La niña que sobrevivió — capítulo 7
Un poco antes de lo prometido, pero aquí está...
Se acercaba la Navidad. Una mañana de mediados de diciembre Hogwarts se descubrió cubierto por dos metros de nieve. El lago estaba sólidamente congelado y los gemelos Weasley fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que siguieran a Quirrell y lo golpearan en la parte de atrás de su turbante (cosa que Hydra celebró bajo la mirada de reproche de Hermione). Las pocas lechuzas que habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el correo tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra vez.
Todos estaban impacientes de que empezaran las vacaciones. Mientras que la sala común de Gryffindor y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos, llenos de corrientes de aire, se habían vuelto helados, y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas. Lo peor de todo eran las clases del profesor Snape, abajo en las mazmorras, en donde la respiración subía como niebla y los hacía mantenerse lo más cerca posible de sus calderos calientes.
—Me da mucha lástima —dijo Pansy Parkinson mirando hacia Harly e Hydra, en una de las clases de Pociones— toda esa gente que tendrá que quedarse a pasar la Navidad en Hogwarts, porque no los quieren en sus casas.
Greengass y el resto de Slytherin's lanzaron risitas burlonas. Harly, que estaba pesando polvo de espinas de pez león, no les hizo caso.
Después del partido de quidditch, Malfoy y Parkinson se habían vuelto más desagradables que nunca.
Disgustado por la derrota de Slytherin, Malfoy había tratado de hacer que todos se rieran diciendo que no sabía si Harly era una chica o un sapo con una boca muy grande. Pero entonces se dio cuenta de que nadie lo encontraba gracioso, porque estaban muy impresionados por la forma en que Harly se había mantenido en su escoba. Así que Malfoy y Parkinson; celosos y enfadados por la atención que recibía, habían vuelto a fastidiar a Harly, y a Hydra de paso, por no tener una familia apropiada.
Era verdad que Harly no iría a Privet Drive para las fiestas. La profesora McGonagall había pasado la semana antes, haciendo una lista de los alumnos que iban a quedarse allí para Navidad, y Harly puso su nombre de inmediato. Y no se sentía triste, ya que probablemente ésa sería la mejor Navidad de su vida. Hydra también se quedaba, igual que Ron y sus hermanos, porque el señor y la señora Weasley se marchaban a Rumania, a visitar a Charles.
Cuando abandonaron los calabozos, al finalizar la clase de Pociones, encontraron un gran abeto que ocupaba el extremo del pasillo. Dos enormes pies aparecían por debajo del árbol y un gran resoplido les indicó que Hagrid estaba detrás de él.
—Hola, Hagrid. ¿Necesitas ayuda? —preguntó Ron, metiendo la cabeza entre las ramas.
—No, va todo bien. Gracias, Ron.
—¿Te importaría quitarte de en medio? —La voz fría y gangosa de Malfoy llegó desde atrás—. ¿Estás tratando de ganar algún dinero extra, Weasley? Supongo que quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts... Esa choza de Hagrid debe de parecerte un palacio, comparada con la casa de tu familia.
—¿Y tú Draco, sigues intentando que tu padre te quiera? —contraatacó Hydra, pero no pareció ser suficiente para Ron, ya que se lanzó contra Malfoy justo cuando aparecía Snape en lo alto de las escaleras.
—¡WEASLEY!
Ron soltó el cuello de la túnica de Malfoy.
—Lo han provocado, profesor Snape —dijo Hagrid, sacando su gran cabeza peluda por encima del árbol—. Malfoy estaba insultando a su familia.
—Lo que sea, pero pelear está contra las reglas de Hogwarts, Hagrid —dijo Snape con voz amable—. Cinco puntos menos para Gryffindor; Weasley, y agradece que no sean más. Y ahora marchaos todos.
Malfoy, Crabbe y Goyle pasaron bruscamente, sonriendo con presunción.
—Voy a atraparlo —dijo Ron, sacando los dientes ante la espalda de Malfoy—. Uno de estos días lo atraparé...
—Los detesto a los dos —añadió Harly—. A Malfoy y a Parkinson, a Snape no tanto, pero sigo sin entender porque es tan amargado.
—Vamos, arriba el ánimo, ya es casi Navidad —dijo Hagrid—. Os voy a decir qué haremos: venid conmigo al Gran Comedor; está precioso.
Así que los cuatro amigos siguieron a Hagrid y su abeto hasta el Gran Comedor, donde la profesora McGonagall y el profesor Flitwick estaban ocupados en la decoración.
