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La niña que sobrevivió — capítulo 22

Después del desastroso episodio de los duendecillos de Cornualles, el profesor Lockhart no había vuelto a llevar a clase seres vivos. Por el contrario, se dedicaba a leer a los alumnos pasajes de sus libros, y en ocasiones representaba alguno de los momentos más emocionantes de su biografía. Habitualmente sacaba a Harly e Hydra para que lo ayudaran en aquellas reconstrucciones; hasta el momento, las chicas había tenido que representar los papeles de una ingenua pueblerina transilvana a la que Lockhart había curado de una maldición que le hacía tartamudear, un yeti con resfriado y una vampira que, cuando Lockhart acabó con ella, no pudo volver a comer otra cosa que lechuga.

En la siguiente clase de Defensa Contra las Artes Oscuras sacó de nuevo a Harly, esta vez para representar a un hombre lobo, lo que a Hydra le causaba mucha gracia. Si Harly no hubiera tenido una razón muy importante para no enfadar a Lockhart, se habría negado.

—Aúlla fuerte, Harly (eso es...), y en aquel momento, creedme, yo salté (así) tirándolo contra el suelo (así) con una mano, y logré inmovilizarle. Con la otra, le puse la varita en la garganta y, reuniendo las fuerzas que me quedaban, llevé a cabo el dificilísimo hechizo Homorphus; él emitió un gemido lastimero (venga, Harly, linda..., más fuerte..., bien) y la piel desapareció..., los colmillos encogieron y... se convirtió en hombre. Sencillo y efectivo. Otro pueblo que me recordará siempre como el héroe que les libró de la terrorífica amenaza mensual de los hombres lobo.

Sonó el timbre y Lockhart se puso en pie.

—Deberes: componer un poema sobre mi victoria contra el hombre lobo Wagga Wagga. ¡El autor del mejor poema será premiado con un ejemplar firmado de El encantador!

Los alumnos empezaron a salir. Harly volvió al fondo de la clase, donde la esperaban Hydra, Hermione y Ron.

—¿Listos? —preguntó Harly.

—Espera que se hayan ido todos —dijo Hermione, asustada—. Vale, ahora.

Se acercó a la mesa de Lockhart con un trozo de papel en la mano. Harly, Hydra y Ron iban detrás de ella.

—Esto... ¿Profesor Lockhart? —tartamudeó Hermione—. Yo querría... sacar este libro de la biblioteca. Sólo para una lectura preparatoria. —Le entregó el trozo de papel con mano ligeramente temblorosa—. Pero el problema es que está en la Sección Prohibida, así que necesito el permiso por escrito de un profesor. Estoy convencida de que este libro me ayudaría a comprender lo que explica usted en Una vuelta con los espíritus malignossobre los venenos de efecto retardado.

—¡Ah, Una vuelta con los espíritus malignos! —dijo Lockhart, cogiendo la nota de Hermione y sonriéndole francamente—. Creo que es mi favorito. ¿Te gustó?

—¡Sí! —dijo Hermione emocionada—. ¡Qué gran idea la suya de atrapar al último con el colador del té...!

—Bueno, estoy seguro que a nadie le parecerá mal que ayude un poco a la mejor estudiante del curso —dijo Lockhart afectuosamente, sacando una pluma de pavo real—. Sí, es bonita, ¿verdad? —dijo, interpretando al revés la expresión de desagrado de Hydra—. Normalmente la reservo para firmar libros.

Garabateó una floreteada firma sobre el papel y se lo devolvió a Hermione.

—Así que, Harly —dijo Lockhart, mientras Hermione plegaba la nota con dedos torpes y se la metía en la bolsa—, mañana se juega el primer partido de quidditchde la temporada, ¿verdad? Gryffindor contra Slytherin, ¿no? He oído que eres una jugadora fundamental. Yo también fui buscador. Me pidieron que entrara en la selección nacional, pero preferí dedicar mi vida a la erradicación de las Fuerzas Oscuras. De todas maneras, si necesitaras unas cuantas clases particulares de entrenamiento, no dudes en decírmelo. Siempre me satisface dejar algo de mi experiencia a jugadores menos dotados...

Harly hizo un ruido indefinido con la garganta y luego salió del aula a toda prisa, detrás de sus tres amigos.

—Es increíble —dijo ella, mientras examinaban los tres la firma en el papel—. Ni siquiera ha mirado de qué libro se trataba.

—Porque es un completo imbécil —dijo Hydra—. Pero ¿a quién le importa? Ya tenemos lo que necesitábamos.

—El no es un completo imbécil —chilló Hermione, mientras iban hacia la biblioteca a paso ligero.

—Ya, porque ha dicho que eres la mejor estudiante del curso —dijo Ron.

