —dijo Harly, dejando la bolsa en el suelo y poniéndose a gatear en busca de alguna pista.

—¡Esto está chamuscado! —dijo—. ¡Aquí... y aquí!

—¡Ven y mira esto! —dijo Hydra

—Es extraño —dijo Hermione

Harly se levantó y se acercó a la ventana más próxima a la inscripción de la pared. Hydra y Hermione señalaban al cristal superior, por donde una veintena de arañas estaban escabulléndose, según parecía tratando de penetrar por una pequeña grieta en el cristal. Un hilo largo y plateado colgaba como una soga, y daba la impresión de que las arañas lo habían utilizado para salir apresuradamente.

—¿Habíais visto alguna vez que las arañas se comportaran así? —preguntó Hermione, perpleja.

—Yo no —dijo Hydra

—Yo tampoco —dijo Harly —. ¿Y tú, Ron? ¿Ron?

Volvió la cabeza hacia su amigo. Ron había retrocedido y parecía estar luchando contra el impulso de salir corriendo.

—¿Qué pasa? —le preguntó Harly.

—No... no me gustan... las arañas —dijo Ron, nervioso.

—No lo sabía —dijo Hermione, mirando sorprendida a Ron—. Has usado arañas muchas veces en la clase de Pociones...

—Si están muertas no me importa —explicó Ron, quien tenía la precaución de mirar a cualquier parte menos a la ventana—. No soporto la manera en que se mueven.

Hermione soltó una risita tonta.

—No tiene nada de divertido —dijo Ron impetuosamente—. Si quieres saberlo, cuando yo tenía tres años, Fred convirtió mi... mi osito de peluche en una araña grande y asquerosa porque yo le había roto su escoba de juguete. A ti tampoco te harían gracia si estando con tu osito, le hubieran salido de repente muchas patas y...

Dejó de hablar, estremecido. Era evidente que Hermione seguía aguantándose la risa. Pensando que sería mejor cambiar de tema, Hydra dijo:

—¿Recordáis toda aquella agua en el suelo? ¿De dónde vendría? Alguien ha pasado la fregona.

—Estaba por aquí —dijo Ron, recobrándose y caminando unos pasos más allá de la silla de Filch para indicárselo—, a la altura de esta puerta.

Asió el pomo metálico de la puerta, pero retiró la mano inmediatamente, como si se hubiera quemado.

—¿Qué pasa? —preguntó Harly

—No puedo entrar ahí —dijo Ron bruscamente—, es un aseo de chicas.

—Pero Ron, si no habrá nadie dentro —dijo Hermione, poniéndose derecha y acercándose—; aquí es donde está Myrtle la Llorona. Venga, echemos un vistazo.

Y sin hacer caso del letrero de «No funciona», Hermione abrió la puerta.

Era el cuarto de baño más triste y deprimente en que Ron había puesto nunca los pies. Debajo de un espejo grande, quebrado y manchado, había una fila de lavabos de piedra en muy mal estado. El suelo estaba mojado y reflejaba la luz triste que daban las llamas de unas pocas velas que se consumían en sus palmatorias. Las puertas de los retretes estaban rayadas y rotas, y una colgaba fuera de los goznes.

Hermione les pidió silencio con un dedo en los labios y se fue hasta el último retrete. Cuando llegó, dijo:

—Hola, Myrtle, ¿qué tal?

Harly, Hydra y Ron se acercaron a ver. Myrtle la Llorona estaba sobre la cisterna del retrete, reventándose un grano de la barbilla.

—Esto es un aseo de chicas —dijo, mirando con recelo a Ron—. Y él no es una chica.

—No —confirmó Hydra —. Sólo queríamos enseñarle lo... lo bien que se está aquí.

Con la mano, indicó vagamente el espejo viejo y sucio, y el suelo húmedo.

—Pregúntale si vio algo —dijo Ron a Harly, sin pronunciar, para que le leyera en los labios.

—¿Qué murmuras? —le preguntó Myrtle, mirándole.