El salón estaba espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de Navidad estaban distribuidos por el lugar, algunos brillando con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas.
Harly sintió que de todo lo que había visto en el castillo, aquello era lo más mágico.
—¿Cuántos días os quedan para las vacaciones? —preguntó Hagrid.
—Sólo uno —respondió Hermione—. Y eso me recuerda... Harly, Hydra, Ron, nos queda media hora para el almuerzo, deberíamos ir a la biblioteca.
Harly y Ron pusieron sendas caras de desagrado
—Sí, claro, tienes razón —dijo Hydra, obligándose a apartar la vista del profesor Flitwick, que sacaba burbujas doradas de su varita, para ponerlas en las ramas del árbol nuevo.
—¿La biblioteca? —preguntó Hagrid, acompañándolos hasta la puerta—. ¿Justo antes de las fiestas? Un poco triste, ¿no creéis?
—Oh, no es un trabajo —explicó alegremente Harly—. Desde que mencionaste a Nicolás Flamel, estamos tratando de averiguar quién es.
—¿Qué? —Hagrid parecía impresionado—. Escuchadme... Ya os lo dije... No os metáis. No tiene nada que ver con vosotros lo que custodia ese perro.
—Nosotros queremos saber quién es Nicolás Flamel, eso es todo —dijo Hermione.
—Salvo que quieras ahorrarnos el trabajo —añadió Hydra
—Ya hemos buscado en miles de libros y no hemos podido encontrar nada... Si nos das una pista... Yo sé que leí su nombre en algún lado —contó Harly.
—No voy a deciros nada —dijo Hagrid con firmeza.
—Entonces tendremos que descubrirlo nosotros —dijo Ron.
Dejaron a Hagrid malhumorado y fueron rápidamente a la biblioteca.
Habían estado buscando el nombre de Flamel desde que a Hagrid se le escapó, porque ¿de qué otra manera podían averiguar lo que quería robar Snape (y Quirrell, seguía insistiendo Hydra)? El problema era la dificultad de buscar; sin saber qué podía haber hecho Flamel para figurar en un libro. No estaba en Grandes magos del siglo XX, ni en Notables nombres de la magia de nuestro tiempo; tampoco figuraba en Importantes descubrimientos en la magia modernani en Un estudio del reciente desarrollo de la hechicería. Y además, por supuesto, estaba el tamaño de la biblioteca, miles y miles de libros, miles de estantes, cientos de estrechas filas...
Hermione e Hydra hicieron una lista de títulos y temas que habían decidido investigar; mientras Ron se paseaba entre una fila de libros y los sacaba al azar. Harly se acercó a la Sección Prohibida. Se había preguntado si Flamel no estaría allí. Pero por desgracia, hacía falta un permiso especial, firmado por un profesor, para mirar alguno de los libros de aquella sección, y sabía que no iba a conseguirlo. Allí estaban los libros con la poderosa Magia del Lado Oscuro, que nunca se enseñaba en Hogwarts y que sólo leían los alumnos mayores, que estudiaban cursos avanzados de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¿Qué estás buscando, nena?
—Nada, solo buscaba algo interesante para las vacaciones—respondió Harly.
La señora Pince, la bibliotecaria, empuñó un plumero ante su cara.
—Entonces, te recomiendo que busques más cerca de mi escritorio, por aquí cualquiera pensaría que quieres entrar a la Sección Prohibida…
Ella, Hydra, Hermione y Ron se habían puesto de acuerdo en que era mejor no consultar a la señora Pince sobre Flamel. Estaban seguros de que ella podría decírselo, pero no podían arriesgarse a que Snape (y Quirrell, insistía Hydra) se enterara de lo que estaban buscando.
Luego de un rato, Harly se rindió por ese día y se sentó a dibujar mientras esperaba para ver si los otros habían encontrado algo, pero no tenía muchas esperanzas. Después de todo, buscaban sólo desde hacía quince días y en los pocos momentos libres, así que no era raro que no encontraran nada. Lo que realmente necesitaban era una buena investigación, sin la señora Pince pegada a sus nucas.
Cinco minutos más tarde, Hydra, Hermione y Ron aparecieron negando con la cabeza. Se marcharon a almorzar.
—Vais a seguir buscando cuando yo no esté, ¿verdad? —dijo Hermione—. Si encontráis algo, enviadme una lechuza.
—Y tú podrás preguntarle a tus padres si saben quién es Flamel —dijo Ron—. Preguntarle a ellos no tendrá riesgos.