Bajaron la voz al entrar en la envolvente quietud de la biblioteca.

La señora Pince, la bibliotecaria, era una mujer delgada e irascible que parecía un buitre mal alimentado.

—¿Moste Potente Potions?—repitió recelosa, tratando de coger la nota de Hermione.

Pero Hermione no la soltaba.

—Desearía poder guardarla —dijo la chica, aguantando la respiración.

—Venga —dijo Ron, arrancándole la nota y entregándola a la señora Pince—. Te conseguiremos otro autógrafo. Lockhart firmará cualquier cosa que se esté quieta el tiempo suficiente.

La señora Pince levantó el papel a la luz, como dispuesta a detectar una posible falsificación, pero la nota pasó la prueba. Caminó orgullosamente por entre las elevadas estanterías y regresó unos minutos después llevando con ella un libro grande de aspecto mohoso. Hermione se lo metió en la bolsa con mucho cuidado, e intentó no caminar demasiado rápido ni parecer demasiado culpable.

Cinco minutos después, se encontraban de nuevo refugiados en los aseos fuera de servicio de Myrtle la Llorona. Hermione había rechazado las objeciones de Ron argumentando que aquél sería el último lugar en el que entraría nadie en su sano juicio, así que allí tenían garantizada la intimidad. Myrtle la Lloronalloraba estruendosamente en su retrete, pero ellos no le prestaban atención, y ella a ellos tampoco.

Hermione abrió con cuidado el *Moste Potente Potions,*y los cuatro se encorvaron sobre las páginas llenas de manchas de humedad. De un vistazo quedó patente por qué pertenecía a la Sección Prohibida. Algunas de las pociones tenían efectos demasiado horribles incluso para imaginarlos, y había ilustraciones monstruosas, como la de un hombre que parecía vuelto de dentro hacia fuera y una bruja con varios pares de brazos que le salían de la cabeza.

—¡Aquí está! —dijo Hermione emocionada, al dar con la página que llevaba por título La poción multijugos. Estaba decorada con dibujos de personas que iban transformándose en otras distintas.

—De verdad espero que la apariencia de dolor intenso que hay en los rostros de aquellas personas sea fruto de la imaginación del artista —le dijo Hydra al oído a Harly

—Ésta es la poción más complicada que he visto nunca —dijo Hermione, al mirar la receta—. Crisopos, sanguijuelas, Descurainia sophiay centinodia —murmuró, pasando el dedo por la lista de los ingredientes—. Bueno, no son difíciles de encontrar, están en el armario de los estudiantes, podemos conseguirlos. ¡Vaya, mirad, polvo de cuerno de bicornio! No sé dónde vamos a encontrarlo..., piel en tiras de serpiente arbórea africana..., eso también será peliagudo... y por supuesto, algo de aquel en quien queramos convertirnos.

—Perdona —dijo Ron bruscamente—. ¿Qué quieres decir con «algo de aquel en quien queramos convertirnos»? Yo no me voy a beber nada que contenga las uñas de los pies de Crabbe.

Hermione continuó como si no lo hubiera oído.

—De momento, todavía no tenemos que preocuparnos porque esos ingredientes los echaremos al final.

Sin saber qué decir, Ron se volvió a Harly e Hydra, que tenían otra preocupación.

—¿No te das cuenta de cuántas cosas vamos a tener que robar, Hermione? —preguntó Harly

 —Piel de serpiente arbórea africana en tiras, desde luego eso no está en el armario de los estudiantes —enumero Hydra— ¿qué vamos a hacer? ¿Forzar los armarios privados de Snape? No sé si es buena idea —añadió.

Hermione cerró el libro con un ruido seco.

—Bueno, si vais a acobardaros los tres, pues vale —dijo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos más brillantes de lo normal—. Yo no quiero saltarme las normas, ya lo sabéis, pero pienso que aterrorizar a los magos de familia mugglees mucho peor que elaborar un poco de poción. Pero si no tenéis interés en averiguar si el heredero es Malfoy, iré derecha a la señora Pince y le devolveré el libro inmediatamente.

—No creí que fuera a verte nunca intentando persuadirnos de que incumplamos las normas —dijo Ron —. Está bien, lo haremos, pero nada de uñas de los pies, ¿vale?

—Pero ¿cuánto nos llevará hacerlo? —preguntó Harly, cuando Hermione, satisfecha, volvió a abrir el libro.

—Bueno, como hay que coger la Descurainia sophiacon luna llena, y los crisopos han de cocerse durante veintiún días..., yo diría que podríamos tenerla preparada en un mes, si podemos conseguir todos los ingredientes.

—¿Un mes? —dijo Ron—. ¡En ese tiempo, Malfoy puede atacar a la mitad de los hijos de muggles! —Hermione volvió a entornar los ojos amenazadoramente, y él añadió sin vacilar—: Pero es el mejor plan que tenemos, así que adelante a toda máquina.