—Nada —se apresuró a decir Harly—. Queríamos preguntar...

—¡Me gustaría que la gente dejara de hablar a mis espaldas! —dijo Myrtle, con la voz ahogada por las lágrimas—. Tengo sentimientos, ¿sabéis?, aunque esté muerta.

—Myrtle, nadie quiere molestarte —dijo Hydra—. Harly sólo...

—¡Nadie quiere molestarme! ¡Ésta sí que es buena! —gimió Myrtle—. ¡Mi vida en este lugar no fue más que miseria, y ahora la gente viene aquí a amargarme la muerte!

—Queríamos preguntarte si habías visto últimamente algo raro —dijo Hermione dándose prisa—. Porque la noche de Halloween agredieron a un gato justo al otro lado de tu puerta.

 —¿Viste a alguien por aquí aquella noche? —le preguntó Hydra.

—No me fijé —dijo Myrtle con afectación—. Me dolió tanto lo que dijo Peeves, que vine aquí e intenté suicidarme. Luego, claro, recordé que estoy..., que estoy...

—¿Muerta ya? —dijo Ron, con la intención de ayudar.

Myrtle sollozó trágicamente, se elevó en el aire, se volvió y se sumergió de cabeza en la taza del retrete, salpicándoles, y desapareció de la vista; a juzgar por la procedencia de sus sollozos ahogados, debía de estar en algún lugar del sifón.

Ron se quedó con la boca abierta, pero Harly e Hydra, se encogieron de hombros, y Hermione, que ya estaba harta,  les dijo:

—Tratándose de Myrtle, esto es casi estar alegre. Bueno, vámonos...

Harly acababa de cerrar la puerta a los sollozos gorjeantes de Myrtle, cuando una potente voz les hizo dar un respingo a los tres.

—¡RON!

Percy Weasley, con su resplandeciente insignia de prefecto, se había detenido al final de las escaleras, con una expresión de susto en la cara.

—¡Esos son los aseos de las chicas! —gritó—. ¿Qué estás haciendo?

—Sólo echaba un vistazo —dijo Ron, encogiéndose de hombros—. Buscando pistas, ya sabes...

Percy parecía a punto de estallar. A Harly le recordó mucho a la señora Weasley.

—Marchaos... fuera... de aquí... —dijo, caminando hacia ellos con paso firme y agitando los brazos para echarlos—. ¿No os dais cuenta de lo que podría parecer, volver a este lugar mientras todos están cenando?

—¿Por qué no podemos estar aquí? —repuso Ron acaloradamente, parándose de pronto y enfrentándose a Percy—. ¡Escucha, nosotros no le hemos tocado un pelo a ese gato!

—Eso es lo que dije a Ginny —dijo Percy con contundencia—, pero ella todavía cree que los van a expulsar. No la he visto nunca tan afectada, llorando amargamente. Podrías pensar un poco en ella, y además, todos los de primero están asustados.

—A ti no te preocupa Ginny —replicó Ron, enrojeciendo hasta las orejas—, a ti sólo te preocupa que yo eche a perder tus posibilidades de ser Representante del Colegio.

—¡Cinco puntos menos para Gryffindor! —dijo Percy secamente, llevándose una mano a su insignia de prefecto—. ¡Y espero que esto te enseñe la lección! ¡Se acabó el hacer de detective, o de lo contrario escribiré a mamá!

Y se marchó con el paso firme y la nuca tan colorada como las orejas de Ron. 

•   •   •

Aquella noche, en la sala común, Harly, Hydra, Hermione y Ron escogieron los asientos más alejados del de Percy. Ron estaba todavía de muy mal humor y seguía emborronando sus deberes de Encantamientos. Cuando, sin darse cuenta, cogió su varita mágica para quitar las manchas, el pergamino empezó a arder. Casi echando tanto humo como sus deberes, Ron cerró de golpe *El libro reglamentario de hechizos (clase 2).*Para sorpresa de Harly e Hydra, Hermione lo imitó.