—Ningún riesgo, ya que ambos son dentistas —respondió Hermione.
Cuando comenzaron las vacaciones, Harly, Hydra y Ron tuvieron mucho tiempo para pensar en Flamel. Tenían el dormitorio de chicos para ellos (Ron se negaba a ir al de chicas) y la sala común estaba mucho más vacía que de costumbre, así que podían elegir los mejores sillones frente al fuego. Se quedaban comiendo todo lo que podían pinchar en un tenedor de tostar (pan, buñuelos, melcochas) y planeaban formas de hacer que expulsaran a Malfoy y Parkinson, muy divertidas, pero imposibles de llevar a cabo.
Ron también comenzó a enseñar a Harly a jugar al ajedrez mágico, Hydra ya sabía jugar, pero no le gustaba mucho el juego, así que se limitaba a mirar las partidas o a leer. El ajedrez mágico era igual que el de los muggles, salvo que las piezas estaban vivas, lo que lo hacía muy parecido a dirigir un ejército en una batalla. El juego de Ron era muy antiguo y estaba gastado.
Como todo lo que tenía, había pertenecido a alguien de su familia, en este caso a su abuelo. Sin embargo, las piezas de ajedrez viejas no eran una desventaja. Ron las conocía tan bien que nunca tenía problemas en hacerles hacer lo que quería.
Harly jugó con el ajedrez que Seamus Finnigan le había prestado, y las piezas no confiaron en ella. Ella todavía no era muy buen jugadora, y dudaba que algún día lo fuera, y las piezas le daban distintos consejos y la confundían, diciendo, por ejemplo: «No me envíes a mí. ¿No ves el caballo? Muévelo a él, podemos permitirnos perderlo».
En la víspera de Navidad, Harly se fue a la cama, deseosa de que llegara el día siguiente, pensando en toda la diversión y comida que la aguardaban, pero sin esperar ningún regalo. Cuando al día siguiente se despertó temprano, lo primero que vio fue unos cuantos paquetes a los pies de su cama.
—¡Feliz Navidad! —la saludo Hydra completamente despierta, mientras Harly saltaba de la cama y se ponía la bata.
—Para ti también —contestó Harly—. ¡Mira esto! ¡Me han enviado regalos!
—¿De verdad no esperabas nada? —dijo Hydra, volviéndose a buscar algo en su baúl —¿Ni siquiera mío?
Le entrego una cajita roja y dorada, adentro había una snitch dorada y pequeñita que colgaba de una fina cadena de oro.
—Hydra… De verdad, no debiste… sobre todo cuando yo no tengo para ti nada tan especial…
Harly esperó a que su amiga encontrará su regalo entre el montón que tenía en su cama.
Mientras, decidió ver sus propios regalos, cogió el paquete que estaba más arriba. Estaba envuelto en papel de embalar y tenía escrito: «Para Harly de Hagrid». Contenía una flauta de madera, toscamente trabajada y una bufanda verde agua. Era evidente que Hagrid las había hecho. Harly sopló y la flauta emitió un sonido parecido al canto de la lechuza, luego se puso la bufanda y le preguntó a Hydra:
—¿Qué tal queda?
Hydra dejó el regalo que estaba desenvolviendo y volteo a ver a Harly
—¡Muy bonita! ¡Combina con tus ojos!
Luego siguió desenvolviendo sus regalos.
El segundo regalo de Harly, era muy pequeño, contenía una nota.
«Recibimos tu mensaje y te mandamos tu regalo de Navidad. De tío Vernon y tía Petunia.» Pegada a la nota estaba una moneda de cincuenta peniques.
—Qué detalle —comentó Harly.
Hydra estaba fascinada con los cincuenta peniques.
—¡Qué raro! —dijo— ¡Qué forma! ¿Esto es dinero?
—Puedes quedarte con ella, dicen que es de buena suerte —dijo Harly, riendo ante el placer de Hydra—. Hagrid, tú, mis tíos... ¿Quién me ha enviado éste?
—Creo que sé de quién es ése —dijo Hydra, señalando un paquete deforme—. Yo tengo uno igual. ¡La madre de Ron! A mí me puso una nota, supongo que en el tuyo igual vendrá una…
Harly abrió el paquete y encontró, además de la nota, un jersey tejido a mano, grueso y color verde esmeralda, y una gran caja de pastel de chocolate casero.
—Es muy amable de su parte ¿no crees?—dijo Harly probando el pastel, que era delicioso.
El siguiente regalo también tenía golosinas, una gran caja de ranas de chocolate, y un libro, «Anna Karenina», de parte de Hermione.