Sin embargo, mientras Hermione comprobaba que no había nadie a la vista para poder salir del aseo, Hydra susurró a Harly:

—Sería mucho más sencillo que mañana tiraras a mi primo de la escoba.

Harly se despertó pronto el sábado por la mañana y se quedó un rato en la cama pensando en el partido de quidditch. Se ponía nerviosa, sobre todo al imaginar lo que diría Wood si Gryffindor perdía, pero también al pensar que tendrían que enfrentarse a un equipo que iría montado en las escobas de carreras más veloces que había en el mercado. Nunca había tenido tantas ganas de vencer a Slytherin. Después de estar tumbada media hora con las tripas revueltas, se levantó, se duchó, se vistió y bajó temprano a desayunar. Allí encontró al resto del equipo de Gryffindor, apiñado en torno a la gran mesa vacía. Todos estaban nerviosos y apenas hablaban.

Cuando faltaba poco para las once, el colegio en pleno empezó a dirigirse hacia el estadio de quidditch. Hacía un día bochornoso que amenazaba tormenta. Cuando Harly iba hacia los vestuarios, Ron, Hermione e Hydra se acercaron corriendo a desearle buena suerte. Los jugadores se vistieron sus túnicas rojas de Gryffindor y luego se sentaron a recibir la habitual inyección de ánimo que Wood les daba antes de cada partido.

—Los de Slytherin tienen mejores escobas que nosotros —comenzó—, eso no se puede negar. Pero nosotros tenemos mejores jugadores sobre las escobas. Hemos entrenado más que ellos y hemos volado bajo todas las circunstancias climatológicas («¡y tanto!  —murmuró George Weasley—, no me he secado del todo desde agosto»), y vamos a hacer que se arrepientan del día en que dejaron que ese pequeño canalla, Malfoy, les comprara un puesto en el equipo.

Con la respiración agitada por la emoción, Wood se volvió a Harly.

—Es misión tuya, Harly, demostrarles que un buscador tiene que tener algo más que un padre rico. Tienes que coger la snitchantes que Malfoy, o perecer en el intento, porque hoy tenemos que ganar.

—Así que no te sientas presionada, Harly —le dijo George, guiñándole un ojo.

Cuando salieron al campo, fueron recibidos con gran estruendo; eran sobre todo aclamaciones de Hufflepuff y de Ravenclaw, cuyos miembros y seguidores estaban deseosos de ver derrotado al equipo de Slytherin, aunque la afición de Slytherin también hizo oír sus abucheos y silbidos. La señora Hooch, que era la profesora de *quidditch,*hizo que Flint y Wood se dieran la mano, y los dos contrincantes aprovecharon para dirigirse miradas desafiantes y apretar bastante más de lo necesario.

—Cuando toque el silbato —dijo la señora Hooch—: tres..., dos..., uno...

Animados por el bramido de la multitud que les apoyaba, los catorce jugadores se elevaron hacia el cielo plomizo. Harly ascendió más que ningún otro, aguzando la vista en busca de la snitch.

—¿Todo bien por ahí, carita rajada? —le gritó Malfoy, saliendo disparado por debajo de ella para demostrarle la velocidad de su escoba.

Harly no tuvo tiempo de replicar. En aquel preciso instante iba hacia ella una bludgernegra y pesada; faltó tan poco para que le golpeara, que al pasar le despeinó.

—¡Por qué poco, Harly! —le dijo George, pasando por su lado como un relámpago, con el bate en la mano, listo para devolver la bludgercontra Slytherin.

Harly vio que George daba un fuerte golpe a la bludgerdirigiéndola hacia Adrian Pucey, pero la bludgercambió de dirección en medio del aire y se fue directa, otra vez, contra Harly.

Harly descendió rápidamente para evitarla, y George logró golpearla fuerte contra Malfoy. Una vez más, la bludgerviró bruscamente como si fuera un bumerán y se encaminó como una bala hacia la cabeza de Harly.

Harly aumentó la velocidad y salió zumbando hacia el otro extremo del campo. Oía a la bludgersilbar a su lado. ¿Qué ocurría? Las bludgernunca se enconaban de aquella manera contra un único jugador, su misión era derribar a todo el que pudieran... Fred Weasley aguardaba en el otro extremo. Harly se agachó para que Fred golpeara la  bludgercon todas sus fuerzas.

—¡Ya está! —gritó Fred contento, pero se equivocaba: como si fuera atraída magnéticamente por Harly, la bludgervolvió a perseguirla y Harly se vio obligada a alejarse a toda velocidad.