—Pero ¿quién podría ser? —dijo con voz tranquila, como si continuara una conversación que hubieran estado manteniendo—. ¿Quién querría echar de Hogwarts a todos los squibs y los de familia muggle?

—Pensemos —dijo Harly con simulado desconcierto—. ¿Conocemos a alguien que piense que los que vienen de familia muggle son escoria?

Miró a Hydra, que negó con la cabeza, poco convencida.

—Si te refieres a mi primo...

—¡Naturalmente! —dijo Ron—. Ya lo oísteis: «¡Los próximos seréis los sangre sucia!» Venga, no hay más que ver su asquerosa cara de rata para saber que es él...

—¿Malfoy, el heredero de Slytherin? —dijo escépticamente Hermione.

—Fíjate en su familia —dijo Harly, cerrando también sus libros—. Todos han pertenecido a Slytherin, excepto Hydra, él siempre alardea de ello. Podrían perfectamente ser descendientes del mismo Slytherin. Su padre es un verdadero malvado.

—¡Vamos, chicos! Draco puede ser un capullo pero dudo mucho de que sea el heredero de Slytherin —dijo Hydra

—¡Podrían haber conservado durante siglos la llave de la Cámara de los Secretos! —dijo Ron sin hacer caso al comentario de Hydra—. Pasándosela de padres a hijos...

—Bueno —dijo cautamente Hermione mirando nerviosamente a Hydra—, supongo que puede ser.

—Bueno, admito que si lo ponen así, suena lógico, pero la verdad, lo dudo mucho —se rindió Hydra

—Pero ¿cómo podríamos demostrarlo? —preguntó Harly; en tono de misterio.

—Habría una manera —dijo Hermione hablando despacio, bajando aún más la voz y echando una fugaz mirada a Percy—. Por supuesto, sería difícil. Y peligroso, muy peligroso. Calculo que quebrantaríamos unas cincuenta normas del colegio.

—Si, dentro de un mes más o menos, te parece que podrías empezar a explicárnoslo, háznoslo saber, ¿vale? —dijo Ron, airado.

—¡Ron! ¿No te das cuenta de lo que dice Hermione? —repuso fríamente Hydra—. Lo que tendríamos que hacer es entrar en la sala común de Slytherin y hacerle a Draco algunas preguntas sin que sospeche que somos nosotros.

—Pero eso es imposible —dijo Harly, mientras Ron se reía.

—No, no lo es —repuso Hermione—. Lo único que nos haría falta es una poción multijugos.

—¿Qué es eso? —preguntaron a la vez Harly y Ron.

—Snape la mencionó en clase hace unas semanas.

—¿Piensas que no tenemos nada mejor que hacer en la clase de Pociones que escuchar a Snape? —dijo Ron.

—Esa poción lo transforma a uno en otra persona. ¡Pensad en ello! Nos podríamos convertir en tres estudiantes de Slytherin. Nadie nos reconocería. Y seguramente Malfoy nos diría algo. Lo más probable es que ahora mismo esté alardeando de ello en la sala común de Slytherin —les explicó Hydra

—Esto del multijugos me parece un poco peligroso —dijo Ron, frunciendo el entrecejo — ¿Y si nos quedamos para siempre convertidos en tres de Slytherin?

—El efecto se pasa después de un rato —dijo Hermione, haciendo un gesto con la mano como para descartar ese inconveniente—, pero lo realmente difícil será conseguir la receta. Snape dijo que se encontraba en un libro llamado Moste Potente Potions que se encuentra en la Sección Prohibida de la biblioteca. Solamente había una manera de conseguir un libro de la Sección Prohibida: con el permiso por escrito de un profesor.

—Será difícil explicar para qué queremos ese libro si no es para hacer alguna de las pociones.

—Creo —dijo Hermione— que si consiguiéramos dar la impresión de que estábamos interesados únicamente en la teoría, tendríamos alguna posibilidad...

—¿No te fastidia? Ningún profesor se va a tragar eso —dijo Harly—. Tendría que ser muy tonto...