De repente, Hydra le cayó encima a Harly.
—¡Muchas gracias! ¡Me encanta! ¿Cómo supiste que me iba a gustar?
—¡Vamos Hydra, a ti te gusta cualquier bicho viviente!
El regalo que Harly le había hecho a Hydra era una pequeña colección de peluches de animales mágicos, había desde dragones hasta una sirena.
Le quedaban dos últimos regalos a Harly. Cogió el más grande y notó que era muy ligero. Lo desenvolvió.
Algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se quedó brillando.
Hydra bufó.
—¡Es una capa invisible! —dijo Hydra, con tono expectante—. Mi tía me contó de ellas, decía que el mejor amigo de mi padre tenía una. Estoy segura de que lo es... Pruébatela.
Harly se puso la capa sobre los hombros e Hydra se puso a dar saltitos de felicidad.
—¡Lo es! ¡Lo es! ¡Mira abajo!
Harly se miró los pies, pero ya no estaban. Se dirigió al espejo. Efectivamente: su reflejo la miraba, pero sólo su cabeza suspendida en el aire, porque su cuerpo era totalmente invisible. Se puso la capa sobre la cabeza y su imagen desapareció por completo.
—¡Hay una nota! —dijo de pronto Hydra—. ¡Ha caído una nota!
Harly se quitó la capa y cogió la nota. La caligrafía, fina y llena de curvas, era desconocida para ella. Decía:
Tu padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que te sea devuelto. Utilízalo bien.
Una muy Feliz Navidad para ti.
No tenía firma. Harly contempló la nota. Hydra admiraba la capa.
—Yo daría cualquier cosa por tener una —dijo— Lo que sea. ¿Qué te sucede?
—Nada —dijo Harly.
Se sentía muy extraña. ¿Quién le había enviado la capa? ¿Realmente había pertenecido a su padre?
—¿Hydra? ¿Dijiste que el mejor amigo de tu padre tenía una capa así? —Hydra asintió —. Bueno… aquí dice que era de mi padre… ¿Y si conoció al tuyo y fueron amigos…?
Tomó su último regalo que también era anónimo y vio que era otro collar, sólo que este se abría y tenía dos fotos dentro, eran sus padres sonriéndole.
Luego de terminar de abrir sus regalos, bajaron a la sala común justo cuando Percy Weasley decía con desaprobación:
—¿Qué es todo ese ruido?
Era evidente que había ido desenvolviendo sus regalos por el camino, porque también tenía un jersey bajo el brazo, que Fred vio.
—¡P de prefecto! Pruébatelo, Percy, vamos, todos nos lo hemos puesto, hasta Hydra y Harly tienen uno.
—Yo... no... quiero —dijo Percy, con firmeza, mientras los gemelos le metían el jersey por la cabeza, tirándole las gafas al suelo.
—Y hoy no te sentarás con los prefectos —dijo George—. La Navidad es para pasarla en familia.
Cogieron a Percy y se lo llevaron a un sillón, con los brazos sujetos por el jersey.
Harly no había celebrado en su vida una comida de Navidad como aquélla. Un centenar de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes con mantequilla, recipientes de plata con una grasa riquísima y salsa de moras, y muchos huevos sorpresa esparcidos por todas las mesas. Estos fantásticos huevos no tenían nada que ver con los flojos artículos de los muggles, que Dudley habitualmente compraba, ni con juguetitos de plástico ni gorritos de papel. Harly tiró uno al suelo y no sólo hizo ¡pum!, sino que estalló como un cañonazo y los envolvió en una nube azul, mientras del interior salían una gorra de contraalmirante y varios ratones blancos, vivos. En la Mesa Alta, Dumbledore había reemplazado su sombrero cónico de mago por un bonete floreado, y se reía de un chiste del profesor Flitwick.
A los pavos les siguieron los pudines de Navidad, flameantes. Percy casi se rompió un diente al morder un sicklede plata que estaba en el trozo que le tocó. Harly observaba a Hagrid, que cada vez se ponía más rojo y bebía más vino, hasta que finalmente besó a la profesora McGonagall en la mejilla y, para sorpresa de Harly e Hydra, que había volteado justo en ese momento, ella se ruborizó y rió, con el sombrero medio torcido.
Cuando Harly finalmente se levantó de la mesa, estaba cargada de cosas de las sorpresas navideñas, y que incluían globos luminosos que no estallaban, un juego de Haga Crecer Sus Propias Verrugas y piezas nuevas de ajedrez. Los ratones blancos habían desaparecido, y Harly tuvo el horrible presentimiento de que iban a terminar siendo la cena de Navidad de la Señora Norris.