Había empezado a llover. Harly notaba las gruesas gotas en la cara, que chocaban contra los cristales de las gafas. No tuvo ni idea de lo que pasaba con los otros jugadores hasta que oyó la voz de Lee Jordan, que era el comentarista, diciendo: «Slytherin en cabeza por sesenta a cero.»

Estaba claro que la superioridad de las escobas de Slytherin daba sus resultados, y mientras tanto, la bludgerloca hacía todo lo que podía para derribar a Harly. Fred y George se acercaban tanto a ella, uno a cada lado, que Harly no podía ver otra cosa que sus brazos, que se agitaban sin cesar, y le resultaba imposible buscar la snitch, y no digamos atraparla.

—Alguien... está... manipulando... esta... bludger... —gruñó Fred, golpeándola con todas sus fuerzas para rechazar un nuevo ataque contra Harly.

—Hay que detener el juego —dijo George, intentando hacerle señas a Wood y al mismo tiempo evitar que la bludgerle partiera la nariz a Harly.

Wood captó el mensaje. La señora Hooch hizo sonar el silbato y Harly, Fred y George bajaron al césped, todavía tratando de evitar la bludgerloca.

—¿Qué ocurre? —preguntó Wood, cuando el equipo de Gryffindor se reunió, mientras la afición de Slytherin los abucheaba—. Nos están haciendo papilla. Fred, George, ¿dónde estabais cuando la bludgerle impidió marcar a Angelina?

—Estábamos ocho metros por encima de ella, Oliver, para evitar que la otra bludgermatara a Harly —dijo George enfadado—. Alguien la ha manipulado..., no dejará en paz a Harly, no ha ido detrás de nadie más en todo el tiempo. Los de Slytherin deben de haberle hecho algo.

—Pero las bludgerhan permanecido guardadas en el despacho de la señora Hooch desde nuestro último entrenamiento, y aquel día no les pasaba nada... —dijo Wood, perplejo.

La señora Hooch iba hacia ellos. Detrás de ella, Harly veía al equipo de Slytherin que lo señalaban y se burlaban.

—Escuchad —les dijo Harly mientras ella se acercaba—, con vosotros dos volando todo el rato a mi lado, la única posibilidad que tengo de atrapar la snitches que se me meta por la manga. Volved a proteger al resto del equipo y dejadme que me las arregle sola con esa bludgerloca.

—No seas tonta —dijo Fred—, te partirá en dos.

Wood tan pronto miraba a Harly como a los Weasley

—Oliver, esto es una locura —dijo Alicia Spinnet enfadada—, no puedes dejar que Harly se las apañe sola con la bludger. Esto hay que investigarlo.

—¡Si paramos ahora, perderemos el partido! —argumentó Harly—. ¡Y no vamos a perder frente a Slytherin sólo por una bludgerloca! ¡Venga, Oliver, diles que dejen que me las apañe yo sola!

—Esto es culpa tuya —dijo George a Wood, enfadado—. «¡Atrapa la snitcho muere en el intento!» ¡Qué idiotez decir eso!

Llegó la señora Hooch.

—¿Listos para seguir? —preguntó a Wood.

Wood contempló la expresión absolutamente segura del rostro de Harly.

—Bien — dijo—. Fred y George, ya lo habéis oído..., dejad que se enfrente él solo a la bludger.

La lluvia volvió a arreciar. Al toque de silbato de la señora Hooch, Harly dio una patada en el suelo que la propulsó por los aires, y enseguida oyó tras ella el zumbido de la bludger. Harly ascendió más y más. Giraba, daba vueltas, se trasladaba en espiral, en zigzag, describiendo tirabuzones. Ligeramente mareada, mantenía sin embargo los ojos completamente abiertos. La lluvia le empañaba los cristales de las gafas y se le metió en los agujeros de la nariz cuando se puso boca abajo para evitar otra violenta acometida de la bludger. Podía oír las risas de la multitud; sabía que debía de parecer una tonta, pero la bludgerloca pesaba mucho y no podía cambiar de dirección tan rápido como ella.

Inició un vuelo a lo montaña rusa por los bordes del campo, intentando vislumbrar a través de la plateada cortina de lluvia los postes de Gryffindor, donde Adrian Pucey intentaba pasar a Wood...

Un silbido en el oído indicó a Harly que la bludgerhabía vuelto a pasarle rozando.

Dio media vuelta y voló en la dirección opuesta.

—¿Haciendo prácticas de ballet, Potter? —le gritó Malfoy, cuando Harly se vio obligada a hacer una ridícula floritura en el aire para evitar la bludger.

Harly escapó, pero la bludgerla seguía a un metro de distancia. Y en el momento en que dirigió a Malfoy una mirada de odio, vio la dorada snitch. Volaba a tan sólo unos centímetros por encima de la oreja izquierda de Malfoy... pero Malfoy, que estaba muy ocupado riéndose de Harly, no la había visto.