Harly, Hydra y los Weasley pasaron una velada muy divertida, con una batalla de bolas de nieve en el parque. Más tarde, helados, húmedos y jadeantes, regresaron a la sala común de Gryffindor para sentarse al lado del fuego. Allí Harly estrenó su nuevo ajedrez y perdió espectacularmente con Ron. Pero sospechaba que no habría perdido de aquella manera si Percy no hubiera tratado de ayudarla tanto.
Después de un té con bocadillos de pavo, buñuelos, bizcocho borracho y pastel de Navidad, Harly e Hydra se sintieron tan hartas y soñolientas que no podían hacer otra cosa que irse a la cama; no obstante, permanecieron sentadas y observaron a Percy, que perseguía a Fred y George por toda la torre Gryffindor porque le habían robado su insignia de prefecto.
Fue el mejor día de Navidad de Harly. Sin embargo, algo daba vueltas en un rincón de su mente. En cuanto se metió en la cama, pudo pensar libremente en ello: la capa invisible y quién se la había enviado.
Hydra, ahíta de pavo y pastel y sin ningún misterio que la preocupara, se quedó dormida en cuanto corrió las cortinas de su cama. Harly se inclinó a un lado de la cama y sacó la capa.
De su padre... Aquello había sido de su padre. Dejó que la corriera por sus manos, más suave que la seda, ligera como el aire. «Utilízalo bien», decía la nota.
Tenía que probarla. Se deslizó fuera de la cama y se envolvió en la capa. Miró hacia abajo y vio sólo la luz de la luna y las sombras. Era una sensación muy curiosa.
«Utilízalo bien.»
De pronto, Harly se sintió muy despierta. Con aquella capa, todo Hogwarts estaba abierto para ella. Mientras estaba allí, en la oscuridad y el silencio, la excitación se apoderó de ella. Podía ir a cualquier lado con la capa, a cualquier lado, y Filch nunca lo sabría.
Hydra gruñó entre sueños, su cara se veía algo distinta, «quizá tiene pesadillas», pensó Harly. ¿Debía despertarla? Algo la detuvo. La capa de su padre...
Sintió que aquella vez (la primera vez) quería utilizarla sola.
Luego pensó en que Hydra la habría despertado a ella si la situación fuera al revés.
Salió de su cama y despertó a Hydra.
—Hydra… Hydra… Ven, vamos a explorar…
Salieron cautelosamente del dormitorio, bajaron la escalera, cruzaron la sala común y pasaron por el agujero del retrato.
—¿Quién está ahí? —chilló la Dama Gorda. Ni Harly ni Hydra dijeron nada. Anduvieron rápidamente por el pasillo.
De pronto se detuvieron.
—¿Adónde vamos? —susurraron las dos al mismo tiempo
Con el corazón palpitante, Harly pensó. Y entonces lo supo.
—A La Sección Prohibida de la biblioteca. Vamos a poder leer todo lo que queramos, para descubrir quién era Flamel.
Se ajustaron la capa y se dirigieron hacia allí.
La biblioteca estaba oscura y fantasmal. Harly encendió una lámpara para ver la fila de libros. La lámpara parecía flotar sola en el aire y hasta la misma Harly, que sentía su brazo llevándola, tenía miedo.
La Sección Prohibida estaba justo en el fondo de la biblioteca. Pasando con cuidado sobre la soga que separaba aquellos libros de los demás, Harly levantó la lámpara para leer los títulos.
No les decían mucho. Las letras doradas formaban palabras en lenguajes que Harly no conocía y por la cara de Hydra, se podía decir que ella tampoco. Algunos no tenían títulos. Un libro tenía una mancha negra que parecía sangre. A Harly se le erizaron los pelos de la nuca. Tal vez se lo estaba imaginando, tal vez no, pero le pareció que un murmullo salía de los libros, como si supieran que había personas que no debían estar allí.
No podían separarse y tenían que empezar por algún lado. Harly dejó la lámpara en el suelo e Hydra miró en una estantería buscando un libro de aspecto interesante. Le llamó la atención un volumen grande, negro y plateado. Lo sacó con dificultad, porque era muy pesado y, balanceándolo sobre sus rodillas, lo abrió.
Un grito desgarrador; espantoso, cortó el silencio... ¡El libro gritaba! Harly cerró el libro de golpe, pero el aullido continuaba, en una nota aguda, ininterrumpida. Retrocedieron y tropezaron la lámpara, que se apagó de inmediato. Aterradas, oyeron pasos que se acercaban por el pasillo, Hydra metió el volumen en el estante y salieron corriendo. Pasaron al lado de Filch casi en la puerta, y los ojos del celador; muy abiertos, miraron a través de ellas. Las dos amigas se agacharon, pasaron por debajo del brazo de Filch y siguieron por el pasillo, con los aullidos del libro resonando en sus oídos.
Se detuvieron de pronto frente a unas armaduras. Las dos habían estado tan ocupadas en escapar de la biblioteca que ninguna había prestado atención al camino. Tal vez era porque estaba oscuro, pero no reconocieron el lugar donde estaba. Había armaduras cerca de la cocina, eso lo sabía, pero debía de estar cinco pisos más arriba.
—Usted me pidió que le avisara directamente, profesor, si alguien andaba dando vueltas durante la noche, y alguien estuvo en la biblioteca, en la Sección Prohibida.
Harly sintió que se le iba la sangre de la cara. Filch debía de conocer un atajo para llegar a donde ellas estaban, porque el murmullo de su voz se acercaba cada vez más y, para su horror, el que le contestaba era Snape.
—¿La Sección Prohibida? Bueno, no pueden estar lejos, ya los atraparemos.
Harly se quedó petrificado, mientras Filch y Snape se acercaban. No podían verlas, por supuesto, pero el pasillo era estrecho y, si se acercaban mucho, iban a chocar contra ellas. La capa no ocultaba su materialidad.
Retrocedieron lo más silenciosamente que pudieron. A la izquierda había una puerta entreabierta. Era su única esperanza. Hydra la jaló a través de ella, conteniendo la respiración y tratando de no hacer ruido. Para su alivio, entraron en la habitación sin que lo notaran. Pasaron por delante de ellas y Harly se apoyó contra la pared, respirando profundamente, mientras escuchaba los pasos que se alejaban. Habían estado cerca, muy cerca. Transcurrieron unos pocos segundos antes de que se fijaran en la habitación que las había ocultado.
Parecía un aula en desuso. Las sombras de sillas y pupitres amontonados contra las paredes, una papelera invertida y apoyada contra la pared de enfrente... Había algo que parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo de en medio.
Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un marco dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción grabada en la parte superior: Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.
Ya no oía ni a Filch ni a Snape, y Harly no tenía tanto miedo. Se acercaron al espejo, deseando mirar para no encontrar su imagen reflejada. Se detuvieron frente a él.
Harly tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar. Giró en redondo. El corazón le latía más furiosamente que cuando el libro había gritado... Porque no sólo se había visto en el espejo, sino que había mucha gente detrás de Hydra y ella.
Pero la habitación estaba vacía. Respirando agitadamente, Harly volvió a mirar el espejo.
Allí estaban ella, reflejada, blanca y con mirada de miedo y allí, reflejados detrás de ella, había al menos otras diez personas. Harly miró por encima del hombro, pero no había nadie allí. ¿O también eran todos invisibles? ¿Estaba en una habitación llena de gente invisible y la trampa del espejo era que los reflejaba, invisibles o no?
Miró otra vez al espejo. Una mujer, justo detrás de su reflejo, le sonreía y agitaba la mano. Harly levantó una mano y sintió el aire que pasaba. Si ella estaba realmente allí, debía de poder tocarla, sus reflejos estaban tan cerca... Pero sólo sintió aire: ella y los otros existían sólo en el espejo.
Era una mujer muy guapa. Tenía el cabello rojo oscuro y sus ojos... «Sus ojos son como los míos», pensó Harly, acercándose un poco más al espejo. Verde brillante, exactamente la misma forma, pero entonces notó que ella estaba llorando, sonriendo y llorando al mismo tiempo, justo en ese momento se dio cuenta de que ella también lloraba. El hombre alto que estaba al lado de Hydra, sin que ella lo viera, era delgado y de pelo negro que estaba al lado de ella le pasó el brazo por los hombros. Llevaba gafas y el pelo muy desordenado. Y se le ponía tieso en la nuca, igual que a Harly cuando su tía Petunia se lo había cortado.
Harly e Hydra estaban tan cerca del espejo que su nariz casi tocaba su reflejo.
—¿Mamá? —susurraron al mismo tiempo—. ¿Papá?