Durante un angustioso instante, Harly permaneció suspendida en el aire, sin atreverse a dirigirse hacia Malfoy a toda velocidad, para que éste no mirase hacia arriba y descubriera la snitch.

¡PLAM!

Se había quedado quieta un segundo de más. La bludgerla alcanzó por fin, le golpeó en el codo, y Harly sintió que le había roto el brazo. Débil, aturdida por el punzante dolor del brazo, desmontó a medias de la escoba empapada por la lluvia, manteniendo una rodilla todavía doblada sobre ella y su brazo derecho colgando inerte.

La bludgervolvió para atacarle de nuevo, y esta vez se dirigía directa a su cara. Harly cambió bruscamente de dirección, con una idea fija en su mente aturdida: coger a Malfoy.

Ofuscado por la lluvia y el dolor, se dirigió hacia aquella cara de expresión desdeñosa, y vio que Malfoy abría los ojos aterrorizado: pensaba que Harly lo estaba atacando.

—¿Qué...? —exclamó en un grito ahogado, apartándose del rumbo de Harly.

Harly se soltó finalmente de la escoba e hizo un esfuerzo para coger algo; sintió que sus dedos se cerraban en torno a la fría snitch, pero sólo se sujetaba a la escoba con las piernas, y la multitud, abajo, profirió gritos cuando Harly empezó a caer, intentando no perder el conocimiento.

Con un golpe seco chocó contra el barro y salió rodando, ya sin la escoba. El brazo le colgaba en un ángulo muy extraño. Sintiéndose morir de dolor y tratando de aguantar el llanto, oyó, como si le llegaran de muy lejos, muchos silbidos y gritos. Miró la snitchque tenía en su mano buena.

—Ajá —dijo sin fuerzas—, hemos ganado.

Y se desmayó.

Cuando volvió en sí, todavía estaba tendida en el campo de juego, con la lluvia cayéndole en la cara. Alguien se inclinaba sobre ella. Vio brillar unos dientes.

—¡Oh, no, usted no! —gimió.

—No sabe lo que dice —explicó Lockhart en voz alta a la expectante multitud de Gryffindor que se agolpaba alrededor—. Que nadie se preocupe: voy a inmovilizarle el brazo.

—¡No! —dijo Harly—, me gusta como está, gracias.

Intentó sentarse, pero el dolor era terrible. Oyó cerca un «¡clic!» que le resultó familiar.

—¡Colin! No es momento de sacarle un montón de fotos a Harly —dijo Hydra alzando la voz.

—Vuelve a tenderte, Harly, linda —dijo Lockhart, tranquilizador—. No es más que un sencillo hechizo que he empleado incontables veces.

—¿Por qué no me envían a la enfermería? —masculló Harly.

—Así debería hacerse, profesor —dijo Wood, lleno de barro y sin poder evitar sonreír aunque su buscadora estuviera herida —. Fabulosa jugada, Harly, realmente espectacular, la mejor que hayas hecho nunca, yo diría.

Por entre la selva de piernas que le rodeaba, Harly vio a Fred y George Weasley forcejeando para meter la bludgerloca en una caja. Todavía se resistía.

—Apartaos —dijo Lockhart, arremangándose su túnica verde jade.

—No... ¡no! —dijo Harly débilmente, pero Lockhart estaba revoleando su varita, y un instante después la apuntó hacia el brazo de Harly

Harly notó una sensación extraña y desagradable que se le extendía desde el hombro hasta las yemas de los dedos. Sentía como si el brazo se le desinflara, pero no se atrevía a mirar qué sucedía. Había cerrado los ojos y vuelto la cara hacia el otro lado, pero vio confirmarse sus más oscuros temores cuando la gente que había alrededor ahogó un grito y Colin Creevey empezó a sacar fotos como loco. El brazo ya no le dolía... pero tampoco le daba la sensación de que fuera un brazo.

—¡Ah! —dijo Lockhart—. Sí, bueno, algunas veces ocurre esto. Pero el caso es que los huesos ya no están rotos. Eso es lo que importa. Así que, Harly, ahora debes ir a la enfermería. Ah, señor Weasley, señoritas Black y Granger, ¿pueden ayudarle? La señora Pomfrey podrá..., esto..., arreglarlo un poco.

Al ponerse en pie, Harly se sintió extrañamente asimétrica. Armándose de valor, miró hacia su lado derecho. Lo que vio casi le hace volver a desmayarse.

Por el extremo de la manga de la túnica asomaba lo que parecía un grueso guante de goma de color carne. Intentó mover los dedos. No le respondieron.

Lockhart no le había recompuesto los huesos: se los había quitado.

A la señora Pomfrey aquello no le hizo gracia.

—¡Tendríais que haber venido enseguida aquí! —dijo hecha una furia y levantando el triste y mustio despojo de lo que, media hora antes, había sido un brazo en perfecto estado —. Puedo recomponer los huesos en un segundo..., pero hacerlos crecer de nuevo...

—Pero podrá, ¿no? —dijo Harly, desesperada.

—Desde luego que podré, pero será doloroso —dijo en tono grave la señora Pomfrey, dando un pijama a Harly—. Tendrás que pasar aquí la noche.

Hermione y Ron aguardaron al otro lado de la cortina que rodeaba la cama de Harly mientras Hydra la ayudaba a vestirse. Les llevó un buen rato embutir en la manga el brazo sin huesos, que parecía de goma.

—¿Te atreves ahora a defender a Lockhart, Hermione? —a través de la cortina, las dos amigas  escuharon que decía Ron mientras Hydra hacía pasar los dedos inanimados de Harly por el puño de la manga—. Si Harly hubiera querido que la deshuesaran, lo habría pedido.

—Cualquiera puede cometer un error —dijo Hermione—. Y ya no duele, ¿verdad, Harly?

—No —respondió Harly—, ni duele ni sirve para nada. —Al echarse en la cama, el brazo se balanceó sin gobierno.

Hermione, Ron y la señora Pomfrey cruzaron la cortina. La señora Pomfrey llevaba una botella grande en cuya etiqueta ponía «Crecehuesos».

—Vas a pasar una mala noche —dijo ella, vertiendo un líquido humeante en un vaso y entregándoselo—. Hacer que los huesos vuelvan a crecer es bastante desagradable.

Lo desagradable fue tomar el crecehuesos. Al pasar, le abrasaba la boca y la garganta, haciéndole toser y resoplar. Sin dejar de criticar los deportes peligrosos y a los profesores ineptos, la señora Pomfrey se retiró, dejando que Hydra, Hermione y Ron ayudaran a Harly a beber un poco de agua.

—¡Pero hemos ganado! —le dijo Ron, sonriendo tímidamente—. Todo gracias a tu jugada. ¡Y la cara que ha puesto Malfoy... Parecía que te quería matar!

—Me gustaría saber cómo trucó la bludger—dijo Hermione intrigada.

—Podemos añadir ésta a la lista de preguntas que le haremos después de tomar la poción multijugos—dijo Hydra acomodándole las almohadas  Harly

—Yo solo espero que sepa mejor que esta cosa —dijo Harly

—¿Con cosas de gente de Slytherin dentro? Estás de broma —observó Ron.

En aquel momento, se abrió de golpe la puerta de la enfermería. Sucios y empapados, entraron para ver a Harly los demás jugadores del equipo de Gryffindor.

—Un vuelo increíble, Harly —le dijo George—. Acabo de ver a Marcus Flint gritando a Malfoy algo parecido a que tenía la snitchencima de la cabeza y no se daba cuenta. Malfoy no parecía muy contento.

Habían llevado pasteles, dulces y botellas de zumo de calabaza; se situaron alrededor de la cama de Harly, y ya estaban preparando lo que prometía ser una fiesta estupenda, cuando se acercó la señora Pomfrey gritando:

—¡Esta chica necesita descansar, tiene que recomponer treinta y tres huesos! ¡Fuera! ¡FUERA!

Y dejaron sola a Harly, sin nadie que la distrajera de los horribles dolores de su brazo inerte.

Horas después, Harly despertó sobresaltada en una total oscuridad, dando un breve grito de dolor: sentía como si tuviera el brazo lleno de grandes astillas. Por un instante pensó que era aquello lo que le había despertado. Pero luego se dio cuenta, con horror, de que alguien, en la oscuridad, le estaba poniendo una esponja en la frente.

—¡Basta! —gritó, y luego, al reconocer al intruso, exclamó—: ¡Dobby!

Los ojos del tamaño de pelotas de tenis del elfo doméstico miraban desorbitados a Harly a través de la oscuridad. Una sola lágrima le bajaba por la nariz larga y afilada.

—Harly Potter ha vuelto al colegio —susurró triste—. Dobby avisó y avisó a  la señorita Harly. ¡Ah, señorita!, ¿por qué no hizo caso a Dobby? ¿Por qué no volvió a casa Harly Potter cuando perdió el tren?

Harly se incorporó con gran esfuerzo y tiró al suelo la esponja de Dobby.

—¿Qué hace aquí? —dijo—. ¿Y cómo sabe que perdí el tren? —A Dobby le tembló un labio, y a Harly la acometió una repentina sospecha—. ¡Fue usted! —dijo despacio—¡Usted impidió que la barrera nos dejara pasar!