Entonces miraron a Harly, sonriendo. Y lentamente, Harly fue observando los rostros de las otras personas, y vio otro par de ojos verdes como los suyos, otras narices como la suya, incluso un hombre pequeño que parecía tener las mismas rodillas nudosas de Harly. Estaba mirando a su familia por primera vez en su vida.
Los Potter sonrieron y agitaron las manos, y Harly permaneció mirándolos anhelante, con las manos apretadas contra el espejo, como si esperara poder pasar al otro lado y alcanzarlos. En su interior sentía un poderoso dolor, mitad alegría y mitad tristeza terrible.
No supieron cuánto tiempo estuvieron allí. Los reflejos no se desvanecían y Harly e Hydra miraban y miraban, hasta que un ruido lejano las hizo volver a la realidad. No podían quedarse allí, tenían que encontrar el camino hacia el dormitorio. Apartaron los ojos del espejo y las dos al mismo tiempo, susurraron: «Volveré». Salieron apresuradamente de la habitación.
—¿Tú también viste a tus padres? —preguntó Harly a Hydra cuando ya estaban es su dormitorio.
—Si... Mi tía tenía razón, realmente me parezco a mi mamá y mi papá sí que fue guapo…
—Yo tengo los ojos de mi madre…
Y así, entre felices y nostálgicas, se fueron quedando dormidas.
—Podían haberme despertado —dijo malhumorado Ron.
—Puedes venir esta noche. Nosotras vamos a volver; quiero enseñarte el espejo —le dijo Harly.
—Me gustaría ver a sus familias —dijo Ron con interés.
—Y yo quiero ver a toda tu familia, todos los Weasley. Podrás enseñarnos a tus otros hermanos y a todos —dijo Hydra.
—Pueden verlos cuando quieran —dijo Ron—. Vengan a mi casa este verano. De todos modos, Hydra, creo que vives cerca de mi casa. Igual y, el espejo sólo muestra gente muerta.
—Pero mi padre no está muerto…
—Pero qué lástima que no encontraron a Flamel —continuó Ron —¿No quieren tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comen nada?
Harly no podía comer. Había visto a sus padres y los vería otra vez aquella noche.
Casi se había olvidado de Flamel. Ya no le parecía tan importante. ¿A quién le importaba lo que custodiaba el perro de tres cabezas? ¿Y qué más daba si Snape lo robaba?
—¿Están bien? —preguntó Ron—. Se ven raras.
Lo que Harly más temía era no poder encontrar la habitación del espejo pero confiaba en que el sentido de orientación de Hydra fuera mejor que el suyo. Aquella noche, con Ron también cubierto por la capa, tuvieron que andar con más lentitud. Trataron de repetir el camino de Harly e Hydra desde la biblioteca, vagando por oscuros pasillos durante casi una hora.
—Estoy congelado —se quejó Ron—. Olvidemos esto y volvamos.
—¡No! —susurró Hydra—. Sé que está por aquí.
Pasaron al lado del fantasma de una bruja alta, que se deslizaba en dirección opuesta, pero no vieron a nadie más.
Justo cuando Ron se quejaba de que tenía los pies helados, Harly divisó la pareja de armaduras.
—Es allí... justo allí... ¡sí!
Abrieron la puerta. Harly dejó caer la capa de sus hombros y corrió al espejo.
Allí estaban. Su madre y su padre sonrieron felices al verla.
—¿Ves? —murmuró Hydra.
—No puedo ver nada.
—¡Mira! Míralos a todos... Son muchos... —dijo Harly
—Sólo puedo verlas a ustedes.
—Pero mira bien, vamos, ponte donde estoy yo.
Harly dio un paso a un lado, pero con Ron frente al espejo ya no podía ver a su familia, sólo a Ron con su pijama de colores.
Sin embargo, Ron parecía fascinado con su imagen.
—¡Mírenme! —dijo.
—¿Puedes ver a toda tu familia contigo?
—No... estoy solo... pero soy diferente... mayor... ¡y soy delegado!
—¿Cómo?
—Tengo... tengo un distintivo como el de Bill y estoy levantando la copa de la casa y la copa de quidditch... ¡Y también soy capitán de quidditch!
Ron apartó los ojos de aquella espléndida visión y miró excitado a Harly e Hydra.
—¿Crees que este espejo muestra el futuro?
—¿Cómo puede ser? Si toda mi familia está muerta... déjame mirar de nuevo...
—Lo has tenido toda la noche, déjame un ratito más.
—Pero si estás sosteniendo la copa de quidditch, ¿qué tiene eso de interesante?
Quiero ver a mis padres —le exigió Hydra.