—Sí, señorita, claro —dijo Dobby, moviendo vigorosamente la cabeza de arriba abajo y agitando las orejas—. Dobby se ocultó y vigiló a las señoritas Hydra y Harly y selló la verja, y Dobby tuvo que quemarse después las manos con la plancha. —Enseñó a Harly diez largos dedos vendados—. Pero a Dobby no le importó, señorita, porque pensaba que las señoritas estaban a salvo, ¡pero no se le ocurrió que Hydra Black y Harly Potter pudieran llegar al colegio por otro medio!

Se balanceaba hacia delante y hacia atrás, agitando su fea cabeza.

—¡Dobby se llevó semejante disgusto cuando se enteró de que las señoritas estaban en Hogwarts, que se le quemó la cena de su señor! Dobby nunca había recibido tales azotes, señorita...

Harly se desplomó de nuevo sobre las almohadas.

—Casi consigue que nos expulsen a Hydra, a Ron y a mí —dijo Harly con dureza—. Lo mejor es que se vaya cuanto antes, Dobby, estoy realmente enojada con usted.

Dobby sonrió levemente.

—Dobby está acostumbrado a las amenazas, señorita. Dobby las recibe en casa cinco veces al día.

Se sonó la nariz con una esquina del sucio almohadón que llevaba puesto; su aspecto era tan patético que Harly sintió que se le pasaba el enojo, aunque no quería.

—¿Por qué lleva puesto eso, Dobby? —le preguntó con curiosidad.

—¿Esto, señorita? —preguntó Dobby, pellizcándose el almohadón—. Es un símbolo de la esclavitud del elfo doméstico, señorita. A Dobby sólo podrán liberarlo sus dueños un día si le dan alguna prenda. La familia tiene mucho cuidado de no pasarle a Dobby ni siquiera un calcetín, porque entonces podría dejar la casa para siempre. —Dobby se secó los ojos saltones y dijo de repente—: ¡Harly Potter debe volver a casa! ¡Y llevarse consigo a la señorita Hydra! Dobby creía que su bludgerbastaría para hacerle...

—¿Su bludger? —dijo Harly, volviendo a enfurecerse—. ¿Qué quiere decir con «su bludger»? ¿Usted es el culpable de que esa bola intentara matarme?

—¡No, matarle no, señorita, nunca! —dijo Dobby, asustado—. ¡Dobby quiere salvarle la vida a Harly Potter! ¡Mejor ser enviada de vuelta a casa, gravemente herida, que permanecer aquí, señorita! ¡Dobby sólo quería ocasionar a Harly Potter el daño suficiente para que la enviaran a casa y para que la señorita Black se asustará y quisiera volver a la suya!

—Ah, ¿eso es todo? —dijo Harly irritada—. Me imagino que no querrá decirme por qué quería enviarme de vuelta a casa hecha pedazos y a mi amiga con un susto de muerte.

—¡Ah, si la señorita Harly supiera...! —gimió Dobby, mientras le caían más lágrimas en el viejo almohadón—. ¡Si supiera lo que significa para nosotros, los parias, los esclavizados, la escoria del mundo mágico...! Dobby recuerda cómo era todo cuando El-que- no-debe-nombrarse estaba en la cima del poder, señorita. ¡A nosotros los elfos domésticos se nos trataba como a alimañas, señorita! Desde luego, así es como sus dueños aún tratan a Dobby, señorita, la única que ha tratado bien a Dobby en toda su vida es la señorita Hydra —admitió, secándose el rostro en el almohadón—. Pero, señorita, en lo principal la vida ha mejorado para los de mi especie desde que usted derrotó al Que-no-debe-ser-nombrado. Harly Potter sobrevivió, y cayó el poder del Señor Tenebroso, surgiendo un  nuevo amanecer, señorita, y Harly Potter brilló como un faro de esperanza para los que creíamos que nunca terminarían los días oscuros, señorita... Y ahora, en Hogwarts, van a ocurrir cosas terribles, tal vez están ocurriendo ya, y Dobby no puede consentir que las señoritas  permanezcan aquí ahora que la historia va a repetirse, ahora que la Cámara de los Secretos ha vuelto a abrirse...

Dobby se quedó inmóvil, aterrorizado, y luego cogió la jarra de agua de la mesilla de Harly y se dio con ella en la cabeza, cayendo al suelo. Un segundo después reapareció trepando por la cama, bizqueando y murmurando:

—Dobby malo, Dobby muy malo...

—¿Así que es cierto que hay una Cámara de los Secretos? —murmuró Harly —. Y... ¿dice que se había abierto en anteriores ocasiones? ¡Hable, Dobby! ¡Por favor! —Sujetó la huesuda muñeca del elfo a tiempo de impedir que volviera a coger la jarra del agua—. Además, Hydra y yo no somos de familia muggle. ¿Por qué va a suponer la cámara un peligro para nosotras?

—Ah, señorita, no me haga más preguntas, no pregunte más al pobre Dobby —tartamudeó el elfo. Los ojos le brillaban en la oscuridad—. Se están planeando acontecimientos terribles en este lugar, pero la señorita Hydra y usted no deben encontrarse aquí cuando se lleven a cabo. Váyase a casa, señorita Harly. Váyase y llévese con usted a la señorita Hydra, porque ninguna debe verse involucrada, es demasiado peligroso...

—¿Quién es, Dobby? —le preguntó Harly, intentando mantenerlo firmemente sujeto por la muñeca para impedirle que volviera a golpearse con la jarra del agua—. ¿Quién la ha abierto? ¿Quién la abrió la última vez?

—¡Dobby no puede hablar, señorita, no puede, Dobby no debe hablar! —chillé el elfo —¡Váyase a casa, Harly Potter, váyase a casa y llévese a Hydra Black con usted!

—¡No me voy a ir a ningún lado! —dijo Harly con dureza—. ¡Una de mis mejores amigas es de familia muggle, y su vida está en peligro si es verdad que la cámara ha sido abierta!

—¡Harly Potter arriesga su propia vida por sus amigos! —gimió Dobby, en una especie de éxtasis de tristeza—. ¡Es tan noble, tan valiente...! Pero tiene que salvarse, tiene que hacerlo, la señorita Harly no puede...

Dobby se quedó inmóvil de repente, y temblaron sus orejas de murciélago. Harly también lo oyó: eran pasos que se acercaban por el corredor.

—¡Dobby tiene que irse! —musitó el elfo, aterrorizado.

Se oyó un fuerte ruido, y el puño de Harly se cerró en el aire. Se echó de nuevo en la cama, con los ojos fijos en la puerta de la enfermería, mientras los pasos se acercaban.

Dumbledore entró en el dormitorio, vestido con un camisón largo de lana y un gorro de dormir. Acarreaba un extremo de lo que parecía una estatua. La profesora McGonagall apareció un segundo después, sosteniendo los pies. Entre uno y otra, dejaron la estatua sobre una cama.

—Traiga a la señora Pomfrey —susurró Dumbledore, y la profesora McGonagall desapareció a toda prisa pasando junto a los pies de la cama de Harly.

Harly estaba inmóvil, haciéndose la dormida. Oyó voces apremiantes, y la profesora McGonagall volvió a aparecer, seguida por la señora Pomfrey, que se estaba poniendo un jersey sobre el camisón de dormir. Harly la oyó tomar aire bruscamente.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la señora Pomfrey a Dumbledore en un susurro, inclinándose sobre la estatua.

—Otra agresión —explicó Dumbledore—. Minerva lo ha encontrado en las escaleras.

—Tenía a su lado un racimo de uvas —dijo la profesora McGonagall—. Suponemos que intentaba llegar hasta aquí para visitar a la señorita Potter.

A Harly le dio un vuelco el corazón. Lentamente y con cuidado, se alzó unos centímetros para poder ver la estatua que había sobre la cama. Un rayo de luna le caía sobre el rostro.

Era Colin Creevey.

Tenía los ojos muy abiertos y sus manos sujetaban la cámara de fotos encima del pecho.

—¿Petrificado? —susurró la señora Pomfrey.

—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Pero me estremezco al pensar... Si Albus no hubiera bajado por chocolate caliente, quién sabe lo que podría haber...

Los tres miraban a Colin.

Dumbledore se inclinó y desprendió la cámara de fotos de las manos rígidas de Colin.

—¿Cree que pudo sacar una foto a su atacante? —le preguntó la profesora McGonagall con expectación.

Dumbledore no respondió. Abrió la cámara.

—¡Por favor! —exclamó la señora Pomfrey.

Un chorro de vapor salió de la cámara. A Harly, que se encontraba tres camas más allá, le llegó el olor agrio del plástico quemado.

—Derretido —dijo asombrada la señora Pomfrey—. Todo derretido...

—¿Qué significa esto, Albus? —preguntó apremiante la profesora McGonagall.

—Significa —contestó Dumbledore— que es verdad que han abierto de nuevo la Cámara de los Secretos.

La señora Pomfrey se llevó una mano a la boca. La profesora McGonagall miró a Dumbledore fijamente.

—Pero, Albus..., ¿quién...?

—La cuestión no es quién—dijo Dumbledore, mirando a Colin—; la cuestión es cómo.

Y a juzgar por lo que Harly pudo vislumbrar de la expresión sombría de la profesora McGonagall, la jefa de la casa de Gryffindor no lo comprendía mejor que ella.