—No me empujes.
Un súbito ruido en el pasillo puso fin a la discusión. No se habían dado cuenta de que hablaban en voz alta.
—¡Rápido!
Ron tiró la capa sobre ellos justo cuando los luminosos ojos de la Señora Norrisaparecieron en la puerta. Harly, Hydra y Ron permanecieron inmóviles, los tres pensando lo mismo: ¿la capa funcionaba con los gatos? Después de lo que pareció una eternidad, la gata dio la vuelta y se marchó.
—No estamos seguros... Puede haber ido a buscar a Filch, seguro que nos ha oído. Vamos.
Y Ron empujó a Harly e Hydra para que salieran de la habitación.
La nieve todavía no se había derretido a la mañana siguiente.
—¿Quieres jugar al ajedrez, Harly? —preguntó Ron.
—No.
—¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid?
—No... ve tú... —dijo Hydra
—Sé en qué están pensando, en ese espejo. No vuelvan esta noche.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Pero tengo un mal presentimiento y, de todos modos, ya han tenido muchos encuentros. Filch, Snape y la Señora Norrisandan vigilando por ahí ¿Qué importa si no las ven? ¿Y si tropiezan con ustedes? ¿Y si chocan con algo?
—Pareces Hermione.
—Te lo digo en serio, Harly, no vayan
Pero Harly sólo tenía un pensamiento en su mente, volver a mirar en el espejo. Y Ron no las detendría si Hydra también quería ir.
La tercera noche encontraron el camino más rápidamente que las veces anteriores. Andaban más rápido de lo que habría sido prudente, porque sabían que estaban haciendo ruido, pero no se encontraron con nadie.
Y allí estaban su madre y su padre, sonriéndole otra vez, y uno de sus abuelos la saludaba muy contento. Harly se dejó caer al suelo para sentarse frente al espejo. Nadie iba a impedir que pasara la noche con su familia. Nadie.
Excepto...
—Entonces de vuelta otra vez, ¿no, Harly, Hydra?
Harly sintió como si se le helaran las entrañas. Las dos miraron para atrás. Sentado en un pupitre, contra la pared, estaba nada menos que Albus Dumbledore. Harly e Hydra debieron de haber pasado justo por su lado, y estaba tan desesperadas por llegar hasta el espejo que no habían notado su presencia.
—No... no lo habíamos visto, señor.
—Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible —dijo Dumbledore, y Harly se sintió aliviada al ver que les sonreía—. Entonces —continuó Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con ellas—, ustedes, como cientos antes que ustedes, han descubierto las delicias del espejo de Oesed.
—No sabía que se llamaba así, señor —dijo Harly
—Pero espero que se habrán dado cuenta de lo que hace, ¿no?
—Bueno... me mostró a mi familia y...
—Y a Hydra también pero a su amigo Ron lo reflejó como capitán.
—¿Cómo lo sabe...?
—No necesito una capa para ser invisible —dijo amablemente Dumbledore—. Y ahora ¿pueden pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros?
Harly negó con la cabeza.
—Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso te ayuda?
Harly pensó. Luego dijo lentamente:
—Nos muestra lo que queremos... lo que sea que queramos...
—Sí y no —dijo con calma Dumbledore —¿Y tú Hydra, quieres intentar?
Hydra se fijó en la inscripción del espejo y susurró
—Este no es tu cara si no de tu corazón el deseo…
—Exacto. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón — les explicó Dumbledore —. Para ti, Harly, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote, en tu caso, Hydra, tú solo ves a tus padres, a quienes no pudiste conocer, contigo. Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.
Continuó:
—El espejo será llevado a una nueva casa mañana, y les pido que no lo busquen otra vez. Y si alguna vez se cruzan con él, deberán estar preparadas. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdenlo. Ahora ¿por qué no se ponen de nuevo esa magnífica capa y se van a la cama?
Harly se puso de pie.
—Señor... profesor Dumbledore... ¿Puedo preguntarle algo?
—Es evidente que ya lo has hecho —sonrió Dumbledore—. Sin embargo, puedes hacerme una pregunta más.
—¿Qué es lo que ve, cuando se mira en el espejo?
—¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana.
Harly e Hydra lo miraron asombradas.
—Uno nunca tiene suficientes calcetines —explicó Dumbledore—. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros.
En cuanto Harly estuvo de nuevo en su cama, se le ocurrió pensar que tal vez Dumbledore no había sido sincero. Se lo dijo a Hydra.
—Bueno, Harly, fue una pregunta muy personal...